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Movimientos y máquinas de guerra juveniles

Movimentos e máquinas de guerra de jovens

Youth Movements and War Machines

Mauro Cerbino*
Ana Rodríguez**


* Coordinador del Programa de Comunicación y profesor investigador de FLACSO, sede Ecuador. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

** Profesora de teoría del arte de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

La “politicidad” del sujeto juvenil, que emerge en las prácticas estratégicas de los jóvenes a propósito de su participación en las protestas que llevaron al derrocamiento del presidente del Ecuador, Lucio Gutiérrez, “contamina” la política en su visión dominante y sistémica. Gestos y formas de organización juvenil que no configuran lo usual de los movimientos sociales y que obligan a redefinir el concepto de movimiento.

Palabras claves: jóvenes, política, movimientos sociales, subjetividad, multitud, Ecuador.

Resumo

A “politicidade” do sujeito juvenil que brota nas práticas estratégicas dos jovens a propósito da sua participação nos protestos que levaram à caída do presidente do Equador Lucio Gutiérrez, “contamina” a política na sua visão dominante e sistêmica. Gesto e formas de organização juvenil que não figuram usualmente nos movimentos sociais e que obrigam a redefinir o conceito de movimento.

Palavras-chaves: jovens, política, movimentos sociais, subjetividade, multidão, Equador.

Abstract

The “politicity” of the youth subject, which emerges in the strategic practices of the youths in regard to their participation in the protests that lead to the overthrow of the equatorial president Lucio Gutiérrez, “contaminates” the politics in its dominant and systemic vision. Forms of youths organizations that do not configure the usual issues of the social movements, and that oblige to redefine the concept of movement.

Key words: youth, politics, social movement, subjetivity, crowds, Ecuador.


Introducción

En los estudios sobre juventud, uno de los interrogantes más apremiantes es el significado de la “politicidad” del sujeto juvenil. En muchos de estos estudios se ha podido mostrar cómo con la creación de formas estéticas sostenidas por la elaboración de estilos de vida significativos enmarcados en las producciones musicales, en las apropiaciones subjetivas del cuerpo, en las escrituras murales, ciertos colectivos juveniles crean nuevos lenguajes cuya dimensión política es explícita. Una de las tareas pendientes es entender cómo estas formas estéticas o lenguajes impregnan o “contaminan” a la Política en su versión dominante y sistémica.

Este artículo pretende ilustrar de qué modo “lo juvenil” puede delinear una posición política en el Ecuador, rastreando momentos de politicidad en el accionar intempestivo y muchas veces camuflado de algunos jóvenes; gestos y formas de organización por cuya naturaleza y sentido nos preguntamos: ¿se trata de formas especiales que no configuran lo usual de los movimientos sociales y que nos obligan por esto a redefinir el concepto de movimiento? y, ¿qué sentido tienen los gestos y la acción que constituyen este movimiento?, ¿qué estrategias operan en él? Estas preguntas están guiadas por los decires de los jóvenes con los que dialogamos a propósito de su participación en las protestas que llevaron al derrocamiento del presidente Lucio Gutiérrez. Jóvenes que actuaron de modo anónimo, espontáneo y con un nivel mínimo de organización que como tal no responde a ninguna exigencia de posicionamiento institucional en la política tradicional de los partidos y de los movimientos sociales, y que se proyecta en el sentido de desestabilizar los poderes instituidos, las formas hegemónicas y binarias de la política (la alternancia de derecha e izquierda como suele decirse), con el deseo de instalar “vocerías” de disenso y resistencia ante la toma de decisiones públicas. Estos jóvenes1, que trasladaron los modos creativos de su vida cotidiana (articulados en torno a afectos compartidos en pequeños grupos) al espacio político de las calles, no muestran el interés de querer estar del lado del poder formal (por esto se los tilda de apáticos y no comprometidos), rechazan las plataformas tradicionales de visibilidad de los políticos –el espectáculo, la personalización y la vedetización mediática– y prefieren como escenario de acción la noche, el secreto, el silencio o el gran estruendo, la confusión en medio de otras colectividades ciudadanas anónimas. Lo que aconteció en esa semana de abril está de alguna manera connotado por un modo “juvenil” de acción política; no tanto por la masiva participación de los jóvenes sino porque mostró gestos, formas y planos de conciencia irruptivos e inesperados que encarnaron el desborde ciudadano ante los modos arbitrarios, “paralegales” e inconstitucionales que han caracterizado la política ecuatoriana durante los 26 años del denominado “regreso a la democracia”.

Movimientos sociales en el Ecuador

Si se tiene en cuenta que se puede hablar de la existencia de un “movimiento social” cuando existen las condiciones para que un grupo logre ordenar una acción colectiva que sea perdurable, que se estructure en repertorios capaces de establecer oportunidades políticas de interpelación y de incidencia tanto frente al estado como a la sociedad civil, parecería que, al menos en Ecuador, los conjuntos juveniles que muestran un alto nivel de organización y capacidad institucional, aunque no siempre lo logren, intentan corresponder a este modelo, reproduciendo estructuras y lógicas similares2. Es por esto que la exigencia de rever y replantear nuevas reglas de participación juvenil aparece como una demanda clara entre aquellas organizaciones de tipo más informal y que se caracterizan por una permanente precariedad. No solo en el discurso dominante la visibilidad y legitimidad social y política de las organizaciones juveniles está condicionada al reconocimiento más o menos implícito de la existencia de una parte de la juventud considerada como “respetable”. Esta retórica discursiva parte de la premisa de que los jóvenes adquieren una posición social, fomentada y elogiada por parte de las instituciones, cuando muestran claramente ser intérpretes y portavoces de una especie de “reserva moral” de la sociedad. Es desde ahí que obtienen legitimidad las contribuciones de los jóvenes, cuando pueden ser vistos como “puros” en oposición a lo desgastado y “corrupto” de la escena social y política del país. En este sentido, las organizaciones juveniles alcanzarían el reconocimiento a condición de que acepten implícita –o explícitamente– esta retórica, que no hace más que reproducir la misma lógica “adulta” y formal de la política tradicional. Lo más aceptado de los jóvenes en general sigue siendo esta consideración de que a través de la juventud tiene que haber una renovación a futuro de las instituciones, reduciendo así “lo juvenil” a un discurso de purificación de las formas políticas, aun cuando persisten los mismos mecanismos que sostienen la institucionalidad política (la democracia electoral), así como los mismos contenidos de la participación (agendas predefinidas e imposición de temas). Además, los jóvenes adquieren una “autoridad” para expresarse cuando son llamados a hacerlo sobre la base de una agenda temática preestablecida y exclusiva elaborada por el discurso dominante (las issues –sexualidad, drogas, empleo, marginalidad, etc.–, sobre las que los jóvenes ¡siempre tienen problemas!). Es así que se vuelven sujetos de habla y adquieren actoría social reconocida por las instituciones, cuando son investidos de derechos formales cuyo otorgamiento se justifica a condición de considerarlos como jóvenes. Se trata del mismo mecanismo que se aplica, hoy en día, a cada sujeto particular en el contexto de las sociedades contemporáneas mal llamadas multiculturales: los movimientos feministas, homosexuales o indígenas, son reconocidos en su “cualidad” esencial de movimientos como mujeres, gays o indígenas3.

En el proceso de oposición al gobierno de Gutiérrez, liderado en un primer momento por el alcalde de Quito, Paco Moncayo, y que desembocó en la constitución de la Asamblea de la ciudad, los jóvenes son llamados a llenar puestos representativos y a cumplir con convocatorias masivas. El testimonio de uno de ellos muestra el uso instrumental al que están sometidos los jóvenes por parte de la oficialidad:

Nosotros nos metimos en la Asamblea de Quito por invitación del mismo Moncayo; somos cinco panas y nos dijo: ‘vengan acá porque no hay jóvenes’. Entonces aparecimos en las reuniones de la Asamblea de Quito tratando de dar una voz de apertura a la nota; nuestra idea siempre fue tratar de hacer esos cabildos ciudadanos en las administraciones zonales, nunca nos pusimos a pensar la posibilidad siquiera de botarle al Gutiérrez en lo inmediato.

En la medida en que estos jóvenes no pretenden ser representativos de ningún sector juvenil, ni de plantear la existencia de un significante aglutinador como el “ser joven”, sus ideas y propuestas no tienen cabida en las asambleas de los movimientos sociales o en aquellas de organizaciones juveniles que estructuran su discurso quedando atrapadas en el mismo ámbito de una institucionalidad establecida4. Las agrupaciones juveniles que no reivindican la necesidad de plantear una “alternativa” a la política tradicional, que no se juntan alrededor de un significante ni claramente político, ni cultural o identitario estable, que muchas veces se ha querido afirmar como lo que caracteriza a los jóvenes contemporáneos5, quedan fuera de las configuraciones tradicionales que atañen a los movimientos sociales viejos y nuevos. Algunos jóvenes muestran, al contrario, una acción política difusa y molecular que constantemente produce diferencia, siendo la movilidad, el disenso y la deconstrucción campos operacionales que caracterizarían esa acción. En este contexto la representatividad se vuelve imposible, y tiende a impedir también la concreción de figuras de liderazgo formal que son un motivo tan común de pugna al interior de los movimientos sociales. Estos liderazgos entendidos como protagonismos “supuestamente representativos” son rechazados porque pertenecen a una visión bipolar y binaria de la política a través de la cual se establece que lo importante es tener la capacidad de capitalizar a los flujos de protestas potenciales o reales de los que son portadores los movimientos sociales o la ciudadanía en general.

Es clara la pugna interna que tienen (los políticos), ellos siempre vieron a la ciudad de Quito (las protestas) como un espacio de reconfiguración de liderazgo interno y como una plataforma para las próximas elecciones. La radicalidad aparente de González (prefecto) dirigida a cierto grupo del electorado, y la institucionalidad y la paciencia de Moncayo también dirigida a lo electoral, los dos luchando por un liderazgo interno.

El movimiento de los movimientos juveniles

La acción de los colectivos juveniles en las jornadas de abril no se sostuvo por el hecho de ser ordenada y motivada alrededor de proyectos estables y de largo aliento; más bien se desarrolló en espacios ligados más a la manifestación de subjetividades y estilos de vida distintivos y significativos y por lo tanto cambiantes (dado que se ubican en la intensidad de un vivir presente), y que se difunden en espacios intersticiales (… nos lanzamos por la participación política en instancias de no fácil acceso a la sociedad civil ya organizada porque obviamos obtener primero la llave de acceso como es cuando hay que hacer los papeles para una personería jurídica, etc…)no en lugares institucionales en los que lo fundamental es que primen certezas y convicciones para proyectos de futuro.

Se plantea aquí una noción de movimiento juvenil pensado de modo literal, ya no como una acción social directa hacia la consecución de objetivos claros prefijados, sino como un devenir político que acontece y se sostiene en acciones (a modo de líneas de fuga) intempestivas, inusitadas, de algún modo insurgentes, sin que de él sea descifrable ningún cálculo político ni ideológico en un sentido convencional.

Para definir el movimiento, Deleuze sostiene que hay que distinguirlo de aquello con lo que se lo confunde: el movimiento no es espacio recorrido, no es la traslación de un punto A a un punto B ya que todo segmento AB ya ha sido recorrido. AB es pasado con respecto al movimiento que es presente, que se inscribe en una duración y no en el Tiempo T medible, hecho de unidades equidistantes. El movimiento, como lo que está aconteciendo, se actualiza siempre en un intervalo irrepresentable a través de un segmento: el movimiento se hace siempre a “nuestras espaldas”, a espaldas también de quien pudiera producirlo (Deleuze, 1985, passim). Si trasladamos esta figura al “movimiento juvenil” que observamos en las jornadas de protestas de abril, podríamos decir que es menos importante quién produce el movimiento – puesto que este se hace a las espaldas– que el movimiento mismo, ya que se trata de un “plano de consistencia” en medio de planos abstractos y trascendentes (el “deber ser de la política sistémica”), y que tiene implicaciones sobre otros planos: este es su devenir en un sentido político y social.

El concepto deleuziano de “plano de consistencia” se refiere a las actualizaciones de líneas de fuga con respecto a líneas controladas y segmentadas. Una línea segmentada es una línea dura, una línea rígida: familia- escuela-trabajo-jubilación, por ejemplo. Estas líneas no son personales, individuales, sino que son atravesadas por grupos y sociedades, así como por dispositivos de poder y por las maquinarias binarias del Estado que establecen, en este caso, la dicotomía adulto-joven. Hay líneas más flexibles que “trazan pequeñas modificaciones”, y líneas moleculares segmentarias, que atraviesan las otras, “flujos moleculares por umbrales que se franquean y que no coinciden forzosamente con los umbrales de las líneas más visibles” (que son duras). Las líneas de fuga son los intervalos que se producen en el choque de una línea con un segmento duro, binario: podrían ser “máquinas de guerra” que se enfrentan al Estado. Escribe Delueze: “La máquina de guerra tiene una naturaleza y un origen distintos que el aparato del Estado. (…) El poder del Estado no se basa en una máquina de guerra, sino en el ejercicio de las máquinas binarias que nos atraviesan y de la máquina abstracta que nos sobrecodifica: toda una ‘policía’. La máquina de guerra, por el contrario, está atravesada por los devenires-animales, los deveniresmujer, los devenires-imperceptibles del guerrero –cf. el secreto como invención de la máquina de guerra, por oposición a la ‘publicidad’ del déspota o del hombre de Estado–” (Deleuze, 1997: 160). Así, es posible plantear como devenir “menor” un devenir-joven que atraviesa a la centralidad del poder cuando algunos jóvenes toman la iniciativa de conducir la protesta hacia la residencia privada de Gutiérrez en lugar de buscar el enfrentamiento frontal en los lugares simbólicos fuertemente custodiados por las fuerzas de policía, como el palacio de Gobierno. Esta acción que se proyecta como un escarnio y repudio público en el lugar doméstico del presidente tiene el profundo significado de descolocar a la represión policial, sorprender al presidente y obligarlo a una reacción desordenada, y permite que la ciudadanía se apropie del derecho radical de una práctica que tiende a extralimitar la distinción entre espacio privado y público cuando se refiere a personajes políticos fuertemente cuestionados6.

Podemos hablar del fino pasaje de “devenir-joven” a “máquina de guerra” cuando el rol de “resistencia” frente a “máquinas sociales que tienen por función integrar y normalizar” (Balandier, 1997: 234) como son las máquinas del Estado y la sociedad, son caracterizadas de forma extrema en un contexto particular como el ecuatoriano, en el cual éstas ya no permiten la existencia de un espacio de ejercicio de ciudadanía, sino que más bien sostienen un estado de “facto normalizado” o un Estado sin Estado de derechos plenos. En estas condiciones (llevadas a su máxima expresión en el gobierno de Gutiérrez), la democracia es una democracia tutelada por los militares, que garantizan el sostenimiento y la reproducción de esas condiciones. Sin embargo, ninguna acción militar, ni efectiva ni simbólica, es lo suficientemente totalizante como para impedir que se produzcan formas de escape a ese control como fueron las protestas de abril. De pronto, frente a la revuelta popular que no cesaba de “contagiar” adeptos, parecería haberse producido un momento de vacío, de suspensión de probables decisiones autoritarias, debido a un desencaje ocurrido entre las mismas fuerzas del cuerpo militar. Este vacío o suspenso, que se produjo por el lapso de cuatro horas (el día de la huida de Gutiérrez), en el que nadie pudo asumir el control, es un momento de la revuelta y no simplemente de los militares o de las autoridades públicas.

