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Hilos artesanales de composición social

Notas sobre experiencias juveniles en la escuela

Fios artesanais de composição social

Notas sobre as experiências de jovens na escola

Handmade threads of social composition

Notes on youth experiences at school

Silvia Duschatzky*


* Licenciada en Educación y magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural. Coordina el diplomado de Gestión Educativa en FLACSO. Docente en la Universidad de Córdoba. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

“Hilos artesanales de composición social” se escribe bajo una sospecha. La escuela, entendida como espacio capaz de forjar subjetividades en clave disciplinaria se halla cuestionada, en los tiempos que corren. Estar hoy en la escuela es estar expuestos a lo imprevisto y a lo insólito. De allí la hipótesis que ánima este escrito. La autora invita a considerar formas originales de agenciamientos y de composición para intentar producir “un común inexistente” entre múltiples heterogéneos.

Palabras clave: Escuela, subjetividad, múltiples heterogéneos, composición-encuentro.

Resumo

“Fios artesanais de composição social” escreve-se sob uma suspeita. A escola, compreendida como espaço capaz de forjar subjetividades em chave disciplinar, encontra-se, nos tempos atuais, questionada. Estar hoje na escola significa estar expostos à imprevisível, ao insólito. Daí a hipótese de este trabalho. A autora convida a considerar formas originais de agenciamento e de composição para tentar produzir “um comum inexistente” dentre múltiplos heterogêneos.

Palavras-chaves: Escola, subjetividade, múltiplos heterogêneos, composição, encontro.

Abstract

“Handmade threads of social composition” is written with a suspicion. School, understood as a space capable of constructing subjectivities within the disciplinary code, currently finds itself being questioned. To be in school today is to be exposed to the unexpected and the extraordinary. Such an idea forms the basis for the hypothesis of this piece. The author suggests consideration of original forms of connections and compositions so as to try and produce “an inexistent point of commonality” among multiple and heterogeneous individuals.

Key words: School, subjectivity, heterogeneous individuals, composition, meeting.


1. ¿De qué está hecha la escuela?

Esta duda nace del desconcierto e inaugura una zona de pensamiento. La pregunta por lo propio de una escuela, luego de haberla transitado toda una vida, despierta una sospecha, aquella que sugiere que hemos sido arrastrados por presencias que dejaron de resultarnos familiares. Nos enfrentamos con algo que está en la escuela pero cuyas formas escapan a nuestro reconocimiento. Se trata de un interrogante activo. Pensar la escuela a partir de sus modos de expresión es tomar lo real como fuente de pensamiento –y no como simple objeto de reconocimiento–, cuyos postulados no son otros que el error y el saber. Reconocer, entonces, es confirmar lo sabido o la necesidad de restituir sus formas “genuinas” en caso de haberse éstas ausentado. Pensar es merodear por los bordes de lo conocido, tomando esos componentes extraños como signos que nos lanzan a un nuevo aprendizaje.

No es azarosa la pregunta por la materialidad de la escuela. Conviene decir que se trata de la consecuencia activa de una hipótesis que para nosotros comienza a trazarse en Chicos en Banda. A partir de allí ciertas ideas han ingresado en nuestro universo pensable: la destitución o la declinación de la escuela en tanto institución disciplinaria del Estado-nación. Declinación que en pocas palabras se inscribe en la debilidad performativa de sustratos tales como progreso indefinido, saber y autoridad que tiempo atrás operaban como pilares de constitución subjetiva.

Lo que sugerimos con la hipótesis de la destitución de la escuela es que se percibe una pérdida de credibilidad en sus posibilidades de fundar subjetividad. Sin embargo, en ese sustrato de destitución no todo se desvanece. No se trata de una desaparición absoluta de la subjetividad sino, en todo caso, de la desaparición de algunas posiciones de enunciación, de algunos recursos y lógicas que se revelan estériles para hacer algo en esta situación. La destitución también puede ser procesada y habitada; en ocasiones, la destitución no es un derrumbe sino el escenario complejo y extremadamente duro en el que se despliegan operaciones de invención para vivirla.

Hagamos andar la pregunta en una de las escuelas en las que iniciamos nuestro trabajo de campo1. Llegamos un día de marzo del 2004. En una mesa del comedor charlaban el director, dos mujeres y tres chicos. El director nos comenta que una señora del barrio se había acercado a la escuela para pedir ayuda frente a una situación que la descolocaba.

Los dos chicos que se encontraban allí le habían robado el televisor y si ella los denunciaba iban presos. La señora recibe un Plan Trabajar mediante el cual presta servicio en la escuela. Ella me pedía que echara a Pocho, uno de los chicos que cometió el robo; yo le dije que mejor viniera a hablar. Pocho perdió a la madre hace muchos años y ella se encargó de él desde entonces. Probamos de todo: recuperar la tele, juntar la plata, pero no hay caso. Ellos se niegan a hacer algo.

La escena puede despertar disquisiciones sobre el motivo del conflicto o las reacciones producidas en quienes fueron afectados. Sin embargo la inquietud aparece en otro plano. Más allá del hecho puntual, lo que se impone como problema –aquello que provoca al pensamiento– es la experimentación artesanal de “modos de hacer” con los otros. Estar hoy en una escuela es estar expuestos a lo imprevisto y a lo insólito. En otras palabras, no hay partitura de la que pueda valerse este director a fin de recomponer la pérdida de confianza entre la mujer y los chicos. No es el director y la madre los que interpelan a los chicos desde su investidura, sino un conjunto de hablantes que intentan producir un común inexistente. La relación con el mundo ya no está mediada por sustratos de contención y referencia (la pedagogía, por ejemplo), sino que se trata de una exposición directa a las más diversas situaciones.

Digamos que este suelo “indeterminado” sitúa al director, a los chicos y a la madre en el mismo plano de vulnerabilidad. Sin un suelo común que funde coexistencia, el común es tal vez una disponibilidad para ir a tientas en busca de núcleos de posibilidad. El director, erigido allí en figura cohesiva, balbucea atento a algún rastro receptivo.

2. ¿Escuela inundada o escuela hecha de flujos?

Nos preguntamos entonces si acaso la escuela está inundada de “inconsistencias” (disrupciones que la alteran), o si se trata de una nueva materialidad. Arriesgamos una hipótesis: la escuela está hecha de componentes que no se dejan formatear por la maquinaria institucional. Es decir, si en algún tiempo fue capaz de forjar a su habitante, hoy es un espacio tomado por presencias heterogéneas pasibles de ser pensadas en configuraciones múltiples y contingentes.

En este punto proponemos una digresión en torno a la contingencia. El filósofo italiano Giorgio Agamben advierte que la posibilidad –algo que puede ser– y la contingencia –algo que puede no ser– son los operadores de la subjetivación, el punto en que un posible adviene a la existencia (Agamben, 2000: 150-155). ¿Qué significa esto para un pensamiento educativo contemporáneo? La escuela históricamente estaba unida a la imposibilidad: no poder ser (“no puede hablarse de cualquier modo”; “no pueden los chicos desconcentrarse en clase”) y a la necesidad: no poder no ser (“no se puede no ser respetuoso de los símbolos patrios”; “no se puede no prestar atención”). La experiencia de los tiempos actuales nos revela que cualquier cosa puede acontecer y dejar de hacerlo; pero cuando Agamben enfatiza que la posibilidad y la contingencia son operadores de subjetivación, está haciendo algo más que constatar la incertidumbre de los tiempos que corren. Asumir la escuela de lo posible y lo contingente es disponerse a pensar agenciamientos múltiples.

Para avanzar en esta idea invitamos a pensar en la imagen de la inundación y del fluido. Tomemos de Bauman (2003: 7-20) la metáfora de la fluidez para oponerla no a la solidez sino a la inundación. No hace falta convencer a nadie sobre el anacronismo de suponer una existencia sólida, previsible, regular. No obstante, y tomando a la escuela como nuestro territorio de pensamiento, la sensación que se registra es la de vivir inundados de disrupciones. Una escuela inundada es una escuela cubierta de extrañezas que entran en colisión con su propia naturaleza, disolviendo su ser. Un objeto inundado pierde la posibilidad de existencia. Si la escuela se encontrara inundada, la respuesta no sería otra que el armado de diques a fin de mantener controlados a esos componentes amenazantes de la existencia pedagógica. Por el contrario, una escuela hecha de flujos es un territorio compuesto de formas inestables y dispersas, imposibles de modelar. No obstante, una cosa es vivir en suelo alterado y otra pensar que se trata de una condición real de existencia que decidimos asumir.

No nos inquieta la demostración fáctica de una hipótesis, sino probar su potencia práctica. Una escuela hecha de fluidos nos invita a ensayar múltiples formas de agenciamiento, mientras que una escuela inundada limita toda capacidad inventiva de composición social, aferrándonos a la nostalgia de lo perdido y a la obsesión por su restitución.

A modo de ejemplo, analicemos la experiencia de un grupo de jóvenes que, no siendo alumnos, toman a la escuela como sede, territorio, parada. No se trata entonces de una experiencia escolar, pero sí de una experiencia acontecida en la escuela. Los encuentros de estos jóvenes ocurren en la escuela bajo formas no escolares, se trata de “ocupantes” de los espacios escolares sin advenir en habitantes de la escuela, aunque volviéndose de hecho un recurso de “derivación” de aquellos alumnos que los dispositivos escolares no pueden contener.

En pocas palabras, la experiencia que vamos a presentar es un “signo” de la escuela en tanto interpela la eficacia constitutiva de sus históricas formas de configuración.

La existencia de “Los Repiolas” en la escuela es, efectivamente, un problema, pero ¿en qué sentido? Deleuze sugiere que un problema emerge cuando el pensamiento que lo plantea está siendo forzado, cuando entra en contacto con un afuera que, lejos de constituirse como un exterior físico, es un afuera de lo pensado, lo que aún no hemos pensado (Zourabichvilli, 2004: 33-64).

“Los Repiolas” nace por iniciativa de Patricia, una joven del barrio que vive muy de cerca las sucesivas muertes y “caídas” en el abismo de los chicos de la zona. “Los Repiolas” reúne a pibes que viven en la cornisa, atravesando situaciones de una intensidad desbordante: consumo de drogas, situaciones de violencia familiar, pasajes por la cárcel o institutos de menoridad. Los chicos se agrupan en banda, núcleos compactos que constituyen espacios de aprendizaje de una vida hecha de riesgos, lealtades, códigos, habilidades para navegar en la aleatoriedad. En esta dirección, “Los Repiolas”, más que una ruptura radical de los modos cotidianos de socialidad, constituye una suerte de continuidad al tiempo que presenta ciertos pliegues o líneas de fuga.

La experiencia de una grupalidad irrepresentable continúa. La propia nominación evidencia que se trata, al igual que las bandas de la esquina, de una agregación no inscripta en el universo socialmente instituido. No son alumnos, no son internos de un instituto, no son trabajadores. A su vez, persiste un estilo que borra la distinción público- privado. “Los Repiolas” están atravesados por el devenir de sus vidas. A diferencia de un grupo institucional, su estadía allí no pone entre paréntesis los avatares cotidianos sino que el grupo es permeable a las diversas experiencias por las que atraviesan sus miembros. Se trata de un grupo “improductivo” en términos de una lógica de reproducción social, pero productivo en tanto modula formas de existencia. “Los Repiolas” son un soporte de producción de lo social sin finalidad específica.

A pesar de atravesar las oscilaciones propias de una vida no amasada en la regularidad institucional, “Los Repiolas” funciona en una escuela y esto le confiere una singularidad respecto de las grupalidades callejeras. No se trata de toparse con otros, sino de decidir un encuentro y una condición. Se trata de asumir alguna tarea que, en un primer momento, se tradujo en el armado de la huerta. Ocupar la escuela, a su vez, es formar parte de un escenario en el que suceden distintas cosas: chicos en las aulas, profesores dando clases. “Los Repiolas” en la escuela experimentan el desafío de lidiar además con los prejuicios y el rechazo de muchos de los que transitan la escuela.

Si “Los Repiolas” fueran expresión de una escuela inundada, nuestra subjetividad pedagógica se vería inalterada. Su existencia no vendría a con-mover nada de los supuestos acerca del modo esperado de habitar una escuela. “Los Repiolas” constituirían un error que debería ser reparado mediante un esfuerzo de socialización escolar.

¿Son, entonces, “Los Repiolas” un problema para la escuela o la escuela se ve problematizada con una presencia que pone en juego la eficacia de los dispositivos disciplinarios? La escuela, al igual que el conjunto de las instituciones sociales, nos mostró que la vida humana adquiere su estatuto social en tanto es forjada en clave disciplinaria. Vida social era entonces efecto de vida institucional, vida armada en relación con la operatoria de ley, que no sólo regula externamente intercambios y comportamientos, sino que inscribe en su nombre. Cada uno de los sujetos en sociedad disciplinaria es nombrado por las diversas figuras de la ley. Así, somos hijos, estudiantes, profesores. El nombre es aquello que nos inscribe en un lugar de la relación social. Esto es, si somos hijos, dependemos de la posición de autoridad; si somos padres o docentes, somos portadores de autoridad; si somos estudiantes, somos heterónomos de una jerarquía.

