nomadas52-banner1

Spanish English Portuguese

• Autorretrato 1, Nancy Willis,pastel sobre papel Ingres, 1983 | Tomada de: National Disability Arts Collection & Archive

Capacitismo y neorepresión: tabuización del tacto y agresión sobre las sensibilidades*

Capacitismo e neo-repressão: tabuização do tacto e agressão sobre as sensibilidades

Ableism and Neo-Repression: Tabooization of Touch and Aggression on Sensitivities

DOI: 10.30578/nomadas.n52a2

 

  Versión PDF

 

Brenda Araceli Bustos García**

Resumen

El artículo indaga las formas en que el tacto es tabuizado, lo que representa el inicio de una escalada que normaliza las formas de represión, cuya expresión más álgida es castigar a quienes hacen uso de este sentido: niños y personas ciegas. De ahí que plantee la intersección entre discapacidad y necropolítica como formas de neorrepresión que estructuran la cotidianidad de sociedades capacitistas. Entre las conclusiones encuentra cómo el imperativo “¡no toques!” deviene una orden acatada a lo largo de la vida.

Palabras clave: ceguera, neorrepresión, sensibilidades, guerra contemporánea, capacitismo, experiencia táctil.

Resumo

O artigo indaga as formas em que o tacto é tabuizado, o que representa o início de uma escalada que normaliza as formas de repressão, cuja expressão mais álgida é castigar a quem faz uso deste sentido: crianças e pessoas cegas. Daí que se planteia a intersecção entre deficiência e necropolítica como formas de neo-repressão que estruturam a cotidianidade de sociedades capacitistas. Entre as conclusões se encontra como o imperativo “não toque!” devém uma ordem acatada ao longo da vida.

Palavras-chave: cegueira, neo-repressão, sensibilidades, guerra contemporânea, capacitismo, experiência táctil.

Abstract

The article analyses the ways in which touch is tabooized. This represents the beginning of an escalation of practices that normalize forms of repression, which its most critical expression is to punish those who make use of this sense: blind people. Hence, the paper posits the intersection between disability and necropolitics as forms of neo-repression structuring the daily life of ableist societies. Among some of the conclusions, it presents how the do not touch! imperative becomes an order obeyed throughout life.

Keywords: Blindness, Neo-Repression, Sensitivities, Contemporary Warfare, Ableism, Tactile Experience.

*Este artículo deriva de la tesis doctoral titulada La construcción de marcas de reconocimiento en sociedades ocularcentristas: el caso de mujeres ciegas del AMM. El objetivo fue analizar los discursos sobre la construcción del cuerpo de mujeres ciegas en una sociedad ocularcentrista. La tesis se realizó durante el período 2009-2014, fue financiada por el Consejo Nacional para la Ciencia y la Tecnología (Conacyt) y publicada por el Centro de Investigaciones y Estudios Sociológicos (CIES). A la memoria de las bellas historias de Doris y don Lupe q. e. p. d.
**Profesora-investigadora de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), Nuevo León (México). Doctora en Filosofía con Orientación en Trabajo Social y Políticas Comparadas de Bienestar Social de la Facultad de Trabajo Social y Desarrollo Humano, UANL. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Introducción

Como parte de las conclusiones de la tesis doctoral La construcción de marcas de reconocimiento en sociedades ocularcentristas: el caso de mujeres ciegas del AMM, se encontró que las personas ciegas enfrentan una situación de negación de reconocimiento de sus capacidades. Esta situación ha tenido como resultado la inhibición y la represión en la utilización del tacto como forma para conocer y aprehender el mundo. Por esta razón, analizaremos la tabuización del tacto en las sociedades capacitistas. Para lograrlo, en un primer momento esbozaremos la propuesta teórica de Simmel (2014) y Elias (2012), quienes analizan el lugar de los sentidos en la modernidad. Ambos autores se preocupan por la centralidad que el sentido de la vista comienza a adquirir en la vida cotidiana moderna. Asimismo, ambos autores se interrogan por ¿qué es lo que sucede con los otros sentidos al ocupar la vista el lugar primordial? Esta revisión teórica permitirá responder a las siguientes preguntas: ¿qué factores de la vida moderna impulsan la centralidad de la vista? ¿Qué papel juegan los otros sentidos? ¿Qué sucederá con el tacto? ¿Qué tipo de repercusiones tiene su uso?

Posteriormente abordaremos algunas características de la tabuización del uso del tacto planteadas a partir de la propuesta de Derrida. Enseguida vincularemos estas valoraciones sobre el tacto con las agresiones al desarrollo de otras formas de ser en el mundo que tienen alcances necropolíticos. Esta es la razón por la cual presentamos un esbozo de la propuesta teórica de Mbembé. Finalmente, siendo éste un trabajo cualitativo, presentaremos algunos avances del análisis de entrevistas en profundidad realizadas a personas ciegas que habitan en el Área Metropolitana de Monterrey, Nuevo León (México). Es importante resaltar que la información presentada en este artículo se ciñe a las normas éticas de la revista NÓMADAS.

La intimidad de la mirada: análisis del ver desde la sociología de los sentidos de Simmel

En su propuesta de una sociología de los sentidos, Simmel (2014) abordará el tema de la mirada. Explica cuál es su papel en la modernidad: posibilitar la interacción social. Contraponiéndose a la pragmaticidad de la vida urbana, Simmel considera la mirada como un acto de intimidad, de encuentro o desencuentro con el otro, que, además, puede ser accidental o, en otros casos, deseado y, por lo tanto, intencional. Acto recíproco si el otro corresponde o responde a mi mirada. O, por el contrario, acto esquivo cuando elijo o decido no corresponder a esa mirada. Y es ésta la única restricción posible, ya que tenemos control sobre a quién corresponder la mirada, sin embargo, no podemos decidir o controlar quién nos mira.

De ahí que Simmel (2014) considere que en la vida cotidiana buscamos o nos encontramos con la mirada del otro. De forma que en nuestros actos cotidianos está presente la reciprocidad de las miradas. Por ejemplo, continua el autor, al mirarse cara a cara se construye un enlace o vínculo entre ambas personas. Ello, contrario a las lecturas románticas del encuentro de miradas, impulsa la reciprocidad en el accionar (Simmel, 2014). Es decir, mis acciones tienen la pretensión de ser consecuentes con las acciones del otro. Por ello el mirar implica la búsqueda de información sobre la persona que tenemos enfrente. Resulta un intento por formarnos una idea sobre la historia o la personalidad del otro pero, también, una anticipación sobre la acción que realizará.

