Desnudo de sangre de alas: reflexiones desde la obra de María Isabel Rueda

Despido de sangue de asas. Reflexões desde a obra de María Isabel Rueda

Naked of Wings Blood: Reflections from the work of María Isabel Rueda

DOI: 10.30578/nomadas.n47a11

 

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Fernando Cuevas Ulitzsch*

Resumen

El artículo presenta lecturas, reverberaciones particulares y universales-teóricas, a partir de la obra de la artista María Isabel Rueda. No hay materia más pura que aquella que nunca ha sido tocada siquiera con la vista; la ausencia de mirada sobre ella no la hace oscura, simplemente desconocida. La obra de María Isabel Rueda nos habla de ese elemento, sin palabras, en su propio tono y peso. Tomando como referentes entrevistas, textos curatoriales y publicaciones, se teje una red de sentidos que permitan ver este cuerpo de producción estética desde nuevas perspectivas y enriquecer así su disfrute.

Palabras clave: procesos de creación, reflexión estética, sentido, vacío, flujo, oscuridad.

Resumo

O artigo apresenta leituras, reverberações particulares e teoria universal, do trabalho da artista María Isabel Rueda. Não existe uma questão mais pura do que aquela que nunca foi tocada pela visão; a ausência de um olhar sobre ela não a deixa escura, simplesmente desconhecida. O trabalho de María Isabel Rueda nos fala sobre esse elemento, sem palavras, em seu próprio tom e peso. Tomando como referências textos curatoriais e publicações, tece-se uma rede de sentidos que permite ver esse corpo de produção estética a partir de novas perspectivas e enriquecer seu gozo.

Palavras-chave: processos de criação, reflexão estética, significado, vazio, fluxo, escuridão.

Abstract

The article presents interpretations of particular and universal-theoretical reverberations from the work of the artist María Isabel Rueda. There is no purer matter than that which has never been touched by sight; the absence of a hard look on such matter does not make it dark, it simply makes it unknown. The work of María Isabel Rueda examines that element, without words, in its own tone and weight. Using interviews, curatorial texts and publications as references, a network of meanings is woven that allows the reader to see this body of aesthetic production from new perspectives and, as a result, enrich its enjoyment.

Key words: creation processes, aesthetic reflection, meaning, emptiness, flow, darkness.

*Profesor e investigador del Iesco-Universidad Central, Bogotá (Colombia) donde coordina el grupo de investigación Estéticas y Poéticas. Magíster en Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Nacional de Colombia, y Magíster en Creación literaria de la Universidad Central. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Noche oscura
¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada:
oh noche que juntaste
Amado con Amada.
¡Amada en el amado transformada!
San Juan de la Cruz

•  Felicidad clandestina 4, 2008 | Tinta y acrílico sobre papel, 54 x 38 cm

Negro sin oscuridad

El negro es el color que con frecuencia atribuimos a la maldad, por oposición al blanco y a la pureza. En la obra de María Isabel Rueda es el blanco el que irrumpe, el que hace jirones, la tranquilidad de los ojos cerrados, del yo profundo, de ese que existe sin palabras ni miradas; es el blanco el que entra agresivo tras rasgarse la alianza de los párpados, e impone el contorno de una mujer, de una niña, de un árbol, de cosas que antes eran una sola. Por obra y gracia del trazo infringido o resaltado, se divide en varias cosas, en figuras que resuenan a cargas semánticas de toda una cultura, a símbolos que rompen el silencio del negro, que antes era ausencia de necesidad de palabras.

Materia(l) inconsciente

Esas imposiciones, vitalizadas a través de contrastes, invitan a dar el giro, a voltear, a ver el reverso de este acuerdo que denominamos realidad… a leer ese “diario del lado B de la vida, de lo que no se cuenta, de lo que no se ve”1.

Lo que el negro insinúa, el blanco ilumina en un intento fallido por controlarlo. La pureza de la oscuridad. En el negro puro no hay hombres que aúllan, no hay diamantes sin brillo, no hay manos que se juntan en plegarias, ni que se dispongan a contactos. Pero llega el trazo de la que vive, de la que experimenta, de la que busca formas y sentidos. El trazo resultante se insinúa en los bordes de los escenarios de acción como un hilo de sentido, tal como Ariadna, quien traía el sentido a la casa del (hasta ese momento feliz) minotauro.

