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El problema de la ciudadanía: una aproximación desde el campo de la comunicación-educación

O problema da cidadania: uma abordagem do campo da comunicação-educação

The problem of citizenship: an approach from the field of communication-education

Humberto J. Cubides C. *


* Psicólogo. Subdirector académico del Departamento de Investigaciones de la Universidad Central y docente-investigador de la Especialización en Comunicación-Educación.


Resumen

Diversos autores en su análisis de la sociedad contemporánea intentan resignificar el concepto de ciudadanía para responder a la pregunta de cómo lograr en nuestras sociedades complejas idear una base común de solidaridad social, respetando el pluralismo. El autor, acogiendo el término de ciudadanía contestable, y a partir de la revisión de las teorías clásicas de ciudadanía (liberal, comunitarista y neorrepublicana) respecto de los rasgos básicos que definen el concepto, realiza un abordaje novedoso y sugerente al tema desde las categorías en construcción del campo de comunicación-educación, campo que define como estratégico.


Una gran parte de los análisis sobre la sociedad contemporánea terminan por preguntarse cuál es el futuro de las relaciones entre los seres humanos en el marco de sociedades que sufren radicales transformaciones. De allí emerge, en las últimas dos décadas, un renovado interés por discutir el asunto de la ciudadanía como instancia que posibilite la mediación entre las esferas de lo privado y lo público para garantizar la convivencia democrática. Los términos como se enfoca el problema poseen cierta coincidencia y son generalmente conocidos: Las redes de producción, consumo y comunicación superan todas las fronteras; estos procesos que funcionan como una unidad a lo largo y ancho del planeta operan simultáneamente, y aún cuando las naciones-Estado no desaparecen se convierten en agentes principales de una economía global con base en la defensa de sus intereses específicos; la sociedad mundializada penetra el conjunto de los espacios públicos y privados. Al mismo tiempo, la vida social se fragmenta en esferas separadas, diferenciándose cada vez más los significados de lo que constituye el mundo de la vida cotidiana; se deshacen las agrupaciones políticas y territoriales, sociales y culturales, es decir, las civilizaciones, las sociedades y los países. En palabras de Touraine, se experimenta una disociación creciente entre el mundo objetivado, económico e instrumental, y el espacio de la subjetividad y la cultura1. Surgen entonces, desde diferentes puntos de vista, preguntas semejantes: ¿Cómo podremos vivir juntos, combinando nuestras diferencias con la unidad de una vida colectiva? ¿Cómo lograr en nuestras sociedades complejas idear una base común de solidaridad social, respetando el pluralismo? ¿Cómo convivir políticamente en estas circunstancias? ¿Cómo es posible expandirse ilimitadamente sin violar los derechos de otros?2.

Para responder a estos interrogantes tiende a apelarse al concepto de ciudadanía; sin embargo, es evidente que él mismo resulta, en su definición tradicional, insuficiente y vago “la ciudadanía entendida como un conjunto de derechos de que cada miembro de la sociedad goza por igual”3, pues impide incorporar el creciente pluralismo social y cultural de las sociedades contemporáneas; esto es la existencia, de un lado, de la multietnicidad y, del otro, de la multiculturalidad que surge de las formas modernas de segmentación y organización de la cultura en las sociedades industriales. Se anota, además, cómo la idea de ciudadanía, que supone pertenencia a una organización social particular, ha abierto brecha frente al desarrollo del derecho internacional que somete a los individuos y a los gobiernos a nuevos sistemas de regulación. Por otra parte, autores de la corriente comunitarista agregan que la noción clásica de ciudadanía es disfuncional en otros sentidos: la libertad y la igualdad son valores en abierto conflicto en la sociedad actual pues las transacciones políticas y sociales más importantes discriminan entre los intereses de los grupos poderosos, los de asociaciones menos fuertes y los de la gran mayoría de ciudadanos; existe incoherencia entre el ejercicio de los derechos de ciudadanía y la autonomía individual, ya que la influencia de los medios masivos se ejerce no sólo en las informaciones que producen, sino también al transmitir el marco mental a partir del cual se ocasiona selección y distorsión de esos mensajes.

En razón de lo anterior, Fernando Bárcena propone considerar la noción de ciudadanía como un concepto contestable; como tal, posee tres características: 1) es un concepto apreciativo o evaluativo que no se limita a describir sino que indica una norma, que expresa tipos de acciones, conductas, realidades prácticas, cosas que deben hacerse; 2) es un concepto abierto, sometido a frecuente definición y redefinición, lo cual es consonante con la concepción de ciudadanía como una práctica interpretativa; y, 3) es un concepto que describe un núcleo intrínsecamente complejo de prácticas de compromiso5. Por otra parte, Touraine, desde un ángulo distinto, llega a afirmar que la noción de ciudadanía es inactual ante el doble movimiento de globalización y privatización que rompe las formas de vida social y política; en las condiciones de desmodernización, desocialización y desinstitucionalización en que viven las sociedades posindustriales la mediación de la ciudadanía se encuentra en deterioro5 “

Con el fin de tener una visión general del problema, que nos permita luego aproximarnos a un análisis de sus distintos elementos desde el campo de la comunicación-educación, veamos cómo se diferencian las teorías clásicas de ciudadanía en cuanto a los rasgos básicos de esta noción.

Un examen de las teorías

Tres son las vertientes en las que circula actualmente el tema: la ciudadanía como estatus (liberalismo), la ciudadanía como práctica (comunitarismo), y la ciudadanía como proceso de construcción institucional (neorrepublicanismo)6. Estas interpretaciones, que expresan determinadas creencias sobre la democracia “en cuanto a sus dimensiones social, moral y cívica”, pueden ser ilustradas por referencia a cuatro rasgos del concepto: las virtudes que son deseables en un ciudadano; la extensión del compromiso político que implica; los prerrequisitos sociales necesarios para hacerla efectiva; y la identidad que confiere o demanda de un individuo7.

Sobre la formación de virtudes

En términos generales el liberalismo otorga prioridad a las cuestiones referidas a la justicia sobre las cuestiones referidas al bien general, ya que su doctrina se asienta en mantener la neutralidad frente a lo que los individuos consideran virtuoso, bueno o moral. Se trata de una concepción individualista, pues afirma la primacía moral de la persona sobre la colectividad; igualitaria, al conferir a todos los hombres el mismo estatus moral; universalista, al defender la unidad moral de la especie humana; y, meliorista, ya que considera la posibilidad de corregir instituciones y acuerdos políticos. No obstante, recientes trabajos en esta línea destacan la importancia de impulsar, dentro de las virtudes políticas, la capacidad de cuestionar la autoridad y la voluntad de involucrarse en la discusión pública8. En cuanto a dónde se aprenden estas virtudes, la respuesta de algunos de los autores liberales es el sistema educativo; en tal sentido, las escuelas deben enseñar cómo incorporar el razonamiento crítico y la perspectiva moral que definen la razón pública9.

Para los comunitaristas, en cambio, la práctica de la ciudadanía debe darse en comunidades “abarcables. y con referencia a la discusión de una idea de verdad, pues no es posible establecer un punto de vista objetivo desde el cual juzgar los esquemas valorativos. En concordancia, proponen educar el pensamiento irónico, dubitativo. La ciudadanía, entonces, no es la adquisición de un estatus, sino una práctica comprometida en lo público, y en la formación de virtudes correspondientes; la comunidad sería la fuente de valores, deberes y virtudes, y no los derechos individuales que los liberales confieren desde una visión abstracta del yo y de la humanidad10.

La vertiente neorrepublicana relieva, más bien, la formación del pensamiento frágil “que no débil”, en forma tal que se pueda reflexionar sobre los valores, patrones de conducta y actitudes de una sociedad y, sobre todo, en relación con los fines de la educación. Agregan que el ciudadano competente requiere formar su carácter moral mediante el cultivo de los buenos rasgos que le otorga el ejercicio de las virtudes cívicas, que en su raíz son virtudes morales. El buen ciudadano entonces es, al mismo tiempo, una buena persona que busca el reconocimiento de los demás. La virtud resulta, así, comunicable, y como tal precisa de un discurso; del recuerdo, la rememoración y actualización del pasado que lo constituye. El ciudadano es un actor y un espectador: “Su acción es expresiva y, simultáneamente, comunicativa. En su actuación expresa sus juicios y los comunica. Se comunica”11.

Con relación al compromiso político implicado

La concepción ortodoxa liberal de ciudadanía “pasiva. o “privada. que hace énfasis en el ejercicio de los derechos y en la ausencia de toda obligación de participar en la vida pública, ha sido complementada en los últimos años con el llamado a hacer un uso activo de las responsabilidades y virtudes ciudadanas, de tal manera que exista cooperación y autocontrol en la práctica del poder privado12. De este modo, se establecería cierto equilibrio entre derechos y responsabilidades ciudadanas.

Para los comunitaristas, al contrario, el tema del compromiso es fundamental. En esta corriente la ciudadanía no es meramente la adquisición de un título, sino una práctica de compromiso orientada, como se ha sugerido, a la participación en el ámbito público en beneficio de la comunidad. Al insistir en el carácter fuertemente social del individuo, en los estrechos lazos entre moralidad y costumbres sociales, y en la relación entre las concepciones del bien humano, acentúan la compenetración con comunidades políticas y morales concretas, en la finalidad de reunir dentro de sí tendencias diversas para fortalecer dicho compromiso.

Para el neorrepublicanismo la libertad política no puede ligarse a la idea de voluntad sino a la idea de poder; es un atributo de la acción. Entendiendo el poder como la capacidad humana para actuar en forma concertada, lo califican como un fin en sí mismo y le otorgan un valor comunicativo esencial; el poder, así, requiere de participación en lugar de obediencia. La política entendida de este modo se funda en la deliberación, la opinión y el juicio de los ciudadanos, como fuentes de potencia y acción concertada. La ciudadanía es, entonces, una práctica de compromiso deseable y narrativa: es el “derecho a tener derechos”, y se configura en instituciones que le dan cierta garantía de su permanencia13.

Respecto de los prerrequisitos sociales para el ciudadano

La aproximación liberal contempla estos prerrequisitos básicamente en términos de conceder el estatus legal, formal; estatus que, por definición, se entiende separado de los caprichos del mercado. En esta perspectiva, los individuos deben ser plenamente soberanos y requieren de libertad y seguridad para realizar su vida. La política tiene la tarea de proteger el ejercicio de los derechos; en este sentido, una concepción compartida de justicia en una sociedad está destinada a asegurar que los ciudadanos desarrollen lo que consideran una vida buena. El gobierno debe mantener neutralidad al respecto; Rawls, por ejemplo, destaca la libertad como principio prioritario de lo que llama “justicia con equidad”14.

Por su parte, el comunitarismo entiende la política como promoción y construcción en lo local de formas de comunidad y relaciones sociales basadas en la práctica. Desde este punto de vista la sociedad funciona mejor cuando las personas hacen las cosas por sí mismas; en consecuencia, la unidad básica de la sociedad democrática no es el individuo sino la autoridad autogobernada. La definición de cómo se debe vivir no depende de nociones de “derechos. por sí, sino del tipo de relaciones y participación comunitaria que se valoran como buenas. Así, el bien es anterior a la justicia (lo correcto)15.

El neorrepublicanismo cívico comparte la idea de que ser ciudadano es el cumplimiento práctico de deberes y no meramente un estatus. No se trata, en todo caso, de una práctica natural, sino de una dura tarea que requiere de preparación, motivación y de tener oportunidades para ello. Además, subrayan la importancia del ejercicio de la virtud, la participación y el cumplimiento de deberes cívicos, desde un ideal moral de servicio a la comunidad. Sin embargo, la vida política no supone una participación por sí misma, sino aquella que emana de la forma pública de estar en el mundo y de lo que ello implica; en este sentido, la actividad política es fundamental porque habilita a los ciudadanos para ejercer y desarrollar su capacidad de juicio político16.

El rasgo de identidad

La concepción liberal proclama que la ciudadanía es también una identidad; la expresión de la pertenencia a una comunidad política, una cultura compartida. Sin embargo, con el decidido incremento del pluralismo cultural, algunos autores “bajo la crítica de liberales más ortodoxos que piensan que así se ponen en peligro las ideas de igualdad de derechos y neutralidad del Estado. han introducido el concepto de ciudadanía diferenciada, con el fin de poder incorporar a la comunidad política individuos pertenecientes a ciertos grupos garantizándoles sus propios derechos. Rawls intenta superar esta contradicción adscribiendo a los miembros de las democracias liberales una doble identidad: desde el punto de vista de su capacidad personal los considera como individuos que abrigan una concepción del bien, o lo que es una vida valiosa; desde el punto de vista de su capacidad como ciudadanos, las personas pueden llegar a un acuerdo sobre los principios de justicia que gobernarán sus instituciones políticas. De este modo, se afirma el predominio de las identidades ciudadanas sobre las personales17.

El comunitarismo, por su parte, concibe al individuo como un ser esencialmente social; en consonancia, el establecimiento de lazos sociales, roles y compromisos comunes es constitutivo de la propia identidad. De acuerdo a Taylor, la conformación de la identidad personal requiere un marco de referencia insalvable en el que el yo se va haciendo dentro de un espacio moral; la comunidad permite, además, construir la identidad personal en forma de relato, pues este autor comprende “lo que somos por lo que hemos llegado a ser, por la narración del cómo llegamos a ser”18. La identidad, entonces, no depende de atribuciones sociales, más bien es generada interiormente; se hace expresiva porque se presenta como lo que es propio de cada individuo, pero, al mismo tiempo, depende del reconocimiento de los otros: “Esta identidad debería forjarse en conversación con los demás e implica cierto reconocimiento”19. Así, toda comunidad requiere una base de unidad donde las personas puedan sentirse compartiendo un proyecto; igualmente, las identidades se negocian por medio del reconocimiento con las otras.

Siguiendo a Arendt, el neorrepublicanismo sostiene que con la modernidad la esfera pública “entendida como el espacio donde reinan libertad e igualdad; lugar en el que los individuos interactúan mediante el habla y la persuasión, tomando decisiones colectivas. se ha perdido por el auge de lo social, desvitalizando la ciudadanía misma. Para reactivarla se requiere la creación de un mundo común en el cual el agente pueda revelar su identidad. Sin embargo, lo que proporciona identidad y facilita que ésta se reconozca es la acción. Pero la acción no puede ser pensada sin el discurso y tiene, además, la condición básica de la pluralidad; pluralidad que, a su vez, es la condición sine qua non de la vida política y posee el doble requisito de igualdad y distinción entre los humanos. Así, la vida pública es la fuente de revelación de la propia identidad; por su parte, la educación cívica se transforma en una acción discursiva reveladora de la identidad personal.

