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Óxido de lugar: ruralidades, juventudes e identidades*

Óxido de lugar: ruralidades, jovens e identidades

Oxide of place: ruralities, youths and identities

Yanko González Cangas**


* El autor agradece la colaboración y sugerencias de los profesores Carles Feixa y Verena Stolcke dentro de la investigación en la que este trabajo se sustenta parcialmente.

** Antropólogo, (C) Doctor en Antropología Social y Cultural y Profesor-investigador del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Austral de Chile. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

El presente artículo expone, en primer lugar, una revisión crítica de los paradigmas teóricos con que se ha conceptualizado lo rural como espacio geocultural diferenciado. Posteriormente, aborda críticamente el tipo de ruralidades presentes en Chile en el contexto latinoamericano y su relación con el proceso de visibilización de la juventud como actor social en estos espacios. Finalmente, el trabajo intenta elaborar una interpretación comprensiva de algunas adscripciones identitarias juveniles presentes en un distrito rural específico del sur de Chile, basado, en parte, en una investigación etnográfica realizada entre los años 2000 y 2004.

Palabras clave: Ruralidades, juventudes, culturas juveniles, identidad, ciencias sociales rurales, América Latina, Chile.

Resumo

O presente artigo expõe, em primeiro lugar, uma revisão crítica dos paradigmas teóricos que conceitualizou o "rural" como um espaço geocultural diferenciado. Posteriormente, aborda criticamente esse tipo de apresentações de ruralidades no Chile, no contexto latino-americano e a relação com o processo de visibilização da juventude como ator social nesses espaços. Finalmente, este trabalho tenta elaborar uma interpretação abrangente de algumas publicações identitárias juvenis presentes em um distrito rural específico do sul do Chile. Isto foi principalmente baseado em uma investigação etnográfica desenvolvida entre 2000 e 2004.

Palavras-chave: Ruralidades, juventude, cultura juvenil, identidade, ciências sociais rurais, América Latina, o Chile.

Abstract

The present article exposes, at the first place, a critical revision of theorical paradigms which has conceptualized the “rural” as a differentiated geocultural space. Afterward, it critically approaches those kind of ruralities presents in Chile, in the Latinamerican context, and the relation with the visibilization process of youth as a social actor in this spaces. Finally, this work attempts to elaborate a comprehensive interpretation of some juvenil identitary adscriptions present on an specific rural district of the south of Chile. This was mostly based on an ethnographical investigation developed among 2000 and 2004.

Key words: Ruralities, youth, youth cultures, identity, rural social sciences, Latin America, Chile.


1. Obertura

Gran parte de las ciencias sociales que tenían el espacio rural como ámbito privilegiado de trabajo –antropología cultural y sociología rural– han visto cómo su territorio (lugar) de estudio se ha transformado y, junto con ello, perdido el potencial explicativo de las categorías conceptuales con que éste era abordado. Las estrictas tipologías –hijas de la institucionalización de la sociología rural como disciplina en Estados Unidos–, hasta los programas de investigación alternativos –como los estudios campesinos–, se enfrentan a un escenario diluido en sus liminalidades.

En este contexto, las otroras “juventudes campesinas”, han cobrado un interés estratégico, tanto para dinamizar las nuevas condiciones (pos)productivas (agroindustria, terciarización económica, etc.) como para modular los programas de desarrollo, convirtiéndose estos “nuevos actores”, en los agentes estructurados y estructurantes de las alteraciones acaecidas actualmente en el mundo rural latinoamericano.

Sin embargo, el conocimiento acumulado sobre este colectivo es precario, asistemático y limitado teóricamente a las dimensiones materiales (su rol en las economías domésticas campesinas ya como “menores”, hijos, herederos o migrantes). Por décadas, la instrumentalización desarrollista y los propios programas de investigación sociocultural sobre juventud y ruralidad contribuyeron a su larga exclusión y omisión sociohistórica, ya sea negando la existencia de las y los jóvenes en estos espacios o reduciéndolos a una entelequia productiva. El lugar –lo rural– y su cargasociocultural –la otredad–, es lo que nos interesa discutir como fondo específico donde se sitúan identidades antes invisibilizadas. Más que agotar la discusión sobre las distinciones de ruralidad y urbanidad, intentaremos vincular las actuales conceptualizaciones epistemológicas y empíricas sobre ambos espacios y su incidencia en la cristalización de las juventudes en el medio rural actual, con base en un estudio de caso en Chile y algunos referentes teóricos y de investigación emprendidos en éstas últimas décadas en América Latina.

2. Ruralidades Alteradas

A contrapelo de las prescripciones y augurios modernos y posmodernos, lo rural ha reafirmado su presencia. Básicamente a partir de una doble transformación: la del propio objeto y la de las formas de observarlo. Así, lo rural emerge redibujado desde distintas perspectivas, con evidentes signos de revitalización, aún cuando sólo subsista, para algunos teóricos, como una construcción fenomenológica, o la cara local de un todo a estas alturas casi inseparable: la sociedad global.

La preocupación por el mundo rural –no indígena– es tardía y marginal en las ciencias sociales. Tensionados por la industrialización y el imán de la modernización urbana, estos espacios fueron considerados como remanentes, desechos de la modernidad que pasarían con rapidez a formar parte de la polis. En los primeros esfuerzos de investigación –desde la sociología rural básicamente–, se constatan dos movimientos simultáneos y no excluyentes, que se perpetuarán a lo largo de todas las construcciones conceptuales sobre lo rural. El primero, es una orientación que indaga este espacio y sus habitantes para preservar la Arcadia, aquel lugar incontaminado, feliz y “bueno”, que es un reservorio cultural y moral para la sociedad, el cual debe protegerse y mantenerse como testimonio pedagógico del comportamiento ancestral armónico. El segundo movimiento está orientado por una ideología modernizante y desarrollista, que intenta entender y gestionar los procesos de cambio de la sociedad rural hacia el capitalismo/socialismo industrial, preocupándose porque esta transición integradora resultase lo menos dañina posible. Ambos movimientos tienen en común una concepción del espacio rural y su ser sociocultural, como un ente en constante debilitamiento, sometido al dominio metropolitano.

Estas visiones se hallaban presentes en el nacimiento de la sociología rural como subdisciplina en Estados Unidos. Si bien en un principio esta rama surge como la “guardiana de la aldea”, intentará, en la práctica, el progreso y la extensión agraria como su actividad central. La sociología rural no se emparentó nunca con su disciplina madre –de allí las constantes críticas de ateoricidad de la subdisciplina–, sino que se ligó desde un comienzo a agrónomos, economistas agrarios y técnicos, hecho que confirió a esta rama un carácter marcadamente aplicado y asistencialista. Aquella tendrá su maduración desde los años treinta con la publicación de la obra de Zorokin y Zimmerman Principles of rural-urban sociology (1929) y la creación de las revistas Rural Sociology y Rural Sociological Society en 1936 y 1937 respectivamente.