Ahora bien, podemos objetar esta línea de razonamiento sosteniendo que en cualquier época hubo excesos, restos que se movían por fuera del universo de la ley. Es cierto, pero se trataba de excepciones confirmatorias de la regla, para las cuales la sociedad había diseñado instituciones de encierro a la medida de esas “anormalidades”. A diferencia de aquella realidad, “Los Repiolas” están en la escuela. Son chicos padres, chicos violentos o expuestos a la violencia, chicos con capacidades inadvertidas de sobrevivir en la intemperie y permeables a las presencias de otros. La escuela se enfrenta entonces a sus propios límites, alberga en su seno sus des-hechos.

Hay un dato interesante que fortalece la hipótesis de una escuela hecha de presencias múltiples. Los chicos se acercan a la escuela pero la acomodan a sus conveniencias. No hay en estas subjetividades una representación de escuela ligada a una función socialmente legitimada. Ellos van a la escuela pero no bajo la condición alumno. La escuela de “Los Repiolas” es un espacio que puede ocuparse de maneras disímiles, no convergentes en una comunidad de sentido.

Allá por los setenta Michel De Certeau nos había advertido sobre las prácticas singulares que hacen los usuarios de los espacios diseñados bajo una finalidad específica. Mostraba la enorme gama de juegos y ardides de los paseantes de París que desafiaban itinerarios trazados y vivían la ciudad mediante formas libres de circulación (De Certau, 1990: 41-50).

En esta dirección, en La escuela como frontera, destacábamos experiencias de invención llevadas a cabo por los alumnos. Recuerdo, por ejemplo, las argucias desplegadas por un grupo de estudiantes que frente a un excesivo control por parte de la dirección de la escuela había colocado en el patio un buzón para recibir mensajes con un cartel que rezaba: “No va más”. El director, suponiendo inofensivo este artefacto, no imaginó los efectos de su uso. Llegado el fin de semana los chicos leían en su radio local todos los mensajes en los que se denunciaban las arbitrariedades de la escuela (Duschatzky,1999: 75-93).

Estábamos frente a la invención de modos de hacer en espacios disciplinarios, claro ejemplo de una inteligencia social silenciosa que se las arregla para ir más allá de los límites poniendo en jaque el poder total de una maquinaria. A diferencia de “Los Repiolas”, aquellos eran alumnos, habitantes creativos, pero habitantes al fin, de un aparato institucional. Una cosa es un hacer más allá de la representación y otra es un hacer suplementario, desgajado de toda representación. En la lógica de usos y prácticas analizada por Michel De Certeau, los sujetos no desconocían los trazados existentes, sólo que se disponían a cruzar las fronteras de un devenir reglado. La diferencia radical hoy, es que más que de violación, transgresión o burla de límites, se trata de un recorrido que parece construirse en “territorio liberado”.

3. De la escuelainstitución a la escuela-nodo

Si la escuela no es espacio pleno de propiedades representables que sólo puede habitarse en correspondencia con su naturaleza, es un nodo, un punto que reúne conexiones. Allí están los alumnos, “Los Repiolas”, los profesores. Pero su proximidad no está dada por un sustrato moral. Unos y otros son próximos en tanto se conectan a un mismo punto de la red. Sus presencias no se afectan ni se mantienen ligadas por sentidos compartidos. Pekka Himanen advierte al respecto que la importancia de un nodo no deriva de sus rasgos específicos, sino de su capacidad de aportar información a la red (Himanen, 2002: 180- 185).

Podríamos decir entonces que, más que procurar dilucidar la singularidad de este nodo respecto de otros, se trata de pensar qué hace a la existencia de una escuela hoy. Pareciera que su “aporte” – la red no pide más– es constituirse en espacio de aglutinamiento de chicos y jóvenes. Para la red estos chicos tienen existencia si están en la escuela, más allá de la cualidad y formas reales que tomen sus vidas. Si la escuela es un nodo, su señal se expresa en la capacidad de capturar una densa masa de operaciones conectivas. En esta línea, la formación del ciudadano, la moralización de los sujetos, pierde relevancia. El valor de la escuela-nodo para la red radica en asegurar conexiones dado que un “usuario” de la red puede ser potente conector de cualquier nodo. El nodo es una condición que nos excede. Cómo pensar sus formas, cómo aprovechar sus potencias y cómo ampliar sus posibles es una decisión que nos compete.

4. Sobre configuraciones múltiples de lo social

Ahora bien, para que la escuela pueda pensarse como un recurso de agenciamiento de múltiples heterogéneos es necesario advertir cómo se mueven, bajo qué formas se producen, de qué está hecha la vida social de esos múltiples.

Lo primero a destacar es que “Los Repiolas” constituyen un pliegue que hace diferencia en el entorno vivido por sus miembros. Se trata de una interrupción en el devenir aleatorio y desreglado que caracteriza la vida en el barrio. “Los Repiolas” se inscriben en el campo de lo posible y no de lo necesario, porque pensarlo como lo necesario sería situarlo en la imposibilidad de que no se hubiera dado. Es necesario si es reductible a la correspondencia con un estado de cosas; es posible si un movimiento de pensamiento hizo que una potencia advenga existencia. Había en los chicos potencias de agregación, potencias permeables a las presencias conectivas que frente a una propensión (la convocatoria a reunirse en un grupo) tomó existencia. Sugerimos pensar en tres componentes que hacen al tejido artesanal de la vida social.

Lenguaje sin guión

Se dice que el lenguaje ha perdido relevancia en una vida hecha de imagen y cuerpos enfrentados. Sin embargo, lo que parece haber declinado no es toda potencia lingüística sino la eficacia de códigos instituidos fundadores de una comunidad de intercambio comunicativo. Así, asistimos a una gama de juegos del lenguaje (gato, bardo, mulas) que arman interlocución.

Virno plantea que en la actualidad posfordista la actividad del hablante informal ha ganado un lugar en la escena. No se trata del lenguaje sabio, del lenguaje como instrumento referencialista del mundo, sino de una práctica comunicativa cuyos efectos no pueden separarse de la misma enunciación, en la que poco importa lo que se diga sino que el decir, el dirigirse a otro, tenga lugar. Veamos entonces la capacidad de composición que tuvo lugar mediante lo que Virno llama “la actividad del hablante sin partitura” (Virno, 2003: 50-51).

“Primero no los aceptaron en la colonia de verano porque sabían qué tipo de chicos eran pero al final entraron de favor y todo cambió. El coordinador estaba muy desbordado y ellos ayudaban mucho en la contención porque los profesores no tenían llegada a los chicos”.

Toda enunciación es virtuosa porque está conectada a la presencia de los otros. Podríamos sostener, siguiendo a Virno, que “Los Repiolas” ponen en escena una porosidad capaz de capturar indicios de posibilidad. En este caso, de posibilidad compositiva. La escena nos muestra a un profesor que, munido de saberes especiales, no ha podido componerse con los chicos y otro grupo de chicos que, sin partitura, despliega la potencialidad de la lengua. En condiciones de desfondamiento, no hay lugares preestablecidos de interlocución; en consecuencia, el trabajo de comunicación es de permanente construcción de condiciones (Corea, 2005: 41-93).

Corporeidad desmesurada

En un punto el cuerpo es la vida misma o, como dice Merleau Ponty, sólo a través de la carne del cuerpo puedo tomar la carne del mundo. La vida sólo es si toma cuerpo, si tiene lugar en un devenir de formas expresivas. De ahí que, el cuerpo, en palabras de Deleuze, revele un lenguaje escondido, pero también el lenguaje forme un cuerpo (Deleuze, 2003: 6-10). Tomaremos la figura del cuerpo, entonces, como signo elocuente para pensar las formas posibles que adquiere la vida social en nuestros tiempos y en particular en la trama de relaciones que hacen a esta escuela. En primer lugar, quisiéramos distinguir la práctica de socialización de los cuerpos de aquella que refiere a la socialidad de cuerpos. Una cosa es una escuela actuando sobre los cuerpos, y otra una escuela sostenida por los cuerpos que la ocupan.

El poder político –nos enseñó Foucault– se ha ocupado de los cuerpos instituyendo prácticas que mediante el control delimitaban sus confines. El cuerpo aparece así como una superficie de inscripción de prácticas y discursos capaces de producir los cánones del placer y la sexualidad. El cuerpo que sostiene a diferencia del cuerpo sostenido (en un discurso, en unas prácticas, en una maquinaria productiva) es el efecto del estallido de los diques socializantes. “Hoy no voy a dar clases, estoy agotada. El otro día vino llorando una chica muy angustiada. Al final contó que el padrastro abusó de ella. Fue muy difícil manejar la situación”.

En tiempos de cuerpos socializantes –instituciones– este tipo de situaciones era sostenida por sus engranajes (gabinetes psicológicos, instituciones de derivación). En tiempos de cuerpos que sostienen la fragilidad de lo social, es cada quien el que soporta la contingencia desde la más absoluta vulnerabilidad. En este plano de inscripción, una cosa es el cuerpo de profesores, y otra los cuerpos de los profesores. En el primer caso, cada docente opera sostenido por una comunidad de pertenencia y referencia; en el segundo, cada agente en estado de intemperie reacciona o piensa desde sus disponibilidades.

Una socialidad hecha de cuerpos se expresa de manera paradojal, sufriente o exultante, corroída o en su máximo despliegue. Se produce efectivamente en una proximidad por momentos desmesurada. De allí que el otro, en su cercanía descarnada, resulte amenazante o, por el contrario, una convocatoria al encuentro.

Afección a las presencias

“Esa vieja me odia. Ella fue la que me echó de la escuela. Yo volví porque Graciela lo convenció al director. Yo sé que a la primera que bardee2 me tengo que ir, pero yo no voy a hacer nada porque no le puedo fallar a Graciela, que se rejugó por mí”, nos cuenta Clovis.

Las situaciones que relatamos y que son vividas por “Los Repiolas” en la escuela presentan un rasgo singular. Lo que se compone o se disuelve es efecto de los avatares de un encuentro. La estadía de Clovis en la escuela no está medida por convicciones o creencias acerca del valor de estudiar sino por la capacidad de ser afectado por una presencia. El otro no es portador de una función o heredero de un mandato; el otro es lo que su presencia pueda generar.

No se trata entonces, a los ojos de la desencantada subjetividad pedagógica, de dar por agotadas las potencias de afectación social de la escuela, sino de advertir cuáles son los modos proclives a producir afecciones activas.


Citas

1 Este artículo está elaborado en el marco de una investigación en curso realizada desde FLACSO (Argentina) sobre “Violencia, escuela y subjetividad”. El campo de trabajo se sitúa en tres escuelas secundarias ubicadas en la periferia de la ciudad de Buenos Aires, la provincia de Córdoba y el conurbano bonaerense. Las notas de este texto se apoyan en el material recogido en una de ellas, situada en el Bajo Flores, barrio empobrecido de la ciudad de Buenos Aires.

2 Bardear: Provocar.


Bibliografía

  1. AGAMBEN, Giorgio, Lo que queda de Auschwitz, Valencia, Pre-Textos, 2000, pp.159-155.
  2. BAUMAN, Zygmunt, Modernidad Líquida, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003, pp.7-20.
  3. COREA, Cristina y Lewkowicz, Ignacio, Pedagogía del aburrido, Buenos Aires, Piadós, 2005, pp.41-93.
  4. DE CERTEAU, Michel, L‘ invention du quotidien, París, Gallimard, 1990, pp.41-50.
  5. DELEUZE, Gilles, En medio de Spinoza, Buenos Aires, Cactus, 2003, pp.6-10.
  6. DUSCHATZKY, Silvia, La escuela como frontera, Buenos Aires, Piadós,1999, pp.75- 93.
  7. DUSCHATZKY, S. y Corea, C., Chicos en banda (Los caminos de la subjetividad en el declive de las instituciones), Buenos Aires, Paidós, 2002.
  8. HIMANEN, Pekka, La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, Barcelona, Destino, 2002, pp.180-185.
  9. VIRNO, Paolo, Gramática de la multitud, Buenos Aires, Colihue, 2003, pp.50-51.
  10. ZOURABICHVILI, Francois, Deleuze, Una filosofía del acontecimiento, Buenos Aires, Amorrortou, 2004, pp.33-64.
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La construcción de los problemas juveniles

A construção de problemas da juventude

The construction of juvenile problems

Enrique Martín-Criado*


* Doctor en Sociología. Profesor titular de la misma área de la Facultad de Ciencias de la Educación - Universidad de Sevilla (España). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

La definición de los problemas sociales no depende de las características objetivas de los mismos, sino de dinámicas de construcción donde juegan un papel fundamental los intereses de los actores que intervienen en esta construcción. A su vez, esta definición produce efectos políticos. Se analizan las dinámicas de construcción y los efectos políticos de los “problemas juveniles”.

Palabras clave: Juventud, problemas sociales, construcción social, clases sociales, luchas políticas.

Resumo

A definição dos problemas sociais não depende das características objetivas dos mesmos, mas de dinâmicas de construção onde os interesses dos atores que intervêm nesta construção jogam um papel fundamental. Por sua vez, esta definição produz efeitos políticos. Analisam-se as dinâmicas de construção e os efeitos políticos dos “problemas juvenis”.

Palavras-chaves: Juventude, problemas sociais, construção social, classes sociais, lutas políticas.

Abstracy

The definition of social problems is not an issue which depends primarily on their objective characteristics, but on dynamics of construction in which the interests of the different actors concerned are central to its understanding. This definition has political effects. The article discusses the dynamics of construction as well as the political effects of “youth problems”.

Key words: Youth, social problems, social construction, social class, political struggles.