Entonces, el mirar resulta un acto de búsqueda de información: ya datos, ya rasgos, extraídos de las formas de vestir, caminar, peinarse, gestos o movimientos corporales. Esto, según el imaginario social contemporáneo, posibilita la anticipación de cómo vincularme con ese otro. Sin embargo, al mirar al otro se produce la oportunidad para que ese otro también me mire, ya que al mirar escrutadoramente nos revelamos ante él. En este sentido, podríamos decir que la mirada conlleva un proceso dialéctico en el que al indagar, devela. Así, cuando nos queremos ocultar de alguien, por vergüenza, miedo, angustia o desconfianza, esquivamos u ocultamos la mirada, en una acción de salvaguarda (Simmel, 2014) que busca privar de conocimiento sobre mí al otro.

• Taller de baile para niños de Corpuscule Dance, Canadá, 2020 | Foto: Mikaël Theimer (MKL). Tomada de: Bored Panda

La obtención de información, agrega Simmel, depende de un órgano delator: el rostro. Y es que para el autor en el rostro se sintetiza la suma de experiencias vividas por una persona. Entonces, en el rostro se materializa la historia del individuo. Además, en la cara buscamos las particularidades individuales, por ejemplo, un lunar, el color de ojos, entre otros aspectos. De forma que, en el imaginario social moderno, se considera que a través del escrutinio del semblante aprehendemos la individualidad del otro (Simmel, 2014). Esta tesis simmeliania encuentra concordancia con el reciente concepto de rostridad propuesto por Deleuze (1985), en el que refiere cómo el rostro nos parece el reducto de nuestra subjetividad. El rostro, nuestra cara, continúa Deleuze, juega, por lo tanto, un papel determinante en nuestras narrativas identitarias. Incluso, podríamos decir, el rostro representa nuestra identidad, por lo que el rostro me diferencia de los otros.

Ese escrutinio a través de la mirada, agrega Simmel, forma apenas una primera impresión. Quizá llena de errores, los que, si la interacción se vuelve permanente, podrán corregirse. De ahí que la interacción social no parta desde la neutralidad, sino que tenga como referente un fugaz conocimiento mutuo, construido a partir de la observación del rostro. Tal conocimiento será construido no sólo a partir de factores externos como lo pueden ser las intenciones, actitudes y el estado de ánimo (Simmel, 2014), sino que, además, buscará fundamentarse, atribuyéndole rasgos al semblante de interioridad o, mejor dicho, de subjetividad. Por ello existen refranes populares que sostienen que “los ojos son la ventana del alma”, posicionándoles como formas de conocer esa parte trascendental y abstracta del otro.

De esta manera, Simmel considera que la sociología ha soslayado el hecho de que la interacción cotidiana, incluidas las relaciones prácticas, dependen del conocimiento mutuo (Simmel, 2014), construido, en un primer momento, a través de la vista. Confirmado o rechazado, después, en la convivencia cotidiana. Pero, ¿por qué llega a tomar tanta importancia la mirada en la modernidad?

El autor considera que esta situación es impulsada por los medios de transporte público, los cuales nos colocan en el escenario de estarnos mirando, mutuamente, por minutos e incluso horas, sin hablarnos (Simmel, 2014). Pensemos en el tiempo que pasamos esperando el autobús o el metro. Sumémosle el tiempo de traslado en éstos. Notaremos que una buena parte de nuestro día es invertida en estos medios. Ahora bien, si recordamos lo que hacemos en el trayecto nos percataremos de que pasamos bastante tiempo observando a los otros y, a la vez, siendo observados por los demás.

Dado que la interacción que se ha fomentado en la modernidad es, en buena medida, eventual, esporádica y distante (Simmel, 2014), se genera la sensación de soledad en compañía. De ahí que observemos en búsqueda de poder conocer o reconocer al otro, agrega Simmel, rodeados de personas, pero sin hablar con ellas. En este sentido, Lukács (1985) señala que el sistema laboral ha generado en el trabajador una “actitud contemplativa”. Con ésta se refiere a cómo los obreros se convierten en “observadores neutrales a quienes los acontecimientos dejan psíquica y existencialmente intactos” (Lukács, 1985: 15). De esta forma se genera una pasividad fundamentada en el sentimiento o sensación de ser rebasados por el orden dado de las cosas. En el caso de la sociabilidad esa actitud contemplativa se fundamenta en el miedo a la indiscreción o invasión a la privacidad del otro que genera una sensación de aislamiento y, como señala Simmel, de soledad en compañía.

Finalmente, Simmel agrega que nuestro conocimiento del otro oscila entre conocer su biografía o conocerle en el momento de la interacción espontánea. En esa espera por el transporte, en ese lapso de tiempo en que miramos al otro, buscamos conocerle tanto sustancial como situacionalmente. Es decir, conocerle tanto objetiva como subjetivamente: “Queremos saber de una parte: ¿qué es este hombre en su esencia? ¿Cuál es la sustancia duradera de su personalidad? Pero también queremos saber: ¿qué es en este momento? ¿Qué quiere? ¿Qué piensa? ¿Qué dice?” (Simmel, 2014: 627).

Es decir, es un deseo de aprehender el todo. En este caso ese todo alude al físico, la identidad, la personalidad, la emocionalidad, pero, también, a la espiritualidad de la persona que miramos u observamos. En suma, conocerle, aunque inhibidos por un acercamiento a ese otro, a ese desconocido. Conocerle a la distancia que posibilita la mirada. De forma que en la modernidad, como le llama Simmel, la distancia, eventualidad y fugacidad de las interacciones generan que la mirada, el mirarnos, se constituya como un acto central en las relaciones sociales. Asimismo, se constituye como un acto íntimo, intersubjetivo, ya que al obtener información de la subjetividad del otro ofrezco la oportunidad de que se informen sobre mí.

No obstante que la propuesta de Simmel esboza cómo se construye el ocularcentrismo imperante en sociedades capacitistas, soslaya algunas cuestiones como ¿qué sucede con las personas ciegas? Asimismo, obvia el papel de los otros sentidos, específicamente del tacto, en la construcción del conocimiento sobre el otro. Consideramos que Norbert Elias ofrece la posibilidad de responder a estas preguntas.

El surgimiento del placer ocular como parte del proceso civilizatorio: análisis de la propuesta de Elias

Norbert Elias centra su análisis en los cambios sociales que tuvieron lugar durante el período de transición de la Edad Media a la “civilización”. Su tesis consiste en considerar que, resultado de un largo proceso sociohistórico, tal transición impulsó el autocontrol emotivo (Elias, 2012). Se construye así una intersección entre las estructuras social y emotiva, de forma que la expresividad emocional, señala Elias, se encuentra regulada por la sociedad. Algunas emociones, sostiene el autor, serán reducidas a lo privado. Por ejemplo, el llanto, la tristeza, entre otras. Otras serán consideradas como vergonzantes, antinaturales e, incluso, denigrantes respecto a la condición humana. Por ello reprimidas y tabuizadas. Para Elias el ejemplo máximo ha sido la agresividad. En la Edad Media encontraba lugar en la cotidianidad, por el contrario, en nuestra sociedad se le reprimirá y ocultará (Elias, 2012).

