Políticas educativas, diferença e equidade

Educational policies, difference and equality

DOI: 10.30578/nomadas.n44a17

 

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Javier Correa Correa

Docente de la Universidad Central, Bogotá (Colombia). Comunicador social, periodista y escritor. Magíster en Investigación en Problemas Sociales Contemporáneos de la Universidad Central. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

EDITORAS:
Lya Yaneth Fuentes Vásquez y Betulia Jiménez Escobar

EDITORIAL:
Universidad Central - IESCO

CIUDAD: Bogotá

AÑO: 2015

NÚMERO DE PÁGINAS: 129

Hace algunos años, y con el surgimiento de los movimientos hippie y de liberación femenina, muchos padres y madres decidieron sacar a sus hijos del sistema educativo. Una de las razones para hacerlo es que la educación, como está concebida y como en realidad funciona, prepara a las nuevas generaciones para que se unan al sistema productivo. Algunos pocos egresados se integrarán en calidad de propietarios de empresas; otros, también una minoría, como directivos de dichas empresas. Y la gran mayoría lo hará como empleados, como trabajadores al servicio de los intereses no propios sino de las compañías.

El capitalismo, que ahora es presentado como capitalismo salvaje, define qué le es útil y qué no. Y no sólo determina el qué sino también el quién. Así, las personas, hoy más que nunca, son simplemente fichas de un engranaje al que deben integrarse una vez las fichas más viejas se desgasten y sean desechadas. Y a las primeras también les llegará su turno, en un futuro incierto.

El problema para esas personas es que no saben siquiera que son desechables, y algún día enfrentarán la frustración de dejar de “ser útiles” para la sociedad o para las empresas cuyo objetivo es obtener ganancias.

Este panorama es poco alentador en este principio de siglo, cuando creemos haber alcanzado un alto grado de desarrollo de la “civilización”. Aunque hay aquí otra frustración, pues en la literatura y el cine de ficción de hace apenas cincuenta años se mostraba un mundo feliz, con las personas luciendo trajes brillantes y viajando al espacio cada vez que se les viniera en gana, por el simple placer de disfrutar la vida. ¡Qué diferencia con el presente de hoy! Siento la redundancia, pero es que el presente es el futuro imaginado ayer. Y no coinciden.

Desde el Renacimiento, pasando por la Ilustración y las teorías sociales del siglo XIX, la humanidad se ha preparado para vivir en un mundo feliz, como el imaginado por Aldus Huxley o el prometido por las religiones. Estas últimas nos enseñan que hay que soportar todo para que después de muertos recojamos los frutos del trabajo. Eso nos enseñan en la familia, en el jardín infantil, en el colegio, en la Universidad. Nos lo enseñan a quienes accedemos a la educación. Y nos preparan, repito, para insertarnos en el sistema productivo.

Pese a las mejores intenciones y a los esfuerzos de quienes trazan teorías o se paran frente a un grupo de estudiantes para repetir conceptos, la educación ha agrandado la distancia entre la teoría y la práctica, como concluye Nelly Stromquist en el libro Políticas educativas, diferencia y equidad, publicado por la Universidad Central en agosto del 2015. El libro recoge la conferencia inaugural y las cuatro intervenciones de los investigadores del Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos (Iesco), de la Universidad Central, en el panel Políticas Educativas, Diferencia y Equidad, realizado en el marco de la Temporada del Arte: Ciencia, Arte y Equidad, realizada del 8 al 12 de agosto del 2011.

El panel fue organizado por el equipo de docentes del Iesco, bajo la coordinación de Lya Yaneth Fuentes, y se encontraba inscrito dentro del proyecto Fortalecimiento de la Equidad de Género en la Educación Superior (Feges), que lideró la línea de investigación Género y Cultura del Iesco entre el 2011 y el 2015.

En “Equidad en la educación superior: límites a su generación y sustentabilidad”, Nelly Stromquist conjuga “dos conceptos que han tenido gran impacto en la manera como reconocemos el mundo en las últimas décadas: género y globalización”. El feminismo, uno de cuyos hitos fundacionales fue la quema de sostenes en una manifestación pública en Estados Unidos, reivindicó el papel de la mujer en ese país y el mundo entero, y el primer escenario fueron las universidades, donde ya habían llegado muchas representantes del “sexo débil”. Incluso en Colombia había ya varias médicas, ingenieras y arquitectas, quienes ingresaron a la Universidad Nacional en la década de los años treinta y no sólo abrieron un espacio reivindicatorio, sino que superaron el hito, según el cual, servían sólo como auxiliares: enfermeras, secretarias o dibujantes arquitectónicas, por mencionar apenas esas tres profesiones.

La educación debió adaptarse a los nuevos movimientos sociales, aunque había dos sectores que permanecían excluidos: las personas de color —hoy definidas como afrodescendientes— y los/as homosexuales. Apenas hace unos años, la conocida como comunidad de lesbianas, gais, bisexuales, transgénero e intersexuales (LGBTI) inició un duro proceso de reconocimiento, inconcluso aún, pero que en colegios y universidades ha permitido que muchas personas “salgan del clóset” y obtengan reconocimiento y respeto.

