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Víctor Manuel Patiño: la investigación como forma de vida

Víctor Manuel Patiño: research as a way of life

Víctor Manuel Patiño: pesquisa como forma de vida

Eduardo Mejía Prado*


* Magister en Historia Andina, Flacso-Universidad del Valle. Profesor Asociado de la Universidad del Valle, Departamento de Historia, Cali. Vicepresidente del Centro de Estudios Regionales -Región-, Cali. Director del Centro de Información y Sistematización de Archivos Regionales, CISAR.


Víctor Manuel Patiño es renombrado en el ambiente académico científico por sus aportes al conocimiento de la naturaleza y el hombre de América Latina. Los resultados de sus investigaciones han sido publicados en 116 títulos, 29 de ellos libros. Su capacidad de trabajo e inteligencia constituyen las bases de su labor investigativa a la cual ha dedicado la mayor parte del tiempo con disciplina, perseverancia y razón.

A sus 86 años, el doctor Patiño continúa escribiendo libros, artículos, informes y proyectos; participa en seminarios y congresos; responde con atención y rigor crítico las consultas de colegas y estudiantes. La rica biblioteca permanece activa por el oficio constante de su propietario.

Eduardo Mejía Prado: Su infancia y adolescencia transcurrieron en un pueblo pequeño del Valle del Cauca: Zarzal. ¿Qué intereses o gustos coadyuvaron a forjar su talento e inclinación por el conocimiento?

Víctor Manuel Patiño: Nací en Zarzal, un pueblo del norte del Valle del Cauca, en 1912. Entonces como casi todos los demás del Departamento, una tí- pica aldea. La carretera central llegó allá cuando yo tenía unos 10 años, y el ferrocarril, hacia 1927. Mi padre, Aníbal Patiño, procedía de una familia de Roldanillo; fue durante la guerra de los mil días posta de fuerzas liberales, y en ese carácter tuvo que atravesar varias veces las filas enemigas, para llevar mensajes. Llegó a ser tomado prisionero y colgado de los pulgares. El relato de sus viajes atraía mi atención y las de mis hermanos, que llegamos a ser ocho. Mi madre, Clemencia Rodríguez, era oriunda de Zarzal, y mostró en la viudez una reciedumbre de ánimo que le permitió ayudarnos a surgir a todos y una resistencia física que le prolongó la vida hasta los 103 años.

No fui un niño precoz. No había en esa época jardines infantiles de manera que fui a la escuela primaria del pueblo, cuando ya tenía seis o siete años. Terminada esta etapa, me llevó mi padre al colegio Belisario Peña, de Roldanillo. Como no había carretera, me tocaba ir a pie desde Zarzal. Allí tuve mis primeras nociones de francés; pero continuó manifestándose mi espíritu rebelde, aun con las prácticas religiosas.

Leí mucho, pero en forma desordenada: todo lo que caía a mis manos. No había un ambiente intelectual en el pueblo, donde pudiera recibir inspiración, y así tuve que formarme por mí mismo.

Al principio gasté varios años de mi juventud dedicado a la poesía y a la literatura. No asomaba entonces ninguna otra vocación, porque la estrechez del medio no daba para más. Hice crónicas para un periódico de Cali, y por la fluencia para redactar me hicieron, cuando todavía era menor de edad, secretario del juzgado y después del concejo local. Tuve eventuales incursiones en la política; un par de veces eché discursos más o menos veintejulieros en sendas plazas públicas, durante la campaña del año 30. Llegué a publicar en Zarzal un peridiodiquito llamado La Tribuna, cuyos ejemplares hacía en máquina de escribir, porque no había imprenta en el pueblo. Sólo alcanzaron a salir dos números, pues era labor muy dispendiosa la de mecanografiar página por página.

E.M.P.: En concreto: ¿Qué elementos inciden para tomar su decisión por los estudios agrícolas y en qué instituciones los realizó?

V.M.P.: No busqué exprofeso adelantar estudios agrícolas. Esto fue algo circunstancial pues hallándome en Bogotá, unos amigos influyentes, en la primera administración de Alfonso López Pumarejo, me propusieron para una beca que aliviara en cierto modo los gastos de sostenimiento que debía hacer mi familia. En esa época no tenía una vocación definida, pues aunque recibí algunas clases en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, dirigida entonces por el pintor Roberto Pizano, no me decidí del todo por esta ruta. Fueron entonces mis profesores de escultura Ramón Barba y de historia del arte el poeta Rafael Maya.

Al presentarse la oportunidad de estudiar agricultura, lo hice con dedicación, primero en el colegio San Bernardo de Bogotá, luego en la Granja Cafetera de La Esperanza, Cundinamarca, y por fin en la Estación Experimental de Palmira. Esto fue en 1936-1937.

El estudio de la agricultura, así fuera en el nivel medio que me tocó seguir por circunstancias de la época, constituyó un punto en el que las disciplinas donde predomina la objetividad, como las científicas, desplazaron a las actividades subjetivas, como el quehacer literario. No es que en la ciencia no pueda haber imaginación; pero ésta tiene que ser utilizada para la búsqueda de nuevas alternativas y no en los procedimientos mismos. Así se explica que en ciencia me he dedicado a temas que no habían sido tratados por otros autores.

E.M.P.: ¿Qué aspectos, en su juventud, definieron su vocación por la investigación?

V.M.P.: Lo que parece que despertó el deseo de la investigación, fue mi paso como secretario del juzgado municipal de Zarzal, teniendo 18 años o cosa así. Se cometieron varios crímenes, y resultó un ejercicio interesante tratar de buscar los móviles, los autores y las circunstancias de la realización. En esta época o poco después, me atrajo la Medicina legal y leí el tratado de Tardieu sobre la materia.

Pero los estudios de agricultura ocasionaron el hallazgo de la ruta definitiva, y ya no me desviaría de ella en el resto de mi vida. Luego ocurrió el viaje por Sur América de 1943 a 1944, que remachó lo que ya estaba bien sólido. Aun entonces, pugné por salirme del camino trillado, y empecé el estudio de la historia de la agricultura y leí los geopónicos antiguos para empaparme de una verdad que desde entonces vengo sosteniendo: la agricultura europea sólo se manifestó en América con la incorporación de plantas nuevas, como los cereales; pero en cuanto a los métodos de producción, continuaron y continúan siendo en nuestros días los que nos legaron los indígenas, que después de un período de cambio en que predominaron los cultivos homogéneos, están siendo rehabilitados, en la actual agricultura ecológica u orgánica.

