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Una teoría sureña

Uma Teoria do Sul

A Southern Theory

Robert William Connell**
Traducción de Diógenes Carvajal***


* Ponencia presentada en la Conferencia Anual de la Asociación Sociológica Australiana, Brisbane, julio 6 de 2002.

** Historiador egresado de la Universidad de Melbourne. Ph.D de la Universidad de Sydney. Docente de la Facultad de Educación de la misma institución. Email: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

*** Investigador DIUC.


Resumen

Este artículo es un intento de comprensión de la situación pasada y presente de la sociología en relación con la sociedad global. Propone una estrategia para el desarrollo de la sociología como una ciencia democrática en la era de la globalización corporativa, resaltando la importancia de las perspectivas producidas más allá de la metrópolis.

Palabras clave: Sociología, conocimiento, poder.

Resumo

Este artigo descreve uma abordagem para entender a situação passada e atual da sociologia em relação à sociedade global. Propõe uma estratégia para o desenvolvimento da sociologia como uma ciência democrática na era da globalização corporativa, que destaca a importância das perspectivas produzidas além da metrópole.

Palavras chave: Sociologia, conhecimento, poder.

Abstract

This paper outlines an approach to understanding the past and present situation of sociology in relation to global society. It proposes a strategy for the development of sociology as a democratic science in the era of corporate globalization, which highlights the importance of perspectives produced beyond the metropole.

Key words: Sociology, knowledge, power.


1. El poder global y la situación actual de la sociología

Sociología e imperialismo. Como práctica social y como una forma de conocimiento de la sociedad, la sociología es hija del imperialismo1. Fue construida como forma cultural por la clase intelectual liberal de los más grandes poderes imperiales durante el apogeo del imperialismo europeo, en las generaciones previas a la Gran Guerra. La sociología respondió a problemas éticos e intelectuales planteados por las dinámicas del imperialismo y elaboró respuestas a estos, en su mayoría, a partir de la información que llegaba a la metrópolis procedente de las fronteras de la conquista y de los asentamientos coloniales. Los conceptos de “progreso” y “evolución social” fueron centrales en el proyecto intelectual original de la sociología y su exigencia –como teoría del progreso– de ser la reina de las ciencias. Estos conceptos se basaron en una idea central de diferencia global entre lo primitivo y lo avanzado en el cual estaba anclado el imperio, en el encuentro de colonizadores y colonizados, y en las justificaciones religiosas y seculares del dominio imperial europeo.

Esta ciencia de la modernidad no tenía nada que decir sobre el poder global de las sociedades a las que se dirigía o sus relaciones con los colonizados. En la división académica del trabajo del siglo XX, dichos asuntos le fueron asignados a la antropología, a los estudios regionales (portadores del “orientalismo” académico) y, a su debido tiempo, a los estudios de desarrollo en la economía y a las relaciones internacionales en la ciencia política.

La sociología académica, que desde la década de 1930 tuvo un centro del mundo particular en los Estados Unidos, tiene su foco inte- lectual en el “problema del orden social” que es interno a los países capitalistas ricos. Se convirtió, hasta cierto punto sustancial, en una subordinada del estado de bienestar metropolitano del siglo XX. Los fondos corporativos y estatales ampliamente expandidos posibilitaron la ocurrencia de avances revolucionarios, desde la escuela de Chicago con su etnografía urbana en la década de 1920, hasta las técnicas estadísticas para el análisis de encuestas desarrollada por Lazarsfeld en las décadas de 1940 y 1950.

El incremento en datos sofisticados hizo posible una ciencia administrativa de la sociedad moderna basada en la exploración de las diferencias entre la población metropolitana y asociada de manera cercana con las técnicas de intervención social (por ejemplo, el trabajo social, la planeación urbana y, un poco después, la educación compensatoria). Fue la sociología bajo estas condiciones –teorías internas de la modernidad más tecnologías de investigación para la ciencia administrativa– la que prosperó en las universidades de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial y la que se exportó al resto del mundo en el contexto de la Guerra Fría. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, los sistemas de educación superior de Europa, los asentamientos coloniales como Australia, y del mundo poscolonial, adoptaron e institucionalizaron de manera sucesiva este modelo de sociología. La Asociación Sociológica Internacional es un producto de este movimiento.