Un cambio más tuvo lugar en los lapsos de tiempo en los que tiene lugar la transición de una emoción a otra. En la Edad Media, ejemplifica Elias, una persona podía estar contemplando la quema de una “bruja” y reír y llorar al mismo tiempo o pasar de un estado a otro en cuestión de segundos. Por el contrario, el proceso “civilizatorio” impulsó un cambio en esas transiciones emotivas. Ahora, agrega Elias, esa conducta se encuentra estigmatizada como irracional o signo de enfermedad: hormonal, neuronal e incluso psicosocial. Y es que esta es una de las capacidades en la cual se nos forma: aprehender cierta congruencia emocional. De forma que transitar de una emoción a otra abruptamente puede tener alcances psiquiátricos.

Además, las emociones se convertirán en respuestas a determinadas situaciones o contextos. Si bien en la Edad Media las personas reían al contemplar la quema de una persona, tal reacción resulta impensable en el comportamiento “civilizado”. En nuestra sociedad, reír ante la desgracia o la desdicha ajena es visto como una forma de insensibilidad, falta de empatía, entre otros señalamientos. O, como se hace en la psicología criminal, de un perfil con tendencias a la crueldad.

Estos cambios en la expresividad emocional generaron que las formas activas de, por ejemplo, el placer agresivo medieval deviniesen manifestaciones pasivas en las que prevalecería la contemplación. Podríamos decir, fue transferida a la pasividad de observar cómo otros se agreden. Elias utiliza el término placer ocular para referirse a “la capacidad para experimentar emociones con la mera contemplación” (Elias, 2012: 295). Señalemos que es la capacidad de emocionarse o sentir alguna emoción mediante la visualización u observación de una escena, suceso o situación. Como ejemplo, podemos citar las emociones que genera ver una película, una serie, una telenovela, etcétera. Asimismo, las emociones y sensaciones generadas por las fotos que contemplamos en Instagram, Facebook o Internet. No obstante, reprimir no significa desaparecer. Elias agrega que la destrucción y la violencia encontrarán otras formas de canalización y legitimidad, materializándose en una serie de prácticas y actividades que manifiestan de forma refinada, estetizada y racional la violencia, para asegurar la aceptación social (Elias, 2012). Para ello, advierte el autor, será necesario un cambio en las formas en que experimentamos las cosas. Tal cambio lo encuentra explicitado en manuales de conducta publicados a finales de la Edad Media. En ellos encuentra que las transformaciones fueron posibilitadas por la educación y los procesos de condicionamiento que ésta promueve. Como se muestra en el siguiente fragmento:

[…] (1) a los niños les gusta tocar con la mano los vestidos y otras cosas que les atraen; (2) es necesario corregirles este exceso y enseñarles a no tocar más que con los ojos todo aquello que ven. (Elias, 2012: 295)

• Hombre muy alto detrás de mujer de baja estatura en clase de baile urbano, Centro Nacional de Danza Terapéutica, Canadá, 2020 | Tomada de: Boredpanda.com

En la cita anterior, en la oración (1) se describe una actividad que les gusta a los niños: tocar. Enseguida, precisa aquello que les gusta tocar: vestidos y todo lo que les atraiga. Como sabemos, el verbo atraer alude a algo o alguien que llama la atención. En el caso de los niños, según la cita anterior, la atracción deriva en una acción: tocar. La frase (2) llama la atención a la necesidad de corregir esa actitud infantil. Se convierte el tocar en una falla conductual infantil. Asimismo, es un peligro o riesgo que debe ser atendido. Enseguida agrega que tocar es una acción excesiva, calificativo que le convierte en un impulso que rebasa lo permitido por las reglas o normas civilizatorias. A continuación, mediante la conjunción aditiva y se alude a la enseñanza como un medio para corregir tal exceso. Podríamos decir que se posiciona la educación como un mecanismo que desarrollará los medios para que los niños aprendan a no tocar. Debemos resaltar la frase final en la que se señala “no tocar más que con los ojos”. En ésta se alude a la mirada como una forma de tocar, trasponiendo la pasividad con la actividad, de forma que la contemplación transmuta en experienciación.

Es importante resaltar que experimentar supone una vivencia propia que posibilita sentir, percibir, realizar o comprobar alguna situación, sensación o emoción. Es decir, es una acción que implica una práctica, por lo tanto, alude a que alguien realiza o percibe una determinada acción o sensación. Siguiendo a Elias, podemos decir que en la génesis del proceso civilizatorio se encuentra la represión de una capacidad, la represión del tacto. Pero, aún más, el capacitismo utilizará los procesos de enseñanza-aprendizaje educando en la autocoacción de supuestos impulsos y pulsiones tales como, en este caso, el tocar a otros, pero también a sí mismo.

La prohibición del tacto como forma de exploración sigue vigente aún. E inclusive se extiende a las personas ciegas. Se vuelve evidente, por ejemplo, en los museos en los que se tiene estrictamente prohibido tocar las piezas de arte. Elias agrega que una acción humana espontánea, como tocar lo que se desea, es sometida a un proceso en el que la actitud civilizada es la autocoacción en el uso del tacto (Elias, 2012). Podríamos decir que la actitud civilizada radica en la represión de un impulso, en la estigmatización de una capacidad y la sobrestimación de otra: la vista.

De esta manera, considera el autor, en nuestra sociedad tiene lugar una transferencia de las manifestaciones impulsivas hacia la contemplación, convirtiendo la visión en el sentido privilegiado. Al encontrarnos con una serie de prohibiciones y restricciones que limitan las satisfacciones inmediatas, la vista se convertirá en el transmisor de placer por excelencia (Elias, 2012). Dan cuenta de ello los medios de comunicación, los cuales, al paso del tiempo se vuelven cada vez más visuales.

• Niña en muletas jugando con muñeca en muletas, Canadá | Tomada de: Revista Canadiense de Estudios de Discapacidad

En resumen, para Elias el placer ocular tiene como requisito el autocontrol de un impulso: el tocar, dando pie a la contemplación pasiva mediante la cual se obtendrá el placer, la satisfacción y, podríamos agregar, la obtención de conocimiento. Pero también complejizando, como veremos más adelante, la situación de las personas ciegas. Antes analizaremos lo que, una vez desplazado, sucederá con el tacto. Al respecto, es Derrida quien nos proporciona una explicación.

Tocar, el peso de una palabra: tabuización y represión del tacto

Dado que Derrida (2000) considera que, en diversos escritos, Jean-Luc Nancy alude al “tocar”, dedica un texto al análisis del tema en su obra que, además, considera un homenaje. Parte de las preguntas ¿por qué genera tanta incomodidad la palabra tocar? ¿Qué es tocar? ¿Qué se toca? (Derrida, 2000). El autor analiza el sentido del tacto en nuestra sociedad que considera el más estigmatizado de los sentidos.

