La experiencia de la maternidad en mujeres feministas*

A experiência da maternidade em mulheres feministas

The experience of motherhood by feminist women

DOI: 10.30578/nomadas.n44a14

 

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Natalie Sánchez Benítez**

Resumen

El siguiente artículo sitúa sus reflexiones sobre la maternidad desde el feminismo y describe cuáles son las experiencias de la maternidad cuando se es mujer feminista, para el caso específico de la organización Casa de la Mujer. Los ejes de análisis son: i) la experiencia ambivalente del deseo; ii) las experiencias de exclusión y vulneración; iii) pareja y crianza, encuentros y desencuentros; y iv) autonomía. Se concluye que en la experiencia hay varios elementos que potencian la reconfiguración subjetiva de las mujeres madres y no madres, feministas y no feministas.

Palabras clave: maternidad, feminismo, experiencia, Casa de la Mujer.

Resumo

El seguinte artigo situa suas reflexões sobre a maternidade desde o feminismo e descreve quais são as experiências da maternidade quando se é mulher feminista, para o caso específico da organização Casa da Mulher. Os eixos de análise são: i) a experiência ambivalente do desejo; ii) as experiências de exclusão e vulnerabilidade; iii) casal e criança, encontros e desencontros; e iv) autonomia. Conclui-se que na experiência há vários elementos que potenciam a reconfiguração subjetiva das mulheres mães e não mães, feministas e não feministas.

Palavras-chave: maternidade, feminismo, experiência, Casa da Mulher.

Abstract

The following article discusses the reflections on motherhood from the feminist perspective and describes the experiences of motherhood from a feminist point-of-view, specifically with the organization “Casa de la Mujer.” The central themes of analysis are: i) the ambivalent experience of desire; ii) the experiences of exclusion and infringement; iii) partner and parenting, agreements and disagreements; and iv) autonomy. It is concluded that through the motherhood experience, there are several elements that enhance the subjective reconfiguration of women who are mothers and non-mothers, and those who are feminists and non-feminists.

Key words: motherhood, feminism, experience, Casa de la Mujer.

* Los contenidos del presente artículo son producto de la investigación de Maestría en Estudios Culturales concluida por la autora en junio del 2014.
** Docente de la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana y miembro de la Corporación Casa de la Mujer. Psicóloga de la Pontificia Universidad Javeriana y Magíster en Estudios Culturales de la Universidad de Los Andes. E -mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

El presente artículo aborda las diferentes aproximaciones con las cuales los distintos feminismos han comprendido la experiencia de la maternidad, dando cuenta así de la importancia que este tema ha tenido para el movimiento feminista durante las últimas décadas. En un segundo momento, se da cuenta de algunos elementos que hacen parte de la experiencia situada de la maternidad en algunas mujeres que hicieron o hacen parte del proyecto político Casa de la Mujer —organización feminista con 33 años de trabajo y reconocida como pionera en el feminismo colombiano—, aportando reflexiones y análisis particulares en torno a experiencias feministas de la maternidad.

Si bien la maternidad pareciera un tema agotado, y a veces evidente, en las experiencias situadas de las mujeres, todas diferentes, a veces contradictorias y, por sobre todo, polifónicas, se van ampliando las comprensiones de una de las prácticas sociales que sigue interpelando la subjetividad femenina. Un tema aún condicionado por el sistema patriarcal que divide el trabajo productivo-reproductivo, por las políticas de sexualidad y reproducción que siguen concibiendo la maternidad como un asunto natural y biologicista, pero, a su vez, una experiencia de deseo, de utopía, o en palabras de una participante: “[…] un laboratorio para poner en marcha toda la teoría” (P1).

Haraway (1995) afirma que la experiencia es un producto y un medio importantísimo del movimiento de la mujer, y es desde la experiencia de las mujeres y su particularidad que éstas han construido discursos sobre el sujeto mujer, cuestionando así lo que el otro, el patriarcado1, siempre ha intentado fijar sobre nosotras.

Para Scott la experiencia siempre es una interpretación que requiere una interpretación, por esto, la experiencia nunca es evidente o transparente, está siempre en disputa y, por lo tanto, siempre es política: “[…] la experiencia es, en este acercamiento, no el origen de nuestra explicación, sino aquello que queremos explicar” (1992: 73).

Al escribir sobre la experiencia de la maternidad en mujeres feministas, se hae sobre lo que el feminismo posibilita vivir, comprender y transformar en mujeres que hacen o hicieron parte de un proyecto político que se declara feminista radical, mujeres activistas, académicas y con injerencia desde sus inicios en la formulación de políticas públicas en favor de las mujeres en Colombia.

Aproximaciones feministas alrededor de la maternidad

El feminismo como movimiento social, teoría crítica y paradigma de saber (Pujal, 2002), ha teorizado en diferentes momentos históricos y desde distintas corrientes sobre la maternidad. Se puede afirmar que todas estas teorizaciones han influenciado el movimiento feminista en Colombia, y cada grupo, según sus intereses y posiciones, se ha acercado o apartado de dichas nociones.

Simone de Beauvoir (1949) plantea que la maternidad es natural, porque la cultura patriarcal la naturalizó; el patriarcado instauró en el psiquismo femenino el ser madre como uno de los pilares de su subjetividad, un lugar de subordinación y de exclusión de la categoría sujeto social. De acuerdo con Pujal:

Después de la Segunda Guerra Mundial surgió un nuevo replanteamiento de carácter más amplio iniciado por la norteamericana Betty Friedman con su obra La mística de la feminidad (1968). En dicha obra, se denuncia la idealización y la normalización que se hace del rol de la mujer en términos de autorrealización a partir de la construcción social de la mujer como madre, esposa, bondadosa y asexual, características que según la autora enmascaran su realidad: su aislamiento social, su falta de expectativas de vida y de autonomía debido a la sumisión al patriarca. (2002: 19)

Esta comprensión debatirá álgidamente el carácter esencialista de lo femenino; defenderá la premisa, según la cual, lo que se ha designado como ser y deber ser de las mujeres es una construcción basada en la categoría sexo, con intereses claros: la subordinación y el control en lo reproductivo y lo doméstico./p>

A principios de los años ochenta, por la unión de los movimientos pacifistas, ecologistas y feministas surge una corriente llamada ecofeminismo que resalta la maternidad como fuente de poder, de transformación y paz.