Teoría metropolitana. Las recientes agendas teóricas en sociología, con muy pocas excepciones, continúan el enfoque “internalista” adoptado por la sociología después de la Segunda Guerra Mundial. Si me extendiera sobre esta discusión, establecería este punto para la teoría de selección racional, el neofuncionalismo, la teoría de la estructuración, y otras tendencias. Aquí señalaré el caso en relación con los acercamientos más radicales a la teoría (donde quizá sea más difícil).

El posestructuralismo ha retado de manera creativa las categorías a través de las cuales se entienden los procesos sociales. Pero no ha retado el escenario que le concierne a la sociología. Sus análisis paradigmáticos tal como los de Foucault (1977) sobre el castigo, son internos a la historia “Occidental”. Esto no quiere decir que los métodos postestructuralistas no tengan ninguna implicación en los asuntos globales. La tienen y de manera plena; el análisis que hizo Said (1978) del “orientalismo” occidental es un caso importante. Pero incluso el argumento de Said está centrado en la metrópolis y sus representaciones del otro colonial. De manera más amplia, no hay nada en el posestructuralismo que concierna al colonialismo o su legado.

Dicho más claro: aquellas inmensas e influyentes contribuciones a la teoría sociológica que buscan asir el cambio sociocultural a larga escala por medio de la caracterización del momento presente como parte de una secuencia histórica (un cercamiento que se remonta a Hegel y a Comte), continúan haciéndolo desde una lógica eurocéntrica.

En pocas palabras, la secuencia “premoderno/moderno” de la teoría del desarrollo parsoniana se ha extendido: “premoderno/moderno/ posmoderno”. Sin embargo, mientras más se adentre el barco en la posmodernidad, este recorrido es más visto como una secuencia, un estado que evoluciona de otro. De esta forma cuando leemos la caracterización que hizo Lyotard (1984) de la modernidad en términos del proyecto de la Ilustración, y de la posmodernidad en términos de incredulidad hacia las grandes narrativas, aún estamos escuchando una declaración internalista de la cultura occidental. Convertir este concepto en una sociología de la “posmodernización” produce una declaración internalista del “cambio en la sociedad avanzada” (Crook, Pakulski y Waters, 1992).

Por otra parte, se piensa que la modernidad evolucionó hacia una modernidad reflexiva, “sociedad de riesgo” o alta modernidad (por ejemplo, Beck, 1992). Por lo general esta escuela le da más importancia a la vida organizacional y a la estructura económica. Pero sigue entendiendo el avance capitalista como un desarrollo dentro de la sociedad y la economía de la metrópolis, que se caracteriza por cambios en el conocimiento, los sistemas de producción y las relaciones de clase.

Las teorías de la “globalización” (Waters, 1995) entienden la sociedad mundial como el dominio del razonamiento. Pero tradicionalmente operan por medio de la caracterización de la sociedad de la metrópolis y teorizan sobre las formas en las que sus atributos se han convertido en los de la sociedad global como un todo.

No es sorprendente que la sociología contemporánea se centre en la sociedad de la metrópolis, si consideramos la disciplina como una práctica social encarnada. La mayoría de los sociólogos viven en la metrópolis y la mayoría de los estudiantes de sociología estudian en universidades metropolitanas. La mayoría de los libros de sociología se publican en la metrópolis, y la mayoría de las revistas de sociología se editan en la metrópolis.