Así lo hace notar a partir de la obra de Kant (citado en Derrida, 2000) quien lo denomina como el más “grosero” (sic) de los sentidos. Como sabemos, lo grosero refiere al comportamiento descortés, desconsiderado, incorrecto e irrespetuoso. En este sentido, el término alude a la falta de educación. Así, el tacto se convierte en un sentido poco educado, burdo. Por tanto, que atenta contra las buenas costumbres. Y es que, continúa Derrida, contrario al resto de los sentidos que se ejercen a distancia y fomentando el individualismo, el tacto requiere de la cercanía, requiere del contacto. Por lo tanto, se ocupa del otro, es decir, de un objeto externo, aunque no necesariamente ajeno al propio cuerpo. De manera que el tacto se encuentra sometido a la siguiente cláusula: “[…] no se puede tocar más que en una superficie” (Derrida, 2000: 25). Es decir, para que el tacto sea posible debe posarse o rozar algo o alguien. Esto es, necesita de otro. Esta situación dificulta para Aristóteles la definición de este sentido. De manera que el filósofo cuestiona: “[…] ¿cuál es el órgano propio de la facultad táctil? ¿Existen varios sentidos del tacto o uno solo?” (Aristóteles citado en Derrida, 2000: 24).

Derrida considera que si bien los avances científicos han proporcionado respuesta a las preguntas de Aristóteles, ello no ha significado la plena aceptación del tacto. De forma que conocerle y entenderle científicamente no ha implicado desmitificarlo. Así, puntualiza el filósofo francés, ahora sabemos que el órgano del tacto se encuentra situado internamente, entre nuestras capas de piel, que esta última es el órgano sensorial del tacto, por lo que tiene una amplia extensión, lo que le dispersa, diversifica, por diversas áreas de nuestro cuerpo. Además, sabemos que la experiencia táctil tiene lugar en consonancia con nuestra piel, con nuestro cuerpo, por lo que piel y tacto se encuentran entremezclados (Derrida, 2000).

Son estas particularidades de la experiencia táctil las que han generado lo que Derrida denomina interdicción originaria. Tabuizando, reprimiendo e incluso prohibiendo su uso. Para lograrlo, se crearon sanciones y castigos por tocar e incluso tocarse que oscilan entre lo moral y lo legal. Es importante aclarar que tal tabú varía entre las culturas. Por ejemplo, en Latinoamérica la cercanía, el contacto físico e incluso el tocarse (una palmadita en los hombros, un abrazo) tienen mayor aceptación que entre los europeos. No obstante, los límites de ese contacto, y de la permisibilidad del tocarse no deben ser rebasados. Existe, agrega Derrida, una premisa en la que se establece “no tocarás demasiado; no te dejarás tocar demasiado, y hasta ‘no te tocarás demasiado’” (Derrida, 2000: 80). Sin embargo, ¿cómo saber cuánto es demasiado? ¿Cómo identificar ese límite permitido? Y es esta incertidumbre en los límites, finaliza Derrida, lo que llega a generar una neurosis del tacto.

Esta incertidumbre tiene como fuente la sexualización o erotización que acompaña a este sentido y que se manifiesta en la palabra: tocar-tocarse-tocamiento. ¿En qué momento una caricia amistosa rebasa ese límite? Esa neurosis del tacto, consideramos, se vuelve patente entre los niños y las personas ciegas. En el caso de los niños existen una serie de cursos, manuales y formas de concientización sobre los “tocamientos” o aquellas caricias indebidas. De forma que, como se señalaba en el texto de Elias, a los niños se les enseña a no tocar pero, también, se les enseña que no deben ser tocados o, mejor dicho, no ser tocados de forma indebida. Por otra parte, a las personas ciegas, en sus cursos de reconocimiento, se les enseña, por un lado, a tocar superficies, rostros, etcétera, para reconocerles. Paradójicamente, al mismo tiempo se les enseña a inhibir el tacto, para lo cual les mencionan en qué circunstancias y con qué personas es posible utilizarle. Esta doble enseñanza, consideramos, representa una información contrapuesta, contradictoria. Lo que pudiera ser la esencia de lo que Derrida denominó histeria del tacto.

He ahí la tragedia del tacto. El sentido que, si bien Kant tildaba como “grosero”, también lo consideraba la forma cognoscente más objetiva y certera. De ahí que el imperativo “no tocar” se haya vuelto una de las formas de institucionalizar el respeto. El que, agrega Derrida, nos acostumbra a mantenernos a distancia del otro. Mantenernos a distancia: mirando, ya para conocer, ya para vigilar. Y es, al final de cuentas, el respeto a la ley, a la autoridad. En suma, respeto al orden establecido que, como hemos visto con Elias, se mantiene a base de ese placer ocular que nos conduce a la contemplación.

Sin embargo, la prohibición en el uso del tacto encuentra excepción en la tecnología en la que se han impulsado una serie de transformaciones en la construcción de los cuerpos y las emociones (Scribano, 2017a). Éstos, agrega Scribano (b), han modificado nuestros sentires y percepciones, de forma que, por un lado, tenemos prohibido tocar pero, por otro, podemos tocar las pantallas digitales. Esta situación complementa o transforma la neurosis del tacto descrita por Derrida. Así, señala Scribano (2017b), podemos usar nuestro tacto para relacionarnos con los instrumentos, aparatos y máquinas, pero sigue vedado tocar a nuestro prójimo. De forma que el mirar-tocando encuentra una completa permisibilidad en la medida en que esté dirigido al consumo.

Como hemos observado en el análisis de Simmel, Elias, Derrida y Scribano, nuestro cuerpo y nuestras sensibilidades se encuentran normativizados, regulados. En sociedades necropolíticas esto tomará un cariz distinto, por lo que el cuerpo, en sí mismo, devendrá campo de batalla. Ello se evidencia en metáforas tales como la “guerra contra el cáncer”. Pero también en nuevos tipos de represión y neorrepresión, que buscan castigar el cuerpo y los sentidos. Y es que en sociedades capacitistas la represión se vuelca sobre una supuesta disminución de las capacidades. Pero también al desarrollo y uso de formas contrahegemónicas de ser en el mundo, como puede ser el desarrollo de una estética táctil en las personas ciegas. Para desarrollar este punto, a continuación presentaremos un esbozo del análisis realizado por Mbembé.