Una aproximación desde el campo de la comunicación educación

En una u otra interpretación de la ciudadanía el papel de la educación se presenta como prioritario: bien sea para desarrollar un diálogo con la verdad sobre la relación bien-justicia o para enseñar la neutralidad y la importancia de involucrarse en lo público; para formar el espíritu crítico con base en el cual se adquieran las virtudes que constituyen a una comunidad; o bien, finalmente, para la formación del oficio de la civilidad y el juicio político, mediante un proceso que permita la identificación con valores, actitudes y patrones de conducta. Sin embargo, una adecuada propuesta educativa debe dar cuenta de los cambios culturales de la época, del nuevo sensorium que se manifiesta principalmente en los jóvenes, en los emigrantes del tiempo que se ubican en la mundialidad de hoy desde temporalidades distantes20. Cambios que se viven con características muy distintas en la realidad latinoamericana, en donde la globalización atenúa el peso de los territorios y los acontecimientos fundadores de lo nacional, al tiempo que la revaloración de lo local redefine la propia idea de nación. En esta perspectiva es que se plantea como estratégico culturalmente el campo que surge del cruce de los procesos de educación con los de la comunicación. En particular, es la gran influencia de las “alfabetizaciones posmodernas”, de los medios de comunicación y las tecnologías de la información, lo que impone un gran reto a la institución escolar y a los modelos de comunicación que ella agencia. Veamos cómo los principales factores asociados al problema de la ciudadanía, en esta época de crisis de la modernidad, pueden ser abordados desde dicho campo problemático.

La apelación liberal a la necesidad de mantener o rescatar los valores tradicionales tales como la justicia o la libertad por medio de la educación, olvida que los movimientos de globalización y privatización han debilitado cada vez más la vida social y la participación política. La cultura de la institución escolar en donde el maestro transmite hegemónicamente un saber reconocido y, al mismo tiempo, instruye en las normas sociales se encuentra en franco deterioro: el modelo autoritario está en contravía con el modelo comunicativo general de la sociedad. La comunicación escolar tradicional no tiene en cuenta las nuevas subjetividades de los jóvenes: sus saberes “mosaico”, mezcla de oralidad y de cultura audiovisual e informatizada, que les permite redimensionar sus prácticas y experiencias. En este sentido, formar sujetos autónomos y libres, educar ciudadanamente, requiere empezar por el cambio de los modelos de comunicación y de organización escolar. La escuela, entonces, al definir sus objetivos y las formas de vida escolar que considere adecuadas, podría permitir la instauración de mecanismos de participación horizontales como reguladores de la dimensión vertical del dominio de la autoridad; a ello hay que agregar la necesidad de posibilitar la reflexión sobre el contexto social en la que está inmersa: sobre la desigualdad, la discriminación y la segregación predominantes, posibilitando, igualmente, reubicar el conocimiento en situaciones sociales e históricas concretas, de tal manera que se relacionen ciencia, sociedad y ética. Forjar la capacidad crítica y el pensamiento libre y autónomo no es otra cosa que habilitar para la formación del juicio  político; no obstante, estamos de acuerdo en que la educación no es un simple aprendizaje sino una experiencia múltiple, en donde es indispensable el diálogo para favorecer el pluralismo de las convicciones, la promoción de los desacuerdos racionales y el ejercicio de diversas prácticas sociales21.

Por otra parte, es claro el peligro que supone la educación ciudadana desde comunidades “abarcables”, pues puede convertir la vida social en un sistema disgregado de comunidades antagónicas; si bien es valiosa la aparición de la diversidad cultural, y la existencia de múltiples caminos y modos de cambio, el actor deja de ser social cuando se vuelca sobre sí mismo, definiéndose por lo que es y no por lo que hace, lo que significa la paulatina privatización del espacio comunicacional. El peligro del integracionismo deviene, siguiendo a Touraine, en que la modernidad desbarató la identificación de los ciudadanos mediante la ciudadanía; esto es, la globalización despojó a la sociedad de su papel de creadora de normas. Contra el riesgo de la fragmentación cultural se propone justamente, el principio de comunicación intercultural22. Ello, por supuesto, tendría serias consecuencias en la escuela al convertirse en una red de comunicaciones interculturales; así educar en el respeto a la diversidad, el reconocimiento del otro y el ejercicio de la solidaridad, son condiciones para ampliar y enriquecer la propia identidad.

Néstor García Canclini, junto con otros autores latinoamericanos, ha planteado la necesidad de ocuparse de una reorganización de las políticas culturales macro, a partir del acceso a los medios masivos de comunicación, afirmando que no basta la reescritura de los textos escolares o la reforma de la educación para superar las exclusiones y lograr la formación de ciudadanos interculturales; se trata, entonces, de volver de las mediaciones a los medios23. Ello es coherente con la propuesta de un nuevo tipo de participación ciudadana: desde el consumo. Sin embargo, no hay que olvidar que los medios están amenazados por el dominio de políticos y mercaderes; aún cuando pueden ser también el lugar de expresión de la opinión pública y de las demandas sociales. Se pone en juego así la posibilidad de reconstruir la democracia sobre la base del fortalecimiento de los movimientos sociales. La pregunta que surge es cómo puede la sociedad civil “desenchufarse. de las redes hegemónicas, y hasta dónde el Estado puede posibilitar el restablecimiento de la esfera pública y el surgimiento de espacios políticos alternativos24. En todo caso, la ciudadanía-consumo requiere el desarrollo de comunidades interpretativas, capaces de una recepción crítica de los medios y de la contextualización de los mensajes transmitidos; lugar en el que puede operar una noción de educación que va más allá del ámbito de la escuela, y que la inscriba en el ecosistema comunicativo general. Frente a la acelerada renovación tecnológica, especialmente de la informática y las redes de comunicación, se ha visto la necesidad de que la escuela se haga cargo de una posible exclusión y jerarquización educativa y social, que emerge del acceso diferencial a estos medios, sin caer en concepciones instrumentalistas. En este sentido, se sugiere combinar las formas clásicas de enseñanza con el uso creativo y crítico de esos medios tecnológicos, a fin de evitar posibles problemas de socialización que emergerían del acceso indiscriminado a un mundo virtual25.

Si se acepta la hipótesis de la creciente desocialización de nuestra época, esto es, la ruptura entre el mundo de la vida y el sistema social, y la desaparición de roles, normas y valores mediante los cuales se constituye el primero, es evidente la dificultad del sistema educativo para transmitir las normas de conducta impuestas por el modo de producción. Así, el individuo tiene serios problemas al momento de generar un principio de unidad en su personalidad; el sistema y el actor se distancian26. En nuestro medio, aceptando la separación entre ciudadanía y vida cotidiana, algunos teóricos califican positivamente los programas de cultura ciudadana que desafían ese principio, y que incluso han llegado a modificar las políticas culturales y educativas especializadas27. Desde nuestro punto de vista, debe discutirse más a fondo la posibilidad real de que en los países latinoamericanos “desde su modo desviado, descentrado de inclusión en la modernidad, tal como lo define el propio Jesús Martín. las políticas sociales generen lazos que permitan juntar el universo de la economía con el de la cultura y la cotidianidad. En el ámbito de la escuela, como en los otros lugares sociales, habrá de tenerse en cuenta en todo caso que la posibilidad de participar únicamente puede darse otorgando un valor especial a la capacidad y voluntad de cada actor, individual o colectivo, de transformar determinadas circunstancias en elementos de un proyecto personal de vida; sólo de este modo puede existir la formación política o ciudadana28.

En las grandes ciudades latinoamericanas, como en las metrópolis del mundo, se vive una creciente fragmentación por efecto de la multiplicación de los circuitos socioculturales locales (el “parche”, el barrio, los grupos cerrados, las sectas, etc.); pero, al mismo tiempo, los individuos están inmersos en el mundo a través del consumo globalizado y el acceso a las redes de información y comunicación universales, al punto que se habla de la emergencia de un ciudadano-mundo29. Ello no deja de traer consecuencias en la conformación de la persona: el Yo no puede mediar adecuadamente entre estos dos conjuntos de experiencias. Pensar entonces en la formación de un individuo autónomo e independiente, éticamente desarrollado, depende de hasta qué punto es posible un proceso de individuación coherente en relación con el otro semejante y el gran Otro, el “ajeno “ de las instituciones sociales y de la ciudad30. Touraine, por su parte, de acuerdo con su teoría de la desmodernización, sugiere que el individuo ya no se forma asumiendo roles sociales y medios de participación; se constituye por la suma de tres fuerzas: imponiendo su deseo de libertad y voluntad individual; en la lucha contra los poderes que transforman la cultura en comunidad; en el reconocimiento interpersonal e institucional del otro como Sujeto. De esta forma destaca que la relación con uno mismo gobierna la relación con los otros; “lo social… descansa sobre lo no social y no se define sino por el lugar que otorga o niega a ese principio no social que es el Sujeto”31. La educación, por tanto, al asumir y fortalecer la libertad del Sujeto personal, permitiría establecer una escuela del Sujeto. Al mismo tiempo, al tener en cuenta la importancia de la diversidad cultural y el reconocimiento del otro, la escuela se convertiría en una escuela de la comunicación.

Para terminar, nos hacemos nuevamente la pregunta que ya ha sido planteada: ¿en circunstancias de nuestra crisis de la modernidad, puede el concepto de ciudadanía, tal como se asume generalmente, ser suficiente y no controvertible? Nos atrevemos a afirmar que una teoría más adecuada de democracia y de ciudadanía “en el caso de que esta última aún sea posible. no pueden formularse, y mucho menos aplicarse, sin considerar los complejos procesos involucrados en la relación comunicación-educación.


Citas

1 Alain Touraine, ¿Podremos vivir juntos?, Buenos Aires, Fondo de Cultura Econó- mica, 1997.

2 Son los interrogantes frente a los cuales giran, en su orden, los trabajos de Touraine, Ob. cit.; Fernando Bárcena, El oficio de la ciudadanía, Barcelona, Paidós, 1997; W. Kymlicka, “El retorno del ciudadano. Una revisión de la producción reciente en la teoría de la ciudadanía”, en: revista La Política, No. 3, Barcelona, Paidós, octubre de 1997, pp.5-39; y, Ralf Dahrendorf, “La naturaleza cambiante de la ciudadanía”, en: Ibíd”, pp.139-149.

3 T. H. Marshall, Citizenship and the social class, referenciado por David Miller en “Ciudadanía y Pluralismo”, en: revista La Política, No. 3, Ob. cit., pp.69-92.

4 F. Bárcena, Ob. cit., pp.157-163.

5 A. Touraine, Ob. cit., Cap. 1.

6 A ellas debe sumarse la posición de Alain Touraine, que sostiene el no lugar del concepto de ciudadanía en nuestra época.

7 Nos servimos del esquema analítico propuesto por Concepción Naval: Educar ciudadanos. La polémica liberal-comunitarista en educación, Pamplona, EUNSA, 1995.

8 William Galston, Liberal Purpose: Goods, Virtues, and Duties in the Liberal State, Cambridge University Press, 1991, citado por W. Kymlicka, en Ob. cit.

9 Amy Gutmann, Democratic Education, Princeton University, 1987, citado por Kymlicka, en Ibíd.

10 F. Bárcena, Ob. cit., p.122.

11 Ibíd”, p.170.

12 W. Kymlicka, El retorno del ciudadano, Ob. cit.

13 Esta es la concepción que propone Hannah Arendt en su obra clásica La condición humana, Barcelona, Paidós, 1a. reimpresión 1996; punto de vista que retoman luego los autores del denominado neorrepublicanismo.

14 J. Rawls, “La justicia como equidad: polí- tica, no metafísica”, en: revista La Política, No. 1, Barcelona, Paidós, 1996.

15 F. Bárcena, Ob. cit., Cap. 2.

16 Ibíd.

17 Véase: David Miller, “Ciudadanía y pluralismo ”, en: revista La Política, No. 3, Ob. cit., p.74.

18 Ch. Taylor, Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna, citado por F. Bárcena, El oficio de la ciudadanía, Ob. cit., p.91.

19 Ch. Taylor, “¿Qué principio de identidad colectiva?”, en: revista La Política, No. 3, Ob. cit., p.136.

20 En este sentido lo formula Jesús Martín- Barbero. Véase “De la comunicación a la filosofía y viceversa: nuevos mapas, nuevos retos”, en: Mapas Nocturnos. Diálogos con la obra de Jesús Martín-Barbero, Edición Universidad Central - DIUC, Siglo del Hombre Editores, Santafé de Bogotá, 1998.

21 Este pensamiento desarrollado hace unas décadas por Hannah Arendt, hoy es abanderado por la UNESCO. Véase: La educación encierra un tesoro, Informe a la UNESCO de la Comisión internacional sobre la educación para el siglo XXI, presidida por Jacques Delors, capítulos 2 y 8, Santillana, UNESCO, 1996.

22 Véase: Alain Touraine, ¿Podremos vivir juntos?, Ob. cit., cap. 1.

23 Propuesta hecha por Néstor García Canclini en su trabajo “De los medios a las mediaciones: lecturas inesperadas”, en: Mapas Nocturnos. Diálogos con la obra de Jesús Martín-Barbero, Ob. cit.

24 Estas son también las inquietudes que deja planteadas García Canclini en Consumidores y Ciudadanos, México, Grijalbo, 1995, 2a parte.

25 UNESCO, La educación encierra un tesoro, Ob. cit., pp.66-73.

26 Alain Touraine, ¿Podremos vivir juntos?, Ob. cit. cap. 1.

27 Jesús Martín-Barbero, “De la comunicación a la filosofía y viceversa: nuevos mapas, nuevos retos”, Ob. cit.

28 Touraine plantea que en la época de desmodernización se requiere pasar de la ya imposible formación del Sujeto político a desarrollar una política del Sujeto, Ob. cit., cap. VII y VIII.

29 Numerosos trabajos de teóricos latinoamericanos tales como García Canclini, Jesús Martín, Beatriz Sarlo, Rosanna Reguillo, entre otros, confirman esta apreciación.

30 Esta concepción antropológica del progreso humano, planteada originalmente por Hegel, la explica Paul Ricoeur como el tránsito por los estadios de individualización, identificación e imputación, a través de lo cual el individuo se asume como Yo, y luego como ipse (sí mismo). Propuesta que no se distancia demasiado de la de Hannah Arendt respecto de la formación del sujeto como Actor social: en ambos casos la concepción de identidad narrativa es fundamental. Confróntese: “Individuo e identidad personal”, en: Sobre el individuo, Barcelona, Paidós, 1990, pp.67-90.