E.M.P.: ¿Cuáles eran las condiciones existentes para el trabajo profesional que usted encontró en las instituciones donde inició su labor?

V.M.P.: En 1937 se construyó a marchas forzadas por la Secretaría de Agricultura del Valle, a cargo entonces del historiador Demetrio García Vázquez, el local para la Granja-Escuela de Buga (hoy convertida en ITT). Todavía con el repello y la pintura frescos, se iniciaron las labores con la veintena de estudiantes de extracción en parte urbana y en parte campesina, de los municipios vecinos. Fui llamado a dictar materias como la Horticultura, entendiendo como tal, no sólo la Fruticultura y la Olericultura, sino los cultivos tropicales. La entidad estaba dotada con amplios terrenos, hoy urbanizados. Allí ensayé cultivos como el del cáñamo, que se dio muy bien, cuando todavía no había llegado el tiempo para que esa planta, con otras variedades, se convirtieran en un narcocultivo bajo la forma de marihuana.

Después de varios meses se me llamó para desempeñar iguales funciones en la Escuela Agraria de Bugalagrande, donde permanecí casi tres años habiendo logrado construir una nueva sede en las afueras de la población, sede que todavía existe.

La educación con base en estudiantes menores de edad, no constituyó propiamente un éxito. La mayor parte de ellos derivó hacia otras actividades, bien fuera porque no tenían verdadera vocación agrícola, pese a su extracción, o por la falta de oportunidades, pues aun en regiones tan propicias para la producción agropecuaria como el Valle, siempre ha habido desvío para la adopción de métodos mejorados de producción, y la rutina de los adultos ha predominado.

Nada especial de este corto período como docente creo que haya influido en mis actividades posteriores, porque habiendo conocido ese ejercicio practicándolo, saqué la misma conclusión que leí mucho después en Bernard Shaw: .Solamente el que no puede hacer, enseña. y yo quería hacer.

E.M.P.: Mediante una beca de la Secretaría de Agricultura del Valle usted viajó durante 1943 y 1944 por los países suramericanos realizando investigaciones sobre botánica aplicada. ¿Cómo fue esta experiencia y en que medida aportó para su formación técnica e intelectual?

V.M.P.: Mientras desempeñaba para el Ministerio de la Economía Nacional las funciones de organizador de las secciones de frutales tropicales en la Estación Agrícola Experimental de Armero, Tolima (1940-1942) y de la Granja Arrocera de Mompós (1941-1943), que quedaron enriquecidas con material seleccionado, gestioné con mis paisanos y amigos ante la Asamblea del Valle una beca para ir al Brasil a perfeccionar mi formación en fruticultura tropical y en el conocimiento de las palmeras, dos de mis mayores aficiones. Esa beca, que fue de $5.000 de entonces, me permitió permanecer un año en el Brasil, desde marzo de 1943, y en los demás países del cono sur del área andina durante siete meses más. En cada sector geográfico visitado me empapé de los productos agropecuarios y de la agroindustria, tomando notas detalladas de los procedimientos seguidos, de la metodología puesta en práctica, y de los resultados concretos obtenidos. De todo ello rendía informes a la Secretaría de Agricultura del Valle. Ese material fue publicado a mi regreso a Colombia en mi primer libro Una exploración agrícola en Sur América. Cali, 1945, con 280 páginas de textos, 3 mapas y 25 páginas de fotografías.

La enseñanza más efectiva de este viaje consistió en comprender la diversidad de la producción en todo el subcontinente, prescindiendo de la visión recortada que se suele tener cuando sólo se conoce un caso. Así se pudo apreciar lo que faltaba a la producción colombiana, y por eso, como resultado del viaje, se planteó a la Secretaría de Agricultura del Valle, la entidad patrocinadora del mismo, la conveniencia de estructurarse con miras a enfocar nuevos cultivos y nuevas actividades; esto lo expuse en el informe mencionado arriba, en el cual proponía que ese despacho incluyera en sus programas la investigación - pues ha sido siempre una entidad de fomento y extensión-, incluyendo industrias nuevas derivadas de productos del campo.

En cuanto a mi formación intelectual, se ensanchó considerablemente, rebasando las muy modestas proporciones que había adquirido con los cursos de agricultura en los años 1936 y 1937. Más importante todavía fue la actividad de obtener semillas de muchas plantas útiles, que enviaba a Cali desde mis lugares de domicilio en los países suramericanos, o que traje conmigo al regresar en 1944. La lista de esas introducciones, con la discriminación de procedencia, totalizó entonces 123 entradas.

E.M.P.: En 1944 regresa al Valle del Cauca, para vincularse a la Secretaría de Agricultura que dirigía Ciro Molina Garcés. ¿Cuáles fueron sus responsabilidades y qué ambiente encontró para cumplir los objetivos propuestos?

V.M.P.: Ciro Molina Garcés había acogido mis planteamientos en cuanto a la necesidad de promover actividades y cultivos perennes en la costa del Pacífico. En enero de 1945 me incorporó a su despacho, con el título de Explorador Agrícola del Litoral, pues no había en el presupuesto partida especial para ese programa, que además no contaba con las simpatías del propio Gobernador. Empecé a recorrer la costa occidental, adelantando observaciones que fueron publicadas en su momento, y promoviendo el interés de los gobiernos de los departamentos del Cauca, Nariño y de la Intendencia del Chocó para establecer programas agrícolas en sus respectivos territorios. Estos programas se iniciaron en La Estación Agroforestal del Bajo Calima, que me tocó fundar y organizar. Lo único que se obtuvo desde el punto de vista oficial, fue que los gobernadores de Cauca y de Nariño hicieran aprobar sendas ordenanzas sobre la materia, que se quedaron en el escrito. Pero sí dejó algo, porque el cultivo comercial de la palma africana que se inició en Buenaventura, ha alcanzado en Tumaco su culminación, con unas 14.000 hectáreas plantadas actualmente, con el componente social muy importante de que aquí -a diferencia de lo que ocurre en otras zonas de Colombia como el Magdalena y los Llanos-, las plantaciones son de pequeños agricultores, como fue la idea inicial.