Es en la obra de Sorokin y Zimmerman donde descansará – tanto disciplinaria como teóricamente– gran parte de la sociología rural hasta la década del sesenta. Las distinciones categoriales que aquellos hacen entre mundo urbano y rural ya son clásicas (ocupación; medio; tamaño; densidad; heterogeneidad; estratificación social; movilidad y sistemas de relaciones sociales). Los planteamientos de los autores se enmarcan dentro de lo que se conoce como el paradigma del continuum rural-urbano, que matiza las tipologías relativamente estancas entre el “polo” rural y el urbano, pero lo hacen estableciendo una serie de generalizaciones empíricas que aparecen para muchos igualmente dicotómicas. El heredero más importante de dicha teoría fue el antropólogo Robert Redfield, quien en The folk society (1944) replantea el “folk-urban continuum”, caracterizando a la sociedad rural casi en los mismos términos que Sorokin y Zimmerman (aislada, pequeña escala, alta solidaridad de grupo, agraria, inculta, homogénea), pero con más espesor teórico y empírico. De hecho, Redfield, heredero de A. L Kroeber e influenciado por la escuela de Chicago a la que pertenecía, abre una de las esferas menos abordadas científicamente por la breve tradición ruralista: la “estrictamente” cultural, que inaugura la tradición de las investigaciones rurales desde la antropología y su eje emblemático, los “estudios de comunidad” que, inspirados por el funcionalismo, arrojaron importantes investigaciones, como las de Banfield (1958) y Foster (1974)1. Los aportes de R. Redfield, por ejemplo, derivados de los estudios en el México rural, ponen de relevancia las características esencialmente conservadoras del medio con respecto al cambio social, operando como un freno de la revolución por su atraso y apego a las tradiciones. Propone una tipología para los campesinos con una agricultura de autosubsistencia (peasant) y otra para los que ejercen la agricultura como comercio (farmer), categorías que se aplican hasta hoy en día. Otro aporte importante y que será capital para la antropología, es la distinción –hasta ese momento borrosa y que más adelante será recuestionada–, entre sociedades campesinas e indígenas. Para Redfield las sociedades campesinas estaban a medio camino entre lo tradicional y lo moderno, existiendo indisolublemente con y para la ciudad, mientras que la sociedad indígena se encontraría en un estado de aislamiento y no tendría dependencia de la urbe. Estos planteamientos serán retomados por otro clásico posterior, Wolf (1971), para quien los campesinos seguían estando “entre la tribu primitiva y la sociedad industrial”. Es decir, no eran “primitivos” ni “modernosy su principal objetivo era el traspaso de excedentes a la sociedad dominante. Con todo, la postura fundamental de Redfield es que superada la brecha existente entre campo y ciudad gracias a la industrialización, se acelerará la descomposición de la sociedad campesina hasta su desaparición.

A partir de la Segunda Guerra Mundial el espacio rural comienza a ser reconceptualizado. El contexto es complejo, pero resulta interesante constatar que este despegue indagatorio se ve atravesado por las mismas condiciones que impulsaron el nacimiento de las ciencias sociales, a saber, dar respuestas a las complejidades y acusados problemas nacientes en la Europa del siglo XIX, generadas por la industrialización y la migración campo-ciudad. Así, gran parte del contexto del desarrollo de las ciencias sociales rurales está posibilitado por el interés en su revés: los dilemas y fricciones de la modernización –aceleradamente urbana– desde la mitad del siglo XX. Los problemas generados por la migración atentaban contra la demanda de alimentos del campo por parte de la ciudad. Pese a que éste se convertía en la principal fuente de mano de obra, la tensión fundamental era que la población rural de ese momento iba a ser la población urbana del mañana.

Desde la década del cincuenta –y hasta mediados de los años ochenta– esta visión se decanta definitivamente, y las ciencias sociales dedicadas al estudio del medio rural y sus actores, le impondrán una carga semántica unívoca a este espacio: tradicional, premoderno, preindustrial y se convertirán, sobre todo en América Latina, en un motor fundamental de alteración de estas realidades “atrasadas”, en lo que se ha venido a llamar el período “desarrollista” (Morandé, 1982)2. La madurez de las ciencias sociales y, fundamentalmente, las ligadas al desarrollo, harán tanto a la sociología como a la antropología someterse a sus predicados y, hasta cierto punto, se produce un traslapamiento subdisciplinario que todavía persiste (Antropología rural/Antropología aplicada - Sociología rural/ Sociología del desarrollo).

El impacto más importante que recibió la nueva conceptualización de lo rural provino de la sociología del desarrollo, cuyas corrientes principales (tanto en su versión liberal como marxista), se abocaron a diagnosticar e intervenir el mundo rural para su transformación industrial, ya sea capitalista o socialista. La oportunidad para aquellos paradigmas de probar su conocimiento acumulado por vez primera y masivamente, será particularmente acentuada en América Latina, ya sea guiados por el estructural funcionalismo de Talcott Parsons –vía la Comisión Económica para América Latina y Gino Germani (1968)–, o por las diversas teorías del desarrollo provenientes del marxismo, como la Teoría de la Dependencia. Conceptos como el de dualidad estructural o subdesarrollo dominarán la jerga científico social del momento, aunque tras ellos los supuestos eran similares: se es ciudadano del mundo si se ha logrado la electrificación, alto consumo de cemento y bajas tasas de analfabetismo.

Un giro relevante derivado de las ciencias sociales “comprometidas” fue el arribo de otras tradiciones teóricas para el estudio del espacio rural y sus actores –todavía monopolizado por el campesinado–; principalmente los herederos de la tradición rusa, que en la sociología rural norteamericana se desconocían. Básicamente los aportes de Chayanov que, traducido al inglés por Daniel Thorner recién en 1966, tendrá un fuerte impacto en las disciplinas rurales. Su teoría sobre la “economía campesina” y el inicio de una abundante discusión teórica entre “campesinistas” y “descampesinistas”3 marcará un momento álgido en los años setenta. Los primeros, que incluían los aportes del propio Chayanov, veían en los actores rurales –básicamente en la unidad económica familiar no asalariada–, una racionalidad económica específica, diferente del modo de producción capitalista, por tanto imposible de subsumirse a la categoría marxista de clase, al no estar orientada por los criterios mercantiles de acumulación y mercantilización, sino por criterios de subsistencia y trabajo-consumo. Sus planteamientos son considerados incluso hoy, como centrales para definir la ruralidad ligada a la “pequeña agricultura”.

Autores como Bartra (1979), Angel Palerm (1976, en Hewitt, 1988), apoyarán directa o indirectamente parte de las tesis del cientista ruso, planteando que la sola articulación con el modo de producción capitalista no explica por sí misma la dinámica de las economías campesinas, que se expresan en la lentitud de su descomposición, en sus mecanismos infinitos de adaptación y en su contumaz persistencia en el mundo contemporáneo. Estas posturas ligadas a las tesis “articulacionistas” entre modos de producción doméstica y capitalista, serán el marco donde transcurrirán los debates y esferas de investigación de la realidad rural hasta bien entrados los años ochenta.

3. La desagrarización de lo rural

Como plantea Baigorri (1995), se llegó a un momento –último cuarto de siglo–, en el que se estaban planteando los mismos problemas que ocuparon a los clásicos como Marx, Durkheim, Weber, Toënnies o Simmel en el siglo XIX. Por tanto, se estaba en un tiempo en el que se construía una ciencia social rural “apropiada para paliar los efectos de la desamortización decimonónica, pero se hacía con un siglo de retraso, cuando los campesinos deseaban incorporarse rápidamente a la modernidad” (1995: 6).

Es en este momento en que se fracturan definitivamente las definiciones estancas (muchas de ellas disfrazadas de continuum), y aparecen nuevas definiciones que intentan reconfigurar la mirada hacia el espacio social rural. Así, se irán sucediendo posturas críticas con respecto a las distinciones elaboradas tanto por los clásicos, como por las disciplinas sociales que heredaron sus problemas. La más temprana, quizás, es la de Phal (1966), quien ve en el intento “culturalista” y reductor de los aportes de Redfield –que enfatizaba el mundo rural como relativamente autocontenido–, una tesis falaz en lo que corresponde a su construcción teórica, cuestionando más que la ausencia de diferencias en el “comportamiento” entre los actores rurales y urbanos, la demostración de cualquier conexión causal entre lo “rural” y las interacciones sociales ocurridas en este espacio.