31 A. Touraine, Ob. cit., p.74.


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Las alfabetizaciones posmodernas, las pugnas culturales y los nuevos significados de la ciudadanía

Literacia pós-moderna, lutas culturais e os novos significados da cidadania

Postmodern literacies, cultural struggles and the new meanings of citizenship

Jorge A. Huergo *


* Profesor de Comunicación y Educación, Director del Centro de Comunicación y Educación y del Programa de Investigación en Comunicación y Cultura de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). Co-director de la Investigación Alfabetizaciones posmodernas y cultura mediática, dirigida por María Cristina Mata.


Resumen

En el trabajo se pasa revista a las vinculaciones entre las alfabetizaciones moderna y posmoderna con las culturales que ellas producen y por las que son producidas. La noción de Alfabetizaciones Posmodernas se describe como correlativa de conflictos culturales que se juegan en los ámbitos educativos. Luego se presentan las narrativas político-culturales dominantes, en relación con el problema de la alfabetización y los modelos de ciudadanía, para finalmente mostrar algunos aspectos de una construcción narrativa poscolonial que enmarque las relaciones entre alfabetizaciones posmodernas y formación ciudadana.


Acaso uno de los problemas centrales a investigar en el campo de Comunicación/Educación sea el de las nuevas formas de alfabetización que resultan de las transformaciones socioculturales y los modelos políticos que experimentamos a fines del siglo XX. Así también, uno de los desafíos más importantes de la época, desde Comunicación y Educación, no es tanto el diseño de múltiples estrategias de .educación para medios., sino la rearticulación entre los espacios educativos y la construcción y formación de ciudadanía.

1. Alfabetizaciones y culturas

Si consideramos la relación dinámica entre modos de comunicación, estructuración de la percepción y configuración del imaginario, las acciones y las expectativas colectivas, la alfabetización moderna ha estado indisolublemligada a la escritura como modo dominante de comunicación y a la cultura escolar como fuente de legitimación hegemónica.

La cultura escolar comprende un conjunto de prácticas, saberes y representaciones producidas y reproducidas a partir de la institución escolar. Pero también incluye las modalidades de comunicación y transmisión de saberes para poder actuar socialmente (más allá de la escuela) que operan de acuerdo con la «lógica» escolar. En este sentido, la cultura escolar es una forma de producción, transmisión y reproducción que tiende a la organización racional de la vida social cotidiana.

La cultura escolar, entonces, transforma desde dentro la cotidianidad social, imprimiendo en ella formas de distribución, disciplinamiento y control de prácticas, saberes y representaciones aún más allá de los ámbitos identificados como la «institución escolar».

Sin embargo, las formulaciones teóricas del papel reproductor de la educación, que han ayudado a visualizar a la escuela como agencia de imposición cultural, inculcación ideológica y profundización de las desigualdades sociales, padecen de cierta rigidez. La práctica escolar (como cualquier práctica social), está penetrada por conflictos, expresiones de intereses y concepciones diferentes a los dominantes. Conflictos y contradicciones que no son exclusivos del interior de las instituciones escolares, sino que representan otros tantos antagonismos y oposiciones de las sociedades a las que pertenecen.

Algunos autores han caracterizado a la posmodernidad por la explosión mediática. En este marco, los medios y nuevas tecnologías estarían provocando una «alfabetización múltiple». Si la alfabetización ligada a la lógica escritural provocaba un drástico cambio, una verdadera «mutación del ethos», hoy se va haciendo imposible hablar de una única alfabetización. Existen múltiples alfabetizaciones generadoras de diversos conflictos y contradicciones culturales.

Así como la escritura produjo una reestructuración de la conciencia (Ong, 1993), los nuevos modos de comunicación inauguran nuevas formas de conocer, reestructurando la percepción y provocando fenómenos sociales y culturales novedosos. Los medios y nuevas tecnologías estarían provocando una «alfabetización múltiple » que vamos a denominar alfabetizaciones posmodernas. Las alfabetizaciones posmodernas producen, en cuanto a la estructuración de la percepción, una suerte de incapacidad de adoptar un único y fijo punto de vista con respecto a la realidad y a la vez la posibilidad de enfocar la realidad desde muchos puntos de vista diferentes, simultáneamente. Para algunos autores, los medios y nuevas tecnologías favorecerían una colonización del interior (McLaren, 1994a), con la consecuente producción de otros «modos de subjetividad» que indican una penetración, penetración del capitalismo posmoderno propiciador de ciertos «modos del deseo», y penetración de lo «privatizado» que erosiona lo comunitario (McLaren, 1994a: 94-98).

Estas nuevas formas culturales provocan un desplazamiento que pone en escena, en las «culturas electrónicas», cuestiones propias de las «culturas orales»: primacía de lo concreto sobre lo abstracto, de lo no-verbal, lo kinésico y lo proxémico, de lo facial y lo espacial. De allí que las estrategias cognitivas de las culturas urbanas de la sociedad de los mass media tenga más que ver con estructuras orales, emotivas e intuitivas, que con las estrategias escriturales. Pero con un agravante: los medios y nuevas tecnologías provocan diversas formas de conocimiento a la manera de una pedagogía perpetua (McLaren, 1992; 1994a), que no alcanza a ser recortada, organizada y controlada por la escuela, y que ocasiona conflictos, contradicciones y crisis de las formas escolarizantes ligadas a la cultura letrada, que son hegemónicas en las escuelas. De este modo, la noción de alfabetizaciones posmodernas alude a múltiples y diferentes modos de comunicación que a su vez suscitan numerosas y disímiles estructuraciones de la percepción, y esta coevolución produce variados y distintos imaginarios, creencias, expectativas y acciones más o menos colectivas.

Lo que ocurre en la relación entre alfabetizaciones posmodernas y cultura puede de algún modo comprenderse con la noción de cultura mediática. La noción de cultura mediática alude a un diferencial de poder: a la capacidad modeladora del conjunto de las prácticas, los saberes y las representaciones sociales que tienen en la actualidad los medios masivos y las nuevas tecnologías (o medios desmasificados, Cfr. Bettetini y Colombo, 1995). Esta cultura indica el proceso de transformación en la producción de significados por la existencia de esas tecnologías y medios, lo que a su vez ocasiona un diferencial en la experiencia humana. La cultura mediática, en cuanto transformadora de prácticas, saberes y representaciones sociales, opera también desde dentro de la cotidianidad, más allá de las situaciones específicas de «recepción» de los medios, de las condiciones de «audienciación» o del carácter de «público», «consumidores» o «usuarios » de los sujetos, extendiéndose a todas las formas de la vida social.

En nuestra investigación actual, el objeto fue planteado como las representaciones en el cruzamiento productivo entre las alfabetizaciones posmodernas y la cultura mediática. Nuestro campo material son las escuelas y las fiestas de cumpleaños infantiles1 en la zona de La Plata. Hemos avanzado en la comprensión de que la comunicación (y la educación, al menos hegemónica) se hace posible en algún «dominio común de representaciones». Este dominio puede visualizarse como ámbito cuando a su vez plasma o hace concreto un cruzamiento entre la historia y las biografías y entre las estrategias geopolíticas y las tácticas del hábitat.

Considerar las situaciones como escenarios nos hace prestar atención a lo dramático y lo eventual en los microprocesos socioculturales para, poniéndolos en relación con los macroprocesos, descubrir en ellos tanto las maquinarias de disciplinamiento operantes, las escenas y los juegos de pugnas culturales, así como también la potencial constitución de microesferas públicas constructivas de procesos emancipatorios.

Se nos ha hecho posible sostener que el pensamiento, los saberes, las prácticas de la cultura mediática actúan y se desenvuelven con representaciones mediadas por los medios; y que en cada ámbito posible de caracterizar como «educativo» se derraman con fluidez en los intersticios esas representaciones mediadas por los medios, a la manera de alfabetizaciones posmodernas2.

Sin embargo, las alfabetizaciones posmodernas no sólo deben referirse a los medios y las nuevas tecnologías y a la cultura mediática como producto dinámico de su capacidad transformadora. La noción de alfabetizaciones posmodernas también alude a las múltiples y complejas formas de producir y legitimar nuevas formas de socialidad, a las prácticas sociales que se vinculan con modernas configuraciones de conocimiento y poder y también a las recientes formas de lucha política y cultural respecto del lenguaje y la experiencia, que marchan a la par de las transiciones producidas por la posmodernidad y de los conflictos culturales que horadan la configuración de posiciones desde las cuales es posible leer y pronunciar la palabra y el mundo. De allí que sea necesario considerar el conflicto cultural que se pone en juego en los escenarios educativos.

2. Los ámbitos educativos como «campos de juego» de conflictos culturales

Nuestra investigación y nuestra práctica de campo en ámbitos educativos (desde una perspectiva comunicacional) se ha centrado en la institución escolar especialmente, considerándola en la contradicción entre su carácter de maquinaria de disciplinamiento y su situación de microesfera pública. En efecto, la escolarización ha debido naturalizar la puesta en funcionamiento de una maquinaria (la maquinaria escolar) y lo ha hecho sobre la base de una serie de instancias fundamentales, entre ellas la definición de un estatuto de la infancia, la emergencia de un espacio específico destinado a la educación de los niños, la aparición de un cuerpo de especialistas de la infancia dotados de tecnologías específicas y de códigos teóricos, la destrucción o la pugna contra otros modos de educación, la institucionalización propiamente dicha. Pero la misma escuela está cada vez más horadada y desafiada por conflictos culturales que se juegan en ella, que enseguida veremos. Y, además, la escuela puede ser considerada como microesfera pública donde aún los conocimientos, los saberes, las prácticas, las representaciones, los discursos se hacen públicos, y donde es posible observar una «indisciplinada » voluntad de formación crítica; en este sentido, este espacio público tiene en sí las simientes para el trabajo educativo emancipatorio (que es necesario mirar y potenciar).

Por otro lado, al centrarnos en los dinamismos culturales es posible señalar por lo menos tres «campos de juego»3 que emergen en los ámbitos educativos y que ponen en evidencia el conflicto cultural que puede caracterizarse como pugna entre las alfabetizaciones moderna y posmodernas y entre las culturas escolar y mediática.

El primero es el «campo de juego » donde se patentiza el conflicto entre la lógica escritural y la hegemon ía audiovisual. En general las mayorías populares latinoamericanas han tenido acceso a la modernidad sin haber atravesado un proceso de modernización económica y sin haber dejado del todo la cultura oral. Se incorporan a la modernidad no a trav és de la lógica escritural, sino desde cierta oralidad secundaria como forma de gramaticalización más vinculada a los medios y la sintaxis audiovisual que a los libros. Y esto emerge en el escenario educativo.

El segundo es el «campo de juego », donde se evidencia el conflicto que irrumpe con las resistencias y las formas de lucha por las identidades culturales. Los ámbitos educativos son escenarios de pugnas culturales que las exceden; son los lugares donde diversas formas de resistencias se ponen de manifiesto. Así, es imprescindible poner atención a la autonomía parcial (o «autonomía relativa») de las culturas que juegan en el escenario escolar, y al papel del conflicto y la contradicción existente en el proceso de reproducción social. Por este camino es posible comprender los modos en que trabaja la dominación política aun cuando los estudiantes rechacen desde sus culturas la ideología que está ayudando a oprimirlos (McLaren, 1994b: 229). En esos casos, puede observarse en perspectiva cómo la oposición que impugna activamente la hegemonía de la cultura dominante pone en conflicto a la reproducción, pero puede también asegurar un destino de relegamiento a situaciones de desventaja socioeconómica4.

El tercero es el «campo de juego » donde se demuestra (de manera persistente) el conflicto entre el horizonte cultural moderno y los residuos culturales no-modernos. En Latinoamérica la pugna entre culturas ha tenido aristas particulares. Más allá de poder realizarse una lectura acerca de los cruces culturales, del mestizaje como «matriz cultural», del sincretismo, de la heterogeneidad multitemporal y las hibridaciones (cfr. García Canclini, 1992a), el antropólogo argentino Rodolfo Kusch ha propuesto una doble comprensión (que implica una doble forma de situarse) necesaria para acceder a nuestra cultura. La dualidad entre sujeto pensante y sujeto cultural en América, hace que debamos acceder a ella considerando dos presiones: la del hedor y la de la pulcritud; la del mero estar y la del ser alguien (Kusch, 1986). Por un lado, lo deseable: el progresismo civilizatorio, lo racional, lo fundante; por el otro, lo indeseable, el primitivismo bárbaro, lo irracional, lo arcaico, lo demoníaco (Kusch, 1976). El hombre latinoamericano vive esta dualidad en la forma de dos presiones: la seducción por ser alguien (una libertad rodeada de objetos) y el miedo a dejarse estar (una amenaza con la fuerza de lo bárbaro: el miedo a «ser inferior»).

3. Las narrativas político-culturales, el alfabetismo y la ciudadanía

El concepto-trampa de «globalización» y sus consecuencias han instaurado narrativas políticoculturales y de ciudadanía que representan la obnubilación, o mejor: el deslumbramiento del campo cultural por la hegemonía económica, que se erige y opera como episteme5. De hecho, las mediaciones entre formaciones culturales y economía política han sido oscurecidas por un montaje hegemónico que ubica en el centro de interpretación al pensamiento económico neoclásico caracterizado por el énfasis puesto en la interacción de los agentes económicos (productores y consumidores) y los mercados, de modo que las diferencias no son más que acciones de consumo en procura de su optimización. La econom ía (como episteme) es política cultural muda, no sólo en cuanto no se formula como tal explí- citamente, sino también en el sentido en que es substituta o vicaria, y como tal releva a la polí- tica cultural. La complejidad cultural, entretanto, ha sido caracterizada como multiculturalidad, frente a la cual se han desarrollado dos tipos de narrativas (que han puesto énfasis en la pérdida de peso de la identidad, una especie de anorexia identitaria, manifiesta como crisis y también disolución de las identidades):

a) la que se comprende como «multietnicidad», que comporta una «toma de la palabra» por parte de múltiples culturas diferentes, conformando una trama discursiva multigramatical; multietnicidad que significa la relativa convivencia de diferentes etnias en un mismo conjunto social;

b) la que se comprende como «multiconsumo» o acceso segmentado y desigual a los bienes globales; de modo que los países y los grupos periféricos se encuentran en desventaja, con lo que la multiplicidad no es sólo diversidad, sino también inequidad en el acceso.

Para los conservadores las minorías se niegan a adoptar una visión consensual de la vida social, y son obstinadamente separatistas y etnocéntricas. Los liberales insisten en la «diversidad» y en el «disenso» de las sociedades plurales, donde la «sociedad anfitriona» crea el consenso, fomentando y proclamando políticas de pluralismo (y en ese sentido se apela a la comunalidad de los diferentes6); la grilla normativa ubica la diversidad cultural y al mismo tiempo contiene (retiene/reprime) la diferencia. Los neoliberales otorgan mayor peso a la «novedad» del mercado y a la «diversidad » en las dinámicas de consumo, haciendo del pluralismo un propósito compatible con la «liberalización» y la «desregulación» económica7. La gran conversación neoliberal significa una atenuación de las identidades y las políticas de identidad y una exotización de las diferencias, conformando imaginarios permeables a las «anorexias identitarias».

