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Cuerpos en resistencia: experiencias trans en Ciudad de México y Bogotá

Corpos em resistência. Experiências trans na Cidade do México e Bogotá

Resisting bodies. Trans experiences in México City and Bogotá

DOI: 10.30578/nomadas.n44a16

 

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Tatiana A. Romero Rodríguez

Psicóloga de la Pontificia Universidad Javeriana-Cali(Colombia) y Magíster en Intervención Psicosocial de la Universidad de Barcelona (España). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

AUTOR:
Manuel Roberto Escobar Cajamarca

EDITORIAL:
Universidad Central - IESCO

CIUDAD: Bogotá, D. C.

AÑO: 2016

NÚMERO DE PÁGINAS: 245

El cuerpo es principalmente un escenario de poder, que deviene en multiplicidad de tensiones y resistencias suscritas en contextos específicos. En particular, esta obra trata de los cuerpos de personas que transitan por el género, y sobre la dimensión política de dichas experiencias en Latinoamérica, en dos de sus principales ciudades: Ciudad de México y Bogotá.

La importancia de estas subjetividades que pugnan por lo que un cuerpo puede ser en nuestros contextos, tiene que ver con que lo corporal va más allá de la expresión individual y social, y se constituye en nodo de la identidad, con lo cual la construcción del cuerpo permite precisar la propia mismidad, la diferencia, así como percibirla en el otro. Por tanto, en el caso del cuerpo trans, el sujeto se disputa su lugar de vida en sociedad, con lo cual configura nuevas experiencias corporales que hacen del trabajo sobre la propia estética una forma de política.

Cuando se utiliza el prefijo trans se alude a personas que son nombradas como transgénero o transexuales desde los estamentos científicos, así como a otras que no caben dentro de tales categorizaciones, refiriendo de modo más general a subjetividades que interpelan el género y el sexo mismo, y que optan por nuevas identidades mediante reelaboraciones del propio cuerpo y de las estéticas de feminidad-masculinidad previstas.

Lo trans lucha y resiste el orden de la modernidad sobre los cuerpos, en tanto modelo civilizatorio de Occidente que pone el énfasis en la configuración binaria de los géneros y en una perspectiva regulada de las identidades: hace sucumbir un pretendido “orden natural” que homologa sexo, género y deseo como equivalencias inalterables en los sujetos, y afirma el cuerpo en su variedad. En definitiva, se trata de la relación entre el cuerpo y los modelos civilizatorios, en una resistencia a encarnar un sexo-género naturalizado e impuesto (Butler, 1982).

Toda persona que con su corporeidad pone en duda las categorizaciones de género, en especial la masculinidad como eje de la organización social patriarcal, se ve enfrentada a la discriminación, incluso a la duda sobre su humanidad. Tal es el caso de las mujeres trans, cuyos relatos evidencian una constante lucha en diferentes ámbitos de la vida para afirmarse desde una configuración femenina que abandona la corporalidad varonil en medio de una disputa sobre el orden de los cuerpos, lo que hasta hace poco parecía inalterable.

Así, el autor interpreta las experiencias corporales trans desde una perspectiva biográfica, poniendo el acento en narrativas configuradas desde distintos lugares y búsquedas que inquieren la relación cuerpo y subjetividad como nicho político. A partir de los relatos de doce mujeres trans pioneras en este debate, y de una cuidadosa observación participante de su movilización, la obra responde interrogantes sobre dicha experiencia corporal y su politización. Se trata de seres humanos en tránsito hacia la construcción de prácticas sociales identitarias y sexuales que retan los límites, la rigidez y la simetría del binarismo.

El libro se encuentra dividido en cinco capítulos que dan cuenta del proceso de indagación y reflexión sobre el cuerpo en clave de poder y resistencia. El primer capítulo, “Cuerpo trans”, presenta un estado de la discusión contemporánea sobre el tema, trayendo el debate sobre las contradicciones de la performatividad del sexo-género. También se presentan las diferencias de argumentos conceptuales frente a los términos transgénero y transexual, refiriendo un abanico de formas de enunciación de la identidad que se van configurando en la cotidianidad trans.