Pese a su inflexión conceptual, se siguió (y se sigue) definiendo lo rural –de sobremanera por parte de la acción estatal o de intervenciones operativas en los países “subdesarrollados”– por criterios llamados “objetivos”, como los estadísticos, que determinan por variables censales cierto número mínimo de población a partir de la cual una aglomeración se convertiría en urbana. Junto a ello, se suman los típicos criterios de aislamiento, disposición de servicios y ocupación productiva. Esta última, en muchos casos, es definitoria. De hecho, para muchos cientistas sociales lo rural puede resumirse en la idea de Newby sobre el “campo” de la sociología rural:

De hecho la sociología rural podría definirse de forma verosímil como el estudio de aquellos que vivían en una población rural y que estaban dedicados o estrechamente vinculados a la producción de alimentos (Newby, et al., 1981:45).

A poco andar, el debate –que constituye la matriz de atención disciplinaria de muchas ciencias sociales rurales, de desarrollo y aplicadas–, ha ocupado a un buen número de investigadores y se ha transformado en el tópico epistemológico por excelencia, en la medida que se ha traducido el espacio humano y geográfico rural como una distinción conceptual, muchas veces metateórica, que corporeiza el “objeto” de estudio y justifica la existencia de las ramas del conocimiento que están llamados a indagar y, la mayoría de las veces, a intervenir. En este sentido, la sobresofisticación del debate ha venido aparejada no sólo con los cambios estructurales de la sociedad actual, sino también con los “ideacionales”. La crítica a la ciencia, ya sea moderna (la teoría crítica de la escuela de Frankfurt, por ejemplo, o la misma de Orlando Fals-Borda en América Latina); o postmoderna (desde Lyotard a los constructivistas radicales), ha proporcionado un fondo anímico y conceptual que ha convertido al “objeto” en una pieza neurálgica de revitalización investigativa. Las expresiones de este fenómeno son diversas, pero la mayoría acusan la impronta de esta llamada reflexividad:

Vivimos en una urbe global, en la que los vacíos cumplen exclusivamente la misma función que, en términos de microurbanismo, cumplieron los parques y las zonas verdes en la ciudad industrial. Y la Sociología Rural es, en lo que a las sociedades avanzadas se refiere, una ideología, en el mejor de los casos una utopía. (…) ¿Queremos decir con todo esto que lo rural no existe? Faltan datos empíricos para una afirmación semejante, aunque sí creo factible defender la inutilidad de la separación epistemológica entre lo rural y lo urbano. Si las tesis que venimos desarrollando son acertadas, lo rural serían apenas algunos intersticios, fuera de la marcha de la civilización, que quedarían en el interior de lo que denominamos la urbe global. (Baigori, 1995:1-6).

¿Qué explica este tipo de afirmaciones y en qué contexto se inscribe esta provocación ya clásica de los que niegan lo rural? Con la profundización de los procesos de urbanización rural en el primer mundo, algunos geógrafos franceses comenzaron a hablar de lo “rururbano” (Camarero, 1996), para referirse a los espacios mixturados, donde se mezclan las características netamente urbanas con las rurales y se produce la interdependencia de ambos; donde subsiste el “encanto” del campo, pero las formas de vida son predominantemente urbanas, produciéndose tanto la ruralización de lo urbano –la imitación de lo rural por lo urbano–, como la exurbanización.

No obstante, y sobre todo en los países más industrializados, estas definiciones están en estrecha conexión con una serie de fenómenos más o menos complejos –de acuerdo a la región–, acerca de las características del medio y su relación con la urbe. Algunas de estas transformaciones pueden resumirse a la luz de Pérez (2001), en procesos tales como los demográficos (la llamada “contra-urbanización”); económicos (el declive de la agricultura y la diversificación productiva); institucionales (la descentralización política que pretende dar mayor poder a lo local y lo regional y a la supra-nacionalización de la política agraria).

Ante estas condiciones materiales y, por ende, conceptuales, aparecen soluciones más o menos pragmáticas que, imitando el continuum rural urbano, proponen la clasificación más específica de los espacios. Un ejemplo de este esfuerzo lo representan García, Tulla i Pujol y Valdovinos (Barros, 1999). Ellos establecen seis categorías: el espacio urbano, el periurbano o áreas urbanas discontinuas, el espacio semiurbano, con usos alternados; el espacio semi-rural urbanizado, el espacio rural dominado por la actividad agraria pero con algunas influencias urbanas (como por ejemplo las derivadas de la descentralización industrial) y, por último, el espacio rural “marginal”. Estas aproximaciones tienen como premisa lo que Camarero (Op. cit.), para el caso de España, relaciona con la primera gran ruptura del medio rural y sus teorías, provocadas por la desruralización del campo y la aparición de nuevas “ruralidades”, o del neorruralismo. Vale decir, lo rural como un medio diversificado, no asociado exclusivamente a la generación de materias primas y cada vez más orientado al sector terciario. Esto explicado por el paso de una actividad agropecuaria de autosubsistencia a otra de mercado. La ruralidad “postindustrial”, en el decir de Camarero, implicaría un proceso de estancamiento de los masivos éxodos del campo a la ciudad, generando saldos neutros –como lo prueba él para España–, fundados por la terciarización del medio rural, el deterioro ambiental de las ciudades, los procesos de descentralización y flexibilización de la producción, entre otros. Molinero (1990), en tanto, le asigna un valor crucial en la mutación del campo a la plurifuncionalidad de las áreas periurbanas (“ciudades dormitorios”; parques industriales, etc.); las residencias secundarias; el turismo rural; los neorrurales y la diversificación de los mercados de trabajo en el campo.

4. La ruralidad Virtualizada

Estos nuevos roles, visibles en el agroturismo, “la segunda residencia”, o la masificación de la agroindustria, provocarán quiebres reconceptualizadores importantes.Así, los que definen lo rural indefectiblemente unido a la actividad agrícola y explican las diferencia rural/ urbano por aquella característica, fallan. Igualmente, las teorías que se apoyan en el aislamiento como factor diferencial y que tienden a asociar localidad con comunidad, enfatizando la autarquía generadora de “culturas propias” en el campo, comienzan a resquebrajarse debido a la proliferación y acceso a los medios de comunicación y el transporte.

Surge lo que se ha convenido en llamar “multilocalidad” o desterritorialización de la cultura: la desvinculación entre identidad y territorio. Marc Augé (1993, 1996) ha abordado desde la reflexión antropológica los procesos de constitución de “lugares” como un procedimiento simbólico que permite pensar la identidad y que en la “sobremodernidad”4 estaría enturbiado junto al “otro”, a la alteridad cultural. La antropología fue la que más destacó por homologar lugar y cultura; la territorialización de ésta como mecanismo metodológico para poder pensarla, puesto que dotaba al otro diferente de estabilidad: “era lo que convertía la identidad en algo concebible y fácil” (1996:108).

Este proceso, contradictorio y parcial en América Latina por su todavía importante tasa de ruralidad –aislamiento o territorialización cultural reivindicada en el mundo indígena, por ejemplo–, ha sido estudiado desde fines de la década de los ochenta a partir de la expansión de la industria cultural y los medios de comunicación de masas, cuya penetración ha generado hibridación y adscripciones multiidentitarias en las comunidades/localidades donde ha recaído con más fuerza, lo que indicaría que se ha desdibujado y reconfigurado en algunos espacios rurales esta separación, como plantean Martín- Barbero (1987), J. J. Brunner (1988) o García Canclini (1990, 1995, 2000); pero cuyos alcances, creemos, distan mucho de emparentarse con la proliferación radical de los “espacios de anonimato” presentes en el primer mundo.

