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Manuel Elkin Patarroyo: un saber hacer ciencia desde las dificultades de la vida*

 

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Manuel Elkin Patarroyo: un saber hacer ciencia desde las dificultades de la vida

Manuel Elkin Patarroyo: a knowledge of science from the difficulties of life

Manuel Elkin Patarroyo: um conhecimento da ciência das dificuldades da vida

Fernando Aranguren Díaz**


* Este trabajo es una forma de rendir homenaje a un ilustre colombiano, con renombre universal gracias a sus descubrimientos científicos. Dada la dificultad de entrevistar al personaje el autor, con apoyo documental de distintas publicaciones, hizo un intento de aproximación al proceso creativo y de producción intelectual de Manuel Elkin Patarroyo. El documento final fue revisado por el doctor Patarroyo quien hizo algunas precisiones fruto de lo cual es este texto que publicamos.

** Filósofo y docente universitario en el campo de las Ciencias Sociales y la Comunicación. Actualmente vinculado a la Universidad Central en la Coordinación Académica de la Facultad de Comunicación Social.


«La cultura contemporánea, en la que se superponen lenguajes, tiempos y proyectos, tiene una trama plural, con múltiples ejes problemáticos…Este tiempo también puede ser entendido como el tiempo de la creatividad, la generatividad…la apertura de nuevas potencialidades».

Dora F. Schnitman


La relación ciencia-cotidianidad

Cuando abordamos este tópico pensamos en dos cuestiones: la génesis de la relación y su desarrollo y actual configuración. ¿Cómo se inicia y se mantiene la vocación científica en Manuel Elkin Patarroyo?

Repasando los pormenores de su iniciación científica1, el doctor Patarroyo no lo piensa dos veces: «se trata de un proceso evolutivo». Es algo que se conforma gradualmente hasta adquirir la complejidad que hoy caracteriza a su trabajo de investigador. Sólo que en su caso el proceso va posibilitando la irrupción de una genialidad en ciernes cualidad que hoy determina en alto grado el sentido y orientación de su vida.

En cuanto a la génesis de su vocación científica habría que ligar varios aspectos puntuales: la revista ilustrada Billiken alimenta su curiosidad por todo lo concerniente al mundo de los descubrimientos; una lámina de Pasteur en actitud meditativa, acompañada de una frase sobre la preocupación del genio por la humanidad, impactan la sensibilidad del chico y despiertan su admiración por el científico francés al punto de querer parecerse a él; el ambiente del hogar donde la doble presencia de padre y madre equilibraban las fuerzas, las exigencias y condecendencias; y dos detalles -ambos ligados a la presencia paterna-: una colección de libros titulada La Vida y el microscopio, regalos que acabarían por facilitar su acceso inicial al campo de la ciencia natural, especialmente al mundo orgánico. Provisto de estos medios, a mitad de camino entre juguetes e instrumentos de trabajo, y motivado por una creciente admiración/devoción por Pasteur, alrededor de los 8 años de edad llega a una conclusión-problemática y muy parecida a otras que a lo largo de su vida le ocasionarían los más diversos retos-: ¡quería hacer vacunas!

Veamos los antecedentes de esta conclusión: en esa época, a los 8 años, ya entendía que entre Pasteur y Dios podía existir un paralelismo significativo: crear la Vida y mantenerla intacta gracias al auxilio de las vacunas. Luego, en los libros -en la colección La Vida, que su padre la regalara- encontró una «descripción muy nítida y sencilla de las moléculas orgánicas», y, después, agrega este comentario: «en el librito estaban muy bien dibujados el ácido láctico, el azúcar, la glucosa. Se mostraba, entre otras cosas, cómo al tener un hidrógeno, un oxígeno y un carbono, las moléculas difractaban la luz hacia el lado derecho o hacia el lado izquierdo. Eso es lo que se denomina polarización, fenómeno que se produce como consecuencia de la racemización…Así fue como comencé a interesarme por los azúcares, entendí como era la glucosa y en qué se diferenciaba de la galactosa, así como la lactosa de la leche de la fructosa de las frutas. Fui entendiendo y fascinándome con los carbohidratos, los azúcares. Y fui comprendiendo la química, me fue gustando. Dije, este es mi campo. Me entendí con las proteínas, con los aminoácidos y entonces, a los once años, ya quise hacer vacunas químicamente».

Este breve registro de las circunstancias que enmarcaran la génesis de la actividad científica en Patarroyo, nos remite a una sencilla constatación: no es frecuente en jóvenes de esa edad y en ambientes culturales tan desmejorados en el cultivo de la ciencia, como ocurre en nuestro ámbito, no es frecuente que se presenten conclusiones de ese género, y muchas veces, si ocurrieran, no caerían más que en pretensiones fútiles o en absurdas ideas que el «tiempo» y «la vida» harían olvidar posteriormente a esos supuestos extraños especímenes. Luego, como lo constatan los hechos posteriores, el chico estaba en aquel momento comenzando su iniciación científica, impulsando su vocación por el saber y asumiendo, no del todo consciente, un compromiso con la ciencia que le abarcaría la totalidad misma de su vida. Es decir, el proceso apenas comenzaba, y aunque se insinuara sólido y prometedor dada esa especie de predisposición hacia el saber que ya exhibía aún faltaba por venir lo más difícil: educar el talento, cultivar la disciplina, sobreponerse a los posibles fracasos; sólo en la marcha el proceso podría conducir al éxito o derivar en alguna posible frustración.

Sentadas las bases de la convivencia con la ciencia había que crear o generar las condiciones que permitieran mantener una relación sana, fecunda y progresiva, de tal modo que el científico en ciernes deviniera auténtico hombre de ciencia y que la ficción inicial, el sueño acariciado como un proyecto juvenil, se convirtiera en algo real, en una realización manifiesta a la que se remitieran los distintos tipos de procedimientos que esta clase de actividades intelectuales suele provocar. No se trataba por supuesto de algo fácil pero tampoco se podían prever los numerosos y múltiples obstáculos que se interpondrían en el desarrollo del proceso del joven Patarroyo para convertirse en el notable científico que hoy se reconoce en los ámbitos nacional y mundial. Precisamente, al repasar el desenvolvimiento de sus actividades, adelantadas hasta hoy durante casi veinte años, lo menos que se nos vino a la mente fue aquel sabio precepto de Blake: «El mejor camino de vida es el de las dificultades». En el camino vital y científico de este investigador, como ha ocurrido con la inmensa mayoría de hombres de ciencia en todas las épocas y latitudes, han abundado las dificultades, convirtiéndose por momentos algunas de ellas en obstáculos casi insalvables, pero gracias a su tenacidad y en algún pequeño porcentaje también al concurso de los dioses ha logrado allanar los senderos para proseguir la marcha.

Baste señalar al respecto que las dificultades no han sido solamente aquellas inherentes al hecho mismo de la actividad científico-investigativa, que resultarían normales y deseables en el curso del proceso, sino esencialmente aquellas provenientes de esferas extracientíficas y que lindan con los más diversos dominios: incomprensiones humanas motivadas en envidia y frustración, actuaciones poco o nada éticas de distintas personas y a veces de instituciones, infinitas trabas burocráticas que alimentadas por oscuras subculturas del cientifismo y afines tendieran emboscadas y otras malas pasadas. Frente a este conjunto de limitaciones y sinsabores que a veces resultan inmanejables por la incierta naturaleza que los anima y los torna por ello mucho más destructivos, frente a estos graves obstáculos se impuso, se mantuvo siempre firme la convicción de Patarroyo de que combatiendo en todos los campos, sobreponiéndose a cualquier dificultad y sólo curtiéndose en ese proceso de permanente lucha y confrontación, sólo así se hallaría la luz al final del camino y podría coronar las metas y los sueños que alimentara desde los tiempos de la niñez. Y es ese arduo proceso, aquí apenas medio esbozado, el que le ha permitido convertir la actividad científica en el hecho más importante de su vida: convertir la ciencia en compañera de vida requiere estar provisto de una condiciones particulares -de un cierto talento- que sólo en la práctica de las dificultades puede desarrollarse y complementarse hasta potenciar la genialidad.

Disciplina, productividad, creatividad

Suele ocurrir que las reflexiones acerca del quehacer científico se carguen de un cierto énfasis doctrinal por medio de estereotipos y fórmulas que acaban por hacerlo insufrible. los hombres de ciencia se convierten así en seres sobrenaturales y su actividad en algo inextricable para el común de la gente. Es una pésima tradición que deseamos rehuir. Por eso, lejos de acudir a esquematismos gratuitos para encasillar el tipo de actividades que despliegan los investigadores científicos en cualquier ámbito del saber, intentaremos recuperar algunos elementos constantes de ese hacer que sirvan como marco de referencia para el análisis de la singular y diligente labor adelantada por este hombre de ciencia en su campo de trabajo.

En primera instancia se insinúa la disciplina, que aparece como conditio sine qua non del ejercicio teórico y práctico de la ciencia. Es una cualidad muy alabada para ponderar una característica esencial del espíritu científico, pero no siempre resaltada como componente problemático inherente a la naturaleza misma de dicho espíritu científico, en tanto tiene que ver con el dispositivo de la subjetividad humana. Como han insistido tantas veces los propios genios, por ejemplo Goethe, al afirmar que sin disciplina no hay talento que valga ni se desarrolle, o como plantean recientes estudios sobre inteligencia en cuanto a resaltar que el talento es más cuestión de disciplina y perseverancia que donativo natural, también lo es en el caso del doctor Patarroyo: «Todo lo que soy y he alcanzado se debe a la más estricta disciplina que me he impuesto desde chico».

Esa disciplina se integra a lo que llamamos la actitud científica, es decir, el grado de conciencia que adquiere el investigador acerca de la índole del compromiso que demanda su contacto con el saber. La actitud alimenta un estilo de vida, hace homogéneas las distintas gestiones y funciones que irrigan la cotidianidad del científico para que en su conjunto concurran en apoyo de la tarea central: progresar de modo continuo en la búsqueda de la verdad. La actitud determina y alimenta un proyecto de vida donde la búsqueda científica se convierte en motor y brújula de la totalidad de la experiencia del investigador. Y esto, que es fácil afirmarlo en el papel, entraña crecientes dificultades en el plano real. En su caso la formación de esa actitud científica y de la disciplina colateral que implica remiten, de una parte, a la presencia paterna y a los retos que solía plantearle al chico: «¡quiero que seas un cóndor!», o «usted tiene condiciones para ser siempre el mejor, para no conformarse con menos», y, de otra parte, a la arraigada vocación de luchador que interiorizara el joven en la medida en que fue encontrando los más diversos obstáculos en el desarrollo de su carrera profesional: «La carrera de Manuel Elkin Patarroyo ha sido una suma de paciencia, perseverancia y constancia, y ha estado plagada de momentos de incertidumbre, de ataques del interior y del exterior».