En esta corriente se encuentran también los estudios de algunas feministas de la diferencia, que resaltan la distinción entre la maternidad como institución y como experiencia, entendiéndolos como dos significados superpuestos. Para Adrienne Rich (1976, citada en Salleti, 2008), la maternidad como experiencia es la relación potencial de cualquier mujer con los poderes de la reproducción y con los hijos, mientras que la maternidad como institución tiene como objetivo asegurar que este potencial permanezca bajo el control patriarcal.

La maternidad es concebida por estas feministas entonces como: 1) pilar para la construcción de cultura de paz, ya que el trabajo materno es guiado por la no violencia, y 2) una tarea que puede ser desarrollada por hombres y mujeres, en tanto es una función social.

Algunas feministas que militan en la teoría crítica lésbica controvirtieron la dinámica intelectual desde la década de los setenta. Esta corriente, siguiendo a Juliana Flórez (2010) y a Margot Pujal (2002), también se ha vinculado o equiparado con las feministas separatistas, para quienes la separación implica controlar el acceso de los hombres a las mujeres, acceso que ha estado garantizado por tres instituciones: la heterosexualidad, el matrimonio y la maternidad. Desde esta postura, se han motivado acciones como comunidades sin hombres, la no reproducción, el rechazo a las relaciones heterosexuales, el celibato, los programas de estudios de mujeres, entre otros.

Ana María Fernández (1985) hace una distinción entre reproducción y su inscripción en lo biológico-especie, y la maternidad inscrita en el orden de lo cultural, como función social donde tiene lugar el mito de la mujer-madre, el cual opera como dispositivo que constituye creencias y anhelos colectivos que ordenan la valoración social de la maternidad en determinado momento histórico. El mito oculta que la madre surge en la modernidad como parte del proceso de transformación de la familia, los afectos, y como una forma de control de los cuerpos para potencializar la productividad.

Por otro lado, los feminismos de frontera son definidos por La Eskalera Karacola como:

Feminismos situados, mestizos e intrusos, con lealtades divididas y desapegados de pertenencias exclusivas. Que partiendo de la tensión y el conflicto de las peligrosas y blasfemas encrucijadas que movilizan su identidad, están comprometidos con conocimientos y prácticas políticas más reflexivas y críticas. (2004: 10)

Desde esta perspectiva, también se plantean varias reflexiones sobre el tema. Gloria Anzaldúa, hablando desde su experiencia como mestiza, lesbiana y feminista, afirma:

Para una mujer de mi cultura únicamente había tres direcciones hacia las que volverse: hacia la Iglesia como monja, hacia las calles como prostituta, o hacia el hogar como madre […]. Educadas o no, la responsabilidad de las mujeres aún es la de ser esposa/madre —sólo la monja puede escapar de la maternidad—. Si no se casan y tienen hijos se hace sentir a las mujeres como completos fracasos. (2004: 76)

A través de la Iglesia cristiana (aparato ideológico del Estado y herramienta privilegiada del proyecto colonizador), se ha encarnado en los hombres un “temor” hacia las mujeres. En palabras de Anzaldúa: “[…] se teme a la mujer por la virtud de crear seres de carne y sangre en su vientre —sangra cada mes pero no muere—, por la virtud de estar en comunión con los ciclos de la naturaleza” (2004: 74).

De estas reflexiones del feminismo chicano y poscolonial, se derivan, en mi concepto, los siguientes aportes de los feminismos de frontera para complejizar la comprensión de la maternidad:

  • La maternidad es una configuración de la modernidad/colonialidad con unos intereses específicos de dominación que operan a través de las instituciones con la intención de determinar la subjetividad de las mujeres en un sistema económico y social particular.
  • Situar la resistencia a esa configuración moderno/colonial desde el reconocimiento de los derechos de las mujeres-madres (como lo ha impulsado el movimiento feminista en Colombia) tiene implicaciones políticas en tanto es una inscripción en el proyecto moderno, sin señalar con esto que la inscripción sea mala o buena.
  • Abordar la maternidad implica sobrepasar el diálogo de la mujer-madre e incluir otras categorías como clase, sexualidad, espiritualidad, posición política, etcétera. Es hacer un análisis interseccional que permita rescatar la diferencia, la particularidad y la ambivalencia de la experiencia de ser mujer madre.

Si bien en Colombia se ha investigado sobre el feminismo y la maternidad, se ha hecho muy poco o casi nada sobre la experiencia de la maternidad en el feminismo, perdiendo así la posibilidad de rescatar y aprender de mujeres que, desde su cotidianidad, negocian, luchan o se oponen a demandas que, a ellas, como a todas las mujeres, la sociedad les hace: el cumplimiento del deber ser de la madre.

Sobre la experiencia situada de ser madre siendo feminista2

Las mujeres que compartieron algunas de sus experiencias como madres feministas provienen de familias de clase media, todas con posgrados y con experiencia en la docencia universitaria. Dos de ellas se casaron por lo católico con los padres de sus hijos, y una vivía en unión libre. Todas se separaron y una nunca convivió con el padre de sus hijas. Dos de ellas son hermanas y son antioqueñas, y dos son bogotanas. Dos tuvieron dos hijas, y dos hijo e hija. Tres son heterosexuales y una de ellas es lesbiana.

A nosotras nos tocó la educación de rezar diario, de las mujeres en el oficio, donde había que enseñarles a las mujeres a ser buenas amas de casa, a saber administrar una casa: el aseo, la cocina […]. (P3)
Mi educación fue paradójica, siendo tan paisa mi padre un buen patriarca antioqueño y mi madre una muy buena mujer antioqueña, aunque nos educaron muy tradicionalmente hubo un mensaje siempre permanente de que las mujeres nos teníamos que educar, teníamos que estudiar. (P2)

Mujeres educadas en familias tradicionales, pero que subvirtieron sus mandatos, conocieron el feminismo en su adultez joven y en su formación académica, mientras emprendían sus proyectos de pareja y familia e impulsaban proyectos políticos. Mujeres para quienes el feminismo representó una posibilidad de reflexionar de manera crítica sobre sus opciones de vida, entre éstas, su práctica como madres. A continuación, algunos elementos de sus experiencias, hiladas con algunas reflexiones teóricas.