Desde la geografía estos planteamientos vienen haciéndose desde la década de los noventa. Massey (1993, 1994) por ejemplo, se opone a la idea de lugar unido al de comunidad, en una suerte de crítica a la fetichización cultural del espacio como refugio tempo-espacial no problemático, que hace del lugar un dador de identidad. A su vez, sociólogos rurales como Entera (1998) hablan de los efectos “desterritorializadores de la globalización” expresados acentuadamente en la esfera económica. El autor se remite a las últimas tendencias en el agro europeo, donde los crecientes procesos de producción agroalimentaria suelen desarrollarse al margen del control de los agricultores, en la medida que tienden a hacerse más complejos y a controlarse por grandes corporaciones transnacionales.

Algunos aportes han fluido desde disciplinas antes poco escuchadas por las “sordas” ciencias sociales rurales. Así y desde el revés, la “nueva antropología urbana de los espacios públicos”, por ejemplo, se ha planteado la superación de lo urbano como concepto explicativo y analítico. El antropólogo catalán Manuel Delgado plantea en el Animal Público (1999), algunas provocaciones fecundas, que fracturan muchos supuestos sobre lo “actualmente rural” y que, de paso, son la fuente argumental para dotar de otra carga semántica a lo urbano. El autor propone que la noción de “lugar” se encuentra asociada, más que a las distinciones rural/ urbano como espacio físico, a las distinciones culturales de premodernidad/ modernidad, donde las diferencias parten de la asignación de sentido que los actores le otorgan al espacio, cada vez más fugaz; estructurado pero siempre estructurándose, en una negociación acelerada y constante entre cada civilitas. La mayor parte de estos aportes ya tienen sus antecedentes en las “últimas” ciencias sociales rurales, como en Mormont (1990). Para el autor lo rural es una construcción social refundada, una vez que ya se ha diluido el tipoideal reificado que caracterizaba este espacio. Lo que queda son valores, visiones culturales rurales, estilos de vida que se negocian.

En rigor, estas miradas de lo rural virtualizado, han servido como un espejo para observar la sociedad global, de allí que muchos autores prefieren la dicotomía local/global para abordar el problema. En suma, es una mirada que hurga sobre las distinciones generadas por nuestra carga cultural: “Se nos remetemos ao período da Idade Média, o qual antecede à época em que vivemos, não precisamos refletir para constatarmos a irrelevância de uma discussão sobre o rural e o urbano para o homem medieval”, nos dice Siqueira y Osorio (2001:72).

El grueso de estas perspectivas teóricas se basan en la superación del binomio lugar/identidad y la ocupación productiva como definitoria. Se apoyan en la perspectiva de la construcción subjetiva del espacio por parte de quienes creen que lo viven. Esta postura tiene asideros empíricos irrefutables en los “neorrurales”, que se han construido un espacio rural en oposición a su vida urbana, en un intento de apropiación simbólica, conscientes de la importancia “postproductiva” que adquiere. En efecto, para muchos, el espacio rural comienza a ser reocupado y reivindicado por los urbanitas, siendo objeto tanto de consumo ideológico y cultural como de ocio. Esta reconceptualización ideológica del espacio, respondería a cambios globales de índole económica, política y social, cristalizados en la pérdida de calidad de vida percibida y vivida por la población urbana.

Con todo, actualmente los materiales conceptuales que vienen ocupando muchos cientistas sociales para la definición del “objeto” están vinculados –cómo no– al constructivismo social. Estas definiciones dejan abiertas múltiples posibilidades definitorias del espacio de acuerdo a las variables particulares en que estos lugares se asientan. Esta “epistemología local”, intenta resolver la pluralidad y superposición de realidades en que lo rural se manifiesta, habida cuenta de las combinatorias cada vez menos finitas que comienza a provocar la globalización postindustrial. Así, no es raro encontrar definiciones como ésta: “Lo rural es una construcción social contextualizada en el marco de unas coordenadas temporales y espaciales; es decir, hay muchas manifestaciones de lo rural, cada una de ellas producida en un tiempo y en un espacio territorial determinados queconstituyen el ámbito de su construccióny evolución” (Entera, 1998:19).

5. América Latina: ¿viejas ruralidades, nuevos actores?

Estas últimas ópticas teóricas se han vinculado dificultosa y tardíamente a las tradiciones de la investigación rural en América Latina, más que por una carencia formativa, por una “porfiada realidad” que manifiesta serias distancias entre los países postindustrializados y el híbrido (premoderno/moderno/postmoderno) latinoamericano.

Por largo tiempo las preocupaciones de las ciencias rurales en Latinoamérica estuvieron signadas por una visión desarrollista e indefectiblemente ligadas a una visión de lo rural como un ámbito exclusivamente “agrícola” y con un solo actor protagónico: el campesino, hombre y adulto. Sólo a partir de la década de los noventa estas aproximaciones al “lugar” cambian como producto de las alteraciones diversas y desiguales en las realidades rurales de los distintos países de América Latina, particularmente en el cono sur. Iniciado el siglo XXI, hacen su aparición dos libros sintomáticos (Giarraca, 2001 y Gómez, 2002), que bajo el lema de “nueva ruralidad”, perfilan distintos contextos y aproximaciones teóricas y empíricas donde la ruralidad contemporánea de esta región emerge y se sustenta.

A la luz de estas obras, parece necesario volver sobre la “construcción occidental y urbana de lo rural”, que no sólo diagnostica, sino impone. La mayoría de las conceptualizaciones vertidas a lo largo del desarrollo de las ciencias sociales tienen como eje un marcado metropolitanismo teórico, cuestión que se hace crítica en estos momentos. Esta visión hace, como siempre, que los teóricos construyan su generalización a partir de las señales consideradas “puntas”, como la colección de evidencias que demostrarían nuestra condición postmoderna, donde identidad y territorio se divorcian radicalmente. Esto da como resultado los mismos vicios históricos de la teoría social de la modernización: no está claro el límite entre el diagnóstico y el deseo. Las posiciones críticas al diagnóstico postindustrial en América Latina coinciden en reafirmar la identidad/ lugar y presentan un cúmulo de evidencias donde se presentan condiciones pre-modernas/modernas/ postmodernas, puras o híbridas, donde lo “rural” no sólo tiene un significado virtual, sino que adquiere un sentido reivindicativo de identidad, ya sea campesina, mestiza, indígena –”profunda” en el decir de Bónfil (1986)– o cristiano-popular (Cousiño, 1991); además de la nacional, “mística” o vacacional, propia de gran parte del mundo “desarrollado”. Así, parte del meollo, del fundamento “original” de la llamada “nueva ruralidad”, aparece más como una empiria del “norte” que una realidad generalizada del “sur” o, al menos, una condición que se vive con más equilibrio en las sociedades postindustrializadas que en aquellas donde el bricollage estructural y cultural presenta una escenografía, un decorado “postmoderno” –agroindustrial, turístico–, soportado en materiales febles, premodernos, parchados y agujereados por el aislamiento, la marginación social, cultural y económica de importantes conglomerados sociales de estos espacios (basta recordar los últimos movimientos sociales en el campo protagonizados en Brasil por Trabalhadores Rurais Sem Terra)5.