El movimiento no se debe leer como lo que está comprendido entre un antes y un después de las acciones –como una forma histórica–, el movimiento no intenta ocupar el lugar del segmento duro –las autoridades en el poder–, no es una búsqueda, sino que se produce y al producirse afecta su proceso, permite una relación de velocidades y de intensidades distintas –en este caso el momento del vacío de Poder–. Ese es su acontecer, la afectación entre las estructuras y las “fuerzas del afuera”. En esa medida lo podemos llamar plano de consistencia o acontecimiento7. Podemos plantear el sentido que tiene, en el plano político, el “movimiento juvenil” no como la configuración y puesta en obra de una organización claramente definible, sino como un constante devenir, al menos en una doble dirección. Por un lado, en el despliegue de un conjunto de prácticas que son posibles por una especie de “condición histérica” que funciona como un operador que impide que se cierre el sentido de la política en torno a versiones cosificadas, “naturalizadas” y basadas en la constitución de discursos dominantes que a su vez se sostienen en el “fatalismo de lo inevitable”9.

Por otro lado, este movimiento puede significar la puesta en marcha de una inagotable “reserva epistemológica” (contrapuesta a la reserva moral que señalamos arriba) que “funciona” por medio de un “imperativo”9: la permanente deconstrucción de cualquier sentido que puedan tener los objetos culturales y las formas de la política, siendo capaz de mostrar su “estructural inconsistencia”. “Lo juvenil” en la política representaría una condición de posibilidad y a la vez una garantía de que los “significante vacíos” (Laclau, 1996) nunca puedan encontrar un significado duradero y definitivo10. Ahora bien, ¿por qué debiera ser “lo juvenil” esa dimensión capaz de articular tanto una “condición histérica” como una “reserva epistemológica?”

Prácticas estratégicas: apariencias, mimetismo y comunicación

Lo veíamos como una nota simbólica, una cuestión porque más allá del impacto económico que podía tener era un acto simbólico sobre el centro político del país, entonces cuál era el significado: crear movilidad, la apariencia de recrear un poco estados generales…

Si partimos de la convicción de que “lo juvenil” no es algo esencial, a modo de una naturaleza intrínseca de aquellos sujetos que se encuentran en una determinada condición etaria, y se plantea la necesidad de reconocer “lo juvenil” en ciertas formas y prácticas ligadas al ejercicio diario del vivir, no de todos los jóvenes, sino solo de aquellos cuya vida, de alguna manera, se caracteriza por lo que Reguillo llama una “socioestética” es decir “(…) la relación entre los componentes estéticos y el proceso de simbolización de éstos, a partir de la adscripción a los distintos grupos identitarios que los jóvenes conforman” (Reguillo, 2000: 97), es posible afirmar que las culturas juveniles han demostrado tener la suficiente experiencia de saber cómo transitar por los territorios semánticos de la transformación de los signos11. En los usos de los estilos y las modas, en gran medida vehiculizadas por las industrias culturales, se observa la puesta en escena de procesos de constitución de un complejo conjunto de significaciones y representaciones simbólicas, de tal forma que es posible afirmar que algunos grupos juveniles han sabido crear sabiamente un “juego de apariencias”12. Como escribe Hebdige: “el desafío a la hegemonía representado por las subculturas no emana directamente de ellas: en realidad se expresa sesgadamente en el estilo. Las objeciones y contradicciones quedan planteadas y exhibidas (…) en el nivel profundamente superficial de las apariencias: esto es en el nivel de los signos” (Hebdige, 2004: 32, cursivas nuestras). Si trasladamos al campo de la política lo que hemos definido como un saber juvenil de crear apariencias (y un operar con ellas), nos encontramos con que, por ejemplo, en ciertas asambleas estudiantiles que se desarrollan en un marco de una retórica institucional, los jóvenes juegan a hacer el rol de los adultos interpretando los papeles formales de la participación política. Lo que ahí está en juego es la puesta en acto de una conciencia que se refiere a que siempre existe una distancia necesaria para construir aquellas apariencias y las infinitas posibilidades de otras. El sentido político de esta operación se muestra evidente si pensamos con Zizek (2003: 29) que: “La apariencia tiene más peso que la cosa en sí, porque designa el modo en el cual la cosa en cuestión está inscrita en la red de sus relaciones con los otros. En la manipulación ficcional de los signos, en la constitución y significación del estilo, en lo preformativo de su subjetividad, algunos jóvenes entienden a fondo el mundo de las apariencias de la política institucional, mostrándose capaces de operar una deconstrucción de aquella política que, entre otras cosas, confunde seriedad con solemnidad13. Lo ‘serio’ de la lógica juvenil podría estar en cambio en lo que Zizek manifiesta en cuanto a la lucha política que: ‘indica la tensión entre el cuerpo social estructurado, en el que cada parte tiene su lugar’, y ‘la parte que no tiene parte’, la parte que amenaza con hacer estallar este orden en base a un principio vacío de Universalidad” (Zizek, 2003: 148).

Por otra parte, operar por fuera de la lógica homogénea y molar14 no quiere decir hacerlo de modo espontáneo simplemente, a través de la improvisación y el desorden. Se trata siempre de formas de organización, de la articulación de acciones que, sin embargo, se van dando no a consecuencia de un diseño preestablecido sino como una concreción del acontecimiento. Estas acciones, aunque no tengan un número de participantes estables –en general de cinco a diez que crecen a cientos por momentos– se coordinan y se organizan de forma sincrónica, o como dicen nuestros anónimos entrevistados, “orgánica” o a modo de “célula”:

Nos reuníamos en las casas de los panas, manejamos un grupo de diez personas, de cierta forma somos una célula que actúa, somos los más panas que nos reunimos constantemente (…) llamamos a toda la gente, donde están, rápido organizamos a la gente, hicimos lógica de células. La célula que te digo que armamos se dividió en dos grupos de diez, el un grupo por San Juan y el otro por La Tola.

Aplicando esta lógica, el direccionamiento de las protestas ciudadanas se va dando “sobre la marcha”, en el momento, creando un sentido de la protesta. No hay un líder, y las prácticas se despliegan en la medida y las formas con las que se las va proponiendo. De tal manera que no se puede hablar de una actoría reconocida socialmente, sí de una “vocería anárquica” como la califican los mismos entrevistados:

Decía de una vocería que es anárquica en el sentido de que no había una concentración en la toma de decisión de hacia dónde debíamos ir en grupo, entonces, de pronto, la tomábamos nosotros porque gritábamos más fuerte y porque nos conseguimos un megáfono de entre otros ciudadanos del movimiento “Ciudadanos por la Democracia”, que tiene también una plataforma organizativa muy primaria.

Otra estrategia es la que se enmarca en lo que la teoría poscolonial llama prácticas “miméticas” refiriéndose a la operación de devolverle al poder colonizante una mirada de sí mismo a través de la apropiación, por parte del colonizado, de uno de sus signos. De esta manera, se le devuelve al poder represivo su mirada de vigilancia que: “retorna como la mirada desplazante del disciplinado, donde el observador se vuelve el observado y la representación particular rearticula toda la noción parcial de identidad y la aliena en su esencia” (Bhabha, 2002: 112). En este sentido, a través de una operación semántica de transformación del significado se trató de construir una forma de rechazo hacia el gobierno, por asimilación del –y no por oposición al– significante “forajidos” connotado de modo estigmatizante:

Para calificarnos y minimizar a los manifestantes en contra de su gobierno, Gutiérrez usó despectivamente la palabra “forajidos”, nos la apropiamos y la usamos como emblema, de forma aglutinante, y cada uno de nosotros empezó a decir “yo también soy forajido”.

Una característica fundamental del significado de las protestas de abril ha sido el uso estratégico de la comunicación. Sin que el llamado a la movilización haya venido desde un “centro”, miles de jóvenes (y familias enteras) se han juntado en calles y plazas de la ciudad gracias a los mensajes escritos y hablados emitidos desde teléfonos celulares. Muchos de ellos filmaron con cámaras de video cuanto iba aconteciendo. Ante la autocensura de los medios masivos (a excepción de una radio que se transformó en el nodo principal de entrada y salida de la información), este hecho comunicativo ha tenido la importancia de que los manifestantes se convirtieran en generadores de su propia información, haciéndola circular con una extraordinaria rapidez y efectividad. Esto ha contribuido enormemente a crear en cada uno de los sujetos de la protesta, una sensación de ser una multitud es decir “un conjunto de singularidades”, que ha sido posible por la puesta en obra “de dispositivos de cooperación que se forman y se extienden a través de las redes” (Negri, 2003: 117); esas redes conforman una multitud inteligente gracias al uso de las tecnologías de la comunicación que permite ampliar los talentos humanos de cooperación (cfr. Rheingold, 2004).

Mensajes (de celular), todo tipo de mensajes. Ocasionalmente cuando había desesperación alguien llamaba pero lo más efectivo eran los mensajes, entonces un poco dos compañeros que son comunicadores decían “aquí está el uso de los micromedios, frente al mass media politizado y progobiernista que no hace la labor que debería hacer por sus propios vicios comunicativos y nos queda comunicarnos de esta forma, vía verbal y vía medios alternativos”.

Final: pasión de abolición (o lo “suicida” del movimiento de las máquinas de guerra)

La máquina de guerra puede convertirse en mercenaria o dejar que el Estado se apropie de ella bajo la forma de ejército institucionalizado (…) Siempre existirá una tensión entre el Estado, con su exigencia de propia conservación, y la máquina de guerra con su empresa de destruir al Estado, a los sujetos del Estado y hasta de destruirse a sí misma o de disolverse a sí misma a lo largo de la línea de fuga. (Deleuze 1997: 161).

En abril de 2005 los manifestantes no solo gritaban “fuera Lucio”, también se escuchó la consigna Que se vayan todos, que tiene su antecedente en las protestas de 2001 en Argentina. En su aparente simplicidad esta consigna no estaba dirigida exclusivamente a las instituciones del Estado. Esa consigna, gritada mil veces, tiene una implicación radical porque expresa una especie de “pasión de abolición”, de “suicidio” colectivo. Obviamente la mayoría de la clase política ecuatoriana, en particular los partidos políticos tradicionales, la opinión pública más “ilustrada” y ciertamente los medios de comunicación no han entendido el significado de la consigna; todas estas instancias están demasiado preocupadas por defender intereses y prebendas que se han venido “institucionalizando” en Ecuador. Frente a esta actitud abiertamente cínica, es necesario pensar esa radicalidad en el sentido que le da Lewkowicz (2004: 10) cuando señala que el “todos” del “que se vayan todos” no es solo un “ellos”: “todos es más amplio que ellos (…) que se vayan todos, que no quede ni uno solo (…). El vórtice lo arrastra también a uno –ni uno solo–. Que se vayan todos abre a la posibilidad y luego a la necesidad de pensar sin Estado”. Creemos que algunos colectivos juveniles ya están transitando por estos lugares “epistemológicos” que ciertamente no hacen viable prever desenlaces a futuro que permitan establecer con claridad el aparecimiento de modos formales de participación juvenil en la política ecuatoriana. El sentido y la interpretación que hemos querido dar a la protesta juvenil de abril nos alerta sobre esta posibilidad.


Citas

1 En el mes de abril de 2005, ocho días de protestas ciudadanas realizadas en Quito obtuvieron como resultado la destitución del coronel Gutiérrez por parte del Congreso Nacional y la sucesión presidencial en el vicepresidente Alfredo Palacio. Hemos realizado una investigación con entrevistas a profundidad a una decena de jóvenes y observación directa de los acontecimientos que se suscitaron en esos días. Creemos que caracterizar a los colectivos juveniles que protagonizaron esos acontecimientos nos hace correr el riesgo de una reducción a condiciones como la etaria o el estrato socio económico que resultan insuficientes para explicar la acción juvenil. El universo social de estos jóvenes es el más variado, va desde ser estudiantes hasta músicos. En todo caso, la característica más relevante es la de no pertenecer a ninguna organización formal o tradicional del asociacionismo juvenil. Los “jóvenes de abril” pusieron en escena un conjunto de expresiones estéticas que han impregnado el espacio político de la protesta: la resignificación de “gramáticas futboleras” con cánticos y consignas de contenido político, los mosh callejeros, el rock, ská y reggetón presentes en las manifestaciones.

2 De algún modo los movimientos sociales en el Ecuador (como por ejemplo el movimiento indígena) se articulan en torno a ciertas características estables: la reivindicación y el respeto de una identidad cultural y la demanda por una más eficiente y equitativa distribución de los ingresos económicos. En este sentido, tal como lo afirma Neveu (2002), los movimientos sociales son aquellos que tienen una clara identificación de un adversario que en general es representado por una autoridad pública. A esto hay que agregar la necesidad de que los movimientos sociales cuenten con claros mecanismos de representatividad y formalización de liderazgos. Es del hecho de asumir todas estas características que algunos colectivos juveniles se apartan.

3 “Esencial” se refiere al modo de naturalizar y fijar de una vez por siempre a estos sujetos en base a una supuesta identidad propia.

4 Es el caso de la organización “ruptura de los 25”, un colectivo juvenil que apareció y quedó atrapado en la dimensión de un fenómeno mediático, compuesto por jóvenes “ilustrados” de clase media alta, sostenido financieramente con fondos de organismos internacionales, que desde su comienzo dirigió su acción política cuestionando a los partidos y a la clase política ecuatoriana y planteando la necesidad de una renovación (¿purificación?) de la democracia en el país. Este colectivo sugiere que es necesario refundar al Ecuador por medio de valores y acciones plasmadas en un lenguaje “adulto” como son la honestidad, la transparencia, la necesidad de llevar a cabo una asamblea constituyente, mostrando tener mucha seguridad sobre cómo construir una “democracia verdadera”, algo de lo cual es preciso sospechar venga de quien venga.

5 Para desvirtuar y problematizar esta caracterización de los mundos juveniles, sobretodo en el ámbito de las denominadas “culturas juveniles”, se puede consultar el interesante libro de Marín y Muñoz (2002).

6 Se trata de una práctica que ha sido empleada de modo reiterado en Argentina en las protestas de los últimos años.

7 Como afirma Maffesoli (2001), a propósito de levantamientos y revueltas: “su denominador común es no situarse en el sentido de la historia. Ser, totalmente, indiferentes a cualquier finalidad que sea. Su intensidad se basta a sí misma. Se agota en el acto mismo de su realización. Es lo que puede llevar a acusarlos de frivolidad, pero es lo que los vuelve profundos (…)” (Maffesoli, 2001: 125).

8 Se trata de una visión de la política que se olvida que: “…el déficit de orden de la modernidad se piensa en función de la posibilidad, de la contradicción entre una racionalidad instrumental, omnipresente, poderosa, y una racionalidad interpretativa desfalleciente, de devenir incesante, abierto a lo aleatorio y lo efímero (Balandier, 1997: 230).

9 Slavoj Zizek resume así la tensión existente entre la política tradicional que se articula a partir de la aplicación de lógicas y discursos institucionalistas y el acción política de los “nuevos movimientos sociales”: “El bloqueo que pesa sobre el presente implica dos posibles trayectos de empeño político y social: se puede jugar la partida del sistema, empeñarse en una ‘larga marcha a través de las instituciones’, o activarse en cambio en los ‘nuevos movimientos sociales’ (…) Sin embargo, una vez más, el límite principal que incumbe a estos movimientos está definido por su no ser Políticos, en el sentido del Universal Singular: se trata en efecto casi exclusivamente de ‘movimientos a tema’, desprovistos de una dimensión de universalidad, es decir sin la capacidad de referirse a la Totalidad de lo social, donde el carácter esencial de esta totalidad reside en su estructural incongruencia” (Zizek, 2003: 118) –traducción nuestra–.