Cual fenómenos atmosféricos, los problemas juveniles irrumpen periódicamente en nuestras sociedades, haciendo saltar las alarmas y convocando todo tipo de expertos y representantes políticos exigiendo o proponiendo soluciones. Ahora bien, ¿qué implica definir los problemas sociales en términos de edades?; ¿qué implicaciones políticas puede tener esta definición? Es esta cuestión la que pretendo abordar en el presente artículo.

Producción social de los problemas sociales

La existencia de problemas sociales como hechos objetivos, evidentes, forma parte de nuestras categorías de sentido común. Pensamos que si algo es percibido como problema social, ello se debe simplemente a las características objetivas de tal problema. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Así, el Sida se convierte en problema social –siendo calificado como la plaga del siglo XX– cuando las cifras de afectados son mínimas. En la actualidad, con decenas de millones de infectados a nivel mundial, ocupa un lugar secundario en la prensa occidental. El maltrato de la mujer se ha convertido en problema social en España recientemente, cuando no es nada nuevo. Los problemas sociales no aparecen por las buenas a la opinión pública. Suponen, por el contrario, todo un trabajo político de construcción y selección de un ámbito de la realidad –entre los muchos posibles– como problema social, esto es, como algo que concierne a la totalidad de la población y que exige soluciones políticas urgentes –lo que implica, a su vez, excluir otras situaciones o dejarlas en segundo plano como problemas que exigen soluciones–. Esta construcción no la realiza la sociedad: siempre tiene, como actores privilegiados, determinados grupos sociales u organizaciones que se esfuerzan por imponer la percepción de una determinada situación como problema social. Basta pensar en las enfermedades que se imponen como problemas sociales 1.

La definición de los problemas sociales siempre implica una serie de supuestos sobre qué –o quién– constituye el verdadero problema, y por tanto, cuál puede ser su solución. Esta definición es política: depende de –y altera– la relación de fuerzas entre distintos grupos sociales2. Y esta definición va más allá de una simple selección, entre la multitud de hechos sociales que podrían constituirse como problemas, de un número limitado de ellos. Se trata de estructurar la percepción de la realidad a partir de un sistema de categorías. Todo sistema de categorías opera un recorte en la diversidad de las situaciones reales, lo que supone a su vez dos operaciones: a) una división – de sujetos, objetos o situaciones– en compartimentos estancos; b) una homogeneización de los incluidos en el seno de cada compartimento: los otros rasgos que pudieran diferenciarlos pasan a segundo plano. Esta doble operación nunca es neutra: supone la exclusión de otras formas de categorizar, de construir identidades; selecciona las heterogeneidades pertinentes e impertinentes3.

Decir que los problemas sociales son construcciones no equivale a identificarlos, no obstante, con meras ficciones. Por una parte, porque estas categorizaciones se establecen a partir de hechos sociales preexistentes. Por otra, porque su misma institucionalización les confiere una realidad social que termina convirtiéndolos en algo evidente: son una parte del mundo que habitamos y de los esquemas con que percibimos este mundo. Ello provoca que sea tan difícil cuestionar las categorías a partir de las que se construyen.

La categoría “juventud”

La juventud, como un estadio de la vida bien definido, forma parte de nuestras categorías de sentido común. Sin embargo, no es algo tan evidente: basta recordar las luchas cotidianas por definirse –y por definir a los demás– como joven o viejo, o el hecho de que a la misma edad uno puede ser joven en un ámbito y viejo en otro. En términos sociológicos: una cosa es la edad biológica y otra la edad social. Y aquí hemos de distinguir tres conceptos distintos: la generación, la clase de edad y el uso estratégico de la noción4.

La primera conceptualización sistemática de generación en sociología se la debemos a Mannheim (1993) y ha sido posteriormente desarrollada por Bourdieu (2000: 142- 153). Para hablar de generaciones no basta la contemporaneidad cronológica; es necesario, además, que se den cambios en las condiciones de existencia que provoquen que los individuos sean generados de una manera distinta; esto es, que actúen y piensen de una manera diferente. Así, si en una zona rural los hijos de campesinos tienen una escolaridad más prolongada que los padres y, por cambios económicos, han de trasladarse a trabajar en la ciudad, podemos hablar de cambio generacional: los hijos pensarán y actuarán de manera muy distinta a la de los padres. Si nada hubiera cambiado, si los hijos crecieran en las mismas condiciones de existencia que sus padres, actuarían de adultos de la misma manera: se daría una simple sucesión de cohortes.

Por su parte, las clases de edad son divisiones que se operan con base en una edad definida socialmente: infancia, juventud, vejez… Estas divisiones actúan como performativos: cada una de ellas supone una forma de pensamiento y comportamiento socialmente definida y los sujetos tienden a adecuarse a la definición social de la categoría en que se hallan incluidos. Estas clases de edad varían históricamente, tanto en los comportamientos que se les atribuyen como en el tramo de edad biológica que cubren. Así, la infancia europea contemporánea, un producto del sistema escolar, es muy distinta, en extensión y comportamientos, de la que existió durante mucho tiempo en Europa (Ariès, 1987). Otro producto del sistema escolar es la adolescencia, que se comienza a inventar, en el siglo XIX, en relación con los vástagos de la burguesía y de las clases medias que acuden a la enseñanza secundaria y que a los 14 ó 16 años siguen viviendo en un mundo apartado de los rigores del trabajo y de la vida adulta. Estos adolescentes, a diferencia de sus contemporáneos obreros o de las clases altas, viven como “escolares”, vigilados y apartados de las responsabilidades adultas. Además, se hallan en una situación de “indeterminación de trayectoria”: su posición social futura no está clara. En estas condiciones, algunos de ellos desarrollan crisis de identidad, fruto de esta situación social específica. A partir de este reducido grupo social, y de unas teorías psicológicas del desarrollo del individuo que se remontan hasta Rousseau, se inventa la adolescencia como estadio natural –turbulento y problemático– del desarrollo del individuo. A ello contribuyen en gran medida psicólogos y psiquiatras, que elaboran teorías de la adolescencia a partir de los adolescentes que llegan a sus clínicas. Claro que los únicos adolescentes que les llegan son los que tienen problemas, con lo que la afirmación de que la adolescencia es un período problemático se alimenta circularmente. Una vez definido así, y convencido todo el mundo de que a ciertas edades uno tiene ciertas turbulencias, es normal que tales turbulencias aparezcan, confirmando las expectativas previas.

Las clases de edad varían en función de dinámicas históricas. Así, la duración de la juventud depende de las condiciones para la sucesión, del plazo que han de esperar los nuevos vástagos para acceder a una posición acorde con su origen social. Cuando las oportunidades económicas crecen, y cuando no se depende de la herencia paterna para instalarse por su cuenta, la juventud se acorta; cuando el proceso se invierte, la juventud se prolonga.

Así, hablar de una juventud, ya sea como clase de edad o como generación, que se extendiera de forma homogénea en toda una sociedad es un despropósito. Como generación, porque jamás tenemos un cambio de condiciones de existencia que afecte de forma homogénea a todo el espacio social. Como clase de edad, porque las formas y ritmos de la sucesión son muy distintos en función de los diferentes grupos sociales. Es este despropósito el que se comete comúnmente cuando se habla de problemas “juveniles”. Y aquí entramos en el tercer aspecto de la conceptualización de la edad social: su carácter estratégico.

Dinámicas de construcción de problemas juveniles

Las clases de edad, como toda categoría, pueden manejarse estratégicamente, tanto por los propios jóvenes, como por otros sujetos –u organizaciones–. En el primer caso nos solemos hallar con luchas de sucesión; en el segundo, con luchas políticas más amplias.

En primer lugar, en la medida en que el hecho de ser niño, joven, adulto o viejo supone distintos derechos o deberes, el ser incluido en una clase de edad u otra puede ser objeto de luchas. Normalmente identificamos la utilización estratégica del concepto de joven con su valoración positiva: todo el mundo quiere ser joven. Pero joven, ¿para qué? En el mercado sexual todos queremos ser jóvenes. En otros ámbitos, calificar a alguien de joven es una manera de frenarle: no aspires todavía a tomar responsabilidades, esto es, a ocupar ámbitos de poder. Las luchas por la sucesión suelen definirse en términos de jóvenes y viejos. Para los que ocupan las posiciones de poder, los que aspiran a ellas son todavía demasiado jóvenes: irresponsables, irreflexivos, imprudentes… Para los pretendientes a las posiciones de poder los que están en ellas son demasiado viejos: anquilosados, fosilizados… Buena parte de los estereotipos sobre la juventud que se han repetido en los últimos dos siglos se deben a conflictos generacionales que son conflictos de sucesión. Así, la mitología de la juventud como etapa de la vida rebelde, desapegada de los bienes materiales y los compromisos mundanos, se ha forjado en épocas en que los vástagos de la burguesía o de las clases medias tenían que vivir en estado de juventud porque no podían acceder a las posiciones de poder: épocas, normalmente, de sobreproducción de titulados superiores o medios en relación a las oportunidades de colocación. Los condenados a permanecer jóvenes hacían de la necesidad virtud y elaboraban una mitología de la juventud rebelde, bohemia, romántica, que se ha convertido en un cliché persistente que reaparece con especial virulencia cuando se reproducen las condiciones en que se generó5. La juventud también puede pasar a primer plano de la escena social cuando se da la situación inversa: un grupo de jóvenes utiliza el discurso de la juventud como valor para forzar el ritmo de la sucesión, para apartar a los viejos. Es lo que ocurrió en la Italia fascista: con la subida al poder de Mussolini, la vieja clase política es sustituida por fascistas y arribistas deseosos de hacer carrera rápidamente. La juventud se convirtió en palabra clave de los que accedían al poder, ensalzada como símbolo de lucha generosa, de entrega altruista, de innovación. En ambos casos, un grupo reducido se erige en representante de toda la juventud, imponiendo una visión de su problema generacional específico como problema de todos los jóvenes. Y en estas formulaciones el problema no es la juventud: el problema es la sociedad y la juventud la solución.

Pero la juventud también puede ser una excusa para jugar otros juegos de poder. Así, la mayoría de los problemas juveniles son definidos por grupos u organizaciones compuestos mayoritariamente por adultos. Estas formulaciones suelen ser de dos tipos: o bien la juventud constituye problema, o bien la juventud tiene un problema.

En el primer caso, la juventud suele convertirse en campo de proyección de los temores de cambio social de determinados grupos sociales. Cada vez que se da un cambio social –crisis económica, urbanización, capitalismo de consumo– se proyectaría este cambio en los jóvenes: la crisis produciría delincuencia juvenil, el capitalismo de consumo generaría hedonismo o pérdida de la ética del esfuerzo6… Esta proyección se sustenta en dos dinámicas. En primer lugar, se percibe el cambio generacional a partir de la experiencia de la propia trayectoria social7. En segundo lugar, esta proyección se inscribe dentro de un esquema general: los jóvenes actuales son la imagen del futuro de la sociedad. Este esquema cobra gran centralidad a partir de la construcción de los Estados contemporáneos y se sustenta en la siguiente plataforma de pensamiento: se supone que el Estado está constituido por individuos y que la prosperidad del Estado depende de lo que hagan los individuos. A su vez, se supone que el individuo se forma en las primeras socializaciones y que luego apenas se modifica. El futuro del Estado depende, por tanto, de la socialización de las generaciones jóvenes. A partir de estos esquemas se construyen los sistemas de educación obligatoria: como el futuro del Estado depende de la socialización de los individuos, hay que darles una educación sistemática de acuerdo al Estado que se pretende construir. Y a partir de estos esquemas, infancia y juventud se convierten en metáforas del futuro de la sociedad. Se amplifica así la visibilidad de todo lo que pueda definirse como problema juvenil, así como una serie de políticas de juventud que progresivamente extienden la visión de la juventud como grupo unificado. Cualquier grupo minoritario de jóvenes con comportamientos desviados o llamativos puede entrar a formar parte de la panoplia de problemas juveniles, funcionando como metonimia del conjunto de la juventud. Gracias a la construcción de cada vez más dispositivos y políticas centrados en lo juvenil, por otra parte, se genera un enorme cuerpo de especialistas de juventud cuyo oficio y beneficio dependerán de que existan problemas juveniles.

Con esta última observación entramos en dinámicas que son comunes a los dos tipos de problemas juveniles –los jóvenes son o tienen un problema–: la creación de problemas juveniles por diversos agentes –grupos, organizaciones– que pueden obtener algún tipo de beneficio de ello. Es lo que ocurre con las organizaciones especializadas en juventud: cuantos más especialistas en problemas juveniles, más problemas juveniles se definen. Desde el momento en que se establecen dispositivos institucionales para solucionar un problema social se están constituyendo grupos profesionales cuya existencia social depende precisamente de la importancia del problema que gestionan. Esta constante construcción y ampliación de problemas no debe verse como una estrategia cínica, maquiavélica: simplemente, estas instituciones, y los agentes que en ellas trabajan, categorizan la realidad a partir de las definiciones oficiales de los problemas que han dado lugar a su existencia. Aplicando la rejilla de percepción que está inscrita en su misma posición, se encuentran con multitud de problemas que pueden afectar a la población que gestionan. La misma existencia de instituciones destinadas a solucionar esos problemas sociales refuerza, de manera circular, la creencia en las categorías a partir de las que fueron construidas.