Para el discurso dominante, la alfabetización funcional se reduce a prácticas ligadas a intereses económicos estrechos, a la lógica para iniciar a los sectores populares en la ideología dominante y unitaria, al adiestramiento para ocupaciones puntuales en el mercado de trabajo; el analfabetismo, mientras tanto, está articulado con una «privación cultural», con el anudamiento imaginario entre diferencia y deficiencia y con la obturación política de la diferencia o la otredad.

Congruentes con los procesos de personalización (cfr. Lipovetsky, 1990) que se articulan con la elaboración de una sociedad flexible basada en la información y la estimulación de necesidades, se han desarrollado novedosos modelos de ciudadanía. El proceso de personalización, unido a la revolución del consumo, está caracterizado por el descrispamiento de posturas político-ideológicas, la reducción de la carga emotiva invertida en lo público y el aumento de las prioridades privadas o las peticiones singulares.

Con las transiciones de la disciplina a la autodisciplina, de la producción y el mundo del trabajo a la seducción y el mundo del consumo, del Estado a la autogestión, de lo público a las nuevas formas de socialización flexibles, del capitalismo autoritario al capitalismo hedonista y permisivo congruente con una respública desvitalizada, de la utopía de la revolución socialista a la revolución informática y a la revolución del interior, se han desarrollado modelos, imaginarios y narrativas de ciudadanía acordes con el proceso que se vive (representado por el concepto- trampa de «globalización»). En casi todas hay un descenso de las formas públicas de ejercicio de la ciudadanía y una propuesta/ impulso que elogia el repliegue de su ejercicio hacia esferas, al menos, micropúblicas8.

Vinculadas a la «sociedad mediatizada», han proliferado narrativas que anudan acciones ciudadanas clásicas con la situación de receptores, audiencias y públicos (por sus capacidades activas, reflexivas y electivas) y que celebrando su autonomía en la nueva «democracia semiótica», no han considerado el proceso cultural complejo de producción de significados. Aquí formar al ciudadano puede bien reducirse, en las nuevas coordenadas, a una «educación para la recepción»: una pedagogía que aliente la lectura o decodificación de los productos de los medios.

De la mano de las políticas neoliberales ha ganado espacio la idea de un ciudadano usuario de servicios (Lechner, 1982; Paviglianitti, 1996). Conjugadas aquéllas con los discursos de organismos internacionales, se ha procurado conciliar democracia y competencia: la ciudadanía se describe en relación al «saber competente » y a la «concertación» (ver Cepal- Unesco, 1992; Banco Mundial, 1994; Gentili y da Silva, 1994). Aquí, formar al ciudadano es asegurarle el acceso a los códigos de la modernidad, lo que en realidad significa prepararlo para la competencia o las habilidades requeridas en los trabajadores de las empresas organizadas según los nuevos modelos de producción.

Uno de los modelos que adquieren mayor fuerza es el de ciudadanía/ consumo o de «ciudadanía consumidora », que se sostiene en cierta eufemización del conflicto: se habla de «disputas» o «controversias» (que da idea de relaciones argumentativas, interacciones razonadas o contrastaciones) y se trata de evitar la lucha en la constitución del espacio público. En el consumo se ejerce y constituye la ciudadanía (García Canclini, 1992b) y los ciudadanos son considerados «clientes». Lo que parece ocultar esta perspectiva de vinculación ciudadanía/consumo es la lucha anterior y contemporánea al consumo, constitutiva del consumo, que marca a fuego en los cuerpos situaciones de significación y de propiedad material desiguales (antes que diferentes)9.

Lo que las narrativas de ciudadanía hegemónicas parece que escamotean es el cruzamiento con cuestiones que tienen relación con las identidades y su puesta en juego, y con los imaginarios de acceso y de ascenso socioeconómico que se corresponderían con esas narrativas. De allí que sea necesario volver a pensar desde las mediaciones, desde la recomposición del problema de la ciudadanía, ahora articulándolo con el problema de las identidades.

4. Hacia una narrativa poscolonial: alfabetizaciones posmodernas críticas y formación ciudadana

En las coordenadas actuales, la pedagogía crítica adquiere el carácter y la significación de una política cultural que aliente una narratología poscolonial. Desde la perspectiva crítica de la multiculturalidad, las diferencias significan el reconocimiento de sujetos y saberes que se fraguan en historias hendidas por relaciones de poder diferencialmente constituidas. Los saberes, las prácticas sociales y las subjetividades se forjan dentro de esferas culturales inconmensurables y asimétricas. En lugar de construir subjetividades que simplemente se reafirmen como formas monádicas errantes o atómicas de totalidad (facilitadas por la ética consumista y la lógica del mercado, que saturan las subjetividades) necesitamos cruzar las fronteras e ingresar en zonas de diferencia cultural, para encontrar formas de hablar desde fuera de los sistemas totalizantes, mediante la creación de «identidades de borde» (McLaren, 1993: 70-71).

La construcción de una narratología poscolonial ha de apostar a que los sectores persistentemente dominados cuestionen las historias fabricadas para ellos y las narrativas dominantes de ciudadanía. Todos los ámbitos y las prácticas educativas pueden ser desnaturalizadas para (profanando los sentidos que fueron consagrados) pensar y trabajar el potencial transformador de esos ámbitos y prácticas. Esta construcción narrativa puede hablar, desde las identidades diferentes, de la liberación, de la solidaridad y de la esperanza, sin cerrar prematuramente el significado de la emancipación y la transformación. Y puede hablar de una ciudadanía que tome distancia de las clausuras de sentido sobre la «ciudadanía», y que se comprenda no como condición de la lucha: es más bien la lucha la que instaura y construye esta ciudadanía poscolonial.

La narratología poscolonial deberá dar cuenta de la acumulación narrativa como la capacidad local para acumular las historias del pasado permitiendo la continuidad con el presente, es decir: a la posibilidad de construir una historia. En este sentido, la acumulación narrativa es una caja de herramientas que permite a los seres humanos trabajar en forma conjunta (cfr. Bruner, 1991). Y deber á dar cuenta de los cuerpos, como lugares donde el significado se inscribe. El entramado dramático entre el cuerpo y la memoria constituye la referencia básica sobre la cual esta narrativa se construye.

La relación entre alfabetizaciones posmodernas críticas y formación ciudadana nos ha llevado, en trabajos anteriores (Huergo y Centeno, 1997), a proponer la construcción/formación de una ciudadanía guerrera que representa una lectura cultural de la política (especialmente educativa) y de una lectura política de la cultura (sobre todo escolar). La planteamos vinculada, más que a la guerrilla semiológica, a la propuesta de Cadena Informativa del periodista argentino desaparecido Rodolfo Walsh, en cuanto pensó y puso en práctica formas de resemantización política en épocas de fuerte represión, y en cuanto representó el papel clave de los cuerpos y la memoria. Una memoria que se inscribe en el cuerpo, que a la vez está expuesto como signo por la memoria y como signo viviente de la memoria; unos cuerpos como lugares de la resistencia, ya que lo que potencia la resistencia no son sólo los recuerdos (fibra de la memoria) sino la revelación de atropellos, disciplinamientos, dispositivos inscriptos y cometidas contra/sobre los cuerpos.

La idea de construir y formar un ciudadano guerrero alude, en concreto, al desarrollo de esferas públicas democráticas, como parte de la contienda contra las situaciones de dominación y como formas de participación activa en la lucha (política) para crear condiciones necesarias para adquirir conocimientos. Espacios de resignificación (en el mundo-global) de la acción política de nuestras comunidades y de la resemantización operada desde el diálogo. Espacios donde sea posible desnaturalizar las construcciones instituidas sobre la experiencia propia, dar nombre a las experiencias, lo que significa leer el mundo y comprender la politicidad de los límites y las posibilidades que conforman la dialéctica entre estructuras y acción.

Queremos buscar, desde una voluntad crítica, alfabetizaciones posmodernas críticas, en cuanto a la recepción, que contribuyan a poner en relación el aspecto material y discursivo con la dimensión económico- cultural, desnaturalizando los códigos que aparecen naturalizados, reconociendo los mapas de significación, activando la producción de posiciones propias en la decodificación y alentando la formación de un ciudadano dialógico (donde el diálogo está basado en la diferencia o asimetría cultural -histórica y socialmente construida-) y transformador. En este sentido, el propósito es promover una recepción/lectura crítica (comprensión más acción transformadora) de/ sobre el mundo.

Buscamos, además, otros usos posibles de las redes de comunicación (Internet y el correo electrónico), que hacen del flaneur un potencial ciudadano guerrero. En este sentido Internet, lejos de representar un saber «secuestrado», representa un saber que circula instalando la posibilidad de los saberes y permitiendo no sólo contactos, sino también encuentros, trabajo en equipo, nuevas formas de organización. Una alfabetización posmoderna crítica mediada tecnológicamente debe tener en cuenta dos dinamismos: la narración que expresa el conocimiento de lo local en sus condiciones concretas y el intercambio con otras narraciones a través de un medio. El conocimiento de lo concreto (como resultante de múltiples determinaciones -incluso la tecnológica) es el requisito para escribir la página. «Escribir para ser leídos», que era el lema de la pedagogía Freinet, implica la paulatina conformación de una red de comunicación e intercambio sociocultural y no sólo de entornos interactivos. Red en la cual cada nodo nombre virtualmente un «cuerpo real», un cuerpo concreto con sus condiciones materiales de orden histórico, geográfico, sociocultural, económico y educativo. «Escribir para ser leídos» es una aspiración por narrarnos a partir de las propias luchas materiales por la identidad y la dignidad, a partir de la memoria que amalgama las experiencias conformando una acumulación narrativa (y no del archivo como almacén posmoderno que nos narra). Pareciera que frente a los modelos de ciudadanía predominantes, las identidades han quedado atrapadas, catexiadas en cierto sentido, al punto de que se pueda sostener la aparente descomposición de las identidades, que se diluyen en formas cada vez más novedosas de consumo, de audibilidad y hasta de redes informáticas.

Pareciera que las identidades se ven erosionadas por reestructuraciones drásticas en las percepciones, las sensibilidades, los imaginarios y las expectativas de alcance colectivo; identidades débiles o cambiantes representadas por nuevos, constantes y proliferantes «modos de subjetividad », que son efímeros y están disponibles ante situaciones de consumo, interactividad, uso y recepción que los requieren.

A modo de conclusión

La investigación de las alfabetizaciones posmodernas nos permite dar cuenta de las transformaciones de las percepciones, los imaginarios, las acciones colectivas, los saberes, producidas y mediadas por los medios y las nuevas tecnologías, y que tienen como resultado una modelación que denominamos cultura mediática, que va impregnando y otorgando novedosos sentidos a las prácticas, los eventos, los rituales y las rutinas cotidianas. Pero esta investigación también pone en evidencia la emergencia en los escenarios educativos de las persistentes pugnas culturales que han constituido y constituyen la trama histórico-social de nuestra América Latina, y contribuye a percibir cómo se radicalizan en este contexto las dos significaciones centrales que pueden atribuirse a la escuela: el hecho de ser una maquinaria de disciplinamiento a la vez que una microesfera pública.

Ambas cuestiones (más que las expectativas de eficacia y eficiencia de la acción educativa, incluso frente a los medios) son las que convergen en la crisis de la escuela como institución formadora de ciudadanos. Desde este panorama conflictivo necesitamos replantear la práctica educativo/ comunicacional, de manera que sea capaz de responder no solo a estas situaciones, sino también a los modelos dominantes de ciudadanía que por lo general restringen y retardan las posibilidades de articulación entre ciudadanía y autonomía de los sujetos.

Desarrollar un pensamiento y una práctica educativo/comunicacional crítica, ha de significar hoy no sólo recomponer la trama de lo comunitario y de «des-erosionar» (descatexiar10) los cuerpos que han sido considerados como «objetos manejables » y susceptibles de ser marcados por sentidos cristalizados, sino fundamentalmente construir en proceso una ciudadanía cuyo sentido no debe clausurarse anticipadamente, sino que debe caracterizarse, construirse y formarse como proceso de lucha por la ciudadanía, en el que se ponen en práctica las mediaciones entre la(s) cultura(s) y la(s) política(s).


Citas

1 En ellas observamos el cruzamiento entre las alfabetizaciones posmodernas y la cultura mediática, analizándolas como evento cultural infantil. Reparamos en secuencias, rutinas, rituales, organización de espacios e interacciones, prácticas regladas o no, juegos, ritmos, regalos, souvenirs, etc. Es posible observar sustanciales diferencias entre los sectores del centro de la ciudad, de clase media, y los sectores populares suburbanos.

2 La comunicación mediada por los medios se sustenta en cierto «aparecer del movimiento ». Thomas Hobbes, en sus estudios sobre las representaciones, había diferenciado entre movimiento y aparecer del movimiento. Este aparecer del movimiento no se caracteriza tanto por la simulaci ón como por la virtualidad, que sin embargo marca en el cuerpo una nueva sensibilidad (que en algunos casos hemos conceptualizado como catexia del cuerpo y de la visión comunitaria, aunque parezca revitalizarse, con la comunicación mediada por los medios, cierta omnipresencia -virtual- de los cuerpos: en un cuerpo pueden darse representaciones de todos los cuerpos). En este sentido la televisión, como dispositivo alfabetizador posmoderno, posibilita la representación de lo compuesto en lo simple (capacidad que Gottfried Leibniz otorgaba a la «mónada»); opera un anudamiento imaginario en lo inmediato e incomplejo de todo lo fluyente. Las representaciones disponibles para actuar son como «fantasmas» que modifican el interior de los sujetos y que operan como apariencias de mundo externo. Esas representaciones disponibles, en la cultura mediática, están mediadas por los medios. Su aprendizaje, caracterizado como alfabetización posmoderna, no puede ser homogéneo y uniforme; más bien sigue las huellas de lo heterogéneo y lo caótico y aparece como marca de la polifonía mediática (aunque responda a un orden económico-cultural dominante, obnubilado).

3 Con la noción de «campo de juego» trato de designar ciertas estructuras objetivas (como indica el concepto de campo en Bourdieu), pero con el agregado de que son estructuras estructuradas y estructurantes (en el sentido de Giddens), es decir: los actores están normalmente estructurados por ellos pero contribuyen a estructurarlos en sus acciones. Además, esas estructuras son escénicas, esto es: permiten percibir acciones, posiciones, discursos, roles que se ponen en juego y en su interjuego manifiestan los dinamismos de estructuración. El término juego pretende remitir al enjeu utilizado por Bourdieu como «puesta en juego» o en escena, o simplemente «juego» o «puesta » (Bourdieu, 1991).

