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El patio de los vientos perdidos (reseña del libro)

O quintal dos ventos perdidos

The Courtyard of the Lost Winds

DOI: 10.30578/nomadas.n51a17

 

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Diana Patricia Jaramillo Peña

Magíster en Creación Literaria de la Universidad Central, Especialista en Ética de la Uniminuto y Licenciada en Ciencias Sociales de la Universidad de la Sabana, Bogotá (Colombia). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

AUTOR:
Roberto Burgos Cantor

EDITORIAL:
Seix Barral

CIUDAD: Bogotá

AÑO: 2014

NÚMERO DE PÁGINAS: 346

Estoy por creer que a la gente entera y buena Dios se la lleva para tener compañía.
Roberto Burgos Cantor

El sabor a sal acompañó a Germania desde que vivía en Curazao, el amargo de la enfermedad alcanzó a sus padres, y el sueño de su tienda con flores de tulipanes y violetas quedó allí enterrado en la isla para siempre. El mar la acompañó cada día de su vida en la prisión de la soledad que no era sólo suya, la compartía a diario con las niñas sin rostro para el mundo que venían de tierras remotas donde falta todo. Entre ferrocarril y muralla, ciénaga y patio, río y manglar, se disputaban todos la ausencia y la ilusión de vencerla en un round, en un toque, en un desfile o en una noche de estrellas.

Germania encontraba río arriba y río abajo ese espantoso sabor a gente rota que llegaba hasta las fincas cafeteras y que se apoderaba de los patios en Cartagena, Panamá, Venezuela, y todos saben que en otros tantos rincones más. Y no era culpa del río Grande, que así como toleraba el desfile de reinas por los días de noviembre, soportaba el olor a buitre allá abajo, donde se pierde entre el mar. Ni el tono festivo del saxo de Sarmiento capaz de levantar muertos, ni toda la fuerza en los brazos de Beny, ni toda la astucia de Lamadrid para invocar estrellas podían hacer de un icaco un mango. Todo lo que sopla desde tiempos inmemoriales hasta nuestros días desde que dijeron que esta tierra, la de América, era nueva, cuando era vieja como las demás, ha trastocado la memoria. La vida del marqués entre tierras y bienes sin resolver con la venia del rey así lo confirma, y los litros de carmín sepultado bajo las murallas también. Y los buques y el canal que desaparecieron en un truco de magia.

Los dolores de patria y los dolores del alma no los podía solucionar un político con voto comprado, tampoco el payaso del Beny porque él no es payaso, así le gritaba la gente siguiendo sus pasos, todos con la esperanza quebrada, ya sin poder salir del mar de las derrotas. La fuerza de los brazos se le iba por entre las piernas atendiendo dos niñas a la vez y luciendo los zapatos de luces sensación de un día. Sarmiento soplaba y soplaba intentando llegar al Polo Norte y desde allí disipar la tristeza del domingo, y de todos. Entre tanto, la tormenta alcanzaba a Germania, torbellino del que ningún son, estatua, estrella, amigo la iba a proteger.

El olor a camarones cerca de la casa no se apartaba como no se apartaba ella de Lamadrid, ese hijo de la Conquista y la Colonia, perla del marqués, que mataba las horas con las estrellas para no morir anticipadamente. La perversa o la amiga dependiendo las circunstancias, dolor o alivio, había llegado para quedarse. Ese ventarrón que se veía venir dejó a la mujer de los tulipanes sin flores, pero con una estatua, una tumba en el patio y un dolor furibundo en el pecho. Ese de cuando algo se rompe allá dentro. Y así como estaba ella, y el olor a flores marchitas era insoportable; no era diferente por las orillas de los ríos, por la montaña y el páramo, por la llanura, por todas partes hasta el mar y hasta nuestros días. Era otra enfermedad, la que deja sin techo y en lugar de cocos siembra muertos. El michi tenía más razones para tocar. Ante la muerte, había que matar el desencanto o lo que siempre se hace en estos casos, acostumbrarse. Repetir domingos en el calendario donde las ilusiones nacen y mueren porque no alcanzan a reproducirse. Encontrar en la complicidad de los buenos amigos la llama que prende la estufa. Entender que el Victoria navega desde tiempos remotos intentando curar males inventados como el del animal encogido, y que de esos embustes han sido partícipes desde monarcas hasta pescadores y mujeres iletradas y con letras también, y que desde esos ejercicios los hombres son como son.

Orión no puede reemplazar a Lamadrid y el Sarmiento no tiene oportunidad con Germania porque el corazón quedó arrebatado para siempre. De todos los que se fueron por esos días para otro lado o fuera del país, llegaron a comer el mismo huevo de iguana. A Olimpia los pelos blancos no la asustan y nunca manifestó que quisiera ser abogada o médica, como lo hacían quienes sí salieron a buscar el sueño. Las niñas dejaron la ingenuidad en la casa de la ciénaga y lo de la burra parece que son puras habladurías…

Recostada en una poltrona, y con postura insinuante, una mujer oculta su rostro bajo una máscara y su cuerpo es perfilado por el marco de la ventana. Con esta imagen, el maestro Burgos (Q. E. P. D.), premio nacional de novela 2018, introduce a los lectores en El patio de los vientos perdidos. La ventana aguarda múltiples imágenes, así que no pretendan una lectura fugaz porque se perderán de los detalles, principal cualidad de la obra. Ésta constituye un pase para viajar, imaginar, conocer, disfrutar y reflexionar desde la creación literaria, la música, la gastronomía, el boxeo, la superstición, la política, la geografía y la historia, la realidad y los sueños de un grupo poblacional asentado en la Costa Caribe de Colombia, con sus dinámicas cotidianas mientras la vida transcurre.

