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Sin salida

Sem saída

No Exit

Hans Gumbrecht*
Traducción Gabriel Restrepo**


* Hans Gumbrecht es ya conocido en Colombia, comoquiera que ha visitado el país en tres ocasiones, dos de ellas como ponente en los seminarios internacionales de Estudios Culturales que han organizado la Universidad Nacional, el Ministerio de Cultura y el Banco de la República. En 1998 dictó un ciclo de conferencias en el Departamento de Sociología de la Universidad Nacional. Hans Gumbrecht es uno de los típicos representantes del ser intelectual contemporáneo. De origen alemán, hoy ciudadano estadounidense, enseña en la Universidad de Stanford desde hace nueve años en el Departamento de Francés e Italiano. Siempre se ha caracterizado por trascender fronteras, tanto geográficas como culturales. De formación romancista, enseñó en la Universidad de Salamanca (uno de sus múltiples libros versa sobre “La historia de la literatura española.), pero, al mismo tiempo es graduado en Filosofía y Sociología y ha sido profesor de universidades nuevas de Alemania y de Europa. Recientemente, ha publicado en inglés un libro cuya traducción sería “En 1926 : viviendo sobre el filo del tiempo. ; en donde traza un panorama de aquel año aparentemente anodino, pero exaltado de forma magistral porque la trama es levantada a la usanza de la literatura actual, como un registro de entradas y salidas según el capricho del lector. El pensamiento rico y complejo de Hans Gumbrecht podría comprenderse como una filosofía de la presencia.

** Profesor de la Universidad Nacional.


Resumen

Nómade por una inquieta conciencia que atraviesa memorias individuales y colectivas y por un cambio de ciudadanía que precipita reminiscencias. El escrito de Hans Gumbrecht justifica su decisión de renunciar a la ciudadanía alemana y abrazar la estadounidense en un célebre pasaje de Ser y Tiempo de Heidegger, pero quizás con mayor humanidad en ciertas presencias evanescentes.


Escribo ahora en un espacio que aprecio mucho: mi oficina sin ventanas situada en la Biblioteca Verde de la Universidad de Stanford. Son las 9 y 50 A.M. del 14 de junio de 1997. Mañana coincidirán la Sesión de Grados, el Día del Padre y mis 49 años de vida. Un salto de 49 años en el tiempo (que no es por cierto un lapso en la memoria), me retrotrae a Würzburg, una población con 100.000 habitantes, ubicada al norte de Baviera, con un pasado católico, alguna tradición acadé- mica y vinos blancos casi famosos. El salto en el tiempo me retrotrae de modo más preciso al Hospital Universitario de Würzburg, donde mis padres vivían en un pequeño y derruido cuarto (tal como lo deduzco de las fotos), porque no había otra casa disponible en la que por entonces era la segunda ciudad más destruída de Alemania.

Hace un par de meses mi esposa Ulrike, de 39 años, mi hijo Christopher, de nueve, y yo, hemos solicitado la ciudadanía estadounidense. Esperamos que nos llamen a la entrevista definitiva uno de estos días venideros, tanto que nuestro abogado nos sugiere que nos registremos con esa ciudadanía aún si dejamos el país por unas pocas jornadas.