Por ello, es de suma importancia saber no sólo de qué se habla, sino también desde dónde se habla. La ilusión postindustrial, la utopía contraurbanizante, aparece más como una ideología sedante, que a través del predicado futuro, generaliza y construye virtualmente las condiciones del bienestar presente. Ante la prédica generadora de realidad postindustrial, en extensas regiones de América Latina lo rural todavía es el “lugar”. Aquel espacio que sintetiza las contracciones de la imposición y apropiación (pos)modernizadora; muchos de ellos son lugares radicalmente heterogéneos, que acumulan en sus zanjas los engranajes desvencijados del desarrollismo, los cultivos comunitarios, las empresas agroindustriales o los sitios celebratorios indígenas. Una porción de ellos son “lugares” que se resisten a la “descomposición orgánica”, reacomodándose, como hace cincuenta ó cien años a su “negativo” urbano: abandonándose, sobrexplotándose, erosionándose o contaminándose; pero también disfrutándose, cultivándose sostenidamente, recuperándose o rearraigándose. En suma, testimonios dulces o agraces de la modernidad en su propia recomposición.

Por otro lado, es iluso pensar que el “lugar” –lo rural– se ha mantenido en América Latina con una identidad inmutable. Lo que al parecer ha sucedido, como Martín- Barbero (1987) y fundamentalmente García Canclini (1990) parecenapuntar en relación a los sedimentos premodernos (indígenas y campesinos), no es una desaparición de lo “eternamente” propio y distinto, sino más bien una recombinación multitemporal y multiidentitaria de las formas de comprender y experimentar la cultura y el espacio por los actores que lo habitan; una combinatoria entre tradición, modernismo cultural y modernización socioeconómica.

Pero si bien es cierto que el consumo de estos nuevos espacios comunicacionales –acelerado desde la década de los ochenta en el mundo rural chileno (Fuenzalida, 1985, 1992; Gutiérrez y Munizaga, 1987)– desterritorializa la cultura, no lo hace en toda la cultura. Es justamente esta generalización la que ha sido manejada recientemente por autores como Martín- Barbero (1999) de una forma maniquea:

Por culturas tradicionales entiendo las culturas precolombinas, las culturas negras y en gran medida las culturas campesinas, a las que no llamo rurales pues la oposición entre rural y urbano, que ha sido hace poco otra oposición fundante, y tranquilizante, está sufriendo una transformación radical: más que lo que tiene que ver con la ciudad, lo urbano designa hoy el proceso de inserción de los territorios y las comunidades en lo global, en los procesos de globalización. De tal manera que lo urbano ya no tiene exterioridad: no hay algo que escape a las lógicas de inscripción en los movimientos de lo global… por más adentro de la selva amazónica que se encuentre. Lo rural en su oposición a lo urbano se desfigura y se desubica por su acelerada exposición a la dinámica tecnológica en el ámbito de la producción y de los medios audiovisuales en el ámbito de la cultura. (Martín-Barbero, 1999:17, cursivas mías).

Creemos que este proceso si bien está presente, la hibridez como expresión incluyente de la diversidad de mezclas interculturales –como el sincretismo o el mestizaje– es más definitoria y subsume en América Latina a la sola “postmodernidad comunicacional” de la que nos quiere convencer Martín-Barbero. En un juego dinámico y fragmentario, lo propio se recombina, se refunda, se mezcla con lo ajeno o lo que fue propio (revitalización cultural).

Es evidente que si caracterizamos lo rural en base a su especificidad identitaria –un “modo de vida” que se basa ante todo en las intensas relaciones personales y parentales, como parecen indicarnos Gómez (Op. cit.) y otros clásicos–, tenemos que tomar en cuenta las perforaciones que ese modo de vida tiene a partir de una gran porción de bienes culturales transnacionales que circulan en el campo, que subvierten esa especificidad. Pero también debemos poner atención en aquellos recursos culturales que no se borran, que persisten por un control autónomo de las decisiones sobre éstos (Bónfil Batalla, 1983, 1986). Por ello, si algo caracteriza lo rural en América Latina, según nuestra percepción, es la lucha constante y desigual (por el acelerado peso de los Medios de Comunicación de Masas, entre otras fuerzas hibridizantes), entre territorialización y desterritorialización identitaria, que opera en la totalidad de actores que habitan lo rural y que con potencia se visibiliza en las actuales generaciones, donde la industria cultural y las mediaciones se han dejado sentir intensamente en la última década.

6. Ruralidades Juvenilizadas

Es probable que los próximos años posibiliten la aparición de una juventud rural con perfiles propios cuyo rasgo fundamental no sea oponerse a su propio mundo adulto sino intente ser, por el contrario, la avanzada de su liberación”
(Gurrieri, 1971: 29).

Por décadas, el sesgo adultocéntrico y desarrollista de la tradición ruralista de la región no exploró con intensidad el papel de los medios de comunicación y la industria cultural en la reconfiguración y génesis, tanto del espacio geocultural rural, como de las nuevas identidades y colectivos allí presentes. El punto crítico: la estrecha relación de estas transformaciones y emergencias con los actores “menores” de este espacio que, en su condición de trabajadores/as migrantes, campesinos/as, pescadores/as, recolectores/as, asalariados/as o estudiantes, se han convertido en los principales consumidores activos6 de los bienes culturales diseminados por el mercado de lo simbólico. Todo, en un momento en que las identidades vinculadas al territorio son teñidas por los entrecruzamientos con los espacios comunicacionales visuales y auditivos; fundamentales para la conformación de la juventud como un colectivo sociocultural fuertemente diferenciado, como lo han demostrado diversos investigadores (Willis, 1990; Feixa, 1999). A decir verdad, reclamarle estas omisiones a las ciencias rurales latinoamericanas (muy especialmente a la sociología rural), resulta inoficioso, habida cuenta que, como hemos demostrado (González, 2002), éstas históricamente no sólo han silenciado e invisibilizado a las y los sujetos juveniles en el campo, sino que su escaso conocimiento acumulado no ha podido zafarse del todo de las primeras interrogantes: “¿existen como grupo social específico?” (Gurrieri, 1971). especialmente a la sociología rural), resulta inoficioso, habida cuenta que, como hemos demostrado (González, 2002), éstas históricamente no sólo han silenciado e invisibilizado a las y los sujetos juveniles en el campo, sino que su escaso conocimiento acumulado no ha podido zafarse del todo de las primeras interrogantes: “¿existen como grupo social específico?” (Gurrieri, 1971).

Desde 1985 –en el contexto del Año Internacional de la Juventud–, comenzó un proceso simultáneo tanto de visibilización por parte de investigadores7, planificadores y técnicos sociales sobre las juventudes rurales, como de los sujetos mismos, que se expresarían en el contexto de la “mercantilización del agro” en torno a las cooperativas de producción y comercialización, microempresas y otras asociaciones lideradas y compuestas por jóvenes, que reivindicarían –y actualmente reivindican– su condición juvenil. Muchas de ellas fueron auspiciadas desde el propio Estado, como actualmente lo hace en Chile el Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP) en su programa “Servicio Rural Joven” o la Red Latinoamericana de Juventudes Rurales (RELAJUR), compuesta básicamente por organizaciones de jóvenes involucrados en el desarrollo productivo y fomentadas por el IICA. Esto ha llevado a decir a Rodríguez y Dabezies, que la juventud rural “tiene enormes dificultades para construir las señas de su identidad en el contexto de economías campesinas mientras que sus posibilidades tienden a ser mayores en agriculturas capitalistas” (1991: 197).

En Chile el proceso de “eclosión pública” de las juventudes rurales está estrechamente ligado a los procesos específicos que se vivieron en el campo posterior a la “contrarreforma” agraria llevada a cabo por la dictadura militar. Pinochet comienza una acelerada dinámica neoliberalizadora del agro; licita predios fiscales y re-expropiados a asignatarios de la reforma agraria y a parceleros particulares y vende otros a un grupo de empresas transnacionales que se instalan desde mediados de la década de los ochenta en la zona central para producir y exportar frutas. El país se transformó en esta década en el primer país exportador frutícola del hemisferio sur que, incentivado y apoyado legislativa y económicamente por el gobierno, agroindustrializó la mayor parte de la zona central.