Como resultado de las primeras exploraciones, que continuaron durante cinco años más, logré en agostó de 1945 iniciar trabajos de desmonte en la confluencia de la quebrada La Brea y el río Calima, y ya en noviembre se sembraron las primeras plantas y se instaló una estación meteorológica; por ello inicialmente la entidad recibió el nombre de Puesto Meteorológico. La estación fue oficializada por una ordenanza departamental en 1947. Hasta 1950, cuando por fuerza mayor suspendí los programas, se habían sembrado 439 plantas; de ello queda constancia en las memorias que se publicaban cada año. Los renglones prioritarios fueron la palma africana de aceite, el caucho Hevea, el borojó y una serie de frutales tropicales que se introdujeron de los Jardines Botánicos de Summit, en la zona del Canal de Panamá, en diciembre de 1945.

Uno de los objetivos de los estudios sobre el Pacífico consistió en adentrarse en algunos aspectos de la alimentación regional. Se enviaron al Instituto de Nutrición muestras de los alimentos, para los análisis respectivos, que fueron publicados a su hora, y también en la investigación sobre alimentos como el pacó, frutal que detenta uno de los mayores índices en el mundo de provitamina A. Así mismo se incorporaron a la economía nacional varios otros frutales nativos de la región occidental, aunque los estudios fueron descontinuados cuando me separé del servicio oficial. Como resultado de estas campañas, el Valle es actualmente el productor más importante de té, habiendo sobrepasado en este aspecto a Cundinamarca.

Todo esto se hizo por el respaldo de Molina Garcés, a quien atacaron los propios ingenieros agrónomos que servían bajo sus órdenes, con el pretexto de que invertía recursos presupuestales en cultivos distintos de los tradicionales. El país se beneficia ahora -por ejemplo en el renglón de aceites vegetales-, con el de la palma africana cuya selección, por la primera vez en América, me correspondió adelantar desde 1945.

En la época de la violencia política, concretamente en agosto de 1950, fui relevado del cargo que desempañaba como director de la Estación del Calima y secretario .permanente. de las Conferencias Agrícolas del Pacífico que había logrado organizar, la primera en Buenaventura en 1949 y la segunda en Tumaco en 1950. Las memorias de la primera reunión fueron publicadas; las de la segunda quedaron listas para edición en agosto de 1950, pero con mi retiro se perdieron los originales.

E.M.P.: En esa época, nuestro país iniciaba el proceso de modernización del campo. ¿Cuál era su visión del desarrollo de la agricultura?

V.M.P.: La agricultura colombiana hasta 1930 era la misma de la época colonial, pues no se podía producir sino lo necesario para la subsistencia porque no existían vías que facilitaran la exportación, excepto para el café, con muchas dificultades. Este círculo vicioso empezó a romperse con la puesta al servicio del canal de Panamá el 15 de agosto de 1914, con la llegada a Cali del Ferrocarril del Pacífico en 1915 y a Cartago y Armenia en 1927. Pero la transformación fundamental dimana de la fundación, también en el Valle como pionero, de la Estación Agrícola Experimental de Palmira (1929), pues fue entonces cuando se introdujeron y aclimataron plantas económicas como la soya, el sorgo y otras. Transcurrieron varios años antes de que los agricultores se dedicaran a los nuevos renglones. Por ejemplo, recuerdo que como estudiante en la misma Estación en 1937, me tocaba con mis compañeros limpiar y seleccionar las semillas de soya y sorgo para ponerlas en frascos y poderlas propagar en la siguiente cosecha, con el fin de que no se extinguieran, pues no había agricultores interesados en la siembra de esos nuevos cultivos. Eso vino más tarde, con el establecimiento de fábricas de grasas, como la de Buga en 1955.

La modernización de la agricultura tuvo también un estímulo con la visita de la misión Chardón en 1929, que recomendó nuevas prácticas en los principales cultivos, como el de la caña y el tabaco, así como la ganadería. Esa agricultura de tipo comercial, con siembras homogéneas a distancias reducidas, es la que ha predominado desde entonces; pero está empezando a ser sustituida por la agricultura ecológica u orgánica, aunque la última no se ha generalizado por el espíritu tradicionalista de los productores.

E.M.P.: Cuéntenos, Dr. Patiño, de su participación en programas de investigación agronómica en América Latina durante los años cincuenta.

V.M.P.: Entre 1950-1955, ya fuera del servicio oficial, me dediqué a actividades particulares. Tuve un vivero de frutales cerca a Cali donde apliqué los métodos aprendidos en el Brasil. Inicié la industria de los aceites esenciales de citronela y limoncillo, con buenos resultados en cuanto a la calidad del producto obtenido; pero que no duraron porque al restablecerse las condiciones normales después de la Segunda Guerra, la producción de Formosa (hoy Taiwan) se impuso en el mercado mundial mediante maniobras monopolísticas de las empresas que en Nueva York han controlado siempre el comercio de los aceites esenciales, naturales y sintéticos.

En 1951 fui llamado por la Oficina de Investigaciones Especiales (Fundación Rockefeller) del Ministerio de Economía de Colombia, como colector de campo de maíces indígenas para el banco de germoplasma que se estableció simultáneamente en la Estación Agrícola de Copacabana cerca de Medellín, primero en Colombia, en 1951, y luego en las otras cinco naciones andinas: Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. Desde entonces hasta 1955 adelanté esa tarea, bien personalmente, bien por intermedio de auxiliares que entrenaba en cada país. El resultado final fue el acopio de unas 6.000 muestras de maíces, unas pocas de las cuales han servido de base para los programas de mejoramiento emprendidos desde entonces. Cada año, en las épocas de cosecha, organizaba la colección de las muestras, que se remitían a Medellín, dejando duplicados en cada nación huésped. Las colecciones se extendieron al fríjol, y también a la planta afín al maíz, del género Tripsacum, que en esa época se consideraba importante para el estudio filogenético de nuestro principal cereal.

Con posterioridad publiqué sendas monografías sobre las razas llamadas Chococito y Matambre, la primera de toda la costa del Pacífico y del Chocó, y la segunda de un área que tiene como núcleo la semiplanicie de Popayán. Inicié en 1952 en el Perú el estudio de los alimentos hechos a base de maíz, mediante la colaboración de siete mejoradoras de hogar de ese país, estudio en mi poder y que ha permanecido inédito, porque no hubo en su momento ninguna entidad interesada en publicarlo. También aporté datos históricos sobre los nombres indígenas de las distintas razas de maíz en Colombia, trabajo hecho en Washington en 1956 y que asimismo permanece inédito.