Vuelta al pasado

Cuando comencé a escribir estas líneas comprendí de pronto que me era imposible separar mis propias reminiscencias infantiles de algunas películas de Rainer Werner Fassbinder, en especial del Matrimonio de Maria Braun (Fassbinder fue también otro bávaro nacido después de la guerra). Mis recuerdos están poblados de soldados estadounidenses, la mayoría negros e inefablemente amistosos; hay jeeps del ejército (una de las primeras cosas que compré cuando llegué por mi bien a los Estados Unidos en 1989 fue un jeep Wrangler); hay monjas en el hospital universitario pese a su enredada indumentaria, quienes me enseñan a ponerme de rodillas para orar; hay una terraza reservada para pacientes recién operados del cerebro, los cuales exhiben sus enormes turbantes blancos (más tarde mi padre me contar ía con indiferencia estadística que un 35 por ciento de ellos nunca retornaba a casa del hospital); hay edificaciones en ruinas, en las cuales mis amigotes y yo representamos lo que imaginábamos serían historias de caballeros medievales (mis padres se ganaron una advertencia del concejo de la ciudad: debíamos comprender que podría haber bombas y minas en esas ruinas). Recuerdo una escena sentado frente a un gigantesco radio con un “ojo mágico. escuchando (tal cual hacen los protagonistas de Maria Braun en la escena final de la película) cómo Alemania vencía a Hungría tres a dos para ganar la copa mundial de fútbol en Suiza. Días más tarde traduje a vivencia emocional ese orgullo, cuando mis padres me llevaron a una semana de vacaciones en Suiza, país por supuesto sin ruinas y, por ende, como pensaba, sin lugares para jugar. Pero para entonces yo ya había deducido, tanto de las amadas ruinas, como de toda clase de crónicas cotidianas, que había habido una guerra perdida por Alemania, ante todo con los estadounidenses, aunque aquello de ningún modo significaba gran cosa. Para mí los judíos aún eran los divertidos y locuaces protagonistas de los chistes (no malos a morir, aunque sí codiciosos y tacaños), los gitanos eran buenos tipos con una infortunada tendencia a robar, y los homosexuales no existían (pero aún entonces yo mismo creía que mi madre tenía pene, hasta que mi hermana nació en 1956). No recuerdo quién transformó mi más bien feliz cerrazón cronológica respecto a la guerra, en lo que desde entonces he experimentado como vergonzosa contigüidad entre mi nacimiento y el Tercer Reich, incluído su Holocausto. No reclamo, por supuesto que cada alemán de mi generación deba sentir exactamente del mismo modo, ni tampoco que tal contigüidad sea una realidad social (¿qué podría ser al fin y al cabo una tal “contigüidad moral “?): la fórmula describe de modo sencillo lo que he sentido sobre Alemania desde hace treinta años. Aún puedo recordar la tristeza y confusión que se apoderaron de mí cuando advertí que no podría reconciliar los cariñosos recuerdos de mi abuelo materno, muerto en 1958, con la creciente sospecha de que había sido un miembro del partido nazi desde el final de los veintes y que, por tanto, su considerable riqueza, anterior y posterior a 1945, se debía a ciertas convicciones políticas nunca revisadas. En contraste (pero no por azar, supongo ) he olvidado por completo qué persona o qué lectura cambió en realidad mi actitud hacia el pasado alemán. De cualquier modo, justo cuando más o menos había logrado maniobrar para superar el más bien súbito recuerdo penoso de mi abuelo, se supo de modo patente en la comunidad académica internacional que mi tutor universitario (Doktorvater1) había sido miembro de la SS y que había razones para pensar que, como tal, habría figurado entre los pocos “fieles. que protegían el Bunker del Führer en los eventos de la primavera del 45 en Berlín. Dos consecuencias de este episodio me sacaban de casillas. La primera: yo había oído a Hans Robert Jauss cuando contaba a sus estudiantes y a un joven colega “ en un seminario sobre “memoria colectiva. “ que él había pasado la guerra tratando de hacer saltar en pedazos al ejército alemán. La segunda: comencé a obsesionarme con la famosa pregunta de cómo habría actuado yo mismo antes de 1945 “ teniendo en cuenta que alguien como Jauss, por cuya mente yo sentía tanta atracción, había sido nazi hasta el final apocalíptico. Siempre que mis amigos insisten en que mi reacción es excesiva (por no decir histérica) no encuentro razones para argumentar en contra. Quizás mi sentimiento apenado por el pasado alemán no sea por cierto nada más que un modo subjetivo de vivir una crisis edípica prolongada. De cualquier manera, lo que entiendo por “contigüidad moral. es la (quizás obsesiva) urgencia de asumir responsabilidad por crímenes que fueron cometidos antes de que yo naciera, debido a que aquellos que los ejecutaron y quienes estuvieron allí (sin tratar siquiera de resistir) o bien mintieron o bien callaron sobre esos años.