4 Particularmente en el escenario escolar, además, se visualiza cómo el drama de la resistencia (emparentado con el «drama del reconocimiento») está directamente relacionado con el esfuerzo de incorporar la «cultura callejera» al salón de clases (McLaren, 1994b: 256). Las resistencias, en ese caso, son formas de pelea en contra de que la escuela borre las identidades callejeras; son luchas contra la vigilancia y el disciplinamiento de la pasión y el deseo.

5 El concepto «episteme» está utilizado en el sentido de Michel Foucault, como condición de posibilidad de todo conocimiento en una época cultural-histórica determinada.

6 Con el término «pluralismo» se hizo referencia en principio a la posibilidad de convivencia social de culturas o subculturas diferentes, pero sometidas a una cultura dominante (al estilo de las propuestas conservadoras). Con la crisis de los proyectos de homogeneización cultural y el reclamo de derechos por parte de grupos minoritarios y/o subordinados, el sostenimiento del pluralismo puso de manifiesto un nuevo problema: el de la gobernabilidad de lo heterogéneo.

7 La supuesta contradicción entre autocontroles/dialectos, por un lado, e ideas regulativas/ monopolios transnacionales, por otro, parece resolverse en una concepción de poder reticular, pero impregnado por la lógica de un mundo «mundializado» que sea gobernable/ administrable.

8 En el marco de la «sociedad mediatizada», las esferas micropúblicas son aquellas donde centenares o miles de disputantes interactúan a nivel sub-Estado nacional (desde la charla de café, las Comunidades Eclesiales de Base, las aulas escolares, las asociaciones conectadas con intereses miniaturizados o hiperespecializados, etc.), (véase Keane, 1995).

9 La postulada «libertad» del consumidor frente al aumento de la oferta de bienes, puede operar un doble encubrimiento: de la falta de posibilidad de elección frente a la producción de las ofertas (que es encubierta por la sobreabundancia de ofertas) y de la exclusión o postergación de amplios sectores respecto del consumo, que a su vez pone de manifiesto la falta de libertad y la desigualdad de oportunidades.

10 Etimológicamente, catexia (usado aquí como verbo) proviene de kat-exoysiáso, que significa «ejercer o dominar uno sobre otro»; y más cercanamente de kat-exo: «asir fuertemente, retener, contener, reprimir o impedir». En este sentido, el término que introducimos des-catexiar podría describirse como la acción de «liberar», tanto con su carga psicoanalítica como política.


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El periodismo cívico como comunicación política

Jornalismo cívico como comunicação política

Civic journalism as political communication

Ana María Miralles C. *


* Coordinadora de Especialización en Periodismo Urbano de la Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín. Coordinadora de los Proyectos de Periodismo Cívico Voz y Voto (Bogotá) y Voces Ciudadanas (Medellín).


La autora retoma el ejercicio del periodismo cívico como el espacio en el cual la formación de la opinión pública adquiere características de un proyecto político dinámico en el que el ciudadano es el ente fundamental.


La formación de opinión pública como un proyecto político dinámico y no como un resultado contingente de la información, es una de las ideas centrales del periodismo cívico en su intento por establecer conexiones reales entre periodismo y democracia. Esto, que no es otra cosa que fortalecer el sentido de lo público, lo hace con un ingrediente particular: el ciudadano.

Tradicionalmente se ha considerado que el modelo informativo genera opinión pública, es decir, que es suficiente con darle datos a las audiencias para que se considere que en este modelo unilateral quien está recibiendo la información es un sujeto en capacidad de tener criterios frente a los asuntos de interés público y de asumir roles activos. Sin embargo, son varios y contradictorios los puntos de discusión que están detrás de esta idea: 1) Son los medios y no los ciudadanos, los que indican cuáles son los temas de interés público; 2) Los ciudadanos son consumidores pasivos de información; 3) Aunque no hay una relación mecánica entre la orientación de los mensajes periodísticos y los pensamientos de las audiencias, los datos esenciales para tomar posiciones son los proporcionados por los medios; 4) En sociedades en donde no hay pluralidad de visiones desde diferentes medios de comunicación, la formación de criterios entre los ciudadanos está peligrosamente homologada y es difícil hablar de opinión pública; 5)Un modelo montado solamente sobre la idea de informar lo que sucede, no proporciona las condiciones para conectar esos temas con los intereses de la gente, entre otras cosas porque el ciudadano común se conecta por medio de valores, emociones, opciones y, desde luego, también por medio de datos; 6)Los protagonistas de los hechos en el modelo exclusivamente informativo corresponden al perfil de los que hacen noticia: funcionarios o aquellas personas en capacidad de producir hechos destacables, por lo general en el campo científico o en el deportivo, especialmente en este último. El ciudadano común aparece más en un rol de víctima y de espectador de los hechos.

Incluso desde la academia, hasta hace poco el modelo “comunicativo. que se enseñaba a los estudiantes en los primeros cursos era el del emisor mensaje receptor. En esa trilogía que hoy intenta poner en tela de juicio el periodismo cívico, descansaba la formación de opinión pública. Pero aún sin tener en cuenta que no todos los sectores sociales tienen acceso igual a los medios “algunos ni siquiera lo tienen”, la falla de ese planteamiento consiste en pensar que la información por sí misma genera opinión pública. Lo que resulta paradójico es que en la época en que hay más información disponible, esté más en cuestión el tipo de calidad de vida pública y de ciudadano que tenemos. El paso del sujeto informado al ciudadano no era, después de todo, así de automático.

La corriente de la llamada mediología francesa, se ha ocupado de las transformaciones de la publicidad política de una manera que sin contemplaciones allana el camino para que desde los propios medios de comunicación el estrecho debate sobre la profesión se amplíe a los marcos de la sociedad a la cual pretenden servirle, mostrando la evolución del concepto de opinión pública”.La “opinión pública. no es ya ese concepto heredado de la Ilustración, concepto normativo de una opinión (idealmente) formada con la razón. Designa más bien a la masa segmentada de opiniones particulares en las que se expresan intereses divididos y hasta conflictivos”; Ferry dice: “Se deduce que el carácter público de la opinión, es decir, su representación institucionalizada en la prensa y el parlamento, ya no puede ser identificada como antes con algo así como una ‘voluntad general’ digna de ese nombre”1.

Crear ciudadanos que en calidad de públicos2 asuman un más significativo perfil en la vida pública, es justamente lo que el periodismo cívico pretende hacer. Esto no excluye a otros sectores como los expertos, los políticos profesionales y los funcionarios oficiales. Es evidente que ningún debate público se podría dar sin ellos. Simplemente, lo que el periodismo cívico hace es poner el énfasis en la necesidad de que los ciudadanos sean vinculados a prácticas deliberativas mediante las cuales puedan configurar posiciones que tengan visibilidad e impacto en la escena pública, en la medida en que mediatizadas entran a hacer parte de la comunicación política3.

Wolton4 habla de tres legitimidades constitutivas de la comunicación política, que también ocuparán la atención de los procesos de periodismo cívico electoral: la política y la información que se desarrollaron en el siglo XVIII y la opinión pública y la comunicación que son más recientes. Si bien ella reconoce que la batalla por el sufragio universal era inseparable de la batalla por la libertad de expresión, hoy, desde el periodismo cívico, la democracia entendida mucho más allá de la reivindicación por el sufragio requiere de una concepción diferente de la información, que conduzca al periodismo a prácticas de corte comunicativo, porque ahora la reivindicación es la del debate público que constituye la parte sustantiva del proceso (el sufragio es ahora un asunto procedimental). Para ello se necesita, más allá de las garantías procesales para el voto y para la información, un amplio proceso de educación cívica que involucre al poder estatal, a la sociedad política y de manera particular al ciudadano.

Dar voz pública a la ciudadanía, pasa necesariamente por procesos deliberativos de formación de opinión pública, que se constituyen en toda una práctica pedagógica, con un sentido renovado de la política que ya no estará exclusivamente en manos de los “políticos profesionales. y que no necesariamente tiene que pasar por las instituciones creadas en el sistema representativo (tales como el parlamento, las asambleas o los concejos), sino que se mueve en espacios más abiertos y definidos desde un punto de vista predominantemente cultural, más cerca de los sistemas simbólicos de la gente.

Justamente, los críticos de la democracia deliberativa afirman que su mayor problema radica en que pretende tomar el acuerdo como punto de partida, por un lado, o bien el proceso se concentra demasiado en la búsqueda del consenso, por el otro, lo cual puede constituirse en un modelo excluyente porque privilegia ciertos modos de habla, y enfatiza el pensamiento racional sobre otras formas comunicativas acerca de los temas de interés ciudadano, postura desde la cual los ciudadanos que manejen diferentes códigos y perspectivas serían dominados por las lógicas tomadas como más fuertes. Esto va en contra de los principios de igualdad que pretenden promover los procesos deliberativos.

Aun así, sin alejarse demasiado del modelo de la deliberación, Young5 propone hablar de democracia comunicativa para indicar la igualdad de condiciones de diferentes formas de interacción comunicativa (narrativa, retórica y coloquial) y añade que el argumento no es el único modo de comunicación política”.El ideal de la democracia comunicativa es más amplio que el de la democracia deliberativa porque reconoce que cuando el diálogo político busca resolver los problemas colectivos, justamente requiere la pluralidad de perspectivas, modos diferentes de habla y formas diversas de expresar la particularidad de la situación social, al tiempo que admite la aplicabilidad general de principios”.

La democracia deliberativa así enriquecida con una perspectiva cultural y comunicativa, base filosófica del periodismo cívico, es un reto político y educativo frente al predominio del sistema de la representatividad que ha hecho del ciudadano un sujeto que delega en otros la iniciativa de los asuntos públicos, y que tiene como punto máximo de acción política el voto, tan desdibujado de sentido desde hace un tiempo y tan salpicado en nuestros países de prácticas clientelistas y de marketing.

Por eso el periodismo cívico debe interpelar al ciudadano para que recupere el control de los temas y deje atrás la idea, inculcada en buena parte por los propios medios de comunicación, de que lo público es igual a lo estatal. Construir o reconstruir un sentido de lo público como un sistema de comunicación democrática, con la presencia de diversos actores, discursos, opciones y acciones para la vida colectiva, supone re-educar al ciudadano, es decir, adelantar estrategias de pedagogía política que si bien no pasan solamente por los medios de comunicación, encuentran en ellos uno de sus principales escenarios.

Los proyectos electorales de periodismo cívico son quizás los que más directa relación tienen con esa idea, a partir de la reanimación del debate público encarando sin miramientos la vieja propuesta de hacer pedagogía política desde los medios de comunicación6.

En Estados Unidos, varios medios de comunicación lo han venido experimentando desde hace diez años, particularmente algunos vinculados a la importante cadena Knight Ridder. Hacia 1996, más de 150 organizaciones periodísticas habían desarrollado allí proyectos de periodismo cívico. Lo que en ese país ya se conoce como un movimiento, está apenas comenzando en Colombia. El debate promete ser intenso, no solamente porque los contextos son muy diferentes, sino porque se avizora la posición defensiva que asumirán quienes están de parte de la cultura profesional periodística predominante.

El primero de esos proyectos desarrollados en Colombia fue el realizado en 1997 por el periódico El Tiempo en Bogotá, con la asesoría de la Especialización en Periodismo Urbano de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Se trata de la propuesta llamada “VOZ Y VOTO, participe y elija”, con el que se intentó hacer del proceso de elección de alcalde mayor de la ciudad de Bogotá, un diálogo público con la participación activa de la ciudadanía.

Temas de gobierno y agenda ciudadana

Los proyectos de periodismo cívico electoral trabajan con la siguiente premisa: pasar de los temas de campaña a los temas de gobierno, en la tarea informativa sobre las elecciones. Con esto ya se plantea una tesis que, tal como está el panorama político en época de elecciones, parecería revolucionaria porque significa romper con la lógica que ha venido imperando y que ha deteriorado el debate público de ideas y de programas.

Es preciso reconocer que la debilidad de ese debate no tiene su causa exclusivamente en las prácticas comunicativas (cubrimiento informativo de las campañas y marketing político, por ejemplo), sino que ello se debe a un conjunto de situaciones entre las que hay que destacar la crisis de los partidos políticos, la estrechez de la definición del ciudadano entendido solamente en su versión política clásica y peor, en su dimensión de depositante de votos, además del predominio de los marcos simbólicos de representación política, que ponen entre paréntesis la deliberación ciudadana.

En los procesos electorales fácilmente se ha ido aceptando la idea de que lo importante es ganar votos y no desarrollar un debate de propuestas. Las tácticas del marketing político, de las estrategias de imagen y las encuestas de popularidad de los candidatos, se han convertido en la parte central de lo que realmente no es más que una espectacularización de la política. En este marco, el ciudadano es solamente una perspectiva de voto y por lo tanto un blanco de los conductores de campaña, pero no un sujeto político. Si el que ha de ganar en los actuales escenarios es el candidato más popular, independientemente de sus propuestas y sus capacidades para gobernar, entonces el ciudadano que está en el centro de esta estrategia es el consumidor de imágenes, jingles, y eslóganes. Ese es también el tipo de ciudadano que se ha propuesto desde los medios, al aceptar el juego de los conductores de campaña.

Por ello, lo importante en el periodismo cívico es involucrar al elector en el proceso y no solamente en el paso final cuando debe depositar el voto. ¿De qué modo lo hace? Iniciando un gran diálogo abierto entre los ciudadanos y los candidatos sobre los temas de gobierno, una especie de foro mediático, que va más allá de las prácticas que algunos han considerado pseudo-democráticas, consistentes en llamadas telefónicas y pregrabados con preguntas de la gente de la calle para ser respondidas por los candidatos en la televisión. El debate público planteado por el periodismo cívico es más que una técnica: encierra toda una filosofía que pretende recobrar el sentido del proceso electoral y de paso recordar que más que de electores se debe hablar de ciudadanos que pueden construir una agenda temática alrededor de la cual los aspirantes se pronuncian para conectarse con los intereses y necesidades de la población y hacerles sus propuestas como candidatos. No es que el periodismo cívico pretenda sustituir a la política. Se trata de hacer más viable la democracia en las sociedades masivas, al poner los medios a disposición del diálogo público manejando una compleja relación entre tres agendas: la de los políticos, la de los medios y la de la ciudadanía.