Lo que se vislumbra en este encuadre es el complejo proceso de construirse la propia personalidad con base en una disciplina cada vez más estricta y exigente, fruto en buena medida de la internalización proyectiva del padre y del super yo en miras a escalar las cumbres del saber:»Sin duda alguna mi padre es el personaje de mi vida. Desde el punto de vista de paradigma, fue Pasteur; pero desde el punto de vista humano, papá…» Este norte, que se trazó desde muy temprano, ayudaría a dirigir los pasos del investigador que por un lapso de cerca de cuarenta años de entrega disciplinada a la búsqueda científica, se encamina hoy a coronar plenamente su proyecto vital: poner la ciencia, sus descubrimientos particulares, la vacuna sintética en distintos dominios, al servicio de la humanidad. Es obvio que sin la cuota de disciplina que dicha actividad amerita, ni su lucidez, ni una genialidad temeraria como la suya, hubiesen bastado para gestar el descubrimiento y multiplicarlo en toda su magnitud.

Pero, además de disciplina y en una época y en un contexto sociocultural como el de nuestro país, la ciencia reclama resultados, esto especialmente por los altísimos presupuestos que demanda su ejecución. En otras palabras, para ser reconocido como hombre de ciencia y poder ejercer la investigación científica en condiciones decorosas se requiere exhibir productividad; no es suficiente con ser brillante ni disciplinado, además se debe ser muy productivo, mostrar resultados, pelearlos y defenderlos contra múltiples enemigos. Sobra recordar aquí que este médico ha sido un productor infatigable y que ha batallado en distintos terrenos -ético, científico y jurídico- contra los distintos tipos de enemigos y detractores que le han salido al paso. Y sobra insistir que en esa batalla infinita, la productividad de su trabajo, los logros acumulados en el ejercicio de la investigación han sido los mejores argumentos de defensa y de triunfo. El testimonio de esa productividad hace parte del arsenal científico de la humanidad contemporánea.

Los resultados se inscriben en el transcurso del proceso recorrido por el investigador, ligados a los tópicos problemáticos que fueron surgiendo en el despliegue de sus actividades y en la ampliación del dominio de sus conocimientos. Desde el primer gran hallazgo, logrado hacia 1970, Un nuevo mecanismo de defensa del aparato urinario, que fuera premiado en el respectivo Congreso Nacional de Urología, celebrado en Cúcuta; pasando por su trabajo en Lupus Eritematoso Sistemático y en Artritis Reumatoidea, premio del Congreso de Medellín, 1974; el descubrimiento de los marcadores genéticos asociados con la fiebre reumática y publicado en Nature -1978-, y los sucesivos Premios Angel Escobar recibidos en, por lo menos, cuatro ocasiones, hasta el descubrimiento de la vacuna sintética contra la malaria -Synthetic plasmodium falciparum 66, SPF66-, que le valdrá el reconocimiento mundial y el otorgamiento de los más prestigiosos galardones del mundo científico internacional: la medalla de Edimburgo en Gran Bretaña, el premio Robert Koch en Alemania, el premio Principe de Asturias en España. Son realizaciones y reconocimientos que por sí solos hablan en términos de la excelencia que rodea el prestigio científico de este colombiano cada vez en incremento, y que apuntan, por el peso de su significación y el brillante porvenir de su ingenio, a la posibilidad de aspirar al Premio Nobel de Medicina, galardón que la modestia del médico de Ataco no le permite aún recabar públicamente pero que en el entrevero de sus sueños y desvelos creadores debe estar desde tiempo atrás convocando su atención.

No obstante lo anterior, la productividad en su trabajo no se circunscribe solamente a la creación de los protocolos y marcos teórico - conceptuales que presiden sus descubrimientos científicos, sino que abarca esferas y realizaciones a primera vista «extracientíficos». Nos referimos, por un lado a su gestión ejecutiva alrededor del Instituto de Inmunología y, de otro lado, a su labor como jefecoordinador de un equipo de investigación de talla interdisciplinar que se ha convertido en auténtica escuela de iniciación de nuevas generaciones de investigadores con aceptación en centros académicos de reconocida prestancia en el mundo desarrollado. Y si resaltamos aquí brevemente estos dos aspectos de su productividad es para recalcar que, en el ámbito científico y cultural de nuestro país, la mera genialidad o el mero talento no son suficientes para triunfar, hay que aprender a negociar, a forjar de la nada o de las ruinas aquellos proyectos que con tesón y persistencia puedan llegar a albergar los sueños de creación. Son bien conocidas en nuestro ámbito las querellas que debió adelantar para coronar el proyecto del Instituto de Inmunología y las acrobacias diplomáticas de su gestión para dotarlo de las más avanzadas tecnologías; así mismo se exalta su vocación de maestro y líder al frente de un grupo cada vez más numeroso de investigadores asociados a su equipo. El balance es significativo: aunque las instituciones permanecen y los hombres pasan, no hay duda de que la institución forjada por él le augura un lugar seguro en la posteridad. Nuestra insistencia en este aspecto sólo apunta a celebrar ese otro mérito del médico su capacidad de gestión productiva para rebatir con sólidos argumentos a sus «detractores gratuitos», expresión esta que ha tenido que utilizar el científico en más de una oportunidad.

Hay, a nuestro juicio, una tercera cualidad de mayor impacto en la relevancia del mérito científico del doctor Patarroyo: la creatividad. Inseparable de las anteriores, es como la última virtud que puede alcanzar el hombre en su búsqueda de la perfección: no hay creatividad gratuita, aislada como un acto de inspiración, como algo que aparece sin conexión alguna con todo el proceso que la provoca; por el contrario, la creatividad sólo se da en la dinámica de la productividad científica, es la recompensa al esfuerzo diligente y disciplinado, es la presea de la constancia de años empleados en cultivar un ideal, en acariciar un sueño, en cultivar una utopía. La creatividad es la cualidad que identifica la genialidad auténtica, todo lo demás se inscribe dentro de la normal condición humana. Por este motivo argumentaba Einstein: «La imaginación es más importante que el conocimiento», y se refería, claro está, a la imaginación creadora que, en manos de individuos como él se traduce en catapulta de descubrimientos, en motor del progreso científico y en paliativo dé los males que aquejan a la humanidad.
Si en la argumentación precedente hay un elogio cifrado creemos que apunta a destacar un hecho que compete no sólo a la trayectoria particular del doctor Patarroyo sino a un determinante estructural de nuestro perfil cultural. Se trata de una comparación un tanto paradójica: este científico posee en grado superlativo esa cualidad que tanta falta le está haciendo a nuestro contingente de académicos, profesionales y jóvenes en proceso de formación que en su paso por el sistema educativo o el establecimiento científico se encuentran con ese vacío atronador: la falta de creatividad. Y no porque los individuos carezcan de las potencialidades anímicas y espirituales requeridas para ser creativos, sino esencialmente por la insuficiencia de las culturas institucionales, por el apego a métodos de trabajo esterilizadores, por el recurso a un facilismo barato que desprecia en términos absolutos los esfuerzos honestos por cambiar la situación. Es un mal endémico contra el cual él mismo -miembro de la Comisión de Sabios- se ha propuesto dirigir una amplia y ardua batalla para, en compañía de todos aquellos que puedan aportarle a la transformación de nuestra realidad científico-cultural, adelantar una sólida campaña de reeducación y ampliación del horizonte espiritual de los colombianos.

La creatividad ha sido el don que ha acompañado a los inventores y descubridores a lo largo de la historia, también ha sido con la astucia el factor predominante en los hombres de empresa; el arte y en general la producción estética son sus terrenos privilegiados. La recursividad y singularidad creativa de las formas de expresión cultural ligadas a diferentes pueblos y contextos son una muestra suficiente de cómo el recurso a la civilización debe priorizar al máximo estas potencialidades inherentes al espíritu humano. Por ahí pasa precisamente el criterio para evaluar el realismo de los políticos estatales o la validez de los juicios interpretativos propuestos desde distintos ángulos doctrinarios. De ahí que sea apenas un reconocimiento objetivo a su labor intelectual el que distintas publicaciones del mundo y del país coincidan en comparar los hallazgos y descubrimientos del doctor Patarroyo con aportes y trayectorias como los de Galileo, Darwin, Copérnico, Lavoisier, TS’ai Lun, Pasteur, etc.; o, para sintetizarlo en términos de una de esas publicaciones: «Manuel ElkinPatarroyo es heredero de la más encumbrada tradición científica universal». Y, como en cada uno de los grandes descubrimientos, sólo cabe preguntarse ¿de dónde surgió la idea? El mismo responde con concisión: en parte de un desdoblamiento creativo al que lo condujo su obsesión por el problema de la vacuna sintética, en parte de la persistencia hacendosa de no descuidar detalle en el proceso hasta poder amarrar todos los cabos sueltos. Mirando casi adormecido el perezoso desplazamiento de las nubes, despertó de su somnolencia con la figura de una molécula por recomponer, y en el Amazonas voluptuoso culminó su encuentro creativo con los dominios de lo indecifrable, hasta alcanzar una noción básica que le confirmó en lo acertado de su derrotero. Palabras más, palabras menos, también en su proceso creativo de se han encarnado de modo inextricable el azar y la necesidad, y es su tenacidad disciplinada la que ha permitido que su imaginario deviniera realidad aquello que sólo él podía intuir. Así es y ha sido la ciencia; todavía tenemos esperanza de seguir jugando a los dados.

Nuestra cultura científica: situación actual y prospectiva

En algúna oportunidad que tuvimos de compartir algunas ideas con el doctor Patarroyo acerca del ser y el deber ser de la ciencia y la universidad colombianas llegó a afirmar él, para sorpresa de su auditorio, en términos categóricos, que en el país había necesidad de «despatarroyizar» la ciencia. Esta aseveración nos pareció inicialmente un tanto soberbia, de algún modo se correspondía con su franqueza para decir las cosas por su nombre; hoy, cuando le hemos dedicado algún tiempo a revisar su trayectoria y enterarnos en detalle del proceso que ha recorrido durante años para alcanzar el prestigio y reconocimiento que le concede el mundo científico y académico en general, nos parece una aseveración que señalaba una de las mayores debilidades de nuestro acervo cultural como nación: la marcada ausencia de una tradición científica entre nosotros y el reciente y todavía incierto panorama para el desarrollo ulterior de una sólida cultura científica en el país. «Despatarroyizar» la ciencia es eso: tomar su ejemplo y el de otros ilustres intelectuales colombianos comprometidos con la construcción de la verdad para hacer de la actividad científica, de la investigación sistemática de la realidad, de la universidad colombiana, auténticos espacios para propiciar la creatividad colectiva y el despliegue de los espíritus críticos, únicos factores y artífices capaces de dotar al país de un proyecto histórico de trascendencia solidaria.

En tanto su ejercicio científico profesional ha tenido como contexto inmediato el establecimiento científico y académico del país, Patarroyo -como ya se indicó antes- ha tenido que enfrentar diversos tipos de obstáculos institucionales e interpersonales, aunque con el paso del tiempo y la confrontación de los resultados obtenidos, también ha disfrutado de los respectivos reconocimientos y tributos al punto de ser considerado hoy uno de los colombianos prominentes en el decurso histórico de la nación. Sin embargo, lo relevante en esta complicada relación es observar cómo puede el contexto influir en uno u otro sentido en el despliegue de la labor científica.