La experiencia ambivalente del deseo en la maternidad

Al preguntar a las madres feministas de la Casa de la Mujer por qué habían decidido ser madres, aparecía en su discurso el deseo como lugar de sentido. Un deseo de trascender, de estar en embarazo, de poner en práctica la teoría, pero a su vez, de que cuando se materializa cobra otros sentidos:

¡Uy! yo fui mamá a los 23-24 (1974) y ya estaba en Mujeres en la Lucha3, y eso no es cosa del feminismo. Yo creo que los hijos y las hijas son producto del deseo. Son de un deseo que está en el inconsciente. Uno se puede decir muchas cosas, pero uno con los hijos y las hijas quiere trascender, que la vida después le muestre otra cosa. Eso es distinto. Porque si una pensara, que si voy a tener un hijo, que las condiciones, que la relación de pareja, ¡nooo! (P3)
Cuando uno desea y está embarazado es rico, pero cuando la tiene, ¡qué responsabilidad tan grande! Uno se asusta, porque uno dice: “¿Voy a poder o no voy a poder? ¿Qué significa esa responsabilidad tan grande?”. (P2)

En tres de las participantes, el deseo se presenta como una posibilidad de transformación de las formas tradicionales de familia, de pareja y de maternidad. Es la oportunidad para poner en juego en la experiencia personal-política, estrategias, formas o alternativas de relación que recreen lo que teórica y políticamente estaba impulsando el pensamiento feminista, relaciones más justas e incluyentes:

Yo tenía claro que quería ser madre, para mí eso era súper importante, me gustaba, me parecía muy chévere, familia y también pareja. Era para mí una especie de laboratorio de puesta a prueba de que toda esa carreta que echábamos era posible con seres humanos concretos y en una vida relacional concreta. Pero tampoco era solamente una apuesta política, me gustaba, me gusta la pareja, me gusta la familia, me gusta la maternidad y siempre lo defendía en la Casa de la Mujer. Otras mujeres tuvieron otras apuestas de no tener hijos. Yo sí, y lo tenía claro afortunadamente. (P1)

Sin embargo, el no deseo de la maternidad también tuvo lugar, por ello, la interrupción voluntaria del embarazo se presenta como una opción consciente ligada a momentos vitales de la vida de las mujeres y a la libre opción de la maternidad. Frente a esto, dos de las participantes señalaron haber interrumpido embarazos no deseados como opción autónoma sobre su cuerpo y su sexualidad.

Desde un inicio se ha problematizado alrededor del deseo en la teoría feminista. De Beauvoir (1949) fue de las primeras en plantear que las mujeres hemos sido construidas como objeto de deseo para otro, y que desde ese lugar, generamos nuestra subjetividad. De esta forma, lo que deseamos termina siendo una proyección del deseo de los otros.

En sintonía con esta reflexión se encuentra la experiencia de una de las participantes, para quien su elección por la maternidad estuvo vinculada a marcos de interpretación que la determinaron: su condición de adolescente y un contexto familiar tradicional:

¿Por qué la tuve? Porque no tenía reflexiones todavía políticas, pues estaba muy chiquita, tenía reflexiones de otra índole, yo hacía trabajo comunitario pero no tenía reflexiones frente a la sexualidad y frente al cuerpo, y había sido criada en una casa católica y yo creía efectivamente que los hijos eran pues pa’ tenerlos. Entonces ni siquiera se me pasó la reflexión de abortar ni interrumpir. (P4)

La reflexión alrededor del deseo en la primera ola del feminismo impulsó a las mujeres a abandonar sus designios de convertirse en madres y esposas. En la segunda ola, el deseo fue asumido bajo la comprensión de un sujeto diferenciado que se levanta ante aquel que ha controlado su deseo, es interpretado como algo arrebatado que debe ser recuperado (Gil, 1999). ¿Desear la maternidad es entonces reproducir esa relación con el deseo que nos fue impuesta? O, por el contrario, ¿es retornar el deseo como propio? ¿O es, quizá, como plantean lecturas más fronterizas, un proceso más complejo que evidencia una subordinación y, a la vez, una resistencia?

Juliana Flórez (2010), situada desde la frontera, propone para el feminismo la categoría de sujeto de deseo. Para comprenderlo, la autora señala como necesario desvincular el deseo del carácter individual, y ubicarlo en una comprensión más social, donde adquiere un carácter relacional y su origen no responde a un anhelo personal sino, por el contrario, se ubica en un orden social y simbólico que se articula a la palabra y que, pese a sentirse propio-privado, tiene un origen colectivo-público. De esta forma deseamos en el marco de ciertas normas sociales, de marcos establecidos específicos; es un deseo subordinado, que no tiene que significar por ello un sometimiento total al poder, puede también ser un lugar para la resistencia.

La gestación y nacimiento, experiencias de exclusión y vulneración

La experiencia de la maternidad también se conecta con la experiencia política y global/local de las mujeres, donde tienen lugar condiciones de exclusión y violencia que se configuran en un país como Colombia. Aquí, la experiencia contextual crea una conexión de adherencia directa con la experiencia personal, y viceversa: la experiencia personal se vincula con la esfera macrosocial.

Para ejemplificar este proceso, durante el tiempo de embarazo de tres de las participantes (años ochenta) en el país se estaban dando fuertes discusiones sobre la situación política de las mujeres, la anticoncepción, la instrumentalización del cuerpo femenino, el problema de las violencias, incluyendo la violencia obstétrica, y el problema de hacinamiento en el Hospital Materno Infantil, situación que motivó a la Casa de la Mujer a manifestar su posición frente a la maternidad, y a su vez a pensarse sus propias experiencias:

Nuestra postura siempre fue y sigue siendo la libre opción de la maternidad, y eso pasa por varias cosas para nosotras: 1.) que las mujeres que decidan tener hijos lo tengan en condiciones adecuadas; 2.) que las mujeres que decidan tener cinco que los tenga, si quiere tener veinte que los tenga, en ejercicio de su autonomía, y 3.) que exista la posibilidad de interrumpir una preñez en el momento que la mujer quiera. Esa postura por ejemplo a nosotras nos trajo contradicciones con grupos feministas en el 79 y en el 80 cuando las mujeres socialistas lanzaron la campaña por la despenalización o la legalización del aborto y nuestro planteamiento fue —en unas condiciones muy complejas en ese momento del Hospital Materno Infantil, que estaba ya casi ad portas de empezar a cerrar el Hospital, 4 mujeres en una cama, 2 o 3 niños en una cuna, porque no había más— englobémoslo en lo que es la libre opción a la maternidad, el Estado tiene una responsabilidad de brindarle a las mujeres un cuidado adecuado no solamente por el derecho a la salud, sino porque las mujeres están cumpliendo un papel en la reproducción de la fuerza de trabajo. En ese momento muy marxistas [risas], algunas nos acusaron de estar a favor de la iglesia. (P3)