Participación dependiente. Dentro de un sistema universitario mundial e interactuante, los académicos que están por fuera de las metrópolis pueden participar en disciplinas metropolitanas. Actuar así es, de hecho, una cuestión de vida o muerte académica. Como se puede ver en la investigación histórica de la vida en las ciencias naturales (Connell y Word, 2002), establecer una presencia en la ciencia “internacional” es vital para la reputación local y para obtener las condiciones materiales de trabajo e influencia en los empleos, promociones y estipendios para la investigación. Este es un patrón estructural en el sistema universitario moderno y se extiende a la sociología como disciplina universitaria. Los sociólogos de la periferia pueden participar en la sociología metropolitana, pero lo hacen en los términos planteados por la metrópolis.

Para publicar en una revista metropolitana, por ejemplo, uno debe tratar un asunto que parezca significativo para los editores de la revista, usar conceptos y lenguaje inteligible para los lectores de la misma, y seguir las reglas de evidencia y argumentación aceptadas por los árbitros de esta, quienes por lo general son académicos metropolitanos. Mientras más prestigiosa y selectiva sea una revista, más poderosa parecerá su “estructura” de contribuciones.

Mecanismos similares operan al ganar experiencia laboral en la metrópolis uniéndose a proyectos de investigación que se originen en la misma (en donde se encuentra la mayor cantidad de fondos), participando en conferencias y cosas por el estilo. El patrón característico de contratación en la sociedad mundial para los sociólogos de la periferia es, por ende, uno de participación dependiente. El efecto cultural de estos mecanismos es poderosamente irónico. Las interpretaciones profesionalmente más prestigiosas de los procesos sociales en un país periférico como Australia, son aquellas que están mediadas por la metrópolis y que se corresponden racionalmente bien con la interpretación que la metrópolis hace de sí misma. En pocas palabras, un punto medio entre Chicago y Heidelberg. La especificidad de la periferia permanece sólo como un sabor o acento, no como una fuerza constitutiva dentro del análisis.

La creciente residualización de la sociología occidental. Pero la disciplina en la que nosotros, los periféricos, buscamos participar, no está en estado boyante en la metrópolis. El surgimiento del neoliberalismo en el último cuarto del siglo XX representa una amenaza profunda para la sociología, y no es sólo un fenómeno de ideología política2. El pensamiento neoliberal se conecta con la crisis del estado de bienestar, el retiro de la regulación económica y la intervención social, la creciente hegemonía del capital financiero internacional, y el retiro o colapso de las políticas de la clase trabajadora (tanto el comunismo como la social democracia).

Con el triunfo de la agenda de mercado tenemos una nueva reina de las ciencias sociales: la economía. La creación o desregularización de los mercados ha sido bien descrita como una metapolítica, un principio dentro del cual todas las políticas específicas se enmarcan. La ciencia que proclama analizar los mercados se convierte, de manera inevitable, en la que regula los términos para todas las demás.

La sociología metropolitana, en este punto de la historia, está en riesgo de ser residualizada. La sociología debe sobrevivir bajo el neoliberalismo como una ciencia del remanente del no mercado. Debe trabajar para el estado de bienestar disminuido, por medio del estudio de grupos que no se involucran en la competencia de mercado. Debe conducir una especie de etnografía de salvamento sobre los estilos de vida e instituciones por fuera de la corriente comercial principal. Debe desempeñar tareas valiosas y algunas veces populares, como portadora de las críticas a la sociedad de mercado

Pero la sociología no parecería florecer intelectualmente ni desempeñar el papel cultural que una ciencia de la sociedad puede representar, si se asienta en este nicho. Si la sociología va a representar un papel más activo en las próximas décadas, y a hacer una contribución significante a la democratización del mundo contemporáneo, entonces su posición y su relación con una sociedad global deben ser reexaminadas de manera urgente.

2. Las consecuencias de la historicidad

Seis mil millones de personas. Cuando la sociología metropolitana habla de “sociedad” o “modernidad” está, por lo general, hablando de 600 millones de personas. Sin embargo, hay aproximadamente seis mil millones de personas en el mundo. Tenemos que ser conscientes conceptualmente del hecho de que la modernidad involucra la historia de los seis mil millones. La sociedad global no es una sociedad metropolitana globalizada. El otro 90% de la población mundial se mantiene en una relación diferente con el proceso social global.