Esa grieta blanca se retuerce en su naturaleza, esa claridad que oscurece trayendo tras de sí la cultura, el objeto, la figura, la representación… cosas pasajeras y pesadas como el poder de la razón. La única permanencia es el negro del caldo nutritivo y primigenio de la vida. Aún violentado por tanta luz que esconde la impo­sición del conocimiento, sobresale, pesa y persiste más que los objetos que han tratado de sacarlo de escena.

La materia oscura de sus creaciones concreta la ­propuesta de Danto: “Ser un artista en este mundo artístico es en efecto tomar una posición con respecto al pasado, e inevitablemente con respecto a los contemporáneos de uno, cuya posición con respecto al pasado, difiere de la de uno” (2003: 57), porque su obra asumió un cuerpo negro, contemporáneo, reaccionario y polémico, antes de que esos fueran atributos necesarios para ser artista reconocida. En esta pugna, la obra trasmuta en organismo, y trae al centro los márgenes… lo desechado se vuelve arma contra lo incontrolable (el sentido), como una infantería que sabe que va a morir en la batalla. La razón se arma con lo que encuentra a mano, con lo cotidiano, con lo popular, y toma como instrumento el porno que vemos en modo incógnito en nuestro celular o el espiritismo que “gente de bien” usa para retener amores.

En sus dibujos, el blanco busca deshonrar al negro puro, acostumbrado a dominar como fondo, como destino. Pero no lo logra. En cambio, se llena de oscuridad, liberando a esos seres, a esas cosas, permitiéndoles amanecer. María Isabel nos regala así un negro fundante, como una vida a la que queremos lanzarnos, subvirtiendo la estrategia racional de la luz, para germinar. Noche amable, más que la alborada.

Dolor sin sufrimiento

La palabra negro conlleva el lexema melan, melano, del griego μέλαν, μέλαινα (melan, melaina), negro (y éste de la raíz indoeuropea *melə–no–, negro); por ende, se asocia con el color negro a los términos que lo incluyen como, por ejemplo, melancolía. Y la melancolía es negra, y está en la obra, pero no como oscuridad, no como sufrimiento, sino como paraíso anhelado. La melancolía supera la grieta del blanco sufrir, y aterriza en la experiencia del dolor. Sin juicios.

La melancolía es el lienzo, estado anímico y de ­consciencia que es lo único permanente; aparece vago, pero tranquilo, sosegado: una mezcla de tristeza y desinterés, que surge no por causas físicas o morales, sino por la claridad de la imposibilidad de regresar al todo primigenio, a la consciencia plena, pura, ­indiferenciada. La tristeza resignada de estar en este mundo, separados unos de otros, en un espacio lleno de blancas oscuridades culturales, donde la “luz” nos mantiene convencidos de ser distintos. Convencidos de tener que entrar en el sistema, de abandonar los márgenes oscuros.

Los marginados que María Isabel invoca, primero con mucha fuerza y en obras recientes como un guiño, no son los seres surgidos del hilo, del trazo; los marginados son quienes buscan las distintas formas de pureza que, en el contacto con la mirada, con el pie, con la mano, se contaminan, empiezan la ruta a la podredumbre: entran en el camino de lo conocido, de lo experimentado y, por ende, en el camino de lo impermanente y de lo que ya olvidaremos. Los marginados son compañeros de consciencia y de lucha estática y estética.

El horror al vacío es el enemigo, es el acto del fanático, el impulso asesino que frente a la pura y simple totalidad resuelve que hay que llenarla, darle un sentido, narrarla, hacer un mapa… no dejarla en paz. Y el marginado se le opone con su barroca simpleza azabache. Sin sonreír. Sin sufrir.