10 Ver Laclau (1996). En la misma dirección creemos que va Balandier (Op.cit.) cuando escribe: “Como todo en la modernidad, la verdad estalla y ya no es más de una sola pieza; se dispersa y su movimiento puede interpretarse con cierto exceso como un vagabundo (…) el saber no puede ser asemejado a una suma de conocimientos que develaría progresivamente la verdad sino a lo que puede ser visto (evidencias) y dicho (enunciados) y armonizado según las condiciones particulares de una época” (cursivas nuestras).

11 Existe ya una amplia literatura de estudios sobre culturas juveniles en América latina; además del texto de Reguillo, se puede consultar para el caso ecuatoriano: Cerbino, et al, (2000); Cerbino (2004).

12 Ese “juego de apariencias” aparece también en lo performativo de ciertos gestos, que dan cuenta de una estética corporal, haciendo que la política se abra, se contamine de otras lógicas: “Era como un baile de tecno de la gente bailando consigo misma”…“estas gentes de las que hablo son de barricada y no les importa nada, era una furia colectiva, parecía que estábamos en el estadio”.

13 Un joven nos refiere en el siguiente testimonio el ridículo que se produce ante la pérdida de los códigos rígidos de la solemnidad de los diputados: “Les ví a dos diputados de esos diputados sin nombre, que sacaban la escarapela el rato que les vi arrodillados debajo de un escritorio diciendo: “yo soy diputado”, y me pareció súper chistoso y me dio mucha risa”.

14 Según Negri (2003: 57): el concepto de “molar” se refiere a: “amplios agregados o grupos estadísticos, que constituyen a través de procesos de integración y representación, un conjunto cohesionado y unitario”. Se opone a molecular que: “siempre designa micromultiplicidades o mejor singularidades que forman constelaciones o redes deshomogéneas” (traducción nuestra).


Bibliografía

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Jóvenes rurales y acción colectiva en Colombia

Juventude rural e ação coletiva na Colômbia

Rural youth and collective action in Colombia

Flor Edilma Osorio Pérez*


* Profesora asociada Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, Departamento de Desarrollo Rural y Regional. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

El texto explora algunas prácticas de acción colectiva de jóvenes rurales en diversas regiones de Colombia. En medio de condiciones muy adversas del sector rural, las y los jóvenes del campo generan y construyen experiencias de diferente orden en el campo político y socio-cultural. Sus percepciones sobre sí mismos, su presente y devenir, se inscriben en el marco marginal al cual se ha relegado el sector rural. Pero, a la vez, buscan superarlo generando cambios que rompen las fronteras rural-urbanas y que los hace visibles en sus contextos locales y regionales.

Palabras clave: Jóvenes rurales, Colombia, acción colectiva, juventud, representaciones.

Resumo

O texto explora algumas práticas de ação coletiva de jovens rurais em diversas regiões da Colômbia. No meio de condições muito adversas do setor rural, as e os jovens do campo geram e constroem experiências de diferente ordem no campo político e sócio-cultural. Suas percepções sobre si mesmos, seu presente e devenir, inscrevem-se no marco marginal ao qual se tem relegado o setor rural. Mas, por sua vez, buscam superá-lo gerando mudanças que rompem as fronteiras rural-urbanas e que os faz visíveis em seus contextos locais e regionais.

Palavras-chaves: Jovens rurais, Colômbia, ação coletiva, juventude, representações.

Abstract

This article explores some practices of collective action carried out for rural young people from diverse Colombian regions. In the midst of strongly adverse conditions of the rural sector, young people from the countryside generate and build experiences within the political and socio-cultural areas. Perceptions of themselves, of their present and future time emerge out the marginality in which the Colombian rural sector is inscribed. However, and at the same time, they are looking for overcome this situation of marginality generating changes that break rural-urban borders and make themselves visible in their local and regional contexts.

Key words: Rural young people, Colombia, collective action, youth, representations.


¿Qué acciones colectivas realizan las y los jóvenes rurales en Colombia? Esta exploración la haremos en tres apartes. En el primero discutiré sobre la categoría de joven y de juventud. En el segundo, caracterizaré brevemente el contexto rural colombiano en relación con los jóvenes. Finalmente, me concentraré en algunas experiencias de acción colectiva de jóvenes en diferentes regiones del país.

¿A quiénes nos referimos como jóvenes rurales? De manera provisional y para efectos prácticos, podemos asumir como jóvenes a hombres y mujeres entre 14 y 26 años1, un criterio cronológico común. El carácter rural estaría dado por unos procesos territoriales muy diversos, cuya construcción social está marcada de manera importante, pero no exclusiva, por la relación con el entorno natural y por la baja densidad poblacional. En la realidad, la frontera rural-urbana es cada vez más difusa, con muchos más matices en las relaciones sociales, en las actividades económicas y con traslapes socioantropológicos diversos.

Sin embargo, las delimitaciones conceptuales tienen implicaciones concretas. Así, por ejemplo, si nos preguntamos cuántos son los jóvenes rurales en Colombia, la respuesta oscila entre los tres y los seis millones de personas2. La fuente censal, la más usada, delimita los cascos urbanos en función de las redes de servicios públicos. El “resto”, que equivaldría a lo rural, para el 2003 correspondía al 28 por ciento de la población nacional (Perfetti, 2003). Pero hay otras propuestas. Por ejemplo, identificar como rurales a los municipios con menos de 10.000 habitantes, con lo cual la población rural pasaría al 42 por ciento (Pérez y Pérez, 2002). Algunas categorizaciones indican que 959 municipios colombianos podrían estar en el conjunto de lo “rural”3, y otras señalan que 797 municipios se situarían por encima del 60 por ciento, según el índice de ruralidad4. Estamos entonces ante la necesidad de un replanteamiento de la categoría tradicional de lo rural5, que implica reconocer las nuevas dinámicas y revalorizar su papel y contribución en la vida de la sociedad colombiana.

¿Qué significa ser joven en el campo? Algunas representaciones propias y ajenas

“Aquí hay muchos jóvenes pero no hay juventud” (Ferro et al., 1999: 149). Esta frase dicha por un joven sintetiza una realidad en la cual, pese a estar en un rango de edad determinado, conocido como joven, ello no significa, necesariamente, que se estén viviendo experiencias usualmente identificadas y difundidas como deseables para esa edad. Es frecuente el imaginario de la juventud como etapa de preparación, con exigencias menores, con cierta irresponsabilidad y disfrute, antes de llegar a la edad de la adultez. Una edad en donde no se es, sino en donde se prepara para ser. Pese a ser una especie de limbo social, la juventud como etapa y las y los jóvenes tienen cada vez más reconocimiento y reafirmación especialmente en entornos urbanos.

Sin embargo, en el campo parece haber cierta inexistencia social de esa edad particular, por su rápida entrada al mundo adulto. Una encuesta a jóvenes en el país encontró varias respuestas sobre el significado de ser joven en Colombia. La diversión, el disfrute y la alegría son los significados más frecuentes (Colombia Joven, 2000). Esa percepción de la juventud como un tiempo de aprendizaje, de ocio y disfrute no parece darse en el campo. “Al no haber juventud, no hay ilusión de vida. Por no (sic) haber juventud es que la persona piensa tantas cosas bonitas, como de progreso, comienza a pensar para luego practicar. En cambio aquí no hay eso. A aprender a trabajar porque no hay más que hacer” (Ferro et al., 1999: 153).

La segunda respuesta en importancia, en la mencionada encuesta, tiene que ver con la utilidad, la responsabilidad y la preparación para el futuro, la cual está muy presente en el sector rural: “Es estar en el campo, que se preocupe por su tierra, ayudar a la comunidad, sacar los proyectos que se realicen en la vereda” (Arcila, 2004: 37). Incluso se afirma como una reivindicación frente a la exclusión:

“Es la persona que vive en el campo pero que tiene los mismos derechos y deberes que tienen los jóvenes urbanos, aún más porque el desarrollo de una organización o grupo o vereda la tiene el campo. Entonces si trabajamos, si sacamos proyectos, si dejamos a un lado la violencia, yo creo que el mundo sería mejor y todos, tanto los jóvenes rurales como los urbanos, tendríamos un mayor futuro y una comunidad en paz y en convivencia” (Ibíd., 2004: 37).

Es necesario recordar que la construcción de las representaciones de la juventud se alimenta en buena parte de la percepción de los otros pobladores, padres y madres, maestros, medios de comunicación y de la sociedad en su conjunto. Así, por ejemplo, en zonas rurales se señala con frecuencia a los hombres jóvenes y foráneos como las mayores amenazas para las buenas costumbres y la tranquilidad de los residentes. Desde el consumo de alcohol, las peleas y asesinatos, la delincuencia común y la organizada en el ambiente de los negocios ilícitos, pasando por las trabajadoras sexuales visitantes semanales los días de mercado, son problemas asignados de manera muy directa a los jóvenes, aunque haya comportamientos similares de muchos adultos. Podríamos leer esto como parte de la discriminación “antijóvenes” que implica una descalificación estructural de la generación anterior a la nueva (Bourdieu, 1984: 172).

Las y los jóvenes en el campo son valorados fundamentalmente como mano de obra, pero son invisibilizados como actores sociales capaces de comprender, opinar y participar. Las reducidas ofertas de servicios se hacen en tanto productores potenciales, dejando de lado las otras dimensiones fundamentales, como sujetos sociales y políticos. La invisibilidad se traduce también en la homogeneización, que oculta la diversidad de problemáticas, potencialidades, sueños y expectativas.

El escenario rural: convergencia de condiciones adversas

Las y los jóvenes rurales en Colombia viven y sobreviven en condiciones generales de gran adversidad, que caracterizaremos rápidamente a partir de cinco aspectos relacionados entre sí: la concentración de la propiedad, la crisis del sector agropecuario, la agudización del empobrecimiento rural, los cultivos de uso ilícito y el conflicto armado.

En el 2001, el 0,4 por ciento de los propietarios controlaba el 61,2 por ciento de la superficie, con fincas de más de 500 hectáreas. En tanto, el 57,3 por ciento de propietarios controlaba solamente el 1,7 por ciento de la superficie, con fincas de menos de 3 hectáreas (Fajardo, 2002: 5). La acumulación de la tierra no se ha corregido desde la década del 60 pues el índice de Gini6, veinte años más tarde, se mantenía por encima de 0,82 (Machado, 1998: 81). Estas dinámicas territoriales de concentración de la tierra, de manera legal e ilegal, conllevan no solo una concentración del capital, sino de la renta política y social. En medio de esta crisis estructural, se desarrollan las crisis semipermanentes, relacionadas con la producción y el empleo (Fajardo, 2002).

Si bien ha habido una ligera recuperación del sector agrícola en Colombia, una mirada de largo plazo señala una crisis sostenida que es producto, entre otras cosas, de la apertura económica iniciada en los años 90. Entre el año 1991 y el 2000 se perdieron 189.355 puestos de trabajo, de los cuales el 19 por ciento se perdió en el último año, debido a la disminución de las áreas cultivadas en un 14 por ciento7. La crisis ha tenido diversos ciclos e impactos diferenciados por sectores y productos. Sin embargo, ya sea en la agricultura empresarial o en la economía campesina, las y los jóvenes rurales ven afectados sus empleos en la agricultura que, según cálculos, corresponden a una cuarta parte de los empleados que tienen entre 19 y 25 años8. Lo sucedido con el algodón y el café ha mostrado impactos regionales severos en la economía y en la dinámica sociocultural de los pobladores rurales, en medio de una recurrente exclusión para los pequeños productores (Salgado, 2004).

Mientras esto sucede en la agricultura lícita, los cultivos de uso ilícito, como la coca y la amapola, mantienen un aumento creciente, expandiéndose por el país. Las cifras sobre cultivos, áreas fumigadas y erradicadas son una arena política de debate, en la medida en que buena parte de la apuesta gubernamental y sus alianzas con el gobierno estadounidense se concentran en este campo. La forma y datos de los registros llevan a cifras muy diferentes entre lo fumigado, lo erradicado y lo sembrado. De allí se desprenden valoraciones y decisiones sobre el éxito o fracaso de tales políticas. Según un último reporte de la CIA “en el país había sembradas a diciembre del año pasado 114.000 hectáreas de coca, la misma cifra que existía a finales del 2003”, pese a que fue el 2004 el año en que más se fumigó (El Tiempo, 2005). Sin embargo, se continúa haciendo caso omiso del ‘efecto globo’, esto es al traslado de cultivos dentro y fuera del país, y al efecto de ampliación del paraguas de ilegalidad (Informe PNUD, 2003).

La crisis del sector se manifiesta también en el aumento del empobrecimiento rural. Así, en la década del noventa se pasó del 64 al 83 por ciento de pobres rurales, con un incremento de diez puntos porcentuales con respecto a la pobreza urbana (Perfetti, 2004). Los ingresos reales de los hogares rurales han disminuido cerca de un 15 por ciento, descenso que ha continuado de manera que, en el 2000, un empleado del sector rural recibía un 24 por ciento de ingresos menos que lo que recibía en 19949. Mientras que el analfabetismo total es de 7,6 por ciento, en las zonas rurales llega al 15,4. La escolaridad urbana es de 8,4 y la rural sólo del 4,5 (Díaz, 2004). La brecha con la ciudad en términos de inequidad en servicios y oportunidades es una característica estructural que alimenta la dinámica migratoria rural-urbana, especialmente de las y los jóvenes.

Pero la desruralización es fruto, además, de otras dinámicas. El conflicto armado que tiene como escenario privilegiado, aunque no exclusivo, al campo y a sus pobladores, ha provocado el desplazamiento forzado de más de tres millones de personas10 de las cuales, en promedio, el 70 por ciento eran pobladores con vínculo rural, en razón de su empleo, su residencia y la tenencia de tierra. Se calcula que el 55 por ciento del total de desplazados es menor de 18 años. Esta estrategia político-militar de homogeneización de la población para controlar el territorio, que se articula con intereses económicos locales y regionales, los cuales imponen su hegemonía por la vía del terror y la muerte, ha significado más de cuatro millones de hectáreas ‘abandonadas’, de las cuales el 57 por ciento son parcelas de menos de 20 hectáreas (Osorio, 2002).

El conflicto armado tiene a las y los jóvenes como sus principales víctimas y victimarios. Las defunciones por homicidios son mayoritariamente de hombres de menos de 30 años. Una estimación conservadora de los menores de 18 años vinculados a los grupos armados como combatientes menciona la escalofriante cifra de 11.000 personas (Human Rigths Watch. 2003: 6). En su mayoría son hombres, si bien la incorporación de las mujeres es cada vez mayor. El 64 por ciento de los desvinculados de grupos armados hasta el 2003 tenían entre 14 y 24 años, lo cual significa que cerca de 24.000 jóvenes están vinculados a las filas de los grupos ilegales11, de los cuales el 79 por ciento tiene origen rural (Gómez, 2003). El ingreso masivo, en el caso de los paramilitares, incluye tanto labores de inteligencia, como trabajo militar y labores en las fincas de los jefes, algunas de ellas relacionadas con cultivos de coca12. Pero ¿cómo autoperciben esta vinculación las y los jóvenes rurales? Veamos algunas respuestas desde ellas y ellos mismos:

“Hay un elemento que es clásico y eso es intrínseco a ser joven, la juventud es propicia a la acción, a la acción contestataria (…), por eso las FARC son una guerrilla joven, incluso la mayoría de los mandos que conforman la línea de mando de los diferentes frentes, son jóvenes de 20, 22, 25 años, que hayan tenido alguna experiencia dentro de la organización. Además hay otro tema y es que en muchas regiones donde opera el movimiento guerrillero, las posibilidades de los jóvenes son muy pocas. El trabajo esclavizante, la pérdida afectiva, la imposibilidad de tener porvenir, de manera tajante los obliga a asumir una actitud de vinculación al movimiento guerrillero” (Ferro y Uribe, 2002: 72).