No obstante, pareciera, según la obra, que los cuerpos trans, si bien irrumpen e “incomodan” el orden heteronormativo y binario, no necesariamente rompen tales lógicas, ya que se inscriben en éstas, aunque exagerando las características asociadas de forma tradicional con la mujer o el hombre.

Así, se van evidenciando preguntas que problematizan las identidades trans, pues si bien se reconoce que en el cuerpo residen las coordenadas biográficas que demarcan caminos de resistencia y pugna, no necesariamente se constituyen en búsquedas radicales o en fuga. Se trata más bien de formas de sobrevivencia dentro del modelo mismo, que en su indagación configuran múltiples paradojas sobre lo carnal y la identidad, lo que evidencia las contradicciones del orden que opera sobre los cuerpos en Latinoamérica. Por ejemplo, la parodia aparece como manifestación un tanto exacerbada de los rasgos de género prescritos, de modo que logra incorporar aquello que representa a la vez que lo desafía. Es así como el cuerpo trans altera el orden social hiper-parodiando la masculinidad o feminidad, a la vez que se inscribe en la institucionalidad patriarcal para reclamar una identidad y un cuerpo propio, por ejemplo apelando a políticas públicas de reconocimiento e inclusión de la diferencia.

En el segundo capítulo, “Cuerpo, poder y resistencia: coordenadas para el abordaje de los trans-género-sexual”, se señalan tres tipos de cuerpo: dócil, hiperestésico y barroco. Retomando ideas de autores que destacan la presencia de modernidades alternativas a la predominante, se propone la noción de cuerpo barroco para desvelar disputas con el poder del modelo civilizatorio moderno en sus versiones de capitalismo de acumulación y consumo. Lo barroco en Latinoamérica retuerce ese poder que emerge sobre el cuerpo para domesticar, controlar y hacer del sujeto un deseo de producción y consumo insaciables. Entonces, el cuerpo trans que irrumpe con su configuración barroca, su puesta en escena hiperestésica e incluso paródica, reclama la posibilidad de su existencia como sentido mismo de vida, de modo que nos evoca la humanidad de las identidades diversas:

[…] hiperconstruido, retorcido, variado, múltiple, ambiguo, no se acomoda del todo a los efectos del biopoder. Su potencia de recreación de estéticas, de enunciación de éticas particulares, de narración de biografías variadas, radica en la extrañeza que estas subjetividades evidencian respecto de “una” identidad prescrita como unívoca y homogénea, que no solo le resulta incómoda, sino que interpela por sus consecuencias para la convivencia humana. (100)

Así, ¿cómo se construye un cuerpo trans? Ésta es la pregunta central del tercer capítulo, que confronta al lector con las nociones de artificialidad y autenticidad. A partir del diálogo establecido con las mujeres trans, se describe y analiza la variedad de experiencias y significados asociados con la transformación del cuerpo, y las formas de situarse ambiguamente dentro de su orden binario. De nuevo, lo paradójico aparece en unos cuerpos que desordenan el género a la vez que emulan ciertas prescripciones más tradicionales, pero siempre desde una configuración excesiva, que retuerce los cánones de lo establecido, y al exacerbar la norma sobre los cuerpos, termina por hacer evidente su arbitrariedad.

El cuarto capítulo, “Entre barroco y queer: el cuerpo trans en resistencia”, se debaten tendencias teóricas para la comprensión de la complejidad de las subjetividades trans y sus experiencias corporales en el contexto latinoamericano. Escobar encuentra insuficiente la categoría queer para referir a la ambigüedad de unos cuerpos que, si bien desordenan el género, no participan de la utopía de trascenderlo, con lo cual las identidades de los sujetos no son nómadas. En un intento de “conocimiento situado”, propone el constructo teórico del cuerpo barroco:

Propongo la idea de cuerpo barroco para intentar una aproximación a ciertas experiencias de confrontación del régimen heteronormativo y polarizado de sexo-género que quizás no buscan deslindes radicales como en lo queer, y que de hecho se mantienen dentro del sistema mismo, encontrando formas obtusas, incongruentes, bizarras de estar en su interior […]. (145).