En este contexto, emerge un nuevo actor en el campo: los/as temporeros/ as. Trabajadores estacionales que sirven a la agroindustria de la fruta de exportación y que se componen principalmente de “campesinos desplazados de los fundos, exbeneficiarios de la reforma agraria abandonados a su suerte, los que perdieron sus parcelas, los que se vieron obligados a emigrar hacia pueblos o aldeas o hacia ciudades, los miembros de las familias de la pequeña agricultura campesina empobrecida” (Chonchol, 1996: 385).

A partir de esta realidad, comienzan a fraguarse las condiciones que permitieron la visibilidad de los segmentos más jóvenes de temporeros/ as que se enrolaron en estas labores. Aunque el fenómeno fue detectado tempranamente (Cfr. Díaz y Durán, 1986), fue sólo hasta fines de la década de los noventa que se estudió en forma específica (De la Maza, 1998)8, debido a la alta incidencia de jóvenes en estas tareas. De la Maza, aunque parcialmente, adelanta procesos identitarios en intensa marcha:

(…) es una identidad en transición, en la cual impactan los procesos de cambio del sector rural, el acelerado crecimiento de las ciudades intermedias y la irrupción de las comunicaciones audiovisuales. El significado del entornorural, para residir y para trabajar, es ambiguo. De una parte, este es apreciado por su mayor tranquilidad y seguridad. De la otra, el entorno rural es considerado como aburrido, falto de oportunidades, como algo que no puede cambiar. (Op. cit, 74).

Estos referentes parecieran sugerir que en los espacios rurales se da una condición juvenil similar a la urbano-popular descrita por Weinstein (1985), caracterizada por una moratoria negativa (una condición juvenil “forzada”), la que según Rama se origina por la “imposibilidad de asumir roles adultos dada la desocupación, la subocupación y la falta de tierras y capitales” (1986b: 114). En suma, estaríamos ante un profundo proceso de juvenilización vía los medios de comunicación de masas y la industria cultural, donde las “contracciones”, alcances y modalidades son desconocidas.

7. ¿Culturas juveniles en el campo?: un caso en el sur de Chile

Tensionado por el contexto y los vacíos investigativos en torno a la conformación de identidades juveniles en el campo, un estudio de caso etnográfico –desde una perspectiva generacional y biográfica– emprendido en un distrito ruralcostero del sur de Chile entre los años 2000 y 20049, nos dio algunas luces sobre el estrecho vínculo entre la emergencia y consolidación de actores juveniles con las transformaciones –y resistencias– culturales y productivas del mundo rural de la región. Por motivos de extensión, abordaremos parcialmente sólo una de las dimensiones indagadas en el estudio, correspondiente a la última generación investigada (1985-2003), a saber: la producción y reproducción de las identidades juveniles.

Desde fines de la década de los ochenta se produce en las comunidades del distrito en cuestión un desfase. El peso de los intersticios de la esfera educativa y el entorno de holganza urbana alimentan en los muchachos y muchachas una condición identitaria “juvenil” definitoria, pero inexistente en términos socioculturales y espaciotemporales en sus localidades rurales de origen. Confinados en los tiempos libres y disponibles en el espacio rural, su experimentación juvenil se ve torpedeada regularmente por la carencia de locus de sociabilidad, interacción, consumo y escenificación de su identidad, que se mueve bajo las coordenadas del encierro, la soledad y la colaboración ocasional en el trabajo “adulto” y sólo interrumpido por las fiestas familiares, torneos de fútbol y celebraciones estivales.

Sin embargo, hacia mediados de la década de los noventa, la implementación de un camino y las nuevas vocaciones productivas (asalariados en el sector servicios, empresas forestales y pesqueras), alterarán radicalmente esta dicotomía, forjándose un escenario inédito de interconexión profunda y sistemática urbano-rural, lo que atenuará ostensiblemente la “doble vida” de muchachos y muchachas y dará continuidad a la experiencia identitaria “joven” forjada en la ciudad y la escuela. De este modo, durante la década de los noventa emerge –para un número importante de jóvenes–, una ruralidad refundada, concebida más como una adscripción vinculada al territorio que a “un estilo de vida” campesino/recolector, dinamizada por la extensión de las comunicaciones y el naciente turismo.

En el principio de la conformación de este nuevo escenario, las y los muchachos/as comienzan a viajar asiduamente los fines de semana en el recién inaugurado bus rural al pueblo más cercano –de aquí en adelante lo llamaremos con el seudónimo de “Pueblo Urbano”– en busca de las también recién estrenadas discotecas y pub. Allí suplen las carencias de circuitos de esparcimiento, sociabilidad e interacción con sus pares. Para entonces “Pueblo Urbano” ya se había convertido en un destino turístico “obligado” de toda la provincia, al cual viajan regularmente pequeñas y grandes embarcaciones para visitar un Castillo- fuerte español, bañarse en sus playas cercanas o asistir a la fiesta mayor. La infraestructura turística había crecido a la par y el centro del pueblo ya estaba dotado con numerosos servicios comerciales y lugares de esparcimiento juvenil, entre los cuales se contaban –y se cuentan–, dos pub, locales con videojuegos y la primera discoteca: “Zodiac”. La discoteca combina la demanda de la población flotante estival con la población juvenil permanente en invierno, lo que la hace permanecer abierta todo el año.

Es sintomático que la discoteca aparezca en forma simultánea a los procesos de expansión juvenilizante en la periferia rural, la que conforma un público fiel y constante a su oferta de ocio segmentado. El auge de la discoteca está directamente emparentado con la apropiación de los bienes simbólicos urbanos hechos en forma previa por parte de las muchachas y muchachos en el contexto educativo, lo que allana el camino para su éxito. Prueba de ello es que en poco tiempo y hacia 1999, aparece una segunda discoteca en “Pueblo Urbano”, la “Danger”. La oferta y las posibilidades de transporte más barato y expedito, permiten que muchachas y muchachos puedan acceder fácilmente a las diversas ofertas de esparcimiento, cuyo itinerario lo testimonian varios miembros de esta generación:

Lo otro era ir a la discotec a [Pueblo Urbano] en micro [bus] y quedarse allá y en la mañana volverse. Ahora hay dos discotec y hay unos pubs alternativos que tienen música en vivo y ahí uno pasa toda la noche. El ambiente es bueno, por lo menos pa’ mi gusto está bien. Para allá iba cuando hacía plata pescando o cuando llegaba gente a las cabañas. Hay gente que llega en invierno, que le gusta venir a pescar sobre todo. Entonces con esa plata me iba y allá me quedaba (…) hay otros que se amanecen no más por ahí, esperando la micro [bus] (Héctor).

Yo también iba a [Pueblo Urbano], a la casa de mi tía, y con mis primas podía llegar tarde. Íbamos a la discoteque ‘Zodiac’ (ahora hay otra más que se llama ‘Danger’). (…) [en la casa de mis primas] hacíamos y deshacíamos. Nos poníamos a tomar, arrendábamos películas para adultos, nos cagábamos de la risa, preparábamos tragos, hacíamos los medios combinados [de alcohol], combinábamos de todo. Lo pasábamos la raja, después nos arrancábamos y nos íbamos a la discotec. (…). (Catherine).