Tales viajes y contactos personales con los encargados de los programas agrícolas nacionales, enriquecieron mi visión de los problemas del campo, y el contacto con los campesinos amplió mi visión antropológica, que después ha predominado en mis actuaciones.

E.M.P.: La Fundación Simón Guggenheim le otorgó -en dos oportunidades- becas para realizar estudios en la América Equinoccial. ¿En qué consistieron y cuál es su significado?

V.M.P.: En el año de 1955, prácticamente culminada la labor de colección de maíces en el área andina, fui favorecido con una beca doble por la prestigiosa Fundación John Simon Guggenheim, de Nueva York. Para esto mi solicitud fue avalada por figuras científicas internacionales como los norteamericanos Edgar Anderson -agrónomo-, Richard E. Schultes -botánico-, James J. Parsons -geógrafo-, Raymond Crist -geógrafo-; el español nacionalizado estadounidense José Cuatrecasas -botánico-; el venezolano Miguel Acosta Saignes - antropólogo- y el brasileño Oswaldo GonValves de Lima -bioquímico. El objeto era acopiar materiales para la redacción de una historia de las plantas útiles en la América Equinoccial. Esta primera beca se prorrogó hasta 1957. Como resultado, se redactaron y publicaron seis volúmenes, empezando en 1963 con el primero sobre frutales y terminado en 1974 con las ornamentales.

Nuevamente, en 1966-1967, recibí una tercera beca de la misma fundación Guggenheim para continuar los estudios sobre la historia de plantas, y de los animales introducidos. La documentación acopiada fue tan abundante, que no obstante haber publicado hace un par de meses mi vigesimonoveno libro, todavía quedan materiales por elaborar. La consulta se hizo en las Bibliotecas del Congreso y del Departamento de Agricultura; en las universidades de Tallahassee, Harvard y Berkeley; en el Jardín Botánico de Saint Louis, Missouri; y en la sección de Botánica del Instituto Smithsoniano. La primera beca incluyó viajes de observación por los países centroamericanos y México, y la tercera, viajes por Puerto Rico y las Antillas Menores: Guadalupe, Martinica, Barbados y Trinidad.

No se trataba de cursos académicos, sino de consultas bibliográficas y de herbario, lo que me permitió - fuera del compromiso principal- producir trabajos adicionales, uno sobre la arborización ornamental colombiana; noticia sobre el maíz chococito de la costa occidental; dos contribuciones sobre la etnobotánica de la palma de chontaduro; y un trabajo sobre frutales endémicos de América intertropical, poco conocidos y estudiados, con base en material de herbario.

Como he dicho, considero que mi obra más importante es la Historia de la Actividad Agropecuaria en Amé- rica Equinoccial, 1966, de 601 páginas y con bibliografía de 497 títulos. En esta obra se destacan aspectos como que el indígena americano desplegó dotes de observación de la naturaleza, para obtener una producción suficiente, lo que le permitió vivir bien nutrido y sin padecer las hambres comunes en otras regiones del mundo. En lo referente a la tecnología agropecuaria colonial, se describe paso a paso el impacto de nuevas semillas y animales, y diferentes procesos de cultivos que tuvieron en el ámbito americano ecuatorial y cómo reaccionó el indígena ante ellos, con la aceptación de herramientas metálicas, más ventajosas, pero con el rechazo a sistemas de cultivos propios de otras latitudes e imbuidos de distintos conceptos culturales. En cuanto a la mano de obra, se presentan pruebas documentales de que el indígena continuó siendo en el período colonial y en el republicano, la principal fuerza de trabajo y el grupo en quien descansó la producción primaria. También se presentan los aportes de otros grupos humanos.

Al finalizar la segunda beca, en 1967, adelanté en Trinidad las gestiones para la introducción a Colombia de los búfalos de agua, iniciativa en la cual había insistido desde 1945, y que al fin se logró. El resultado es que el rebaño actual de ese bóvido supera en Colombia 8.000 cabezas.

E.M.P.: ¿De otras instituciones internacionales ha recibido apoyo para su labor científica?

V.M.P.: La Organización de los Estados Americanos O.E.A. me favoreció con dos becas, una en 1960-1962, para estudiar la historia de la agricultura y de la ganadería en las Bibliotecas del Congreso y el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos; y otra en 1973 para obtener los materiales de un libro sobre la historia de la vegetación natural en la América Equinoccial.

La primera beca dio como resultado dos obras, una sobre el tema principal de la historia agropecuaria (1966), a la que considero mi obra capital, como ya dije, y otra sobre los factores adversos, físicos y biológicos, que han afectado a las plantas, los animales domésticos y el hombre como productor de riqueza (1972); primer tomo que sólo se completó con el segundo, referente a los factores políticos, sociales y culturales, y que está todavía inédito. La segunda beca dio pie para otro libro sobre el tema de la vegetación natural, que se publicó en 1976.

E.M.P.: ¿Cuáles fueron sus actividades en la década del 70, una vez terminadas las becas internacionales?

V.M.P.: A mi regreso en 1967, fui llamado para organizar el Jardín Botánico del Valle, que en efecto cobró vida, primero en la hacienda departamental El Paraíso, y finalmente en Tuluá donde funciona hasta hoy. Esto se hizo desde la Secretaria de Agricultura del Valle. Desempeñé ese cargo sin interrupción hasta 1985, o sea durante 18 años, y como tal, fui llamado por el CIAT en 1969-1972 para organizar en varios países americanos la colección de material genético de yuca, y otra vez en 1974-1975 para colectar leguminosas forrajeras. También en este período inicié en la Universidad del Valle el curso de Botánica Económica con el enfoque antropológico y cultural de cómo han afectado y afectan las plantas útiles el destino del hombre, y cómo algunas -por ejemplo el algodón y la caña- han estado siempre íntimamente asociadas con la esclavitud. Este curso no fue académico en el sentido tradicional, pues las clases tenían lugar en haciendas, plantaciones, fábricas, para que los estudiantes manosearan los problemas en el propio sitio en que se resolvían. Este curso tuvo un carácter pionero. Hubo que empezar por hacer el pensum de la disciplina, que no existía, y probar su efectividad. Entiendo que después de un período en que fue suprimido, se ha restablecido y lo dirige una bióloga que fue una de mis discípulas.