•  Felicidad clandestina 2, 2008 | Tinta y acrílico sobre papel, 54 x 38 cm

Las bellas figuras horripilantes operan como gárgolas para que nadie entre en la zona sobre la cual no operan las palabras, no sea que nos acostumbremos a dejar de usarlas… a dejar de sufrir… a dejar de decir “yo”… a dejar de sentir un cuerpo como mío. No sea que la liberación sea un zambullido en el subconsciente. No sea que no volvamos de esos puntos, que, como estrellas, no son mapas, sino puro destino. Puro origen.

Este negro que vemos, deseo, no es el de la posición gótica de maquillaje, sino el de la postura gótica que en la arquitectura medieval exponía el anhelo, deseo de llegar al todo, a la nada, al otro vacío donde no hay principio ni fin, ni tú, ni yo… La liviandad plena del sentido profundo y absoluto de la no existencia… pura y completa.

Inconsciente sin refugio

Suelo ver en las estrellas una guía e intento armar con ellas un diario no escrito. He capturado estrellas en La Guajira, en la Sierra Nevada, en el Amazonas, en Perú, en el lago Titicaca, en el Ecuador, en la India y en Puerto Colombia. Aunque las fotos son muy parecidas visualmente entre sí, y no puede uno hablar de un lugar específico a partir de ellas, ocultan una experiencia vivencial bien particular, que buscaba apoyo en el firmamento. María Isabel Rueda

• Vampiros en la sabana 3, 2003 | Fotografía blanco y negro, 120 x 80 cm

De esas estrellas, de esos vampiros cundiboyacenses, de esas guerreras marginales, surgen miradas cómplices para las cuales la muerte es irrelevante; seres con cuerpos etéreos (seguramente por la ausencia de tanto yo), seres tan diferentes que parecen iguales, donde el contacto con el negro del inconsciente aparece como trasgresor del orden de esta sociedad del autoconocimiento, que a cada objeto o ser le impone su carpeta, su resguardo… para luego archivarlo, catalogarlo o disponerlo en una mesa de observación.

Y entonces surge un nuevo intento por permitir la presencia del inconsciente, en el puerto, abandonado; en la imagen de futilidad del muelle que conducía a ese mar. En ese espacio, todo se convierte en muestra temporal, todo se empuja por el camino que lleva a la verdadera oscuridad del desecho, del desuso, de la basura. Al mar de la inconsciencia universal, de la indiferenciación. En el mar no hay yo, nadie trata de separar el mar en gotas.

Se trata cada día de domarlo como si fuera una fuerza oscura pese a su naturaleza florida, fuerte, divina y ajena. Allí surge el muelle, un hilo para esperar con los brazos abiertos a los que traen la civilización desde tierras que reciben el nombre de madre; una cuerda en caso de que necesiten apoyo en la tarea de darnos apoyo, de darnos refugio… para que traigan la civilización, por favor.

Y ese puerto, que se llama Colombia, no duró mucho. Por él entraron objetos para domar lo primitivo, libros para imponer cultura a las “salvajes” tierras, ideas para revolverlas, gente para colonizarlas con palabras, comercios, leyes y cruces. Pero ese conquistador y su colonizador esfuerzo también se pudre.

Queda el mar, puro como el negro, como la nada. El puerto no fue más que otro hilo en el nuevo lienzo de María Isabel, que destruye el amparo de las dos dimensiones para meterse en la vida que llamamos día tras día. Volviendo noche a la noche.

No siempre fue así: “Cuando era niña, le tenía terror a la oscuridad, contaba las horas que faltaban para que oscureciera y recuerdo pasar noches en vela, aterrada ante el menor sonido o movimiento de luz”2. Hoy recorre con confianza los abismos negros, incorruptos, mostrando la violencia, la oscuridad y culpa de la luz.

María Isabel crea universos de sentido, descubriendo el blanco. Leyendo. Entrevistando. Escribiendo. Sus impulsos vitales la llevan a explorar tantos medios plásticos como sus temáticas le obliguen. Porque en su acto creador está el consciente de esas preguntas que la sociedad ignora por inconscientes, por oscuras, por marginales.

