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Etnorock : os rostos da música mundial no sul do México

Etnorock: the faces of global music in southern Mexico

DOI: 10.30578/nomadas.n43a17

 

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Anna María Fernández Poncela

Profesora e investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana, plantel Xochimilco (México). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

COORDINADORES:
Martín de la Cruz López Moya, Efraín Ascencio Cedillo y Juan Pablo Zebadúa Carbonell

EDITORIAL:
Cesmeca y Juan Pablo Editores

CIUDAD: México DF
AÑO: 2015

NÚMERO DE PÁGINAS: 155

La obra Etnorock: los rostros de una música global en el sur de México

La obra Etnorock: los rostros de una música global en el sur de México, coordinada por Martín de la Cruz López Moya, Efraín Ascencio Cedillo y Juan Pablo Zebadúa Carbonell, es una revisión del rock étnico. Reúne varios artículos, algunos de los cuales invitan a la reflexión sobre la vida y la identidad, que acompañan el repensarse, repensarnos y repensar la existencia.

En primer lugar, el interés por la música desde los estudios sociales en México, y concretamente por el rock, se ha incrementado en los últimos años. Como obras pioneras se encuentran los libros editados por Causa Joven, Culturas Populares y la Secretaría de Educación Pública (CEP) en los años noventa: Por los territorios del rock de Maritza Urteaga y Oye como va, coordinada por José Manuel Valenzuela y Gloria González; además del trabajo de Violeta Torres, Rock-eros en concreto, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), por citar algunos. En segundo lugar, qué más se puede decir hoy sobre la identidad, un concepto que ha llenado páginas y desbordado charlas, y todavía andamos preguntándonos ¿qué es la identidad? A lo cual podríamos respondernos: ¿y tú me lo preguntas? Parafraseando a Gustavo Adolfo Béquer: la identidad eres tú. O, mejor dicho, en este caso, lo que tú quieras que sea o lo que cada quien quiera ser. No se trata de una afirmación posmoderna, es una proposición práctica ante un concepto complejo: apego a la tierra, cohesión política, autoconcepto de grupos y estereotipos y desprecio por el otro, y el desarrollo del ego, entre otras cosas. En este libro la identidad se focaliza y diversifica en voces, miradas y músicas, sacando brillo a la imaginación, perdiendo los bordes que separan y ampliando contornos que unen.

La obra que aquí presentamos es una buena excusa para seguir reflexionando en torno a la identidad. En concreto, reúne diez artículos y once autores. Se trata de acercamientos al “rock indígena” como se nombra en la “Presentación de la obra”, tras esbozar el interrogante: “¿Qué tan musicales son las juventudes indígenas?” (11), de tres estados: Veracruz, Guerrero y Chiapas. Un cruce de caminos entre rock, jóvenes indígenas, discursos musicales, políticas culturales, estrategias mediáticas, consumo cultural, procesos globales y locales, autopercepción simbólica, inclusión social, sincretismo cultural, pertenencias identitarias, hibridaciones culturales, artistas y receptores o consumidores y una “estrategia de reconocimiento de las juventudes urbanas contemporáneas” (13).

En los entramados socioculturales contemporáneos se llevan a cabo prácticas musicales protagonizadas por rockeros, indígenas y jóvenes. Una efervescencia musical de nuevo cuño que entrelaza o hibrida letras y tonadas en idioma local o español con músicas e historias propias de cada lugar, que une grupos indígenas con públicos más amplios; gustos locales y globales se hermanan. Aquí cae como anillo al dedo la invención de la tradición planteada por Hobsbawm, y es que toda la cultura es un invento, creación y recreación humana. Vivimos en comunidades imaginarias como nos recordó Anderson. Es más, la identidad es narrada, como señala Bauman. Y hoy los descubrimientos de la neurociencia llegan abriéndose paso entre los discursos de las ciencias sociales, según los cuales todo es construcción social, y afirman que la clave está en la percepción, y detrás de su acto, la conciencia es la que sostiene la calidad de la experiencia, como señaló Jacobo Grinberg hace ya más de dos décadas. Si esto lo traducimos o adecuamos a las ciencias sociales, la clave está en la interpretación, o en la interpretación de la interpretación, si nos inspiramos en Edgar Morin. Pues nuestro sujeto de estudio, que ni es nuestro ni es sujeto, crea e interpreta su realidad, y nosotros/as mortales investigadores/as traducimos, conquistamos o interpretamos, según varios autores apuntan como resumen del ejercicio de investigar.