Las guerras necropolíticas como agresión a los sentidos: la propuesta de Mbembé

Dando continuación al pensamiento de Fanon, Achille Mbembé (2011) retoma y desarrolla el concepto de necropolítica, que define como la capacidad que tiene el Estado para definir aquellos grupos desechables, sustituibles. Es decir, el Estado define las políticas regulatorias de la mortandad. Ello no necesariamente en el sentido literal de la palabra, sino, por ejemplo, a quiénes dar acceso a un medicamento. Es en contextos de guerra donde la necropolítica se despliega en su sentido literal: decidir quién muere. Y, podemos agregar, cómo muere. Para ello, agrega Mbembé, los Estados han tecnologizado las formas de matar, sofisticando los ataques a los enemigos. Tal sofisticación, además de “civilizar” las formas de matar, tiene por objetivo aumentar el número de víctimas, disminuyendo el tiempo de ataque. Es decir, matar a más personas en el menor tiempo posible (Mbembé, 2011).

De suerte que la tecnología ha sido la principal aliada en el logro de esos objetivos. Por ejemplo, el uso de rayo láser, el desarrollo de armas químicas, el uso de drones, entre muchos otros. Todo esto, agrega Mbembé, ha redefinido la guerra. Así, las guerras clásicas se libraban entre dos Estados-nación que se enfrentaban con el objetivo, en algunos casos de colonizar o, en otros, de someter a un régimen. Por el contrario, las guerras contemporáneas se libran dentro de un mismo Estado. Y, a diferencia del pasado, ya no son dos ejércitos nacionales los que combaten, sino que se trata de grupos armados que actúan bajo órdenes del Estado contra grupos armados sin Estado, organizados ya en guerrillas, ya en carteles de narcotráfico, entre otras configuraciones. Ejemplos recientes lo son México y Chile. El primero con la guerra contra el narco. El segundo con la guerra contra los manifestantes. Ambas son guerras libradas dentro del territorio mexicano y chileno, respectivamente. En el caso mexicano, el ejército nacional combate grupos armados. En el caso chileno se trata de grupos armados con máscara del Estado que reprimen a grupos no armados que se manifiestan (Mbembé, 2011).

Otro de los cambios en la guerra, continúa Mbembé, ha sido que actualmente se busca “degradar las capacidades” (Mbembé, 2011: 54). Como muestra, la guerra de Kosovo en la que se atacó la infraestructura serbia destruyendo puentes, vías de transporte y ferrocarril, carreteras, instalaciones eléctricas y de agua, entre otras. Mediante esta estrategia se pretendía: 1) mermar el equipo de sobrevivencia del enemigo, 2) prolongar el tiempo en la recuperación del daño, 3) perjudicar la salud de los civiles en el tiempo del ataque pero también hacia el futuro. Detengámonos en esto. En lo inmediato el ataque dejaba sin comunicación ni posibilidades de salida a los serbios quienes, además, prácticamente debían reconstruir la ciudad. Tal reconstrucción tomaría un considerable lapso de tiempo. Finalmente (3), la destrucción de un complejo petroquímico dejó altos niveles de toxicidad que desembocaron en las recomendaciones del Estado para que: a) las mujeres embarazadas abortaran, b) no hubiera embarazos en un período de dos años en la región (Mbembé, 2011).

• Lucha de personas con discapacidad, Tokio (Japón), 2015 | Tomada de: Inside Pulse

Si bien Mbembé se refiere a la degradación de capacidades de infraestructura, en su descripción, los ataques también son dirigidos a la degradación de “capacidades” corporales. Al respecto, el ejército chileno muestra un claro ejemplo. Como sabemos ha utilizado diversas formas de atacar los cuerpos de los manifestantes, que van desde el uso de bastones policiales, gases lacrimógenos, pasando por camiones hidrantes o lanzaguas, llegando a formas directas de embestida a los sentidos como son disparar con balas de goma a los ojos o uso de químicos en el agua utilizada para dispersar a los manifestantes, lo cual ha producido una serie de lesiones oculares, así como quemaduras en la piel. Contrario a lo que suponían las autoridades, las manifestaciones no han cesado, se han intensificado, e incluso, han evidenciado los daños causados por este tipo de embestidas a los cuerpos. Así, por ejemplo, los manifestantes han colocado pancartas con ojos dibujados en las cercas de estaciones policiales, también han marchado vestidos de negro y con ojos vendados, en alusión a las mutilaciones oculares perpetradas por el Estado.

En concordancia con Mbembé, podemos apuntar que las guerras contemporáneas tienen como objetivo atacar el cuerpo de las personas, de forma que lo topográfico transita a lo corporal: generar enfermedades a bebés en gestación, enfermar el cuerpo. Pero también violentar el cuerpo: ojos, oídos, nariz, tacto. En suma, dañar la sensibilidad y la percepción del “enemigo”, daño que lo acompañará de por vida y cuya “función consiste en mantener a la vista de la víctima y de la gente de su alrededor el mórbido espectáculo que ha tenido lugar” (Mbembé, 2011: 65).

Como señalábamos, el cuerpo deviene campo de batalla, pero debemos agregar que también, como muestran las autoinmolaciones o los actos kamikazes, puede devenir arma. Además, puede transformarse, como nos están enseñando los chilenos, en espacio de resistencia y denuncia contrahegemónica. Y, en este sentido, el cuerpo transmuta como uno de los máximos desafíos a la autoridad represora.

Finalmente, Mbembé señala que las guerras contemporáneas guardan mayor similitud con las antiguas. Ello debido a que utilizan formas y estrategias de las guerras nómadas en las que, ahonda Mbembé, los ataques eran rápidos e incluso en los que se desaparece para reaparecer sin ser visto. Asimismo, viajar ligeros de equipaje de manera que no se afecte la movilidad. Pero también cortando el abastecimiento de comida, energía y comunicación. Y, lo más deplorable para nuestra época, mutilando y masacrando el cuerpo del enemigo con el fin de inmovilizarle y disminuirle anímicamente. En suma, las guerras contemporáneas retroceden a prácticas primitivas e inhumanas que ahora se hacen más eficientes, aceleran y se extienden a mayor número de personas debido al uso de tecnología, volviéndose letales.

• Bill Shannon, artista con discapacidad motriz en presentación de danza | Tomada de: Speak Out

A continuación, presentaré las entrevistas realizadas a personas ciegas, quienes habitan en Monterrey, Nuevo León (México). En éstas abordaremos las formas represivas y punitivas que adquiere el “tocar”. El análisis de las entrevistas posibilita el conocimiento de las bases estructurales de la represión de los cuerpos y las sensibilidades.