La gran discontinuidad. Esto se ve fundamentalmente en la historicidad de los procesos sociales. No sólo es conveniente para la sociología metropolitana tratar el tiempo como una variable continua; esto se hace constantemente, tanto en el trabajo empírico como en el teórico. Un número enorme de series de tiempo, estudios de panel, historias institucionales, estudios demográficos y estudios de ciclos socioeconómicos lo han estado haciendo; en ellos la continuidad de los procesos a través del tiempo se presupone. Los teóricos metropolitanos presumen fácilmente un continuo de tiempo dentro del cual ellos examinan el cambio. Erigen esquemas de desarrollo en los que una etapa surge de otra y, si creen en la transformación cualitativa, pueden tratarla dentro del decoroso marco de la dialéctica.

El mundo colonizado, sin embargo, vive dentro del horizonte de una discontinuidad fundamental, una transformación catastrófica. En esta transformación se arrasaron poblaciones enteras, se embargaron recursos productivos (incluyendo la tierra), se destrozaron sistemas institucionales, se atacaron y subvirtieron sistemas culturales, se removieron cuerpos y se los transportó miles de kilómetros, y se impusieron categorías legales, económicas, políticas y religiosas extrañas, por lo general a la fuerza.

La historia del colonialismo es inmensamente compleja, por supuesto. Estos eventos se produjeron a lo largo de cuatrocientos años y la secuencia de encuentros varió en diferentes regiones, como lo muestra la historia de Bitterli (1989). La conquista de América Central y el Caribe en el siglo XVI difiere de la conquista del Sur de Asia del siglo XVIII, y de la de África en el siglo XIX. Igual de diferente fue el curso del imperialismo económico en el Este de Asia y los asentamientos coloniales en Norte América, Argentina y Australasia.

Pero a través del mundo colonizado el horizonte de conquista o dominación marca una discontinuidad tan básica que todo, desde entonces (incluso la pregunta por la continuidad de las tradiciones preconquista), está enmarcado por él. Nadie que teorice sobre el cambio social desde un punto de vista dentro del mundo colonizado puede asumir un cambio continuo, ni siquiera dialéctico, como el modelo fundamental de la transformación social.

De las relaciones diferenciales a la sociedad global. El momento de la conquista no es sólo un asunto de un evento único en cada lugar particuNÓMADAS 41 lar. El colonialismo creó un orden social que va más allá de lo local. “Imperialismo” es un nombre inapropiado que sugiere sólo una lógica abstracta. Mejor hablemos de “imperio” para acentuar el sistema concreto de relaciones sociales que fue. Los conquistadores no sólo conquistaron. Por lo mismo –como lo muestran en detalle investigaciones como el estudio de Morrell (2002) sobre la sociedad colonizadora en Natal–, los colonizadores trabajaron durante generaciones para construir y mantener un sistema institucionalizado de dominación local, integrado con el gran sistema de dominancia imperial.

Tal como lo ha enfatizado la teoría de sistemas mundiales (Wallerstein, 1979) al hablar de “núcleo”, “periferia” y “semiperiferia”, poblaciones en diversas regiones están en diferentes relaciones con la economía global. La investigación sobre globalización económica, y sus predecesoras sobre corporaciones multinacionales, ha revelado un sistema institucional que no puede entenderse desde la perspectiva de una “sociedad” de un solo nivel nacional ni desde la presunción de una homogeneidad global (Hirst y Thompson, 1996).