“Como la mayoría de muchachas vienen del campo, la muchacha del campo tiene muy poco. Si es de extracción popular, ha tenido muy pocas comodidades. Cuando se viene para acá, el movimiento da todo: comida, ropa, y lo que necesitamos nosotras como mujeres: toallas, protectores. La muchacha que viene del campo no tenía esas cosas y, dentro de nuestro sacrificio, nos da una cierta comodidad, no la tenemos que pagar”… (Ferro y Uribe, 2002: 73).

“Mis hermanos sí fueron al colegio, el único que no estudió fui yo (…) Estuve con la familia hasta los nueve años. Luego comencé a andar con los vecinos que trabajaban la amapola y me llevaban a sembrarla. Les ayudaba y me daban cualquier cosa (…) Un día llegó la guerrilla y comenzó a quemar casas cerca de donde vivíamos nosotros, y uno con miedo. Yo no estaba metido en nada, ni mi familia: simplemente la autodefensa pasaba por el lado de la casa (…) Me tocó meterme en el monte sin camisa y sin zapatos y al día siguiente salí todo arañado. Al otro día me encontré con los vecinos, a los que también habían quemado las casas, y estaban en el tema de las autodefensas. Yo les dije que quería ingresar. Me metí y anduve con ellos de lado a lado: yo tenía once años” (González, 2002: 185-187).

Estas historias reflejan un trasfondo de exclusión que se concreta en la pobreza generalizada, pero también en la violencia intrafamiliar, en donde “las familias descubren que el hijo existe cuando se va de la casa”. La escuela “no les sirve para nada” y al vincularse a grupos armados consideran que “ahora sí conseguimos trabajo”13. En estas circunstancias adversas ¿qué prácticas de acción colectiva están realizando las y los jóvenes en contextos rurales, para asumirse como actores sociales? Veámos varios ejemplos.

Saliendo de la invisibilidad: los jóvenes rurales en tanto actores sociales

A partir de algunos estudios en diferentes regiones del país, es posible poner de relieve experiencias colectivas de jóvenes en contextos rurales, a partir de las cuales se han ido posicionando como actores sociales. Reconocer estas experiencias no significa, sin embargo, ignorar sus procesos intermitentes y frágiles, así como la diversidad de protagonismos, de formalidad, de alcances. Pero es claro que las y los jóvenes están confrontando y asumiendo las condiciones adversas de sus entornos, reconfigurando cotidianamente sus propios territorios y superando las limitaciones de pertenencia marcadas por la edad y por sus propias búsquedas personales.

En el Caquetá, departamento del sur del país, zona de cultivo de coca, cuando se pregunta por los jóvenes en la región, se les asocia fácilmente con los “raspachines”. El nombre se deriva del trabajo: “lo que interesa es quitar la hoja, o sea nosotros estamos es raspando el palo”. Pero tiene una connotación peyorativa. Las marchas cocaleras de septiembre de 1996, de gran resonancia nacional e internacional, propiciaron el protagonismo tanto negativo como positivo de los “raspachines”. En tanto que grupo afectado por la fumigación, estuvo presente en las negociaciones con el gobierno y en ese proceso se redefinió el concepto de raspachín y su diversidad14 dándole un significado más positivo frente al conjunto social e institucional.

Las y los jóvenes raspadores de hoja, alcanzaron a configurar cierta identidad colectiva, de manera rápida, no premeditada, ni con proyecciones, dentro de claros forcejeos con el resto de la sociedad local y nacional. Las marchas cocaleras constituyeron ese espacio en el cual se reconfiguraron identidades positivas en torno al valor, al trabajo, y otras negativas frente a las pedreas, los actos delictivos y los desórdenes. En tanto repertorio de presión al estado, las marchas generaron unas relaciones obligadas de mínima organización coyuntural, representatividad, liderazgos y coordinación, tanto entre los jóvenes, como entre estos y los demás grupos, por un objetivo común. La visibilidad de los raspachines se dio en la medida en que se identificaron como grupo y, a la vez, fueron percibidos como una fuerza presente y actuante, con osadía y capacidad para cosas buenas y malas.

En la misma región, vale la pena mencionar una experiencia colectiva liderada por un joven que decidió retirarse de la cadena del narcotráfico a nivel local. La dinámica funcionó alrededor de una emisora comunitaria que animaba un proceso de encuentro alrededor de la cultura, lo deportivo y la capacitación de jóvenes. Al igual que en otros casos, la visibilidad de los jóvenes por esta vía se constituyó en un puente, no siempre premeditado, para vincularse al Concejo Municipal en representación de los jóvenes del pueblo (Ferro et al., 1999).

Otra dimensión colectiva se encontró entre los raspachines a través de formas de solidaridad entre pares, equivalentes quizá a los parches urbanos. Se trata de grupos de jóvenes que se van consolidando en su paso por los plantes de coca. Este es un espacio de socialización importante, que incluye actividades lúdicas, de información, de protección, de presión frente a los incumplimientos del patrón y de construcción de una jerga. Estos grupos son informales y, con frecuencia, sus miembros tienen algún parentesco (Ferro et al., 1999: 206).

Pasando a otra región, el departamento de Cundinamarca, en el centro del país, una experiencia distinta llama la atención: “Mi papá es campesino, igual que mi mamá (…) Los dos primeros años los estudié en el pueblo…

El tercer grado en la vereda (…) Le tocaba a uno madrugar, muchas veces aguantar hambre, llegaba uno de la escuela a hacer tareas y corra a llevar las vacas (…) Mi papá fue 18 años concejal (…) armaron un movimiento de líderes campesinos (…) y empezaron a trabajar” (Santos, 2003: 119). Con jóvenes procedentes de municipios rurales de quince provincias del departamento, la Red de jóvenes Constructores de Paz de Cundinamarca ha avanzado en un proceso que comienza en 1998. En su génesis estuvo muy relacionado con la Gobernación, pero adquiriendo su propia dinámica, en la cual se han mezclado actividades de tipo formativo, productivo y cultural, de orden local, regional, nacional y también internacional. La oportunidad política del movimiento y la confluencia de intereses con el sector gubernamental, alimentado por los jóvenes “híbridos”, que eran tanto miembros de la Red como funcionarios de la Gobernación, son factores que han permitido un avance sostenido y un protagonismo importante.

Esa misma articulación ha sido fuente de crisis y de rupturas, en la medida en que se han mezclado intereses y compromisos que han menoscabado la autonomía de la Red. Según una muestra, las edades de sus miembros, cuyo número es fluctuante, están entre los 17 y los 38 años, en su mayor parte hombres (73 por ciento), con educación universitaria en un 52 por ciento, y un 42 por ciento de bachillerato. El 55 por ciento provienen de municipios eminentemente rurales, apartados de los grandes centros urbanos. Estas ventajas comparativas que influyen en sus posibilidades le dan un carácter de elite local que ha asumido un compromiso con sus lugares de origen y que en varios casos tiene claras ambiciones de entrar activamente en la política local y regional.

En Colombia es frecuente tropezar con grupos de jóvenes que buscan desarrollar actividades de orden cultural, desde las cuales, y pese a ser vistas como “una pérdida de tiempo”, renuevan espacios de encuentro, dinamizan la vida local y también la transgreden con mayor o menor fuerza. Es el caso de la Asociación de Jóvenes de Arabia, Asojara. Arabia es uno de los corregimientos de Pereira, capital del departamento de Risaralda, en el centro del país, hoy afectado por la crisis cafetera. Es una zona que cuenta con buena presencia institucional y oferta de servicios, de la cual Asojara no ha sido ajena. Desde 1999, la Asociación ha realizado diferentes actividades y ha tenido apoyo de diversas instancias. Así se han hecho desde paseos y celebraciones comunitarias, capacitación en salud, hasta festivales de rock y celebraciones navideñas. Han pasado de ser puente con políticos regionales en las elecciones a plantearse como organización apolítica.

En mayo del 2003 se organizan formalmente con 31 asociados. Su lema es “Juntos trabajamos por el bienestar social de los jóvenes”, aunque algunas de sus actividades van más allá de sí mismos. La existencia de Asojara ha facilitado la intervención de varias entidades que quieren prestar servicios en el corregimiento, lo cual a veces ha saturado la misma organización juvenil. La permanencia y ejercicio de su líder, alrededor del cual funcionan las relaciones institucionales y la continuidad del grupo, han impedido rupturas por la rotación de sus miembros, pero han centralizado las decisiones y orientaciones, lo cual cuestiona su sostenibilidad en el tiempo (Arcila, 2004).

Las experiencias mencionadas, a manera de ejemplo, muestran la iniciativa, voluntad y capacidad de jóvenes rurales para constituirse en actores sociales, a través de acciones colectivas de diverso orden. A través de tales acciones colectivas, entendidas como acciones concertadas para lograr propósitos compartidos, se dinamizan sus relaciones sociales, la distribución del poder, los recursos y las oportunidades con el resto de la sociedad local, y se van redefiniendo identidades compartidas, nuevas maneras de manejar los conflictos, intereses generales y motivaciones particulares.

La relación con el Estado aparece como denominador común en tanto adversario, en términos de Touraine. En ese trasegar marcado por la reivindicación, la gestión de recursos y también la denuncia, se va redefiniendo el ejercicio de la ciudadanía, con ciertas ambigüedades y algunas trampas. Mantener su autonomía y su sentido crítico tiene el precio de romper con las redes clientelistas, que a su vez son sus potenciales mecenas. Pero también, confrontar a las autoridades municipales y dar el salto a un campo político no siempre es posible por el control de actores armados ilegales en la región que los pueden llevar a ser señalados como aliados o contrarios de unos u otros. Por ello, es muy posible que algunos grupos de jóvenes se mantengan en espacios reducidos, con metas muy inmediatas, buscando algún reconocimiento social, pero concentrados en mejorar su calidad de vida dentro de las comunidades microlocales (Madera, 2004).

A manera de cierre

En Colombia, ser joven en el campo pasa por una reafirmación colectiva que les permita posicionarse ante la sociedad local, regional y nacional, más allá de la mirada funcional para el mercado de trabajo, de los límites de la edad y de las connotaciones negativas derivadas de un contexto de guerra creciente. Pese a las múltiples condiciones adversas, o quizá a la par con éstas, jóvenes en diversas zonas rurales reinventan, transgreden y resisten la negación o indiferencia social de que son objeto, y siguen ensayando alternativas individuales y colectivas que les permitan un mayor bienestar. Desde diferentes acciones colectivas, hacen visible su papel en el ámbito político y sociocultural, dan muestras de ir más allá del presente inmediato y de sus propias necesidades, para participar y dinamizar su comunidad. Con el referente identitario de “grupo juvenil”, acompañado por la pertenencia territorial, se va definiendo un “nosotros” desde el cual se intentan varias iniciativas. Algunas más autónomas y otras más influenciadas por las “oportunidades políticas” (Tarrow, 1997), se ven acompañadas con frecuencia por el clientelismo y son tocadas, en mayor o menor grado, por la maraña de intereses y presiones propias de la guerra.

Ser joven exige enfrentarse a la homogenización y funcionalidad de la categoría para buscar ser reconocido en su diversidad de experiencias, intereses, alcances, condicionamientos y prácticas. Factores de diferenciación como el género, los subgrupos de edad, las actividades laborales, su vinculación o no al sector educativo, su situación familiar, las características y dinámicas del territorio rural que habita, así como la pertenencia étnica, entre otros, dan forma y color a ese caleidoscopio que es la juventud rural. En esa diversidad ha jugado el acceso cada vez mayor, pero no masivo, de los jóvenes rurales a nuevas tecnologías en comunicación e información, que aporta en la fluidez y conexión con recursos y aprendizajes de otros espacios rurales y urbanos, nacionales e internacionales. Así mismo, su mayor movilidad rural-urbana ofrece posibilidades que pueden activar, de manera impensada y en diversas direcciones, su papel en los entornos locales.

Redescubrir y posicionar a los jóvenes rurales exige avanzar en la comprensión de su quehacer, sus búsquedas y representaciones. Pero ello es inútil si no va de la mano con una reflexión crítica y una decisión, como sociedad nacional, de redimensionar la importancia del sector rural en el país. El ineludible proceso de reconciliación, que tenemos que construir desde un presente histórico de violencia estructural marcado por la violencia política, pasa de manera sustancial por hacer efectivo el papel de los jóvenes rurales, hombres y mujeres, y de la sociedad rural en su conjunto, en tanto protagonistas del hoy y del mañana. Quizá, por esa vía, encontremos claves para gestar espacios de mayor equidad y pluralismo. Quizá, en esa búsqueda, sea posible romper con los ciclos de exclusión y dominación que acompañan nuestra memoria personal y colectiva.


Citas

1 En Colombia la Constitución Nacional reconoce a los jóvenes como sujetos de derechos en su artículo 45. La ley 375 de 1997 o ley de la Juventud, que desarrolla este artículo, establece que, para los fines pertinentes de participación y derechos sociales, se entiende por joven toda persona entre los 14 y 26 años.

2 El cálculo es hecho con base en un total de población proyectado a 2005 de 45’325.260 y una proporción de una cuarta parte que, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas, DANE, está entre los 14 y 26 años.

3 Categorización hecha por el DANE en 1989 y que identifica 14 categorías con dos grandes grupos: el rural con once categorías y el urbano con tres. Cfr. Fundación Social, 1998.

4 Categorización hecha por el Fondo DRI, en donde uno de los índices empleados para identificar prioridades de inversión fue el índice de ruralidad que es el porcentaje de población rural respecto de la población total. Cfr. Fundación Social, 1998.

5 Recientemente el Banco Mundial afirmó que los “sectores rurales de América Latina y el Caribe en promedio resultan dos veces mayores que el tamaño de las cifras oficiales”. Cfr. Perry y Lederman, 2005.

6 El índice de Gini mide el grado de concentración de la propiedad rural al comparar el porcentaje de área acumulada por un determinado número de propietarios. Cfr. Machado, 1998: 81.

7 Las cifras son muy diversas pues para la misma época, por ejemplo, el Ministerio de Agricultura aseguraba haber un aumento del empleo del 8 por ciento en el 99 y del 3 por ciento en el 2000. Cfr. Contraloría.

8 Que son el 77 por ciento de los jóvenes según Colombia Joven.

9 Cálculos de Lora y Herrera citados por Perfetti, 2004.

10 Cálculos de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento, CODHES, entre 1985 y el 2003.

11 Bajo el cálculo de que hay cerca de 38.000 combatientes. Gómez, 2003.

12 Observación recogida en trabajo de campo en el Bajo Sinú, 1997-2000.

13 Ferro y Uribe retoman estas afirmaciones de un estudio de once casos hecho por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar de Florencia, a partir de la denuncia del reclutamiento de menores en el Caquetá.