El rol de los sondeos, aceptados por algunos como expresión de la opinión ciudadana en la democracia y en la construcción de opinión pública, es bastante contradictorio. Los candidatos las ponen en funcionamiento desde el momento mismo en que piensan lanzarse, para comprobar sus índices de popularidad. A partir de ahí se desencadena una serie de encuestas que marcarán el rumbo del proceso electoral. En realidad, aunque las llamen “encuestas de opinión. y hablen de formación de “opinión pública”, las encuestas así concebidas no están interesadas en que se conozca la opinión del público. Los propios candidatos acaban montando sus intervenciones públicas y son entrevistados en los noticieros en razón de los resultados de los últimos sondeos. Así las cosas, la estrategia política pasa a ocupar el lugar de las ideas políticas, pues se actúa según los resultados de la encuesta, con el objetivo de subir unos puntos en los sondeos. Eso es lo que en el Charlotte Observer se ha conocido como el “horse race”7.

Pero, ¿se puede hablar de construcción de opinión pública cuando la pregunta esencial que se formula al ciudadano es “si las elecciones fueran hoy, por quién votaría.? Desde luego que estos resultados ejercen influencia, probablemente, en la intención de voto. No se trata de calificar su eficacia o no, sino de resaltar que no constituyen, así manejadas, ningún aporte para la formación de una verdadera opinión pública pensante porque le restan toda posibilidad de formular una agenda ciudadana de temas para el debate público que vaya más allá de las expectativas a veces transitorias de la gente.

Desde el punto de vista de la comunicación política, no obstante, a los sondeos se les reconoce no sólo un rol importante, sino legitimidad como canales de expresión de la opinión pública. La validez que se les reconoce es de orden científico y técnico, sin desconocer los errores que se pueden cometer en ellos. En otro texto Dominique Wolton8 llega a plantear que de la trilogía de los actores de la comunicación política en las sociedades masivas (políticos, periodistas y sondeos) el eslabón más débil es el de la información, al decir que su legitimidad es más frágil porque la de los sondeos y la de los políticos está vinculada a principios de representatividad.

Desde la perspectiva del periodismo cívico, los sondeos se convierten en la herramienta clave para la construcción de la llamada “agenda ciudadana”. Es decir, en época electoral no se usan para medir las intenciones de voto de los electores e interpretarlas como sus expectativas, sino que directamente se indaga por los temas que los ciudadanos consideran importantes para que los candidatos desarrollen sobre ellos el debate electoral, lo cual sin duda contribuye a darle una nueva legitimidad al periodismo.

La idea de poner como eje los temas de gobierno propicia, como dirían los semiólogos, una resemantización del proceso. En este marco la campaña ocuparía solamente un espacio del espectro y probablemente podría ser entendida como mecanismo de difusión y no de construcción de ideas. Lo problemático de poner como centro del cubrimiento electoral los temas de campaña, es que la opinión pública está cediendo la iniciativa a quienes compiten por un puesto y con ello se les da el control de un proceso que es eminentemente del ciudadano, que en este caso coincide con el elector. Lo que propone el periodismo cívico es recuperar la iniciativa sobre los temas a partir de la re-estructuración de todo el esquema en torno a los temas de gobierno. Lo que puede ser visto como un juego de poder es tal vez más un juego de legitimidad de agendas. La agenda ciudadana entra entonces a competir con la de los políticos e incluso con la de los medios de comunicación. Este es el aspecto crucial de la propuesta del periodismo cívico. Sin dejar de lado la información sobre las campañas, pero sí descentrando sustancialmente los espacios para su difusión, los medios le dan la iniciativa al votante desde el comienzo mismo del proceso, más que en su calidad exclusivamente de electores, como ciudadanos.

¿Si no son los conductores de campaña los que ponen los temas, entonces quién? Para el periodismo cívico, la respuesta es la ciudadanía. El planteamiento es el siguiente: si los candidatos están aspirando a un puesto, entonces deben seguir el proceso que se requiere. Lo primero es establecer el perfil del cargo y luego que los candidatos presenten sus hojas de vida para someterlas al escrutinio de quienes deberán tomar la decisión de darle el empleo a uno de ellos. Esto, que suena a banalización del proceso, significa una recuperación de sentido. El votante no es el convidado de piedra. Debe asumir el proceso desde el comienzo mismo y no dejarse conducir hasta la urna9.

El periodismo cívico cambia el propósito de las encuestas y por eso está mucho más cerca de la formación de opinión pública. Las preguntas que plantea al ciudadano son de carácter abierto. Son cuestionarios dispendiosos y difíciles de manejar tanto para encuestados como para encuestadores. No se pueden contestar por teléfono. Pero con ellos, el ciudadano tiene la iniciativa de señalar cuáles son los temas que a su juicio deben discutirse. De los resultados de la encuesta sale una lista de asuntos que se constituye en la agenda ciudadana para las elecciones. Por lo general se seleccionan los cinco primeros, y todo el cubrimiento de la campaña electoral se monta sobre ellos. Es decir, los informes periodísticos y la parte central de las intervenciones de los candidatos, a pedido de los medios, debe concentrarse en estos temas.

Este es un juego de legitimidades. ¿Por qué, después de tanto tiempo de proceder así, deberían los políticos soltar la iniciativa? La razón para hacer esto cuando más lo necesitan es que la agenda ciudadana, avalada por los medios en época electoral, es un poderoso acicate para aceptar en lo básico estas nuevas reglas del juego. Ahí entran en consideración las viejas relaciones de dependencia de los políticos frente a los medios, que se radicalizan en época de elecciones, pero con un nuevo ingrediente: si la propuesta es adelantar un diálogo público sobre los temas que la ciudadanía propone mediante un método aceptado socialmente “las encuestas”, entonces negarse públicamente a aceptar los temas y los procedimientos para ese diálogo podría traer consecuencias en términos de votos.

Surgen otros interrogantes: ¿El único peso posible de la agenda ciudadana consiste en que los medios y los sondeos la respaldan? ¿Hasta qué punto esas ideas de la ciudadanía no están influidas de antemano por los contenidos que los propios medios suelen difundir? ¿Está la ciudadanía en condiciones de señalar esos temas? ¿Nos enfrentamos ahora a la dictadura del ciudadano? Las respuestas a estas preguntas tienen todo que ver con el grado de cultura política de nuestras sociedades.

Y aún hay más: ¿por qué habría el ciudadano de poner esos temas de gobierno? Pero al mismo tiempo, ¿por qué lo harían los medios? Y aún: ¿por qué lo harían los políticos que son los que están en la competencia? Examinemos en primer lugar a los medios: manejan usualmente los asuntos de interés público “al menos en teoría. y podrían tener el buen juicio de colocar los temas de la agenda en representación de los intereses generales. De cierto modo lo han hecho hasta ahora: al hacerle seguimiento a los programas de campaña, han sido determinantes en lo que se plantea durante elecciones. Esto tiene su explicación en los modelos difusionistas que cubren las acciones de quienes toman la iniciativa y en los nexos entre medios y políticos, que se acentúan durante las campañas.

Los políticos son los que han puesto los temas. ¿Es bueno eso para el proceso democrático? En cierto modo sí. Ellos deben presentar sus propuestas públicamente, así como las razones por las que creen que deben ser elegidos. Es indudable que una parte de la iniciativa deben seguir tomándola ellos, sin que sus tácticas para conseguir votos acaben dominando el panorama electoral.

¿En todo esto qué es lo que ha estado haciendo falta? El punto de vista ciudadano, el del votante, el del gobernado. José Joaquín Brunner10 afirma que hoy la política tiene que ejercerse en el campo de la comunicación. Los interrogantes de los que parte pueden resumirse así: dado que las elecciones son procesos discontinuos, ¿sobre qué telón de fondo se determina el voto que emiten los ciudadanos? ¿Qué ocurre con las necesidades y opiniones de la gente durante los períodos entre las elecciones? Por tanto para él son tres las funciones básicas de la comunicación en su relación con la política: “1. Crear una comunidad informada; 2. Representar a dicha comunidad en la esfera pública; 3. Contribuir a la formación de la agenda de asuntos en torno a los cuales debe organizarse la política”.

Estas tres funciones recogen con claridad lo que pretende el periodismo cívico, el cual, reforzando las funciones informativas trabaja al mismo tiempo sobre un modelo periodístico comunicativo.

La deliberación Ciudadana

Lo que el periodismo cívico propone es un proceso de deliberación sobre la agenda de temas de la ciudadanía. Dos o tres meses antes del día de las elecciones, convertir a los medios y a la ciudad en escenarios del debate público. Esta es la idea del foro mediático”.Si la idea de la soberanía popular puede todavía encontrar una aplicación realista en las sociedades altamente complejas, entonces debe desprenderse de la interpretación demasiado concreta de una encarnación en los miembros de un colectivo que (físicamente) asisten, participan y deciden en conjunto”11. Esta es la idea del foro mediático y es ahí en donde los periodistas, más que actuar con la lógica de las Ong.s, trabajan sobre el espectro mucho más amplio de los diversos sectores que buscan visibilidad en la escena pública.

Las piezas de esta deliberación son varias:

  1. Investigaciones periodísticas sobre los temas de la agenda ciudadana. En este punto se despliega lo mejor de la reportería para dar las visiones profundas y la información necesaria con el fin de que esa deliberación tenga los elementos necesarios. El propósito de las historias es detonar y mantener esa deliberación proporcionando los insumos necesarios para ello manteniendo un ritmo tan delicado como la seda: demasiado satura al lector, poco lo deja sin elementos. Por lo general, los temas de la agenda ciudadana son problemas que aún no han sido resueltos y la contribución del periodismo cívico consiste en convertirlos en temas en lugar de dejarlos como problemas, que sólo dan lugar a quejas y al papel de víctimas por parte de los ciudadanos12.
  2. Informes periodísticos tipo crónica en los que los ciudadanos cuentan sus experiencias positivas en la resolución de esos problemas. Esto es importante porque revela al ciudadano creativo y empoderado. Sin que el periodismo cívico pretenda eximir al Estado de sus responsabilidades, especialmente sobre los asuntos que son propios de la gestión oficial, hay actitudes ciudadanas que marcan la diferencia. Es indudable que la educación cívica es esencial para el buen funcionamiento de las ciudades13.
  3. No se trata de hacer “periodismo rosa”, sino de contar las historias reales de quienes están comportándose como ciudadanos conscientes. Si los medios están llenos de relatos detallados sobre quienes actúan al margen de la ley, ¿por qué no hacer lo propio con quienes están haciendo las cosas correctamente? Esto que parecería un procedimiento conductista puede ser más bien un tratamiento menos espectacularizante y más equitativo de la información en la medida en que se hacen visibles otros protagonistas de un concepto renovado de noticia.
  4. Convocatoria de los medios a participar en foros ciudadanos. Esta es una de las piezas más importantes del proceso porque es donde se da la deliberación cara a cara. Es también la apuesta más concreta del periodismo cívico en la formación de ciudadanía. Los foros convocados sobre los temas de la agenda ciudadana, son tal vez el elemento pedagógico más importante de los proyectos de periodismo cívico electoral. Es allí donde se va decantando la voz de la ciudadanía, al entrar en contacto con las ideas de otros ciudadanos. Con o sin una guía de discusión, los foros deliberativos promueven la reflexión razonada sobre los temas, así como la búsqueda y el diálogo sobre el máximo de visiones que puede haber sobre ellos. El proceso se orienta hacia la discusión sobre las posibles soluciones a los problemas que requieren atención en mediano y largo plazo, porque no es viable convocar a la deliberación ciudadana sobre asuntos que deben tener soluciones inmediatas y para los cuales ya existen mecanismos previstos. La moderación sólo busca facilitar la deliberación y señalar los puntos de acuerdo para ver si es posible un consenso. Si no hay consenso, la sola deliberación es ya un logro. La colectivización de los temas es importante porque cuando los ciudadanos tienen por costumbre pensar y tomar decisiones aisladamente sobre la vida en comunidad, la posibilidad de crear tejido social es prácticamente nula y la esfera pública se ve afectada.
  5. Petición expresa a los candidatos de sus propuestas sobre los temas de la agenda ciudadana, además de contestar las preguntas específicas que sobre ellos el medio hace en nombre de los ciudadanos que las elaboraron. En lo tocante a la publicación de las propuestas y las respuestas a las preguntas sobre los temas, un criterio primordial y sólido del periodismo cívico consiste en darle a cada candidato la misma cantidad de espacio, sea que lo emplee o no14. La idea es que la distribución sea simétrica. Es sabido que en las preferencias tradicionales de los medios por algunos candidatos, la manipulación del espacio se convierte en pieza clave15.
  6. Configuración de paneles de ciudadanos: los proyectos de periodismo cívico contemplan la escogencia de un grupo de ciudadanos interesados en el proceso, para convertirse en asesores de los medios con el fin de mantener el enfoque ciudadano para los temas y sostener algún encuentro con los candidatos, a fin de formularles cara a cara preguntas hechas por ellos mismos y por sus conciudadanos por medio de llamadas telefónicas al medio.
  7. Neutralidad partidista: algunos han criticado anticipadamente al periodismo cívico porque según ellos supone romper la neutralidad del registro de la información y de paso irse contra uno de los principios “mitos” sagrados del periodismo: la objetividad. El caso paradigmático para demostrar lo que es el periodismo cívico, son justamente los proyectos electorales, en los cuales se mantiene la neutralidad frente a partidos o causas políticas concretas. Si de alguna ruptura de la neutralidad puede hablarse, es de tratar de luchar contra la apatía ciudadana y la debilidad de la vida pública. Esta idea está sustentada en un proyecto político democrático mayor, no partidista y que por supuesto no intenta favorecer a ninguno de los que están aspirando al cargo de elección popular.

Así, la deliberación pública tiene lugar a partir de la configuración de textos periodísticos, propuestas de los candidatos, preguntas de los ciudadanos, llamadas telefónicas, foros y panel de ciudadanos. Todas estas piezas constituyen los elementos de ese diálogo social que tiene como escenario al medio de comunicación. Esta lógica supera las prácticas pseudodemocráticas de las llamadas telefónicas, hoy por hoy tan populares especialmente en la radio y la televisión, ya que en este caso sí están articuladas a un proceso deliberativo mayor.

Medios y política

Muchos podrían preguntarse si las elecciones son el mejor momento para intentar la construcción de ciudadanía y hacer pedagogía política, cuando la gente está desencantada, cree poco en los partidos y en los líderes políticos. La respuesta es que tal vez eso haga todavía más necesario el periodismo cívico, porque es un intento de reconstrucción de otro sentido de la política, en el que la ciudadanía tiene un rol amplio que cumplir, lo cual podría cambiar su perspectiva de la política. Este es un proceso que apenas comienza en Colombia y por lo tanto es prematuro asegurar qué tanta continuidad podrá tener en los medios y qué resultados podrá arrojar.