Retorno al presente

El principal motivo de mi emigración a los Estados Unidos (aunque hay un colega que cree que uno debería reservar la palabra “emigración. para los alemanes que se vieron forzados a dejar el país entre 1933 y 1945), la razón principal para mi venida a Norteamérica fue sin duda el deseo de escapar a esta reponsabilidad por contigüidad. Por supuesto, sé que no hay escape real: ningún cambio de lugares, ninguna nueva ciudadanía me hará perder el sentimiento de vergüenza o culpa (el cual “debo admitir. no es de modo exclusivo un mal sentimiento, porque a veces me enorgullezco de él y me siento de algún modo superior a la mayoría de alemanes de mi generación). Deseaba dejar a Alemania y quiero dejar mi ciudadanía alemana porque, aunque el paso sea insuficiente, produce casi la mayor distancia simbólica que está al alcance de mis posibilidades. Al mismo tiempo, ello puede aliviar la carga de vergüenza y de culpa que yo temería trasmitir a mis cuatro hijos (aunque pareciera que en este sentido mi éxito ha sido casi ridículo, porque mi hijo mayor se apresta a ser oficial en la Aviación Militar Alemana el próximo agosto 29). Pero, ¿por qué elegí a los Estados Unidos, y no a otro país que, diferente de Europa, no hubiese sido contaminado por el fascismo? En términos comparativos, la trivial razón para esta escogencia fue una halagadora oferta de la Universidad de Stanford en 1989: el nivel salarial que se ofrecía, más el indisputado liderazgo internacional de una de las mejores universidades de Norteamérica a la cual quería en verdad pertenecer. Pero había además una simpatía preconsciente por Norteamérica, la cual se remontaba acaso a los años de infancia. Debo añadir, además, que yo había comenzado a revisar, al menos en mi examen personal, la imagen estandarizada de mi generación que pintaba unos Estados Unidos como superpotencia imperial despiadada. Aunque al principio de mala gana, llegué a la convicción de que ninguna otra superpotencia de los tiempos modernos ha abusado tan poco de su dominio, como los Estados Unidos. Y, en fin, he comprendido en los últimos ocho años que llegar a ser ciudadano de este país entraña una saludable analogía con el hecho de ser aceptado en un club. Para los nativos norteamericanos, siempre seré extranjero, porque (para mi desilusión) nunca perderé del todo mi acento, nunca podré remitirme a una experiencia de enseñanza media o de primeros años universitarios (capítulos decisivos, al fin y al cabo, en la vida típica del estadounidense), nunca dejará de sorprenderme saber cuán religiosos son los norteamericanos, ni tampoco corroborar cuán tontos son cuando hablan de sexo. Pero, pese a ser extranjero, nadie jamás ha dudado que yo pudiera y aún debiera ser un norteamericano normal. Seguiré siendo alguien venido del extranjero, sin ser un extraño, lo cual, creo, representa una privilegiada posición. De este modo me anticipo a mi nueva nacionalidad, una que habrá sido escogida. Sé que este país ha experimentado y experimenta una infinidad de problemas. Pero al elegir a los Estados Unidos habré escogido un pasado y un presente del cual no sienta vergüenza. Y, como ya dije, he hecho todo cuanto me es posible para interponer distancia con un pasado que, en lugar de haber sido elegido, me ha sido impuesto.