En el caso que nos ocupa, la identidad, además de inventada, imaginaria, narrada, construida, interpretada o parte de la percepción, es una identidad cantada. Y ya sabemos que la música nos acompaña de la cuna a la sepultura, traspasa el cuerpo y la mente, transita las emociones y llega al alma; es vibración y regocijo, arte y recreación, una caricia al corazón o grito de desesperación.

Como se dijo, la identidad eres tú, lo que nos dicen y creemos que somos, lo que queremos y logramos supuestamente ser, lo que tenemos que ser, lo que queremos que los otros crean que somos, lo que los otros creen que somos, etcétera. Así, el etnorock es vehículo de identidad, entre otras cosas. Una revitalización de lo ancestral en lo actual o una moda pasajera de recreación del pasado, un juntar tiempos y espacios, entrelazar idiomas y ritmos, una comunión de repertorios que animan el gusto de una ciudad cosmopolita y tradicional a la vez, como es el caso de San Cristóbal de las Casas, en la cual la efervescencia musical internacional está al orden del día, así como la recreación tradicional pervive resistente e indómita. También llega a la montaña de Guerrero, a la región totonaca veracruzana, y a los alrededores de la capital cultural chiapaneca.

El primer estudio de esta obra: “El rock indígena en Chiapas: estrategias de reconocimiento y de consumo cultural”, de Martín de la Cruz y Efraín Ascencio, resume las características de esta práctica musical: “[...] evocaciones de su diferencia como jóvenes, imaginarios de sus experiencias amorosas, valoraciones de su pertenencia étnica, de su lengua, del cuidado ambiental, del respeto a la naturaleza y de seres sagrados, y alabanza evangélica” (29). Todo esto da lugar a la música que la obra presenta y analiza. Y añade un poco más adelante: “Con esta nueva música, también nombrada rock indígena; aquella que antes estuvo reservada sólo para el ámbito ceremonial sagrado ahora se pone en escena como un espectáculo fuera del contexto ritual” (29). Este artículo presenta y explica lo relacionado con el rock en Chiapas, en concreto de San Cristóbal de las Casas, ciudad fructífera n los últimos años, artística y culturalmente hablando. Un texto que se lee con agrado, un artículo libre, cuyos autores se percibe que están a gusto con el tema, poseen conocimiento profundo sobre este, flexibilidad experiencial y un ojo amplio y agudo. Diversas fuentes inspiran el trabajo, miradas cruzadas de métodos y disciplinas, que entre otras cosas apuntan la cultura y la identidad como fenómenos móviles y dinámicos, raíces y pertenencias étnicas y caminos de cambios y transformación, reinvenciones, búsquedas o refuncionalizaciones y resistencias, cosmovisiones, con todo lo positivo y también seguramente lo negativo que entrañan. Pero visto lo anterior desde las nuevas generaciones, su mirada y libertad, su autopercepción individual y creatividad cultural que “permiten la producción de saberes, emociones, valores, cosmovisiones y aspiraciones” (33). Todo ello puesto con antecedentes históricos y en contexto social, retomando testimonios de los protagonistas, letras de canciones, textos en Internet, presencia en conciertos. Finalmente afirman:

El llamado etnorock es resultado entonces de la creatividad y la conluencia de diversos actores sociales: jóvenes, rockeros, el zapatismo, las políticas culturales, organizaciones no gubernamentales, etcétera. Surge en un contexto de relaciones interculturales y como una estrategia de reivindicación indígena que busca organizar la diferencia cultural en términos musicales: “conservemos nuestra madre tierra, nuestro idioma, el tsotsil, nuestra cosmovisión maya, la naturaleza toda”, son las evocaciones reiteradas de sus canciones. ¿Estamos asistiendo, con el etnorock, a un develamiento de los discursos ocultos de lo comunitario, de lo indígena y de la sociedad que oprime y aprisiona lo joven? ¿El rock indígena es una formulación fresca ante el “poder” o ante los poderes asertivos de la sociedad a la que pertenecen? (41).

Lo que parece cierto es que reelaboran miradas, recrean y trasgreden identidades, atraviesan fronteras musicales y locales, étnicas y culturales, nos acercan a la cocreación del mundo y de la vida.

El artículo de Ariel García Martínez es sobre “Rock y juventudes indígenas en el Totonacapan”, el consumo del rock en las nuevas juventudes indígenas rurales y urbanas de esta región veracruzana, la globalización, la apropiación de géneros musicales contemporáneos desde lo local y lo étnico, relacionado con los procesos migratorios, los medios, las nuevas tecnologías, la educación.