La juventud también puede ser una causa interesante para otros muchos agentes. Los especialistas en educación están siempre prestos a defender que la juventud tiene un problema de falta de educación: el problema se soluciona con más (especialistas en) educación. Los gobiernos conservadores de EE. UU. lanzaron entre 1986 y 1992 una campaña contra el enorme problema del crack que supuestamente estaría destruyendo a la juventud norteamericana. Las estadísticas oficiales no registraron ningún incremento –al contrario, una disminución– de un consumo que permanecía muy minoritario. Pero se logró cambiar la agenda política e ideológica –la causa de la pobreza y la exclusión estaría en la debilidad moral de los individuos que se drogaban– y la asignación del presupuesto estatal, que multiplicó policías y prisiones al tiempo que disminuía gastos sociales. El paro juvenil ha sido un problema social estrella en España en las últimas tres décadas. ¿Qué han conseguido los sucesivos gobiernos con tanta preocupación? Una serie de reformas laborales que han precarizado el trabajo y eliminado muchos derechos laborales en nombre de la lucha contra el paro juvenil (Martín Criado, 1999).

Conclusión

Una de las dimensiones fundamentales de toda acción política es la simbólica: definir cuáles son los problemas, los grupos y apuestas en juego, las soluciones. A partir de esta construcción simbólica, se estructura un campo de posibles, de protagonistas y antagonistas. Es por ello que toda acción política ha de plantearse siempre cuáles son los problemas sociales que vale la pena definir y las categorías a partir de las cuales definirlos. No se trata de denunciar toda imposición de problemática como arbitraria, se trata de tener presente que la misma definición de las problemáticas es una dimensión fundamental de toda acción política. A partir de aquí, podemos plantearnos qué consecuencias generales puede tener el hecho de definir problemas sociales en torno a la categoría juventud. Para ello hemos de volver a lo que implica la doble operación de división / homogeneización de toda categorización. Esta operación es siempre una entre otras muchas posibles: se resalta una forma de agrupar a los sujetos y se pasan a segundo plano otras posibles divisiones. Por ello, ante toda categorización, siempre es pertinente la siguiente pregunta: ¿qué otras opciones excluye y qué consecuencias políticas tiene tal exclusión? En el caso de la juventud, hemos de contemplar las teorías que a lo largo del siglo XX defendieron la juventud como categoría central para comprender la sociedad8. Estas teorías se postularon como alternativas a la marxista: si para ésta la división fundamental de la sociedad era la de clases sociales, para los teóricos de la juventud la división fundamental sería la de edades. En vez de un cambio político y económico por el enfrentamiento entre clases en torno a la propiedad, el cambio social se concebiría como cambio cultural por el relevo de generaciones. La división en edades ha tendido, en muchas teorías y también en muchas prácticas políticas, a pasar a segundo plano la desigualdad social de clases y a sustituir las soluciones económicas y políticas por soluciones culturales. De esta manera, ha permitido soluciones culturalistas o, en muchos casos, subvencionar a los jóvenes de clase media y alta bajo la cubierta de favorecer a los desfavorecidos jóvenes9. En estas jugadas con las edades, ha sido muy corriente que estas políticas hallaran fuerte apoyo entre los jóvenes con titulación universitaria que, en época de sobreproducción de titulados, tienden a ver sus problemas de empleo –de acuerdo a las expectativas que su inversión escolar ha generado– como problemas generales de la juventud, ya sea bajo discursos culturalistas, ya sea bajo la cubierta del radicalismo político. En el consenso por definir los problemas sociales como problemas juveniles se pueden reunir aliados inesperados.


Citas

1 Así, durante la primera mitad del siglo XX el cáncer se constituye como problema social en buena parte de los países europeos. ¿Por qué el cáncer? En parte porque la gente vivía más años y también porque era la enfermedad mortal que más afectaba a las clases altas, es decir, a aquellos grupos que tenían más recursos a su alcance para poder elevar esta enfermedad a la categoría de problema social general. Algo similar ocurrió en los años ochenta con el Sida. Aquí jugó también un papel fundamental el nivel social de los afectados y su capacidad de organización: personas de clase media-alta con recursos para organizarse rápidamente y convertirse en interlocutores de las autoridades sanitarias. Y, por supuesto, jugó también un papel fundamental el hecho de que la enfermedad se detectase primero en Estados Unidos. Estos determinantes son fundamentales para comprender la relevancia pública de un problema y de los medios que pueden reunirse para solucionarlo: así, mientras que la malaria afecta a mucha más población a nivel mundial que el Sida, se beneficia de muchos menos fondos de investigación.

2 Así, se puede detectar un aumento de madres solteras adolescentes. ¿Quién es la víctima? ¿El niño o la madre? En el primer caso, la madre sería culpable; en el segundo, habría que ayudarla. ¿Y cuál es el problema? ¿La promiscuidad adolescente, el embarazo adolescente o la falta de recursos de las madres solteras? Cada definición del problema implica una solución distinta –acabar con la permisividad sexual, o dar educación sexual y promover la planificación familiar, o establecer ayudas económicas para las madres solteras– con distintos efectos políticos.

3 E. P. Thompson (1968), en su investigación sobre la construcción de la clase obrera en Inglaterra, nos pone de relieve la importancia de estas categorizaciones. En el siglo XVIII los asalariados manuales se percibían a través del sistema de oficios. Un asalariado carpintero se veía como alguien distinto a un asalariado zapatero: el sistema de oficios reagrupaba en la misma categoría a todos los que ejercían el mismo oficio –ya fueran patrones o asalariados– y separaba a los de distintos oficios. Mediante un proceso largo, en buena medida político, se va construyendo la categoría de clase obrera: ésta supone concebir como miembros del mismo grupo a todos los asalariados manuales. Frente a los oficios, la categorización en términos de burgueses contra obreros supone una nueva forma de concebir identidades y diferencias, de separar en compartimentos –la identidad de asalariados pasa a segundo plano la división de oficios– y, a partir de aquí, permite plantear un tipo nuevo de luchas laborales y políticas.

4 He desarrollado lo que sigue en Martín Criado, 1998: 72-93.

5 Esto se ha repetido en numerosas ocasiones: desde el movimiento del Sturm un Drang en Prusia a fines del XVIII, hasta los discursos sesentayochistas, pasando por la invención de la bohemia en París en los años 1830.

6 Así, tras la segunda guerra mundial, proliferan en Gran Bretaña multitud de explicaciones del supuesto “carácter problemático” y “violento” de la juventud debido a la violencia de la guerra y los trastornos que supuso en su socialización. Sin embargo, las estadísticas mostraban una disminución de la delincuencia entre los “niños de la guerra”. Según explica John Davis, “tales ‘explicaciones’ probablemente demuestran que los adultos pensaban que los jóvenes deberían haber sido trastornados por la guerra –después de todo había sido la mayor experiencia de la mayoría de la generación paterna–” (1991: 90).

7 Así, los grupos sociales en declive, y fundamentalmente los miembros de más edad con una trayectoria social descendente, suelen pensar la estructura social en términos de degeneración: las cosas van a peor, las generaciones que nos siguen han perdido los valores.

8 He desarrollado esto en Martín Criado, 1998: 21-71.

9 La capacidad que tienen los distintos grupos sociales de beneficiarse de los recursos y ayudas estatales depende en buena medida de sus recursos culturales, informacionales, relacionales y económicos. Por ello, cuando las ayudas estatales no van dirigidas específicamente a los grupos con menos recursos, son estos corrientemente los menos beneficiados por las mismas. Así, cuando las políticas de juventud tienen como criterio único o principal la edad, ignorando que la división de clases y la desigualdad de recursos atraviesa todas las edades, lo corriente es que sean los jóvenes de clases medias los principales beneficiarios de las mismas, con lo que las ayudas sociales terminan revirtiendo en quienes tienen menos necesidad objetiva de las mismas.


Bibliografía

  1. ARIÈS, Philippe, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, Madrid, Taurus, 1987.
  2. BOURDIEU, Pierre, Cuestiones de Sociología, Madrid, Istmo, 2000, pp.142-153.
  3. DAVIS, John, Youth and the Condition of Britain. Images of Adolescent Conflict, Londres, The Athlonte Press, 1991.
  4. MANNHEIM, Karl, “El problema de las generaciones”, en: Revista Española de Investigaciones Sociológicas, No. 62, 1993, pp.193-242.
  5. MARTÍN-CRIADO, Enrique, “El paro juvenil no es el problema, la formación no es la solución”, en: Lorenzo Cachón (ed.), Juventudes, mercados de trabajo y políticas de empleo, Valencia, 7imig, 1999, pp.15-47.
  6. ________, Producir la juventud. Crítica de la sociología de la juventud, Madrid, Istmo, 1998.
  7. THOMPSON, E.P., The Making of the English Working Class, Hardmondsworth, Middlesex, Penguin Books, 1968.
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De jóvenes y juventud

De jovens e juventude

Of young people and youth

Fernando Quintero Tobón*


* Sociólogo. Investigador de la Línea sobre Jóvenes y culturas juveniles del IESCO-UC. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

A partir de los resultados del Estado del arte del conocimiento producido sobre jóvenes en Colombia 1985- 2003 el presente artículo aborda, desde una perspectiva biopolítica, una reflexión acerca de la producción de la condición juvenil en Colombia y la incidencia de los discursos y los contextos sociopolíticos en dicha producción.

Palabras clave: condición juvenil, juventud y biopolítica, discursos y dispositivos para la producción de la juventud en Colombia.

Resumo

A partir dos resultados do Estado da arte do conhecimento produzido sobre os jovens em Colômbia 1985- 2003 o presente artigo aborda, desde uma perspectiva biopolítica, uma reflexão sobre a produção da condição juvenil na Colômbia e a incidência dos discursos e dos contextos sócio políticos nesta produção.

Palavras-chaves: Produção juvenil, juventude e biopolítica, discursos, dispositivos para a produção da juventude na Colômbia.

Abstract

Base on the results of Estate of the art about knowledge produced about youth in Colombia 1985-2003, this article presents, from the perspective of the biopolitics, a reflection about the production of the condition of youth in Colombia and the effect of the discourses and the social politic contexts in this production.

Key words: youth condition, youth and biopolitics, discourses and dispositives involved in the production of youth in Colombia


Introducción

Podría afirmarse que la producción generalizada de una condición juvenil en Colombia es más bien reciente. Si bien es cierto que las generaciones jóvenes pertenecientes a las elites económicas y políticas ya podían gozar de una moratoria social1, que en el país circulaban desde las primeras décadas del siglo XX, discursos provenientes de la psicología social que definen al joven como adolescente, y que hacia los años treinta y cuarenta ya se podían evidenciar las primeras manifestaciones de las formas de vida juvenil2, tan sólo a partir de la segunda mitad del siglo pasado su producción logra extenderse a otros sectores que no fueran exclusivamente las clases y sectores sociales mejor posicionados.

Ahora bien, el hecho de ampliar a otros sectores sociales dicha condición no significó que los jóvenes de las clases populares fueran a compartir las mismas experiencias que los de clases altas y medias, como tampoco las mismas oportunidades en el presente y el futuro; lo mismo podría decirse con relación al género. De igual manera, desde el momento en que comienza a ser extendida una condición juvenil en el país y hasta el día de hoy, la transformación de los contextos sociopolíticos ha incidido de manera directa en la producción específica de dicha condición. Así que el hecho de compartir una edad “natural” transida únicamente por lo biológico no se constituye en el único determinante de la condición juvenil.

Por su parte, la producción discursiva que se hace de lo juvenil arroja imágenes específicas y variadas de un sujeto denominado como joven. Ellas le dan sentido y lugar en el marco de la experiencia social a las prácticas consideradas juveniles. De manera que el nombramiento resultante de estos discursos es al mismo tiempo la asignación e incorporación de un conjunto de prácticas sociales que lo ubican de acuerdo con los intereses y prioridades que se tienen como sociedad.

Teniendo en cuenta lo anterior, el presente artículo intenta elaborar una reflexión desde una perspectiva biopolítica sobre la producción de una condición juvenil en Colombia a partir de los resultados de la investigación Estado del arte del conocimiento producido sobre jóvenes en Colombia 1985-20033 y teniendo como preguntas orientadoras: ¿cómo se ha dado la producción generalizada de una condición juvenil en el país?, ¿qué intereses entran en juego para que se emprenda dicha producción?, ¿en qué contextos se produce determinada condición juvenil? y ¿cuál es el lugar de los discursos sobre los jóvenes en tal producción? Para ello, se presentan, en primer lugar, unas relaciones conceptuales entre biopolítica y juventud y, en segundo lugar, los referentes y contextos más importantes que repercuten en la construcción discursiva de una juventud en Colombia y los mecanismos implementados para su producción.

Biopolítica y Juventud

Los conceptos de biopoder y biopolítica provienen de la filosofía foucoltiana. Fue justamente Michel Foucault (1991) quien identificó un biopoder o una forma de poder que regula y administra la vida social mediante una biopolítica que incorpora y naturaliza los constructos sociales. Así que, como su nombre lo indica, la biopolítica es la política sobre la vida y se refiere a todos los dispositivos o mecanismos mediante los cuales opera el biopoder sobre el cuerpo social e individual. Según el autor, es aquella “que hace entrar a la vida y sus mecanismos en el dominio de los cálculos explícitos y convierte el poder-saber en un agente de transformación de la vida humana…” (Foucault, 1991:173).