Es claro que lo más adecuado para favorecer un desarrollo positivo de la creatividad intelectual sea la existencia de un contexto y unas condiciones marco que así lo permitan. No ha sido este nuestro caso. Ni el país, que en materia de tradición científica apenas comienza a caminar, ni la comunidad científica que suele poblar los distintos ámbitos institucionales del saber, entidades educativas, fundaciones y universidades oficiales. Al carecer de un marco cultural apropiado la labor del científico creador se torna mucho más difícil y complicada, se corre el riesgo de la sobre-actuación del protagonista y del sobredimensionamiento de cuestiones que no poseen la dimensión que se les suele dar.

En ese complicado juego de intereses opera el principio de sálvese quien pueda a modo de una réplica de la selección natural, el más dotado será finalmente el que pueda supervivir. Sin exageración, ese ha sido en términos aproximados su drama, como lo ha sido también de muchos colombianos ilustres; sólo que en su caso él no se convirtió en «cerebro fugado», pues su gestión se albergó «conflictivamente» en el país. Resulta interesante constatar que la mayoría de conflictos fueron extra-científicos y los que podrían catalogarse pertinentes en este campo siempre estuvieron por debajo del mínimo nivel del debate crítico- constructivo.

Uno de los principales obstáculos lo constituyó, siendo estudiante, la relación con algunos de sus profesores, o su relación, como médico, con algunos colegas vinculados a la misma institución o a entidades pares. La causa fundamental de los conflictos fue la incapacidad de unos y otros para generar y mantener espacios propicios para la interlocución productiva con el joven investigador. La consecuencia inmediata, sendos agravios y severas prevenciones de parte y parte, lo que en modo alguno puede coadyuvar al buen desempeño profesional de las partes, y de nuevo se sobredimensionan los individuos y los factores del azar de orden meramente incidental. Tal vez ésta ha sido una de las cuestiones que más ha calado en el espíritu del médico cuando realiza un radical balance de estos insucesos:

«Ante las agresiones, yo me crezco…además, debido al prestigio de los premios de ciencia que me había ganado, mucha gente se sintió molesta. También se molestaron porque yo estaba alcanzando un éxito científico serio a los 31 años. La batalla comenzó y siguió; sólo en los últimos dos años se ha morigerado levemente. Batalla de ataques, maledicencia, mala información, agresiones en público y privado. Hasta me desafiaron a pelear…Todo eso me llevó a encerrarme y a trabar más..

¿Eran reacciones de gente frustrada… como tanta en este país?

Sí, porque ellos tienen unas fantasías muy grandes, pero una probabilidad de realización muy pequeña…y la frustración viene de eso. Este es un país con un buen número de gente fantasiosa, con poca disciplina para la autorrealización. Ahí surge la frustración y la rabia. Como uno no se puede autogredir, agrede a los demás. Esa es la razón de la violencia…Para mejorar al país yo creo que es tan necesaria la educación como dar las herramientas para que haya disciplina propia y realización».

El ambiente descrito es poco o nada favorable para el despegue del espíritu crítico, y sin éste es previsible que en materia de cultura científica y convivencia intelectual todavía debamos esperar mejores tiempos. Y es precisamente en este aspecto que queremos aprovechar la experiencia negativa que enfrentara este investigador para invitar a la comunidad científica y académica del país en sus diversos capítulos y especialidades, a cerrar filas en torno a la necesidad de fortalecer en el acontecer cotidiano el despliegue del espíritu crítico, en un discurso abierto, flexible y tolerante pero capaz también de señalar los errores y reconocer los aciertos, capaz de sumar esfuerzos e integrar voluntades y de superar los lugares comunes y las componendas burocráticas, capaz en últimas -como señala Bordieu- de propiciar un oxigenamiento de los estilos de trabajo y proyectos culturales que integran el capital científico, el capital cultural como patrimonio indisoluble de esta colectividad, que día a día busca reconocerse en la práctica de la democracia como nación efectiva y no meramente enunciada, no meramente formal.

La universidad, el otro pulmón de la actividad científica contemporánea tampoco parece haber sido el mejor claustro para acompañar el desenvolvimiento intelectual del doctor Patarroyo. Sin desconocer en ningún momento su gratitud y lealtad con el Alma Mater, se percibe en su balance un cierto desencanto con la imagen de la institución. Y esto es compresible en gran medida si se tienen en cuenta dos factores que contribuyeron a desestabilizar y hasta entorpecer su paso por la Universidad Nacional. La comunidad docente del área de ciencias básicas y medicina no supo rodear con el apoyo requerido su labor investigativa y a veces los niveles directivos fueron en contravía de su proceso, y aunque es de humanos equivocarse, lo que vale conservar para el análisis es lo atinente al grado de criticidad de nuestros docentes universitarios, a la conformación de una auténtica comunidad de intereses y saberes que es capaz de comulgar en el principio de universalidad que caracteriza al hacer científico, pues al fin y al cabo son sus representantes académicos los que hacen más grande o más pobre a una universidad: ¿cómo ha asumido y asimilado la comunidad científica del campo básico en la Universidad Nacional la problemática teóricometodológica mantenida en torno a la labor del médico Patarroyo? ¿Qué lección se puede inferir de ello para la adecuada formación de las nuevas generaciones de científicos que pasen por sus aulas? ¿Qué le aportará un tal balance al fortalecimiento de una sólida cultura científica en el país?

El otro factor que entorpeció su tránsito por la universidad fue la agitada y muchas veces anárquica manifestación de la izquierda en el movimiento estudiantil de los años setenta. Aunque no se puede culpar unilateralmente a la izquierda del fracaso del proyecto académico- cultural que debía haber consolidado la Universidad Nacional de cara al país y sus necesidades apremiantes, para Patarroyo significó una especie de agente dislocador del orden y la sana convivencia, contribuyendo a la exacerbación de la violencia social y segando de ese modo lo mejor de múltiples proyectos culturales. Un balance tan negativo como este suele encontrarse en muchos científicos e intelectuales que vivieron aquellos difíciles años, pero esa apreciación nos convoca mejor a proponer algunos interrogantes más de fondo: ¿Qué pasó con la Universidad Nacional y en general con la universidad pública en el país a raíz de la experiencia política de los años sesenta y setenta? ¿Qué perdió o qué ganó el país frente al destino y manejo que se dio a la institución universitaria oficial en ese período? ¿Cómo restituirle al pueblo colombiano el oprobio y el crimen cultural que significaron las políticas oficiales dedicados a minimizar la educación pública y achicar la universidad oficial mientras al amparo de la misma ley crecían de modo inusitado las universidades privadas y se convertía en mercancía privilegiada la matrícula educativa? ¿Cuánto se le quitó con este traumatismo a la ciencia, a la investigación y en general a la cultura ciudadano que tanto reclamamos ahora? Creemos que la experiencia vivida por el doctor Patarroyo en su relación con la institución universitaria se convierte en un excelente pretexto para propiciar desde esta publicación un debate que el país está en mora de realizar.

Pero no todos los términos del balance se revisten de ese tono negativo. También en la experiencia del médico se reseñan los encuentros fructíferos con diferentes rectores del poder y de la intelectualidad colombiana e internacional que han sabido aportar su cuota de voluntad y decisión para contribuir a la materialización de su sueñoproyecto científico. Desde presidentes de la república y otros altos funcionarios, pasando por altos ejecutivos del sector privado y colegas académicos en distintos campos del saber, siempre hubo a la larga, más tarde o más temprano, aquella persona, una u otra presencia tutelar que supo apoyar su labor y contribuir a su redimensionamiento. Con el mismo ahínco que critica, Patarroyo reconoce a sus benefactores y compañeros solidarios de viaje; es bien significativo el elogio que hace de todas aquellas figuras que, permaneciendo anónimas, fueron decisivos en el logro de ser éxitos científicos, nos referimos con él a los voluntarios del ejército colombiano que se ofrecieron como cuerpos de experimentación para consolidar los resultados de la muestra final de la vacuna antimalárica.

El es optimista por temperamento y sabe que en lo suyo, en el campo de la ciencia, está cada día mejor equipado, sabe además que el proceso está en curso y que puede seguir cosechando importantes triunfos, y sabe que con ello le estará aportando no sólo al desarrollo científico y cultural del país sino también al bienestar de la humanidad. El futuro es prometedor, pero lo será más si la resonancia de su labor trasciende el campo estricto de los círculos especializados y se proyecta así positivamente sobre amplias capas de la población a fin de que el ejemplo que se derive de su trabajo intelectual pueda utilizarse pedagógicamente en la formación de nuevas generaciones de colombianos. Ello advierte explícitamente: «Desde la época de estudiante, Manuel Elkin Patarroyo era un hervidero de ideas. Había claridad en los rumbos por tomar. Y esa decisión desató envidias, rabias y tempestades. El espera que con la lectura y conocimiento de estas notas sobre su vida y su labor los jóvenes comprendan que sus realizaciones no son fruto del azar, sino un camino buscado, planificado y trajinado».

Nosotros quisiéramos que esta artículo, además de ser un reconocimiento más a los méritos del ilustre investigador, sirviera como ocasión para impulsar una gran cruzada académica que beneficie al país en su conjunto. Se trata de aprovechar con beneficio de inventario labores paradigmáticos como las de Patarroyo y otros notables científicos e intelectuales colombianos, a la manera del grupo que conformara la misión de los Sabios, para impulsar entre las nuevas generaciones de colombianos una amplia campaña de formación en un entorno cultural que favorezca la educación científica y humanista de tono integral, provista de un realismo práctico y de un alto componente utópico para intentar desde ahora realizar los sueños que nos asaltan desde niños pero que en los avatares de la difícil existencia que sobrellevamos la mayoría de los colombianos acaban por naufragar. Y para ello es indispensable la voluntad institucional tanto de la universidad como de la empresa, tanto del gobierno como de la sociedad civil a fin de poder repuntar históricamente como país y ofrecernos la posibilidad de ejercer el derecho de definir desde ya el futuro que queremos vivir.

De esta manera estaremos honrando en su ley no sólo la enseñanza de labores paradigmáticas como la suya sino también la de los mejores congéneres que ha conocido la historia de la humanidad. Y como vivimos en una época que consagra el valor de la utopías, permitásenos defender aquí con la mayor ilusión posible esta modesta utopía que hemos esbozado como el mejor homenaje a un colombiano universal.


Cita

1 Este texto se apoya directamente en la información contenida en el amplio reportaje biográfico que escribiera Flor Romero de la vida de Manuel Elkin Patarroyo: Manuel Elkin Patarroyo: un nuevo continente de la ciencia. Santafé de Bogotá, Tercer Mundo, 1995.

Los cuerpos de la violencia*

 

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Los cuerpos de la violencia

The bodies of violence

Os corpos da violência

Gisela Daza y Mónica Zuleta*


* Este articulo presenta los hallazgos obtenidos en el estudio realizado sobre las relaciones entre la socialización y la violencia en la familia y titulado: Família máquina: una visión ecosófica. Trabajo realizado en el Departamento de Investigaciónes de la Universidad Central con la cofinanciación de Colciencias.

** Investigadoras del DIUC.


Resumen

La trayectoria de las líneas enunciativas que atraviesan el segmento familiar, muestra la huella de la violencia en lo que nos es propio, al dar forma a los cuerpos biopolítico, impotente, vulnerable y consumo. Pero también muestra el espacio de la no violencia al hacer emerger lo joven como devenir intenso.