Pero como escéptico de la eficacia de la labor docente, orienté la formación de investigadores en otra forma, y así propuse y logré en 1979 que el Departamento del Valle creara el .Instituto Vallecaucano de Investigaciones Científicas INCIVA., que todavía funciona y que ha adelantado más de 200 trabajos, con varias decenas de investigadores, unos pocos de planta y los más asociados. Además, aún retirado del servicio oficial, continúan llegando a mi casa estudiantes de varias universidades, para consultar datos sobre sus tesis o trabajos.

E.M.P.: ¿Cómo concibe usted el trabajo científico y su relación con otros investigadores?

V.M.P.: En mis actividades científicas he practicado el eclecticismo, y no me he amarrado como un propósito a la especialización, que considero en cierta forma esterilizadora. El elemento humanístico ha estado siempre presente en mis trabajos, y he promiscuado los relacionados con la agricultura y los pecuarios, con la botánica aplicada y la etnobotánica; con la poesía girando alrededor de esos mismos temas; con la alimentaci ón, y la antropología. Esta no es una afirmación sin fundamento; allí están los libros publicados para testimoniarlo, así como realizaciones de tipo económico en el ramo pecuario (introducción de los búfalos de agua, y campaña -no lograda aún- para introducir del Asia suroriental varios tipos de bóvidos económicos que no se conocen en América), y en el ramo agrí- cola con la selección e impulsos iniciales para el cultivo de la palma de aceite, el chontaduro y otros renglones.

Este aspecto proteico, no necesariamente versátil, que me impide encasillarme en una sola disciplina, es en cierta forma producto de la formación que tuve mediante lecturas muy variadas en mi niñez y en mi juventud. Leí entonces a los filósofos griegos y latinos, a los dramaturgos, los libros sagrados de las religiones, las obras maestras de la literatura universal, e inclusive los libros de magia negra y blanca, aunque nunca en la vida me he dejado impresionar por lo aparentemente misterioso, y en mi animadversión de lo que no sea puramente cerebral, ni siquiera conozco mi signo del zodíaco; nunca he comprado lotería ni he querido depender de factores que no sean el propio esfuerzo.

Mis contactos con científicos han sido más bien ocasionales, excepción hecha del botánico José Cuatrecasas, con quien mantuve un intercambio por correspondencia y de viva voz, desde 1944 cuando lo conocí en Cali, hasta su muerte en Washington en 1966. Durante los viajes de colección de maíz en Bolivia, trabé conocimientos con el botánico y agrónomo Martín Cárdenas, muy conocedor de la Flora de su país, sobre la cual escribió un libro aleccionador; era un aficionado al estudio y cultivo de los cactus y me pidió que le colectara unos raros del Valle del Dagua. Correspondía al tipo de científico humanista y sus obras así lo confirman. En cuanto al geógrafo Raymond Crist, me alojé en su casa en Gainesville, Florida, en mi primer viaje de estudio a los Estados Unidos, en 1955; pero desde antes éramos amigos, cuando él hizo y publicó una geografía económica del Valle del Cauca. El también geógrafo James Parsons me ayudó en el período en que estuve investigando en Berkeley, y recomendó a sus discípulos como obras de texto, mis libros sobre historia de las plantas cultivadas y de la agricultura. Esta última, en borrador, fue revisada por el decano de los geógrafos estadounidenses, Carl Sauer, quien halló muy interesante el cap ítulo que yo consagré al estudio de las herramientas introducidas a América por los españoles, y sobre el impacto que ellas tuvieron en la aculturación de las tribus indígenas. Pero como lo dije, mi amistad e intercambio científico más prolongado y fructífero fue con el botánico español José Cuatrecasas, con quien no sólo sostuve una correspondencia que es muy copiosa, sino que viví en su casa de Washington durante varias estadías. No menos reconfortante ha sido la amistad desde 1945, con el botánico norteamericano Richard Schultes, de la Universidad de Harvard, en cuyo Museo Botánico con rica biblioteca, adelanté mis estudios en varias temporadas desde 1955. Él me publicó en su revista especializada, uno de mis primeros trabajos en inglés, sobre los lulos suramericanos, y he pasado en su casa de Melrose una temporada.

Desde 1958 trabé conocimiento personal, en el Simposio de Zonas Húmedas Tropicales de Quibdó, patrocinado por la UNESCO, con el científico compatriota Enrique Pérez Arbeláez y cultivé esa amistad hasta su muerte en 1972. Él me hizo entrar a la Academia de Ciencias y comentó, por lo menos en seis oportunidades en El Tiempo, varios de mis libros y de mis actividades.

E.M.P.: ¿Cuál es su opinión sobre el papel del Estado con respecto al desarrollo científico y tecnológico?

V.M.P.: No he tenido muchas conexiones con el Estado en Colombia. Ninguno de mis trabajos se hizo con el patrocinio oficial nacional, sino -como ha visto- merced a entidades extranjeras. Debo reconocer sí, que Colciencias cofinanció varios proyectos de investigaciones sobre plantas útiles, primero con el Jardín Botánico del Valle y después con el INCIVA, asimismo el Instituto Caro y Cuervo ha publicado los ocho volúmenes de mi Historia de la cultura material, y actualmente edita mi antología Faunética, sobre los animales. El Instituto de Cultura Hispánica publicó mi libro, preparado con ayuda de Colciencias, Bibliografía Etnobotánica. El Fondo FEN Colombia acogió mi iniciativa de preparar las biografías de los científicos que han actuado en Colombia en el período republicano, cuya Biblioteca Breve ya lleva 4 volúmenes publicados.

El Estado colombiano no ha participado sino tardíamente en iniciativas nacionales como la creación de la Academia de Ciencias, emprendida por Enrique Pérez Arbeláez y Jorge Alvarez Lleras; el Herbario Nacional colombiano y el Instituto de Ciencias Naturales, también logrados por la iniciativa de Pérez Arbeláez. En cuanto a cosas agrícolas, el Ministerio respectivo en 1932 desechó adquirir semilla de palma de aceite africana del Congo belga -que había contratado- porque alguien interesado les hizo a los titulares de ese despacho preferir semillas de la palma babassú del Brasil, que es inferior en producción. En muchas ocasiones el Ministerio ha puesto oídos sordos a la introducción de nuevas plantas económicas que hubieran enriquecido al país. Por consiguiente, la impresión que tengo sobre la ayuda oficial es más bien negativa. La mayoría de los colombianos puede hablar en este sentido de la feria según les ha ido en ella.

El Estado para mí ha sido el Departamento del Valle. Él me dio la primera oportunidad para estudiar en Sur América, y publicó después 14 de mis libros sobre varios temas.