•  Vampiros en la sabana 1, 2003 | Fotografía blanco y negro, 120 x 80 cm

Nacemos, y ese inconsciente colectivo está ahí, como el cosmos mismo… puede ser que él sea el universo. Que lo que llamamos sus leyes no sean más que nuestros hábitos para narrarlo, pasados a través del miedo, de generación en generación. Y en este tiempo, esta forma de vida que llamamos contemporaneidad le impone otros hábitos que, como vestidos, tratan de darle un orden al océano fundamental de la vida.

El inconsciente al que lleva la obra de María Isabel no es el suyo particular, ni es el mío o el de otro ciudadano que se exponga a experienciar su inconsciente. No está haciendo psicoanálisis para nadie. El puro territorio sin límites que denota su obra es más cercano al inconsciente colectivo jungiano, y a un estilo gótico que coquetea descarado con el pop.

Quizás algunos de nuestros hábitos más dolorosos estén en lo que llamamos cultura. Quizás nos hacen sufrir más si a ésta le sumamos el apellido popular. Quizás no se comparan con el gozo que la religión nos obliga a ver en el dolor. Quizás esos refugios de conciencia no soportan el brillo de la negra existencia libre de márgenes.

Gozosos hábitos populares que tratan, mucho y de muchas maneras, de que nos refugiemos de nuestra experiencia vital. Que nos evadamos de nuestra vida. Ahí están en cada cuadro, en cada foto… aparecen como formas y figuras que nacieron para reforzar el refugio del inconsciente, para golpear al todo, a la vida, tratando con envidia de vencerla. María Isabel los invoca en su obra, los mezcla, evidencia su escala. Los exorciza de conciencia.

El mensajero

La Cosa, dijo él, por la noche vendría,
desde el viejo camposanto sobre la colina,
agachado frente al rubor de un fuego de robles
traté de decirme que aquello no podía ser.
Seguramente, reflexioné, esto es una burla,
urdida por alguien que desconoce sin dudas
el Signo Mayor, legado de antigua solemnidad,
que libera las formas que hurgan en la oscuridad.

Él no quiso afirmarlo, no, pero igual encendí
otra lámpara, mientras el estrellado Leo
remontaba el río, la llama chispeó como un deseo,
y la luz de la lumbre se deshizo, lento, muy lento.
¡Entonces en la puerta, de la cautelosa agitación vino,
Y la Verdad demencial me devoró como una llama!

(Howard Lovecraft, 1929)

Flujo sin fronteras

Al llegar frente a su obra no podemos dejar de mirar lo pequeño de nuestro esfuerzo, que, como un muñeco mal pintado, revive en trazo negro, y sigue en otra obra. Aquellos humanos que nacimos asustados, gritando, tratamos de conservar la memoria como muelle para asomarnos al centro de nuestro universo. Nos cargamos de maletas y maletas de significativas mesitas, sillas y retratos. De capas de títulos adquiridos en entidades reconocidas en la historia escrita por otros; nos llenamos de versiones de nosotros de chiquitos, de aventuras minúsculas y despreciables; de lo que podamos para no caer en el vacío, en la nada a la que tememos por ignorarla. Entonces, si hemos vivido el recorrido, la experiencia, entendemos los ojos alucinados y sonrientes de los jóvenes de la sabana que sabían desde hace décadas que el puente, el muelle y el puerto iban a colapsar.

Este contacto con su creación no nos deja sin consecuencias. Así como el consciente entra, contaminando la materia pura de lo inconsciente, con sus hilos de no razón antigua y vieja, el inconsciente también entra al consciente, en forma de subversión real y concreta. En forma de golpe de realidad frente a nuestra insignificancia.

En el patio de mi casa hay un árbol de croto. Cada día recojo una de las hojas que el árbol deja caer y la dibujo, con la idea de hacerlo durante 365 días. Las recojo, las comparo, las acomodo, las relaciono y las dibujo. Sobre el papel, con tinta negra, reconstruyo el árbol y las hojas que éste va perdiendo con el paso de los días. En un año miraré hacia atrás y veré registrado el fluir del árbol en mi libro. Sin embargo, el árbol todavía estará allí, como si nada, lleno de nuevas hojas que seguirá dejando caer. Rueda (2015: s/p)

Su fluir generoso despierta nuestro inconsciente con un ligero beso de hoja bamboleante.