En consecuencia, en ciudades como México y Bogotá, los cuerpos trans evocan movilizaciones sociales y políticas que continuamente cuestionan y provocan irrupciones en los límites culturales suscritos a la categoría sexo-género, pero sin llegar a subvertir totalmente el orden heteronormado y binario. El cuerpo barroco apela a un exceso en su constitución, pero su pugna no destruye tal sistema, sino que sobrevive al retorcerlo, al exacerbarlo, al parodiar sus codificaciones.

Por tanto, el capítulo quinto, “La politización del cuerpo”, nos invita a revisar vivencias de lo público desde las configuraciones corporales “otras” de las subjetividades trans. Las voces de lideresas trans dejan entrever una politización del cuerpo que busca visibilidad, autonomía y un lugar sociocultural a partir de la experiencia íntima e individual que se vuelca en reivindicación pública, y se constituye en política corporal inscrita en las políticas. Así, ese “hacer cuerpo” deviene en modos tanto culturales como políticos, en luchas que oscilan entre la sobrevivencia y la emancipación humana desde lo más básico: lo que puede un cuerpo en un contexto urbano y latino.

En definitiva, la obra nos invita a reflexionar y comprender la relación entre cuerpo, poder y resistencia en el contexto latinoamericano, a partir de experiencias corporales de mujeres trans que politizan su propia configuración corporal, y que en tales búsquedas interpelan los modos de existencia posible. ¿Qué nos dice un cuerpo trans en Ciudad de México y Bogotá? ¿Cómo la corporalidad trans se convierte en asunto de políticas públicas? ¿Qué es aquello que se interpela al orden de los cuerpos? Estas son sólo algunas de las preguntas que suscita el texto.

Referencia bibliográfica

  1. BUTLER, Judith., 1996 [1982], “Variaciones sobre sexo y género: Beauvoir, Wittig y Foucault”, en: Marta Lamas (ed.), El género: la construcción cultural de la diferencia sexual, México, PUEG-UNAM, pp. 303-326.

Políticas educativas, diferença e equidade

Educational policies, difference and equality

DOI: 10.30578/nomadas.n44a17

 

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Javier Correa Correa

Docente de la Universidad Central, Bogotá (Colombia). Comunicador social, periodista y escritor. Magíster en Investigación en Problemas Sociales Contemporáneos de la Universidad Central. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

EDITORAS:
Lya Yaneth Fuentes Vásquez y Betulia Jiménez Escobar

EDITORIAL:
Universidad Central - IESCO

CIUDAD: Bogotá

AÑO: 2015

NÚMERO DE PÁGINAS: 129

Hace algunos años, y con el surgimiento de los movimientos hippie y de liberación femenina, muchos padres y madres decidieron sacar a sus hijos del sistema educativo. Una de las razones para hacerlo es que la educación, como está concebida y como en realidad funciona, prepara a las nuevas generaciones para que se unan al sistema productivo. Algunos pocos egresados se integrarán en calidad de propietarios de empresas; otros, también una minoría, como directivos de dichas empresas. Y la gran mayoría lo hará como empleados, como trabajadores al servicio de los intereses no propios sino de las compañías.

El capitalismo, que ahora es presentado como capitalismo salvaje, define qué le es útil y qué no. Y no sólo determina el qué sino también el quién. Así, las personas, hoy más que nunca, son simplemente fichas de un engranaje al que deben integrarse una vez las fichas más viejas se desgasten y sean desechadas. Y a las primeras también les llegará su turno, en un futuro incierto.

El problema para esas personas es que no saben siquiera que son desechables, y algún día enfrentarán la frustración de dejar de “ser útiles” para la sociedad o para las empresas cuyo objetivo es obtener ganancias.