Diferencia e inequidad. La historia del imperialismo y la globalización poscolonial es una historia de conexiones entre sociedades, llevadas a interacción por la conquista, el comercio, la inversión, la migración y las comunicaciones de larga distancia. Tal como lo reconocieron las dos primeras generaciones de sociólogos, imperio significa diferencia. Los viajeros, misioneros, soldados y etnógrafos que llevaron a la metrópolis descripciones del Otro exótico estaban documentando, de la manera más dramática, la pluralidad humana, la diversidad desde la cultura y las instituciones. El hecho de que ellos con frecuencia pensaran que estaban documentando la diferencia natural en la forma de “raza”, no debe cegarnos frente a su éxito actual.

Pero la diferencia no sólo fue descubierta; también fue creada. El contacto entre culturas es constitutivo de la “modernidad”. El proceso de conexión es tanto generativo como destructivo.

Al posicionar poblaciones diferentes dentro de una sociedad translocal emergente, el colonialismo creó unas jerarquías raciales modernas, unos órdenes de género reconstituidos, y unas sexualidades rehechas. Por ejemplo, bajo la globalización contemporánea los modelos occidentales de sexualidad (como la identidad gay urbana y el “amor romántico” heterosexual) se esparcieron por el mundo, y no sólo destruyeron los modelos indígenas. Como lo muestra Altman (2001), el interjuego produce nuevas prácticas e identidades sociales, generando espectros que son más complejos de lo que eran por sí mismas cada una de las culturas interactuantes.

Estos espectros son, sin embargo, moldeados por la inequidad global. La sociedad mundial no es sólo una estructura de conexiones e intercambios. Es también una estructura de inequidad a escala masiva. Abarca inequidades en cuanto a ingresos y salud, con los que todos estamos familiarizados; también inequidades en cuanto a la fuerza militar e influencia política; e inequidades en cuando a “reconocimiento” con respecto a la autoridad cultural.

3. La exposición sureña: repolarizar la sociología

El punto de vista del colonizado. En su obra maestra, ampliamente difundida, Lukács (1960) planteó que el conocimiento vital de la sociedad fue generado desde el punto de vista del proletariado porque, simplemente, no estaba disponible en otras clases. Esta no fue una cuestión de mayor sabiduría entre los trabajadores, sino de su posición en el proceso de producción capitalista y su ineludible experiencia de los mecanismos centrales de apropiación.

El debate sobre la “epistemología del punto de vista” abarca ahora género y raza al igual que clase. Smith (1990), al desarrollar una “sociología para las mujeres”, ha producido métodos relevantes para el estudio de cualquier estructura de poder desde el punto de vista de los oprimidos. La descripción que hace Smith de la imbricación de la ciencia social en las “relaciones de dominancia” que produjeron la opresión de las mujeres, nos lleva a un marcado énfasis en los cimientos locales del conocimiento producido para, con y por los oprimidos. Esto implica que estudiar el género no es sólo debatir la estructura del poder generizado.

De forma similar, estudiar la sociedad mundial no es sólo producir una sociología democrática. Es, sin embargo, una condición para producir una sociología democrática. Y el punto de vista del colonizado es constitutivo de ese proyecto más amplio.

Hablar de “el” punto de vista de los colonizados es, claro, una gran simplificación. El mundo colonizado y poscolonial es muy complejo. Por fuera de la metrópolis está la mayoría de los pobres del mundo, en el sur de Asia y en África, pero también algunos de los más ricos (como las elites dominantes en Arabia Saudita y los estados del Golfo), al igual que comunidades privilegiadas como Australia y Nueva Zelanda, poderes emergentes como China y Brasil, y áreas de lucha y transformación como aquellas del sur de África.

Dicha complejidad prohíbe cualquier noción simple de privilegio epistemológico. Sin embargo, nos permite considerar como pregunta central para la sociología las estructuras de poder y privilegio a escala global. Las estructuras de poder y privilegio son mucho más visibles desde abajo.

Estudiar desde abajo, a escala global. Para la ciencia social este es el caso elemental de “estudiar desde abajo”. Estudiar las estructuras de poder y privilegio, y los poseedores del poder y portadores de los privilegios, a escala mundial, aún es un proyecto relativamente poco familiar, a pesar de la inundación de textos sobre globalización.