Al escepticismo frente a las clásicas relaciones de dependencia entre la política y el periodismo, habría que oponer la idea de que en las sociedades contemporáneas los cambios han sido tantos que si los medios no transforman sus visiones, lo harán a riesgo de seguir perdiendo audiencias. Algunos ya lo han comprendido y hoy se aprestan a afrontar los siguientes retos:

  • Necesidad de un compromiso mayor con lo público desde el periodismo. La existencia de una vida pública fuerte tiene relación directa con las propias condiciones de existencia de los medios.
  • Es imperativa la sintonía con la participación ciudadana debido a los cambios que se han dado en la propia esfera política. Esta participación deber á hacerse extensiva a la elaboración de la agenda de los medios que, así sean algunos de ellos empresas privadas, están cumpliendo un servicio de responsabilidad que se enmarca en el terreno de lo público. La polífonía de voces sólo será posible si hay apertura en la configuración de la agenda. La participación es la que genera el interés por la información, afirma Christopher Lasch16.
  • Cada vez se hace más evidente la necesidad de hacer transparente lo público. La lucha contra la corrupción requiere no solamente de la clásica prensa fiscalizadora, sino de ciudadanos participantes que no sólo denuncien sino que impidan el fraude público. Ese ciudadano participante tendrá que contar con el respaldo del periodismo, sin que ciudadanos ni medios acaben usurpando las funciones propias de la justicia.
  • La comunicación entre los políticos y la gente, la formación consensuada de las decisiones17 deben ocupar hoy un lugar destacado. Hay abundancia de información, pero es preciso reforzar las formas comunicativas: es cuestión de gobernabilidad democrática.

La profundización del debate sobre las relaciones entre periodismo y democracia tiene que salir de los lugares comunes en los que ha estado sumido. Lo que hace el periodismo cívico es adoptar el punto de vista arendtiano, al alimentar el concepto desde la práctica y tratar de comprender mejor el trabajo de pedagogía política que deben ejercer los medios masivos.

El principal de esos retos puede ser el de enfrentar el desfase entre el exponencial desarrollo de las telecomunicaciones y la debilidad de los contenidos de la comunicación política y ciudadana, que debe ser componente irrenunciable de la calidad de vida.


Citas

1 Ferry, Jean-Marc.“Las transformaciones de la publicidad política”. En El nuevo espacio público. Edit. Gedisa.1992, España. p. 17.

2 Públicos entendidos no como audiencias, espectadores o cifras estadísticas de consumo de medios, sino como grupos de personas que comparten temas y deliberan sobre ellos, incluso con posibilidades de pasar a la acción cívica.

3 La escuela de la mediología francesa se ha ocupado de desarrollar conceptualmente el ámbito de la comunicación política en las sociedades contemporáneas, que ya no es entendida como el estudio de la comunicación del gobierno con el electorado, ni el intercambio de discursos entre políticos en el poder y en la oposición. Ahora se ha extendido al estudio del papel de los medios de comunicación masiva en la formación de la opinión pública y al trabajo por entender las diferencias entre las preocupaciones del ciudadano y de los políticos. Enfatiza “el proceso de intercambio de discursos políticos, entre una cantidad cada vez mayor de actores políticos, con la idea implícita de que de modo progresivo lo fundamental de la política moderna se organiza en torno de la comunicación política, a través del papel de los medios y de los sondeos” “ Wolton, Dominique”.La comunicación política: construcción de un modelo” “ El nuevo espacio público. Edit. Gedisa. 1992, España. p. 29.

4 Ibid. p. 32.

5 Young, Iris Marion. Communication and the other: Beyond deliberative democracy. Interesting voices: Dilemmas of gender, political phylosophy and policy. Princeton University Press. 1997, pp. 69 y 73.

6 Es necesario aclarar que aunque el periodismo cívico tiene más tradición en el campo de los proyectos electorales, sus temas han sido tan variados que van desde la planeación económica hasta el uso del suelo urbano y los asuntos relacionados con los jóvenes.

7 Este periódico de Carolina del Norte fue uno de los pioneros en materia de periodismo cívico electoral. El término hace referencia a la manera en que se describen las carreras de caballos.

8 Wolton,Dominique”.Los medios, eslabón débil de la comunicación política”. El nuevo espacio público. España, Edit.Gedisa, 1992. p. 185.

9 La primera pregunta que surge es: ¿con qué elementos y con qué procedimientos puede la ciudadanía plantear los temas de gobierno como detonante de todo un proceso de deliberación pública? esto es, ¿cómo se construye la agenda ciudadana? El Charlotte Observer fue el primero en hacerlo de forma sistemática. Cambiando la racionalidad de las encuestas, en lugar de preguntar por la intención de voto, se interrogó a la ciudadanía por los que consideraba eran los asuntos más importantes para la ciudad. Lo mismo se hizo en El Tiempo con el proyecto Voz y Voto sobre los temas de la ciudad de Bogotá, con miras a la elección del alcalde mayor.

1 Brunner Ried, José Joaquín”.Comunicación y política en la sociedad democrática”. en: Contribuciones. #2, 1996. Konrad Adenauer Stiftung. Buenos Aires. pp. 7-9.

11 Habermas,Jürgen. Historia y crítica de la opinión pública. Prefacio a la edición alemana de 1990. Barcelona, Gustavo Gili, 1990. p. 31.

12 Los temas de la agenda ciudadana de Voz y Voto fueron: seguridad, salud, educación, transporte, gobierno-administración de la ciudad. En El Tiempo se cubrieron esos temas en una doble dimensión: el estado del problema y su narración desde la perspectiva de la ciudadanía, esto es, mostrando cómo esos problemas afectan al ciudadano y por qué son importantes de cara al debate electoral.

13 El ejemplo más destacable de Voz y Voto fue el del transporte. Estudiantes de dos universidades privadas de Bogotá nos contaron cómo se ingeniaron unos clubes de transporte administrados por ellos mismos y en los que por medio de la racionalización de los automóviles privados se crearon además redes de solidaridad y amistad. El problema de las vías sigue siendo del Estado, pero los ciudadanos pueden hacer algo para reducir el impacto del problema e incluso pueden tener una incidencia en la re-estructuración del problema.

14 En el caso de Voz y Voto, las preguntas para los candidatos a la alcaldía de Bogotá tuvieron peso público porque se construyeron colectivamente en cada uno de los seis foros realizados. La elaboración de cada pregunta significó todo un proceso deliberativo, además porque habiendo necesidad de preguntar muchas cosas, por razones de espacio del medio solamente se podía formular una pregunta por foro. La participación de los ciudadanos en este aspecto, la percepción de su responsabilidad pública en la formulación de la pregunta y su interés genuino por lograr establecer un puente de comunicación con los candidatos, son una muestra de que el público no es apático por naturaleza. Tal vez lo que ha faltado es respaldo para hacer pública esa voz.

15 En los focus groups que El Tiempo convocó para evaluar Voz y Voto, uno de los aspectos que los ciudadanos evaluaron más positivamente fue precisamente la asignación equitativa de los espacios, por dos razones: el periódico no mostraba favoritismo por ninguno de los candidatos en el espacio asignado al proyecto y el esquema permitía conocer propuestas que de otro modo habrían sido ignoradas. Esto indudablemente les dio más elementos como electores, plantearon algunos de ellos, además de que se constituyó en un factor de credibilidad frente al medio. Fuente: Market de Colombia. Bogotá. 1997.

16 Lasch,Christopher. “Journalism,Publicity, and the Lost Art of Argument”. en: Kettering Review. Spring 1995. p. 44.

17 Véliz,Gustavo. “Periodismo y política en los noventa: tendencias, riesgos y oportunidades” , en: Contribuciones 2/1997. Konrad Adenauer Stiftung. Buenos Aires. p. 26.

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Ciudadanos y pueblo: sujetos de la acción política

Cidadãos e pessoas: assuntos de ação política

Citizens and people: subjects of political action

Camilo Castellanos *


* Abogado de la Universidad Nacional. Director del Instituto Latinoamericano de Servicios Legales Alternativos (ILSA).


Resumen

Se presentan aquí los conceptos de ciudadanía y pueblo desde la perspectiva de la acción política. En una primera parte, retoma de Hannah Arendt la dinámica de la esfera pública y desde ella deriva en las nociones de acción y ciudadanía. En segundo término, siguiendo el trabajo de Antonio Negri, muestra la génesis del concepto de pueblo como poder constituyente y fundamento de la democracia en la reflexión de Maquiavelo. Por último, desde Pablo Neruda en su Canto General ilustra una comprensión latinoamericana del papel protagónico del pueblo en la historia de nuestro continente.


Dice el Génesis que al principio Dios creó el cielo y la tierra, la tierra estaba desierta y las tinieblas cubrían los abismos y el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. De Dios provenía todo, las plantas y los animales, el ser humano y las sociedades, los poderes y los imperios. Porque todo poder viene de Dios, dice Pablo de Tarso.

La gran rebeldía de nuestro tiempo fue ver hechos humanos en las obras de los hombres e intentar explicarlos como si Dios no existiera. Según la cuerda recomendación del pastor luterano Dietrich Bonhoeffer, el hombre moderno no necesita de la muleta de Dios para explicarse lo que bien puede ser comprendido sin recurrir a El.1

En consecuencia, en la Modernidad el poder se explicó como resultado del pacto o de la convención entre los asociados; modificable por tanto cuando quiera que los mismos asociados no se sintieran representados en la gestión de los gobernantes o en la estructura del poder vigente. Mucho se ha discutido sobre la historicidad de este pacto. Histórico o no, lo que el mito del contrato connota es que el estado así no sea obra deliberada de los hombres, no es descartable que sea obra suya.

Este desencantamiento del mundo como lo llama Max Weber, produjo una orientación fecunda: la democracia, cuyo punto de partida puede formularse como que todos y cada uno deben ser los dueños de su destino y nadie puede imponer a otro la suerte que considera conveniente o necesaria. Tal autodeterminación se extiende a toda la sociedad, como expresión de la autodeterminación de cada uno de sus integrantes. Razón suficiente para que a la noción del ciudadano le sea correlativo el concepto de pueblo como fuente de poder. Ciudadanos y pueblo pueden comprenderse, entonces, como los principales actores de la acción política.

Decidir por sí mismo u optar a partir de las propias razones son manifestaciones de la mayoría de edad, cuando no se requiere de tutores o preceptores .por virtuosos o sabios que parezcan.. Este atrevimiento es el corazón de los regí- menes modernos y es la esencia de la concepción contemporánea de la ciudadanía.

La señalada independencia se deriva de la acción autónoma de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Acaso primero vivida como praxis y luego existente como concepto. Es sabido que la teoría como los búhos, llega con el crepúsculo. Luego del Renacimiento, los descubrimientos, la Reforma y las revoluciones inglesa y francesa, pudo escribir Goethe en su Fausto que al principio fue la acción.

Estas notas postulan una reflexión sobre la acción como núcleo de la ciudadanía, que más que un estatuto jurídico, es la condición sociopolítica de quienes definen los destinos de la colectividad en la que viven y se juegan hasta su vida por realizarlos. Tal condición puede recogerse en los textos constitucionales, pero casi siempre tiene una preexistencia social y política.

Un pensamiento actual

El fracaso del socialismo estatista ha puesto en el centro del interés académico teorías críticas de la sociedad, el estado y la política contemporáneos, ajenas o contrarias a la tradición marxista. Un pensamiento político transformador debe al tiempo que evaluar los intentos surgidos de su campo, entrar en diálogo y debate con quienes no se conforman con el actual orden y buscan rebasarlo. Fue esta una forma de relacionarse muy propia del pensamiento emancipador, relación en la que se forjó y en la cual se desarrolló pujante, hasta llegar al autismo que le impidió percibir otra razón que no fuera la propia.

Un pensamiento inconformista es la reflexión abierta de Hannah Arendt. Decir abierta es señalar su carácter sinfónico: combinación de diversas perspectivas teóricas, en ocasiones en oposición contrapuntística, que impide encasillarla2.

En política, que es la medula de sus preocupaciones, una de las propuestas más significativas de Arendt es el intento de reanimar las democracias mediante el remozamiento del republicanismo, una tradición que parte del mundo clásico griego y romano, pasa por el Renacimiento y encuentra continuadores en Jefferson y Tocqueville. En este heteróclito haz de experiencias hay un elemento común: la idea de que una república no es otra cosa que una comunidad bien gobernada.

Conceptos básicos de este buen gobierno son la supremacía del bien público sobre el bien privado y, además, la noción de que el gobernante es un servidor de la comunidad de los ciudadanos. La atmósfera que se respira en este régimen es la libertad republicana, entendida como la posibilidad de autorrealización en la vida pública y en función del desarrollo de los fines comunes.

Todo lo anterior supone que el republicano está animado por un tipo especial de virtud que lo lleva a amar las instituciones en las que su libertad es posible y con las cuales es viable concretar el bien de todos. Virtud que, por tanto, lo anima a participar activamente de la vida pública y a sacrificar su interés particular en función del interés general.

Hay quienes observan en la reflexión arendtiana un sesgo exagerado en la comprensión del mundo antiguo, sesgo que incluso puede llegar a la deformación. Empero, Arendt no pretende ser historiadora. Es una pensadora política inmersa en las grandes tragedias de nuestro siglo, en busca de salidas a la encrucijada totalitaria. No importa tanto, entonces, establecer si el mundo griego fue según lo describe la autora, como reflexionar si es dable conciliar los intereses e iniciativas del individuo con el necesario mundo de lo público, con sus metas e intereses generales en la perspectiva por ella construida.

Acción y esfera Pública

En su libro La condición humana parte Arendt de la diferencia del mundo clásico entre las esferas pública y privada3. Esta última es la de la vida doméstica, el mundo de las necesidades y de su satisfacción. En tanto que la primera, es el dominio de la igualdad en el que se encontraban los pares, donde nadie gobernaba ni era gobernado. Intermedio y ligando una y otra esfera estaba el dominio de lo social, esfera híbrida en la que las necesidades aparecen en público y se tornan preocupación de todos.

Volvamos a la esfera pública. Si bien su rasgo predominante es la igualdad, quienes participan en ella son los libres. O lo que es lo mismo, es el dominio de los iguales, que lo son sobre la base de la desigualdad. Pero es también el ámbito de la diversidad, al que cada uno llega con su especificidad para manifestarse en lo que es, lo que lo convierte en espacio para la aparición, o en términos de Zubiri y Ellacuría, «desvelación del poder humano, una desvelación que es proceso de despliegue»4.