Conocer pero sin ¡tocar!: el ser en el mundo de personas ciegas

En este apartado presentaré el resultado del análisis del discurso de entrevistas en profundidad realizadas a personas ciegas durante el período 2018-2019. Nos centraremos en la historia de tres personas: Luis, Delia y Daniel. Es importante señalar que, respetando las normas éticas, los nombres de los entrevistados han sido cambiados. Ellos tres perdieron la vista cuando eran bebés, por lo cual no cuentan con acopio de referentes visuales como quienes pierden la vista a mayor edad. Ellos tres habitan en el Área Metropolitana de Monterrey. Tanto Luis como Delia, en el momento de la entrevista, tenían una edad de 53 y 51 años, respectivamente, por lo que ellos pertenecen a una generación en la cual la educación inclusiva era inexistente y las escuelas especializadas en la educación para personas ciegas, poco conocida. De ahí que ambos iniciaran su preparación en movilidad y vida cotidiana. Mientras que Luis abandonó sus estudios de licenciatura, Delia concluyó una licenciatura en pedagogía. Ambos son casados y con hijos, de cuatro y dos años, respectivamente. Luis se casó con una mujer que sí ve. Delia, por su parte, con un hombre ciego. En el momento de la entrevista Luis obtenía recursos “boteando” (pedir dinero en una lata de refresco) en un crucero ubicado cerca de una preparatoria, Delia se encontraba desempleada.

Daniel tiene 33 años por lo que pertenece a una generación en la cual la integración se encuentra en pleno auge y que desafía los estigmas y estereotipos atribuidos a las personas ciegas. Así, es crítico de aquellas personas que “botean” en la calle. También se encuentra casado y tiene dos hijos pequeños. Al igual que Delia se casó con una mujer ciega. Él se encuentra laborando en la universidad pública. Además, participa en diversos proyectos referidos a la concientización y sensibilización hacia las personas ciegas.

Si bien existen diferencias intergeneracionales en las formas de vivir y asumir la ceguera, tales diferencias son inexistentes en el uso del tacto. Los tres entrevistados lo asumen como un tabú, restricción que no cuestionan y es tomada –por utilizar términos de Schütz (1974)– como una actitud natural. Aunque, como hemos visto, esta actitud es aprehendida en la educación tanto formal como informal. Y es precisamente en las formas de enseñanza-aprendizaje sobre el uso del tacto donde se hacen notar las diferencias intergeneracionales. Para los mayores la enseñanza fue mediante regaños y golpes, mientras que para Daniel se utilizó la noción de pertinencia. Así, a Delia la reprimían mediante violencia: “[…] cuando yo tocaba muchas cosas (1) mamá me regañaba mucho: ‘¡ya! ¡no toques!’ o me pegaba en la mano. O me regañaba: ‘¡ya! ¡No toques! (2) porque vas a tirar algo’” (Delia).

En la cita anterior, utilizando la deixis de tiempo, Delia explica las reprimendas de su madre ante la curiosidad y necesidad infantil de tocar los objetos. Es importante resaltar que en (1) Delia utiliza el pronombre indefinido, mucho, que tiene como función señalar el exceso de los regaños, dada su insistencia por tocar. Además, alude a la desproporción entre la medida educativa y el acto que se sancionaba. En (2), mediante el uso de la conjunción causal porque, la mamá explica el fundamento de la restricción: tirar las cosas. De forma que el tocar era considerado por la mamá de Delia como fuente de riesgo para la niña pero, también, para los otros. Además, se le consideraba una forma que desembocaría en la equivocación, en el error.

No obstante, los regaños y golpecitos no fueron suficientes para detenerle, sino que, más bien, incentivaron el empleo de otra estrategia como describe a continuación: “Y de repente así, bien despistada, a ver que hay en la mesa”.

En la oración de arriba, Delia describe cómo la necesidad de tocar para conocer era más grande que las sanciones, por lo que desafiaba las restricciones impuestas por su madre. Sin embargo, ante el miedo al castigo, lo hacía a escondidas, de forma que su madre no se percatara. Los castigos recibidos por Delia la enseñaron a tocar de forma disimulada, clandestina, e incluso secreta. Así, las sanciones al uso del tacto dejaron otro tipo de “aprendizaje”, como precisa la misma Delia: “Yo creo que yo me quedé con esa fijación a lo mejor es por eso, también. Pero como que ya no me llama mucho la atención”.

En el fragmento anterior podemos observar cómo para Delia el castigo derivó en lo que ella denomina fijación. Según el Diccionario de la lengua española, el término refiere a la inamovilidad u obsesión con una idea. Es decir, el imperativo “¡no toques!” se volvió una orden que apareció recurrentemente en su vida, condicionando su manera de conocer el mundo. Esta situación se ha prolongado hasta su presente en el que ya no hace intentos por tocar las cosas o a las personas. De hecho, agrega que el tocar a las personas genera en ella incomodidad: “[…] no, yo no los toco ¡me cohíbo con eso! No lo considero tan importante… te sientes limitada, por un lado. A lo mejor, por otro, la persona: ‘no, pues no, porque me vas a agarrar’”.

El fragmento anterior inicia con la negación tácita en el uso del tacto y, más precisamente, el hecho de tocar a los demás. Enseguida Delia explica los motivos que la llevan a no usarle: a) no lo considera importante, b) la sensación de limitación, c) la negación de las personas. Delia declara conocer a la persona mediante el tacto intrascendental, debido a que dice no contar con referencias visuales que le hagan “imaginar” las formas, colores o cualquier otro dato visual. Entonces, la limitación a la que refiere tendría dos fuentes: la falta de imágenes y las posibles reacciones de las personas. Entre esas reacciones, ella supone la negación e incluso la molestia o enojo por intentar tocarles. Y es que Delia alude al imaginario social en el cual tocar implica un acto de intimidad, éste debe realizarse después de un período de tiempo en el que se construya confianza, de forma que la confianza es una precondición para tocar al otro.

Asimismo, debemos resaltar que tanto Delia como Luis señalan un cierto desdén por lo visual y lo gráfico. Delia, como vimos arriba, lo considera inútil. Así lo constata con la ortografía: “[…] yo pienso por qué unas palabras con B y otras con V si suenan igual” (Delia).

En el párrafo anterior, Delia reitera la inutilidad que tiene para ella el conocimiento de lo gráfico. En este caso representado en las consonantes del alfabeto. De forma que para ella lo gráfico pierde su heterogeneidad ante lo auditivo, por lo que se centra más en el hecho de comunicar y comunicarse como forma de interrelación. El lenguaje oral, la fonética, cobran mayor importancia. Por su parte, Luis señala que para él lo visual no tenía importancia hasta que se percató de un hecho:

[…] yo me decía para mí mismo: para qué me baño, al cabo yo no me miro y es una verdad muy cierta. Yo no me miraba, la gente sí me veía y me hacían el “fuchi”. Los niños nada más me miraban y corrían. (Luis)

Refiriéndose a la autoimagen, Luis considera que lo visual como acto autorreferencial o egocéntrico no tiene importancia, sin embargo, insertos en una sociedad ocularcentrista (Bustos, 2015), lo visual se vuelve un hecho trascendental. De forma que la apariencia física sirve como fuente de aceptación o rechazo en la interrelación social. Así, la higiene se materializa en la presentación de la persona. El mostrarse sucio puede llegar a generar miedo, reticencia, lo cual, para Luis, se refleja en la acción de huida de los niños: “[…] nada más me miraban y corrían”.