La mayoría de la literatura sobre “globalización” es aún una cuestión de estudiar desde arriba –buscando el impacto de la cultura global en comunidades no metropolitanas, o apropiaciones locales de, o respuestas a, una cultura del consumo estadounidense–. Por ejemplo, la reciente literatura sobre “género y globalización” (como Marchand y Runyan, 2000), versa principalmente sobre la incorporación de mujeres trabajadoras o consumidoras en la economía global. Aún se ha hecho muy poco por investigar a los portadores de los privilegios en el orden de género mundial; los hombres y masculinidades de corporaciones transnacionales y de instituciones estatales globales dominantes.

Una agenda para “estudiar desde abajo” a escala mundial le daría gran prioridad a estas instituciones. Debemos examinarlas no sólo como actores económicos sino también como organizaciones y movimientos sociales, con sus propias características culturales.

Las corporaciones transnacionales son, por ejemplo, portadoras de soluciones culturales y organizacionales al problema de obtener beneficios mientras se opera a través de las complejidades económicas, religiosas y políticas del ambiente global. Debemos tener cuidado de tratar a las corporaciones multinacionales como corporaciones locales, o al sistema estatal internacional como el estado local. Estas organizaciones, por virtud de la amplia escala a la que operan, la sorprendente diversidad de las poblaciones con las que tratan, y los niveles de bienestar y pobreza que llenan, no tienen precedentes.

La ideología neoliberal es, por sí misma, un objeto de investigación importante. El surgimiento de la economía neoclásica, a partir de la singular y anticuada secta de la década de 1950 que se convirtió en el paradigma dominante de la política económica global en la década de 1980, es una de las historias intelectuales más impresionantes de nuestro tiempo. ¿Cómo sucedió esto? La respuesta es en parte organizacional, conectada NÓMADAS 43 con la financiación corporativa de los centros de investigación neoconservadores (los famosos “tanques de pensamiento”). Pero también tiene que ver con la cultura. ¿Qué elementos de la vida intelectual y política de la metrópolis, y de beneficiarios no metropolitanos del capitalismo global como Australia, permitieron de manera tan rápida y completa una penetración del neoliberalismo? Las inequidades existentes son, ciertamente, parte de la historia. El ataque neoliberal al estado de bienestar y a lo “políticamente correcto” ha sido el vehículo de la reacción de clase y el retroceso de género, y le ha abierto la puerta al resurgimiento contemporáneo del racismo.

Sobre todo, ¿cuáles son las dinámicas del neoliberalismo como una ideología de la sociedad global? Su surgimiento se interpreta por lo general a lo largo de líneas internalistas, como una respuesta de la clase dominante a los costos del estado de bienestar y sus efectos redistributivos. ¿También debe ser visto como una respuesta de la metrópolis a los cambios en el poder global y las relaciones económicas? Múltiples amenazas han aparecido desde el inicio de la “guerra fría”: la descolonización de África y Asia, la derrota de los poderes occidentales en Vietnam, la crisis del petróleo a principios de la década de 1970, y el surgimiento de una industrialización respaldada por el estado en los antiguos países “tercermundistas”. El neoliberalismo puede haber llegado muy lejos y muy rápido debido a que les ofreció a los grupos dominantes de la metrópolis soluciones simultáneas para sus problemas internos y externos, a la vez que les ofreció a los grupos emergentes por fuera de la metrópolis el acceso a los privilegios de la clase mundial.

Una sociología democrática y su fuerza de trabajo. Una sociología que pueda actuar como el lado científico de un proyecto democrático global es posible –pero no bajo la hegemonía del neoliberalismo global ni en el espacio académico que posibilita la primacía de la economía–. El proyecto de construir dicha sociología, por lo tanto, implica encontrar bases culturales por fuera de esta hegemonía, y una fuerza de trabajo capaz de debatir la primacía de la razón económica a una escala global.