De otra parte, la esfera pública es espacio de aparición por la realidad del poder que la impregna. El poder para Arendt no es un instrumento para realizar un interés particular. «El poder solo es realidad .nos dice. donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usan para violar y destruir sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades». Nótese que las actividades propias de esta esfera son la acción y el discurso, diferentes de la labor y el trabajo, cargados de necesidad y dependencia. El poder, además, surge de estar juntos los hombres y desaparece cuando los hombres se separan, forzada o voluntariamente.

La acción es por definición la manifestación más humana. Recuperando una noción agustiniana, Hannah Arendt plantea que el hombre es el comienzo de todo. No que antes del hombre nada existiera, sino que por su existencia lo prexistente adquiere sentido, comienza a ser. Así, la acción es la capacidad de comenzar, de crear iniciativas, por lo que resulta ser un acto creador de novedad, una ruptura con la reproducción natural y la rutina. Si es a través de la acción y el discurso como los hombres se revelan, la acción es su expresión más profunda, un fin en sí misma, que en sí misma se agote pues solo busca la manifestación de quien la ejecuta, igual que la obra del danzante se agota en el acto mismo de expresarse. De este rasgo deriva la excelencia de la acción y la pretensión de buscar reconocimiento y memoria a través de ella.

La acción es, con todo, trágicamente contradictoria: si tiende a la desmesura de superar trabas y fronteras, nadie puede controlar sus efectos, por lo que sus resultados son impredecibles. Desatada una iniciativa, ésta pasa a ser asunto de muchos que pondrán en ella la misma creatividad y novedad de quien la ha desencadenado, por lo cual la segunda característica es su condición irrevocable. Por último, si bien en la acción se pretende reconocimiento y memoria, la permanencia se logra en la infinitud del proceso desatado, que jamás se agota en el acto individual sino que perdura sin límite en sus consecuencias y en los actos anónimos de quienes la perpetúan.

En estos rasgos magníficos está la superioridad del ciudadano, nombre de quien actúa en la esfera pública y en ellos se manifiestan las miserias y las grandezas de la política, que es la esfera exclusiva de la acción.

Los desafíos de Maquiavelo

El pensamiento político contemporáneo comienza con la reflexión de Nicolás Maquiavelo. Diplomático, hizo de la observación .de hechos pasados y contemporáneos. la fuente de sus generalizaciones. En la realidad estaba su laboratorio y de ésta deduce tesis que rompen con tradiciones venerandas, como la radical separación entre moral y política, la que entiende como un dominio autónomo, dotado de lógica propia, nada subordinado a los fines de otros dominios como la religión o la moral. En desquite, los moralistas han perseguido a Maquiavelo por siglos. No hay pensador más vilipendiado ni peor comprendido.

Otro perseguido, italiano él también, Antonio Negri, dedica un extenso capítulo de su libro El poder constituyente, a examinar, palmo a palmo, el trecho recorrido por la reflexión de Maquiavelo5. Interesa a Negri presentar, principalmente, la multitud (el pueblo) como potencia constituyente.

Vive Italia por el tiempo del secretario florentino, una época de profundas mutaciones. Son cambios negativos los más: tiempo de corrupción, de divisiones intestinas, de intervenciones extranjeras. Para Maquiavelo, la verdad de estas mutaciones es de un lado la teoría posible a partir de ellas, pero también acción que en ellas es necesario desplegar. «La mutación, lo nuevo .escribe Negri interpretando el concepto de Maquiavelo., atraviesan, recuperan y transforman la naturaleza y la historia. Cuando la mutación es profunda, se presenta como una praxis original que vivifica la tradición y la transforma».

Lo cierto es que la mutación actuando sobre la historia, destaca la política como otra naturaleza. Con agudeza se muestra cómo el tiempo es a la vez la materia que constituye las relaciones sociales y la sustancia del poder. Actuar sobre unas y otro implica afectarlos en su ritmo temporal, y en el orden de los factores que los determinan. Según Negri, la operación teórica fundamental de Maquiavelo consiste en hacer de la mutación una estructura global, atravesada en su conjunto por la acción humana, acción que deviene potencia, mediante el manejo del tiempo que le permite moldear la realidad conforme a una finalidad determinada. La acción puede caer como un golpe de gracia y alterar el movimiento de las gentes y las cosas. O puede enrevesando las cosas imprimirles un ritmo lentísimo, a la espera de un mejor momento.

Ante la crisis italiana, Maquiavelo se plantea el problema de descubrir el sujeto de esta potencia. Aún más cuando la gravedad de la situación exige medidas radicales. A ello dedica El Príncipe, el más conocido de sus textos. Su título latino es De principatibus (acerca de los principados), una reflexión sobre el poder, su constitución y la manera de conservarlo. Para algunos la mayor exaltación del absolutismo y de la razón de estado.

Subrayemos que el poder es aquí una realidad terrena, sostenido con bondad si es posible, pero también con crueldad si es necesario. En opinión de Negri, el autor no logra descifrar el asunto principal de la constitución del poder. En el esclarecedor capítulo sobre el libre albedrío, titulado Cuánto dominio tiene la fortuna en las cosas humanas, y de qué manera podemos resistirla, Maquiavelo nos lleva, sin embargo, a un aspecto central de su concepción de la acción y la política.

El salto a la Democracia

Contra la opinión de quienes piensan que todo está determinado por Dios o la fortuna, Maquiavelo propondrá que apenas un cincuenta por ciento es regulado por la fortuna pero que al ser humano se le deja la mitad restante, por lo menos, para que la gobierne. Expone luego el conocido símil del río. Es posible prever las crecientes y hacer canales y esclusas, de manera que los desastres no sean tan nefastos. De igual modo, a la mala fortuna puede neutralizarla la virtud, que no es humildad o resignación, sino fuerza íntima, energía que trasforma.

Sin embargo, no hay una relación directa entre la virtud y la fortuna. Además, el problema del principio constituyente del poder no se resuelve en la apelación al Príncipe. Más aún, en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Maquiavelo mostrar á la lógica perversa por la que la virtud se impone y construye la buena fortuna, la cual a su vez acaba, necesariamente, minando la virtud.

Precisamente, en esta última obra nuestro autor habrá de continuar la investigación sobre la manera de erigir un poder que saque a Italia del estado en que se halla. En un giro absolutamente innovador, Maquiavelo dará el salto de la constitución formal del poder a un contenido absoluto: el pueblo es la potencia constituyente, el único camino para dar vida al Príncipe será la democracia, y el pueblo, el fundamento de la república.

El sujeto del poder constituyente es ahora garantía de la libertad. El pueblo es sabio. El pueblo es poderoso. Potencia que debe demostrarse deponiendo obstáculos y haciéndose victoriosa. En la república de la que es fundamento, el bien común y la religión pública (virtud cívica) son el motor en cuanto proyecto colectivo. Una virtud capaz de asegurar la buena fortuna, a condición de reproducirse con desmedro de la corruptora acumulación de riqueza.

Según Maquiavelo, la fórmula para asegurar la permanencia de la república es mantener vigente el comienzo, cuando la virtud fue fecunda, pues allí está su fuerza. De esta manera, la continuidad es posible por la renovación constante, por la vía de sostener la vigencia de las pasiones que un día dieron origen al poder democrático. La república logrará neutralizar las tendencias a la degradación manteniendo actual el espíritu de su fundación mediante la constante refundación: el pueblo actuando.

El pueblo: Actor Colectivo

Este es el árbol de los libres.
El árbol tierra, el árbol nube.
El árbol pan, el árbol flecha,
el árbol puño, el árbol fuego.
Lo ahoga el agua tormentosa
de nuestra época nocturna,
pero su mástil balancea
el ruedo de su poderío.

Pablo Neruda

Cosecha de una hora oscura, El Canto General de Pablo Neruda es una réplica a aquellos tiempos aciagos y una apuesta al futuro6. Pero, ¿en qué podía fundamentarse la esperanza? El poeta acude tanto a la reconstrucción histórica como a la afirmación de una realidad inconmovible: el pueblo.

En la noche de la historia, cuando no había nombres ni números, la naturaleza gestaba paciente. Fue el tiempo de los ríos fecundantes y de las selvas azules, de los minerales .noción de piedra. y las serpientes colosales… todo preparaba el nacimiento del árbol, del árbol de la tormenta, del árbol del pueblo. Sus raí- ces tomaban su fuerza y su vida de lo más recóndito de la tierra y del tiempo.

Esta imagen, en la que Neruda se regodea, muestra la condición original por la que lo terrígeno se hace productor de las realidades populares: sus olores, sus sabores primitivos, sus paisajes. En ellas coexistirán la indomable grandeza de la naturaleza y su inmediatez generosa. Esta percepción primaria es la respuesta del poeta al acuciante interrogante sobre la veta insondable: «¿Qué era el hombre? ¿En qué parte (…) vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?»

Pero por el mar llegaron los forasteros de a caballo, depredadores de hombres. Su ansia de riquezas no conocía límites. Y si la naturaleza puso obstáculos y el valor americano estorbos, la invasión se impuso con la imperiosa fuerza de la fatalidad. Neruda recrea la fiereza de los conquistadores y la resistencia fiera de los aborígenes. «La sangre quemante caía / de silencio en silencio, abajo, / hacia donde está la semilla / esperando la primavera. // Más hondo caía esta sangre. // Hacia las raíces caía. // Hacia los muertos caía. // Hacia los que iban a nacer». En esta continuidad del sufrir y el resistir, en el sudor, la sangre y las lágrimas que riegan las raíces, está el secreto de la vitalidad del árbol cuyas raíces están vivas. Porque en esta profunda dimensión se hermanan los mayores y los que están por venir… semillas.

En ocasiones, «muerte, martirio, sombra, hielo / cubren de pronto la semilla. Y parece enterrado el pueblo». Así ocurrió durante el estancamiento del tiempo que fue la Colonia. Pero, «una mano secreta / unos brazos innumerables, / el pueblo, guardó los fragmentos, / escondió troncos invariables, / y sus labios eran las hojas / del inmenso árbol repartido, / diseminado en todas partes / caminando con sus raíces». Así, las semillas germinales, en secreto fueron madurando, agrupándose hasta la insurrección de las espigas. Es el momento en el que la verdad es dura como un arado, la misma verdad que ha nacido de su sangre.

Y es que en este momento definitivo, el pueblo se apersona de la patria. Más que la tierra de los padres .donde yacen las cenizas de los mayores., la patria es «sincronismo de espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo y homogénea disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la grandeza, en el pudor de la humillación y en el deseo de la gloria».7 Piensa José Ingenieros que dos elementos se requieren para que el fenómeno se presente: uno, un ideal de cultura afirmativo que merezca el sacrificio, de tal calidad que produzca la general confluencia. Este ideal compartido configura el destino común que unifica y cohesiona. Pero supone también, y es lo segundo, subjetividades a la altura de este ideal de cultura: «Sólo el hombre digno y libre puede tener patria», sentencia el mismo Ingenieros.

Uno y otro elementos son de la eticidad de los pueblos, como que están en ellos muchas veces latentes, en ocasiones como una segunda naturaleza de la que no se es plenamente consciente. Dirá Hegel, muy en el tono romántico, que vive en estado bruto en la clase substancial. O en palabras de Neruda: «Detrás de los libertadores estaba Juan / trabajando, pescando y combatiendo, / en su trabajo de carpintería o en su mina mojada. (…) Toda la noche impura trató de sumergirlo / y hoy afirma en la aurora sus labios indomables».

De otra parte, no es el sentimiento de la patria un sentimiento eterno. Ha tenido en cada pueblo un comienzo. Hubo quien o quienes dieron forma colectiva al ideal de cultura y amasaron en la subjetividad requerida para vivirlo. Valga un ejemplo: a finales del siglo XVIII, los pensadores ilustrados de Europa fomentaron un prejuicio .del que no escapó el genio de Hegel. según el cual la naturaleza americana era inferior por efecto de su ubicación geográfica: ni las plantas, ni los animales ni los hombres eran iguales a los del viejo continente. Las lenguas indígenas no eran aptas para expresar las abstracciones de la ciencia.

Contra estas falsas verdades, se levantó un jesuita desterrado, Francisco Javier Clavijero. En su Historia Antigua de México va a desmontar la sapiencia de De Paw y Buffon, reconstruyendo orgulloso la historia de su país, la cultura de sus gentes, documentando sus riquezas naturales. Con modestia, reconoce que lo suyo no es una historia, sino un ensayo, «una tentativa (…) de un ciudadano que, a pesar de sus calamidades, se ha empleado en esto para ser útil a su patria».8 Y es aquí, por vez primera, cuando alguien se llama mexicano en un nuevo concepto.

Pero si el sentimiento patrio tiene principio, no lo viven los pueblos de manera constante y siempre idéntica. Sólo aparece cuando enfrentados los pueblos a los retos del presente cobra vigencia el ideal de cultura y el desafío coloca a los individuos a la altura de éste. Es el prodigio en la coyuntura de la Independencia que canta Neruda: «Nuestra tierra, ancha tierra, soledades, / se pobló de rumores, brazos, bocas. / Una callada sílaba iba ardiendo, / congregando la rosa clandestina, / hasta que las praderas trepidaron / cubiertas de metales y galopes».

Es el sentimiento y la realidad que Neruda quiere ver renacidos en la coyuntura en que escribe su Canto General: «Patria, naciste de los leñadores, / de hijos sin bautizar, de carpinteros (…) Hoy nacerás del pueblo como entonces». Certidumbre ingenua y realidad precaria, si se quiere, que cambia regímenes e instaura nuevos poderes.


Citas

1 Dietrich Bonhoeffer, Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio, Ed. Ariel, s.l., 1969.

2 Para información sobre la vida de Hannah Arendt puede leerse Elizabeth Young- Bruehl, Hannah Arendt, Edicions Alfons el Magnánim, Valencia, 1993. Para presentaciones generales de su pensamiento, son útiles: Fernando Bárcena, El oficio de la ciudadanía - Introducción a la educación política, Barcelona, Editorial Paidós, 1997 y Claudio Lafer, La reconstrucción de los derechos humanos. Un diálogo con el pensamiento de Hannah Arendt, Fondo de Cultura Económica, México, 1994.

3 Hannah Arendt, La condición humana, Barcelona,Ed. Paidós, 1993.

4 Ignacio Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, Editores UCA, San Salvador, 1990.

5 Antonio Negri, El poder constituyente. Ensayo sobre las alternativas de la modernidad, Madrid,Libertarias-Prodhufi, 1994.

6 Pablo Neruda, Canto general, Bogotá, Ed. Oveja Negra, 1985.

7 José Ingenieros, El hombre mediocre, Buenos Aires, Editorial Losada, 1985.

8 Francisco Javier Clavijero, Historia antigua de México, México D.F.,Editorial Porrúa, 1987.


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