Señalaron también la instrumentalización del cuerpo femenino a través de la cesárea como una práctica asentada en una comprensión del cuerpo de la mujer-madre como máquina de reproducción-producción y, de la misma forma, fueron enfáticas en denunciar la violencia obstétrica asentada en estereotipos de sexo/género, que era ejercida por funcionarias/os de salud contra las mujeres madres. Estas reflexiones llevaron a algunas a construir condiciones materiales que las alejaran de estas experiencias vulneradoras:

En ese tiempo, por ejemplo, ya se hablaba muchísimo de la instrumentalización del cuerpo de las mujeres por la medicina, y ya empezaban a darse fenómenos del abuso de los partos por cesárea. Yo fui muy consciente de eso y yo me preparé muy bien. Afortunadamente mi parto fue también muy favorable, porque realmente era acoso sobre eso. Había incluso mujeres contestatarias que intentaban tener partos en el agua y otras formas de partos. (P1)

Los estereotipos4 de sexo/género que se consolidan en los discursos y prácticas de las instituciones de salud sobre la mujer-madre tienen la intención de regular a las mujeres a través de la culpa, exaltando las prácticas de “buena madre”, quien debe posponer sus necesidades y deseos ante el cuidado de sus hijos:

Cuando mi hija nació tuve un parto muy complicado, de casi catorce horas porque ella venía de nalgas y los médicos no hicieron la cesárea en el momento adecuado. ¡Eso fue extenuante! Cuando la muchachita nació, me dijeron las enfermeras: “¡Mírela, tan linda!”, y yo decía: “¡Ay!, siquiera nació”, y yo las oía decir: “¡Humm!, la única mujer que no pregunta si nació perfecta”. Y yo lo que quería era descansar, estaba agotada, agotada. Y claro ahí se activó todo el dispositivo. Yo, era una mujer joven que acababa de tener su primera hija, y no preguntaba si las manitos le salieron perfectas, que si los piecitos. Yo lo único que quería era que no llorara, porque estaba llorando mucho. Yo quería poder dormir un rato. (P3)

Los primeros años también están cargados de cansancio, agotamiento, y grandes dificultades para armonizar el proyecto de vida profesional y el ejercicio de las funciones de cuidado que implica la maternidad. Estas dificultades se extienden a los procesos de crianza y educación de los hijos/as, y son generadores de agotamiento físico y emocional:

La lactancia es muy buena pero ese primer año es muy duro, había días que yo decía “yo por qué me metí en esto, lo regalo, lo dono” [risas]. Yo admiro las mujeres que tienen la capacidad de poner bonito todo eso, a mí había días que me provocaba ponerle la almohada y decirle: “¡Ay ya, no chille tanto!”. [Risas]. (P3)

En el caso de una de las entrevistadas, cuyos embarazos se presentaron siendo una mujer joven, ella debió sortear una serie de obstáculos institucionales para poder continuar con su proyecto académico, lo que le generó una cotidianidad agitada y vulneradora del cuidado propio:

Yo duré como once años sin pareja, ni cine, ni pareja, ni novio, sino dedicada exactamente a eso [la maternidad]. Esas son las pocas mieles de la maternidad. No todo es tan idealizado, porque sí hay cosas que tienes que ceder, muchas. De todas maneras, yo era una mujer joven, tendría unos 21 o 22 años [década de los noventa]. Mientras mis compañeras de la universidad salían a hacer otras cosas muy chéveres, yo tenía una vida un poco agitada. Yo dejaba a las niñas en el jardín a las 6:30 a. m., iba a clase, las recogía a la 1 p. m., iba y las llevaba para la casa porque pagaba una niñera, y corra para el colegio a dictar clase. Pesaba 46 kilos. Cuando las chinas se enfermaban no me las recibían en jardín, entonces yo me las tenía que llevar para la universidad. Yo cargaba unas maletotas, el coche con Ana, y María aquí colgando, por esas escaleras. Entonces las de la Casa de la Mujer, que algunas dictaban clase en La Salle eran muy solidarias conmigo, me dejaban entrar a las niñas a clase o me las tenían en la oficina. Porque los manes [profesores] no me dejaban entrar las chinas a clase. (P4)

La violencia que aún hoy existe en contra de las mujeres-madres en la sociedad colombiana, sobre todo en sectores con precariedad económica, donde las mujeres están más expuestas a la vulneración de derechos, opera claramente en el sistema de salud, pero trasciende a otras instituciones. La experiencia de estas mujeres da cuenta de cómo a través de la maternidad se ejerce violencia simbólica y una regulación de la sexualidad femenina. Las mujeres que se embarazan jóvenes reciben una especie de castigo social. Sin embargo, en nuestra sociedad las mujeres “en edad fértil” son hostigadas para que sean madres y la maternidad en edades maduras es representada como algo peligroso, difícil, no correcto. Muchas mujeres en Colombia son violentadas durante sus procesos de parto y posparto, y son excluidas por su condición de madres.

Pareja y crianza: encuentros y desencuentros

¡A ver!, mi experiencia personal en el ejercicio de la maternidad, ya como mujer feminista y en las paradojas que te coloca la crianza de los hijos y las hijas, en términos de querer transformar relaciones de esos simbólicos que hacen a la muchachita como una Susanita y al muchachito como un Superman, eso es muy complejo. (P3)

La pareja o padres de los hijos/as tienen un lugar significativo en la experiencia de la maternidad, así como las instituciones familiares y escolares. Todas las participantes terminaron la relación afectiva con los padres de sus hijos/as por motivos distintos: no conciliar las formas o patrones de crianza, experiencias de violencia psicológica, violencia física, u otros motivos.