Entonces llega ese ser que llamamos uno, o, mejor dicho, llega uno y se cree ser racional, superior en la cadena alimenticia, y una planta lo saluda por la espalda y le va entregando vida y uno piensa que algún día se le va a acabar el almacén de hojas, pero no, la vida es una fuerza mayor a la vida de uno, a la de cada uno, y el árbol probablemente verá la vida de muchos y ahí manda su vivo mensaje de flujo puro cada mañana.

En Asia suroriental, el aceite de las semillas de este árbol se usa en medicina herbaria como purgativo drástico. Para que quede claro: la vida es más que mi vida, que la vida del artista, que la vida de la obra o del puerto llamado Colombia. Y ahí va el purgante para que no olvidemos que sobrevive al trazo, al concepto y a la muerte. Y María Isabel pone la hoja de pura vida en la hoja del cuaderno de pura razón y vuelve a llevarnos a la frontera del contraste. De tanto estar parada en este filo, lo sobrenatural le interesa por natural. Explora el más allá, acá.

[…] intereses que describe delicadamente en múltiples medios incluida una extensa producción de dibujos, en la que el amor y la comunión entre mundos también son temas centrales. Ese interés por lo esotérico llevó a Rueda a retratar lugares, personas e historias que son oscuras sólo a la luz de la idea modernista de progreso, en la cual la luz representa el símbolo del conocimiento racional; interés que también se evidencia en la reflexión que hace en torno a las relaciones que se dan entre fondo y figura y en la arquitectura como marco de lo visible3.

Entre vida y vacío. Entre flujo y frontera.

• Felicidad clandestina 1, 2008 | Tinta y acrílico sobre papel, 38 x 54cm

Universo sin gravedad

María Isabel traza, captura, en movimiento o estática, la vida germinando:

Para que una semilla germine debe pasar buen tiempo enterrada bajo tierra en la oscuridad. Durante este largo tiempo en soledad, la semilla va haciendo germinar sus raíces. Se nutre, crece y cuando está arraigada suficientemente a la tierra, empieza un camino en espiral con fuerza de salida y búsqueda de la luz4.

La oscuridad nos ancla al universo.

En ese espacio en donde los volcanes lloran lodo, las olas incesantes gritan vida enmarcadas en la decadencia de las columnas de la idea de progreso, las damas románticas bailan en copas de champaña y los lobos siberianos aúllan al sol del trópico junto a hojas de hojas, de hojas y más hojas.

En el Caribe, Rueda fue dada a luz, por segunda vez: nació en Cartagena, y en Puerto Colombia le salieron raíces. Si vemos la evolución de su obra desde Vampiros de la sabana hasta Lágrimas de Isis, ya no importa: las raíces de ambas (obra y artista) están ancladas. En donde nos conectamos con el astrolabio celeste:

Miro hacia arriba y pienso en las estrellas de muchas formas; a veces como dibujos y a ratos como diarios de luz y del tiempo. Tengo la idea de que cuando uno mira a las estrellas lo que en realidad ve es el pasado. Me gusta pensar que cuento siempre con su luz cuando estoy perdida. Y digo perdida en todo sentido. (Rueda, 2015: s/p)

Esas fotos de materia oscura pintada de tiempo, nos invitan a ser conscientes de que estamos perdidos. A ser conscientes. A ser.

Cuando lo logra, sale el tronco, las hojas, las flores y los frutos a su debido tiempo. Sin embargo, es importante tener en cuenta que la planta solo resistirá a los malos tiempos, si logró realmente tomarse el tiempo justo y necesario en la oscuridad, para fortalecer sus raíces. Por más que los vientos dobleguen su tronco y pierda sus hojas y sus frutos, sus raíces la mantienen anclada5.

En su universo sin arriba ni abajo. Sin gravedad. En la materia fértil de su mirada. Quizás por eso María Isabel recrea un árbol que invita: nosce te ipsum (conócete a ti mismo).