14 El Acta de Acuerdo señala tres tipos de jornaleros recolectores de hoja de coca: los de tradición campesina, los de tradición jornalera agraria y los itinerantes o andariegos con distinta vocación. Acta de Acuerdo entre el Gobierno Nacional y los Campesinos e Indígenas marchistas del Departamento del Caquetá. Florencia, septiembre 12 de 1996.


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Vulnerabilización de los jóvenes en Argentina: política y subjetividad

Vulnerabilización da juventude na Argentina: política e subjetividade

Vulnerability of young people in Argentina: politics and subjectivity

Ana M. Fernández*
Mercedes López**


* Profesora titular plenaria e investigadora de la Cátedra Teoría y Técnica de Grupos e Introducción a los Estudios de Género. Directora del Programa de Actualización en el Campo de Problemas de la Subjetividad, Post-Grado Facultad de Psicología, U.B.A. E:mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

** Profesora adjunta e investigadora de la Cátedra Teoría y Técnica de Grupos “I”, Facultad de Psicología, UBA. E-mail: mlopezpsi.uba.ar


Resumen

Se presenta una caracterización de los procesos de vulnerabilización social ocurridos en Argentina –con particular énfasis en la crisis del año 2001– conformados por un conjunto de estrategias biopolíticas que afectaron de maneras específicas a los jóvenes, quienes al no tener inserción en el mercado laboral y con casi nula posibilidad de lograrla, con pocas o frágiles pertenencias institucionales, se constituyeron en una población fragilizada de características específicas.

Palabras clave: vulnerabilización social, juventud, autonomía, subjetividad, nueva pobreza.

Resumo

Apresentase uma caracterização dos processos de vulneravilizaçao social em Argentina, particularmente depois 2001, e seu impato nos jovens. A vulneravilizaçao social inclue estratégias biopoliticas que afetan a os jovens particularmente e os torna fragiles de modos especificos.

Palavras-chave: vulneravilizaçao social, juventude, autonomia, subjetividade, nova pobreza.

Abstract

This paper presents some aspects about processes of social vulnerabilization in Argentine, particularly after 2001, and how they affect young people. Social vulnerabilization includes biopolitic strategies like: fragilized identitary and institutional references, fragilized public and labor codes, and complex subjective processes such as guilt, impoverishment of imagination capabilities and lack of interest in future, which affect youth in a specific ways that make them as a frail population with specific characteristics. It also offers considerations about youth micro-entrepeneurs proyects wich had been reaserched.

Key words: social vulnerability, youth, autonomy, subjectivity, new poverty.


1. Introducción

Los procesos de vulnerabilización social ocurridos en Argentina alcanzaron un particular énfasis a partir de la crisis producida en el año 2001 y afectaron de manera general a las clases medias y bajas de la sociedad. Dichos procesos están conformados por un conjunto de estrategias biopolíticas que incluyen -junto a la precarización económico-laboral, la desafiliación y la crisis de los procesos identificatorios- la producción de complejos procesos subjetivos que afectaron de maneras específicas a los y las jóvenes1. En aquellos pertenecientes a sectores sociales de pocos recursos, el no tener inserción en el mercado laboral y con la casi nula posibilidad de lograrla, con pocas o lábiles pertenencias institucionales, produjeron específicas fragilidades sociales y subjetivas.

La imposibilidad de imaginar proyecto de futuro, de investir sus prácticas cotidianas de sentido de progreso, el desfondamiento de sentido social de proyectos emancipadores, el quiebre de los procesos identificatorios con el pasado de luchas populares produce, particularmente en muchos jóvenes formas existenciales, prácticas de vida de un presente sin brújula. Despojados de la posibilidad de animar esperanzas colectivas, la apatía suele despotencializar su accionar cotidiano. Se componen así modos de subjetivaciones en virtud de los cuales se dejan estar en un presente que no se afirma en anclajes en el pasado ni en proyectos de futuro que pudieran operar como sentido organizador de prácticas, significaciones y pasiones.

Si bien esto es así en términos generales, también puede decirse que junto a los procesos puestos en marcha por las estrategias biopolíticas de vulnerabilización, pueden identificarse prácticas colectivas que, en determinadas condiciones, ciertos jóvenes pueden implementar logrando potenciar sus proyectos; cuando esto es posible, se constata que, pese a las adversidades que atraviesan, pueden investir proyectos colectivos con algunos rasgos de autogestión y generalmente insertos en redes comunitarias2.

En este artículo se presenta la identificación de algunos aspectos vinculados con la vulnerabilización de los jóvenes. Para ello, se incluye un perfil del actual contexto general de crisis social en Argentina, luego se realizan referencias a algunas prácticas y significaciones sociales detectadas y se concluye con la presentación de consideraciones para reflexionar.

2. Tres nociones básicas: vulnerabilización, biopolítica y subjetividad

Para el desarrollo de los temas que se trabajan en este artículo, se apela a algunas nociones cuya presentación se sintetiza en este apartado. El debate actual en las Ciencias Sociales sobre vulnerabilidad social –a partir de los aportes de Robert Castel (1999)– plantea a ésta como un proceso que involucra un recorrido desde la inclusión social hasta la marginalidad profunda y la desafiliación. La vulnerabilidad se encuentra a mitad del mismo y se caracteriza por el acoplamiento de la pérdida del trabajo y el aislamiento relacional. La zona de vulnerabilidad es un espacio social de inestabilidad entre la integración y la exclusión y ocupa una posición estratégica ya que es la vulnerabilidad la que alimenta a la marginalidad.

Por nuestra parte, consideramos más adecuado hablar de procesos de vulnerabilización y no de vulnerabilidad, ya que los mismos son el resultado manifiesto de políticas de vaciamiento de pertenencias comunitario-subjetivas que han sido funcionales al vaciamiento económico y político del Estado y sus instituciones, al quiebre de la sociedad salarial y del patrimonio nacional.

Los procesos de vulnerabilización despliegan estrategias biopolíticas; esta noción, desarrollada por M. Foucault (1978), remite a un conjunto heterogéneo de elementos materiales y simbólicos que operan como poder sobre la vida de las personas, sus cuerpos, emociones, voluntades. Hemos constatado que estas formas de dominio sobre la vida de las poblaciones cuando operan vulnerabilizando, producen no solo desigualdad de oportunidades, desnutrición, desempleo, etc., sino que configuran procesos de destitución subjetiva, particularmente profundos sentimientos de apatía, culpa, paralización de la capacidad de iniciativa y el empobrecimiento de la imaginación en la población afectada. La operación de las estrategias biopolíticas sobre la población, si bien constituye un complejo entramado, el mismo no es invulnerable ni se instala de una vez para siempre. Esta condición de lo histórico social hace que en determinados momentos políticos, particularmente en situaciones de revuelta social, como lo acontecido a partir del 19 y 20 de diciembre del 2001, se puedan crear algunas condiciones de resistencia y/ o transformación.

Así, en otros trabajos (Fernández, López, 2004b) hemos constatado que cuando la población vulnerabilizada sobre la que han operando tales estrategias logró constituir agrupamientos participativos que desarrollaron acciones colectivas –especialmente cuando éstas fueron autogestivas– se produjeron posicionamientos subjetivos de mayor autonomía y simultáneamente el potenciamiento de las funciones que desde la fragilidad del aislamiento individualista se habían debilitado o desdibujado. La noción de subjetividad que se presenta en este trabajo se desmarca de la idea de interioridad psíquica para articular aspectos sociales y psíquicos. Las mutaciones en el ámbito sociohistórico incluyen transformaciones en el modo de percibir y significar al mundo y en las formas de sensibilidad así como en las prácticas sociales, tanto públicas como privadas, produciendo cambios en las prioridades desde las cuales las personas ordenan sus vidas, instalando nuevas producciones de sentido y modificando posicionamientos psíquicos. Estos fenómenos se producen más allá de la conciencia de los actores sociales, enlazando de manera profunda los procesos sociales con las percepciones, los sentimientos, las imágenes y prácticas de sí, constituyéndose en condición de posibilidad para que puedan ser sostenidas tanto las prácticas de la vida cotidiana como las de la vida social (Fernández, 1999).

En tal sentido, puede afirmarse que las estrategias biopolíticas de vulnerabilización en Argentina han producido procesos de destitución subjetiva que en los y las jóvenes producen particulares modos de subjetivación ya que quiebran toda posibilidad de ilusionar futuro, justo en la edad donde se hace necesario proyectar la vida.

3. Breve puntuación de los escenarios actuales

En Argentina, a partir de la década de los ochenta, se han extremado los mecanismos de inequidad en la distribución de bienes materiales y simbólicos. La pobreza no solo se ha incrementado, sino que el surgimiento de “nuevos pobres” (Feijoo, 2001) –clases medias y ex obreros calificados– permite configurar nuevas cartografías sociales que evidencian rupturas de la red de seguridad social, la incertidumbre laboral e institucional, la mutación de los actores sociales históricos y el tipo de relaciones colectivas e individuales, macro y microsociales, donde es difícil imaginar que aquellos que fueron “expulsados” en la crisis de 2001 puedan reposicionarse con mínimas garantías de empleo, seguridad social, etc.

Actualmente, a las históricas pobrezas materiales y simbólicas “de clase” se agregan3 procesos de empobrecimiento materiales, simbólicos y subjetivos que atraviesan a distintos sectores sociales erosionando la base misma de la res-pública.

El estallido de diciembre de 2001 dio lugar a formas de acción colectiva que instalaron prácticas de autogestión (asambleas barriales, fábricas recuperadas, emprendimientos de desocupados). Por su parte, el Estado incrementó sus propuestas asistencialistas que no sólo bajaron el nivel de conflicto social que dicha revuelta había puesto de manifiesto sino que avanzaron en la destrucción de la cultura del trabajo sosteniendo diferentes tipos de subsidios para desempleados. El poder sobrevivir en la mayor precariedad con un subsidio estatal no sólo supone la dificultad de encontrar empleo, sino que éste –cuando se consigue– se desarrolla en condiciones de extrema precariedad contractual y por salarios que en poco difieren con el subsidio estatal. Esta situación ha limado una serie de procesos subjetivos ligados a la dignidad y el orgullo del oficio, la responsabilidad, el esfuerzo, el cumplimiento y la organización de la vida cotidiana en relación con los horarios laborales, el disfrute de los espacios y tiempos del ocio, etc. Ilustra esta situación el hecho de que los padres de un gran número de los jóvenes indagados en la investigación que enmarca este artículo ya no fueron trabajadores formales sino que subsistieron con la asistencia estatal, por lo cual suele denominárselos “hijos de plan”. Con esta expresión se naturaliza la falta de inquietudes de estos jóvenes criados por padres ya expulsados de la sociedad salarial.

Frente a esta situación, el actual gobierno se propuso recuperar algunos criterios autogestivos que los emprendimientos de desocupados y asambleístas habían iniciado, para lo cual habilitó diferentes programas que propician la auto-organización de los emprendedores.

4. El Programa de Emprendimientos Juveniles

La Dirección de la Juventud del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires está desarrollando el Programa de Emprendimientos Autogestivos de Jóvenes, con el que se propone “promover la inclusión social de la población joven a partir del apoyo a emprendimientos que incorporen conceptos de autogestión, solidaridad, economía social y desarrollo local”. La propuesta está dirigida a jóvenes entre 16 y 25 años para que conformen un grupo y que, con el patrocinio de una ONG, presenten un proyecto comunitario productivo4.

Los jóvenes que participan de estos emprendimientos no constituyen un conjunto homogéneo. Se diferencian por sexo, por edad, por situación familiar5; algunos tienen algún tipo de vivienda que los cobija y otros son “jóvenes en situación de calle” o habitan viviendas precarias. Algunos pertenecen a una clase media devenida en “nuevos pobres”, que ha perdido el capital material y simbólico a raíz de la crisis que produjo el neoliberalismo instalado desde hace más de una década. Muchos no sólo no poseen inserción en el mercado laboral formal sino que se encuentran fuera del circuito educativo y sin pertenencias institucionales. Junto a estas precariedades presentan diversas vulnerabilidades tales como problemas de adicciones, posibilidades de contagio de enfermedades de transmisión sexual, desvinculación familiar, conflictos de índole legal como fruto de situaciones delictivas, etc.

También es heterogéneo el conjunto de las ONG capacitadoras (diferentes historias, trayectorias, ideologías, pertenencias partidarias, etc.), todo lo cual generó muy diversas experiencias en la conformación y consolidación de los grupos.

5. Algunas prácticas y significaciones imaginarias sociales que insisten6

Respecto de las prácticas que desplegaron para llevar adelante sus proyectos, pueden identificarse distintas modalidades. Por un lado están los grupos que asistieron a las capacitaciones, que lograron trabajar en equipo e investir el proyecto. Entre ellos van surgiendo significaciones como: “queriendo se puede”, “hay que saber aprovechar lo poco que nos dan”, “está bueno porque conoces gente nueva”, “nuestro proyecto sí funcionó”. Este grupo de significaciones imaginarias sociales (Fernández, López, 2004a) estaría mostrando que frente a la situación de vulnerabilidad social y desamparo, estos grupos de jóvenes presentan disposición para aprovechar los recursos simbólicos y materiales que se les están brindando desde las ONG y las OG para construir su proyecto a partir de estas posibilidades.

Otros grupos desplegaban prácticas en las que se advierte la tendencia a eludir las obligaciones, lo que se expresaba en: llegadas tarde, falta de compromiso con la organización gubernamental, con la organización no gubernamental y con el propio grupo de pares. Prácticas que aparecen ligadas a discursos donde insisten significaciones como por ejemplo: “nos usan”, “nos hacen venir para la foto”, “nos están faltando el respeto”, “estamos desilusionados porque todavía no nos pagaron nada de los viáticos”.

Un tercer grupo lo conformaban los que fingían cumplir; estos grupos hacían todos los “gestos” vinculados con el acatamiento de las pautas del Programa, pero no los sostenían pues sólo les interesaba cobrar los estipendios, de lo cual puede inferirse que significaban su incorporación al proyecto más que como una oportunidad como “un Plan Trabajar para jóvenes”.

La proliferación de comentarios de escepticismo respecto a “lo que se puede esperar del Estado”, respecto a que “prometen y luego no cumplen” y que “siempre es lo mismo, te usan y nada termina funcionando según lo prometido” da cuenta de un imaginario en el cual el Estado no es confiable, promete y frustra, y las acciones que despliega están sobre un trasfondo de intereses partidarios y/o electoralistas.

En ese marco de referencia, este modo de vincularse con este particular tipo de Estado es, en última instancia, una estrategia de supervivencia que consiste en una adaptación formal a los requerimientos de un Estado imaginarizado como proveedor y simultáneamente frustrador, que dice que hace algo que en verdad no hace, y con la cual a su vez dicen que hacen algo que en verdad no hacen como modo de obtener lo que quieren o lo que puedan.

El objetivo final parece ser conseguir lo más que puedan de un Estado que promete oportunidades que luego escatima y ellos parecen no poder ni imaginar que es posible alcanzarlas por otros medios; quizás por eso extreman las conductas de adaptación formal silenciando reclamos o denuncias, aunque implique continuar en el circuito de hierro del clientelismo con otros ropajes.