La experiencia de vida de Daniel, en cuanto a las formas de aprender la restricción en el uso del tacto, fueron distintas. En su historia, al menos así lo narró, no hubo regaños, ni golpes. Por el contrario, su madre estimulaba su desarrollo cognitivo preparándole el material escolar con relieves en las figuras, por ejemplo, en los mapas. Los relieves eran construidos con materiales tales como plastilina, resistol, hilos adheridos mediante el bordado de figuras. No obstante, este ambiente de comprensión hacia su forma de conocer no era reproducido por todos. Él recuerda una situación en la que una compañera de primaria minusvaloró su forma de aprender geografía:

[…] estábamos en un salón de clase, y como siempre no falta alguien que no le gusta algo y que a lo mejor están esos pensamientos negativos hacia los demás. Y pasé al pizarrón, porque era donde podían estar mis mapas porque eran grandes y, me dice el maestro: “A ver localízame este país”; “no pues, aquí esta…” dijo una compañera: “(1) No pues que chiste, para él está muy fácil. (2) Nada más lo agarra y ya”. Y el maestro se molestó y le dijo “¿tú crees que es eso? A ver, levántate y ven y tócalo y búscame el país que le estoy pidiendo”. Y la compañera se levantó y no lo encontró.

Daniel considera que su compañera veía injusta la forma en que lo evaluaba el maestro. Y es que el imaginario social expresado por ella (1) posiciona la obtención del conocimiento mediante una experiencia táctil como algo fácil. Mediante el uso del adverbio muy indica que la facilidad tiene un alto grado. Por lo tanto, según esta lógica capacitista, no requiere gran esfuerzo o despliegue de conocimiento, ya que, como precisa en (2), agarrar es un acto cotidiano. Agarramos todo: la taza, la basura, etcétera. En este imaginario capacitista agarrar es sinónimo de tocar. Sin embargo, el maestro le hizo notar el falso supuesto que había expresado, lo cual solamente fue constatado al ser sometida al mismo tipo de evaluación que Daniel. Enseguida el maestro le explicó la complejidad existente en la construcción de conocimiento a través de la experiencia táctil:

[Explicación del maestro] (1) lo que pasa es que lo que tú ves él lo toca. (2) Lo que tú ves en tu hoja, mapa, dibujo; la única forma para él de verlo, es conocerlo a través del tacto. (3) El hecho de que el mapa esté bordado no significa que se copie las respuestas al tocarlo. Él también tiene que estudiarlos y conocer la forma que tiene cada país. (4) Y estudiarlos, y sí, al repasarlo una y otra vez te lo aprendes, pero igual viéndolo te lo aprendes. (5) Con la diferencia que tú ves con los ojos y él con el tacto. (Daniel)

En el párrafo anterior, Daniel narra la explicación que su maestro de primaria brindó a los alumnos. Tal explicación se inicia en (1) con una analogía entre el ver y el tocar de forma que sea comprensible para la estudiante. Pero sobre todo de forma que genere empatía hacia el acto de conocer a través del tacto. Enseguida en (2) alude a cómo las figuras y grafías pueden ser conocidas con una experiencia táctil. En (3) desmitifica el tocar como forma de copiar, agregando que el uso del tacto requiere, también, estudiar para conocer, en este caso la forma de los países, aunque sintiéndola. En (4) utilizando la conjunción copulativa y une el estudio y el repaso, de forma que señala la esencia existente en el acto de estudiar algo: aprender, la cual es la misma tanto para la experiencia visual como para la táctil. Finalmente, en (5) concluye con la idea inicial: el acto de “ver” puede tener lugar tanto en lo gráfico como en lo táctil.

De tal forma que el aprendizaje en la restricción del tacto le llegó a Daniel por parte de los compañeros de clase. Y es que en una sociedad ocularcentrista en la que no tienen cabida otras formas de construcción del conocimiento, se genera una afección en la seguridad y autoestima de aquéllos que no recurren a esa capacidad como forma de ser en el mundo. De ahí que sea urgente la sensibilización de las personas sobre otras formas de conocer el mundo. Es en este sentido en el cuál el cuerpo deviene lugar de batalla, construyéndose una agresión sobre las sensibilidades, ya que se minusvalora y reprimen otras formas de construcción del conocimiento, pero también otras formas de interrelacionarse que pudieran resultar en una transformación del orden establecido.

La restricción del lenguaje capacitista para explicar otras formas de ser en el mundo

Es importante resaltar la falta de conceptos, términos, palabras, etcétera, para la construcción de conocimiento a través de la experiencia táctil. Por ejemplo, el maestro de Daniel alude al tocar como una forma de ver. Es decir, en el vocabulario capacitista la experiencia táctil puede ser explicada y comprehendida sólo mediante una copia sustitutiva del ver. Esto es reproducido por las mismas personas ciegas, por ejemplo, Delia señalaba sobre su esposo: “Él tampoco toca a la gente, yo nunca lo he oído que ande ‘a ver cómo eres’… así como para ver cómo eres… para mí no es interés conocer a una persona y decir ‘¿déjame ver cómo eres?’” (Delia).

Otras mujeres ciegas entrevistadas con anterioridad, cuyas historias no presentamos en este trabajo, hacían uso del concepto ver, algunas sonreían o aclaraban lo paradójico de decir ver:

[…] yo siempre la veía, bueno la veía es una forma de decir ¿verdad? (Lidia)
[…] sí les ves el cambio, pues yo las peino, y este po’s cada cosa, les pongo los zapatos… ya que las ves grandes. (Sandra)
[…] cuando yo veo a mis sobrinos o a los niños crecer. (Antonia)

Esta falta de términos sumada a la prohibición en el uso del tacto, generan que las personas ciegas consideren como una forma incomprensible e inexplicable la manera en que ubican la posición de una persona (aunque no haga ruido); la personalidad de alguien, las intenciones que puede tener una persona, el conocimiento de la situación emocional o sensitiva del otro, la identificación de quien se dirige a ellos, entre otras. Así lo señalan Daniel y Delia:

[…] (1) nosotros estamos hechos de energía, es una forma de comunicar y a veces no sabes que es, pero se trasmite. (2) Y yo cuando estoy con la otra persona es… sentir lo que tiene y trato de estar con esa persona y para mí sí hay comunicación no verbal… (3) Hasta eso se da uno cuenta cuando te están viendo o no. (Delia)