Juan Pablo Zebadúa Carbonell presenta “Estilos juveniles e identidades en la región del Totonacapan: rockeros, consumidores y transculturados”, que se enfoca en la transculturización identitaria, la revalorización étnica a través de estilos y tendencias juveniles que pasan por el consumo de la música rock. Afirma que el indígena se movió de lugar y hoy se

[...] hace necesario cambiar los horizontes de análisis y abrir el espacio conceptual para dar cuenta de los nuevos procesos culturales que acontecen ante nosotros. Se debe dejar de lado la visión donde las otredades étnicas folklorizantes eran perennes e inalterables, para transitar hacia procesos más amplios y, en el caso de los jóvenes indígenas, con una vigorosa apuesta a su presencia cada vez más protagónica (75).

Jaime García Leyva, con “Jóvenes indígenas, identidad y rock en la montaña de Guerrero”, realiza un análisis sociohistórico del rock en esta región, con la nueva emergencia de rockeros indígenas. Se centra en la apropiación musical juvenil, la difusión y construcción de nuevas propuestas. Señala “la adopción del rock como un medio de desahogo o de denuncia de la realidad regional” (83). Alude a nuevas identidades juveniles, migración, radios, bandas, siendo el rock para los jóvenes indígenas o mestizos, “vehículo de identidad, de desahogo y de protesta ante las injusticias, y también para marcar un punto de ruptura con sus familias y la comunidad; o se desapegan o fortalecen vínculos” (92).

Juris Tipa escribe “Rock en tu idioma, rock en mi idioma: etnicidad y geografías culturales en el consumo de rock tsotsil”, centrado en un estudio sobre uso y percepción de esta música en la Universidad Intercultural de Chiapas. Autorreflexión y autonarración de quiénes somos y cómo nos sentimos, la música tiene que ver con geografías culturales, concluye.

Otro texto, el de Edgard Joaquín Ruíz Garza, titulado “Los orígenes de Vayijel: un paraje en los senderos del rock”, se centra en la historia de esta agrupación, poniendo en relación procesos macro y microsociales a modo de cartografía cultural del rock indígena. Rock en tostsil como resistencia cultural popular, resignificación de elementos tradicionales a modo de “el camino intermedio entre la subjetividad subalterna militante y la tradición selectiva legitimadora de la élite comunitaria” (116). No se trata de perversión de costumbres ancestrales, tampoco de un símbolo de apertura identitaria, entrecruzamiento cultural y liberación.

“¿Etnorock cristiano? Jóvenes músicos indígenas cristianos en la periferia de la ciudad de San Cristóbal de las Casas, Chiapas”, de Alan Llanos Velázquez, expone cómo jóvenes indígenas de esta ciudad cantan rock como parte del culto evangélico, “hacer llegar las buenas nuevas del evangelio” (137) a la comunidad.

Identidades juveniles, indígenas y rockeras desilan a lo largo de las páginas de Etnorock: los rostros de una música global en el sur de México, que nos actualiza sobre gustos, estilos y consumo cultural, identidad flexible, adaptable o líquida, cómo cambia y cómo también, en parte, permanece. No es algo esencial, tampoco una supervivencia cultural; quizás, una suerte de tránsito necesario por nuestro estado de conciencia actual, donde precisamos la muletilla material del apego y el pertenecer, pero aquí, lejos de ser corsé o esclavitud, se entrecruza con dinámicas de cambio y resistencia, de elección y decisión, de autorrealización y compromiso. Identidades, como dice Bauman, no talladas en la roca, sino negociables y renovables, flexibles y cambiantes.

Este texto colectivo, editado por el Cesmeca y Juan Pablo Editores, ve la luz toda vez que alumbra realidades, sueños y percepciones, narrativas y ritmos, mensajes y discursos; se trata de un estilo musical con sus raíces y prospectivas, entretejiendo mundos, o mejor, tiempos, pasados y futuros, en el “presente”, que como el fondo de la palabra indica, se trata de un “regalo”. Y esto es este libro: un regalo para leer, pensar, reflexionar, emocionarse, desidentificarse o identificarse, porque, como ya se dijo, la identidad es lo que quieras tú que sea.

Referencias bibliográficas

  1. LÓPEZ, Martín de la Cruz, et al., 2014, Etnorock. Los rostros de una música global en el sur de México, México D.F, Juan Pablo.


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