Según Foucault, en la historia se podría hablar de dos contextos biopolíticos. El primero el disciplinar y el segundo el del control. En el primero la biopolítica se vale de una anatomopolítica del cuerpo humano con el fin de disciplinar el cuerpo y, de esa forma, incorporar al sujeto en el orden social. Tal política de disciplinamiento es realizada por lo que Foucault llamó las instituciones normalizadoras como la familia, la escuela, el hospital psiquiátrico, el ejército y el taller. Por su parte, en el segundo contexto, la biopolítica de las poblaciones tiene como propósito el control y la regulación poblacional, razón por la cual “se centra en el cuerpo-especie, en el cuerpo transido por la mecánica de lo viviente y que sirve de soporte a los procesos biológicos: la proliferación, los nacimientos y la mortalidad, el nivel de salud…” (Ibíd.: 168). Esta estrategia puede afirmarse cuando los cuerpos logran una inserción controlada en el aparato de producción, mediante procesos de ajuste de los grupos poblacionales a los procesos económicos y sociopolíticos.

Ahora bien, ¿cuál sería la relación de la biopolítica con la producción de una condición juvenil? Al respecto, esta condición puede entenderse como una producción biopolítica en la medida en que la construcción de un cuerpo juvenil implica la naturalización de la condición juvenil en cuyo proceso se comprometen tres factores principalmente: a) la asociación entre edad biológica y edad sociocultural; b) la incorporación de representaciones y prácticas consideradas inherentes a una condición juvenil; y c) la adaptación a los procesos político- económicos, especialmente los relacionados con las demandas del sistema socio-productivo.

Según Serrano et al. (2003), la producción de una condición juvenil implica dos procesos simultáneos: la construcción de la juventud que se refiere a los constructos discursivos que se hacen de las generaciones jóvenes un objeto de conocimiento, y la producción de lo juvenil que compromete todos los dispositivos, mecanismos, roles y posicionamientos que tienen como tarea la producción y reproducción de dicha condición. En consecuencia, los discursos pueden comprenderse como constructores-productores de lo juvenil, pues con las cosas que enfatizan, y también con las que dejan de lado, determinan los modos de relación y producción social de dicha condición (Serrano et al. 2003). De manera que los discursos producidos sobre la juventud y los dispositivos políticos implementados a partir de dichos nombramientos se constituyen en un mecanismo que naturaliza y homogeneiza un modo histórico específico de experimentar lo juvenil.

En esa medida, lo juvenil podría entenderse como una condición subjetiva que es definida por la categoría juventud y producida por una serie de mecanismos de intervención sobre una población en particular. Por lo tanto, podríamos decir que la producción de lo juvenil es el proceso mediante el cual se naturaliza a partir de los discursos y las prácticas el sentido de ser joven, el cual se expresa mediante una performatividad4.

Podemos deducir entonces que al obedecer a un ordenamiento de tipo poblacional desde el factor etáreo, la juventud es producto de una biopolítica de las poblaciones (Foucault, 1991), en la medida en que la producción de un cuerpo juvenil implica la puesta en marcha de dispositivos biopolíticos que se caracterizan principalmente por: a) los disciplinamientos corporales encargados a instituciones como la familia y la escuela, a las cuales se les ha asignado la responsabilidad de transmitir los órdenes morales y las posturas corporales legitimadas por la sociedad, produciéndose así un sujeto definido como joven; y b) la regulación de las poblaciones, la cual se expresa mediante la puesta en marcha de dispositivos de control y regulación poblacional como formas de intervención social sobre esta población; así pues, las políticas públicas que inciden en las condiciones sociales y materiales de la población joven, sean explícitas o implícitas5, tienen como resultado la producción de una condición juvenil.

Producción biopolítica de la condición juvenil en Colombia: discursos y contextos

Partiendo de una revisión de los estudios sobre la juventud en Colombia, se identifican unos momentos históricos que han incidido significativamente en la construcción y actualización6 de la juventud como categoría social; es así como las condiciones materiales y simbólicas de determinado contexto sociopolítico en particular repercuten en la problematización y nombramiento que se hace de lo juvenil y en las formas de intervención que producen, objetivan y reproducen una determinada imagen de sujeto joven en el sistema social7. Teniendo en cuenta lo anterior, en el presente apartado se hará un breve recorrido histórico por algunas décadas significativas en el tema para tratar de abordar preguntas como: ¿de qué manera se refleja una biopolítica en la producción de una condición juvenil en el país? y ¿qué discursos e imágenes se construyen sobre esta población en dicha producción?

Según varios investigadores (Rodríguez, 1988; Parra, 1985; Leal, 1984), la década de los cincuenta significó para Colombia el inicio de una serie de reformas que se extendió hasta los ochenta, y que tenía por objeto la modernización de las estructuras políticas y económicas con el fin de alcanzar mejores niveles de crecimiento económico. La necesidad de adaptarse a las exigencias de un mundo cada vez más industrializado implicó no sólo orientar el crecimiento económico en torno a la industria, sino también, propiciar el desarrollo de los centros urbanos. Estos dos factores incidieron de manera determinante en cambios de tipo cualitativo en la composición misma de la población colombiana.

Tanto la adaptación a un modelo de producción industrial como la adopción de modos de vida urbanos se constituyeron en los desencadenantes de una intervención sistemática sobre la población, encaminada no sólo a transformar sus hábitos y costumbres localesrurales, sino también, a reordenar los grupos poblacionales y las edades sociales en torno a las nuevas demandas de la estructura productiva. A partir de ese momento, se puede señalar que la producción de una condición juvenil se estableció como prioridad política y económica para el país en la medida en que esta población en particular se constituyó en la posibilidad de mantener el modelo productivo adoptado y, por tal razón, en la esperanza de un futuro mejor para el país.

A partir de lo anterior, el contexto de la modernización implicó la ampliación de la moratoria social debido a la necesidad de extender la cobertura educativa a otros sectores sociales –populares y rurales– con el fin de satisfacer las demandas de mano de obra calificada que el modelo productivo exigía para garantizar su sostenibilidad. Esta situación condicionó la producción discursiva, emergiendo una doble imagen del joven adolescente y estudiante. En dicho contexto, las transformaciones socio-económicas obligaron a adoptar de categorías sociales propias de las sociedades industrializadas para definir y ubicar a los sujetos en la estructura social, lo que condujo a tomar representaciones sobre el joven, provenientes tanto de la psicología social que lo nombra en tránsito a la identidad adulta como de la sociología que le asigna la mencionada moratoria social, obligando a la implementación de políticas y acciones institucionales encaminadas a la ampliación educativa y el uso del tiempo libre (Abad 2002).

Sin embargo, la ampliación educativa y los acontecimientos sucedidos el 8 y 9 de junio de 19548 trajeron consigo la emergencia de una conciencia política generacional9: la juventud estudiantil se convirtió en uno de los sectores sociales que más cuestionó las limitaciones del régimen político colombiano, hasta el punto de constituirse en uno de los bastiones sociales que precipitarían la caída de la dictadura de Rojas Pinilla y, años más tarde, la crisis del Frente Nacional10 (Leal, 1984).

Después de los hechos del 10 de mayo de 1957 y el establecimiento del Frente Nacional, los estudiantes manifestaron su oposición debido a la exclusión política de muchos sectores sociales que éste significaba. Así pues, la oposición al Frente Nacional y el triunfo de la revolución cubana repercutieron en la forma de la participación política de los movimientos estudiantiles, la cual sería de carácter beligerante y abstencionista. Esta tendencia se mantuvo incluso hasta después del acuerdo frentenacionalista, cuando se intentó reprimirla con el Estatuto de seguridad inspirado en las dictaduras del cono sur e implementado durante el gobierno de Turbay Ayala (1978- 1982). Este tipo de acciones institucionales se enmarcan dentro de las políticas centradas en el control de los jóvenes estudiantes movilizados mediante la criminalización de la participación política de la juventud estudiantil (Abad, 2002).

De otro lado, a mediados de la década de los ochenta, la crisis de las políticas de modernización implementadas treinta años atrás, junto con las políticas de ajuste económico a nivel global y la participación de jóvenes en las violencias ligadas al narcotráfico en Colombia llamaron la atención de los investigadores y de las instituciones públicas. Lo anterior determinó significativamente la construcción de un nuevo relato sobre los jóvenes en el país, así como la implementación de nuevas estrategias institucionales para la producción de este sujeto. En esa medida, se generan representaciones sobre lo juvenil constituidas a partir de la relación violencia-vulnerabilidad, lo que produjo su criminalización y vulnerabilización.

Dicho relato expone a los jóvenes de sectores populares no sólo como los causantes de la crisis social, sino también como sus víctimas. Desde esta perspectiva, las condiciones de marginalidad en la que se encuentran muchos jóvenes denotan dos situaciones: por un lado, la vulnerabilidad de su condición “humana” debido al bloqueo de la posibilidad de acceso a diferentes bienes simbólicos y materiales; por el otro, estas condiciones de marginalidad impulsan a los jóvenes a vincularse a actividades al margen de la ley, contribuyendo en el incremento de la criminalidad y la delincuencia urbana.

Por lo general, se asocian las condiciones de vulnerabilidad y peligrosidad a jóvenes de sectores populares. Mientras que la condición de vulnerabilidad es asociada a jóvenes vinculados a la prostitución, y a las madres adolescentes principalmente, la peligrosidad de los jóvenes es relacionada con aquellos que desarrollan su vida cotidiana generalmente en la calle y que oscilan entre la legalidad y la ilegalidad.

Al respecto, es posible identificar en las estrategias desarrolladas institucionalmente para incidir en dicha situación, dispositivos que buscan principalmente controlar y reprimir las dinámicas juveniles que, según el concepto de los investigadores, los ponen en condiciones de riesgo. A partir de lo anterior, las estrategias se encaminan hacia el enfrentamiento de la pobreza y prevención del delito lo que “obliga a los gobiernos de entonces a diseñar programas de contención para las poblaciones más afectadas (…) la mayoría de sus acciones involucraban especialmente a los jóvenes de sectores marginados, en procura de mostrar una cara amable del Estado en medio de los complicados trayectos de una difícil democratización” (Ibíd.: 136) y cuyo objetivo era diezmar la participación de jóvenes en actividades ilegales impulsadas por sus precarias condiciones de vida.

Si bien a partir de la década de los noventa Colombia ingresó a un nuevo contexto social, político y económico en el que se respira un ambiente reformista debido a la nueva carta constitucional y a la apertura económica como estrategia de desarrollo, el conflicto social no fue superado como se esperaba que sucediera después de haber formulado la nueva Constitución; esto se ve reflejado en la leve disminución de la pobreza, en el estancamiento del mejoramiento de las condiciones de vida, en la caída del ingreso real, en el crecimiento de la informalidad y el desempleo en los adultos jóvenes, así como en el incremento de la violencia y la delincuencia urbana y en el aumento en las tasas de fecundidad y de la deserción escolar (Abad, 2002; Serrano, et al., 2003).

A partir de ello, el Estado desarrolla programas focalizados de intervención en la población juvenil, destacándose la estrategia que busca la Inserción laboral de jóvenes excluidos, mediante la cual se adoptan reformas inspiradas en lógicas de gestión pública análogas a los modelos empresariales, con el fin de desarrollar programas que favorezcan la especialización y las prácticas de subcontratación, privatización de los servicios públicos y gasto focalizado en una oferta asistencial para los sectores más marginados. Al respecto, Abad señala que en ese contexto, adquieren “especial relevancia las acciones del Estado para incorporar a los jóvenes más pobres al mundo laboral sin hacer grandes inversiones para mejorar la calidad de la educación pública, desarrollando programas de capacitación e inserción laboral mediante acuerdos con la empresa privada vía flexibilización del régimen laboral” (Ibíd.: 238).

Durante los noventa, emergen imágenes del joven como un sujeto deseado por un lado y diverso por el otro. La primera imagen se hace visible en los trabajos que construyen una representación del joven como generador del cambio social. El periodo pre y post-constituyente11 se estableció como el contexto desde el cual surge un nuevo relato sobre el joven en Colombia. Su participación decidida en el Movimiento de la Séptima Papeleta12 origina la construcción de una imagen del joven basada en la idea de la fuerza transformadora de la juventud, que le asigna a este sujeto un potencial político necesario en la construcción de una democracia participativa y en la solución del conflicto social que atraviesa el país (Perea, 1999: 132 y anexos; Salazar, et al., 1998). A partir de lo anterior, se promueven fuertemente las estrategias encaminadas a la institucionalización de la acción política juvenil como mecanismos de gestión y reconocimiento de los diversos modos de expresión juvenil, de manera que se implementan experiencias locales que intentan reconocer y convocar a todos los jóvenes a participar en procesos con sus comunidades, a la vez que se crean espacios y mecanismos de participación como los Consejos de Juventud, programas de veedurías juveniles y las casas de la juventud, entre otros (Viera, 1994).

Por su parte, la llamada apertura económica introduce de manera más decidida al país en la economía global de mercado, situación que incide directamente en la emergencia generalizada de agrupaciones juveniles en las grandes ciudades constituidas fuertemente a partir del consumo de músicas, objetos y signos producidos y distribuidos por las industrias culturales. En consecuencia, aparece la imagen del joven como diverso debido a la especial atención que se pone en las dinámicas grupales e individuales estéticamente diferenciadas y articuladas a los signos y mercancías que determina e impone el mercado.