La oferta de holganza y diversión juvenil no tardará en engrosarse. Hacia 1998 y con el desarrollo del turismo en el distrito, se comienzan a asentar algunas casas de veraneo (segundas residencias) y lugares de recreación específicamente juvenil en la propia localidad, hecho de enorme significación para las dinámicas identitarias “divididas”, en términos espaciales, de muchachas y muchachos. Los “Taca-tacas” [futbolines] surgen como una oferta de esparcimiento juvenil en una de las localidades para los visitantes. Sin embargo, al igual que las discotecas de “Pueblo Urbano”, se mantiene en funcionamiento todo el año debido al surgimiento de actores cada vez más diferenciados al interior de la comunidad, cuya demanda de espacios propios es creciente. Sus dueños diagnosticaron asertivamente dicha necesidad, cuya aceptación fue inmediata. Este elemento pasó de ser un recurso cultural “ajeno” a uno “apropiado”, reconvirtiéndose en un elemento propio, de ahí la tolerancia por parte de los pobladores de la comunidad y la ocupación sistemática por sus miembros jóvenes.

La aparición de los “Taca-tacas” resume con potencia las nuevas distinciones etáreas procesadas y apropiadas por la cultura local. Es una suerte de “territorio liberado” donde las y los jóvenes expresan y escenifican su adscripción como grupo sociocultural diferenciado. Los contenidos iconográficos presentes en sus paredes, como el uso social del espacio (consumo de música, reunión, diversión e interacción), no dejan de ser significativos. Los afiches son una suerte de antología de símbolos juveniles articulados en torno a la música, la política y el deporte. El repertorio cruza temporal y temáticamente toda la historia de las culturas juveniles desde su expansión y diversificación (inicios de la década de los sesenta), donde se mezclan el Che Guevara y el grupo Inti Illimani (paradigmas de las juventudes revolucionarias de los sesenta y ochenta); Janis Joplin, Pink Floyd y Jim Morrison (modelos de la sicodelia de los sesenta), con AC/DC, formación de Heavy-Metal protagónica de los años setenta y ochenta. A ellos se suman afiches de los clubes de fútbol Colo-Colo, Universidad de Chile y Católica, agrupaciones deportivas que aglutinan con fuerza desde la década de los noventa a hinchas y “barras bravas” juveniles.

La decoración es una hipérbole que subraya la identidad del lugar como articulador de las y los jóvenes, no importando su filiación de estilo o adscripciones estéticas o deportivas. De este modo la señal es clara: se trata de un centro donde se operacionalizan las diferencias con el resto de la comunidad; se trata, en última instancia, del lugar de “otros”, distintos y particulares por su condición etárea. El contraste en la diacronía visualiza aún más las características de los “Taca-tacas” en relación con su antecedente previo en el distrito, los “clandestinos” [bares informales]. Estos espacios eran eminentemente intergeneracionales y marcadamente masculinos. La tenue asociatividad de solteros estaba dada más por la exclusión por parte del mundo adulto que por interés propio, lo que en los “Taca-tacas” se revierte: son las y losxe por adultos. De esta forma, los “Taca-tacas” cumplen un papel clave en la sustentabilidad de una identidad juvenil crónicamente interrumpida por los estudios que, situada en el espacio propio, escenifica el gran cambio con respecto a la generación precedente, debido a que ensancha la “exigua juventud” de antaño (léase soltería):

Los días viernes me venía para acá [comunidad del distrito), de repente estaba desesperado por volver para acá y a veces no. Es que salió el Taca-taca y nos juntábamos con el resto de cabros [muchachos] de acá. El ambiente era bueno… ‘Hola cabros, ¿cómo estuvo la escuela? ¿Juguémonos un poolcito [billar]? Al rato ya estábamos echándonos algo para la garganta… ¡Ya poh! Y ahí lo pasábamos, terminábamos a las 4 de la mañana y nos veníamos. Y el día sábado era lo mismo, todas las noches. Pero antes, el viernes en la tarde o el sábado, jugábamos una pichanga [pequeño partido de fútbol]. A las 4 de la tarde estábamos cambiándonos de ropa y a las 5 ya estábamos en la cancha jugando. Terminaba la pichanga como a las 7, nos bañábamos y pelábamos [corríamos] al Taca [-taca] (Julio).

Aunque el apogeo de los “Taca-tacas” es en período estival, donde confluyen los miembros que han estado afuera trabajando, los/as propios/ as muchachos/as que estudian y laboran allí mismo o los parientes que vienen de visita y algunos turistas, es en el invierno donde cumplen su papel más importante en la medida que permiten sostener la continuidad de una identidad juvenil fragmentada por las (in)migraciones crónicas.A él recurren todos/as las y los jóvenes de la comunidad a “matar” el tiempo libre. Allí escuchan y comparten música, conversan, beben, fuman y expresan sus diferencias estéticas y de estilo que van desde el reggae (gusto preferente del muchacho que administra el espacio), pasando por la cumbia sound, el heavy metal, hasta el hip-hop y el canto nuevo. Estilos que asocian y disgregan a unos muchachos con respecto a otros, y cuya dinámica se configura en la simiente de culturas juveniles en el “lugar”.

Más allá de los “Taca-tacas”, surge un segundo espacio propio: la celebración de “cumpleaños” [aniversarios]. Dichos convites tienen la particularidad de segregar explícitamente a los actores adultos al interior de la comunidad y, aunque esporádicos, suplen lo que los “Tacatacas” no cubren como espacio de holganza y esparcimiento: la interacción con el sexo opuesto y la propiciación de relaciones afectivas. Los cumpleaños se erigen como un sustituto local de las discotecas, donde se posibilita el galanteo, el pololeo [noviazgo menos formal], el consumo de alcohol y tabaco y las manifestaciones identitarias de estilo, moda y estética. Su importancia es triple: por un lado congrega a la mayoría de los que se perciben y autoperciben como jóvenes; por otro, construye en torno a la edad atribuciones y distinciones específicas, separadas de los espacios y bienes simbólicos percibidos como provenientes del mundo adulto. Por último y quizás más importante, establece a partir de sus omisiones y elecciones de estos bienes culturales, la distancia y cercanía con las distintas sensibilidades juveniles presentes tanto en el propio entorno rural como en el urbano.

Al contrario de la discoteca, en los cumpleaños el control de la música que se baila, los modos de organización y puesta en escena están en manos de los propios actores; por tanto, se actualizan y cristalizan directamente los contenidos materiales y simbólicos que se creen pertenecientes al imaginario juvenil del momento y, aún más, que se sienten como pertenecientes al imaginario juvenil de un “nosotros”, llave para entender las diferencias identitarias juveniles tanto a nivel interno como externo, en la urbe y el campo.