La indagación por las relaciones posibles entre la socialización y la violencia constituye una línea de investigación que, desde una posición ética, busca hacer discernibles las particularidades de los procesos de acción y de enunciación propias de ámbitos institucionales diversos de socialización, tales como la escuela y la familia. El reconocimiento de estas particularidades nos ha permitido establecer que las maneras como se direccionan los procesos instauran formas homogeneizantes de sujetos, de objetos y de relaciones entre ellos. A esta homogeneización la denominamos violencia.

Los cuerpos llenos -socius- al direccionar los flujos de la producción social y la deseante, dan formas determinadas al segmento familiar, el cual está referido exclusivamente a las acciones y enunciaciones de alianza y de filiación discriminados de acuerdo con las prácticas de provisión, cuidado, castigo, vinculación y reproducción. Lo familiar así concebido no corresponde a un ente trascendente anterior a cualquier socius, sino a aquello que es formado por la dirección que dan a las acciones y a las enunciaciones, los agenciamientos particulares propios de cada cuerpo lleno.

Los socius, al ser la manifestación del poder, atrapan las conexiones entre los flujos homogeneizando las acciones y las enunciaciones. La familia no escapa a esta acción del socius que al formarla la homogeneiza, dando siempre origen a la violencia. Partiendo de este supuesto, no nos interesamos por buscar los orígenes de la violencia: toda familia es en sí misma una forma de violencia. Orientamos nuestra indagación a las manifestaciones particulares de la violencia en las formas de familia que nos son propias.

Interesados por dichas manifestaciones de violencia, quisimos abordar este siglo de historia de nuestro país a través del relato de hombres y mujeres cuya vida transcurre en este período y que da cuenta de 4 estratos socioeconómicos y de 4 generaciones, lo que denominamos tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres, más ricos, menos ricos, menos pobres y más pobres, de personas que hoy viven en la ciudad de Bogotá.

El análisis de los relatos nos permitió diagramatizar el segmento familiar de acuerdo con sus prácticas, preceptos y miradas. Ello condujo a la explicitación de los enunciados que lo atraviesan, discriminados en dos tipos de series: el primero referido a los atributos de los cuerpos y sus mezclas, que denominamos enunciados de asistencia, honor y utilidad; el segundo referido a los atributos de los afectos de los cuerpos, que denominamos sufrimiento, miedo y pudor. Estos análisis especifican tanto el estrato como la generación en los que aparecen los enunciados. A continuación se expondrán algunos ejemplos.

1. Enunciado de asistencia

Tiene por finalidad un sujeto vigilado, disciplinado, regulado. Para ello despliega una serie de estrategias diversas que involucran distintos puertos de entrada al segmento familiar, dándole un lugar preeminente a determinadas formas de sujetos y objetos, a través de los cuales resuena en la familia, al orientar de maneras específicas las relaciones entre ellos. Así es la familia la que resulta vigilada, disciplinada, regulada.

A partir de la generación de los bisabuelos, el enunciado de asistencia, como línea de poder productivo, se orienta a la normalización a través de un modelo de regularización en el que sus límites de diferenciación giran en torno a la categoría normal-patológico.

Una primera estrategia de normalización está referida a la salud y a la enfermedad. El cuerpo «insano» es encerrado para evitar el contagio y, simultáneamente, el cuerpo «sano» es intervenido a través de la vacunación, con la misma finalidad. La familia despliega una estrategia de vigilancia en la cual se determinan signos específicos de enfermedad y el Estado despliega estrategias para prevenir que la enfermedad entre a la familia. El saber médico ingresa a la familia por la senda del cuidado del niño.

La entrada del saber médico a la familia no ocurre sin confrontación. Esta se produce de dos maneras. En primera instancia, los más ricos dejan entrar al médico sólo en calidad de servidor. El médico es un “sirviente” al cual se le busca si es recomendado, es decir, si lleva consigo la marca de pertenencia, mediada por el favor feudal. En segunda instancia, aunque el saber médico ingresa a la familia por el cuidado de la enfermedad, el cuidado del nacimiento es otorgado al saber de la partera, restringiendo la acción del saber médico.

Aunque se limita la entrada al médico, la sexualidad es la fisura por donde éste se cuela: el cuerpo es sexualizado. El saber del médico orienta lo que puede ser dicho acerca de la sexualidad, pero no es él quien lo dice, es la familia la que tiene que «decir» su sexualidad bajo la mirada vigilante del médico. Al ser obligada a decirla, la familia se convierte en sujeto de enunciación de la sexualidad, siempre que lo que diga corresponda a lo que debe ser dicho, según los cánones de la medicina.

Con los abuelos esta sexualización tiende a convertirse ya en una política. Es por el control de la natalidad que el saber médico ingresa a la familia como una política de Estado. Ello es más visible en la ciudad, donde los más pobres, al ingresar al hospital por el parto, son sometidos a una práctica médica que garantiza el control de la natalidad. Los demás son objeto de una confrontación entre el saber médico y el saber religioso, en el ejercicio de la práctica médica. La familia apela al saber médico para la regulación de la procreación, pero la práctica médica se halla excluida del ejercicio de dicha regulación, debido a una superposición de la creencia religiosa. Así, la religión regula, tanto la práctica médica, como la procreación en la familia, mediante la instauración de un valor moral que sanciona al saber médico.

El ingreso del médico a la familia se hace decisivo a través del parto. Para los abuelos, es la ciudad la que saca definitivamente al parto del dominio de la familia y de la partera. Mediante los hospitales, el nacimiento es regulado por el saber médico, desplegándose diferentes estrategias. Para los más pobres, la ida al hospital de caridad es un asunto «normal», exento de cualquier juicio de valor. Bajo esta condición, la práctica médica se realiza independientemente del paciente, quien se subordina a dicha acción prolongada hasta el cuidado del bebé y del niño. En el caso del cuidado del bebé, la acción se dirige a la constitución de un cuerpo higiénico asociado con la sanidad. En el caso del cuidado del niño se dirige a la constitución de un cuerpo sano asociado con la prevención.

En contraste, para los ricos, la ida al hospital es considerada una garantía de la salud del niño y de la madre. Por ello se le otorga a la medicina el control que garantiza la vida, concomitante con el de la gestación y el del post-parto que también se extiende al cuidado del bebé y del niño. Pero para los más ricos, la ida al hospital está asociada con reglas de pertenencia que exigen marcas de clase, revistiendo al cuidado de una condición de exclusividad, pues el saber médico no es suficiente garantía. El cuidado exclusivo se prolonga a la casa donde la mirada médica vigila a la madre y al bebé, instalándose en lo más privado de la familia.

El saber médico no solamente ingresa a la familia por la región del cuidado, también se inserta en la región del castigo. Al establecer ciertos estándares que deben ser alcanzados crea un cuerpo controlado, estrategia que involucra a la familia mediante una pedagogización del castigo. La consecuencia de esta estrategia es delegar en la escuela la función de disciplinar el cuerpo, dotándola de criterios de normalización que le permiten establecer parámetros para la inclusión de lo normal y la exclusión de lo anormal.

Con los padres el dolor es signo de la noción de salud del cuerpo. No solamente un cuerpo no debe enfermarse, sino que tampoco debe sentir dolor. El parto es la vía a este cuerpo indoloro, tanto para los pobres como para los ricos, originando una forma de la práctica médica institucional regida por el consumo, pues la eliminación del dolor es un asunto económico, que orienta el uso de la clínica privada por la circulación del dinero y no por la pertenencia a una clase.

El cuerpo saludable de los padres se liga con las políticas del control de la natalidad. El saber médico institucionalizado y legitimado como política de Estado, obliga a la religión a ser parte de la política. El control de la natalidad, asunto moral regulado por la iglesia, entra a ser regulado por el Estado mediante su inclusión en el discurso religioso: un número reducido de hijos es una garantía moral para la crianza saludable de los niños y para el cuerpo saludable de la madre, discurso a que está obligado el sacerdote.

La intromisión del saber médico en el cuidado de la crianza, hace necesarias las nociones de afecto, nutrición, higiene, prevención, en el repertorio del saber de la familia. Ello la convierte en aprendiz del saber médico pues la regulación de la crianza pasa por una especialización orientada a este nuevo concepto de salud, ligado a una forma particular de cuerpo, el cual debe ser moldeado. La familia se tecnifica, volviéndose apta para reconocer e intervenir los signos de la deformación del cuerpo. Se amplían los límites de lo normal y lo anormal según rangos de edad: ciertas edades hacen necesaria la intervención para enderezar «el cuerpo». Unas edades, como la adolescencia, requieren enderezar «el alma», a la que se le atribuye enfermedades como «alcoholismo», «drogadicción», «depresión », «rebeldía», todas ellas explicadas por el saber médico como disfunciones de la familia, convirtiéndola en causa de la enfermedad del alma y en objeto de terapia. El enfermo solamente se cura cuando es excluido de la familia que causa su enfermedad, pasando a ser del dominio del hospital.

Así como el hospital tiene el saber de la cura del alma enferma, la escuela se apropia del saber de la sexualidad al ligarse con el saber médico y el Estado. La sexualidad entra a formar parte de una política de población cuya estrategia es la pedagogización de la familia, instaurándose así una forma homogénea de enunciación de la sexualidad.

2. El enunciado de utilidad

Referido a las clasificaciones de estado: ser madre, ser hijo, ser esposo, y a las clasificaciones de pertenencia: ser de clase tal, ser del partido tal, propias de la familia, da cuenta de sus procesos de constitución, mantenimiento y transformación, de dos maneras distintas. En la primera, denominada propositiva, los procesos son temporalmente orientados hacia un fin que requiere hacer uso de otra clasificación, de estado o de pertenencia, para ser alcanzado. Esta finalidad da origen a una estrategia de acción expresamente buscada: el uso del otro para el logro del fin. La segunda, denominada afirmativa, se manifiesta cuando aparece el gerundio estar siendo, el cual no entra en ninguna clasificación por no tener finalidad. Ello hace emerger una singularidad que es el espacio propio de la producción deseante, en el cual al regir ninguna forma no hay ni sujetos ni pertenencias. No se pertenece a éste en una temporalidad, se está en él.

Un ejemplo de una interesante estrategia propositiva se encontró en todas las generaciones de los más pobres. A través de esta estrategia, las clasificaciones de estado o de pertenencia propias a la familia acceden a una forma que puede ser ocupada por cualquier contenido. Las formas dan lugar a estados, ser padre, ser hijo, ser esposa, pero sus contenidos no están asignados por la clasificación, de tal suerte que cualquier individualidad puede ocuparlas, al rotarse las funciones. Miremos ésto con algún detalle:

En la región del proveer, las funciones proveer-ser proveído son indistintamente ejercidas por el padre, el hijo, la madre, de manera que todos se proveen a sí mismos o todos proveen para todos, sin estar establecida ninguna clasificación que haga que unos provean y otros sean proveídos. Lo que determina el ejercicio de esas funciones es la posesión del dinero. Quien posee el dinero es el proveedor de aquellos de la familia que están con él. En el cuidado ocurre algo similar pero no orientado por la posesión del dinero. La asistencia que se introduce por todas las puertas ya descritas, es asunto del azar y se «obedece» a su regulación solamente bajo las circunstancias de su presencia visible. La asistencia es algo que debe ser tomado si está disponible para tal efecto. El castigo que introduce las formas de pedagogización de la familia aquí es usado sin finalidad. A los niños se les castiga, inclusive se siguen ciertas regulaciones tendientes a la pedagogización familiar, pero bajo circunstancias azarosas, sin reglas. En la región de la alianza, se inserta una nueva forma de utilidad que está regida por la pasión. La conyugalidad se liga por la pasión, sin que entren a regir en ella clasificaciones de otra índole, por ello, cuando la pasión se desvía, la conyugalidad se rompe. La ruptura de la conyugalidad lleva consigo la fragmentación de la familia y cada fragmento forma, a su vez, una familia independiente de la otra.