E.M.P.: Sus publicaciones de carácter científico han sido una constante en su vida. ¿Cuéntenos como fue introduciéndose en el ejercicio de la escritura y la reflexión investigativa?

V.M.P.: Mi propensión a escribir nació muy pronto; siendo muchacho, entre los 18 y 20 años, desempeñé en mi pueblo el encargo de corresponsal del diario Relator, de Cali, que acogió mis escritos, de los cuales no he conservado ninguno. También en Relator se publicaron mis primeros trabajos sobre temas agrícolas, entre 1939 y 1941.

Desde temprano adopté el principio de que ninguna actividad es durable si no está consignada por escrito; las palabras se las lleva el viento, por lo menos antes de la invención de la grabadora. Pienso que la información que haya podido acopiar en mi ya larga vida, debe quedar para la crítica o el conocimiento de los demás. A esto ha contribuido un rasgo de mi carácter, que consiste en pertenecer al tipo humano que los antropólogos y sociólogos llaman perpetuante-introvertido. El perpetuante se fija metas y las busca sin cansarse. Para ello necesita también la disciplina que he tenido en alto grado, hasta el punto de que para evitar que factores muy poderosos como la vida familiar y afectiva interfirieran mis propósitos, desde muy temprana edad me propuse no casarme ni tener hijos, que pudieran convertirse en obstáculos para la acción. He adoptado como norma lo que leí después en Francis Bacon, el filósofo, científico y ensayista inglés: .El que tiene mujer e hijos, ha dado rehenes a la fortuna, y ellos son un impedimento para toda empresa grande, sea de virtud, sea de maldad.. No me arrepiento. He visto muchos ejemplos de personas capacitadas que no pudieron realizar a cabalidad lo que se proponían, porque estaban limitadas por sus lazos familiares. La formación filosófica estoica durante mi niñez me ayudó a este propósito. Para soportar la soledad me ha ayudado el temperamento introvertido. La cultivo tanto, que desde hace tiempo he venido preparando una antología poética sobre ella, como parte de la que se llama El Mundo Interior, que comprende también el silencio, la serenidad, y el aniquilamiento. Hé aquí como muestra una décima de José Umaña Bernal:

Como bastón de hombre ciego obedécete a ti mismo, no quebrante tu egoísmo blanda mano o fácil ruego. No des humilde sosiego a tu orgullosa aspereza, ni amortigües la certeza con diálogos de amistad, porque es en tu soledad donde está tu fortaleza.

Por lo demás, nadie está absolutamente solo. Siempre hay detrás algún otro ser humano en quien apoyarse.

E.M.P.: Al leer sus artículos y libros, el lector encuentra el resultado de un trabajo dispendioso y disciplinado. Descríbanos su método para acopiar información y cómo logra la interpretación y la síntesis.

V.M.P.: Mi sistema de trabajo no tiene nada de particular. Desde 1947 me propuse escribir la historia de las plantas útiles y de los animales domésticos en la parte de América donde me tocó nacer. Primero esa obra tuvo un título que era más bien una aspiración Tierra, planta y hombre en el Cauca. A medida que me familiaricé con la geografía, la historia y las costumbres de los países vecinos de Colombia, me di cuenta de que este país es el verdadero ecuador astronómico y geográfico, y que no existen diferencias insalvables entre los países de la que se llamó la Gran Colombia y fue en la época colonial el virreinato de Nueva Granada. Hubo que ampliar los objetivos primarios, e incluir esos países vecinos en la investigación que emprendí, lo que hizo más difícil la labor.

Los períodos de las becas de la Fundación Guggenheim y de la O.E.A. los aproveché al máximo, con jornadas de 12 horas diarias en el estudio de las fuentes. De cada libro que leo tomo notas sobre cualquier tema, aun ajeno a la investigación del momento, porque como se lo dije, me rebelo a ser encasillado en una sola disciplina. Luego reúno las notas por temas y sobre estos últimos apuntes redacto. Trato de comprobar las fuentes cuando tengo los libros a la mano, para estar seguro de que cité fielmente.

E.M.P.: ¿Cuáles han sido sus líneas de investigación y de qué manera se entrecruzan e integran?

V.M.P.: La investigación más prolongada, pues lleva ya cincuenta años, es la relacionada con el conocimiento de la palma de chontaduro y la promoción de su cultivo. En la Estación del Calima en 1946, se hizo la primera plantación experimental, que ha servido de base para investigar -casi siempre con estudiantes de agronomía de la Facultad de Palmira- aspectos como la polinización, la morfología radical, enemigos naturales y otros aspectos. De allí ha salido también material de propagación, para siembras en distintas partes del país. El objetivo final, que está empezando a realizarse, es que esa palma se convierta en un cultivo tropical importante. Tengo informes de que en este momento el PLANTE está financiando en Caquetá y Putumayo la siembra para palmito por parte de los antiguos coqueros.

Otra investigación a largo plazo, que no ha culminado porque necesita el respaldo de un laboratorio de análisis bromatológico, es el conocimiento de algunos alimentos regionales de la costa del Pacífico. Por ejemplo, el árbol llamado pacó, Gustavia superba, que usan los nativos en algunos preparados culinarios, tiene la fruta quizá más rica en provitamina A que se conozca en la naturaleza, pues se le han encontrado hasta 35.000 unidades internacionales. Imagínese lo que sería generalizar el consumo de este aporte entre la población colombiana.

Lado a lado con investigaciones en agricultura y en botánica aplicada como las que acabo de citar, me he propuesto difundir documentos sobre la época colonial que estaban inéditos o eran muy poco conocidos por el público. Obtuve en la Academia de Historia de Madrid y publiqué el primer tratado científico sobre el mundo americano, debido al oidor que fue en Guatemala y en la Nueva Granada, el jurista Tomás López Medel. Asimismo las relaciones geográficas de la Nueva Granada que coparon una entrega de Cespedesia de 556 páginas, y que son elemento de consulta obligada de historiadores, antropólogos y naturalistas.