En la oración (1) Delia explica su percepción del cuerpo: consiste en energía. La que también comunica y transmite los estados emocionales y sensibilidades de la otra persona. De forma que le permite conocer –más allá de lo físico– a la persona. Conocer su “interior”, es decir, el nivel de vibración de esa persona. Esta explicación de Delia nos aproxima a una perspectiva del cuerpo sin referente visual. Una forma de conocer a las personas no desde la pragmaticidad de la apariencia física fomentada y mercantilizada en sociedades ocularcentristas, sino más bien desde una forma de definir el cuerpo como hacen los orientales, para quienes éste es un cúmulo de energía que se puede percibir sensorialmente. Así, el cuerpo más que ser un conjunto de músculos, tendones, etcétera, se conforma por nódulos de energía, la cual puede ser percibida o sentirse extravisualmente. A pesar de esta noción de cuerpo explicada por Delia, ella lo sigue considerando inexplicable, así lo expresa: “[…] a veces no sabes qué es”. El desconcierto que esa percepción genera ha llevado a Daniel a buscar explicaciones entre las personas de mayor edad:

[…] es algo, no sé qué sea. En una ocasión me puse a preguntar –a la gente con discapacidad visual con más experiencia que yo– el a que se debe que uno puede sentir que hay algo, a que se debe que uno puede percibir si hay algo a la distancia cuando vas caminando. La verdad que bueno que logré desarrollar eso, porque sirve para defenderse uno de muchas cosas… por eso te digo que no sé exactamente a que se deba esto, pero me ha beneficiado mucho. (Daniel, cursivas mías)

Al igual que Delia, Daniel se refiere a esta percepción extravisual como algo que “no sé qué sea”. Pero también se refiere a ésta como “algo”, “eso” o “esto”. Palabras utilizadas, también, para referirse a experiencias paranormales. Igualmente, como Delia, Daniel ha construido una explicación a partir de la opinión de expertos (así les llama a las personas ciegas de mayor edad), la cual no llega, aún, a generar la cabal comprensión de cómo se ha construido ese tipo de conocimiento del mundo. Aun sin comprenderlo considera ese tipo de conocimiento útil y benéfico en su vida. Finalmente, Daniel puntualiza que es algo que se ha desarrollado al pasar del tiempo y los años. Asimismo, en concordancia con la explicación de Delia, considera que sin referentes visuales podríamos percibir y sentir al otro.

Conclusiones

El análisis teórico y empírico presentado nos permite observar que, contrario a lo que suponemos, las experiencias de vida de las personas ciegas no son tan ajenas a las de personas que ven. Así, por ejemplo, Delia narraba la represión que vivió de niña por tocar todo aquello con lo que se encontraba. Esta experiencia es similar a la enseñanza que tiene lugar cuando un bebé comienza a gatear o caminar. Y es que la curiosidad por conocer implica a todos los sentidos, no sólo al visual. Sin embargo, el imaginario social capacitista ha convertido el tocar en un riesgo, en un peligro. De forma que al “tocar” nos exponemos y exponemos a los otros. Así, por ejemplo, uno de los estigmas de algunas enfermedades e incluso discapacidades es que el tocarles puede llevar al contagio. Las historias de Delia, Luis y Daniel describen las diversas formas de represión desplegadas para regular las emociones y el comportamiento. Así como las diferencias intergeneracionales de esas formas. En el caso de los adultos, el regaño y los golpes emitidos por los padres. En el caso de Daniel, el cuestionamiento a su forma de aprender. De esta manera podemos observar las luchas por el reconocimiento inherentes a la historia de la discapacidad: lograr la aceptación de otras corporalidades.

Así que el acatamiento del imperativo “no tocarás” se convierte en muestra tangencial del comportamiento “adulto” y racional. De ahí que la formación, preparación y educación en este tipo de “capacidades” constituye una de las tareas de algunas instituciones pedagógicas. Así lo narraron Delia, Luis y Daniel. De ahí que, como señalaba Daniel, en la lógica capacitista reproducida por sus compañeros de escuela, el tocar fuese considerado como falto de esfuerzo, por lo que podemos concluir que el menosprecio o minusvaloración de otras formas de conocer el mundo, como la táctil, se debe a que representan formas de empatía y comprehensión del otro. En estas formas se debe “sentir”, percibir al otro, no sólo en cuanto portador de una apariencia, sino en cuanto ser sintiente y pensante. Es decir, en cuanto humano. Requiere, por lo tanto, hacer comunidad. De ahí la escalada necropolítica de agresión a los sentidos, la cual resulta un intento desesperado de despolitización. Es en este sentido que el cuerpo y las sensibilidades devienen espacio de resistencia y desafío al orden establecido. Se convierten en espacio de oposición al neoliberalismo. Sentir al otro deviene una forma contrahegemónica de combate.

• Frida pintando en su cama, México, c.a. 1937 | Tomada de: Le Pinceaud Annie

Referencias bibliográficas

  1. BUSTOS, Brenda, 2015, La construcción de marcas de reconocimiento en sociedades ocularcentristas: el caso de mujeres ciegas del Área Metropolitana de Monterrey, Buenos Aires, CIES.

  2. DELEUZE, Gilles, 1985, El Anti Edipo: capitalismo y esquizofrenia, Barcelona, Paidós.

  3. DERRIDA, Jacques, 2000, El tocar, Jean-Luc Nancy, Buenos Aires, Amorrortu.

  4. ELIAS, Norbert, 2012, El proceso de la civilización: investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, México, Fondo de Cultura Económica.

  5. LUKÁCS, Georg, 1985, Historia y consciencia de clase, Vol. 2, Barcelona, Orbis.

  6. MBEMBÉ, Achille, 2011, Necropolítica, España, Melusina.

  7. SCHÜTZ, Alfred, 1974, El problema de la realidad social, Buenos Aires, Amorrortu.

  8. SCRIBANO, Adrián, 2017a, “Miradas cotidianas: el uso de Whatsapp como experiencia de investigación social”, en: Revista Latinoamericana de Metodología de la Investigación Social–ReLMIS, No. 13, tomado de: http://www.relmis.com.ar/ojs/index.php/relmis/article/view/20.

  9. SCRIBANO, Adrián, 2017b, “Instaimagen: mirar tocando para sentir. Dossier: las razones y las emociones de las imágenes”, en: Revista Brasileira de Sociologia da Emoção, No. 47, tomado de: http://www.cchla.ufpb.br/rbse/RBSEv.16n.47ago2017completo.pdf, pp. 45-55.

  10. SIMMEL, Georg, 2014, Sociología: estudios sobre las formas de socialización, México, Fondo de Cultura Económica.


Contáctenos

Revista Nómadas

Dirección de Investigación y Transferencia de Conocimiento

Carrera 5 No. 21-38

Bogotá, Colombia

Correo electrónico: nomadas@ucentral.edu.co