Famosa frase inscrita en el frontón del templo de Apolo en Delfos. Aforismo atribuido a tantos sabios griegos que, final­mente, culminó declarándose que fue una sentencia que descendió “del cielo”. Nosce te ipsum es el libro de los eternos finales. Cada vez que se consulte, a modo de oráculo, un libro termina, incitando así al consultante a reconstruir el inicio, o a resignarse a vivir siempre en el final, quedando como única opción sensata despertar al eterno presente. Para aquellos que se amparan en la fiel compañía de un libro para entender y reescribir la historia de su vida, este ejemplar, cual pitonisa, se convertirá en un libro de cabecera que puede iniciarse/terminarse infinitamente e invocar de esta manera el poder del ahora. (Rueda, 2015: s/p)

•  Más allá 2, 2009 | Fotografía digital, 120 x 80 cm

•  Más allá 1, 2009 | Fotografía digital, 120 x 80 cm

•  Felicidad clandestina 6, 2008 | Tinta y acrílico sobre papel, 54 x 38 cm

El poder de la nada. Porque enfrentarse a la nada es experimentar el final. Y también un asomo al principio de todo, sin inicio y sin destrucción. Ella sabe que otros humanos han recorrido estas preguntas, a veces sin salir del todo primigenio. Con ellos, con ellas, con las mujeres indígenas del pueblo Arhuaco, ella ha aprendido a relacionarse “con las estrellas con respeto y cariño” (Rueda, 2015: s/p). Porque como su libro, como su obra, ellas giran, se transforman, evolucionan. “Me gusta mucho que se aprecian mejor en completa oscuridad y es en esa incertidumbre cuando, buscando refugio, miro el cielo” (Rueda, 2015: s/p). Para confirmar que la certidumbre está en su pasión terrena, material… en su pasión por crear objetos que cuestionen y transgredan para dar un refugio real, honesto. Sin gravedades o juicios iluminadores. Alguna vez dijo que retratar es una negociación entre lo que su objeto de observación es, y lo que ella quiere ver. Esas estrellas fueron. Existieron en la distancia que las puede haber borrado. Ella escoge verlas vivas. Oír su mensaje de ultratumba con respeto. Mostrarnos certidumbres en su fragilidad sideral.

• Vampiros en la sabana 2, 2003 | Fotografía blanco y negro, 120 x 80 cm

Nada sin vacío

La obra de Rueda, al final, al principio y en la mitad, nos impide olvidar que en este sistema no es posible crear negro total mediante mezcla; para representarlo se debe prescindir de la luz, o sea llevar los colores primarios a una intensidad nula: aplanar la riqueza cromática para resaltar la riqueza contextual. Para descubrir la hermandad del gótico y el trópico, de Deleuze y Álvaro Barrios. En la cromosíntesis aditiva, donde se unen en síntesis los colores, se mezcla la luz de cada color en lugar de pigmentos, para que surja un matiz de lo que creemos real. Del coito de tres colores primarios nacen todos los demás.

Ella sabe que, aunque navegue en el Nilo, navega en la historia; en las aguas que “fueron igualadas a las lágrimas de Isis en su duelo por la pérdida de Osiris” (Llanos, s/f: s/p). Como un río, su obra no sólo es fértil en producción, sino rica en mensajes, múltiple en formatos y agradecida con sus influencias. No se ha detenido en conservar para nosotros puertas de entrada a sus propios múltiples tránsitos y lugares de residencia, en donde ya el lugar no importa, sólo sus raíces.

•  El libro de las hojas/como es arriba es abajo, 2014 | Tinta sobre papel, 30 x 24 cm

Terminar algo, decidir el punto exacto en el que se tiene que parar y entregarse a la inmovilidad después de vivir en el furor de la producción, nos obliga a pensar no sólo en las consecuencias del final, sino también en la pertinencia del comienzo. Muchas veces quisiéramos vivir en el medio de esta experiencia y no enfrentarnos a la ansiedad que produce lo finito, quisiéramos sumergirnos en un continuo tejido en el que lo que empieza y lo que termina pierden sus límites, se mezclan de tal forma que lo uno parece lo otro y viceversa. (Rueda, 2015: s/p)

Un ojo de cuervo es un huevo que es un planeta que explota mientras es observado por un cuervo. “El medio habla […] de su propia imposibilidad”6.

