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Pasiones bélicas. Gestión de la guerra en Colombia en la primera década del siglo XXI*

Paixões bélicas. Gestão da guerra na Colômbia na primera década do século XXI

Warlike passions. War management during the 21st century’s first decade in Colombia

Darío Reynaldo Muñoz Onofre**


* El artículo presenta resultados de la investigación "Gobernados en medio (y a través) de la guerra. Gubernamentalidad bélica en Colombia (2001-2010)", realizada por el autor con el apoyo del Programa de Formación en Posgrados para Docentes de la Pontificia Universidad Javeriana, y adscrita al grupo de investigación Lazos Sociales y Culturas de Paz de la Facultad de Psicología de la misma Universidad.

** Sicólogo; Magíster en Estudios Culturales de la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá (Colombia). Docente e investigador en esta Universidad, adscrito al grupo de investigación Lazos Sociales y Culturas de Paz. Miembro del Colectivo Hombres y Masculinidades (Colombia). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

Se problematizan los acontecimientos bélicos ocurridos en Colombia en la primera década de este siglo, y se analizan desde las pasiones heroicas y patrióticas de la colombianidad. Para ello, se adopta una perspectiva gubernamental que enfatiza en las prácticas que perpetúan la guerra. Se propone transdisciplinar los abordajes de la guerra mediante la articulación de fuentes heterogéneas habitualmente ignoradas por las disciplinas modernas, y subvertirlos desmarcando el análisis de la postura moral desde la cual tradicionalmente se estudia la guerra.

Palabras clave: guerra en Colombia, seguridad democrática, gubernamentalidad bélica, estudios culturales, geopolíticas de la guerra, propaganda bélica.

Resumo

São problematizados os acontecimentos bélicos ocorridos na Colômbia na primeira década deste século, e são analisados desde as paixões heroicas e patrióticas da colombianidade. Para isso, é adotada uma perspectiva governamental que enfatiza nas práticas que perpetuam a guerra. Propõe-se transdisciplinar as abordagens da guerra mediante a articulação de fontes heterogêneas habitualmente ignoradas pelas disciplinas modernas, e subvertê-las desmarcando a análise da postura moral desde a qual tradicionalmente se estuda a guerra.

Palavras-chave: guerra na Colômbia, segurança democrática, governamentalidade bélica, estudos culturais, geopolíticas da guerra, propaganda bélica.

Abstract

Analyzed through the heroic and patriotic passions of the colombianidad, the article questions the war in the country during the first decade of the current century. With this purpose, the strongly war-perpetuating practices of the Government are studied. It aims to transdisciplinary discuss the approaches to warfare and consequently subvert them, integrating heterogeneous sources -usually ignored by modern disciplines- alienating the analysis from the moral compass dominantly used to study warfare.

Key words: war in Colombia, democratic security, warfare governmentality, cultural studies, war geopolitics, war propaganda.


Mi propósito es problematizar los acontecimientos bélicos ocurridos en Colombia en la primera década de este siglo y polemizar la mirada habitual sobre dichos acontecimientos. Me pregunto específicamente por la manera como en medio del conflicto armado interno en Colombia, se gestó una particular tecnología de gobierno de la población, en la que proliferaron curiosas pasiones bélicas. Estas pasiones normalizaron la guerra e hicieron de ésta el centro de la práctica gubernamental, hasta el punto de que sectores amplios de la población colombiana llegaron a experimentar adhesión a la empresa bélica, fe en la causa, y la convirtieron en el principal motivo de su colombianidad y en el espíritu de su orgullo patrio.

Adopto una perspectiva gubernamental (Foucault, 2006, 2007, 2009)1 para abordar la guerra contemporánea en Colombia. Con ello, me distancio de los abordajes mayoritarios en ciencias sociales que enfatizan en las prácticas homicidas, torturadoras, estigmatizadoras y victimizantes propias de los conflictos armados (Agamben, 2004; Carrillo y Kucharz, 2007; Criscione, 2011; Esposito, 2005; Sánchez, 1991; Zuluaga, 2003). Con el fin de avivar una discusión sobre las prácticas deseantes y la gestión de afectos que perpetúan las guerras contemporáneas2. La guerra no sólo produce muertos, víctimas y dolor; también gestiona pasiones, héroes y celebraciones. Y lo hace a través de los más inadvertidos medios, discursos, imágenes y prácticas; técnicas que no es posible articular investigativamente sino sólo con la condición de aceptar el desafío de deshacernos de los pudores epistemológicos y los escrúpulos metodológicos de las ciencias sociales disciplinares.

Es preciso, entonces, abandonar las más puras, pero ingenuas y pretensiosas aspiraciones científicas, a propósito de celebrar la ciencia jovial: una ciencia capaz de jugar con sus objetos de análisis, hacer malabares con sus preguntas, exorcizar la verdad, conjurar los paradigmas y, sobre todo, reírse de sí misma. Vocación ésta con la que Nietzsche inaugura el siglo XX y crea anticipadamente las condiciones de posibilidad del presente número monográfico de NÓMADAS, así como los horizontes múltiples de los estudios sociales y culturales contemporáneos. Impregnado de esta vocación, en este artículo invito a reconocer las fuerzas heterogéneas que gestionan la guerra contemporánea en Colombia y las pasiones bélicas en torno a ésta: un performance urbano que materializa el heroísmo del soldado de la patria, las tecnologías de seguridad globales diseñadas para enfrentar la amenaza del terrorismo, las geopolíticas que condenan la monstruosidad narcoterrorista, la producción mediática que anuncia los vientos de guerra y celebra la valentía del Ejército Nacional al enfrentarlas, las políticas visuales que crean y posicionan héroes de la patria y las marchas ciudadanas que claman apasionadamente la derrota del enemigo y gestionan moralmente la participación activa y comprometida de la población en la causa bélica3.

Con esta apuesta busco exaltar la potencia epistémica, metodológica y política de integrar fuentes heterogéneas y habitualmente inadvertidas en los análisis disciplinares de la guerra, y propongo transdisciplinar sus abordajes. También busco desmarcar los análisis de la guerra de las posturas morales que los mantienen cómodamente cautivos: en este artículo renuncio a la perspectiva de los derechos humanos, para reconocer que la guerra no se juega sólo en el estruendo de las batallas y no se conoce exclusivamente en el conteo de los muertos y las víctimas; ésta también deviene imperceptible en las pasiones más cotidianas que la celebran, en las prácticas más banales que la demandan y en los consumos más ociosos que la producen.

El performance urbano: escultura viva al heroísmo patrio

Un soleado domingo decembrino de 2009 caminaba junto con mi hija de siete años por la carrera séptima en el centro de Bogotá, nos dirigíamos hacia la Plaza de Bolívar mientras disfrutábamos de un refrescante helado de frutas. Justo cuando llegamos al umbral de la Plaza, nos topamos con un cuerpo erguido, cubierto por una gruesa capa de barniz verde, subido en un pequeño pedestal y ondeando el tricolor nacional. Era una de esas variadas esculturas urbanas vivas que suelen encarnar las personas que encontraron una alternativa de gestión de ingresos económicos en las calles o esquinas concurridas de la capital. Entre curiosa, sorprendida y asustada por la movilidad repentina de la escultura, después de que deposité dinero en el lugar indicado, mi hija se animó a darle la mano diciendo: "Salúdalo papá, es uno de los héroes de la televisión". De repente, ahora el sorprendido y asustado era yo: lo que para mí era una creativa manera de gestión de ingresos, ya habitual en el centro de una ciudad en la que proliferan estatuas vivas que encarnan todo tipo de personajes, para ella era nada menos que el héroe colombiano que ha visto en repetidas ocasiones en las propagandas televisadas del Ejército Nacional.

La emoción y la admiración que esta experiencia urbana despertó en mi hija me interpelaron de tal manera que mi mirada sobre la escultura se transformó. Comencé a observarla detalladamente: lo primero que me llamó la atención fue su gesto de dignidad, su evidente orgullo patrio. Aunque también me sorprendió la solemnidad con la que saludó a quienes depositaron una moneda en el lugar indicado, y aún más, la admiración patriótica con que varios de los transeúntes, sobre todo niños/as, la saludaron, la festejaron y le estrecharon la mano. Mi observación no duró mucho, pues mi hija quiso seguir explorando la acera en busca de nuevas esculturas, sin embargo, me retiré de aquel lugar preguntándome por esa curiosa y efectiva manera de llamar la atención de los transeúntes: encarnar un soldado del Ejército Nacional en una época de guerra, situarse en el marco de entrada de la Plaza de Bolívar, centro político y administrativo de la capital y del país, y exaltar de este modo un tipo particular de patriotismo y colombianidad.

Esta experiencia modificó mi comprensión sobre la guerra reciente en el país. En el desarrollo de mi investigación, aquella escultura viva se convirtió en un performance urbano que materializa de manera condensada las pasiones que gestionan la guerra contemporánea en Colombia y las tecnologías que gobiernan la población colombiana en medio y a través de la guerra. De la escultura no me interesó un acompañamiento etnográfico del hombre que la encarna, camino que seguramente me hubiera llevado a conocer sus motivaciones más íntimas y, por ejemplo, las vicisitudes de su práctica laboral, el sentido particular de su performance y otras anécdotas. Por contraste, mi trabajo se centró en rastrear las condiciones culturales que han creado la posibilidad de esa escultura viva, y han incidido en la materialización del heroísmo patrio en ese cuerpo urbano anónimo embarnizado de verde.

El análisis cultural que propongo se enmarca en los acontecimientos ocurridos en Colombia en los últimos diez años, específicamente en la manera como en medio del conflicto armado interno se gestó una modalidad particular de gobierno de la población colombiana. Una modalidad gubernamental que normalizó la guerra e hizo de ésta el centro de la práctica gubernamental, hasta el punto de que sectores amplios de la población, como el soldado-escultura y los transeúntes que se detienen diariamente a admirarlo, llegaron a experimentar adhesión a la empresa bélica y la convirtieron en el principal motivo de su colombianidad y el eje de su orgullo patrio. Así, la escultura viva encarna un cierto tipo de gubernamentalidad que gestiona el orgullo nacional alrededor de las Fuerzas Armadas y sus permanentes y publicitados triunfos militares y, a la vez, promueve masivamente la aceptación de la solución militar del conflicto armado.

El cuerpo-escultura no participa en la guerra de forma directa y tampoco ha sido producido de manera coactiva por el disciplinamiento militar. Sin embargo, destaco de éste un tipo particular de vinculación con la guerra que caracterizo como indirecta o virtual. Esta vinculación indirecta es el resultado de una suerte de gestión cultural "a distancia", en la cual confluyen gubernamentalidades heterogéneas tales como las propagandas bélicas, las industrias de opinión, las políticas visuales de la guerra, las acciones colectivas que desembocaron en multitudinarias marchas ciudadanas, las políticas de gobierno y de Estado y las tecnologías globales de seguridad. Justamente esta multiplicidad de técnicas y prácticas configuran las condiciones de posibilidad de la escultura viva al heroísmo patrio.

El monstruo narcoterrorista: tecnologías de seguridad y geopolíticas de gestión de la guerra

Para rastrear estas condiciones de posibilidad, realicé una cartografía geopolítica a partir de la combinación de tres tipos de archivos: discursos expertos que analizaron la coyuntura local y geopolítica, políticas públicas nacionales y transnacionales de seguridad y, finalmente, producción periodística y editorial de la revista Semana.

De acuerdo con el primer archivo (Ramírez, 2001; Restrepo, 2001; Restrepo, 2004; Rojas y Atehortúa, 2001; Zuleta, 2003), vincular indisolublemente a las FARC y el narcotráfico constituyó, a partir de la segunda mitad de la década de los años noventa, una estrategia decisiva en el conflicto armado interno en Colombia. Ello tuvo efectos en por lo menos tres niveles: el estatus que se le atribuiría a este grupo armado, el carácter que se le daría a la confrontación entre éste y las fuerzas del Estado colombiano y, finalmente, la obstaculización permanente del proceso de diálogo que se adelantó entre ambas partes a partir de 1998. La equiparación entre guerrilla y narcotráfico significó la transnacionalización del conflicto armado interno colombiano, a través de la participación directa e indirecta de Estados Unidos y la Unión Europea en el marco de la lucha global contra el narcotráfico, que se concretaría localmente en el Plan Colombia4.

Sin embargo, el discurso experto acerca de la coyuntura de finales del siglo XX y principios del XXI sólo me permitió constatar el surgimiento de las FARC como narco-guerrilla. Pero este no fue el punto de inflexión decisivo en la reingeniería reciente de la tecnología de seguridad en el país. La tecnología de seguridad continuó reajustándose a comienzos del siglo XXI, en el marco de la nueva configuración geopolítica global, sobre todo, a partir de la cruzada bélica antiterrorista en el Medio Oriente desatada como respuesta a los ataques del 9/11, la cual se extendió hasta la guerra preventiva contra Irak en 2003, y aún hasta la cruzada más reciente en Libia. Esta geopolítica reactivó la guerra como una práctica global justa y necesaria5, dada la amenaza terrorista que podía poner en peligro los intereses políticos en juego y la circulación de los capitales transnacionales.

Mi comprensión de esta geopolítica se amplió y especificó a partir del análisis del segundo tipo de archivo mencionado, a saber, las políticas de seguridad nacionales y transnacionales. La cruzada bélica renovó el derecho global a hacer la guerra para contrarrestar e incluso prevenir las amenazas terroristas donde quiera que estas surgieran o se sospecharan. Estas condiciones de posibilidad para la guerra fueron reforzadas decididamente por la que se constituiría en adelante como la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense:

Continuaremos estimulando a nuestros aliados regionales para hacer un esfuerzo coordinado que aísle a los terroristas. Una vez la campaña regional localice el peligro en un Estado particular, ayudaremos a asegurar que ese Estado tenga la fuerza militar, legal, política y financiera necesaria para poner fin a la amenaza (Bush, 2002: 6, traducción mía).

En esta consigna identifiqué un doble mecanismo consistente en la normalización de la guerra a través de, por un lado, considerarla absolutamente necesaria para el gobierno de las poblaciones y, por otro, asumir su declaración como instrumento ético y de justicia. La práctica bélica se reduce al estatus de acción policial, y las funciones éticas que se le reconocen a ésta son sacralizadas hasta el extremo de que se consideran como necesarias, justas e, incluso, urgentes. Ello supone que la fuerza militar que actúa lo hace de manera ética, en la medida en que su práctica bélica se percibe como necesaria y justa, y, además, como la manera más efectiva entre las posibles para procurar la derrota del enemigo o la prevención de la amenaza y, por su intermedio, para alcanzar la paz y el orden deseados6.

En Colombia, reconocemos los vínculos entre los grupos terroristas y extremistas que desafían la seguridad del Estado y las actividades de tráfico de drogas que ayudan a financiar las operaciones de estos grupos. Estamos trabajando para ayudar a Colombia a defender sus instituciones democráticas y derrotar los grupos armados ilegales de izquierda y de derecha mediante la ampliación de la soberanía efectiva sobre todo el territorio nacional y la gestión de la seguridad básica para los colombianos (Bush, 2002: 10, traducción mía).

El efecto de poder de este discurso consistió en decretar la fusión indeleble FARC-narcotráfico-terrorismo, y en señalar este monstruo como el principal enemigo interno (aunque también global) que amenaza el orden interno del Estado colombiano y la estabilidad de la región latinoamericana. Este acontecimiento conllevó la ruptura de los diálogos de paz en febrero del 2002 y el recrudecimiento del conflicto armado a partir de este hecho7. Trascurridos pocos días después del 9/11, el gobierno de Estados Unidos incluyó dentro de su lista global de terroristas a los grupos insurgentes colombianos. Y el presidente Bush logró posteriormente que el Congreso de su país aprobara la utilización del presupuesto del Plan Colombia en la guerra interna contra el terrorismo.

Además de los intereses geopolíticos puestos aquí en evidencia, el archivo periodístico y editorial que revisé justificó la precipitación de la ruptura de los diálogos y el recrudecimiento de la guerra a partir de varias acciones bélicas ejecutadas por las FARC, entre las cuales se destacaron el secuestro y luego asesinato de la exministra de cultura Consuelo Araújo Noguera en octubre del 2001 y el secuestro de un avión de Aires para retener al senador Jorge Eduardo Gechem Turbay en febrero del 2002(Semana, 2002f, 25 de febrero-4 de marzo). Estas condiciones geopolíticas y locales constituyeron la "terrorización" del conflicto armado interno en Colombia8.

La veridicción9 en este caso se configura como una técnica bélica de orden global y local para producir el enemigo total: el monstruo narcoterrorista. La gubernamentalidad local se enlaza con la racionalidad global de guerra contra el terrorismo, de manera que la Política de Seguridad "Democrática"10 (Departamento Nacional de Planeación, 2003) puesta en marcha en el 2002, adquiere un nivel de normalización anticipada que la convierte en absolutamente necesaria, y en la única manera de salir del estado de crisis interna. Semana (2003, 16 de febrero) narró la que consideró una exitosa campaña diplomática internacional del gobierno colombiano, a través de la cual éste logró que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA), así como los presidentes de Centro América, condenaran formalmente a las FARC por ser las responsables del atentado contra el Club El Nogal en Bogotá, el 7 de febrero del 2003:

[…] con su maratónica ofensiva diplomática el gobierno de Álvaro Uribe consiguió la semana pasada dos cosas muy importantes. La primera, que los países latinoamericanos reconocieran oficialmente que las FARC eran las responsables de la muerte de las 33 personas en El Nogal y que ese acto confirmaba su "clara e incuestionable vocación terrorista". Y la segunda, que el Consejo de Seguridad de la ONU condenara oficialmente este acto. Ambas cosas podrían tener consecuencias importantes en el futuro (Semana, 2003: 16 de febrero).

Los procedimientos de veridicción se extienden, en efecto, a instancias que no son las del Gobierno o el Estado, y que circulan ampliamente por la opinión pública reiterando de manera performativa11 la verdad sobre el enemigo interno. Esto pone de manifiesto el papel reactivo de las industrias de la opinión nacional en la gestión de la guerra. Además de urdir alianzas trasnacionales que se sumen en el repudio del monstruo narcoterrorista y de apoyar incondicionalmente la empresa bélica que pretende eliminarlo, estas industrias también gestionan una opinión pública favorable a la guerra y unas condiciones de aceptabilidad e incluso de demanda apasionada de esta modalidad bélica de gobierno.

La veridicción periodística también se produjo en torno a la campaña presidencial del entonces candidato Álvaro Uribe, la cual se desarrolló durante los últimos meses del proceso de diálogo con las FARC en el 2002. Semana registró performativamente el ascenso rápido e inédito en los niveles de reconocimiento, favorabilidad y aceptabilidad del candidato, especialmente en su edición número 1031 (2002e, 4 de febrero-11 de febrero). La oposición del candidato a la última prórroga del proceso con las FARC anunciada por el presidente Pastrana el 7 de octubre del 2001, llevó a que la intención de voto a su favor ascendiera al 23% y a que, desde entonces, esta tendencia ascendente no se detuviera hasta llegar al 59,4% dos días después de la ruptura del proceso de diálogo con las FARC y un mes antes de las elecciones presidenciales.

La apuesta bélica del candidato ganó una creciente aceptabilidad en las sucesivas encuestas que midieron la intención de voto a principios del 2002, momento en que, por contraste, predominó en la opinión pública la percepción de fracaso frente al proceso de diálogo con las FARC (Semana, 2002e, 4 de febrero-11 de febrero, 26)12. Finalmente, el sorpresivo triunfo de su propuesta gubernamental en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 26 mayo del 2002, con un 53% de la votación total, significó un amplio margen de aceptabilidad pública de lo que se anunció explícitamente como el inicio de un gobierno que le apostaría abiertamente a la guerra, y de una guerra que marcaría profundamente la modalidad de gobierno que se practicaría en adelante.

La gestión (audio)visual: pasión por los héroes bélicos de la patria

La producción del monstruo narcoterrorista, el refinamiento de la tecnología de seguridad global y el posicionamiento de una nueva política de seguridad nacional son dimensiones de la guerra que también analicé visual y audiovisualmente, en clave de proliferación de las pasiones bélicas. Esta analítica se orientó por una lógica de la sensación, cuyas claves fueron el gesto, el color, la luz, la disposición del espacio y los cuerpos.

Mi analítica sobre las ediciones de Semana publicadas entre el 17 de diciembre del 2001 y el 20 de mayo del 2002, víspera de la elección presidencial de aquel momento, puso de manifiesto la política visual inmanente en éstas y su incidencia en la manera como el escenario de polarización del conflicto armado interno, en el proceso inminente de terminación de los diálogos con las FARC, siguió una tendencia de agravamiento creciente.

Esta tendencia se materializa en la portada de la edición número 1028 de Semana (2002a, 14 de enero-21 de enero). Esta portada interpeló a la opinión pública nacional de una manera bastante alarmante y dramática, y abrió la posibilidad de la guerra total inminente. Y lo hizo superlativamente a través de una interrogación que abarcaba la totalidad del espacio destinado a la portada, en medio de un fondo negro (de luto) y en letras blancas y rojas (de sangre), estas últimas resquebrajadas por una bala que las atravesaba: "¿Cómo sería una guerra total?".

El artículo principal de la sección "Nación" de esta misma edición retoma esta pregunta, con un sugestivo fondo camuflado, para afirmar que "en medio del póker de Pastrana y las FARC ése es el interrogante en la mente de los colombianos" (18), con lo cual presupone la preocupación de la población colombiana y, de forma performativa, la instaura como verdad incuestionable. A su vez, el artículo inmediatamente posterior, titulado "Guerra: ¿qué tan listos?", se pregunta por la capacidad militar de las Fuerzas Armadas colombianas para enfrentar a la guerrilla de las FARC, y afirma que en definitiva dicha capacidad se ha fortalecido notablemente gracias a los aportes financieros y técnicos del Plan Colombia, aun cuando éstos no podían usarse abiertamente para una eventual, pero inminente campaña bélica contra las FARC.

Ya en una edición anterior (Semana, 2001a, 17 de diciembre-24 de diciembre), se había comenzado a barajar este inminente escenario bélico en el que comenzó a perfilarse el candidato Uribe como el principal protagonista. En dicha edición, la sección "Nación" registró la propuesta "audaz" del candidato de pedir más ayuda militar internacional en el marco del Plan Colombia y, con ello, dejó patente lo que se convertiría en el principal propósito del candidato, a saber: gestionar la aprobación de que esa ayuda militar y financiera pudiera usarse oficialmente para el combate armado contra las FARC:

[…] lo que Uribe Vélez propone es ampliar el componente militar que viene operando en el marco del Plan Colombia en la guerra contra el narcotráfico y obtener ayuda internacional, a través de la llamada 'diplomacia preventiva' […] ese esquema de cooperación traería más recursos, más helicópteros e instrucción militar extranjera para fortalecer la capacidad de reacción de la ciudadanía y de la Fuerza Pública frente a amenazas de ataques guerrilleros, actos terroristas o masacres. "Este componente sería manejado por la Fuerza Pública colombiana y estaría encaminado a superar la incapacidad del Estado para reaccionar ante los actos de los violentos", explica el candidato (Semana, 2001a, 17 de diciembre-24 de diciembre: 40).

Lo curioso es que un par de artículos más adelante en la misma edición, se registra un nuevo titular bélico que encabeza la descripción de cómo durante los años del Plan Colombia ha crecido significativamente la potencia tecnológica aérea de las Fuerzas Armadas, sobre todo con el aprovisionamiento de los bélicamente célebres "Black Hawk", y cómo ello ha representado un giro en favor de las fuerzas del Estado en el rumbo de la guerra. El artículo se acompaña de un par de fotos en las que aparecen los pilotos a quienes el artículo denomina en su título, parafraseando el nombre de los helicópteros mencionados, halcones de la noche, y se pregunta: "¿Quiénes son estos valientes hombres?" (2001b: 58).

Con todo, la política visual más espectacular que enlaza la "guerra total", las robustecidas y heroicas Fuerzas Armadas, las condenadas y monstruosas FARC y el sorpresivo y "audaz" candidato que de repente encabeza las encuestas de opinión que miden la intención de voto durante el proceso preelectoral es, sin duda, la número 1031, que en su portada se pregunta: "¿Súper Álvaro?" (Semana, 2002c, 4 de febrero-11 de febrero). La portada presenta un fotomontaje de primer plano que hibrida la novedosa y "audaz" figura del candidato con la del célebre superhéroe estadounidense (con vocación de justicia universal) "Superman". Y lo hace justo en el momento en que se está travistiendo, es decir, en el tránsito en el que el inseguro reportero-candidato se despoja de su traje cotidiano de corbata y deja entrever el poderoso escudo rojo que lleva en su pecho (con una A, en lugar de la S) y que lo identifica como el gran héroe que salvará la patria de las amenazas que la acechan.

No resulta casual que se haya escogido al superhéroe norteamericano para introducir la estirpe bélica-heroica del candidato que finalmente se convertiría en el presidente del país por un periodo de ocho años, puesto que a éste lo comenzaba a investir el súper poder de la ayuda financiera y tecnológica del Plan Colombia, que finalmente se convertiría en el factor militar definitivo para darle un giro al conflicto armado interno en favor da las fuerzas del Estado, como anunciaba el titular del artículo ya referido. Tampoco parece casual la ascendencia rural de ambos personajes cuando están en su rol de hombres cotidianos de carne y hueso. Con todo, lo que sí destaca este heroico híbrido es el destino común de los personajes que mezcla, a saber: salvar la humanidad del mal y luchar por la justicia, lo que los convierte coincidentemente en los "hombres de acero", "hombres del mañana" u "hombres de mano dura".

El efecto de verdad de estas políticas visuales radica en que producen performativamente un héroe que promete ser invencible en medio de la escenificación bastante teatralizada de un diluvio de plomo o de una guerra total. Veridicción performativa, por cuanto no se trata de meras representaciones simbólicas, sino, ante todo, de la imposición de una evidencia que, a fuerza de su reiteración como política visual a través de variadas industrias mediáticas y de opinión, se normaliza y se vuelve incontrovertible. En suma, la presencia militar gestiona una omnipresencia heroica-bélica.

Esto lo identifiqué en el archivo audiovisual, compuesto por variados videos de la campaña publicitaria del Ejército Nacional denominada "Los héroes en Colombia ¡sí existen!" (Ejército Nacional de Colombia, s/f). Este tipo de propaganda bélica corrobora el carácter performativo, político y de veridicción que producen las imágenes visuales y audiovisuales. Tanto en un caso como en el otro, la repetición ritualizada, exaltada e insidiosa de actos, enunciados e imágenes funciona como una fuerza naturalizante y normalizadora, en este caso, de héroes masculinos destinados a salvar la patria y a sacrificarse a cualquier costo en la empresa bélica. Constato que esta fuerza sensible fue lo que movió la admiración en mi hija y en los otros transeúntes cuando rodearon con entusiasmo la escultura viva al heroísmo patrio. El texto enunciado mediante una voz en off durante el audiovisual da cuenta de esta estirpe heroico-bélica:

Nuestros héroes están en el cielo, para darte tranquilidad en tierra.
Recorren las frías montañas, para que disfrutes en familia el calor de hogar.
Nunca se detienen, para que tú puedas descansar. Permanecen despiertos, para que tus hijos sueñen un mejor país.
Estas festas disfrútalas en paz y tranquilidad, nuestros héroes están para protegerte.
Los héroes en Colombia ¡sí existen! (Ejército Nacional de Colombia, s/f).

La política audiovisual de esta propaganda bélica vincula afectivamente al espectador con la cotidianidad estoica del soldado de la patria, héroe guerrero y también mártir, lo que produce, en efecto, condiciones de identificación con la causa bélica común y sentimientos aceptabilidad y fe. La consigna se enuncia en primera persona, con voz cálida, segura, protectora y proveedora, mientras que la cámara establece un contacto íntimo, personal y horizontal entre quien observa el audiovisual y el soldado que se encuentra en plena campaña militar en medio de un inhóspito paisaje selvático. Logra el contacto virtual y afectivo del ciudadano común, sentado quizás cómodamente en la sala de su lugar de residencia, con el protagonista heroico de la escena bélica, quien se presume garantiza la comodidad cálida de la sala residencial. Bastante similar, por demás, al contacto en primer plano de la mirada prometeica de la portada ya analizada que presenta la imagen imponente del primer soldado-héroe de la patria, tal como le gustó desde siempre autodenominarse al expresidente Uribe, en su performatividad heroica, combativa y mesiánica13.

Las principales industrias mediáticas nacionales aún hacen circular estas campañas publicitarias, que actualmente gestionan la fe en la causa bélica e interpelan a la población colombiana a no desfallecer en el apoyo incondicional a sus soldados para que éstos no pierdan su moral combativa heroica. Todo héroe precisa de víctimas clamorosas e indefensas.

Las marchas ciudadanas: un inmaculado clamor bélico

Igual que acontece en relación con la escultura-héroe de la patria, la vinculación afectiva de la población con las propagandas bélicas y las políticas visuales y editoriales está lejos de ser mediada por la coacción o la represión. Por el contrario, la vinculación se produce de manera voluntaria, deseante y hasta cierto punto moral y pasionalmente porque, finalmente, para quien recibe esta serie dinámica de consignas e imágenes sin decodificarlas, ¿no resulta del todo conmovedor descubrir con efecto de realidad a los soldados de la patria en su tarea de custodiar las libertades y asegurar la vida cómoda de quienes los observan plácidamente desde su sala de televisión? Como ha insistido Lazzarato (2006), en las sociedades contemporáneas resulta altamente estratégico el papel que juegan las máquinas de expresión (la opinión, la comunicación, el marketing) en la medida en que el mundo está cada vez más constituido por agenciamientos de enunciación, por regímenes de signos cuyo modo de funcionamiento es la modulación de los afectos y los deseos a través de la publicidad y las políticas visuales y audiovisuales.

Y cuán estratégica resulta la publicidad en el campo de las guerras contemporáneas como la que se libra en Colombia, puesto que es el principal recurso para gestionar un público que acepte y desee la guerra, e incluso para solicitar la cooperación solidaria y comprometida de la población con la empresa bélica, así sea de manera virtual, discontinua y "a distancia".

Constato la movilización de las pasiones bélicas en las manifestaciones públicas masivas de repudio a las FARC, en la medida en que la gestión de este tipo de iniciativas cada vez más estuvo del lado de amplios sectores de la ciudadanía, sobre todo jóvenes. En mi archivo investigativo encontré la primera manifestación colectiva del siglo XXI registrada por la edición de la revista Semana que lanzó al estrellato a "Súper Álvaro" (2002c, 4 de febrero-11 de febrero).

El registro visual y enunciativo la ubica como una manifestación popular, casi populista, en la medida en que la emparentan con las manifestaciones que por la mima época se llevaron a cabo en Argentina a raíz de su profunda crisis económica y social: "El 'cacerolazo' a las FARC muestra que crece la exigencia popular a la guerrilla para que no ataque a la población civil". Así se subtitula el artículo cuya consigna central es "¡Libertad, libertad!", como protesta frente a la práctica creciente de secuestro de civiles por parte de ese grupo armado en el marco del recrudecimiento de la guerra después de la ruptura de los diálogos a inicios del 2002. La imagen presenta rostros clamorosos y entusiastas, iluminados por luz esperanzadora y cálida de las velas que portan los cuerpos marchantes y que se multiplica en el reflejo de las cacerolas. Llamado directo a la acción colectiva.

Este tipo de manifestaciones de repudio al grupo armado se efectuó en el ámbito municipal, y en principio fue de carácter local. Sin embargo, la confluencia de varias manifestaciones como éstas a lo largo y ancho del país y en el transcurso de la primera década del siglo, derivaría, seis años más tarde, en la que quizás ha sido la manifestación nacional e internacional más multitudinaria jamás registrada en la historia del país: la marcha contra las FARC, durante la cual "en las calles del mundo entero millones de personas le gritaron a las FARC 'No más secuestros, no más violencia'" (Semana, 2008, 4 de febrero). Desde mi perspectiva, esta marcha fue fundamentalmente un agenciamiento de cuerpos y de consignas que tomó partido en medio de la polarización del conflicto armado exacerbada permanentemente en múltiples circuitos de opinión.

La marcha adquiere un carácter marcadamente bélico en el marco de la polarización de la guerra y de las condiciones locales y geopolíticas que la han alimentado. Sobre todo porque sus consignas principales fueron de tipo reactivo contra el grupo armado y descartaron otras posibles vías para tramitar el conflicto.

Dado que la marcha fue una iniciativa ciudadana que involucró amplios sectores de la población, constata que la vinculación afectiva y pasional con la empresa bélica no necesariamente está mediada por la coacción, la represión o el disciplinamiento. Las pasiones bélicas y el canto al unísono de todos contra las FARC se articula con el proceso multidimensional de gestión cultural de la deseabilidad por la guerra. Encuentro pasiones bélicas en las iniciativas ciudadanas de embadurnarse de barniz verde para encarnar un soldado de la patria y ondear el tricolor nacional o vestirse con la camiseta cuya colorida consigna tricolor resalta el repudio contra las FARC y homogeniza la multitud que clama por su derrota y consiente la salida militar.

Aunque la marcha del 2008 fue gestionada posteriormente a su creación a través de los medios convencionales de información, su convocatoria comenzó como un despliegue crecientemente multitudinario a través la red social Facebook. Ello pone de presente su carácter autónomo y de autorregulación. Sin embargo, hallé en mi archivo que la consigna "Colombia soy yo" que movilizó esta marcha, proviene de una campaña publicitaria oficial de patriotismo lanzada y puesta en práctica a partir del 2002, cuando justamente se solicitó gubernamental y mediáticamente la adherencia de la población a la empresa bélica en el marco de la polarización ya analizada, a través de la consigna: "¡Siente tu bandera, cree en tu país!".

De fondo, ambas campañas publicitarias suscitan los sentimientos patrios y la identidad nacional estableciendo un vínculo afectivo entre los individuos-colectivos y el proyecto de soberanía nacional que se comenzó a gestionar ampliamente y por diversos medios desde aquella época, con el fin evidente de cohesionar a la población para enfrentar la guerra total. La imagen publicitaria referida anteriormente refuerza este carácter vinculante y su vocación de cohesión y homogenización, con la siguiente consigna:

Esta es una campaña de todos. Multiplícala, ízala en casa, en la ciudad, en el campo, en el carro. Llévala contigo a todas partes y muestra el orgullo que sientes de ser colombiano. Si eres un medio de comunicación, un empresario o una persona que quiere utilizar el símbolo, está disponible para todos en http://www.presidencia.gov.co (Semana, 2009g, 5 de mayo-13 de mayo).

"¡Siente tu bandera, cree en tu país!" y "Colombia soy yo" son acontecimientos afectivos de identificación y vinculación que no son obligados o impuestos: configuran una modalidad gubernamental de tipo bélico que gestiona el apoyo masivo de la población a la empresa bélica y su participación a distancia pero apasionada en ésta. Estas técnicas de dirección de conductas y afectos son aceptadas y acogidas de buena gana por la población gobernada e, incluso, creadas por su propia iniciativa14.

Último acto: potencias del abordaje jovial de la guerra

Escribí entusiasmado por la sugestiva provocación de celebrar la ciencia jovial: una ciencia cínica capaz de poner en tela de juicio sus objetos de análisis; una ciencia arriesgada que se atreve a hacer malabares con sus preguntas y aventurar conexiones inadvertidas y múltiples entre sus "unidades" de análisis; una ciencia transgresora que se anima a exorcizar las verdades que se dan por sentadas y que se sacralizan volviéndose más que naturales; una ciencia dispuesta a subvertir los principios metodológicos que garantizan la inscripción legítima en la comunidad académico-científica; una ciencia capaz, sobre todo, de reírse de sí misma y de las realidades que aborda.

Concluyo señalando por qué mi perspectiva analítica sobre la guerra reciente en Colombia está a la altura de algunos de estos desafíos. Mi análisis de las pasiones bélicas es una invitación a tomar distancia de los enfoques que problematizan la guerra a través del análisis crítico de sus prácticas coercitivas, represivas y disciplinarias, y de las perspectivas predominantes que analizan el conflicto armado desde la vulneración de los derechos humanos y la infracción del derecho internacional humanitario. No obstante, mi invitación no obedece a un desconocimiento o subvaloración de la importancia política y social de dichos enfoques y perspectivas, puesto que los considero sumamente valiosos, necesarios y pertinentes. Obedece más bien al reconocimiento de que éstos son completamente insuficientes para problematizar un nivel muy distinto de prácticas involucradas en la dinámica de las guerras contemporáneas como la que se desarrolla en nuestro país. No me resultaron suficientes para abordar las prácticas bélicas consideradas más allá de las acciones de los grupos armados y sus efectos directos y materiales sobre la población. También me parecieron insuficientes para problematizar, por ejemplo, las iniciativas ciudadanas masivas de apoyo a la guerra y la creciente opinión pública que apoya la empresa bélica como la mejor y más justa salida del conflicto armado que se perpetúa en el país. Asimismo, las considero insuficientes para problematizar el 'performance urbano que encarna una ingenua pero clara postura en favor de la guerra y del heroísmo patrio que pretende resolverla. El disciplinamiento militar o la coacción de los grupos armados sobre la población definitivamente no me dicen nada sobre cómo ese cuerpo embarnizado de verde consiente el proyecto bélico y adhiere a esa forma particular de heroísmo patrio.

Tampoco me dicen nada, en suma, sobre las frecuentes discusiones públicas y privadas en las que a menudo se reafirma apasionadamente la necesidad de "combatir el terrorismo", de mantener un gobierno de "mano dura", que "tenga pantalones" y que "por fin acabe con esos bandidos que secuestran y no permiten circular libremente por nuestro hermoso país… y explotarlo como se debe". Narrativas, en fin, vinculantes con la dinámica bélica, que gestionan el consentimiento social e incluso promueven el apoyo o el rechazo ferviente de algunos de los bandos enfrentados en el conflicto. Menos aún me aportan elementos de juicio para problematizar las discusiones cotidianas acerca de la legitimidad o ilegitimidad del proyecto de la Seguridad "Democrática" y su principal bandera, a saber, la salida militar al conflicto interno colombiano mediante la derrota del monstruo-enemigo, en el marco de la llamada guerra global contra el terrorismo internacional.

Mi análisis señala que en estas modalidades de participación en la guerra y de vinculación pasional con ésta, se juega en gran medida la perpetuación y naturalización de la vía armada como estrategia necesaria, inevitable y justa para resolver el conflicto político, económico y social que atraviesa el país. Por ello, mi insistencia en analizar prácticas heterogéneas tales como propagandas bélicas, informaciones periodísticas, políticas editoriales, estrategias visuales y audiovisuales, marchas ciudadanas, tecnologías de seguridad, políticas públicas… en las cuales identifiqué modalidades de consentimiento de la población con las estrategias de guerra. Este énfasis configura un campo distinto de problematización de la guerra reciente en Colombia, que interroga las fervientes pasiones bélicas, los procedimientos de gestión del consentimiento y la aceptabilidad de la guerra como mecanismo central del gobierno de las poblaciones que se encuentran en medio de conflictos armados.

Desde esta óptica, se podrían profundizar análisis de la gestión de la colombianidad a través de las prácticas de teatralización y espectacularización producidas alrededor de las operaciones militares exitosas en las que se exterminaron altos mandos de las FARC o en las que se rescataron ciudadanos honorables que permanecían secuestrados por el grupo guerrillero.

Mi vocación por la multiplicidad y la heterogeneidad de los archivos investigativos remite a potencias metodológicas de marcado carácter intertextual y transdisciplinar, que me permitieron reconocer la variedad de procedimientos, estrategias y técnicas mediante las cuales se materializan las pasiones bélicas en Colombia. Tomar como archivos: análisis expertos de la coyuntura política y geopolítica, discursos periodísticos, políticas visuales, montajes audiovisuales, propagandas bélicas, performances urbanos que encarnan el heroísmo patrio, entre otros; exige traspasar los límites que circunscriben las disciplinas científicas como la ciencia política, la administración pública, la historia, la comunicación social, la publicidad, el diseño gráfico, la antropología, la sociología e incluso la disciplina que me hizo "profesional": la sicología. Mi investigación atraviesa preocupaciones propias de dichas disciplinas, pero las procesa de modo transversal sin darle prioridad a ninguna de éstas y, sobre todo, poniendo el énfasis en el problema de investigación y en los desafíos epistémicos, metodológicos y políticos que este exige.

Finalmente, destaco la vocación política de mi análisis: desnaturalizar la Política de Seguridad "Democrática" y problematizar las prácticas culturales que se desplegaron durante los primeros diez años de su implementación. Con ello contribuyo a develar el marcado carácter bélico de dicha política y a analizarla como una técnica bélica de gobierno. La combinación de los términos seguridad y democracia en la definición oficial de esta política es una estrategia para promover la aceptación pública de tal política, promoviéndola como virtuosa y justa y, de paso, velar su modo de funcionamiento estrictamente bélico.

Sin embargo, mi vocación político-analítica no se centró exclusivamente en las esferas del gobierno o el Estado, ni siquiera en un determinado líder político, sino en un conjunto variado de gubernamentalidades de tipo bélico y pasional. Ello constituye la fuerza jovial de mi analítica, en la medida en que desplacé la mirada desde esferas geopolíticas a esferas inadvertidas y moleculares: el cuerpo, la imagen y el deseo.


Notas

1 Además de precisar su interés por las prácticas discursivas entendidas como procedimientos normativos y de veridicción, de un lado, y de otro, por los procesos de subjetivación a través del análisis de las técnicas de sí, Foucault (2009) aclaró el tercer objetivo de sus investigaciones: la gubernamentalidad. Entiendo ésta como el conjunto heterogéneo de prácticas y procedimientos de conducción de conductas, que incluye los fines, medios y estrategias que organizan dichos procedimientos.

2 Con ello me uno a abordajes recientes de la guerra en Colombia que se preguntan por las retóricas y poéticas bélicas (Uribe y López, 2010) y por los discursos emocionales de los actores armados y su función en los procesos de negociación política (Bolívar, 2006).

3 Entiendo estas prácticas como procedimientos de dirección de conductas, es decir, como procedimientos que modulan las conductas de la población, que gestionan opinión pública y promueven pasiones, tanto en las esferas más cotidianas y moleculares: deseos, creencias, aspiraciones, miedos y pasiones; como en aquellas más institucionalizadas o molares: opiniones políticas, opciones electorales, intereses económicos. Así, aclaro que no reduzco la gubernamentalidad a la esfera del Estado y las políticas de gobierno. Si bien la gubernamentalidad es una perspectiva que en principio Foucault (2006) usó para realizar la genealogía del Estado moderno y analizar el funcionamiento de los diferentes aparatos que lo constituyen, posteriormente le sirvió para reinterpretar los problemas fundamentales de sus primeras investigaciones (Foucault, 2009). Incluso, considero que es un prisma que aporta nuevas comprensiones al análisis de las prácticas bélicas que este autor realizó en el curso Defender la sociedad (Foucault, 2000).

4 Acuerdo bilateral constituido en 1999 entre los gobiernos de Colombia y Estados Unidos con el fin de apoyar financieramente la lucha contra el narcotráfico y la terminación del conflicto armado en Colombia. Durante su puesta en marcha se gestionó su ampliación con el apoyo de los países de la Unión Europea. Con significativas variaciones estratégicas, este acuerdo se ha renovado y mantenido hasta la fecha. Leal (2010) afirma que desde el 2001 hasta la actualidad, Estados Unidos ha invertido más de 5.000 millones de dólares, adicionados a grandes recursos del presupuesto nacional para la erradicación de cultivos ilícitos, lo que no ha significado logros sostenibles y sustentables en este campo. Castro-Gómez y Guardiola (2001) develan la estrategia moderno-colonial del Plan, al cual ven como un diseño global de administración de las amenazas locales que atentan contra el capital trasnacional. Tales amenazas estarían encarnadas en los nuevos enemigos "premodernos" del capital trasnacional: guerrilleros, campesinos cocaleros, indígenas y colonos, cuyos "cultivos ilícitos" son, precisamente, el objetivo militar del Plan.

5 En los análisis sobre las guerras se ha estudiado el carácter ético y autojustificativo de los discursos bélicos desde diferentes puntos de vista (Negri y Hard, 2001; Walzer, 2001). También, en Colombia, se han abordado los discursos retóricos (Uribe y López, 2010) y emocionales (Bolívar, 2006) como estrategias políticas y autojustificativas de las acciones bélicas.

6 En este punto coincido con los análisis geopolíticos de Negri y Hard (2001).

7 Es importante aclarar que si bien el citado documento presidencial "Estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos" fue publicado oficialmente el 17 de septiembre del 2002, las estrategias que lo conforman ya habían sido esbozadas e incluso llevadas a la práctica meses antes. Por ejemplo, la primera cita referida se inscribe en la tercera estrategia ("fortalecer las alianzas para derrotar el terrorismo global y trabajar para prevenir los ataques contra nosotros y nuestros amigos") y fue concebida como reacción inmediata a los atentados del 11 de septiembre del 2001, en los discursos públicos que en ese momento hizo el presidente Bush. Esta declaratoria fue una condición favorable para las gestiones diplomáticas que el gobierno colombiano adelantó con el fin de obtener la autorización oficial para usar los recursos del Plan Colombia en la confrontación armada contra las FARC. En razón de estos aspectos, afirmo que la estrategia mencionada fue un acontecimiento que incidió en el destino del conflicto armado colombiano.

8 Coincido en este punto con los análisis de Ramírez (2001), Rojas (2002), Tickner (2006) y Tickner y Pardo (2003).

9 Este concepto se inscribe en los últimos planteamientos de Foucault acerca de la gubernamentalidad (Foucault, 2009).

10 Considero que la combinación de los términos seguridad y democracia en la definición de una política de gobierno (que se convirtió posteriormente en política de Estado) es una estrategia para promover la aceptación pública de tal política y, de paso, velar su modo de funcionamiento estrictamente bélico. En adelante, opto por poner entre paréntesis la palabra democrática, como una manera creativa y quizás paródica de poner en evidencia esta estrategia y de resistirme a ésta: el uso de las comillas es mi manera molecular de no consentir ni aceptar dicha política y de, por el contrario, desnaturalizarla y problematizarla. Mi apuesta fundamental es poner en evidencia el decidido carácter bélico de tal política y mostrar la red de prácticas culturales con las cuales se articula.

11 Esta concepción del poder performativo de las consignas, las prácticas culturales y las imágenes en la gestión de la opinión pública se enmarca simultáneamente en los planteamientos de Butler (2001, 2002), sobre la performatividad; Althusser (2003), sobre la ideología como práctica cultural y; Foucault (2009), sobre los procedimientos de veridicción. Esta es la perspectiva epistémica desde la cual entiendo los efectos performativos y los procedimientos de veridicción.

12 Desde el punto de vista de la gubernamentalidad, las prácticas y técnicas consistentes en convocar, registrar, medir y publicitar la opinión pública no son consideradas como acciones desplegadas por sujetos intencionados. Tampoco son entendidas como procedimientos científicos para conocer y explicar el comportamiento de la población y su modo de expresión a través de la opinión, como si población y opinión fueran entidades escindidas e independientes de esos procedimientos. Entiendo la tecnología de opinión como una práctica gubernamental, es decir, una técnica de dirección de conductas y, a la vez, un modo de producción de verdad y subjetividad.

13 Performatividad heroica presente en el Manifiesto "Democrático": "En la Presidencia seré el primer soldado de la Nación, dedicado día y noche a recuperar la tranquilidad de todos los colombianos" (Uribe, 2002: punto 30). También en el discurso de posesión presidencial: "Apoyaré con afecto a las Fuerzas Armadas de la Nación y estimularemos que millones de ciudadanos concurran a asistirlas" (Semana, 2002, 7 de agosto).

14 Como bien anota Castro-Gómez (2010), acudiendo a Foucault, el gobierno de una población consiste en gestionar sus deseos, aspiraciones y creencias, haciéndolos coincidir con un marco de conducta fijado de antemano.


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