Las complejidades y tensiones en la crianza de los hijos tienen que ver en algunas de las mujeres con reflexiones distintas entre ellas y sus compañeros alrededor de la educación, la subjetividad y la identidad de mujeres y hombres; una disputa entre marcos tradicionales de interpretación y marcos divergentes como el feminismo.

Se presenta entonces una tensión entre el amor por el otro y también el reconocerse en opciones, decisiones y afectos propios:

Yo tuve muchas dificultades en la negociación con el papá de mis hijos, porque no conciliábamos; porque el proyecto de vida que yo escogí, para él era muy errático y ese fue uno de los motivos por los que me separé. Queriéndolo, porque yo quería al padre de mis hijos cuando me separé, pero era un poco la pregunta de: “¿Yo muero aquí? Si me quedo aquí, muero como ser humano”. Es decir, puede que tenga asegurada muchas cosas, pero como proyecto vital, no. Y a eso sumado que él es un hombre muy tradicional y eso no lo pone ni más bueno ni más malo, él es así, y fue el hombre con el que yo decidí tener los hijos. Entonces, cosas que yo incentivaba en Andrés como la expresión de la afectividad, a él le parecía que más o menos yo estaba volviendo a Andrés un marica. O la libertad que incentivaba en mi hija en el ejercicio de su autonomía afectiva, y la responsabilidad frente al ejercicio de su sexualidad; entonces, mi hija iba a ser una puta, entonces, ahí no pudimos conciliar. (P3)

Al respecto, no se puede negar el carácter doloroso que tiene confrontar el mito de la mujer-madre: la culpa, el miedo, la sobreexigencia, y muchas veces la incomprensión y la soledad son situaciones que tienen que afrontar muchas mujeres, ya que determinados significados sociales se sostienen aún hoy de manera privada y pública, consciente e inconscientemente.

También hacen parte de la experiencia situada de la maternidad la violencia psicológica y física por parte de compañeros o padres de los hijos. En este caso, desde el feminismo se construyen herramientas para resistirlas, para ser consciente de dichas violencias y construir las herramientas para salir de esos ciclos.

En el marco de las violencias se encuentran las paternidades tradicionales de hombres proveedores económicos, pero para quienes es impensable asumir roles de cuidado cotidiano que tradicionalmente se comprenden como funciones de las madres, como es el caso de una de las participantes:

Un día, él llegó ahí al apartamento y Ana tenía mucha tos. Llegó con un frasco de miel, entonces lo puso ahí en la mesita de noche y yo le dije: “¡Ay sí!, ahorita la cojo y la caliento con naranja para que le pase la tos a Ana”. Entonces yo no sé qué le dio y se sentó en la cama y me dijo: “Usted si es mucha perra malparida”, y se fue. (P4).

También se dan nuevas formas de asumir la paternidad, desde lugares que transgreden los marcos tradicionales. Esta es la experiencia de un padre que subvierte la paternidad tradicional al lado de una mujer madre feminista:

Con el papá de mis hijas, era un hombre que compartía mucho la crianza y la educación de las hijas; y cuando digo compartir la crianza no es solamente la responsabilidad económica, o estar atento afectivamente. Él igual cambiaba pañales y daba teteros, él igual cuidaba a sus hijas. Eso lo aprendí del feminismo, no era ayuda; era una responsabilidad compartida, los dos decidimos tener voluntariamente dos hijas, autónoma y libremente, entonces igual los dos somos responsables aquí de la crianza. Nunca asumí su responsabilidad como ayuda hacía mí. No, su responsabilidad como padre era como mi responsabilidad como madre. (P2)

Los retos de la crianza no sólo se tejieron con la pareja. En la medida en que algunas de ellas impulsaban en su cotidianidad formas diferentes de educar a sus hijos/as, las instituciones familiares y escolares reaccionaban como reguladoras para salvaguardar ideologías hegemónicas. Estas regulaciones repercutían en la relación de las mujeres con sus hijos/as, ya que creaban tensiones en ésta, así como en su propia subjetividad, porque las cuestionaban y juzgaban sobre sus maneras de transgredir la crianza tradicional:

Es muy complejo, porque socialmente no hay unos dispositivos simbólicos y materiales que les permitan a ellos, que esos mensajes distintos que una les está dando desde la familia, tengan asiento en la sociedad […]. Hay más dispositivos sociales en este momento para entender que hay que transformar la situación de las mujeres; que para que un hombre se empiece a preguntar “¿es que yo puedo llorar, es que yo puedo hacer esto?”; entonces, te confronta mucho socialmente y lo confronta a él [a su hijo]. Mira, yo me acuerdo. Mi hijo de 7 años, todo el cuento que el color rosado se lo pueden poner los hombres y que esto, y él tenía una camisita rosada y un overol de esos de Guatemala bordados y a mí me parecía que se veía muy lindo y pues me gustaba también como por romper, y un día él llegó del colegio y me dijo: “Tú no me vas a volver a poner esto, yo no me lo voy a poner” y yo le dije: “¿Pero Andrés que te pasa?”, y él me dice: “No, es que yo no soy un marica y en el colegio me dicen marica”. ¿Ves?, entonces hay un dispositivo. Y bueno yo reflexioné y dije bueno: “Yo, por qué lo tengo que poner en un medio en una situación de vulnerabilidad, que yo no sé él después como va significar psíquicamente; qué va significar para su estabilidad emocional el que los niños lo marginen porque está vestido según los niños, de niña”. (P3)

Tienen lugar también en la crianza los retos personales, en lo que tiene que ver con no reproducir formas tradicionales de relación con los hijos/as como el castigo y el golpe como práctica tradicional para ejercer autoridad:

Sólo una vez le pegué con un guante porque estaba lavando la loza y le dije: “Saca la basura por favor que hoy es sábado”, y al sacar la basura me pegó con el talego de la basura y yo estaba lavando la loza y le pegué con el guante; esa fue la única vsez en todos los años que yo la toqué. En esa época ella era muy difícil, muy rebelde, fue como a los 16. Todavía me amenaza que me va a demandar en el Bienestar Familiar que porque yo la violenté [risas]. Pero luchar con la madre ancestral [tradicional] es muy difícil. (P4)
Yo me acuerdo a mi hija a los trece años, estábamos desayunado ya para irse al colegio, y se quedó mirándome y me dijo: “Cómo te amanecí de odiando hoy”, a mí provocó estamparte algo, y yo por dentro pensaba, ésta si es mucha hijuemadre, todo lo que yo hago pa’ que me diga que como me amaneció odiando. Yo por dentro decía: “El feminismo me tiene que servir para algo”, yo reflexioné y le dije: “Ay si mi amor, hay días que uno amanece odiando a la madre tanto, tanto, tanto”, pero claro, a mí eso me rasgó el alma. (P3)