La mayor parte de mis obras, tanto de historia de las plantas como de la agricultura, ponen énfasis en el aporte que el hombre primitivo ha hecho a la humanidad, con la domesticación, cultivo y preservación de las plantas. Eso quiere decir que rindo homenaje a una actividad que se desarrolló antes de que hubiera alfabeto (que no conocieron las tribus americanas), y antes de que el desarrollo tecnológico hubiera dotado al hombre de herramientas y otros instrumentos para dominar la Naturaleza. Por eso en el ejercicio de la botánica he tratado de seguir ese ejemplo, y en vez de ponerme a estudiar material muerto de herbario, que es en lo que se basa esta ciencia a partir del Renacimiento, me he dedicado al estudio de las plantas vivas, y sobre todo al proceso de la relación del hombre con ellas, o sea la Etnobotánica, a la cual le he dedicado unos cuarenta trabajos publicados. No es que yo mismo no haya colectado material, que sí lo he hecho, como lo prueba que mediante esto otros hayan descrito especies y hasta géneros nuevos. Pero no quiero imitar a muchos botánicos que ponen la monta en colectar miles de ejemplares, sin que por ello se aporten conocimientos nuevos a la ciencia, sacrificando al número la calidad.

Otra investigación de largo aliento es conocer los orígenes de la agropecuaria española, no sólo a partir del Renacimiento, sino durante la dominación musulmana. Estoy esperando en este momento el envío de obras sobre este aspecto. Las investigaciones, en vez de crear conflictos, se complementan.

E.M.P.: En 1980 usted funda y dirige el Instituto Vallecaucano de Investigaciones Científicas, INCIVA. ¿Cuál fue su importancia y significado para el conocimiento de la región?

V.M.P.: En 1979 se suscitó un movimiento entre los empleados del Museo Departamental de Ciencias Naturales, que no querían depender más de la Secretaría de Educación. Propuse al Gobernador, entonces Jaime Arizabaleta Calderón, que el museo y el Jardín Botánico del Valle se fusionaran en una entidad nueva, con el nombre de Instituto Vallecaucano de Investigaciones Científicas, INCIVA. Me apoyó en esto el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, quien entonces era diputado a la Asamblea. La idea fue aceptada. El Instituto se constituyó en septiembre de ese año; pero no inició funciones sino a mediados del 80. Como fui nombrado director y permanecí en esa posición durante seis años, hasta la jubilación por edad, pues ya tenía 73 años, me correspondió imprimirle a la entidad organización y características. Uno de los principales objetivos era preparar un estudio y elaborar un documento sobre la Flora del Departamento, desiderato que no se ha logrado. Tampoco se ha terminado el censo de la fauna. Pero sí se adelantaron varias investigaciones importantes, como las relacionadas con la morfología, biología y genética del chontaduro, que empieza a perfilarse como un cultivo tropical importante; el estudio de los alimentos tí- picos de varias regiones de Colombia, entre ellos los de la costa del Pacífico; la publicación de decenas de trabajos producto de esas investigaciones; la iniciación de las excavaciones arqueológicas con financiación departamental, porque el encargo inicial incorporó no sólo las ciencias naturales, sino también las sociales.

E.M.P.: En las últimas décadas, la Ecología ocupa primer lugar en las preocupaciones de instituciones y organizaciones sociales. ¿Cuál es su punto de vista al respecto?

V.M.P.: Uno de los cargos que desempeñé en la Secretaría de Agricultura del Valle (1979-1980) se llamó Jefe de División de Investigaciones Botánicas y Ecológicas. La Ecología, de ciencia subversiva como fue calificada en los años 50, pasó a convertirse en una aspiración mundial, cuando se proclamaron en el Simposio de Estocolmo de 1972 los doce desideratos, de los cuales algunos versaron sobre el asunto: .Derecho de consumir agua pura, Derecho a respirar aire impoluto, Derecho a disfrutar de las bellezas naturales, Derecho al silencio y a la paz ambiental, Derecho a salvarse de la intoxicación por pesticidas.. De entonces acá se ha convertido la Ecología en una moda, y todos sin mucho discernimiento pretenden ser matriculados hasta para las cosas más absurdas dentro de la disciplina ecológica.

La biodiversidad de Colombia estaba allí desde el principio de los tiempos; pero sólo empezó a hablarse de ella cuando la mostraron extranjeros, por esa dependencia de lo foráneo que ha tenido siempre la ciencia aquí. El mismo fenómeno se empieza a manifestar con lo relativo a las patentes para el uso de los recursos naturales. Si la flora colombiana ha hecho alguna contribución al bienestar de la humanidad, probablemente ha sido muy poca. Por el contrario, cada vez más hasta en estratos más humildes del pueblo, continúa predominando -por ejemplo en el renglón de las plantas medicinales- lo que nos trajeron los españoles, y últimamente las drogas de origen chino. Este vacío cultural proviene de que se proscribe como inútil o contraindicado todo lo que sea producto de la herencia indígena.

En cuanto a conservacionismo, tengo presente que es un fenómeno natural que unas especies sean sustituídas por otras. No se sabe cuantos miles de ellas se han perdido en las edades geológicas. Hasta el agricultor considerado como más ignorante, sacrifica las variedades tradicionales y prefiere las nuevas que le dan mayor rendimiento. Creo que existe una ley, que se llama de la reducción numérica, según la cual los seres vivos se van acostumbrando a depender cada vez más de los recursos alimentarios menos variados. De las 300.000 especies de plantas que se dice hay en el mundo, el hombre vive con menos de dos docenas; de los miles de especies animales sólo los domésticos, que no pasan de veintiuno, satisfacen las necesidades. No hay que asustarse de que desaparezcan especies: siempre quedarán suficientes para las necesidades. Esto no quiere decir que no se hagan esfuerzos para conservar los suelos, los bosques y el agua. No es este diálogo el apropiado para profundizar en estos temas, sólo digo que detesto todos los fanatismos, hasta el ecológico mal entendido.

E.M.P.: Dr. Patiño, cuéntenos de sus afectos por la poesía y sus trabajos de recopilación de este género literario.