Conclusiones

A partir del breve recorrido histórico hecho en el presente artículo, podemos identificar entonces que durante la última mitad del siglo XX se dan tres contextos o periodos significativos en la producción generalizada de una condición juvenil en Colombia. El primer contexto es el de la modernización política y económica que va desde 1950 hasta los ochenta e implica una serie de intervenciones de reordenamiento sociodemográfico y se refleja en la producción de lo juvenil mediante las políticas de ampliación educativa y uso del tiempo libre, las cuales traen consigo la institucionalización de la moratoria social. En este contexto, los hitos de los que se desprende una producción discursiva sobre los jóvenes son: la visualización del joven como relevo generacional y los acontecimientos del 8 y 9 de junio de 1954 que lo constituyen en un actor social y político; este hito en particular origina estrategias de represión a la participación política de muchos sectores juveniles movilizados.

El segundo contexto es el de la crisis de la modernización a mediados de los setenta y que se extiende hasta finales de los ochenta, en el cual se vuelve prioridad la acción estatal frente al incremento de la pobreza y la marginalidad social creciente. En ese periodo el primer hito que desencadena una nueva producción discursiva sobre los jóvenes es el incremento de la marginalidad y la delincuencia urbana; el segundo hito de este periodo es el asesinato, en 1984, del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. En este contexto se implementan acciones institucionales encaminadas, en especial, a la erradicación de la pobreza y prevención del delito.

Y, finalmente, el tercer contexto, que se desprende del periodo pre-constituyente, es el momento en que se ve la posibilidad de construir un nuevo país donde el conflicto social quede subsanado después del nuevo acuerdo político que significa la constitución del 91. En este contexto los hitos más importantes son: el Movimiento de la Séptima Papeleta, la promulgación de la nueva carta constitucional y la apertura económica, los cuales originan una producción discursiva en torno a un joven como deseado y necesario para la transformación positiva del país y un joven heterogéneo vinculado a lógicas globales y locales mediadas por el mercado. En dicho contexto, los discursos producidos desencadenan acciones centradas en la institucionalización de lo juvenil y en políticas económicas que intensifican el mercado como un nodo central en la construcción identitaria de los jóvenes colombianos contemporáneos.

En síntesis, se podría señalar que los contextos y factores desencadenantes de una construcción discursiva sobre la juventud en el país se diferencian de los estudios de otros grupos sociales debido a que la producción de conocimiento sobre algunos sectores de la población como las mujeres, las comunidades afrodescendientes y otros sectores sociales históricamente excluidos ha sido motivada principalmente por sus luchas de reivindicación social y reconocimiento de sus identidades. Por lo tanto, la producción de una condición juvenil y los estudios sobre juventud en Colombia han estado motivados sobre todo por la preocupación y la alarma social que se enfoca principalmente hacia el control y adaptación de este sujeto al orden social y productivo. De manera que los discursos producidos sobre la juventud y los dispositivos políticos implementados a partir de dichos nombramientos se constituyen en un saber-poder13 que ordena y objetiva a estos sujetos en determinadas posiciones de la estructura social, de acuerdo con los intereses particulares de determinado momento histórico.

En esa medida, se identifica una biopolítica sobre los jóvenes que produce y ordena una condición juvenil mediante la incorporación de los relatos producidos acerca de ellos, para lo cual intervienen mecanismos de disciplinamiento y normalización en instituciones como la familia y la escuela, y dispositivos de producción y control reflejados en las estrategias de intervención institucional de acuerdo con la norma social. Así pues, el adolescente, el estudiante, el peligroso, el o la vulnerable, el heterogéneo y el deseado, entre otras imágenes, son codificaciones de los cuerpos juveniles que determinan los modos de intervención sobre ellos y sus formas de inserción en la estructura social.


Citas

1 Se entiende como moratoria social un periodo caracterizado por la inserción del joven en procesos de escolarización, expulsión de la producción laboral y vivencia de un ocio socialmente aceptado (Margulis y Urresti, 1998).

2 Al respecto, trabajos como los de Pilar Riaño afirman que fue en la década de los treinta donde empezaron a presentarse las primeras manifestaciones de participación juvenil en el ámbito urbano, las cuales tendían a ser de tipo cultural. En los años treinta se presenta el primer hecho juvenil de importancia: El festival estudiantil, por medio del cual los jóvenes de clases altas se oponían a las formas tradicionales de entretenimiento de la sociedad capitalina de su época. Posteriormente, la radio y el cine tienen un impacto importante en las expresiones juveniles culturales produciendo nuevas formas de relacionarse con lo público (Riaño, 1992).

3 El Estado del arte del conocimiento producido sobre jóvenes en Colombia 1985-2003 fue realizado por la Línea sobre Jóvenes y culturas juveniles del IESCO-UC. El estudio abarcó las cinco regiones de Colombia, específicamente 18 ciudades del país. El proyecto tuvo en cuenta 520 trabajos sobre juventud fruto de investigaciones y ejercicios reflexivos profundos y sistemáticos. El dispositivo o técnica para la lectura analítica de dicha producción fue el RAE Reseña Analítica Especializada, la cual se diseñó con relación a los presupuestos teóricos de base de este trabajo investigativo. Este dispositivo es adoptado para esta investigación porque, además de la descripción general del texto, su elaboración exige una información muy específica y detallada de las variables o temáticas de interés. Para este caso, el RAE exigió información sobre las imágenes de sujeto que tienen implícitos o explicitos los textos revisados, el contexto de producción, el actor o agente que lo produce y qué instancia lo demanda; además requiere describir detalladamente las temáticas que abordan y cómo son desarrolladas, entre otros aspectos. Las temáticas revisadas fueron: Visiones de futuro, Familia, Escuela, Cuerpo, Educación, Inserción sociolaboral, Conflicto y convivencia, Culturas juveniles, Participación social y política, y políticas públicas.

4 Al respecto Butler (2002) señala que la performatividad del cuerpo generizado “…no es el acto mediante el cual un sujeto da vida a lo que nombra, sino, antes bien, como el poder reiterativo del discurso para producir los fenómenos que regula e impone” (Butler, 2002: 19). Así que de la misma manera como los nombramientos que intervienen en la construcción social del género acuden a la diferencia “natural” del sexo para producir lo masculino y lo femenino, los discursos sobre la edad biológica de los cuerpos se constituyen en dispositivos performativos que “juvenilizan” los cuerpos y, de esa manera, determinan comportamientos y prácticas sociales considerados como inherentes a este particular ciclo vital, hasta el punto que para el cuerpo “juvenilizado” se establecen como “naturales” prácticas hedonistas, convulsas, transgresoras, entre otras.

5 Al respecto, Libardo Sarmiento señala que “Las políticas explícitas hacen referencia a la legislación, programas y directrices orientados a transformar las situaciones que viven los jóvenes (…) al contrario, las políticas implícitas son las leyes reglamentos y otras directivas que aunque no son promulgadas con el objeto de influir directamente en la situación específica de los jóvenes, pero tienen repercusiones positivas y/o negativas sobre su condición y situación” (Sarmiento, 2004: 146).

6 Actualizar o actualización se entiende en el presente artículo como el reacomodamiento o adaptación del dispositivo que produce determinada condición social, en este caso lo juvenil, a las condiciones y exigencias del momento histórico específico.

7 Según Pierre Bourdieu, el sistema social es un sistema de posiciones y relaciones que se definen dentro y en oposición misma; en esa medida, el sociólogo francés considera que el sistema social se compone de luchas entre los agentes por un posicionamiento específico en la red de relaciones sociales, por tal razón, la posición de un agente o sujeto en el sistema social se encuentra determinado por su opuesto y con relación al acceso y usufructo del poder y los distintos capitales para su enclasamiento y posicionamiento. Según Bourdieu, en el caso de la juventud, ésta es una palabra en relación directa con su opuesto el adulto o viejo: a la lucha entre detentores de poder y sucesores de éste al interior de un campo determinado. Una lucha que se agencia mediante dos estrategias: por un lado, los viejos intentan mantener en estado de juventud, en estado de irresponsabilidad y faltos de poder a los jóvenes; éstos bien pueden aceptar dicha situación y recibir beneficios secundarios como programas de recreación y deporte para el uso sano del tiempo libre, para poner un ejemplo, como también, pueden acelerar y forzar la transmisión del poder mediante señalamientos a los detentores de éste como antiguos y acabados. “Esta estructura –señala Bourdieu– pone de manifiesto que de lo que se trata, en la división lógica entre jóvenes y viejos es de poder, de división de los poderes. Las clasificaciones por edad vienen a ser siempre imposiciones de límites y producciones de un orden al que todos deben atenerse, en el que cada uno ha de mantenerse en su lugar” (Bourdieu, 2000: 143). Por lo general, la posición asignada a los jóvenes se relaciona con la incapacidad en la toma de decisiones debido a las limitaciones en el ejercicio de la autonomía y a la restricción al acceso a determinados capitales.

8 Los acontecimientos del 8 y 9 de junio de 1954 pasaron a la historia de Colombia como uno de los episodios más dramáticos del régimen dictatorial. Todos los años, el 8 de junio, los estudiantes de la Universidad Nacional se dirigían al Cementerio Central con el fin de depositar una ofrenda en la tumba de Gonzalo Bravo Pérez, estudiante asesinado en 1929 en una movilización y conmemoración a la masacre de las bananeras ocurrida un año atrás. El 8 de junio las fuerzas armadas intentaron reprimir el acto conmemorativo; no obstante, la marcha logró superar el cerco militar que se proponía impedirla y pudo llegar al Cementerio Central donde se realizó el acostumbrado ritual. Al regresar al campus universitario, los estudiantes no ingresaron a clases y optaron por tomarse los predios para lanzar arengas y consignas. Ante dicha situación, el rector en ese momento solicitó la presencia de la fuerza pública, lo que desató un enfrentamiento que culminó con la muerte del estudiante Uriel Gutiérrez Restrepo. Al día siguiente, como forma de rechazo y luto por los sucesos acontecidos el día anterior, los estudiantes organizaron una marcha hacia el palacio presidencial que fue interrumpida por un pelotón del ejército a la altura de la avenida Jiménez con carrera séptima frente a lo cual se reaccionó sentándose en la vía, se cantó el himno nacional y se gritaron consignas. En medio de la tensión del momento, un oficial desenfundó su arma y un estudiante se lanzó contra éste: en el forcejeo el arma se dispara y siembra el caos. Inmediatamente la tropa abrió fuego contra los manifestantes, dejando como saldo un total de nueve estudiantes muertos y una treintena de heridos entre quienes se contaban tanto manifestantes como soldados. Minutos más tarde a esos hechos, uno de los estudiantes que había sido detenido fue asesinado a quemarropa por un soldado porque intentó fugarse (Leal, 1984; Salazar y Useche, 1998).

9 Algunos autores que han investigado el asunto de la participación política de los jóvenes en la historia reciente del país señalan que la ampliación de la matrícula universitaria se constituyó en el factor central que permite el surgimiento de una conciencia social y política que se manifiesta en el ascenso de la participación política de los estudiantes universitarios (Abad, 2002: 234). Por su parte, Leal (1984) afirma que dicha ampliación significó para algunos sectores de las clases medias emergentes una mejor representación política de sus intereses de clase. “El trasfondo de la formación del movimiento estudiantil, es posible ubicarlo dentro del proceso de configuración de una amplia gama de sectores de clase media, como resultado de la transformación profunda que se operó en Colombia en las dos décadas que rodearon el medio siglo. La consolidación de una organización capitalista, con todo y los inmensos traumatismos que experimentó, provocó abruptos y complejos cambios en la estructura de clases. Entre ellos, las nuevas clases medias se encontraron ante la situación de tener que ubicarse económica y socialmente en forma estable en la nueva sociedad, pero, más que todo, ante la necesidad de construirse un espacio político propio e inexistente (…) De todas formas, ante estas circunstancias, el sector de clases medias más evolucionado y mejor expuesto ante el maremágnum social que se presentaba, estaba constituido por la emergente población estudiantil universitaria. Por ello, ésta pudo asumir el papel de vanguardia política de los múltiples intereses de clase de donde provenían, politizándose y buscando una organización que indujera situaciones de hecho para construir los espacios políticos requeridos” (Leal, 1984: 158, 159).

10 Régimen político caracterizado por al alternancia del poder por parte de los dos partidos políticos tradicionales. El Frente Nacional se extiende desde 1958, después de la caída de la dictadura de Rojas y la sucesión del poder por parte de la junta militar, hasta 1970.

11 Al hablar del periodo pre y post constituyente se hace referencia la periodo entre 1989 y 1991 durante el cual se llevó a cabo el proceso de convocatoria, construcción y publicación de la carta constitucional de 1991 en Colombia.

12 El movimiento de la Séptima Papeleta se constituye en un movimiento juvenil que a finales de los ochenta obliga la realización del referendo que culmina con la formulación de la constitución de 1991. De esa manera, se constituye en la representación del cambio social. Bajo el lema “¡Hacer política es volver a participar!”, este movimiento se enuncia en “contra a la imagen que se perpetúa del joven violento, el de la piedra y los graffitis, el muchacho con capucha, el que va al monte (…) Contra la frialdad de toda aquella masa restante de jóvenes que no se identifican con nada y se sienten mal en cualquier orilla ideológica” y de esa manera hacerse partícipes, como jóvenes, en la construcción de una democracia participativa (Orjuela, et al., 1993: 56).