¿Qué posición subjetiva sostiene estas conductas? Una construida sobre cierto registro de haber sido privados de beneficios a los que tendrían derecho a acceder (trabajo, vida digna, un futuro mejor, seguridad social, vivienda, salud, educación, etc.) y eso mismo es lo que les legitima los “trucos” a los que acuden para conseguir aunque sólo sea algo de todo aquello que se les adeuda. Pero al mismo tiempo los mantiene capturados en una misma lógica clientelar a la que parecen aferrarse y que les impide imaginar otras modalidades que los desmarque de una subjetividad de “ser asistidos” a otra de “autogestionar”.

La detección de estas significaciones imaginarias y prácticas sociales ha permitido la identificación de aspectos que vulnerabilizan aún más a los jóvenes: la fragilización de las referencias identitarias e institucionales, de los códigos público-laborales; la satisfacción en la inmediatez7; la falta de cultura del trabajo; la pérdida de la capacidad imaginante e ilusional necesaria para investir un proyecto y poder sostenerlo en el tiempo. En investigaciones anteriores se habían identificado procesos subjetivos muy similares en jóvenes universitarios.

Se puede señalar que las situaciones de vulnerabilidad social por las que atraviesan los jóvenes no son determinantes frente a la posibilidad de que el proyecto funcione, dado que la situación de extrema pobreza o carencias de los jóvenes, si bien son barreras que deben sortear, no fueron impedimentos en varios grupos para asumir el compromiso con el proyecto emprendido. Muchos de estos déficit parecían fortalecer a algunos grupos, que los enfrentaban con mucha solidaridad, afianzándose aún más sus lazos.

Entre las estrategias desplegadas, a modo de ejemplo, se puede considerar la presencia de madres adolescentes con sus bebés –que es una constante en casi todos los grupos8 – sin embargo, mientras que en algunos se presentaban las necesidades del hijo como un obstáculo para comprometerse con la tarea, en otros grupos el bebé de una compañera era cuidado por los demás integrantes del grupo facilitando el desarrollo de las actividades.

En otros casos se cubrían en los horarios y realizaban una división racional del trabajo con el fin de poder cumplir con tareas laborales por fuera del proyecto, así como con las responsabilidades asignadas en el seno de la familia.

6. Consideraciones para reflexionar

Los procesos de vulnerabilización económico-social implican modalidades de subjetivación específicas en jóvenes y dentro de la banda etaria es necesario diferenciar clases sociales de pertenencia histórica, géneros, zonas de procedencia de sus familias, etc., ya que estas diferencias se expresan en potencialidades diferenciales de resistencia y enfrentamiento de los procesos de exclusión social de los cuales sus posiciones de vulnerabilidad constituyen un riesgoso paso previo.

El corrimiento del Estado como garante no solo ha aumentado las desigualdades sociales y ha desamparado a los más frágiles sino que ha desfondado las prácticas y derechos ciudadanos. Los muy ricos no necesitan ejercer ciudadanía y los muy pobres no tienen posibilidades de ejercerla, creándose condiciones para prácticas de impunidades y violencias de todo tipo pues se vacían los espacios de participación ciudadana quedando habilitados sólo para una élite que podría desenvolverse a su arbitrio, o arbitrariamente. Esta situación ha entretejido complejos entramados de desamparos institucionales y personales, sobre los cuales las poblaciones en estado de precariedad despliegan múltiples estrategias de supervivencia. Como ya se ha dicho, en los últimos años el asistencialismo clientelar ha sido una de las principales fuentes de sostén de estas poblaciones.

Particular circuito donde grandes poblaciones de trabajadores son expropiados de su trabajo, su salario, sus pertenencias identitarias y sus potencias subjetivas, para luego quedar económica, social y subjetivamente dependientes de los aparatos clientelares que el mismo Estado compone para “socorrerlos”.

Los proyectos autogestivos tienen históricamente una genealogía política de linaje libertario, en situaciones instituyentes, posibles en condiciones de democracia directa, horizontalidad y producción de autonomía política y subjetiva, generalmente producida en acciones de resistencia y/o en políticas de desobediencia civil de diverso tipo. En ellos la posibilidad misma de lo autogestivo se produce en el empoderamiento colectivo que sus acciones políticas producen (Fernández, Imaz, Calloway, Ojam, 2005).

Por tanto, es necesario plantear un interrogante: ¿es posible crear condiciones de autogestión desde el Estado? ¿Es posible producir la potencia autogestiva en microemprendimientos que no se encuadran en políticas de resistencia y/o desobediencia civil? Si la cuestión está planteada en estos términos, la respuesta sería sin duda negativa.

Sin embargo, es importante no hacer invisible dicha interrogación; si se deja abierta la pregunta, ésta puede operar no como descalificación sino como tensión (Fernández, Borakievich, Rivera, 2003) que atraviese este tipo de proyectos y puede operar productivamente; de este modo hace posible, por un lado, tener presentes las dificultades y limitaciones sobre las que es necesario operar y, por otro lado, permite ponderar –en el marco de lo que estos proyectos gubernamentales pueden ofrecer– las experiencias que estos jóvenes realizan de investidura libidinal de sus proyectos con otros que quiebran – en situación y momentáneamente– las estrategias biopolíticas de las lógicas capitalistas de producción de soledades.

Permite asimismo considerar que las destituciones subjetivas producidas no se resolverán con otorgar algunos rudimentos de oficios. Estas capacitaciones son condición necesaria, pero no suficiente. Se hace así posible el desafío de crear condiciones de posibilidad que alienten modos de interacción que promuevan potencias imaginantes y de acción a partir de la articulación de saberes y prácticas colectivos, donde estos jóvenes en situación de precariedad realicen experiencias puntuales en grupo que si bien no les permiten salir hoy del circuito material de la supervivencia, puedan afectar a contramano de un destino de expulsión. Puede parecer poco. Sin duda lo es, pero si la experiencia permite a algunos/as de estos jóvenes quebrar la apatía y la desolación, sus emprendimientos habrán sido productivos.


Citas

1 El presente artículo se desarrolla a partir de los primeros hallazgos del proyecto de investigación enmarcado en el área de Urgencia Social de UBACyT (Universidad de Buenos Aires Ciencia y Técnica), “Microemprendimientos autogestivos de jóvenes. Dispositivos de Acción Colectiva frente a la vulnerabilización social”, (UBACyT P705) con la dirección de la Lic. A.M. Fernández, la codirección de la Dra. M. López, y un equipo integrado por Lic. Enrique Ojam, Lic. Xabier Imaz, Lic. Valeria Falleti. Se trabaja con el Programa Emprendimientos Juveniles de la Dirección General de la Juventud del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que agrupa a jóvenes en situación de vulnerabilidad social que residen en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires.

2 Esto ha sido uno de los hallazgos de la investigación “Grupos de vulnerabilidad social: transformaciones en los Imaginarios Sociales y en las prácticas comunitarias. Un estudio en el barrio Balvanera”, UBACyT P047 (Universidad de Buenos Aires Ciencia y Técnica, código P047), con la dirección de Lic. A.M. Fernández.

3 El escenario de pobreza e indigencia ha crecido a proporciones nunca antes alcanzadas en Argentina. Según información del INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), al segundo semestre del 2004 el porcentaje de población pobre asciende a 44,7 por ciento, y la indigencia afecta al 17 por ciento de la población. Más de la mitad de los pobres e indigentes son menores de 22 años, se trata de una infantilización de la pobreza y la indigencia, que se presenta en un escenario en el cual, según los revelamientos censales, se observa un proceso de desaceleración en la reducción de la pobreza y la indigencia.

4 Cada organización puede patrocinar hasta dos proyectos, conteniendo cada uno un mínimo de cinco y un máximo de diez beneficiarios. Los beneficiarios del Programa que hayan cumplido con un mínimo del 75 por ciento de asistencia a actividades de capacitación en temáticas vinculadas con trabajo, emprendimientos, y también capacitaciones específicas referidas al área de trabajo del Proyecto, reciben una beca individual –con evaluación grupal– para cada uno de los integrantes. Se informa que la beca se asigna mensualmente durante los cuatro meses que dura la capacitación y 200 pesos al finalizar el programa.

5 Hay madres adolescentes solas y otras con alguna contención familiar; jóvenes en general con grupo familiar que contiene y/u opera como punto de referencia y otros que no cuentan con esto; jóvenes que comparten la responsabilidad del sostén familiar y otros que son los únicos a cargo.

6 Este apartado se redacta en base a un escrito anterior. A.M. Fernández, M. López, E. Ojam, X. Imaz, “Microemprendimientos juveniles: modalidades de relación de los jóvenes con las OG y las ONG”. XII Jornadas de Investigación, Facultad de Psicología, UBA., 2005.

7 Significaciones con estas características fueron halladas en una investigación previa “Imaginarios Estudiantiles. Producciones del Imaginario Social en la Facultad de Psicología, UBA” (TP016) en alumnos de la Facultad de Psicología. Ver A.M. Fernández, y M. López, “Imaginarios Estudiantiles”, en: A.M. Fernández y Col., Instituciones Estalladas, Buenos Aires, Eudeba, 1999.

8 Al respecto es revelador el Índice de Vulnerabilidad Juvenil elaborado por la Fundación SEADE de San Pablo que ha considerado para su diseño como elementos diferenciales por género: la tasa de mortalidad por homicidio en los varones y el porcentual de madres adolescentes – de 14 a 17 años– en las mujeres.


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García Márquez: taumaturgo de la realidad cotidiana

García Márquez: taumaturgo da realidade cotidiana

García Márquez: thaumaturge of everyday reality

Piedad Bonnet*


* Escritora colombiana. Profesora de la Universidad de los Andes desde 1981. Autora de seis libros de poemas, de dos novelas publicadas bajo el sello Alfaguara, de un libro de entrevistas a escritores y de cuatro obras de teatro. Ganadora del Premio Nacional de Poesía, Colcultura 1994, con su libro El hilo de los días. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

Este escrito se constituye en un viaje por la obra de Gabriel García Márquez: desde Isabel viendo llover en Macondo hasta Historia de mis putas tristes; desde Aracataca hasta México y Estocolmo. Su capacidad innata para ver, crear y narrar historias; su pasión por la poesía, y el ejercicio periodístico, entre otras, hicieron de Gabo un escritor especial que encontró en el realismo mágico una forma muy particular de hacer literatura.

Palabras clave: Vocación literaria, realismo mágico, narrativa, obra maestra.

Resumo

Este escrito constitui uma viagem pela obra de Gabriel García Márquez: desde Isabel vendo chover em Macondo até História de minhas putas tristes; desde Aracataca para o México e Estocolmo. A capacidade inata dele para ver, criar e narrar histórias; a paixão dele pela poesia, e o exercício jornalístico, entre outras, fizeram de Gabo um escritor especial que achou no realismo mágico uma forma muito particular de fazer literatura.

Palavras-chaves: Vocação literária, realismo mágico, narrativa, obra-prima.

Absract

This article constitutes a journey through the works of Gabriel García Márquez: from Monologue of Isabel watching it Rain in Macondo to Memories of my Melancholy Whores; from Aracataca to Mexico and Stockholm. His innate capacity to see, create, and narrate his stories; his passion for poetry, and the journalistic practice, among others, made Gabo a special writer who found in the magical realism a very particular way of doing literature.

Key words: literary vocation, magical realism, narrative, master work.


Gabriel García Márquez ha defendido siempre la relación del escritor con su realidad, y ha abominado de la fantasía, a la que distingue de la imaginación: mientras a la primera la llama “infundio” y la acusa de poseer dudoso gusto, a la segunda la considera “una facultad especial que tienen los artistas para crear una realidad nueva a partir de la realidad en que viven”. (García Márquez, 1979: 4). Por eso no debe extrañarnos que diga que Cien años de soledad, esa novela que para sus lectores es ante todo una recreación mítica de la historia latinoamericana, es tan sólo la recuperación de sus años de infancia; y que asegure que desde que escribió la primera línea de su primer cuento lo que estaba pensando hacer era narrar la saga de los Buendía, que de alguna manera le permitiría exorcizar sus fantasmas más íntimos y antiguos. Según le confesó a Mario Vargas Llosa, al quedarle grande esta gigantesca tarea a sus inexpertos veinte años, debió resignarse a ir dándole forma paulatina a sus obsesiones, sacándolas a flote en textos que fueron prefigurando el mundo de ambición totalizante que es Cien años de soledad.

En Vivir para contarla, ese intento de reconstrucción autobiográfica que parte de que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”(García Márquez, 2002: 7) el escritor nos narra su regreso a Aracataca el sábado 18 de febrero de 1950, en compañía de su madre, para vender la casa de sus abuelos; allí leemos que al bajarse del tren recorrieron las calles bajo el calor de la canícula hasta que, por una decisión inesperada de la madre, se dirigieron a la casa del doctor Alfredo Barboza, donde su mujer, Adriana Berdugo, cosía en su máquina Doméstic. El encuentro es descrito de la siguiente manera:

Adriana (…) se levantó de un salto con los brazos abiertos y un gemido:
-¡Ay, comadre!
Mi madre estaba ya detrás del mostrador, y sin decirse nada más se abrazaron a llorar. Yo permanecí mirándolas desde fuera del mostrador, sin saber qué hacer, estremecido por la certidumbre de que aquel largo abrazo de lágrimas calladas era algo irreparable que estaba ocurriendo para siempre en mi propia vida (García Márquez, 2002: 34-35).

Ese “algo irreparable” al que el autor se refiere equivale, sin duda, a una revelación, a una epifanía de enormes consecuencias literarias; García Márquez descubre detrás de la escena que presencia una historia de brillo y decadencia que él está obligado a contar, para que sea la literatura la que despida un mundo que se va para siempre, con sus costumbres feudales y sus viejos códigos de honor.

En la vieja casa que ahora venían a vender había nacido Gabriel el 6 de marzo de 1928, y allí lo criaron don Nicolás y doña Tranquilina, sus abuelos, los cuales asumieron su crianza cuando los padres, Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, debieron regresar a Riohacha, donde el telegrafista de Aracataca tenía un empleo.

Una de las primeras obsesiones literarias de García Márquez fue precisamente esa casa, plagada de fantasmas, la misma que recrea por primera vez en Isabel viendo llover en Macondo (1955), más tarde en La hojarasca (novela que inicialmente se titulaba La casa) y por supuesto en el centro mismo de Cien años de soledad, comandada por la severa disciplina de Úrsula Iguarán. Y, de manera hiperbólica, pero también representada como eje de un mundo que gira en torno a ella, es la casa de Los funerales de la Mama Grande y el palacio presidencial, caótico y laberíntico del Otoño del patriarca.

Las cosas extraordinarias que en ella pasaban le sugieren a García Márquez, si hemos de creerle a su testimonio, el tono maravilloso de algunas de sus ficciones posteriores:

Yo tenía una tía…Era una mujer muy activa; estaba todo el día haciendo cosas en esa casa y una vez se sentó a tejer una mortaja; entonces yo le pregunté: “¿Por qué estás haciendo una mortaja?” “Hijo, porque me voy a morir”, respondió. Tejió su mortaja y cuando la terminó se acostó y se murió. Y la amortajaron con su mortaja.
(…) Cada vez que había algo que nadie entendía, iban a la casa y preguntaban, y, generalmente, esta señora, esta tía, tenía siempre la respuesta. A mí lo que me encantaba era la naturalidad con que resolvía estas cosas. Volviendo a la muchacha del huevo, le dijo: “Mire usted, ¿por qué este huevo tiene una protuberancia? Entonces ella lo miró y dijo: “Ah, porque es un huevo de basilisco. Prendan una hoguera en el patio”. Prendieron la hoguera y quemaron el huevo con gran naturalidad. Esa naturalidad, creo que me dio a mí la clave de “Cien años de soledad”, donde se cuentan las cosas más espantosas, las cosas más extraordinarias con la misma cara de palo con que esta tía dijo que quemaran en el patio un huevo de basilisco, que jamás supe lo que era (Vargas Llosa, 1971: 23-24).