En ninguna de las circunstancias descritas hay inmovilidad de la función y de la forma. La forma aparece solo bajo circunstancias específicas y se pliega a lo que la mediación le obliga. La mediación necesita un signo de presencialidad y, una vez retirado éste, la forma se despliega. La familia así constituida puede tomar cualquier tipo de forma de acuerdo con aquello que la mira, estableciendo con esta mirada una relación que podría ser denominada de utilidad, pues está dirigida a una finalidad en particular, plegarse y desplegarse de acuerdo con el ojo que la mire. Esto se logra mediante la exclusión de toda regulación del segmento familiar, pues al no existir juicio para las acciones, ellas se realizan orientadas a las circunstancias que las producen.

Con la generación de los abuelos más ricos aparece la forma del enunciado de utilidad denominada afirmativa. En ella se constituye el espacio de lo joven que se sitúa entre el ser hijo y el ser padre, el cual no está determinado por una pertenencia o por un estado. La estrategia para constituir este espacio es transformar la marca de clase en producción deseante a través de una serie de acciones que se orientan a la liberación, por el saber, de los enunciados de asistencia y de utilidad, buscando dar cuenta de las clasificaciones para poder escapar a ellas. Al no estar sujeto a clasificaciones, el espacio de lo joven no da lugar a formas. No se pertenece a él, se está en él. Por ello, es del orden del estar siendo, lugar habitado por el flujo del deseo.

3. El enunciado de honor

Está referido a los signos que denotan la pertenencia a la ascendencia, es decir al reino del padre. La ley del padre se superpone a los códigos para producir una sobrecodificación que hace que todo esté direccionado a una finalidad única que es el mantenimiento del padre en el lugar del rey. Lo que es propio al rey es el derecho sobre la descendencia, poder absoluto que se instaura en los márgenes de lo prohibido y lo permitido. Los signos de pertenencia se escriben así en la distancia que separa al deudor del acreedor para asegurar que la deuda solo se pague con la muerte.

Para la generación de los tatarabuelos, aquello que nombra el nombre del padre es la patria. La patria es la guerra, la política y la religión. La patria debe ser defendida con orgullo por el hijo y los signos que expresan ese orgullo son los emblemas de la guerra. El triunfo en la guerra que asegura el dominio del padre, obliga al hijo a entregar su sangre. La patria tiene los colores de la política y la política es un signo que expresa la pertenencia a un linaje, por ello se confunde con la sangre; portar el emblema del padre es portar el color de sangre que nombra al padre. La patria tiene dogmas que se manifiestan en credos y ritos, por ello la religión es un signo que expresa la moral del padre. También hay ideologías: La religión y la política se encuentran para significar el nombre del padre en la guerra que defiende la patria.

Con los bisabuelos se establecen nuevas relaciones entre guerra, religión y política. Por ello, la marca ya no es la patria. Es la política la que orienta la guerra y le da un nuevo lugar al credo, al estar asociada con un color de partido. Todo padre tiene un color político, pero ahora hay más de uno. Como si el lugar del padre quedara vacío. Lugar vacío que terminará por desplazar a la política y a la religión como signos del honor.

Con los abuelos, los más ricos continuarán con la marca de la política. Ella es asunto de alianza. El hijo garantiza así su pertenencia al padre. Para los pobres, la política deja de ser signo de pertenencia al padre y al dejar de serlo se separa de la sangre, ya no es asunto de honor.

Con los padres, la política es desplazada del terreno del honor. La sangre no tiene color y por ello la pertenencia habrá de buscar nuevos signos: la racionalidad del juicio hará optativa la pertenencia al partido.

4. Enunciados referidos a los afectos

Denominamos afecto a aquella potencia que posibilita la acción de un cuerpo ya sea para aumentarla o para disminuirla. A la idea que se tiene de ella, la llamamos sentimiento. Desde esta perspectiva, es posible hacer una distinción de los afectos en positivos y negativos. Los positivos serían aquellos orientados a aumentar la acción del cuerpo, los cuales, en nuestro caso, forman parte del enunciado de utilidad y se refieren a finalidades tales como la felicidad, el goce, la serenidad, entre otros. Los afectos negativos serían los encaminados a disminuir la acción del cuerpo, su aparición no necesariamente está ligada con ninguno de los enunciados considerados como propios del agujero familiar.

Como ejemplo de los afectos negativos, expondremos el sufrimiento, caracterizado por sentimientos que impiden la acción, al atribuir su causa a una fuerza paternal, superior, exterior o suprema. Estos sentimientos son:

El resentimiento: entendido como una inconformidad del hijo en contra de la autoridad paterna, inconformidad que hace que la acción de sometimiento sea valorada negativamente por el hijo, sin dar lugar a una puesta en duda de la autoridad paterna. Este sentimiento se produce entre padres e hijos de los más pobres, en la generación de los tatarabuelos.

La resignación entendida como el sometimiento a la condición que el «destino» determina. Aunque el destino es valorado negativamente, sus designios son considerados absolutos, de tal suerte que es imposible actuar en contra de ellos. El destino está referido a la condición de servilismo ya sea como trabajador, ya sea como hijo o esposa, en cuanto debe haber obediencia frente al que detenta la autoridad, padre, esposo, patrón. A la condición de pobreza, que hace visible la carencia. A la condición de creyente frente a un dios omnipotente, que es quien produce la acción. A la condición de un mundo masculino, traducido en el acceso a cierto tipo de saber intelectual, que está vedado para la mujer. Este sentimiento está presente en todas las generaciones tanto para los ricos como para los pobres.

La conformidad es aceptación de las condiciones de una norma o de una ley, en cuanto su justificación obedece a tal grado de inmutabilidad que hace que aquello que ostente la ley sea un destino legitimado, de tal suerte que no puede existir una acción de transformación posible, ni sentimiento negativo. Hay conformidad con la ley del padre tanto en la autoridad ejercida sobre su descendencia como en la regla de la alianza. Hay conformidad en el trabajo con la condición de esposa, en cuanto la mujer acepta no trabajar. Hay conformidad en la propiedad con la condición de carencia en cuanto el trabajador acepta la propiedad del patrón. Este sentimiento aparece solamente en la generación de los bisabuelos y se mantiene en las demás, tanto para los ricos como para los pobres.

La inconformidad implica la aceptación de la norma o de la ley, pero bajo un juicio negativo que hace aparecer la impotencia como causa de la inacción. Se presenta referido a la condición de pobreza y al honor. Aparece en la generación de los bisabuelos, en los menos pobres y en los menos ricos.

La injusticia supone el conocimiento del derecho frente a la legitimidad de las acciones y permite juzgar tanto al derecho en sí, como a las acciones a las que ese derecho se aplica. En tanto no da lugar a acciones dirigidas a cambiar una circunstancia, sino solamente a juzgar una acción, es negativo. Aparece bajo condiciones laborales citadinas, para la generación de los abuelos pobres.

4. Conclusiones

La violencia en tanto que macropoder determina de antemano una articulación de dominación del socius al deseo. Exaltada a tal grado que se vuelve invisible, es la que vigila, la que controla para subyugar y dominar. Esta violencia que como socius busca su reproducción escogiendo para ello los caminos más perversos, más subterráneos y más eficaces, distribuye sus funciones en agentes delegados y asigna roles a través de estrategias variadas y plurales, para condenar y marginalizar todo aquello que le hace una fractura. Por ello, la violencia del cuerpo lleno es una macro-violencia que al actualizar los micropoderes o estrategias, les impone a las fuerzas de acción y de reacción una forma que debe ser alcanzada, circunscribiéndolas a determinados circuitos.

El segmento familiar-como la más ínfima de las organizaciones molares del cuerpo lleno- evidencia esas expresiones de lo que hemos denominado macro-violencia. El enunciado de asistencia traza al detalle cada uno de los micropoderes en la ruta de la vigilancia y el control. En esta ruta, la de Edipo, todos somos papá, mamá, hijo, normalizados, civilizados. Contamos con un cuerpo controlado que es sólo uno, sexualizado, pedagogizado, moldeado, disciplinado. Nuestro cuerpo no es más que una biopolítica.

Pero ésta no es la única manifestación de violencia; en nuestra particularidad se hacen visibles violencias más sutiles que ponen a actuar otros socius: el despótico y el territorial al lado del capitalista. El enunciado de honor, junto con algunas manifestaciones de los enunciados de asistencia y utilidad, son expresiones de la existencia de un socius patriarcal despótico que deja como residuo el sentimiento de sufrimiento al ser atrapado por la axiomatización capitalista. No se trata de un juicio moral del sufrimiento, lo que puede ser llamado violencia en este caso es el hecho de que el sufrimiento está ligado a la inacción, manifestada por los afectos de resentimiento, resignación, conformidad, inconformidad, e injusticia. La presencia del socius despótico como reterritorialización en el socius capitalista produce un cuerpo impotente ligado indefinidamente a esta forma, el poder que le es propio sólo le permite la producción de ideas que se constituyen en explicaciones de su impotencia, lo cual no hace sino reafirmar su imposibilidad de transformación.

El enunciado de utilidad además de evidenciar las violencias descritas, hace visible una distinta: la traición. La familia que se pliega es afección, que al tomar siempre la forma de lo que la mira en su condición de presencia actual, parece ser esa forma: obrero, siervo, esposo, esposa, hijo... Operación que direcciona el flujo a un socius que es el cuerpo lleno que le da forma. Y simultáneamente, liberación del flujo para operar una nueva conexión en la que la forma se desvanece para volverse a formar en un nuevo parecer, dependiendo del ojo. Lo plegable al estar siempre ligado a una mirada, es producto de ésta: cuerpo improductivo que extrae su energía del ojo que lo mira. El deseo ha quedado preso en su propio fluir, ya no puede más que consumirse en una aventura cuyo desenlace es su agotamiento, la muerte.

Pero no todo es violencia: la producción deseante cuando subyuga la máquina social permite actuar libremente al deseo, al hacerlo fluir, liberándolo de la imagen edípica de la familia. El deseo es así libre de producir intensidades, al estar poblado de sustancias no formadas. La producción deseante arruina, deteriora o impide la eficacia del micropoder, haciendo estallar una pluralidad de regímenes de signos que atacan la homogeneidad que nos inducen a una misma comprensión inmediata, a la que nos orienta el cuerpo lleno del capital y el régimen semiológico.