•  Superficie sensible 1, 2015 | Tinta sobre papel, 70 x 100 cm

Cada proyecto encuentra su medio. […] A veces realizo un proyecto en un medio que termina comportándose como otro. […] Así que un medio se va transformando en otro según se crea la imagen. El video de Visión Remota comenzó como fotografía y se transformó en video; la imagen no se concretó hasta que se puso en movimiento, pero tardé años en darme cuenta. Y fue a partir de un mural en las paredes de mi taller en la maestría que entendí el concepto no lineal del tiempo que luego utilicé en una de mis animaciones, La mano en el fuego, y en la publicación Mi destino esta en tus manos7.

• The end 2, 2006 | Acrílico sobre papel, 46 x 60 cm

Porque el infinito al devenir finito, queda insatisfecho, y vuelve a usarla a ella como médium, para que recuerde otras vidas, otros medios, otros tonos de negro. Para que el grito de terror mute en orgasmo. Para que una entrevista sea un retrato. Como es mágico, es real. Como es el cielo, es el árbol. Como es afuera es adentro.

En sus conversaciones con la eternidad, María Isabel ha dejado que ella haga de su obra lo que quiera. La viajera, la profesora, la curadora, la artista, se asegura de dejarnos las migas de pan en el piso para que podamos seguirla. “En mis proyectos un medio siempre se refiere a otro y se transforma con el tiempo. Nunca sé cómo va a terminar lo que empiezo. Pero confío”8. Como el mar en la luna, para que excite sus mareas. Como nosotros en este instante.

A la espera de la oscuridad

Ese instante que no se olvida,
tan vacío devuelto por las sombras,
tan vacío rechazado por los relojes,
ese pobre instante adoptado por mi ternura,
desnudo desnudo de sangre de alas,
sin ojos para recordar angustias de antaño,
sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

mpáralo niña ciega de alma,
ponle tus cabellos escarchados por el fuego;
abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies,
a tus pies donde mueren las golondrinas
tiritantes de pavor frente al futuro.
dile que los suspiros del mar
humedecen las únicas palabras
por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada,
acurrucado en la cueva del destino
sin manos para decir nunca,
sin manos para regalar mariposas
a los niños muertos.
(Alejandra Pizarnik, 1956)

• Videntes 1, 2007 | Tinta y acrílico sobre papel, 40 x 50 cm

Notas

  1. Emiliano Valdés —curador del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM)—. Catálogo para Oscuro diario.

  2. Entrevista de Mariángela Méndez a María Isabel Rueda. Tomado de: http://43sna.com/artistas/rueda-maria-isabel/.

  3. Emiliano Valdés. Catálogo para Oscuro diario.

  4. Entrevista con María Isabel Rueda, noviembre del 2017.

  5. Entrevista con María Isabel Rueda.

  6. Entrevista de Mariángela Méndez a María Isabel Rueda.

  7. Entrevista de Mariángela Méndez a María Isabel Rueda.

  8. Entrevista de Mariángela Méndez a María Isabel Rueda.

Referencias bibliográficas

  1. DANTO, Arthur, 2003, Más allá de la caja de brillo: las artes visuales desde la perspectiva histórica, Madrid, Akal.

  2. LLANOS, Mario, s/f, “Lágrimas de Isis”, en: Espacio Odeón, tomado de: http://www.espacioodeon.com/programacion/artesplasticas/lagrimas-de-isis.

  3. RUEDA, María, 2015, “Oscuro diario de las estrellas”, en: María Isabel Rueda, tomado de: http://mariaisabelrueda.wixsite.com/mariaisabelrueda/slideshow.

Felicidad clandestina 3, 2008 | Tinta y acrílico sobre papel, 38 x 54cm


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