Pero además de las claves que le daba la experiencia, los libros ya le habían hecho sus propias revelaciones. Había descubierto su vocación literaria en el Liceo Nacional de Zipaquirá, la fría ciudad de montaña a la que fue a parar después de ganarse una beca para estudiar interno: un buen profesor de literatura, el natural aislamiento del internado y posiblemente la tristeza por estar lejos de su cielo caribe desarrollaron en él una vocación de lector que ya se había manifestado anteriormente, en sus tiempos de estudiante en Barranquilla, y que se convertiría pronto en un deseo de hacerse él mismo escritor. En entrevista a Manuel Pereiro, García Márquez confiesa que su primera pasión fue la poesía:

Yo empecé a interesarme por la literatura a través de la poesía. Pero te digo más: a través de la mala poesía. No puedes llegar a Rimbaud, a Valery, sino por Núñez de Arce y por toda la poesía lacrimógena que le gusta a uno en el bachillerato cuando está enamorado. Esa es la trampa, la carnada que te agarra para siempre a la literatura. Por eso soy un gran admirador de la mala poesía (Pereiro, 1979, en Rentería, 1979: 207).

A esa pasión no iba a renunciar jamás, aunque después de aquellos poemas de corte piedracielista que escribiera en su primera juventud, no volviera a escribir poesía. El libro crucial, sin embargo, el que desató su vocación de narrador empedernido, fue La metamorfosis de Kafka. García Márquez ha repetido la historia de ese asombro:

Fue en 1947… Tenía 19 años… Estaba haciendo primer año de Derecho… Recuerdo la primera frase, dice exactamente así: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontrose en su cama transformado en un monstruoso insecto”. ¡…Coño! Cuando leí eso me dije: ¡Pero así no vale!… ¡Nadie me había dicho que eso se podía hacer!… Porque si esto se puede hacer… ¡Entonces yo puedo!… ¡Coño!… Así narraba mi abuela… Las cosas más insólitas con la mayor naturalidad (Rentería, 1979: 161).

“Nadie me había dicho que eso se podía hacer”: con el autor checo García Márquez comprendió en forma temprana, y de una vez para siempre, que, para decirlo en palabras de Roland Barthes, “el ser de la literatura no es nada más que su técnica” (Barthes, 1973: 169). Por eso se dedica, en los años posteriores, además de leer, a “desmontar” mentalmente las obras de sus maestros, que fueron primero los clásicos griegos y españoles, y más tarde, ya en sus años universitarios, Hemingway, Faulkner, Joyce y Woolf. Muchas veces se le ha oído hablar de la literatura como algo más que una afición o una pasión: : “Escribir es un oficio, y un oficio difícil que exige disciplina y mucha concentración (…) Siempre que aprenda el oficio, el que sabe contar un cuento será escritor y el otro, aunque haga un gran esfuerzo, no lo será nunca” (Elnadi, 1996: 4).

A sus veintidós años, sin embargo, en los tiempos de aquel viaje a Aracataca, Gabriel García Márquez no solamente tenía totalmente claro que quería ser escritor sino que ya se desempeñaba cabalmente como periodista y había publicado algunos cuentos en El Espectador.

La explosión de violencia que se desató el 9 de abril de 1948 a raíz del asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán, que tantos estragos trajo a la nación, fue en realidad un golpe de suerte para García Márquez, que, huyéndole a su verdadero destino, estudiaba leyes en la Universidad Nacional en Bogotá. Quemada su pensión, cerrada la Universidad, no tuvo más remedio que emigrar a Cartagena, donde intentó seguir sus estudios a la vez que fungía de periodista en El Universal, un periódico recién fundado. Bajo la tutela del veterano periodista Clemente Manuel Zabala, y gracias a la amistad de los escritores Héctor Rojas Herazo, Gustavo Ibarra Merlano y Óscar y Ramiro de la Espriella, García Márquez se sumerge en un mundo de lecturas y descubrimientos, que se van a ampliar y a profundizar cuando dos años después emigra a Barranquilla, donde hace parte de lo que se llamará el grupo de La Cueva, y donde escribe su famosa columna “La Jirafa” en el diario El Heraldo.

El periodista de aquel entonces es un joven que poco a poco vence la tentación de los acentos líricos pero que está anclado esencialmente a la literatura. En sus columnas, manejadas con total libertad, se especializa en ver los ribetes de absurdo de muchas noticias internacionales, se ocupa de cosas curiosas en el ámbito local, desarrolla personajes –como el de la Marquesa, que le proporcionó material y diversión durante muchas semanas– hace semblanzas de escritores y personajes internacionales y hasta incluye capítulos de sus novelas en proceso. Se revela, ante todo, como lo que ha sido siempre: un gran fabulador, un hombre con capacidad de hacer crecer las anécdotas, de convertir en peripecia la acción más insignificante.

En septiembre de 1951 conoce a Álvaro Mutis, y la fascinación es mutua. Tanto, que en 1954 el poeta lo va a convencer de regresar a vivir en Bogotá, donde le ayuda a conseguir un trabajo como reportero en El Espectador.

No hay duda de que el ejercicio periodístico, unido al conocimiento de la obra de Hemingway, de cuyas enseñanzas dice –sin embargo– que tienen un mero carácter técnico, le dio a García Márquez las claves para desarrollar el estilo escueto, preciso, de gran economía verbal, de El coronel no tiene quien le escriba, su segunda novela, la cual inaugura una de las vertientes estilísticas del narrador, la de un neo-realismo que también le debe mucho al cine italiano, una de sus grandes pasiones; dentro de los textos que optaron por esta sobriedad del lenguaje, se pueden incluir obras de muy distintas épocas: algunos cuentos como La siesta del martes y En este pueblo no hay ladrones, y novelas como Crónica de una muerte anunciada o El general en su laberinto. La otra gran vertiente es prácticamente su antítesis: la de la prosa exuberante y volcánica, de rica adjetivación y tendencia metafórica, a menudo casi barroca, propia de las obras que se han clasificado bajo el nombre de realismo mágico, estilo que despliega en su forma más evidente en Cien años de soledad y El otoño del patriarca.

Pero, ¿qué recorrido debió hacer García Márquez para llegar a ese momento de genialidad literaria que es Cien años de soledad, después del cual todavía su más alto aliento ha producido tres o cuatro obras maestras? El joven escritor que en 1955 publica su primera novela, La hojarasca, se arriesga valientemente a lo experimental. En ella podemos ver ya el manejo de ciertos recursos que el autor llevará hasta sus últimas consecuencias en novelas posteriores. Uno de ellos consiste en iniciar el relato con una muerte, a partir de la cual, y por medio del flashback, la historia se estructura: es el esquema al que se ajustan también Los funerales de la Mama Grande, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, y de manera relativa, en la medida en que el fusilamiento del Coronel Aureliano Buendía es ficticio, Cien años de soledad. El otro recurso, que en algunas de sus ficciones se origina en uno de los más vivos intereses de García Márquez, el que siempre ha tenido por la versión popular y colectiva de los hechos, es el del pluriperspectivismo: La hojarasca, aunque narrada desde una visión aristocrática del mundo, se estructura sobre tres monólogos, el del Coronel, el de Isabel y el niño. Como si fuera un rompecabezas, la historia se va armando a medida que los personajes evocan un pasado más remoto o más cercano según la edad de los protagonistas. Lo que el lector tendrá al final en sus manos será la suma de las distintas versiones de los personajes, llena de fisuras, de silencios, de contradicciones. Años después el escritor llevará este recurso al paroxismo en El otoño del patriarca, donde un narrador plural cede una y otra vez la narración a las voces individuales, reconstruyendo así, a través de la memoria colectiva, siempre contradictoria e inestable, la figura mítica del dictador; y, de otra manera, también usará la perspectiva múltiple a la hora de reconstruir el crimen de Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada.

Es sabido que la obra de un escritor se constituye a partir de unas cuantas obsesiones. Algunas de estas, constituidas en temas claves en la narrativa de García Márquez, aparecen ya en La hojarasca, con todas sus implicaciones: el de la imposibilidad de rescatar la verdad en razón de la fragilidad de la memoria, el de la realidad como una construcción del lenguaje, y el de un mundo de valores que desaparece arrasado por la fuerza nefasta de la modernidad, planteamiento que lo emparentará con Cervantes, con cuyo mundo quijotesco la obra de García Márquez tiene más de una convergencia.

La hojarasca, una novela imperfecta, con defectos de principiante, pero ambiciosa y bien construida, alcanza momentos de verdadera poesía; en ella el realismo está atravesado por ciertos hechos extraordinarios, que, aunque sin mayor desarrollo, parecieran anunciar lo mágico de obras posteriores, e incluye un personaje tan extraño y extravagante, que casi podría decirse que es de estirpe maravillosa: el médico francés de ojos amarillos que come hierba como los burros. Como se sabe, Guillermo de Torre, quien trabajaba para la Editorial Losada, no sólo se negó a publicar esta primera novela sino que le aconsejó a su autor que se dedicara a otro oficio, y éste debió esperar con paciencia su publicación en Colombia. Para que sus lectores la leyeran masivamente se necesitó, sin embargo, que llegara el éxito avasallante de Cien años de soledad.

En julio de 1955 Gabriel García Márquez viaja a Ginebra, como corresponsal de El Espectador, luego va a Roma y finalmente a París, donde llega en invierno. En su cabeza rondaba ya “la historia de los pasquines”, un hecho sucedido en Sucre, el pueblo donde vivieron sus padres, que se convirtió más adelante en La mala hora. Sin embargo –según cuenta a sus entrevistadores– uno de los personajes de esta novela empezó por esos días a tomar una importancia inusitada: “un viejo coronel, veterano de la guerra civil, que espera eternamente una jubilación, que soporta la miseria con dignidad y que ha heredado un gallo de lidia de su hijo asesinado” (Vargas Llosa, 1971: 47). Gabriel García Márquez ha dicho que ésta, la historia de El coronel no tiene quien le escriba, surgió de una imagen que vio recurrentemente en Barranquilla: la de un hombre que pareciera esperar algo en el muelle, junto al mercado. Una vez decidido por esta historia –la de los pasquines deberá esperar todavía– el escritor toma entonces una decisión fundamental: abandonar el estilo que se inclinaba por lo maravilloso, y escribir una novela con una prosa enteramente realista, de una parquedad casi cortante, deliberadamente pobre y austera. En 1971, en entrevista con Ernesto González Bermejo en la revista Triunfo de Madrid explica así su decisión:

Yo entonces tenía veintidós o veintitrés años, había escrito La hojarasca, tenía en la cabeza la nebulosa de Cien años de soledad y me dije: “Cómo voy a seguir trabajando con ese terreno mítico y con este tratamiento que estamos viviendo. (Sic) Parece una evasión”. Fue una decisión política, equivocada, creo ahora (González, 1971, en Rentería, 1979: 53).

No lo fue, por supuesto, a pesar de que así lo pensara el escritor en algún momento. Más tarde el mismo García Márquez diría de El coronel no tiene quien le escriba –novela que escribió nueve veces– que es la menos vulnerable de sus obras. Y la crítica, universalmente, la ha considerado una obra maestra. En esta novela aparece ya, de forma más desarrollada, un tema que emparenta la literatura de García Márquez con uno de los aspectos de El Quijote: el de la desaparición de un mundo de valores que viene a ser reemplazado por una mentalidad pragmática, de gran chatedad espiritual. Así como Don Quijote encarna un mundo de ideales de justicia, hidalguía, valor y caballerosidad y va tropezando con la pedestre realidad, donde sólo abunda lo mezquino y lo vulgar, así el Coronel hace gala de una dignidad y una elegancia que contrasta con la ramplonería manifiesta de personajes como Don Sabas o el alcalde. Mario Vargas Llosa interpreta de la siguiente manera el corazón mismo de esta novela:

El conflicto dramático del relato nace de una contradicción que se mantiene de principio a fin: esta concepción idealista-optimista de la vida que es el principio rector de la conducta del héroe, es desmentida constantemente por la realidad objetiva, que, en todos los momentos de la narración, aparece negando con brutalidad ese optimismo (Vargas Llosa, 1971: 321).

Son muy conocidas ya las penalidades que sufrió García Márquez en sus días parisinos: hambre y estrechez rodearon la escritura de El coronel no tiene quien le escriba. En medio de las dificultades, sin embargo, su vocación no sólo no sufrió ningún tropiezo, sino que se afianzó de manera irrevocable: lo único que lo motivaba era escribir. Por tanto, el viaje que emprendió con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza por los países socialistas sólo podía terminar de una manera: como una serie de crónicas que se publicaron en 1959 tanto en la revista Cromos de Bogotá como en la revista Élite de Venezuela. Aunque ciertos aspectos de los países que visitó lo desencantaron de la cotidianidad en el socialismo, sus convicciones de hombre de izquierda no se resquebrajaron. Por el contrario, iban a recibir, como en el caso de tantos intelectuales latinoamericanos, un notable impulso con el triunfo de la revolución cubana. Londres y Caracas fueron sus dos destinos antes de llegar otra vez a Colombia, en febrero de 1959, para trabajar en Prensa Latina, la agencia de la revolución cubana. Y es en Colombia donde escribe el texto que, a mi modo de ver, es el embrión no sólo de Cien años de soledad, sino de esa inmensa novela que es El otoño del patriarca: Los funerales de la Mama Grande.

Este relato, publicado en 1962, en Xalapa, México, tiene como personaje a un ser más simbólico que real, una mujer virgen que ha reinado “en olor de santidad” durante noventa y dos años, y que encarna todos los vicios no sólo del régimen señorial colombiano sino las elites de las sociedades latinoamericanas modernizadas a medias, que siguen manejando, aún hoy en día, un régimen de castas que imponen sus privilegios a las mayorías. En Los funerales de la Mama Grande García Márquez apela a la oralidad del discurso, con lo cual nos remite tácitamente a la plaza pública, donde pareciera ubicarse el orador convocante, el mismo que comienza diciendo: “Esta es, incrédulos del mundo entero, la verdadera historia de la Mama Grande”, y que equivale, aunque con matices, al pregonero de Blacamán el bueno vendedor de milagros, y al narrador plural de El otoño del patriarca. La hipérbole es en Los funerales de la Mama Grande el recurso por excelencia, de modo que por esa vía el lector hace el tránsito de lo real a lo maravilloso: así, este universo de realidades desmesuradas termina por ser un universo mítico, el cual García Márquez va a explicar –siguiendo los postulados sobre lo real maravilloso de Alejo Carpentier–, como enteramente propio, ya no de Latinoamérica, como proponía el cubano, sino del Caribe:

La llamada literatura mágica de América Latina, que es tal vez la literatura más realista del mundo, está circunscrita a un área cultural muy concreta, el Caribe y Brasil. Se piensa que su carga mágica se debe al elemento negro. Pero en realidad es anterior. La primera obra maestra de la literatura mágica es el “Diario de Cristóbal Colón”. (…) Porque allí se habla de plantas fabulosas, animales mitológicos y seres con poderes sobrenaturales que no podían haber existido. (Suárez, 1978, en Rentería, 1979: 196).

