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Experiencia de guerra desde la voz de las mujeres*

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Experiencia de guerra desde la voz de las mujeres

Experience of war from the voice of women

Experiência de guerra da voz das mulheres

Elsa Blair *
Luz María Londoño **


* Este artículo es producto del trabajo de campo realizado con mujeres excombatientes de diferentes grupos armados colombianos en el marco de la investigación Mujeres en tiempos de guerra: una mirada a lo femenino en el contexto de los grupos armados colombianos, financiada por Colciencias, el INER y el OODI de la Universidad de Antioquia, 2002-2003. En él se hace una lectura analítica a partir de los testimonios de las mujeres entrevistadas.

** Doctora en Sociología de la UCL. Coordinadora del Grupo de investigación Cultura, Violencia y Territorio del INER. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

*** Psicóloga. Investigadora asociada del INER. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

El artículo recoge algunas reflexiones en tomo al trabajo de campo realizado con mujeres excombatientes de diversos grupos armados colombianos en el marco de la investigación Mujeres en tiempos de guerra: una mirada a lo femenino en el contexto de los grupos armados colombianos. A partir de una concepción de la guerra como construcción cultural, las autoras interrogan los efectos de la misma sobre su identidad femenina, es.to es, lo que la guerra ha representado para ellas como mujeres y los efectos que ha tenido en términos de su identidad genérica. Tras una reflexión inicial en torno a los desafíos éticos planteados por el trabajo de campo, las autoras abordan la problemática de la identidad de género a través de dos vías: por una parte, los campos o "nudos" temáticos que amarran las narraciones de las mujeres entrelistadas -la familia, la maternidad y los hijos, las relaciones con los "otros" , las experiencias de muerte y el dolor de la guerra-; y por otra, la forma particular en que ellas construyen sus relatos sobre su experiencia como combatientes. Por último, a partir de esa mirada analítica sobre la manera como estas mujeres han vivido y significado su experiencia como guerreras, las autoras plantean algunas conclusiones preliminares en torno a dicha problemática.

Abstract

After a first reflection about the ethical challenges that emerged from the fieldwork , the authors refer to the gender identity in two ways: by one side, the "fields" or thematic "knots" that tie the uiomen narratives –family, mate" and their own children, their relations with "others", the way they experience death and the pain war brings–; by the other, the particular way in which they build their narratives as combatants. