Masculinidades guerreristas: subjetividades en el posconflicto

Masculinidades guerreiras: subjetividades no pós-conflito

War-making masculinities: subjectivities in the post-Conflict

DOI: 10.30578/nomadas.n48a17

 

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Carlos Andrés Rivera

Profesor de la Facultad de Publicidad e investigador en el Iesco, Universidad Central, Bogotá (Colombia). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Manuel Roberto Escobar

Director Iesco, Universidad Central, Bogotá (Colombia). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

DIRECTOR DEL PROYECTO:
Manuel Roberto Escobar Cajamarca

COINVESTIGADORES:
Andrea Castillo y Carlos Andrés Rivera

ASISTENTE DE INVESTIGACIÓN: Ashley Camargo

ENTIDAD FINANCIADORA: Universidad Central

Esta investigación enfoca su indagación específicamente en el contexto colombiano, a partir de la pregunta sobre cómo se han configurado las subjetividades masculinas en los grupos armados implicados en el conflicto bélico. Para ello, durante un año fue realizada una investigación de corte cualitativo que apeló a los relatos de la experiencia biográfica de excombatientes de cuatro grupos diferentes: reinsertados de los grupos paramilitares, reincorporados de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), excombatientes del Ejército de Liberación Nacional (ELN), así como un grupo de expolicías.

Se tomaron como punto de partida algunos planteamientos que relacionan la teoría de género con los conflictos armados, en tanto se incorporan las dinámicas patriarcales en el análisis de la violencia en la guerra. La masculinidad como concepto indaga el tema de las identidades de los hombres en determinada cultura. Alude al género en términos del interrogante por las formas de la subjetividad masculina que se construyen a partir de la diferencia sexual de los cuerpos, en tiempos y lugares particulares. En consecuencia, la pregunta por la masculinidad refiere a las representaciones sociales que configuran regímenes normativos que cotidianamente prescriben “lo que un hombre debe ser”, de manera que el poder de catalogación y valoración de lo humano como masculino se instala entre todos. Así, el poder del género opera en todas las dimensiones de la vida social atravesando al sujeto, por lo que no sólo se actúa la hombría, sino que a la vez se es juzgado desde esta.

La noción de masculinidades hegemónicas (Connell, 2003) es muy relevante para Colombia respecto de la extensión en la vida social de la lógica masculina militar que se ha forjado en los distintos grupos armados, estatales e insurgentes. Se trata de masculinidades denominadas guerristas, y que, si bien surgen en la cotidianidad castrense de los distintos ejércitos, se extienden como modelo de hombría para buena parte de la sociedad. Por tanto, asuntos como la utilización del cuerpo de las mujeres como “botín de guerra”, la vulneración de sus derechos sexuales y reproductivos, etcétera, se suman a la agresión a “quienes se apartan de las normas de género y sexualidad”, como las identidades no heterosexuales y transgénero.

Otro referente importante es el argumento que Juan Pablo Aranguren desarrolla para vincular la uniformidad de la vida militar con otras instancias de la “vida civil”. El autor hace notar que la lógica castrense se extiende como mecanismo de normalización civilizatoria en la modernidad, y excede la masculinidad militar para alcanzar subjetividades civiles en contextos educativos y laborales que requieren disciplinamiento y control estandarizado.

El proyecto de “Masculinidades guerreristas” coincidió con Aranguren. Esto dio una orientación precisa para entender algunas razones por las cuales muchos jóvenes encuentran necesario o atractivo vincularse al conflicto armado en alguno de sus bandos. Se trata entonces de indagar la relación existente entre la subjetividad masculina y las difíciles circunstancias para ejercer y demostrar el rol de “buen hombre” en zonas del país en que las promesas modernas de progreso y bienestar son fatuas. Así, las condiciones de precariedad dificultan para los varones el logro de reconocimiento social, laboral, económico o académico. En ese contexto, la pertenencia un bando guerrero se convierte en un signo de prestigio ante otros hombres. Del mismo modo, se busca exhibir ciertos signos de masculinidad ante las mujeres como proveedores, protectores o poderosos.

Durante el desarrollo del trabajo de campo se encontraron diversas formas de ejercer los roles de masculinidad dependiendo del grupo al que se visitaba. En las FARC se encontró un grupo de excombatientes que fundamentaban sus respuestas sobre la manera de ser hombres en la paridad de género. Fue hallado un grupo con una fuerte formación ideológica, pero también con influencia de la teoría feminista, lo que se manifiesta en un reiterado discurso de igualdad entre hombres y mujeres. Por ejemplo, fueron muy frecuentes las narraciones que evocan a mujeres que superaban a los hombres en la capacidad para caminar largas distancias. Así, la equidad de género pareciera ser entendida como igualdad en el plano de la corporalidad.

También se percibe una ruptura muy fuerte en la subordinación femenina a la institución matrimonial, pues las mujeres ejercen su autonomía al iniciar y cortar los vínculos amorosos y de convivencia sólo con informarlo a sus superiores inmediatos. Los varones expresaron gran cuidado hacia ellas respecto de las violencias de género. No obstante, en términos de jerarquías, esta equidad en lo cotidiano contrasta con que la mayoría de altos cargos siguen estando en cabeza de los varones, y también con los relatos de ellos sobre su aspiración de formar pareja y familia nuclear. . Por otro lado, si bien se reitera un discurso de inclusión de las identidades nombradas como LGBT, no se observó ninguna evidente, ni vínculos al respecto.

Otro aspecto muy significativo en la identidad del varón de las FARC es su dinámica comunitaria. Ante las propuestas del Estado durante el proceso de paz, que apunta a su inserción social individual en el sistema productivo vigente, se trata de una masculinidad que se afinca en la pertenencia a un proyecto colectivo cuyos intereses organizan el tejido social como un todo comunitario.

Por su parte, en el ELN hay una notable diferencia respecto a las FARC: aunque la formación ideológica sigue siendo de influencia marxista-leninista, y se insiste en el comunismo como alternativa a las iniquidades propias de la sociedad capitalista, no se evidencia una formación con enfoque feminista, con lo que persisten en los excombatientes las percepciones respecto a las diferencias construidas socialmente entre hombres y mujeres. La perspectiva de género sólo llegó a ellos durante el proceso de reinserción en Bogotá, y se reconoce más bien la “nombrada ideología de género”, tal y como la simplifican los medios masivos. No obstante, destaca en este grupo la asociación mujer-nación, como nodo central de la inspiración cotidiana de la lucha por unos ideales de corte patriótico.

Para los excombatientes de los grupos paramilitares, aunque hayan estado vinculados en distintos frentes que coinciden en describir como bastante independientes unos de otros, hay una tendencia que considera al hombre paramilitar como superior a las mujeres tanto en el campo de batalla como en la vida social. Consideran el poder femenino como seducción y no en sus posibles habilidades combatientes o en su inteligencia, justo esas capacidades se conciben como propias de los hombres. Tal superioridad implica además del estereotipo del hombre vigoroso y fuerte, una mayor capacidad para soportar la crueldad y ejercer violencia. Así mismo, la labor del grupo pareciera tener una función moralizadora en términos de una tendencia dominante del patriarcado a imponer valores morales y de género en los territorios que controla.

Por último, en el diálogo con un grupo de policías en retiro, en la ciudad de Villavicencio, quienes fueron secuestrados por las FARC durante casi catorce años tras la toma de Mitú en 1998, destaca la tensión que experimentan en su identidad masculina en tanto regresaron como combatientes “vencidos”. Tras varios años de secuestro volvieron a la institución, pero no al combate. De una parte, enfrentan la estigmatización por parte de sus colegas, que los rotulan como “malos combatientes” en tanto “se dejaron capturar”, como sujetos patológicos por los diagnósticos psicológicos asociados con su secuestro o como burócratas que “quieren sacar ventaja de una situación” de guerra. Por otra, reportan un sentimiento de traición por parte del Estado colombiano a quien atribuyen una nula gestión para su liberación. Este sentimiento es una motivación muy importante para sus intenciones de reparación y de indemnización.

Otro contraste que emergió a propósito de las fuerzas policiales es el esfuerzo que sus políticas están haciendo para incorporar conceptos de no discriminación por género y orientación sexual, respecto del sexismo y la homofobia que las prácticas cotidianas evidentemente alimentan.

En general, comprendemos el asunto de la configuración de las masculinidades en el conflicto armado colombiano desde dos amplias interpretaciones. Una se relaciona con la idea del ethos civilizatorio que el modelo de la modernidad contemporánea propone como marco para la configuración de la subjetividad de los excombatientes. Se les propone a los soldados su reincorporación a la vida civil en una lógica de ciudadanía en que el Estado y su democracia garantizarían todos los derechos a la multiplicidad de sujetos que conforman el país. Pero, a la vez, es una ciudadanía desplegada en los flujos locales y transnacionales del mercado, donde el valor de cambio de mercancías y cuerpos se cristaliza en la identidad de varón exitoso para la producción y el consumo, así como proveedor del núcleo familiar.

No obstante, este ideal de sociedad ha demostrado ser decepcionante para la mayoría de las poblaciones, y se correlaciona con la percepción de un Estado fallido en las garantías que debería brindar. Desde los distintos bandos, los soldados pobres reclaman el abandono de ciertos gobiernos de turno, pero, sobre todo, la incapacidad del Estado para generar formas de vida digna.

La otra vía de interpretación tiene que ver con la dinámica entre la configuración del cuerpo del combatiente y la vida misma que pone en juego durante la guerra. El entrenamiento en los distintos bandos tiene en común un forjamiento del cuerpo hacia sus capacidades de fortaleza, resistencia y uniformidad. Se trata de aprovechar al máximo la fuerza corporal para que funcione en el engranaje: los ejércitos operan como un cuerpo colectivo. Así, el entrenamiento rutinario y disciplinado de los cuerpos individuales genera unas agrupaciones conformadas por subjetividades muy próximas a la homogenización.

En esa docilización del cuerpo individual el uso de las armas trasciende su valor bélico para articularse a la corporalidad del soldado. Una vez se aprende a usar el arma la activación de ciertos rasgos de la masculinidad hegemónica pareciera casi irreversible. La posibilidad de quitar la vida en aras de una causa ideológicamente conveniente para la Nación y moralmente pertinente para restaurar valores de la interacción social y de las identidades de género se incorpora como habitus y se naturalizan como parte obvia de la labor del combatiente.

Para concluir es necesario mencionar que de ningún modo sostenemos que la guerra sea el único mecanismo de configuración de las masculinidades guerristas, pues, en general, hay muchos procesos previos y paralelos en distintas instancias de la vida social. Se trata de prácticas que estimulan las identidades bélicas con fines de combate y exacerban las lógicas civilizatorias patriarcales en el conflicto armado, produciendo un magma subjetivo para las consecuentes violencias que se generan.

Referencias bibliográficas

  1. ARANGUREN, Juan, 2016, “La militarización de los cuerpos jóvenes: retóricas de la guerra contemporánea en Colombia”, en: M Gutierrez

  2. CONNELL, Raewyn, 2003, Masculinidades, México D. F., UNAM-PUEG-Instituto de Investigaciones Sociales.