Es este “control” el que nos permite cotejar los “modos de ser joven” en el contexto local-rural con relación a las formas juveniles externas o global-urbanas. Es en la decisión de uso de estos bienes donde se materializan las señas de identidad de los/as recién constituidos “jóvenes rurales”. Sólo a partir del análisis de este ejercicio de micropoder (Gil Calvo, 2003) –habida cuenta de las superposiciones e hibridación provocada por los flujos e interconexiones rururbanas10–, se pueden visualizar los contrastes. De allí la relevancia de los espacios y bienes simbólicos propios y apropiados como los cumpleaños, los “Taca-tacas” y, fundamentalmente, los “decorados” estéticos y sonoros que por ellos circulan:

Pa’ los torneos [campeonatos de fútbol] hay siempre viejos y jóvenes, pero los jóvenes nos juntamos pa’ los cumpleaños. El último que fui fue el de la Alen. Lo hicimos en la sede [Sindicato de Pescadores de la comunidad]. Pedimos la sede y ahí invitamos a chicos de [“Pueblo Urbano” y comunidades cercanas]. La fiesta empezó como a las 9 y había lo principal, pisco, cerveza. También adornamos la sede con globos, con cuestiones. Nosotros nos poníamos con el trabajo y ella se ponía con la torta, el kuchen, las papas fritas. No se conocían na’ algunos, los de [Pueblo Urbano]. Estaba buena la fiesta, porque de [Pueblo Urbano] ella trajo mujeres y hombres. Estuvo buena, había luces de fiesta, ampolletas de colores que se las consiguieron allá. Tenían hartos casetes, así que se bailó ‘Amar Azul’, ‘Ráfaga’… Aquí somos fanáticos de ‘Amar Azul’, de la música [cumbia] Sound. (…) Pero el que más me gusta es ‘Amar Azul’. Me gusta desde que empezó, desde que llegaron los casetes aquí y los compramos en [Pueblo Urbano]. Mi hermano llegó con esas canciones. No cacho [entiendo] mucho de la vida del grupo porque a mi hermano le gusta más la música, él tiene posters de ‘Los Sultanes’ y los ‘Red’, hartos posters. (Juan).

Aunque restringidos, valgan estos testimonios para dar cuenta de, al menos, un fenómeno: la emergencia de identidades juveniles en el mundo rural como una hipérbole de su propio reacomodo. En este sentido, el uso de la metáfora del óxido en el título de este trabajo debe entenderse en una doble extensión. La primera da cuenta de la dimensión temporal, que se ancla en la premisa moderna de la superación de lo arcaico; por tanto, de un transcurso que provoca envejecimiento y a la larga, destrucción. La segunda tiene que ver con el contacto, según la clásica definición química de oxidación, que es la combinación de un elemento metaloide con el oxígeno. Si bien la continuidad de la “identidad” de lo rural como espacio y cultura se ha corroído por este mestizaje e interdependencia con la urbe (pos)industrial, su esencia está conformada tanto por la argamasa de la corrosión (nuevas y múltiples alteridades identitarias en cambio permanente), como por lo que esconde dicha pátina ferrosa: sus elementos culturales “originarios” (indígenas o campesinos). Son estas capas lo que muchas geografías esconden como testimonio de su recomposición territorial y cultural.


Citas

1 Entre éstos, dos autores son particularmente relevantes por el alcance de sus planteamientos. Banfield (Op. cit.), basado en una investigación en una comunidad rural del sur de Italia, propone un acercamiento a la “cultura campesina” desde un elemento central que la caracteriza, a saber, el “familismo amoral”, por el cual explica la incapacidad de los campesinos de actuar juntos por un bien común o por intereses que excedan los intereses materiales de la propia familia. Foster, en tanto, desarrolla la teoría “de la imagen del bien limitado” en sus estudios sobre un poblado rural mestizo mexicano (tzinzuntzan). Foster plantea, a grandes rasgos, que el campesino percibe la existencia de “lo bueno” en el mundo como limitado o finito (la riqueza, la salud, la amistad); por tanto, si una unidad familiar posee muchos de estos bienes, significa que se lo está quitando a otra.

2 Los antecedentes teóricos arrancan desde K. Marx que llegó a concebir a los campesinos como “idiotas rurales”, representantes de la “barbarie dentro de la civilización” (Heynig, 1982). Debido a la imposibilidad de adecuarse a la realidad rural, el campesino era un burgués y un proletario simultáneamente: propietario de sus medios de producción y, a la vez, su propio asalariado. Tanto en Comte como en Spencer se evidencian planteamientos de naturaleza similar. El primero formulando la ley de los tres estados (teológico, metafísico y positivo), que dio argumento para explicar el cambio de una sociedad agraria a otra urbano-industrial, auspiciando una evolución definitiva hacia la racionalidad positiva. El segundo, postulando el paso de lo homogéneo a lo heterogéneo, como modelo característico de la evolución hacia la sociedad industrial. Ambos, como plantea Entera, afianzan sus ideas en que “el pasado tradicional significaba lo “malo”, el presente “lo bueno” y el futuro “lo mejor” (1998:125).

3 Este debate, que excede las pretensiones de este capítulo, puede seguirse con más rigor teórico en el contexto mexicano, abordado analíticamente por Hewitt (1988) a partir de los trabajos de Ernest Feder y Roger Bartra.

4 Neologismo del autor para describir la contemporaneidad, que se carateriza según él, por la coexistencia de las corrientes de uniformización y particularización cultural bajo la lógica del exceso de información, de imágenes y de individualismo.

5 Por lo demás, las cifras son claras: las sociedades latinoamericanas todavía mantienen la peor distribución de la riqueza en el mundo (BID, 1998) y según el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, la evolución de la pobreza rural de América Latina y el Caribe muestra que ésta no ha variado mayormente durante la última década: “Aproximadamente dos tercios de la población rural en condiciones de pobreza son pequeños agricultores. El tercio restante lo representan trabajadores sin tierra y grupos étnicos. Un cuarto de la población en condiciones de extrema pobreza es indígena” (Echeverría 1999, en IICA, 2000: 9).

6 “Activo” con relación a las “mediaciones”, entendidas por Martín-Barbero (1987) como el lugar desde donde se le otorga el significado a la comunicación y se produce el sentido. Bajo esta perspectiva, la comunicación es concebida como un proceso de interacción entre la propuesta proveniente de los medios y el universo cultural del receptor, quien se concibe como sujeto activo, capaz de otorgar nuevos significados a los contenidos a los que está expuesto.

7 Entre éstos se cuentan los significativos aportes de Reuben (1990) y Durston (1997).

8 Aunque restringido al consumo televisivo y de carácter cuantitativo, el trabajo de Fuenzalida -hasta ahora uno de los escasos estudios en Chile sobre consumo massmediático por parte de los habitantes rurales y una porción de “jóvenes campesinos”-, constituye otro aporte. El autor señala que los medios de masas permiten constituir una generación juvenil con menos diferencias entre el joven urbano y el joven rural, “la posibilidad de una ‘urbanización con el consumo’ de productos juveniles (sin necesidad de abandonar el campo) y modelos ficcionales ante diversos conflictos de la vida afectiva, escolar, familiar o laboral” (Fuenzalida, 1992:144).

9 Distrito con cerca de 1.000 habitantes dedicado a la recolección de peces y mariscos; labores forestales; pequeña agricultura y, últimamente al turismo en pequeña escala. Las diferencias agroecológicas y culturales tuvieron un importante papel segmentador de las realidades rurales de la zona central con respecto al sur y centro sur de Chile. Para el caso de la región sur, y específicamente de la región de Los Lagos, el modelo neoliberal impactó fuertemente la economía y la pequeña explotación agropecuaria, a través de la penetración capitalista de la agricultura comercial, pero lo hizo con intensidad a partir de la década de los noventa, con una agroindustria ligada a la pesca (salmonicultura) y al sector forestal (Amtmann, et al., 1998). En esta zona geográfica se evidencian procesos similares a los detectados por De la Maza, aunque signados por factores específicos, de tipo productivo y geocultural: una población mestiza y mapuche-huilliche importante, un significativo aislamiento y, lo fundamental: una persistencia de economías campesinas/ recolectoras de índole familiar que sustentan, vía la fuerza de trabajo estacional, fundamentalmente joven, a las agroindustrias lecheras, agrícolas, forestales y acuícolas.

10 Lo fundamental es que estas diferenciaciones sólo se constituyen relacionalmente, es decir, son invisibles sin su acción recíproca: el cómo la urbe perfora lo rural y, a su vez, cómo ésta es perforada por el campo en términos culturales.


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