Estas mujeres tuvieron que entrar en tensión con una cultura arraigada de condicionar y controlar la sexualidad de las/os jóvenes, y que se resiste a prácticas transgresoras que puedan desestabilizarla como lo ejemplifica el siguiente relato:

Es un entorno que, aunque tú quieras ser libertaria en tu casa, en esa relación, el mundo te empuja a que no, a que tienes que reprimirles, por ejemplo, en el colegio otras mamas decían, es que en la casa de Camila le permiten que se quede con el novio ¡qué horror! (P3)

Y en esa tensión, para los/as hijos/as también resultó confrontador tener madres menos tradicionales, madres rumberas, algunas con orientaciones sexuales diversas, políticamente activas:

Cuando estaban de preadolescentes, a ambos les parecía un “oso” horrible, y me decían: “¿Mamá, porque tienes que pelear tanto?”. En el colegio, las notas decían: “El padre”, entonces yo mandaba: padre y madre. Y hubo un momento que a ellos les daba tanto “oso”, que o no me decían que había reunión, o me decían: “Ma, te lo pedimos, te lo imploramos no vayas a pelear, que nos la montan el colegio”. (P3)
El feminismo me enseñó que la única posibilidad que existía no era la heterosexual, ellas ya tenían 16-17 años y con una persona trans tuvimos una relación chiquita y yo la llevaba a la casa y ellas miraban y miraban. Después tuve un novio, que era como que gay, y después empecé a tener relaciones con mujeres, pero todo abierto, porque yo considero y una cosa que también me enseñó el feminismo es que si tú quieres des-mitificar el mito tienes que volverlo natural también en la práctica. Mejor dicho, la conclusión es que a ellas les tocó una mamá más transgresora que ellas, incluso siendo tan jovencitas. (P4)

Del proceso de crianza también se reconocen herencias y legados que son fruto de una crianza transgresora impartida por una madre feminista. En todas las participantes aparecen discursos de profundo amor y admiración por las construcciones y deconstrucciones subjetivas de sus hijos/as como aparece en los siguientes relatos:

Creo que [mis hijos] son unos extraordinarios seres humanos. Los tienes que conocer algún día; son muy autoafirmados ambos. Y por ejemplo mi hijo, que es padre ahora, yo en lo personal me siento muy orgullosa. Y yo se los digo. Que la vida me ha dado cosas muy hermosas, porque él es un hombre que vive la paternidad muy responsablemente, también la vive desde lo emocional. No es que a él le tenga que decir la compañera “es que mira”. ¡Noo! Él lo asume responsablemente. Él se levanta, lleva los niños al colegio. Le gusta tener un tiempo libre con sus hijos. ¡Nooo!, yo me siento muy orgullosa de ellos. (P3)
Mi hija es más feminista que yo [risas], y eso que en la casa nosotros no les estábamos dando discurso siempre, teníamos más un modelo de crianza democrático. (P1)

El proceso de crianza situado en el ser feminista, supone un ejercicio de resistencia personal, familiar y social frente a los dispositivos tradicionales de socialización de género. Es un proceso afectivamente intenso, de crecimiento, donde las reflexiones feministas alimentan y alientan transformaciones en la función materna.

La maternidad como una decisión autónoma

Un elemento constante en los relatos de las feministas de la Casa de la Mujer que participaron en este estudio es la autonomía, la cual cuestiona las funciones de reproducción-producción que están al servicio de un tipo de sistema económico y de vida que se interconecta con el sistema socio-sexual patriarcal para gobernar el cuerpo, vidas, afectos y decisiones de las mujeres:

La maternidad es una función social, no solamente una función privada. Eso, para mí fue muy importante pensarlo, porque tiene muchas implicaciones. No solamente un giro en la subjetividad, sino también en términos del sentido que para la construcción de una sociedad tiene ser madre o ser padre, desde el punto de vista también de unos intentos de cambio y de transformación social en concreto, con seres concretos y en el escenario privado. (P1)

Dentro de este ejercicio de autonomía se encuentra entonces la decisión de ser o no ser madre; de continuar o de interrumpir una preñez; de respetar el propio cuerpo y también el de los hijos/as; de tener un ejercicio pleno de la sexualidad; de reconocer la subordinación, pero también de resistir a ésta.

La autonomía en este caso en particular aparece entonces investida de la huella de la modernidad, siguiendo a Margot Pujal (2002), en tanto concibe un sujeto consciente de sus acciones y decisiones. También aparece como crítica, en la medida en que se presenta como estrategia para diferenciarse de la hegemonía, y a su vez diferenciada y contradictoria, ya que está atravesada por el reconocimiento de dependencias y pugnas conscientes e inconscientes frente a lo que las participantes del estudio denominanla mujer ancestral,esa mujer del sistema socio-sexual patriarcal que se encuentra en las normas, la tradición y los discursos que se transmiten en la relación madre-hija, que habita en estas madres feministas y se consolida como un aspecto subjetivo por transformar:

Luchar contra la mujer ancestral era un trabajo arduo y muy difícil, porque también era entrar en contradicción con esa mujer ancestral que también significaba mi madre, es con tu propio interior, pero contra el cual también te estás revelando, que es tu madre simbólica y tu madre real. Esa parte es difícil de vivirla, pero si uno la trabaja más conscientemente es liberadora. Y digo que si la trabaja más conscientemente, porque hay muchas mujeres que la vivimos en algunos momentos con culpa; de no quererse ver en algunas cosas idénticas a la mamá, porque lo que rechaza y no le gusta de la mamá, inevitablemente la vida le muestra que en muchas cosas sos idéntica [risas]. (P2)

La autonomía situada en la experiencia de la maternidad puede ser entendida como un principio ético del feminismo, un pilar de la subjetividad que busca la transformación de las mujeres en una sociedad; una estrategia articulada a modos de crianza que impulsen herramientas para asumir el peso del patriarcado en una sociedad donde las mujeres aún deben pelear por el reconocimiento, el respeto de su existencia:

Ahí es la impronta del feminismo, en el cuestionarse cuál es la maternidad que uno quiere tener, cómo quiere educar a sus hijas, cómo quiere plantearse esa lucha de contribuir a que, en mi caso como tengo dos hijas mujeres, que fueran criadas en una libertad, con responsabilidad obviamente, pero también con autonomía. No sé cómo es la experiencia de criar hijos varones, pero lo que sí me queda claro a mí con hijas mujeres era cómo contribuir a que fueran mujeres fuertes, fuertes en el sentido de pelearse su libertad y su autonomía. Porque igual iban a estar en un mundo que se había transformado para las mujeres, pero que de fondo sigue siendo supremamente patriarcal y supremamente subordinador de las mujeres. (P2)

La autonomía va más allá de poder optar libremente por la maternidad, tiene que ver con poder optar, pese a las presiones sociales, cómo construirse como madre.

Algunas reflexiones finales

Una de las preguntas que algunas personas me hacían cuando desarrollaba este estudio era:

¿En que podría ser diferente la experiencia de la maternidad entre una mujer feminista y una que no lo es, en el caso de qué esta última —al igual que las participantes de este estudio— no redujera su proyecto de vida a la maternidad y le otorgara un lugar significativo en su vida a otros proyectos, como los profesionales y académicos?

Esta inquietud me acompañó siempre, y si bien, por los límites y objetivos del estudio, no realicé un análisis comparativo sobre la experiencia de la maternidad en mujeres no feministas y feministas, de esta experiencia situada hay varios elementos que quiero desarrollar para finalizar, los cuales están en el resorte de lo subjetivo.

Adhiriéndome a los planteamientos de Gloria Bonder (1998) sobre la dificultad de dar una definición acabada respecto a la subjetividad, cuando hablo del resorte de lo subjetivo lo equiparo con lo que López Petit llama el residuo del proceso de subjetivación, “la singularidad, el particular tejido de las hebras que componen cada biografía, la densidad de la vivencia del sí mismo” (1996: 8), y también con lo que Fina Birulés define como el anhelo de la subjetividad: “[…] una necesidad de reconocerse en y a través de la memoria para poder articular nuestro presente y ordenar nuestro hacer y padecer” (1996: 11).

Del ser madre siendo feminista emerge la función deconstructora del feminismo, en el sentido de impedir fijar el significado de la maternidad como único, en tanto desencaja constantemente los mandatos culturales hegemónicos del mito mujer-madre, por el cual la mujer se desdibuja y sólo existe en tanto es madre. Esta deconstrucción no implica negar a la madre, sino, más bien, significarla de maneras diversas y, de esta forma, diferirla.

Este proceso se da primero reconociéndose en una encrucijada o en un antagonismo interpuesto por un sistema social patriarcal, el cual despliega una serie de obstáculos para que las mujeres que son madres, no puedan asumir esta función social sin tener que sacrificar total o parcialmente los tiempos y espacios para el desarrollo profesional y académico, como también para su participación en espacios públicos y políticos.

Estos obstáculos van desde situaciones materiales como negar la entrada a espacios de formación —impidiendo la participación en los espacios laborales o de decisión de aquellas mujeres que asisten con sus hijos/as—, hasta sanciones sociales que pretenden impartir culpa y vergüenza, cuando las mujeres son señaladas como madres abandonadoras, irresponsables o malas madres, si no asumen la maternidad tradicional como pilar de su subjetividad.

Estos obstáculos se presentan de formas distintas en todas las mujeres según su posición de sujeto, y claramente las posibilidades y claves para su resistencia son distintas, y, sin embargo, en todas ellas los obstáculos operan bajo un supuesto común: enaltecer a la madre y negar a la mujer:

Yo creo que la maternidad te confronta ya vivida biológicamente; te confronta con todo el dispositivo social donde las mujeres desde la que ha sufrido más de-privaciones hasta la que tiene todo resuelto en su vida, la confronta con su proyecto vital propio y el proyecto de maternidad, donde esta sociedad los vuelve antagónicos. Y los vuelve antagónicos porque no hay una infraestructura que te permita conciliar esos dos proyectos vitales en tu vida. (P3)

Por otro lado, también tienen lugar algunas estrategias subjetivas que en sí son formas de resistir los designios hegemónicos sobre el ser mujer-madre. Las mujeres de esta experiencia situada reconocen estas estrategias como aprendizajes provenientes del ser feministas.

Una estrategia es permitirse “ser malas madres”, madres imperfectas, falibles, lo que significa permitirse ser rebeldes y transgresoras, siendo conscientes, claro, de los costos que tiene darse ese permiso en esta sociedad (ser señaladas, sancionadas, rechazadas), y también las ganancias tanto en autonomía sobre su cuerpo, como en las transformaciones de prácticas y discursos que construyen sujetos:

Porque es pelearse uno como madre su propio proyecto de vida, sus propios espacios y eso lo aprende uno con el feminismo. En una educación tradicional no, las madres estamos diseñadas para ser buenas madres, no ser malitas, y como aprendimos del feminismo, a veces hay que ser también un poco malas; malas en el sentido no literal del término, sino malas de poner también nuestros propios deseos, también somos seres humanos que tenemos nuestros propios proyectos de vida que no se agotan en la maternidad, la maternidad es parte del proyecto de vida. (P2)

La reflexión política feminista de la Casa de la Mujer sitúa el miedo, la culpa y el dolor como tres elementos en la subjetividad femenina que subordinan a las mujeres en el sistema socio-sexual patriarcal. Estas tres condiciones psíquicas que impiden la transgresión de los escenarios designados para las mujeres (lo privado) y las funciones naturalizadas como el cuidado de los otros, encuentran un camino para ser desatadas e interpeladas cuando se es feminista.

El feminismo permite entonces ubicar el miedo a transgredir la subordinación como un sentimiento construido socialmente en relaciones de poder desiguales que operan en el cuerpo femenino y que, en tanto construcción, también puede ser deconstruido. Da lugar también a comprender el dolor psíquico como una consecuencia psicosocial normal, en un sistema que se niega a transformar los patrones culturales bajo los cuales se sostiene un sistema económico y político de exclusión, vulneración de derechos y abuso de poder hacia las mujeres-madres.