Vuelta al pasado

Entre todos los filósofos cuya obra conozco más o menos, por paradoja es Martin Heidegger quien, creo, me ofrece una base racional para mi doble reacción de sentirme contaminado por “mi. pasado alemán y de escoger la ciudadanía estadounidense. Me refiero al famoso parágrafo 74 de Ser y Tiempo, donde Heidegger dice que sólo “quien transforme para sí en propia herencia la posibilidad que uno ha heredado (por ejemplo, la historia de una nación2) puede asumir su ser yecto y ser en el inmediato presente contemporáneo de su propio tiempo.3 “ Pienso que una aplicación del punto de vista de Heidegger sugeriría que sólo si acepto la responsabilidad por crímenes que no he cometido, pero que he heredado, puedo comenzar a reaccionar a este destino biográfico. Esta lectura de Heidegger es excéntrica, en tanto no se aviene a una conclusión que por lo general se ha extraído de allí, a saber, que aceptar el estado de yecto significa permanecer cerca a aquello que uno ha encontrado asociado a dicho estado. Por el contrario, pienso que, gracias a aceptar mi condición de alemán, quiero tomar la mayor distancia de ella, sin la ilusión, por supuesto, de pensar que pueda escapar del todo a su poder. Pero de inmediato surge la objeción usual que han suscitado amigos intelectuales de Europa y de Norteamérica: ¿acaso no me echo encima el peso de similares responsabilidades al convertirme en ciudadano estadounidense? ¿No serían acaso equivalentes del Holocausto el exterminio de los indígenas norteamericanos o la guerra del Vietnam? Sin necesidad de argumentar que el Holocausto fue único en la historia (lo que allí sucedió no fue malo porque rompiera algunos records mundiales) y aún estando de acuerdo con la tesis de Goldhagen (por supuesto, el Holocausto no fue el proyecto domesticador de un puñado de políticos fascistas), encuentro tres diferencias que hacen que el Holocausto pueda registrarse en forma distinta a otros crímenes de este siglo. En el fondo del Holocausto sobresale la voluntad de exterminar a millones de personas sobre la base de atributos de “raza”, a los cuales las víctimas no podían ni renunciar ni escapar (esto hace que el Holocausto se distinga de lo ocurrido en 14924). El Holocausto elevó el asesinato al nivel procedimental de la producción industrial (lo cual lo hace diferente de cualquier guerra). Y, en fin, como Horkheimer y Adorno han indicado, la voluntad de exterminio del Holocausto había venido siendo legitimada por versiones deterioradas, obviamente, de la tradición intelectual europea.

Retorno al presente

Aceptar que soy alemán significa que me siento personal y públicamente responsable por lo que Heidegger describe como parte de mi ser yecto (y ello en definitiva no cambiar á el día que reciba el pasaporte estadounidense). Es importante que haya quienes asuman responsabilidades por el Holocausto “ sobre todo porque aquellos que cometieron los crímenes y quienes los toleraron nunca aceptaron su responsabilidad. Pero aceptar mi condición alemana no significa de ningún modo que quiera pertenecer a una diáspora alemana, aquí o donde sea. Para decirlo de un modo franco, más bien tiendo a evitar cualquier tipo de sociabilidad alemana. No he hecho tampoco ningún esfuerzo específico para enseñar el idioma alemán a mis hijos: hablamos por lo general en inglés en casa, aunque observo que los muchachos de una u otra forma han adquirido una aceptable competencia en el idioma alemán. Asumo como privilegio el hecho de no ser germanista, circunstancia ésta que me permite contrarrestar con el argumento más profesional la siempre recurrente pregunta acerca de si enseño literatura o cultura alemana (simplemente no estoy suficientemente calificado para ello), como tantos otros (¿románticos?) intelectuales alemanes. Siempre me han atraído más las culturas y los estilos de vida del occidente o del sur de Europa que sus contrapartes del norte (razón por la cual estudié romanismo). Sólo después de mi experiencia en este país vine a descubrir aspectos del modo de vida norteamericano de los cuales estoy encariñado. Me apasiona lo que capto en el nivel microsociológico como una serie de firmes pautas democráticas. Personas que esperan con paciencia en las estaciones de rutas, propietarios que discuten por horas sobre reglas de uso de la piscina comunal, estudiantes que prefieren perder un examen a hacer trampas: no son por cierto fenómenos espectaculares, pero he aprendido a apreciarlos como formas simples y no dramáticas de encarnar la convicción profundamente arraigada de que todos nacen iguales. También esto, por supuesto, entraña una consecuencia aneja “no siempre aproblemática.: la facilidad con la cual la mayoría de los estadounidenses son capaces de aceptar la posibilidad de ciertos privilegios y derechos que un ciudadano puede adquirir. Disfruto el respeto y “la posición de liderazgo. (como alemán, no puedo dejar de entrecomillar la frase) que algunos colegas y estudiantes parecen garantizarme, y no porque sea profesor en una universidad de fama mundial, sino porque (y esta es la diferencia crucial) piensan que hago un trabajo decente. También admiro la capacidad de esta nación para considerar en serio la crítica y la autocrítica, sin caer en estados de depresión (es difícil imaginar una película como Forrest Gump en Alemania). Por supuesto que no paso por alto el racismo que existe en Estados Unidos, ni las consecuencias de un capitalismo que no ha sido domado por sindicatos que respondan a su primera vocación histórica. Pero prefiero una sociedad en la cual semejantes problemas sean asumidos como parte de su propia realidad a una sociedad que, o bien los niega (¿qué tan grande es el problema de la condición de los ciudadanos turcos en Alemania?), o trata de cultivar una autoimagen de inocencia colectiva echando la culpa de ellos a la “influencia de un poder hegemónico”.