Es contradictorio el término comunidad, sin embargo, pues como movimiento social es heterogéneo y reúne a personas de diferentes clases sociales, culturales y económicas. Pero sí es común ver recorrer los pasillos y salones de colegios y universidades a personas que hace algunas décadas serían rechazadas. Es el caso de Brigitte Baptiste, profesora de la confesional Pontificia Universidad Javeriana, quien ingresó al plantel como Luis Guillermo, y ha alcanzado reconocimiento como docente e investigadora y directora del Instituto Humboldt.

El caso de ese plantel educativo es representativo de una tendencia en las universidades no sólo colombianas, para las cuales el principio de equidad ha sido asumido “como inclusión, como ampliación de coberturas y del acceso a las poblaciones menos favorecidas”, agrega Nelly Stromquist.

Luisa Soraya Vega Díaz, Lya Yaneth Fuentes Vásquez, Sonia Marsela Rojas Campos y Uriel Ignacio Espitia Vásquez, autores de los textos restantes del libro, analizan la situación de la educación superior, así como la diferencia y la equidad, y la situación de discriminación o de olvido, como en el caso de las discapacidades, que representan todo un desafío con miras a enfrentar los retos del naciente siglo XXI, no sólo en Colombia sino en el mundo entero.

Luisa Soraya Díaz, en su artículo “Conocimiento, diferencia y equidad”, reflexiona acerca de la problemática global/local del conocimiento y de la educación superior, desde el punto de vista de las políticas públicas. Aquí emerge otro problema de las últimas décadas, en la medida en que el sistema educativo se ha adaptado para recibir a quienes tradicionalmente han sido excluidos, no necesariamente porque comulgue con los procesos emancipatorios, sino para contar con más mano de obra calificada que demanda la globalización económica.

Las constituciones y las leyes de la mayoría de los países se han adaptado al cambio, aunque hay muchos que siguen aferrados a ortodoxias religiosas y políticas, según las cuales, la mujer, los homosexuales, las razas “inferiores” pueden —y deberían— ser excluidos. Ejemplo es la premio nobel de paz del 2014, la adolescente Malala Yousafsai, quien se convirtió en símbolo de la lucha de la mujer por acceder a la educación en su natal Afganistán, tras sufrir un atentado del que por fortuna sobrevivió, aunque debió viajar al exilio.

La investigadora y docente Lya Yaneth Fuentes, en su ponencia “Diferencias, discriminaciones e inequidades: retos para la educación superior” advierte que, aunque los medios de comunicación han abierto sus páginas, micrófonos y pantallas para abordar estos temas, en lo que concierne a la educación “no sucede lo mismo”, pese a esfuerzos como el del proyecto Feges, que congregó a universidades de varias ciudades. Sin embargo, en las bases estudiantiles, docentes y administrativas, hasta en los directivos de los planteles, sigue habiendo reticencia para abordar públicamente el tema de la inclusión. Por falta de convencimiento o por prudencia frente a lo que podría ser interpretado como una posición políticamente incorrecta.

Esto se debe, en parte, a que hay todavía desconocimiento de lo que la inclusión significa, no sólo con respecto a los puntos mencionados, sino en lo tocante a las personas con algún tipo de discapacidad. En ese sentido, y después de hacer un recorrido durante los últimos cinco lustros, desde cuando en 1990 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) empezó a utilizar el índice de desarrollo humano (IDH) para medir y clasificar a los países con indicadores diferentes a los exclusivamente económicos, en su artículo “Discapacidad y diferencia: una reflexión sobre las políticas de inclusión educativa”, Sonia Marsela Rojas señala que “la educación tomó una relevancia mayor debido a que se constituyó en una de las tres variables para definir este índice”.

Es el caso de las personas con discapacidades, vocablo que no ha sido todavía generalizado y, por lo tanto, sigue habiendo discriminación al referirse a ciegos, sordos, mudos, cojos, mancos, paralíticos, por lo que se utilizan eufemismos, como también ocurre en el caso de los negros, a quienes se señala como “de color”.

Para el caso de los invidentes, en sus “Reflexiones sobre la evaluación en el marco de los procesos de inclusión educativa de estudiantes con limitación visual”, Uriel Espitia indaga sobre la forma como se efectúa la evaluación educativa de los estudiantes ciegos en las instituciones inclusivas de diez departamentos.

Señala Espitia que un requisito para superar todas las formas de exclusión que existen “es que el profesorado y la comunidad educativa en general se involucren activamente”, y que se precisa “la introducción de un discurso de pluralidad en la cotidianidad para favorecer los intereses de un gran número de personas que han sido invisibilizadas y desconocidas de forma sistemática”. El diagnóstico recogido en el libro señala la ruta para una teoría de la acción que, comparto con los autores, se funda en el respeto. Así de simple, aunque hayamos tardado veintiún siglos en entenderlo.


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