Este panorama es poco alentador en este principio de siglo, cuando creemos haber alcanzado un alto grado de desarrollo de la “civilización”. Aunque hay aquí otra frustración, pues en la literatura y el cine de ficción de hace apenas cincuenta años se mostraba un mundo feliz, con las personas luciendo trajes brillantes y viajando al espacio cada vez que se les viniera en gana, por el simple placer de disfrutar la vida. ¡Qué diferencia con el presente de hoy! Siento la redundancia, pero es que el presente es el futuro imaginado ayer. Y no coinciden.

Desde el Renacimiento, pasando por la Ilustración y las teorías sociales del siglo XIX, la humanidad se ha preparado para vivir en un mundo feliz, como el imaginado por Aldus Huxley o el prometido por las religiones. Estas últimas nos enseñan que hay que soportar todo para que después de muertos recojamos los frutos del trabajo. Eso nos enseñan en la familia, en el jardín infantil, en el colegio, en la Universidad. Nos lo enseñan a quienes accedemos a la educación. Y nos preparan, repito, para insertarnos en el sistema productivo.

Pese a las mejores intenciones y a los esfuerzos de quienes trazan teorías o se paran frente a un grupo de estudiantes para repetir conceptos, la educación ha agrandado la distancia entre la teoría y la práctica, como concluye Nelly Stromquist en el libro Políticas educativas, diferencia y equidad, publicado por la Universidad Central en agosto del 2015. El libro recoge la conferencia inaugural y las cuatro intervenciones de los investigadores del Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos (Iesco), de la Universidad Central, en el panel Políticas Educativas, Diferencia y Equidad, realizado en el marco de la Temporada del Arte: Ciencia, Arte y Equidad, realizada del 8 al 12 de agosto del 2011.

El panel fue organizado por el equipo de docentes del Iesco, bajo la coordinación de Lya Yaneth Fuentes, y se encontraba inscrito dentro del proyecto Fortalecimiento de la Equidad de Género en la Educación Superior (Feges), que lideró la línea de investigación Género y Cultura del Iesco entre el 2011 y el 2015.

En “Equidad en la educación superior: límites a su generación y sustentabilidad”, Nelly Stromquist conjuga “dos conceptos que han tenido gran impacto en la manera como reconocemos el mundo en las últimas décadas: género y globalización”. El feminismo, uno de cuyos hitos fundacionales fue la quema de sostenes en una manifestación pública en Estados Unidos, reivindicó el papel de la mujer en ese país y el mundo entero, y el primer escenario fueron las universidades, donde ya habían llegado muchas representantes del “sexo débil”. Incluso en Colombia había ya varias médicas, ingenieras y arquitectas, quienes ingresaron a la Universidad Nacional en la década de los años treinta y no sólo abrieron un espacio reivindicatorio, sino que superaron el hito, según el cual, servían sólo como auxiliares: enfermeras, secretarias o dibujantes arquitectónicas, por mencionar apenas esas tres profesiones.

La educación debió adaptarse a los nuevos movimientos sociales, aunque había dos sectores que permanecían excluidos: las personas de color —hoy definidas como afrodescendientes— y los/as homosexuales. Apenas hace unos años, la conocida como comunidad de lesbianas, gais, bisexuales, transgénero e intersexuales (LGBTI) inició un duro proceso de reconocimiento, inconcluso aún, pero que en colegios y universidades ha permitido que muchas personas “salgan del clóset” y obtengan reconocimiento y respeto.

Es contradictorio el término comunidad, sin embargo, pues como movimiento social es heterogéneo y reúne a personas de diferentes clases sociales, culturales y económicas. Pero sí es común ver recorrer los pasillos y salones de colegios y universidades a personas que hace algunas décadas serían rechazadas. Es el caso de Brigitte Baptiste, profesora de la confesional Pontificia Universidad Javeriana, quien ingresó al plantel como Luis Guillermo, y ha alcanzado reconocimiento como docente e investigadora y directora del Instituto Humboldt.

El caso de ese plantel educativo es representativo de una tendencia en las universidades no sólo colombianas, para las cuales el principio de equidad ha sido asumido “como inclusión, como ampliación de coberturas y del acceso a las poblaciones menos favorecidas”, agrega Nelly Stromquist.