Vuelta al pasado

Por supuesto, no todo es malo en Alemania. Después de todo, escribo (como se me pidió que lo hiciera) sobre reacciones muy personales, preferencias y decisiones. En algunos casos quisiera con toda honestidad que soluciones alemanas a ciertos problemas y desafíos fueran más exitosas que las estadounidenses. Por ejemplo, pese a “los procedimientos de admisión ciegos frente a necesidades “ y pese a la “acción afirmativa”, aún pienso que un sistema público de educación es preferible a uno con predominio privado. Empero, en este contexto específico, mi experiencia cotidiana en Stanford “ por cierto, una muy positiva experiencia “ ha comenzado a erosionar mis anteriores creencias. Con todo, lo que en verdad me irrita de Alemania es su incapacidad colectiva para tratar sobre su historia durante la primera mitad de este siglo, incapacidad en la cual la mayor parte de los intelectuales alemanes participa. Percibo por todas partes una impaciencia en Alemania por cerrar y normalizar este capítulo de la historia nacional, una impaciencia que pienso yo es la principal razón para haber diferido la misma normalización deseada. Lo que ocurrió en la España de 1492 con probabilidad nunca será olvidado y acaso jamás deje de formar parte de la identidad nacional española. Para mencionar sólo otro ejemplo, lo mismo vale para los crímenes cometidos en nombre de muchas naciones europeas durante la época del imperialismo. Por contraste, los intelectuales y políticos alemanes parecen apresurarse en cada ocasión a declarar, unilateralmente, que el capítulo comprendido entre 1993 y 1945 debe ser clausurado. La infamante Disputa por la Historia (Historikerstreit) fue una de esas situaciones, el acontecimiento de la reunificación alemana provocó reacciones similares, y, en lo personal, jamás olvidaré cómo muchos de mis colegas y amigos académicos se apegaban a nuestro antiguo tutor declarando que no había nada malo en su biografía. Fue duro aceptar que casi una generación completa de muy calificados estudiosos de las humanidades arguyeran de este modo: “cuando aquello sucedió él era muy joven para ser responsable, y ahora que todo se ha desvanecido, él es definitivamente muy viejo para responder por eso”. No intentar é explicar por qué sucedió todo de este modo, ya que lo máximo que pudiera sugerir de allí sería reiterar cuentos muy contados sobre cómo los hijos se refieren a los padres. Pero si yo reclamo el derecho (aunque esto suena muy solemne) de decir que tales reacciones no me conciernen ya nunca más, es a causa de no haberme abandonado nunca a la tentación de decir que el Holocausto no era de mi incumbencia.