Por ello, en nuestra particularidad no sólo hay violencia. El enunciado de utilidad también permite la manifestación de la producción deseante en un agenciamiento colectivo de enunciación. La constitución de lo joven como aquello inclasificable por estar en el entre-dos de los estados ser padre, ser hijo, es una producción deseante que tiene lugar en el segmento familiar. Unico caso en que el segmento familiar permite que el deseo fluya. Lo joven es una intensidad que bajo el gerundio del estar siendo, produce un cuerpo informe.

Cuerpo biopolítico, cuerpo impotente, cuerpo consumo, cuerpo vulnerable, manifestaciones de nuestras violencias particulares en las que la familia está instalada, porque eso es lo que ella es. El segmento familiar resulta estar atravesado por un número relativamente pequeño de enunciados que le dan la forma de esos cuerpos por efecto de su resonancia. Lo que escapa, la única producción deseante, se hace posible justamente porque se sitúa en el margen del segmento familiar, en el entre dos del padre y del hijo en donde la familia pierde su nombre.

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La universidad colombiana: ¿opción agotada?

The Colombian university: exhausted option?

A universidade colombiana: opção exausta?

César Humberto Arias Pabón*


* Licenciado en Ciencias Físicas e Ingeniero Geógrafo. Postgrados en Hidrología, Física Nuclear, Investigación y Docencia, Politología y Dirección Universitaria. Decano de la Facultad de Ingeniería en Recursos Hídricos de la Universidad Central y Presidente Fundador y Honorario de la Asociación Colombiana de Ciencias Hídricas.


Resumen

El propósito de este opúsculo es plantear algunas reflexiones acerca dela encrucijada en que se encuentra la universidad. Encrucijada que va másallá de la simple polaridad universidad investigativa - universidadprofesionalizante. El autor tiene la intención de llamar la atención sobre alternativasdiferentes para abordar el problema, que permitan que la razón de serde la universidad se dignifique y fortalezca.


Introducción

A partir de la expedición de la Ley 30 de 1992, es recurrente la referencia al Sistema Nacional de Acreditación en todos los estamentos de una u otra forma vinculados con la educación superior colombiana. En la mayoría de los casos se intuye en él un novedoso mecanismo que contribuirá a lograr altos índices de calidad en las facultades o universidades que ingresen al sistema; al mismo tiempo se renueva la controversia no finiquitada entre las que han dado en llamarse Universidad Investigativa frente a Universidad Profesionalizante.

Este debate tiende a plantearse de forma maniquea, como ocurre con algunos otros temas de interés nacional, alrededor de los cuales se conforman grupos irreconciliables, catalogados apresuradamente de “malos” los unos y “buenos” sus contradictores. En ese ambiente enrarecido que no admite posiciones intermedias se estigmatiza a la universidad profesionalizante, se idealiza a la universidad investigativa y se formula la acreditación como la pócima milagrosa que habrá de solucionar toda la problemática implícita en la educación superior. Yo creo que la Universidad se encuentra en un punto crítico, el más difícil y complejo, que incluso amenaza su viabilidad como institución de importancia en la civilización contemporánea.

La encrucijada nacional

Aunque con códigos, normas y reglamentaciones que sobre el papel regulan el comportamiento de los colombianos en todo sentido, la realidad del país marcha por caminos que poco o nada tienen que ver con la legislación, convertida así en letra muerta. Bien lo anota el escritor García Márquez:

«…somos fanáticos del legalismo, pero llevamos bien despierto en el alma un leguleyo de mano maestra para burlar las leyes sin violarlas, o violarlas sin castigo…».

En un país con una marcada crisis de institucionalidad, las entidades que representan el establecimiento en los diversos aspectos propios de la vida nacional, están sometidas al desmedro de su imagen y a la descalificación pública de su actividad. Dicho fenómeno, claro está, incluye a la educación superior colombiana.

El prestigio antiguamente implícito en las actividades académicas, la posibilidad de reconocimiento social, de ubicación laboral adecuada, -con los consecuentes ingresos económicos propicios para una existencia digna-, e incluso el liderazgo comunitario que representaba la titulación superior, son eventos poco comunes en la organización social de la actualidad, signada por una total confusión entre medios y fines.

Los paradigmas y las posibilidades de realización humana ayer centrados en la terminación de una carrera profesional, han derivado hacia otro tipo de intereses, aún aquellos propios de la ilegalidad y el crimen. Algunas de sus manifestaciones han minimizado la validez de la academia, la ciencia y la investigación como opción de vida y mantienen acorralada y contra la pared a la Universidad en particular y a la sociedad de bien en general, por su posibilidad de obtener sin esfuerzo ingentes sumas de dinero.

Si a ello agregamos la terrible dialéctica de la “ viveza “ como forma de eludir responsabilidades, que constituye uno de los rasgos más marcados de nuestra idiosincrasia, junto con la inusitada competencia comercial que mantienen los principales grupos económicos en el intento de dividirse el país a su acomodo, amén de la insania de los grupos guerrilleros que con sus secuestros, boleteos, agresiones a la población civil y continuos atentados contra los oleoductos complementan el perfil desgarrador de nuestra realidad, vamos entreviendo las raíces de la intolerancia que campea en todos los rincones de la Patria. Este panorama, en donde se persigue, se acalla, se estropea o se ridiculiza al opositor cuando no se le asesina, resulta ajeno al clima de respeto, dignidad y racionalidad que por antonomasia rige las relaciones en la Universidad.

El panorama de la educación superior

En semejante escenario surge el cuestionamiento a la educación superior como cuestionadas han sido todas las fuerzas vivas de la nación, situación que se extiende de manera obvia a las instituciones encargadas de impartirla.

Se señala entonces que los sistemas educativos vigentes insisten en ampliar la cobertura en términos cuantitativos, pero no la calidad; en la instrucción pero no en la construcción del conocimiento; que los valores y principios permanecen al margen; se olvidan las organizaciones y no existe participación de las comunidades en el diseño, la crítica y menos en los beneficios de la educación y, que no se reconoce ni patrocina la “biodiversidad intelectual”, entre otras muchas manifestaciones de sus falencias.

La respuesta del Estado en ejercicio de sus facultades supremas de inspección, vigilancia y orientación de la educación como servicio público, fue la creación del Sistema Nacional de Acreditación como elemento fundamental de la Ley 30 del 29 de diciembre de 1992, cuyo objetivo primordial es garantizar a la sociedad que las entidades que hacen parte del sistema cumplan los más altos requisitos de calidad y que realicen sus objetivos. Aunque se acota que es voluntario de las instituciones de educación superior acogerse al sistema de acreditación , a futuro se espera que la opinión pública y los interesados en ingresar a la universidad no tomen en consideración aquellas no acreditadas.

Las inquietudes generadas a partir de la expedición de la norma son muchas; en aras de ganar en concreción y claridad mencionaré algunas:

  1. Las universidades colombianas han respondido en gran medida a los retos que cada época del desarrollo histórico del país les exigió. Pretender desconocer sus logros con el fácil expediente de que en la actualidad sólo se ocupa de una función profesionalizante, luego de que proporcionó al mercado laboral de los sectores público y privado personal idóneo que contribuyó con su aporte al progreso económico y social de Colombia, es desproporcionado por decir lo menos. Un fenómeno de crisis generalizada no puede ser endosado de manera exclusiva a la educación superior.
  2. La norma per se no garantiza el cambio en la función educativa de la Universidad. Ello responde más bien a un proceso que debe involucrar de manera consciente y comprometida a todos los estamentos de cada una de las instituciones. En este propósito entiendo válido considerar la etapa profesionalizante de la Universidad como un requisito previo para avanzar hacia la etapa de gestación de ciencia y tecnologia.
  3. La presumible sanción social para las universidades que no entren al sistema de acreditación no será un hecho real, en un panorama deficitario en cupos como ocurre en Colombia. Tal vez el resultado que se irá a obtener es una mayor estratificación entre los establecimentos, problema que precisamente se busca superar. Es necesario reconocer que en el proceso de desarrollo de la función profesionalizante hacia la función investigativa algunas instituciones se encuentran más avanzadas que otras; se espera entonces contar con asistencia especial del ICFES para aquellas que están en las fases iniciales y garantizar así que la Universidad Colombiana en su conjunto alcance los estándares de calidad que prevee el sistema de acreditación.
  4. Hoy en día la Universidad no es el único lugar para la producción de conocimiento y ciencia. Institutos públicos y privados se han adentrado con éxito en estas actividades colocándose a la vanguardia, principalmente porque han comprendido que los cambios tecnológicos tienen un ciclo de renovación corto, al tiempo que los conocimientos se tornan obsoletos; en consecuencia van incorporando la tecnología en todos sus procesos mientras la educación superior permanece con sus currícula inflexibles y desactualizados.

Otros caminos

Se antoja evidente, de acuerdo con lo expuesto, que la Universidad ve erosionada su imagen a la vez que pierde legitimidad y relevancia social, mientras en el interior nos desgastamos en controversias bizantinas lejanas de una realidad que nos afecta a todos, e insistimos como única alternativa en el enfoque investigativo sin caer en la cuenta que la cultura universitaria de investigación requiere tiempos y espacios pertinentes que son el resultado de un proceso y no de la imposición arbitraria de una norma.

Sugiero entonces que en el contexto del Sistema Nacional de Acreditación y de los nuevos condicionamientos que se están dando en la educación superior, la Universidad Colombiana recupere el liderazgo perdido, retome su protagonismo y beligerancia en el análisis de los grandes problemas de la vida nacional, redefina su ser y quehacer pero inmersa en nuestra realidad, mientras fortalece sus funciones vitales de creación, juego y arte para que el Alma Mater vuelva a iluminar la ruta del país, para que vuelva a significar una oportunidad decorosa de realización.

En este orden de ideas y como conceptos de referencia para avanzar hacia los propositos descritos, señalo:

  1. Más que el trabajo o el capital, hoy en día el conocimiento es variable fundamental en la generación de riqueza. Su producción ya no es individual, sino fruto de una práctica institucionalizada a través de grupos interdisciplinarios de trabajo. Se requiere en consecuencia romper el aislamiento entre las diversas unidades docentes en cada universidad y fomentar más bien su permanente interacción para que todos participemos en la construcción del nuevo quehacer universitario.
  2. Obviar la visión de la ciencia neutra como receptáculo de conceptos verdaderos y la existencia de un sólo método científicamente válido. Fomentar a cambio el esquema de grupos organizados en torno a paradigmas en permanente confrontación. Ello implica modificar la actitud de una docencia que enseña el resultado de la ciencia de manera técnica como producto acabado, en lugar de enfrentar a los estudiantes a la pregunta sistemática, el argumento fundado y razonado, a la permanente indagación, a la duda.
  3. Promover un cambio en la relación Estado-Educación Superior. El gasto público en este rubro no puede seguir benevolente y discrecional, sin vincular la inversión a metas definidas . Los incrementos presupuestables o la autorización de nuevas tarifas en los servicios académicos deben pasar por la evaluación socioeconómica de resultados.

En las instituciones de educación superior deben considerarse conceptos empresariales de gestión y organización que han demostrado su bondad en entidades de otra naturaleza como eficiencia, eficacia, pertinencia y relevancia, los cuales las han colocado en una situación acorde con las exigencias del cambiante y dinámico mundo moderno. La universidad está llamada a romper su hermetismo, a abrir sus puertas a la realidad por agobiante que sea y a dinamizar y liderar la evolución del pensamiento, de la inteligencia y del conocimiento humanos.