Necesitamos pensar en términos de fuerza de trabajo, ya que el trabajo intelectual es fuerza laboral y el cambio intelectual no se da por fuera de ella. El neoliberalismo, después de todo, produjo su fuerza de trabajo de una manera deliberada, y continúa tratando de expandirla, con la “cultura de la empresa” que invade el currículo universitario y las escuelas de negocios de los posgrados alimentando, como conejos, a los estudiantes de las universidades del mundo. Una parte significativa de la fuerza de trabajo que necesitamos ahora (aunque, por cierto, no toda ella) está representada por la sociología académica existente.

Como dije antes, la mayoría de los sociólogos académicos están ubicados en la metrópolis. Para aquellos por fuera de ésta, la práctica de la investigación sociológica, por lo general, involucra participación dependiente en la ciencia social metropolitana. Para la sociología no metropolitana tener un papel hegemónico es, a la luz de los argumentos dados, posible. Pero ciertamente requerirá un cambio dramático de actitud, y no es fácil reconciliarlo con senderos profesionales existentes. Esto requeriría un trastorno en los patrones de publicación y en los lectores. Requeriría la construcción de relaciones laterales alrededor de la periferia para proporcionarle un contrapeso a las relaciones centrípetas que cada parte de la periferia tiene con la metrópolis. El concepto de “teoría sureña” es, en un sentido, una etiqueta para las posibilidades intelectuales que dichos enlaces ofrecen.

En semejante proyecto una responsabilidad particular recae en los intelectuales de los países “semiperiféricos” (como los llama Wallerstein), los beneficiarios no metropolitanos del imperialismo y el capitalismo global –asentamientos coloniales como Australia, Nueva Zelanda y Argentina, las comunidades blancas de Sudáfrica, las comunidades urbanas de Chile, Brasil y México–. Debido a sus estándares de vida del primer mundo, tienen recursos significativos para la producción y comunicación intelectual. Debido a su ubicación en el mundo poscolonial, tienen una perspectiva de la sociedad global que se sobrepone a las que tienen la mayoría. No pienso en ningún momento que esta sea una identidad de intereses. Pero hay aquí por lo menos una base potencial por una ciencia de la sociedad iluminada por el punto de vista de los proletarios mundiales y no sólo los metropolitanos.

Al mismo tiempo, son los científicos sociales metropolitanos los que deben proveer la principal fuerza de trabajo de cualquier gran desarrollo de las ciencias sociales. La clase de proyecto por el que estoy trabajando, en consecuencia, depende de manera contundente del involucramiento de los intelectuales metropolitanos. La sociología es famosa por ser “multiparadigmática”, que es una forma de decir que está dividida y que es diversa. Un número significativo de científicos sociales metropolitanos ya están involucrados en el análisis crítico de la sociedad global (tal como lo muestran las referencias citadas aquí).

Los enlaces entre estas personas y colegas en la periferia son también de gran importancia. Ninguna convergencia de intereses materiales impulsa la creación de estos enlaces, pero una vez que se defina un área problemática, se puede descubrir un interés común en el entendimiento verdadero y profundo. En un alcance inusual la cooperación, aquí, yace sólo en la amistad. Esto puede sonar banal, pero la asociación voluntaria, la voluntad, y el gusto mutuo no son bases triviales para la cooperación intelectual. Proporcionan una base catéxica para labores compartidas que apuntan hacia el surgimiento de intereses también compartidos (tanto intereses racionales basados en la cooperación, como el reconocimiento de intereses comunes de humanidad), en vez de depender de intereses ya establecidos basados en estructuras de inequidad.

Uno de los problemas prácticos de la sociología global es saber cómo dichos enlaces pueden mantenerse. Necesitamos consolidar la fuerza de trabajo global al mismo tiempo que montamos y mejoramos las herramientas intelectuales.


Citas

1 Para una base empírica sobre esta afirmación, ver Connell, 1997.

2 Para una versión ampliada de esta afirmación, ver Connell, 2000.


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