Aquí y ahora

Hoy es lunes junio 16, cuatro y treinta y cinco de la tarde y estoy de regreso en mi oficina de la Biblioteca. La pasada Sesión de Grados fue un bello día, uno en el cual la alegría de los nuevos graduados y de sus familias irrigó energía en el campus, un día en el cual también yo fui recompensado con mayor gratitud de la que creo merecer por algo “enseñar y ser director de tesis. que me proporciona un generoso salario. Tuve el honor (y así lo sentí, sin duda, como un honor) de pronunciar el discurso del día de grados en el Departamento de Literatura5“ Hablé de mi propia decepción por no haber perdido mi acento alemán y me refería a la infinita tolerancia lingüística que he hallado en este país. Traté de explicar de qué manera aprecio como apertura generosa al otro los estímulos ofrecidos para estar orgulloso privada y públicamente de los propios logros; dije que encontraba deslumbrantes en lo intelectual a los estudiantes y que eran al mismo tiempo desprovistos por entero de tonos paranoicos. Escapando a una alabanza ritual de los valores inherentes a la educación humanística (una retórica en la cual hoy nadie cree), mi discurso acaso terminó siendo muy personal, pero era al mismo tiempo fascinante (y sorprendente) saber que cerca de la mitad del auditorio podía remitirse en forma personal a mi experiencia (ya que no eran nacidos en Norteamérica), mientras que algunas personas de la otra mitad del auditorio, los estadounidenses, insistían en decirme que tener acento y ser diferente no me convertía en un extranjero. En la recepción que ofreció mi Departamento, el azar me situó junto a la familia extensa de una de mis estudiantes doctorados. La mayor parte de los miembros de la familia viven ahora en Bolivia y dos de los más ancianos entre ellos, según supe, eran supervivientes del Holocausto. Sabían que el profesor de Helena era alemán. Por ende, nuestra conversación no fue por cierto fácil. Me inhibía al imaginarme qué recuerdos podrían guardar de Alemania y de los alemanes. El anciano fue sin duda de modo patente poco amigable, mientras que la anciana reaccionó sin entusiasmo (por decir lo menos) a mis más bien cojeantes elogios y preguntas. Pero me sentí aliviado por cuanto no pensé que fuera necesario hacer ningún comentario sobre qué sentía sobre nuestra relación. En balance, yo era un profesor estadounidense común y corriente y como tal había sido responsable de la dirección de tesis doctoral de Helena. De modo que cuando nuestra conversación no progresó más (ni en inglés ni en español), pude trasladarme a la siguiente mesa, sin experimentar ningún sentimiento específicamente incrementado de culpa. Esto no es ni una “solución. ni un “gran paso en la dirección correcta ”. Pero ha sido, sin duda alguna mejoría debida a la decisión de asumir la ciudadanía estadounidense.


Citas

1 N. del T. En sentido literal, pero también muy analógico del “parto. doctoral “una especie de proceso mayéutico, en especial entre los europeos”, Doctorvater significa el Doctor Padre.

2 N. del T. Este paréntesis no está en el original, pero es una interpretación muy legítima de Hans Gumbrecht.

3 N. del T. La versión española puede cotejarse en la traducción de José Gaos. Cf. Heidegger, M. 1993 Ser y tiempo. Bogotá, FCE, pp. 415 y 416. No nos hemos decidido por la cita de la edición española, por alambicada y confusa, aunque hemos retenido la noción de “yecto. (pero quizás la palabra “abjecto. fuera mejor). Hemos cotejado la traducción inglesa que usó Gumbrecht con la edición alemana.

4 Como la fecha se identifica por lo general en Hispanoamérica con el llamado “Descubrimiento de América”, conviene recordar que fue también el año de la expulsión de moros y judíos de España.

5 N. del T. Para calibrar lo que el autor dice, baste indicar que René Girard y Michel Serres, entre otros profesores célebres, son colegas de Gumbrecht en el Departamento de Francés e Italiano.