13 Al respecto el filósofo colombiano Édgar Garavito, en uno de sus ensayos conmemorativos a la obra de Foucault, señala que si bien entre el saber y el poder se puede establecer una clara diferencia, entre estos existe una adaptación inmanente en la medida en que el poder implica el saber y el saber explica el poder. “Entre poder y saber hay, por supuesto, una clara diferencia: el poder moviliza fuerzas, efectos, puntos de dominación, en relaciones que llegan a ser infinitesimales. El saber es, en cambio, formal, formaliza las materias discursivas y estabiliza la función enunciativa (…) Pero entre poder y saber hay inmanencia: sin una relación de poder, las formas del saber quedarían vacías, no se verían obstaculizadas. Inversamente, sin las formas del saber, las fuerzas del poder serían inestables y evanescentes. El poder implica el saber y el saber explica o complica el poder” (Garavito, s.f.).


Bibliografía

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Fin de año sin fin

Fim do ano sem fim

End of the year without end

Roberto Marafioti*


* Profesor de semiología en las universidades de Buenos Aires y Lomas de Zamora. Actualmente dirige una investigación UBACYT. Sus últimos dos libros son: Charles S. Pierce. El éxtasis de los signos, y, Sentidos de la comunicación. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

El artículo refiere a una tragedia ocurrida en Buenos Aires a fines del 2004. Relaciona un segmento del universo del rock local con la falta de respuestas hacia los jóvenes de las instituciones y la sociedad. La semiótica de la cultura y el concepto de texto permite mostrar que las canciones del grupo Callejeros evidencian el deterioro de un sector sin inserción laboral, educativa y social. El mito conforma una identidad dentro de las tribus juveniles porteñas.

Palabras clave: tribus urbanas, texto, semiótica de la cultura, mito, rock, Callejeros.

Resumo

O artigo refere-se a uma tragédia ocorrida em Buenos Aires no fim de 2004. Relaciona um segmento do universo do rock local com a falta de respostas para os jovens das instituições e da sociedade. A semiótica da cultura e o conceito de texto permite mostrar que as canções do grupo Callejeros evidenciam a deterioração de um setor sem inserção trabalhista, educativa e social. O mito forma uma identidade dentro das tribos juvenis portenhas.

Palavras-chaves: tribos urbanas, texto, semiótica da cultura, mito, rock, Callejeros.

Abstract

This paper talks about a tragedy that happened in Buenos Aires at the close of 2004. It relates the rock universe’s to the lack of response to young people to that of institutions and society. The semiotic theory of culture and the concept of text allow to show that Callejeros’s songs reflect the impairment of young without possibilities of education, work, and social inclusion. The myth built by the group aims to shape an identity in the urban tribes settled in Buenos Aires.

Key words: urban tribes, text, semiotic theory of culture, myth, rock, Callejeros.


Introducción

El 30 de diciembre del 2004 estalló, en un popular barrio de Buenos Aires, un incendio en un recital de rock de un grupo que venía en ascenso, Callejeros. El local, excedido en capacidad1, donde se realizaba el encuentro, se llamaba República Cromañón. 193 jóvenes fueron devorados por el humo cargado de ácido cianhídrico. Se habilitaron líneas telefónicas de consulta para quienes asistieron a ese recital, brindando asistencia psicológica.

El grupo Callejeros, surgido de un barrio del sudoeste de la ciudad de Buenos Aires, Villa Celina, por su actitud, por las letras de sus canciones, por el público que convocaba, por su propio nombre, congrega a jóvenes impugnadores de la cultura oficial. Lo que, en ámbitos roqueros, se denomina “la cultura careta”. Sus integrantes pertenecen a sectores de clase media baja, aquellos a quienes más afectó la crisis de los noventa2.

Desde el punto de vista de quienes eran sus seguidores, sin embargo, manifestaban el carácter policlasista de todo el rock nacional con la novedad de sumar rituales y gestos futbolísticos. La pasión argentina, se sabe, se resume en fútbol y rock.

Como se encargó de detallar el diario Clarín pocos días después del acontecimiento, los fans de la banda se organizaban en dos grupos que, solventados por Callejeros, iniciaban cada presentación encendiendo pirotecnia; replicaban la entrada de las hinchadas a una cancha. Ambos estaban en contraposición y pertenecían a barriadas diferentes de Buenos Aires. La escenografía futbolística se trasladó al espacio roquero y fue el origen de la catástrofe3. Incluso los testimonios posteriores de participantes de estos grupos coincidieron en señalar que el vino, la “merca” (cocaína) y los traslados a los recitales, eran solventados por la banda, cuyos integrantes estaban interesados en promocionar estos “juegos de representaciones”.

El incendio iluminó una crisis más honda y severa que se puede extender a otros sitios de Latinoamérica. Desde entonces se produjo un intenso debate alrededor de la cultura roquera.

La juventud, un nudo complejo en el pasado y el presente de Argentina

Desde el Nunca Más pronunciado por el fiscal Julio César Strassera en el alegato del Juicio a las juntas militares, pasaron muchos años. Entonces se juzgó a los militares por los 30.000 desaparecidos, en su gran mayoría jóvenes y trabajadores.

Un poco antes, en 1982, la dictadura militar había emprendido la recuperación de las islas Malvinas dando lugar a una guerra que terminó en derrota. Allí también la mayoría de los muertos fueron jóvenes humildes de las provincias más desfavorecidas.

A partir de la recuperación democrática se ha instalado un vínculo distinto hacia los jóvenes. De una manera u otra se asiste a su permanente exclusión. La desocupación o la subocupación es más aguda en el sector juvenil que en el resto de las capas sociales.

Esta realidad se conforma paradójicamente en medio de discursos mediáticos (sobre todo el publicitario) que alaban las opiniones y los deseos juveniles. De a uno, de a varios o de a cientos, caen jóvenes de diferente manera. No tienen trabajo, alternativa profesional, ni horizonte. A veces se les propone un mundo laboral de cuasi esclavismo que algunos aceptan alegremente (mcdonalización laboral).

Algunas muertes tuvieron la particularidad de desencadenar fenómenos imprevistos y dejaron una huella imborrable en la sociedad. La violación y asesinato de María Soledad Morales pulverizó el régimen de una familia gobernante en la provincia de Catamarca. La muerte del conscripto Carrasco en un Batallón del Ejército aniquiló el régimen de conscripción militar. Otros casos, como el de Miguel Bru o de Walter Bulacio permanecen impunes. En el 2002 dos piqueteros jóvenes, Darío Santillán y Maximiliano Kostecki, fueron fusilados por la policía bonaerense y esto obligó al Presidente Duhalde a adelantar las elecciones. Pero hay muchos casos más.

Hay jóvenes que son secuestrados de modo circunstancial o aparecen muertos. En algunos casos las policías, federal o provincial, son responsables o cómplices (“gatillo fácil” es la metonimia preferida), en otros se trata de seguridad privada, bandas de delincuentes o secuestradores.

han escuchado diferentes voces, sobre todo desde la derecha local, clamando por endurecer el código penal. Proponen bajar la edad de imputabilidad, acelerar los tiempos judiciales. El blanco preferido es la franja juvenil, riesgosa e inmanejable por naturaleza. En el mismo año 2004 se sucedieron multitudinarias manifestaciones de apoyo a un padre que encontró muerto a su hijo secuestrado de 22 años. En este caso la víctima pertenecía a un sector social acomodado y el reclamo tuvo una exposición mediática contundente. La respuesta sobresaltada de los legisladores llevó a aprobar, incluso con errores, reformas al código penal.

Hasta el 30 de diciembre, el tema de la seguridad se trató desde la represión a los jóvenes que, por pobreza o exclusión, atraviesan la delgada línea que culmina en la delincuencia. La simpleza de las soluciones mostró la miopía de los análisis.

En estas circunstancias los medios acompañaron y mostraron los sucesos escandalosos poniendo en el escenario las realidades más difíciles. En más de un caso fueron determinantes para el cambio de realidades aberrantes.

Otro aspecto se refiere a cierta característica propia de aquello que se llamó el “ser argentino”. La arrogancia, la jactancia, se condensan en el “piola”, esa palabra porteña que retrata a un personaje omnipotente y transgresor. El 30 de diciembre mostró que este significante no sólo pertenece a los adultos sino que fue apropiado por segmentos de la juventud. Nadie creyó que se debían respetar las normas de acceso a un local bailable. Nadie preguntaba quién era responsable de que se cumpliera con las normas de seguridad. Nadie creía que lo atroz podía incluirlo.

El dueño del lugar bailable4, Ómar Chabán, declaró en una oportunidad no muy lejana que el rock era un muy buen negocio porque allí funciona la consigna de cuanto peor, mejor. A los jóvenes no les importa, aseguraba, ni la higiene, ni la comodidad, ni la seguridad. El apretujamiento es cálido y lucrativo. El capitalismo salvaje se extendió a un reino ideal donde todo se puede impugnar y nada se controla.

El festival de acusaciones continúa y el resultado de la política de fuga del estado de sus funciones elementales sigue con independencia de los colores políticos de quienes gestionan5. Las instituciones oficiales fueron condescendientes y/o cómplices de empresarios interesados en maximizar sus ganancias. Los padres fueron incapaces de poner límites a la voluntad transgresora de sus hijos, incluso aquellos que tienen que ver con la propia conservación. El universo del rock operó como legitimador de la descalificación generalizada de una sociedad incapaz de dar respuestas consistentes y creíbles para un sector al que sólo le propone una libertad de palabra pero sin ninguna responsabilidad. La vieja sentencia de Spinoza, “la libertad es la necesidad de tomar conciencia”, fue escamoteada.

Dicotomías y esquemas conceptuales

Es interesante internarse en el universo juvenil y considerar su propia organización. Desde hace tiempo se viene incorporando el concepto de tribus urbanas (Maffesoli, 1990: 17; Costa et al., 1996: 91) para definir una situación sociológica novedosa. Así, se delimita un espacio social conformado desde una identidad fragmentada pero intensa. Los múltiples grupos juveniles se identifican entre sí por rasgos diferenciales que van desde la ropa, los conjuntos de rock a los que siguen, los tatuajes, los piercings, los peinados, los sitios de encuentro, las bebidas que consumen, etc. Esta fragmentación lleva a pensar en la complejidad del campo de estudio, señala la necesidad de contar con variables múltiples y de proponer afirmaciones cautas.

Las respuestas que se ensayan aquí, apuntan a ver el fenómeno desde una perspectiva social y, sobre todo, cultural. Se trata de ahondar en los mecanismos articuladores de un discurso con peculiaridades y debilidades.

Es propio de un tiempo, como el juvenil, en el que se buscan identidades más fuertes para acceder a la vida adulta, el necesitar construir esquemas dicotómicos que ubiquen con nitidez y precisión a los otros.

De allí que se organicen parejas semánticas opuestas para separar aquello que la realidad muestra de un modo más complejo. La cultura comienza allí donde nace la necesidad de una relación (Lotman, 1996:81).

Así, para los jóvenes, ser careta se opone a ser del palo. Cultura a contracultura. Under o alternativo a comercial. La lista podría seguir.

Es obvio que nadie es sólo careta, y el ser del palo a veces no es más que una mera descripción. Nadie es todo el sistema y tampoco la paz o la autenticidad se monopolizan por edades ni por generaciones. Pero, por ello mismo, resulta más valioso reconocer los términos opuestos que describir sus contenidos.

Pero también grupos como los rollingas6 se oponen a los alterna, a los punk, a los cumbieros, a los dark, a los raperos, a los ya canosos hippies. Y se podría continuar con los ejemplos. Lo que importa es que al relacionarlos constituyen un sistema que hace que cada uno deba reconocerse en su propio espacio de producción de sentido. Ello genera un exceso de producción de significación que conduce al estereotipo. Por eso se puede afirmar que el universo juvenil funciona con un alto grado de esquematismo. Cuando se ve a jóvenes vestidos con el mismo diseño indumentario, con cortes de pelo similar, con tatuajes u otro tipo de aditamentos, no se puede más que recordar la presión del universo tradicional de la moda que impone registros de vestimenta como unidades enunciativas. Y aquello que busca la diferencia termina conformando la uniformidad. Paradojas de la producción de sentido: la libertad máxima concluye en la obligación máxima.

Cultura, memoria y Olvido

Ya hemos señalado la importancia que han adquirido en la cultura local ciertos hechos que involucraron a jóvenes y su vínculo con situaciones más estructurales. La definición de Lotman acerca de la cultura servirá al análisis aquí propuesto. Él alude a la cultura como la “memoria no hereditaria de una colectividad” (Lotman, 1979:71). Y agrega que, “por esencia propia, va dirigida contra el olvido” (1979, 74). Memoria y olvido, información acumulada, conservada y transmitida por los diferentes colectivos de la sociedad humana generan tensiones que en nuestros países tienen un alto grado de conflictividad. Las Madres, las Abuelas de Plaza de Mayo y las más recientes Madres del dolor se han convertido en organizaciones destinadas a esclarecer crímenes pero también a promover el recuerdo como mecanismo de consolidación social.

Las formas de la memoria dependen de lo que se considere sujeto de memorización, de la estructura y orientación de una civilización determinada. Lotman reinterpreta la noción de cultura escrita y cultura oral (Lotman, 1993:3). La primera actúa como un archivo por acumulación de acontecimientos singulares en tanto que la segunda trabaja con una memoria fraguada en la práctica rítmica del rito y sus formas de organización y comprensión de lo cotidiano. Si la primera prefiere las relaciones de causa a efecto y apunta a los resultados de una acción narrativizada, la segunda enfila a lo cíclico y a los recursos que tienen que ver con la imaginación y la construcción de los mitos.