De esta forma, el dolor no se deposita en un sujeto que se considera responsable o causante de éste (los hijos/as), sino que se sitúa en un nivel relacional, en un sistema complejo de prácticas y discursos que construye la maternidad y que la subordina. A su vez, el dolor psíquico o emocional generado en los avatares del ser madre no se representa en los discursos que medicalizan la afectividad de las mujeres como neuróticas, histéricas o locas, sino en el terreno del sentir legítimo que es consecuencia de la lucha cotidiana de resistir opresiones:

Lo que me permitió el feminismo fue también empezar a llorar, cuando las niñas se dormían yo tenía unas sesiones conmigo de llanto muy interesantes y sabía que estaba llorando. María ya tenía tres años y tenía tres o cuatro años de una resistencia de sostenerme en un sistema donde yo quería pero el sistema no me quería. De malas, si usted se metió a ser mamá entonces mire, cásese con el papá de sus chinas y váyase para la casa a cuidarlas, que él la mantenga. Entonces el conocer la mujer transgresora era entender que esa era yo. Que yo no era que fuera un bicho raro, que no era que yo tuviera la culpa de todo lo que había pasado, que ta, ta, ta. Eso me permitió elaborar y elaborar; una cosa que duro harto, como un año. (P4)

El feminismo permite también deconstruir los discursos que enaltecen la maternidad y la representan sólo como una experiencia gratificante, y a la madre como un “ser angelical” (Salleti, 2008). Así, logra liberar a las mujeres de sentimientos de culpa y de relaciones de manipulación, permitiéndoles ser incompletas e imperfectas.

También puede permitirle a la madre, desde una reflexión ontológica del sujeto, reconocer al hijo/a como un otro situado que, si bien se vincula a través de la relación materna, es diferente, y en esa diferencia se construye bajo procesos emocionales y simbólicos que marcan fronteras. Estas fronteras con el otro están en el resorte de la autonomía, de respetar los tiempos y los procesos propios (de la madre) y también del otro/a (hijos/as).

Por otro lado, la experiencia situada de ser madres siendo feministas permitió a estas mujeres cuestionar esas formas de amor materno que escudan un gran componente de agresividad, como la sobreprotección o la demanda de dependencia; formas de amor ligadas a una condición de subjetividad no tan exaltada y también negada de la maternidad tradicional establecida por la modernidad y el patriarcado:

Y también te confronta en cómo establecer una relación libre con esos hijos y esas hijas, libre emocionalmente, que no sea la trampa que hacemos las mujeres, que es: “Yo que hice, yo que sacrifiqué, mire usted me dejó sola, mire yo estoy aquí y su proyecto y mire que tal cosa”. Entonces te confronta con eso y yo creo que, para mí, esos son los temas más complicados de manejar en una relación de una feminista con los hijos y con las hijas, porque son temas que te obligan constantemente a estarte deconstruyéndote a ti. (P3)

Este desplazamiento también facilita desligar la maternidad del orden simbólico del sistema patriarcal, el cual ha quitado toda autoridad a las mujeres, y permite vincularla al orden simbólico del cuerpo a cuerpo con la madre, de reconocer en la madre la potencialidad de la creatividad, del saber, pero también de la diferencia, de la independencia.

Lo anterior ha sido relevante para la vertiente del feminismo de la diferencia interesada por la relación de la madre-hija, en tanto reconoce que el triunfo del patriarcado se debe en gran medida a que éste ha afectado directamente la posibilidad de reconocernos entre las mujeres, de otorgarnos autoridad. Parafraseando a Andrea Bochetti (1996, citada en Saletti, 2008), el patriarcado nos ha impedido pensarnos en nuestro propio orden simbólico. La experiencia de la maternidad siendo feminista da la posibilidad de otorgarle a la hija esos saberes que la reconectan con lo femenino que ha sido deslegitimado.

El feminismo también permitió a estas mujeres aproximarse y reconocer la maternidad en su carácter simbólico, ligada a la división sexual del trabajo. Nancy Chodorow (1984), en relación con este elemento, señala el maternaje como la función de cuidadoras que se les ha acuñado exclusivamente a las mujeres, y que está presente en la vida de aquellas que, aunque decidieron no tener hijos, cumplen la función de maternaje con otros seres.

En conclusión, el feminismo puede permitir a las mujeres tener una experiencia más consciente, crítica y libertaria de la maternidad, si bien, esta posibilidad está intrínsecamente ligada con las posibilidades de resistencia con las que se cuente, y en este caso en particular, con el ser mujeres con niveles superiores de educación, con autonomía económica y con reflexiones políticas feministas. Desde mi experiencia de acompañamiento a mujeres, estoy convencida de que la reflexión feminista sobre la maternidad permite a las mujeres reconocerse como constructoras de una práctica social que si transformamos y desnaturalizamos, puede interpelar formas tradicionales de familia, organización social, y subvertir la subjetividad femenina que reproduce el orden establecido. El feminismo en la experiencia de la maternidad puede diferir el mito de la mujer-madre del orden simbólico del patriarcado. Por ello, la maternidad es un tema político.

Notas

  1. El patriarcado será entendido como un sistema inscrito en nuestra sociedad en el que se da una distribución piramidal de los sujetos, que ubica a las mujeres siempre en subordinación.

  2. Las participantes del estudio “La experiencia situada de mujeres feministas” fueron cinco. Los nombres de sus familiares fueron cambiados y ellas están identificadas con la abreviación P1, P2, etcétera. En este artículo sólo se incluyen los relatos de cuatro participantes.

  3. Mujeres en la Lucha fue un grupo autónomo feminista.

  4. Stuart Hall plantea que la estereotipaciónes una práctica que reduce, esencializa, naturaliza y fija la diferencia. Funciona de forma similar a la violencia simbólica que plantea Ana María Fernández, totalizando la subjetividad a partir de la metonimia de un elemento: los estereotipos retienen unas cuantas características “sencillas, vividas, memorables, fácilmente percibidas y ampliamente reconocidas” (Hall, 1977: 430) acerca de una persona, reducen todo acerca de un individuo a esos rasgos, los exageran y simplifican, y los fijan sin cambio o desarrollo hasta la eternidad.

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