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Investigar en facultades de comunicación social: apuntes para su reflexión

Investigate in social communication faculties: notes for your reflection

Investigue em faculdades de comunicação social: notas para sua reflexão

José Fernando Serrano A.*


* Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Catedrático de la Facultad de comunicación Social-Periodismo e Investigador del Departamento de Investigaciones de la Universidad Central.


Resumen

¿Qúe implica hacer investigación en facultades de comunicación social? Con esta pregunta el autor propone algunas pistas en las discusión sobre qué y cómo investigar desde las universidades, enfatizando su necesaria y estrecha relación con los entornos sociales y la interacción entre quienes son parte del proceso de creación de conocimiento.


El presente documento es un ensayo sobre mi experiencia como docente en el área de investigaciones de una facultad que forma comunicadores-periodistas. Sin pretensiones exhaustivas, quiero señalar algunas consideraciones con respecto al lugar que ocupa y puede ocupar la investigación universitaria, en particular la realizada al interior de una facultad de comunicación social –FCS–.

INVESTIGAR EN COMUNICACION, INVESTIGAR EN FCSs

En primer lugar quiero hacer una diferencia: investigar en FCSs no es igual a investigar en comunicación social. Si entendemos la investigación en\sobre\de la comunicación como el ejercicio de reflexión científica sobre el hecho comunicacativo, éste no es exclusivo a lo realizado dentro de los ámbitos de las FCSs, ya que puede ser abordado por otras instancias y disciplinas sociales, no necesariamente comunicativas. Del mismo modo, la investigación que se lleve a cabo en una FCS no tiene que ser en exclusivo sobre temas considerados como comunicativos, más sí lo es su enfoque.

Tanto la consolidación del discurso comunicativo, como su investigación han sido alimentados por otras disciplinas sociales –sociología, ciencia política, psicología–, aunque de un tiempo para acá se avanza en la creación de un discurso comunicológico, que en todo caso no se aparta de las llamadas ciencias sociales. De este modo la comunicación social toma distancia de concepciones mediáticas o incluso técnicas de la comunicación, para entenderse desde la pregunta por la producción cultural. Hoy, investigar en comunicación es investigar la cultura, y al mismo tiempo quienes investigamos la cultura pensamos más en comunicación.

Al mirar las condiciones en que se hace investigación en América Latina, la de comunicación está en un tercer grado de marginalidad: (i) la de la investigación científica de los contextos sociales generales; (ii) la de las ciencias sociales dentro de las otras ciencias; (iii) finalmente, la de la comunicación entre las ciencias sociales (Sánchez, 1994).

El tema se complica si miramos la forma como se ha llevado a cabo la investigación en comunicación. Para el mismo autor, mientras se avanzaba en la solución de problemas epistemológicos y teóricos se descuidaban los aspectos metodológicos, que en muchos casos han provenido de otras disciplinas. Los análisis de contenido de medios en parte provenían de métodos literarios y lingüísticos; los estudios sobre efectos, de la psicología; las interpretaciones de la cultura de masas, de la semiología y la teoría crítica; los trabajos de comunicación para el desarrollo usaban técnicas de la sociología y el trabajo social y en el caso de las posturas cuestionadoras del orden comunicativo, los análisis políticos.

Dice Sánchez: «Hemos tendido a ser más filósofos, poetas y periodistas, que científicos sociales.» (1994: 231). Claro que con el desplazamiento de los paradigmas de la investigación en comunicación a partir de la década de los ochenta hacia la relación comunicación-cultura, se ha ido consolidando un conjunto de perspectivas teóricas y metodológicas propias y apropiadas de otras ciencias que van creando el status de la ciencia comunicativa.

Ahora bien. Entre la diversidad de formas de entender la investigación social, ésta tiene tres elementos básicos: (i) es una relación social, (ii) es una practica social y (iii) es una construcción de realidades. Con lo primero quiero señalar que el referente de las ciencias sociales, y por ende de su investigación, no es un «objeto» sino un sujeto, entendido como ser social, móvil, autónomo y dialogante, con el cual se interactúa en una relación de doble vía. Con lo segundo hago referencia a que la investigación se origina y lleva a cabo en contextos sociales específicos, marcados por intereses y necesidades históricas y determinaciones políticas. Con ello – lo tercero– se dibuja una o muchas formas de entender una realidad que en sí misma es inaprehensible.

En el caso de la investigación en comunicación en América Latina, varios autores (Moragas, 1991; Marques de Melo, 1987; White 1989) han señalado cómo buena parte de lo hecho hasta el momento está marcado por los contextos políticos vividos por los investigadores y su crítica a las relaciones internacionales de poder, a la circulación de las mercancías y al orden mundial que éstas crean; lo anterior permite observar en la comunicación la relación existente entre las implicaciones políticas del conocimiento elaborado y la búsqueda de alternativas propias a las situaciones analizadas. De esta forma investigación y entorno social han estado en estrecha relación.

Haciendo una revisión breve, los principales paradigmas en la investigación de comunicación se corresponden con las corrientes teóricas en boga en cada momento y/o los discursos críticos a éstos. Así, de los estudios de corte funcionalista, inspirados en el modelo lasweliano de la comunicación (emisor-medio-receptor), se originaron estudios sobre los efectos que los mensajes de los medios de comunicación tendrían en los receptores. Marcados por un idea lineal de la comunicación y por modelos conductistas tipo estímulo-respuesta, los investigadores buscaban averiguar qué tan «bien» recibían los receptores –pensados como sujetos pasivos– los productos emitidos.

Con orientaciones similares, entre los años cincuenta y sesenta, el tema a investigar era el uso de los medios de comunicación para la difusión de innovaciones tecnológicas, en un contexto de expansión de modelos desarrollistas originados en los países occidentales que salían de la crisis de la posguerra. En este caso, los medios se veían como canales para «transportar » conocimientos a los receptores, ubicados en el extremo de la relación. Tal vez por eso en los años siguientes van a ser tan importantes las corrientes críticas al orden comunicativo mundial y la búsqueda de procesos comunicativos participativos y propios.

De estas corrientes críticas, inspiradas en parte en la Escuela de Francfurt y el estructuralismo francés, van a nacer muchos de los más importantes teóricos de la comunicación en latinoamérica, algunos de ellos partiendo del análisis del contenido de los medios, de la revisión de la producción y circulación internacional de comunicación o de los grandes monopolios y consorcios comerciales. Los años setenta y parte de los ochenta vieron la irrupción por campos y barrios populares de una diversidad de procesos comunicativos llamados alternativos, por su contraste con los grandes medios monopólicos. Gracias a este esfuerzo por hacer del Otro el protagonista y productor de su propia comunicación va a ser posible desde los ochenta empezar a hablar de «democratización» de las comunicaciones o «comunicación participativa ». A esto se suman los cambios vividos en los estados latinoamericanos como respuesta a los crecientes movimientos sociales y a la crisis económica de la década.

Al mismo tiempo, la dimensión de la cultura toma lugar relevante y prioritario en los nuevos temas de investigación en comunicación: el clásico modelo comunicativo de Laswell da paso a nuevos conceptos en los que tanto emisores como receptores son vistos como sujetos sociales pertenecientes a contextos culturales productores de sentido, desde los cuales se relacionan entre sí.

Las formas de participación, la descentralización administrativa, la democratización en las relaciones sociedad civil/sociedad política, el surgimiento de nuevos movimientos sociales y de reivindicaciones étnicas, de género o de identidad cultural, entre otras tendencias, hacen que hoy vivamos un mundo en el cual lo micro y lo local se convierten en escenarios privilegiados para la construcción de lo social.

Pero al mismo tiempo estamos en procesos acelerados y crecientes de homogenización y puesta en escena internacional de la cultura, favorecidos por la globalización económica y la diversificación de las tecnologías que aumentan las formas de comunicación y la transmisión de datos. De este modo las distancias se acortan y el mundo se hace más común, en un nuevo movimiento de fuerzas internacionales.

Las dos tendencias descritas – particularización y globalización–, conviviendo juntas y de dirección contraria, hacen que hoy los escenarios de acción de los científicos sociales y dentro de ellos los comunicadores, sean más los ámbitos locales, pero necesariamente pensados y enfocados desde dimensiones globales.

Investigación y universidad

A continuación presento una serie de aspectos que pueden orientar la discusión al interior de las FCS sobre el papel de la investigación en el proceso académico.

1. La investigación universitaria. De acuerdo con trabajos de Colciencias (1991; 1992a; 1992b) y del ICFES (1990) la mayor parte de la investigación científica que se hace en el país se da en las universidades y parece que esta situación se repite en el resto de América Latina (Bruner, 1990).

Sin embargo, el último autor (1990: 219) señala cómo ésta investigación tiene serios problemas por el escaso tamaño de las comunidades investigativas, el lento desarrollo de los programas de educación superior, el bajo gasto en el área y su origen casi exclusivamente público acompañado de la escasa participación de los sectores productivos, y en general el «peso marginal» de la producción científica latinoamericana en relación con la del resto del mundo, situación que enfatiza el desequilibrio en la producción de conocimiento.1

Ante este panorama tenemos que ver dos dimensiones del problema: (i) la necesidad de políticas con respecto a la investigación universitaria –siendo la universidad el principal escenario de producción de conocimiento– por parte de las entidades nacionales competentes, sobre lo cual existen ya una serie de legislaciones, una de las más recientes la Ley 30 de Educación; (ii) a la necesaria creación de instancias al interior de las universidades encargadas de la institucionalización2 de la investigación se debe agregar una política comprometida que fomente y se apropie del hecho investigativo, de acuerdo con los objetivos de las entidades y su ubicación en el escenario académico nacional e internacional.

De este modo, la investigación al interior de las FCSs se imbrica dentro de las políticas investigativas formuladas por las universidades y estas a su vez dentro de las estrategias planteadas por las entidades competentes a nivel nacional y regional. En ello, los centros de investigación o áreas responsables dentro de las FCS ocupan un papel prioritario pues son éstos los eslabones en contacto directo con la comunidad universitaria y el entorno social con el cual interactúan, labor que no puede abordarse sin unos derroteros claramente definidos y sobre todo operativos. A la par, debe pensarse la política laboral de las universidades, en particular las privadas, ya que con los actuales sistemas de contratación es difícil garantizar la continuidad en los procesos académicos. No se trata de repetir al infinito documentos con formulaciones sobre el ejercicio investigativo, sino más bien de ir conectando, como en una cadena, las diferentes instancias implicadas en el proceso.

2. FCSs y entorno . Los tres elementos señalados para entender la investigación social confluyen en que todos implican la creación de formas de interacción con las diversas realidades en que se mueve la investigación.

Si comunicar es relación entre diversos sujetos, tanto sociales como individuales, la investigación en FCSs se orientaría hacia comprender las formas y modalidades que toma tal interacción y su papel en la construcción de realidades, de sociedades y de culturas; quienes construyen cultura, ¿cómo lo hacen?, ¿qué elementos ponen en juego para ello? serían preguntas pertinentes y a las cuales sólo es posible responder mediante la relación con los sujetos y sus contextos de producción cultural.