V.M.P.: Cuando muchacho mis principales lecturas fueron literarias. Aprendí por mi mismo la Métrica y la Retórica. Hice versos. Algunos los envié al vate Ricardo Nieto, que era considerado el máximo poeta del Valle en los años treinta y cuarenta, junto con Carlos Villafañe y Alberto Garrido. Todavía conservo una carta muy estimulante de Nieto, que termina con esta frase, con una premonición que no se cumplió: .Y permita que lo felicite cordialmente, porque usted irá lejos por el camino que, si es verdad tiene muchos zigzags y muchas espinas, también tiene laureles para los vencedores que sólo ven la cima donde se encienden las estrellas.. La poesía a que se refería Nieto era la siguiente:

En el azul ambienteflotanleves jirones de áureas tintas,y de perfumes y de músicassopla cargada el aura amiga.De cuando en vez en una ráfagaviene una rota melodíadeshilachada desde el corode las cigarras parlanchinas…

Cuando adelanté mis estudios de agricultura, la vocación cambió de rumbo hacia la ciencia; pero nunca dejé de rendir culto a la poesía. Como a los géneros literarios se han venido sucediendo lo mismo que modas, y no he tenido fanatismos por ninguno, llegué a pensar que en vez de producir piezas que no pasarían de ser vislumbres fugaces de una inspiración aletargada, era mejor convertirme en antólogo temático. Así es como preparé y di a la publicidad hasta ahora cuatro antologías, una sobre los árboles (1976), otra sobre la agricultura (1978), una tercera sobre las cosas de comer (1979) y una cuarta sobre las mujeres de tres tipos (1986). Tengo preparada y casi terminada la lista para publicar una antología geórgica americana desde el siglo XVIII; otra sobre montañas, entidad geomorfológica que siempre me ha impresionado como hombre de llanura; otra sobre los colores; otra sobre la casa; una quinta sobre los caminos, y algunas más sobre temas diversos que están en estado larvario. Fuera de eso, tengo los materiales para nuevas antologías de europeos sobre la plantas, sobre la agricultura y un segundo tomo de autores hispanoamericanos sobre los árboles.

Como no me considero un científico sino cuando más aficionado, no hallo divorcio en el desempeño en lo que pudiera tomarse como tal, y mis aficiones literarias. No creo que exista nadie que esté tan exclusivamente dedicado a un asunto, que no encuentre vagar para interesarse por otras cosas, un hobby, una manía, un deporte, etc. Y en mi caso, promiscuo la actividad absorbente del estudio científico, con el otro aspecto, no menos importante, de la elación artística.

E.M.P.: Por sus aportes al conocimiento usted ha recibido reconocimientos y distinciones en varias oportunidades…

V.M.P.: No me envanezco de las muestras de aprecio y distinción que he recibido. Ellas tienen distintos grados de importancia, según la entidad que las ha discernido; pero también hay que tener en cuenta la época en que fueron otorgadas. Desde luego lo más perdurable consiste en que se puso mi nombre latino a seis plantas tropicales, a cuyo conocimiento y difusión estoy vinculado. Cinco de ellas son endémicas en la costa del Pacífico y en la vertiente occidental de la cordillera Occidental: Borojoa Patiño, Eugenia victoriana, Patinoa Almirajo, Bombacopsis (pochota) patinoi, frutales; Huberodendron patinoi, el árbol más majestuoso y descollante de la costa occidental y del Chocó, que sirvió a la tribus indígenas de calendario, al mudar de hojas, con madera excelente para talla. Y una de los piedemontes de las cordilleras que miran al Valle, la palma de almendrón, Attalea victoriana, que en este último año ha sido incorporada como sinónimo a la especie A. amygdalina.

En 1966 la Academia Colombiana de Ciencias, encontrándome en Estados Unidos disfrutando de la tercera beca de la Fundación Guggenheim, me nombró miembro correspondiente. Las gestiones las hizo motu propio el Dr. Enrique Pérez Arbeláez, fundador de esa entidad. En 1969, el Consejo Superior de la Universidad del Valle me otorgó el grado Honoris Causa de Doctor en Ciencias. En diciembre de 1991 el Instituto de Integración Cultural Quirama me concedió la condecoración como .Trabajador de la Cultura. rama de ciencias. En noviembre de 1993, el Fondo FEN Colombia me entregó el premio .José Celestino Mutis. a la vida y la obra de un científico. Muchas otras distinciones de índole nacional, departamental y municipal he recibido, que sería presuntuoso enumerar.

También considero homenaje el hecho de haber publicado algunas de mis obras. El Departamento del Valle editó por lo menos una docena de mis libros; la Presidencia de la República otros dos; Colcultura uno; el Instituto Caro y Cuervo ocho y en este momento edita la antología Faunética sobre los animales; el Instituto de Cultura Hispánica uno y la Academia Colombiana de Historia uno. No todos son afortunados en este aspecto.

E.M.P.: Para terminar Dr. Patiño: ¿Qué proyectos y programas realiza en la actualidad y cuáles son sus perspectivas?

V.M.P.: Durante el año de 1997 preparé unos diez trabajos sobre asuntos en los cuales he tenido participación en el ramo de las ciencias. Para ello se recogieron datos inéditos de mi archivo personal, que no figuran en ninguna de las 116 publicaciones de que soy autor, incluyendo 29 libros. Terminé también en 1997 el manuscrito original de una obra sobre el comportamiento de los pueblos grancolombianos, que corresponde al segundo tomo de los Factores inhibitorios, publicado en 1972.

Ahora trabajo en varios proyectos que tenía archivados desde los años cincuenta, que paso a reseñar: 1) Poner en orden la colección de cerca de 4.500 coplas populares de la costa del Pacífico, que se empezaron a colectar desde 1945, con motivo de los múltiples viajes de que he dado cuenta en una respuesta anterior. De esta colección se publicaron dos anticipos en los Archivos Venezolanos de Folklore en 1954 y 1960. 2) Esta prácticamente terminada la Geórgica americana, colección de poemas sobre labores agrícolas. 3) Una segunda tanda de Relaciones geográficas de la Nueva Granada, sobre las de la Tierra Firme, está para sacar en limpio. 4) Pero lo fundamental es abarcar la organización de los materiales colectados en los últimos treinta años, para hacer un complemento de los cinco volúmenes publicados sobre la historia de las plantas útiles en la América Equinoccial. En la imposibilidad de preparar una segunda edición he creído más práctico hacer un suplemento actualizado, tanto como mis 86 años me lo permitan. No obstante, me autocalifico en la categoría de los que Alfred Adler llamó .pesimistas batalladores., que aún convencido de la inutilidad de sus esfuerzos, perseveran en la creación y en la lucha, por una tendencia irreprimible. Digo con Epicteto, uno de mis maestros estoicos:

No pierdas nunca de vista la fragilidad y la inconsistencia de las cosas humanas. El hombre era ayer un simple germen; mañana será una momia, y menos aún, ceniza. Pasemos, pues, este corto instante de vida conforme a nuestra naturaleza; sometámonos voluntariamente a nuestra disolución, como la oliva madura que al caer diríase que bendice la tierra que la ha producido y da gracias al árbol que la ha llevado.


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