Luisa Soraya Vega Díaz, Lya Yaneth Fuentes Vásquez, Sonia Marsela Rojas Campos y Uriel Ignacio Espitia Vásquez, autores de los textos restantes del libro, analizan la situación de la educación superior, así como la diferencia y la equidad, y la situación de discriminación o de olvido, como en el caso de las discapacidades, que representan todo un desafío con miras a enfrentar los retos del naciente siglo XXI, no sólo en Colombia sino en el mundo entero.

Luisa Soraya Díaz, en su artículo “Conocimiento, diferencia y equidad”, reflexiona acerca de la problemática global/local del conocimiento y de la educación superior, desde el punto de vista de las políticas públicas. Aquí emerge otro problema de las últimas décadas, en la medida en que el sistema educativo se ha adaptado para recibir a quienes tradicionalmente han sido excluidos, no necesariamente porque comulgue con los procesos emancipatorios, sino para contar con más mano de obra calificada que demanda la globalización económica.

Las constituciones y las leyes de la mayoría de los países se han adaptado al cambio, aunque hay muchos que siguen aferrados a ortodoxias religiosas y políticas, según las cuales, la mujer, los homosexuales, las razas “inferiores” pueden —y deberían— ser excluidos. Ejemplo es la premio nobel de paz del 2014, la adolescente Malala Yousafsai, quien se convirtió en símbolo de la lucha de la mujer por acceder a la educación en su natal Afganistán, tras sufrir un atentado del que por fortuna sobrevivió, aunque debió viajar al exilio.

La investigadora y docente Lya Yaneth Fuentes, en su ponencia “Diferencias, discriminaciones e inequidades: retos para la educación superior” advierte que, aunque los medios de comunicación han abierto sus páginas, micrófonos y pantallas para abordar estos temas, en lo que concierne a la educación “no sucede lo mismo”, pese a esfuerzos como el del proyecto Feges, que congregó a universidades de varias ciudades. Sin embargo, en las bases estudiantiles, docentes y administrativas, hasta en los directivos de los planteles, sigue habiendo reticencia para abordar públicamente el tema de la inclusión. Por falta de convencimiento o por prudencia frente a lo que podría ser interpretado como una posición políticamente incorrecta.

Esto se debe, en parte, a que hay todavía desconocimiento de lo que la inclusión significa, no sólo con respecto a los puntos mencionados, sino en lo tocante a las personas con algún tipo de discapacidad. En ese sentido, y después de hacer un recorrido durante los últimos cinco lustros, desde cuando en 1990 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) empezó a utilizar el índice de desarrollo humano (IDH) para medir y clasificar a los países con indicadores diferentes a los exclusivamente económicos, en su artículo “Discapacidad y diferencia: una reflexión sobre las políticas de inclusión educativa”, Sonia Marsela Rojas señala que “la educación tomó una relevancia mayor debido a que se constituyó en una de las tres variables para definir este índice”.

Es el caso de las personas con discapacidades, vocablo que no ha sido todavía generalizado y, por lo tanto, sigue habiendo discriminación al referirse a ciegos, sordos, mudos, cojos, mancos, paralíticos, por lo que se utilizan eufemismos, como también ocurre en el caso de los negros, a quienes se señala como “de color”.

Para el caso de los invidentes, en sus “Reflexiones sobre la evaluación en el marco de los procesos de inclusión educativa de estudiantes con limitación visual”, Uriel Espitia indaga sobre la forma como se efectúa la evaluación educativa de los estudiantes ciegos en las instituciones inclusivas de diez departamentos.

Señala Espitia que un requisito para superar todas las formas de exclusión que existen “es que el profesorado y la comunidad educativa en general se involucren activamente”, y que se precisa “la introducción de un discurso de pluralidad en la cotidianidad para favorecer los intereses de un gran número de personas que han sido invisibilizadas y desconocidas de forma sistemática”. El diagnóstico recogido en el libro señala la ruta para una teoría de la acción que, comparto con los autores, se funda en el respeto. Así de simple, aunque hayamos tardado veintiún siglos en entenderlo.


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