La teoría propuesta por la Escuela de Tartu es provechosa para el análisis del rock en tanto manifestación de una subcultura que posee rasgos que la aproximan a la cultura oral.

En algunas canciones de Callejeros se juega con el ritmo y la rima por encima de la significación. Hay un forzamiento por desencadenar mecanismos de fácil recordación antes que por la búsqueda de una coherencia y cohesión discursivas. En “Todo eso” dicen: Todo eso y tus besos/ son la mueca que me va a quedar/ cuando me vengan a buscar/ Todo eso es el peso/ que tendrá mi alma/ (…) La obsesión por la letra y por la rima/ más la presión por trepar a la cima.

Lotman también recuerda la noción de sistema. Un espacio semiótico donde actúan sistemas de signos. Ello supone la instauración de normas que operan en su interior pero que, al mismo tiempo, interactúan con el exterior. En este punto la noción de contexto e historia aparece rediseñando la tradición semiótica que se interesaba sólo por la producción de sentido en el seno de un espacio clausurado sobre sí mismo. Los productos culturales cobran sentido en el pasaje entre el dentro y el afuera del sistema de significaciones. Este es un aspecto fundamental cuando se estudian ámbitos de la producción artística y cultural que se proclaman como vanguardias y/o rupturas frente a un orden establecido. Los vasos comunicantes entre los diferentes productos interactúan brindando nuevas significaciones. El tiempo actúa como un flujo donde nadie puede renunciar al pasado. No hay ruptura definitiva sino nuevas continuidades. Callejeros asume esta realidad aun cuando se aíslen de ese espacio que conforman por fuera y por dentro del sistema de signos.

Los textos y el rock

Para Lotman el texto conforma un espacio semiótico en el interior del cual los lenguajes interactúan, se interfieren y organizan jerárquicamente. Incluso la cultura en su totalidad es un texto, un texto complejamente organizado que se descompone en niveles de “textos en los textos”. El texto restaura el recuerdo y genera nuevos sentidos por parte de los usuarios.

La imagen de Callejeros es la de un grupo marginal. Sin embargo, ostentan bastante vaguedad acerca de sus adversarios. Sus canciones los revelan como un conjunto preocupado por encontrar un sentido en un contexto del que se sienten ajenos. Esta búsqueda se expresa en un estado de descreimiento generalizado. Toda afirmación es puesta en duda o negada. No existe un discurso ordenado y coherente, sino un flujo de contradicciones y cambios de opinión. El autor de las canciones, Patricio “Pato” Fontanet, describe esa permanente insatisfacción. En “Canciones y alma” es elocuente esta posición: … y para adentro me pregunto/ Pato qué es lo que habrá pasado/ que me moría por tocar rocanrol/ y ahora que puedo, algunos me están fusilando/ Te la creíste, las entradas son muy caras/ te subiste al caballo/ después los ves pagar el doble por un show que no vale 10 centavos/ es que mientras haya mundo habrá caretas que la van a seguir boqueando

En “Rocanroles sin destino” hay una descripción implacable del mundo del rock y una identificación con el público. Dice: A esta ciega razón de vivir/ de tratar de lograr/ ser la revancha de todos aquellos/ que la pelearon al lado, de cerca o muy lejos/ y no pudieron reír sin llorar/ Te llaman si convocas, te llaman si pagas bien.

La industria cultural, en muchos casos, simula rebeldía detrás de negocios millonarios. El rock y sus adyacencias (la ropa identificatoria, los Cd, las revistas7) se han convertido en una fuente inagotable de ganancias que tienen como protagonistas a un segmento que, a veces, olvida los fundamentos del régimen.

En “Un lugar perfecto”, Callejeros se desliza hacia afirmaciones más universales: No creo en Navidades ni en las noches de paz/ Las verdades no son absolutas y hay mentiras y verdad/ … Las verdades son tan irreales como la realidad…

En “Parte menor” se describe la realidad ciudadana, los ómnibus 91 y 60, la calle del límite de la ciudad de Buenos Aires que es la avenida General Paz y se dice: Está el ‘91’ y la General Paz; ahora, soy empleado de la capital, de este infierno/ y llego hasta el Centro que es todo protesta:/ el excluido reclama y el Congreso que apesta./ y yo sólo quiero patear al sistema hacia otro lugar/ Pero hoy ficho igual, igual, como lo hice ayer,/ con la vena de ser parte menor de este todo,/ que no me cierra y que me encierra mal./ …/ La madrugada me ve solo en la mesa viendo al mundo por televisión…/ no cambio nada y vuelvo a la cama/ pensando que tal vez mañana,/ todo será un poco menos peor que hoy. En este caso no se trata sólo de la ambigüedad (no podemos saber hacia adónde pretenden “patear al sistema”) sino también la perplejidad que culmina observando al mundo por televisión. La enunciación es la de alguien que critica al sistema, se ve excluido, pero está inerme.

El mito Callejeros

El mito es un objeto cultural, un referente en una comunidad determinada, organiza una narrativa propia. Lévi-Strauss lo define como algo que narra una historia (Lévi-Strauss, 1975:190). Es una anécdota. No importa la verdad de los hechos sino la credibilidad que construye. La juventud multiplica la producción mítica. Las tribus y los conjuntos de rock conforman a su alrededor infinidad de relatos míticos.

La imagen de Callejeros es la de una rebeldía sin un discurso definido al cual aferrarse, ni una escala de valores ordenada. La única apuesta es la sincera expresión de las emociones, aunque éstas reflejen un mundo interior caótico. El mito se edifica en la figura de un representante de la juventud porteña cuasi marginal, rollinga, que busca algo pero no lo encuentra.

La crisis argentina tiene una manifestación clara en los temas en donde se alterna la demanda con la denuncia. El amor con la fragilidad de las relaciones. La sinceridad con la hipocresía.

Inicialmente Callejeros se enorgullecía por circular fuera del sistema comercial. Sus grabaciones se vendieron en otros ámbitos de validación pero al ganar en popularidad, es inevitable la incorporación a un sector que sólo contabiliza las ganancias. De esta manera, la exploración de la propia sensibilidad se convierte en un producto de mercado, cerrándose un círculo sin salida. Su propuesta artística, a pesar de buscar lo alternativo, concluye como un objeto más en venta.

El proyecto de generación de Callejeros se incubó en la herencia del desencanto que sigue al fracaso de los grandes movimientos políticos y sociales. Aprendió a no creer en los discursos oficiales, en un sistema que se sostiene en valores que se manipulan según la conveniencia. Descubrió que la democracia no trajo cambios sustanciales para su proyecto vital. Por ello, toda filiación a un pensamiento establecido, cuyo contenido siempre puede ser tergiversado por los intereses del poder, es sospechosa y rechazada. Así, un discurso que no se compromete en ningún momento y que opta por un aislamiento de la hipocresía social expresa con gran eficacia este sentir.

Los jóvenes descubren en Callejeros una nueva forma de expresión, una especie de lenguaje que se ven forzados a reconstruir para entender el sentido de las canciones. Lotman afirma que, además de poseer la función comunicativa, los textos generan significados. El texto precede al lenguaje. “Se presenta no como la realización de un mensaje en un solo lenguaje cualquiera, sino como un complejo dispositivo que guarda variados códigos, capaz de transformar los mensajes recibidos y de generar nuevos mensajes, un generador informacional que posee rasgos de una persona con un intelecto altamente desarrollado” (Lotman, 2003:3). En el estudio de las canciones de Callejeros observamos que el significado original de un texto sufre, a lo largo de su funcionamiento cultural, una serie de reelaboraciones y transformaciones que incrementan su significación, produciéndose la función creativa.

Si bien en su función comunicativa el texto se presenta como homogéneo, en su función creativa es heterogéneo: aparece como una manifestación simultánea de varios lenguajes.

El retrato que hace Callejeros de su grupo de referencia enfatiza la idea del escepticismo frente a la lucha social y el resultado es la apatía general. Se dice por ejemplo en “Rebelde, agitador y revolucionario”: Hoy me sacrifican como cerdo por no estar de acuerdo/ con conservas y militares/ Por no querer altares de oro y sangre/ me acusan de rebelde, agitador y revolucionario/ por no pensar lo mismo y decirlo…/ pero al haber un día, todo cambiará,/ habrá una iglesia que comprenderá/ al reprimido y no al represor./ Y será honesta como lo fui yo… o tal vez no. Es llamativa, en este caso, la alusión a la iglesia.

Como la juventud ya no se identifica con la lucha social de décadas anteriores, en las que el objetivo era llevar a cabo una transformación de la sociedad, la protesta culmina en el plano individual. La preocupación se centra en el entorno inmediato y en la mentalidad de los individuos que integran esta sociedad.

el personaje, según el mito que lo erige, puede resumirse de la siguiente forma: Callejeros muestra a un grupo crítico, inconformista, que busca un sentido, dentro de una sociedad despiadadamente competitiva. A pesar de desconfiar de los valores de su comunidad, también muestra escepticismo frente a las luchas tradicionales de la contracultura. Por este motivo, se rebela contra la mentalidad del ciudadano común. La hostilidad del medio obliga a la retracción y al aislamiento, encontrando en su mundo interior un refugio, en el que es posible dar rienda suelta a la sensibilidad – y a la creación musical–, sin necesidad de preocuparse por la imagen que debe mostrar a los demás. Sin embargo, el retraimiento crea nuevos conflictos, debido a que hay una fuerte insatisfacción: la opción de la marihuana y el alcohol se inscriben en la búsqueda de una realidad alternativa. Por otro lado, la falta de un sentido de vida provoca tedio, de modo que el sentimiento de infelicidad es constante: ninguna afirmación es satisfactoria, por lo que debe ser negada si bien ha sido formulada.


Citas

1 En un local donde podían ingresar 1.700 personas se permitió el acceso a más de 3.000.

2 Las declaraciones posteriores de los miembros del grupo, independientemente de la situación emotiva excepcional que atravesaban (algunos de ellos perdieron a familiares, novias o amigos), mostraron una escasa habilidad para manejar recursos argumentativos. La desaparición de la educación pública afecta sobre todo a estos sectores sociales.

3 La revista Rolling Stone 81 (p.56) en una nota de diciembre de 2004 da cuenta de esta particularidad. “En vivo, Callejeros siempre encarnó una celebración para la catarsis. Sus primeros recitales ante más de quinientas personas fueron durante el pico de la última gran crisis argentina. Entonces, sus fans usaban los pocos patacones que les quedaban para comprar bengalas, o para concebir una bandera de palo que decorara el fresco ritual roquero. Así fue como ese detalle se convirtió en característica: hoy son tantas las bengalas que se encienden (mínimo tres por canción, lo que ha acarreado discusiones entre la banda y algún sector del público) y tantos los trapos que flamean, que pareciera que alguien disparó un loop cargado con las emociones que generaba el himno ricotero “Juguetes perdidos”.

4 El nombre de Cromañón no puede dejar de aludir a una metáfora social que refleja una situación obvia.

5 El gobierno de la ciudad de Buenos Aires es ejercido por un jefe de gobierno, Aníbal Ibarra, que representa a lo que se puede denominar sectores progresistas.

6 Este tipo de tribu se identifica con Mick Jagger y en el nivel nacional con Luca Prodan, Los Redonditos de Ricota, Divididos, La Renga y Los Piojos, en los recitales invocan la figura del Che Guevara y Diego Maradona.

7 La revista Rolling Stone (aunque no es la única) es paradigmática en este sentido. Se trata de una réplica de la revista editada en los E.U.A, pero es publicada por el grupo La Nación que en Argentina representa a los sectores más tradicionales y conservadores del periodismo.


Bibliografía

  1. COSTA, Pere-Oriol; Pérez Tornero, José Manuel y Tropea, Fabio, Tribus urbanas. El ansia de identidad juvenil: entre el culto a la imagen y la autoafirmación a través de la violencia, Barcelona, Paidós, 1996, p.91.
  2. LÉVI-STRAUSS, Claude, “La estructura de los mitos”, en Antropología Estructural, Buenos Aires, EUDEBA, 1975, p.190.
  3. LOTMAN, Iuri M., y Escuela de Tartu, Semiótica de la cultura (Introducción, selección y notas J. Lozano, traducción de N. Méndez), Madrid, Cátedra, 1979, pp.71, 74.
  4. LOTMAN, Iuri M., La semiosfera, I. Semiótica de la cultura y del texto, (Selección y traducción de Desiderio Navarro), Madrid, Cátedra, 1996, p.81.
  5. _________, “Consideraciones sobre la tipología de las culturas”, en: Eutopías 11, Valencia, Episteme, 1993, p.3.
  6. _________, “La semiótica de la cultura y el concepto de texto”, en: Escritos. Revista del Centro de Estudios del Lenguaje 9, Puebla, México, 1993. En Entretextos, Revista Electrónica Semestral de Estudios Semióticos de la Cultura 2, Noviembre de 2003, <http://www.ugr.es/~mcaceres/Entretextos/entretextos2.htm>, p.3.
  7. MAFFESOLI, Michel, El tiempo de las tribus, Madrid, Icaria, 1990, p.17.

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