Por ello las llamadas actividades de extensión que se realizan en las FCSs no pueden entenderse como el campo de prácticas de los estudiantes, sino que representan la puesta en contexto de la academia; allí se da la necesaria confrontación con Los Otros, sujetos reales y actores de sus propios mundos. De ese modo se hace evidente el compromiso y la responsabilidad social de las universidades y las FCSs, así como las implicaciones políticas – en sentido amplio del término– del conocimiento creado o dejado de crear mediante la investigación. Mientras la academia, y de ella la universidad como su expresión evidente, no recree la incidencia social que le compete como indagadora por las realidades sociales, vamos a seguir siendo los convidados de piedra a una mundo que lleva su propia dinámica y en cual otros son los protagonistas.

3. Al interior de las FCS. Hacer investigación dentro de FCSs va más allá de la formulación de temas a trabajar dentro del pensum de las carreras, que si bien son necesarios para orientar el trabajo, se agotan ante el surgimiento de nuevas inquietudes y otros objetos atractivos; más bien, se trata de que la investigación permita la creación de múltiples estrategias para resolver preguntas del entorno mediante la formulación de programas de investigación, lo cual supone la adquisición de un conocimiento amplio tanto de los contextos sociales en los que se vive como de los aportes hechos por las propia disciplina.

Es conveniente hacer una revisión sobre la forma como se están abordando las especificidades profesionales dentro de algunas FCSs así como la división en áreas de trabajo –producción, contextualización, investigación– que si bien es necesaria para clarificar responsabilidades y destrezas profesionales, crea una separación no siempre fácil de resolver al momento de integrar actividades, pues cada área marca su propia dinámica; no es extraño que se tengan logros en la realización de medios, pero que tales productos estén descontextualizados de la realidad nacional, o que se haga muy buena reflexión pero que ésta no pueda expresarse en un medio, o que las dinámicas investigativas vayan por un camino diferente al de las otras dos.

Si se trata de hacer la academia más cercana a la realidad, de donde no tendría por qué separarse, las FCSs deben buscar el diseño concertado y la puesta en marcha de grandes proyectos y/o programas de investigación que integren el proceso curricular, involucrando docentes y estudiantes desde las especificidades profesionales pero con miras a resolver problemas comunes. Las posibilidades de financiación de tales actividades estarían de acuerdo con la incidencia que tales proyectos presenten y una necesaria capacidad de negociar a desarrollar por las FCSs. Y sería la publicación, como puesta en escena común mediante diversas expresiones comunicativas –no sólo impresas o masivas–, la que evaluaría los resultados presentados. Lo anterior implica un cambio en las estructuras curriculares de modo que desaparezcan más materias aisladas y se aumenten los talleres en donde confluyan varios docentes de diversas áreas.

Cierro esta parte con una reflexión sobre la interdisciplinariedad. Si bien vivimos en una época en donde cada vez se anuncia más el desvanecimiento de fronteras, tanto físicas como de conocimiento, con las consiguientes consecuencias para las formas de organización social, el tema de la interacción entre disciplinas aún es un asunto difícil de abordar. Lo que si va siendo cada vez más claro es que no se trata de agrupar variadas profesiones en un campo de trabajo, como especie de sumatoria de objetos. Así sucede en el caso de muchos curricula en los cuales por tener unas materias de las principales áreas del conocimiento se consideran interdisciplinarios. Si seguimos con la idea de lo inter se trata de crear interacción, lo cual sólo puede lograrse de existir los escenarios para ello. En el caso de las FCSs son los mencionados proyectos los que permitirían la creación de estos espacios de confluencia entre profesiones y perspectivas de trabajo.

Profesionalización de la investigación

La gestión y administración de proyectos es un tema poco abordado en la discusión sobre la investigación, pero que necesariamente toca asumir ante las dinámicas que toma la producción de conocimiento y la profesionalización de la sociedad contemporánea.

Si observamos lo dicho por Bruner (1990) con respecto a los principales problemas presentados en el ejercicio investigativo, es un diagnóstico similar al hecho por Colciencias (1992) para la investigación en ciencias sociales, donde se señalan como puntos comunes la falta de vinculación con las corrientes internacionales de creación de conocimiento, la dispersión entre los grupos de trabajo, las dificultades en la formación del personal científico, la limitada oferta de postgrados, la concentración territorial y la precaria financiación.

Tal variedad de problemas requiere múltiples estrategias de acción, que van desde las señaladas políticas nacionales y regionales sobre la Ciencia y Tecnología, pasando por los compromisos universitarios, de las asociaciones científicas y docentes. Desde las universidades se puede contribuir a la solución de tal problema con la formulación de estrategias de gestión de la investigación.

Cualquier proyecto, de la envergadura que sea, requiere de la organización y puesta en marcha de una serie de pasos para ser llevado a cabo; buena parte del éxito del proyecto – valorado por la creación de conocimiento y su impacto social– depende de la forma como esto se gestione. Pensar la investigación desde el punto de la gestión y administración nos acerca a la profesionalización del ejercicio investigativo, en la medida en la cual se hace más efectivo el uso de los recursos de diversa índole, el manejo del tiempo, el seguimiento y evaluación de resultados y la planeación a largo plazo.

De acuerdo con el Cinda (1990) la gestión de proyectos de investigación es el proceso de articulación entre las diversas etapas que llevan a la elaboración de nuevo conocimiento. La gestión empieza desde la formulación del proyecto pensada como la respuesta a un problema, su clasificación dentro de un tipo de conocimiento a crear, los mecanismos para ser negociado con los posibles financiadores, la definición de roles y responsabilidades, su puesta en marcha y seguimiento, hasta el momento de la evaluación de los resultados.

Así, el ejercicio investigativo deja de ser visto como una actividad individual, aislada y cerrada en centros universitarios, con difícil permanencia, para convertirse en una actividad planeada a largo plazo, cuyos actores son equipos y grupos de trabajo, por lo general interdisciplinarios que participan en programas y no sólo proyectos, entendidos los primeros como estrategias articuladas en políticas nacionales de desarrollo, a manera de «paquetes» integrados y de amplia dimensión; mientras, los proyectos se definen como una acción puntual, de corto plazo y por lo general unidisciplinar (Cinda, 1990).

Las estrategias de gestión que menciono buscan optimizar el trabajo investigativo dentro de las universidades y no pueden ser entendidas como mercantilización del conocimiento o como hacer de las FCSs y las universidades dependencias de mercadeo de las grandes empresas; riesgos que en todo caso se corren en una época en la que predomina la economía de mercado, la competitividad y la privatización. Pero tampoco la universidad puede seguirse pretendiendo independiente de los sectores de la producción económica nacional; se trata de que unos y otros negocien e interactúen en busca de mejores condiciones para ambos y para el país, sin que la universidad pierda su papel critico. Entender la la investigación desde la gestión de proyectos implica crear un conocimiento más acorde con las necesidades del país, del avance de la ciencia y el aprovechamiento de los recursos –tanto humanos como materiales– existentes.

Con respecto al diseño de estrategias universitarias para la gestión de la investigación, las FCSs tienen una riqueza por explotar aprovechando el auge de la comunicación organizacional y empresarial para su formulación, y capacitando estudiantes que puedan abordar el campo de la gestión de proyectos.

Finalizando

Si tenemos en cuenta el planteamiento de que en Colombia prácticamente sólo llevamos dos generaciones de investigadores en ciencias sociales (Colciencias, 1992), la tarea urgente que corresponde tanto a las universidades como a las entidades responsables a nivel nacional es la de consolidar comunidad(es) científica( s). Ellas tienen un papel protagónico en el ejercicio de pensar las realidades y sabemos que sin esto las posibilidades de solución a los problemas que vive nuestra sociedad son menores. Las cifras con respecto a la inversión que hacen los llamados países del «primer mundo» en desarrollo científico hablan por sí solas. la creación de comunidad científica hoy debe hacerse con una pensamiento amplio, global, que favorezca la creación de redes de investigadores, y de roles al interior de los grupos de trabajo (investigador-creador, investigadorgestor, investigador-docente, etc.) y de carrera como investigador social.

Dentro de este esfuerzo compete a los medios masivos de comunicación, en particular, el compromiso con la promoción del conocimiento nuevo y en etapa de creación, y a las FCSs la tarea de hacer del periodismo una actividad científica en sí misma, junto con la formulación de estrategias de comunicación para las asociaciones científicas entre sí y entre éstas y sus contextos sociales. Del mismo modo se requiere que los científicos empiecen a ver la creación de conocimiento como un hecho comunicativo en sí mismo.


Bibliografía

  1. BRUNER, JOSE JOAQUIN 1990 Investigación científica y educación superior en América Latina. En: Memorias del Tercer Seminario sobre Calidad, Eficiencia y Equidad de la Educación Superior Colombiana. Bogotá: ICFES
  2. CATAÑO, GONZALO 1990 Investigación científica y universidad en América Latina. En: Memorias del Tercer Seminario sobre Calidad, Eficiencia y Equidad de la Educación Superior Colombiana. Bogotá: ICFES
  3. CINDA 1990 Administración de programas y proyectos de investigación. Santiago: CINDA
  4. COLCIENCIAS 1992 Convocatoria a la creatividad. Bogotá: COLCIENCIAS
  5. COLCIENCIAS 1991 (a) Ciencia y tecnología para una sociedad abierta. Bogotá: COLCIENCIAS
  6. COLCIENCIAS 1991 (b) Ciencias sociales en Colombia 1991. Bogotá: COLCIENCIAS
  7. MARQUES DE MELO, JOSE 1987 Teoría e investigación de la comunicación en América Latina. Estudios sobre culturas contemporáneas, vol. 1, feb. Colima: Universidad de Colima.
  8. MORAGAS SPA, MIQUEL DE, 1991 Teorías de la comunicación. Quinta edición. Mexico: Gustavo Gili
  9. SANCHEZ, ENRIQUE 1994 La investigación de la comunicación en tiempos neoliberales. En: Comunicación, identidad e integración latinoamericana. Memorias del VII Encuentro Latinoamericano de FELAFACS. Mexico: Universidad Iberoamericana
  10. WHITE, ROBERT 1989 La teoría de la comunicación en América Latina. Telos, #19, sept.-nov. Madrid: FUNDESCO

Citas

1 Esto a su vez está en relación con el número y la calidad de los programas de especialización dentro de la educación superior; en Colombia si bien se ha presentado un incremento significativo en los últimos 15 años, el mayor porcentaje de éste lo tienen las ciencias de la salud (40%) seguidas por las ciencias económicas (16%) y estando en las ciencias sociales en tercer lugar con la ingeniería y arquitectura (12%) cada una (Cataño, 1990)

2 De acuerdo con Ahumada (En: Colciencias 1991, p. 238) la institucionalización de la investigación se refiere a “(…) la aceptación por un grupo social de una actividad como función social importante y valiosa en sí misma y las normas que regulan dicha actividad de modo compatible con otras”. Este aspecto es parte prioritaria de las conclusiones del Seminario Taller sobre ciencias sociales promovido por la misma entidad en 1990, precisando responsabilidades en ello tanto de las universidades, los investigadores y Colciencias, como entidad promotora de la investigación en el país.


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