El patio de los vientos perdidos no es una novela, es la vida en los barrios Hoyo Hondo (246) y Loma de Vidrio (68) de Cartagena en Colombia, Venezuela, Panamá, República Dominicana, Curazao o cualquier lugar de Latinoamérica. “Son las alegrías y el martirio de la gente” (325) ante la soledad, la ilusión, la pérdida, la guerra, el amor, la vejez, los sueños, la cotidianidad personal y colectiva de celadores, albañiles, emboladores, prostitutas, boxeadores, pescadores, mucamas, personajes que llenan de humanidad y claridad a una sociedad que le cuesta reconocer a sus próximos y que al vuelo de un clic olvida asuntos trascendentes como la pérdida de Panamá y el Canal (1903): “[…] y continuaron a poca distancia de la línea de la costa hasta encontrar la entrada del canal” (180), la masacre de la bananeras (1928), o la violencia bipartidista (1948); “como cuando la Getmo conoció haciendas de café donde dialogó con gente de pasado roto y ningún apremio por el porvenir” (104), que dio lugar a violencias más cruentas.

El relato es de una riqueza extraordinaria en forma y fondo. Un fuerte ejercicio de creación caracterizado por un lenguaje en principio y apariencia confuso, que más tarde se torna divertido por prescindir de la puntuación en algunos estadios de la obra. Así como por el uso de la prosa, pero también del lenguaje poético. Las variables que introduce en los capítulos en cuanto a la apariencia y textura del relato: corto, largo, veloz, lento, confuso, claro. Los juegos con las palabras: “La enfermedad es mala. La maldad mata. La mata crece” (253); también la reiteración con palabras en particular como domingos: “[…] yo no soplo los domingos” (55); o remember por parte del Michi, que hace más intensos y contundentes sus parlamentos. Además, algunas frases en latín: “Noli me tangere” (209), no me retengas/no me toques. Líneas espontáneas y graciosas como: “Funeraria La Equitativa” (289), y “seguiremos escribiendo en las paredes del barrio que nosotros mandamos en la chucha de Gertrudis” (209). Expresiones que indican la sencillez, humildad e ingenuidad de los personajes. Al mismo tiempo, introduce frases sin freno que parecen desconectadas: “[…] en los claros del jardín de las mafafas heliotropos capachos rocíos de oro pinos violetas en la mesa ovalada los ojos que se cerraron en la penumbra” (45). Este ritmo incontenido es uno de los aspectos más admirables de la obra. Asimismo, la inserción de términos muy autóctonos como: crica (117), abalorios (38), puyanube (41), pingarria (81), chócoros (94), oropéndolas (97), farotas (175), fárrago (176), balandro (187), arrechuche (257), pandonga (311), o dichos que él transforma para hacerlos más divertidos: “Ojo por ojo. Apártate de las mujeres” (78); agüeros reconocidos en nuestra cultura, y el uso de onomatopeyas. También, las diferentes maneras de referirse al río Magdalena: “[…] siguió en la corriente del río color tierra” (95).

En cuanto al fondo, la obra se desarrolla en los tres últimos meses del año, en un ir y venir entre el pasado y el presente de los personajes y el país. Exhorta a imaginar y construir más allá del relato; el lector ve y siente los efectos de las murallas de Cartagena, y piensa en las murallas de Panamá (Portobelo), aunque no las nombra, porque invita a pensar nuestra historia y la de los pueblos cercanos. Hay una necesidad imperiosa en el autor: nombrar los fenómenos que han favorecido la exclusión de algunos grupos humanos. En la atmósfera de la obra convergen dos tiempos, uno histórico ligado a la memoria colectiva de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, pero que también se interesa en rememorar nuestro vínculo con la España del siglo XVI, los vestigios de la Conquista y la Colonia materializados en la construcción de las murallas mediante la esclavitud. Y un tiempo ficcional propio del relato, construido desde las experiencias de los personajes, que se integra y se contrae a partir de la realidad histórica nacional. El contenido está impregnado por los sabores y aromas de la Costa, “el tamarindo y el mango, y los dulces de icaco, mamey y coco” (106), “y el sancocho de pescado, las postas de sábalo, las colas de lebranche, las cabezas de bonito” (114). Los lugares donde todo ocurre o deja de suceder: el patio, al ladito de la Ciénaga, el ferrocarril, el mar, las murallas, el río Grande, los manglares y el hotel. Es un relato absorbente, humano, intenso, equilibrado, lleno de formas, colores, sabores, es en últimas, Colombia.