Los funerales de la Mama Grande es, como decíamos, por su estilo hiperbólico, por la catarata de su prosa y la desmesura de su personaje, el embrión de Cien años de soledad, la novela que consagra a García Márquez como uno de los escritores más importantes de la lengua castellana del siglo XX, y de una obra posterior, que recoge todos los elementos del breve relato y los lleva hasta sus últimas consecuencias: El otoño del patriarca.

Casi contemporánea de Los funerales de la Mama Grande es La mala hora, Premio ESSO de novela en 1961, obrita menor en el conjunto de la producción de García Márquez, pero de la cual habría qué decir, si de analizar su proceso de creación se trata, que incluye un elemento muy interesante en medio del realismo escueto que la caracteriza: el misterio del origen de los pasquines queda, no sólo irresuelto, sino que se sugiere que es producto de “fuerzas extrañas”, casi de orden sobrenatural. Con lo cual se revela también aquí el interés del escritor por explorar formas de narración que lindan con lo maravilloso.

En 1961 García Márquez, quien se había ido a México con Mercedes Barcha, su mujer, y su hijo Rodrigo, según él mismo con veinte dólares en el bolsillo y la idea obsesiva de hacer cine, hace incursiones en este arte, no del todo afortunadas: su primera realización fue el guión de El gallo de oro, un cuento de Rulfo, que según él “tenía un problema: que los diálogos estaban en colombiano y no en mexicano” (Torres, 1969, en Rentería, 1979: 47), por lo cual se asoció en su ejecución con Carlos Fuentes. El resultado fue una película de corte comercial dirigida por Ricardo Gabaldón, cuyo enfoque dejó altamente descontentos a los dos escritores. Después de esa primera incursión vendió al cine los derechos de El coronel no tiene quien le escriba, pero tampoco esta vez hubo logros: según el mismo autor, nunca se consiguió una “estrella” que lograra darle vida al personaje sin caer en concesiones de tipo comercial. Un tercer intento resultó mejor. Así lo cuenta García Márquez:

… ya yo había logrado mi sueño de entrar en el cine y mi próximo trabajo fue directamente un guión cinematográfico basado en una historia original: “Tiempo de morir”. La idea se me ocurrió un día que volvía a casa y descubrí al portero, un antiguo matón, que tejía un sweater y me dije: ahí hay una historia…y cinematográfica. Esta película sí la realizó un director joven, Arturo R. Ripstein, que sólo tenía veintiún años cuando la hizo. (…) Arturo demostró con la película que es un excelente director, pero jodido porque está completamente metido en el sistema. De todas maneras la película tiene momentos preciosos. (Torres, 1969, en Rentería, 1979: 46).

Ya para ese entonces Cien años de soledad había tomado fuerza suficiente en su cabeza. Parece ser que, como en El coronel no tiene quien le escriba, la novela nació también de una imagen, la de un viejo llevando a un niño a conocer el hielo. Ese niño era él y el viejo su abuelo, que alguna vez lo llevó al circo a conocer un dromedario. Cuenta el escritor que iba con su familia para Acapulco cuando de pronto sintió que tenía la novela resuelta en sus problemas esenciales: tono, estructura, principio y fin, y que dio media vuelta y se devolvió a su casa, donde iba a encerrarse durante meses mientras Mercedes Barcha se hacía cargo de las finanzas y pedía crédito una y otra vez en la tienda. El resultado de aquel encierro delirante fue una novela de ambición desmesurada, construida como parodia del mundo bíblico –con su génesis y su Apocalipsis, su diluvio propio y la ascensión de una virgen– que no es otra cosa que una transposición poética del proceso histórico de Colombia y Latinoamérica a partir de la vida en una aldea del Caribe: Macondo.

En Cien años de soledad la destreza narrativa de García Márquez logra sostener, sin que jamás se enreden los hilos, un entramado de numerosas historias personales que va dibujando un destino social, colectivo, sintetizado en la estirpe. Los personajes reúnen aquí la doble condición de seres de carne y hueso, singulares y reconocibles, y de arquetipos humanos: José Arcadio, el padre, es el gran soñador, el adelantado de su tiempo, que sumergido en el poder pierde todo sentido de la realidad; Úrsula es la Gran Madre, la Mujer, tal y como la concibe García Márquez, dueña del sentido común que sostiene las riendas de la casa; el Coronel Aureliano es el gran soñador pero también el gran derrotado, a quien hasta el intento de suicidio le resulta fallido; Rebeca, “la del corazón desaforado”, alguien capaz de desafiar la prohibición social sólo por amor, aunque el precio sea el marginamiento y la soledad; Amaranta, la solterona que hace de su virginidad un baluarte para ocultar sus miedos; Fernanda del Carpio, la “cachaca”, la bogotana de origen aristocrático, sometida a un código de formas, a las tradiciones, a la mojigatería…En fin: García Márquez crea un mundo de seres extravagantes a través de los cuales se nos narra la historia de una aldea que, sacudida por los vientos de la modernidad, deja atrás el paraíso para hundirse cada vez más en la violencia, la enajenación y el deterioro.

Cien años de soledad es, entre otras muchas cosas, una novela política. García Márquez, quien ha dicho que “mientras vivamos en el mundo en que vivimos, es un crimen no tener una participación política activa” (Triunfo, 1976, en Rentería, 1979: 138), encontró una manera de hacer literatura sin caer en el panfleto ni el llamado realismo socialista, que tantos estragos hizo en literatura y en arte. La salida fue, como ya se dijo, una transfiguración poética de la realidad, en la que básicamente se asume la narración desde el pensamiento mágico que el escritor considera como fundamental en la cultura latinoamericana. De modo que su famoso “realismo mágico” (o maravilloso) no es sino una manera de narrar los hechos de América Latina, no a partir de una lógica racional –a menudo, y a manera de boutade García Márquez se mofa de la razón, de la que dijo alguna vez con acento humorístico que es algo “superfluo e incómodo”– (García Márquez, 1983: 564) sino de otra, la que impera – según él– en un mundo periférico que se sigue sustrayendo al pensamiento logocéntrico de Occidente a través de formas mágicas y míticas. Aunque en la novela el trazo de este destino colectivo pareciera ser lineal –desarrollo, auge y caída de una civilización–, en realidad es circular, como tantas veces ya lo ha señalado la crítica: tiempo del eterno retorno, tiempo cíclico del mito que daría, eternamente, vueltas en redondo, si no fuera porque un final alegórico, apocalíptico, termina planteando que “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. “Más que un lugar en el mundo, (Macondo) es un estado de ánimo”, ha dicho el escritor (Mendoza, 1982: 80), quien también propone que la soledad en sus libros no es sino una manera de nombrar la falta de solidaridad.

Cuando por fin termino esa novela –cuenta García Márquez al corresponsal de Prensa Latina en 1976– ya presillada, arregladita (…) nos fuimos Mercedes y yo hasta el correo a enviársela al editor, que estaba en la Argentina… Íbamos contentos y felices (Mercedes nunca lee los originales, dice que prefiere leer las novelas o los cuentos cuando ya están impresos) y allí pesan el fajo y nos dicen: “Son ochenta y dos pesos” (Vivíamos en México) y los empezamos a buscar por todos los bolsillos. Al fin pudimos reunir cincuenta pesos: “Bueno, ¿qué hacemos?” y ella me dice: “Mira, enviamos la mitad y enseguidita pedimos prestado o vendemos algo”. Y así lo hicimos: dividimos los originales y los enviamos. Mercedes, durante ese período de venderlo todo, empeñarlo todo, vivir de los amigos, había defendido sus dos o tres últimas posiciones militares: el calentador, que me servía para escribir en las noches heladas de Ciudad de México; una batidora con la que preparaba los alimentos a los niños y un secador de pelo. Entonces nos fuimos hasta la casa, empeñamos todo eso (por lo cual nos dieron nada más que cincuenta pesos) y nos fuimos hasta el correo a enviar el resto. Cuando salimos, con una sensación de paz, esperanza, seguridad e inseguridad, Mercedes me dice: “Oye, Gabo, ahora lo único que falta es que esa novela sea mala” (Triunfo, 1976, en Rentería, 1979: 136).

Publicado Cien años de soledad viene la avalancha del éxito, y con él no sólo el mejoramiento de las condiciones económicas de García Márquez sino una ampliación jamás soñada del número de sus lectores. Pero también la pérdida de la privacidad y del dominio total sobre su tiempo: “(…) El éxito –le dice a Plinio Apuleyo Mendoza– no se lo deseo a nadie. Le sucede a uno lo que a los alpinistas, que se matan por llegar a la cumbre y cuando llegan, ¿qué hacen? Bajar, o tratar de bajar discretamente, con la mayor dignidad posible” (Mendoza, 1982: 26).

Pero García Márquez no estaba dispuesto a descender conscientemente de la cima a la que había llegado. La tarea que asumió enseguida fue infinitamente más ambiciosa que la escritura de Cien años de soledad: narrar los últimos años, extraviados y decrépitos, de un dictador latinoamericano con una edad indefinida entre los 107 y los 232 años, que se ha perpetuado en el poder no sólo porque ha echado mano de todo tipo de artilugios y perversidades sino porque, como muchos años antes ocurriera en Los funerales de la Mama Grande, a nadie se le había ocurrido que fuera mortal o que el mundo pudiera seguir su curso sin él. Con una linealidad argumental exigua, la novela recrea el vértigo de un tiempo mítico donde todo tiende fatalmente a repetirse, y donde la imagen del dictador se difumina en medio de las más diversas versiones, pues la memoria de siglos se contradice y la versión oficial se vale de la mentira para desvanecer toda sospecha de tiranía y violencia. Todo esto lo lleva a cabo García Márquez a través de una prosa perifrástica, metafórica, caudalosa –donde el punto casi resulta abolido– cuyo resultado es un texto poético que termina en “…un diluvio barroco de imágenes que encuentra su fuerza en su derroche, en su total libertad” (Oviedo,1981: 180).

Creo que es más un poema que una novela. Está más trabajado como poema que como novela. (…) Es casi un lujo que se da un escritor que ha escrito “Cien años de soledad” y dice: bueno, ahora voy a escribir el libro que quiero (Manifiesto, 1977, en Rentería, 1979: 166).

A partir de El otoño del patriarca García Márquez se esfuerza porque su prosa, que ha llegado a los más altos niveles de refinamiento, encuentre cauces distintos sin que se pierda el vigor de su voz. Aparecen entonces, entre otras, Crónica de una muerte anunciada (1981), pequeña obra maestra de aliento trágico que, partiendo del género periodístico, lo revisa y supera a través de estrategias literarias; El amor en los tiempos del cólera (1985), novela de gran envergadura que termina por ser un poderoso ars amandi que le permite al escritor pasearse por todos los vericuetos de uno de sus temas predilectos. El general en su laberinto (1989), obra de carácter realista que reconstruye el último viaje de Bolívar, agobiado y enfermo, y en la que, a mi ver, el novelista termina derrotado por su anhelo de fidelidad a la realidad. Del amor y otros demonios (1991), novela frente a la cual el lector no puede dejar de pensar que García Márquez de cierta manera se imita a sí mismo. Finalmente sus memorias (2002), interesante documento que nos muestra con enorme talento el revés del tapiz de sus ficciones, e Historia de mis putas tristes (2004), breve pieza nostálgica que aspira a una condición poética.

Los premios y reconocimientos –la forma más visible del éxito– nunca le fueron esquivos al escritor de Aracataca: en 1971 la Universidad de Columbia, Nueva York, le otorga el doctorado “Honoris Causa”. En 1972 gana el premio Rómulo Gallegos y el premio internacional Nuestadt para libros extranjeros. En 1981 el gobierno francés le ofrece la “Legión de Honor” en el grado de Comendador. Y en 1982, un año después de su Crónica de una muerte anunciada, recibe el más alto de los reconocimientos literarios: el Premio Nobel de Literatura. En 1971, cuando Juan Gossaín, en entrevista para El Espectador le preguntó que si, en caso de que se lo otorgaran, recibiría el Premio Nobel, García Márquez contestó: “Me gustaría que me lo concedieran cuando ya mi trabajo me haya producido suficiente dinero como para rechazarlo sin remordimientos económicos. El Nobel se ha convertido en una monumental lagartería internacional” (Gossaín, 1971, en Rentería, 1979: 70). Por lo visto, once años después o el éxito de Cien años de soledad no había cambiado su situación económica –cosa imposible– o el escritor se contradecía. Humana contradicción, en un hombre que a veces, fuera del terreno de lo literario, ha incurrido en los mismos extravíos de algunos de sus personajes. De estos extravíos, por fortuna, quedará poca memoria. No así de su literatura, cuya genialidad es incuestionable, pero que es también el resultado de una cantidad enorme de reflexión y esfuerzo.

Escribir es un trabajo de burros. Yo tengo la impresión de que a medida que pasa el tiempo cuesta más trabajo escribir. (…) Creo que es que va aumentando el sentido de la responsabilidad. Uno tiene la impresión, cada vez más, de que cada letra que escribe puede tener una resonancia mayor, puede afectar a mucha más gente (Suárez, 1978, en Rentería, 1979: 199).

Son palabras de 1978. Veintisiete años después vemos que García Márquez jamás ha sucumbido al miedo y sí, en cambio, a su poderosa vocación de escritor. Las obras posteriores a 1982, que han tenido que pasar la dura prueba de la comparación con sus novelas más altas, muestran sobre todo a un escritor que persevera en su arte, que no le teme a la derrota. Y que extrae su literatura de lo más hondo de sí. Fue también a Gossaín al que una vez le dijo: “He escrito cinco libros tratando de (…) descifrar cómo soy yo, quien soy. Y todavía no lo tengo claro” (Gossaín, 1971, en Rentería, 1979: 69). Hoy, triplicada esa cifra, me gustaría preguntarle si ya ese interrogante tiene respuesta.


Bibliografía

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  9. OVIEDO, José Miguel, “Gabriel García Márquez: la novela como taumaturgia”, en: García Márquez, Madrid, Taurus, 1982.
  10. PEREIRO, Manuel, “La revolución cubana me libró de todos los honores detestables de este mundo”, en: Bohemia, La Habana, 1979, y en García Márquez habla de García Márquez en 33 grandes reportajes, Bogotá, Rentería Editores, 1979, p. 207.
  11. RENTERÍA, Alonso, García Márquez habla de García Márquez en 33 grandes reportajes, Bogotá, Rentería Editores, 1979.
  12. SUÁREZ, Luis, “El periodismo me dio conciencia política”, en: La Calle, Madrid, 1978, y en García Márquez habla de García Márquez en 33 grandes reportajes, Bogotá, Rentería Editores, 1979, pp.196, 199.
  13. TORRES, Miguel, “El novelista que quiso hacer cine”, en: Revista de cine cubano, La Habana, 1969, y en García Márquez habla de García Márquez en 33 grandes reportajes, Bogotá, Rentería Editores, 1979, p.46.
  14. VARGAS LLOSA, Mario, García Márquez. Historia de un deicidio, Barcelona, Barral, 1971, pp.23, 24, 47.
  15. ________, “El viaje a la semilla”, en: El manifiesto, Bogotá, 1977, y en García Márquez habla de García Márquez en 33 grandes reportajes, Bogotá, Rentería Editores, 1979, p.161.
  16. ________, “Es un crimen no tener participación política activa”, en: Prensa Latina, Madrid, 1976.

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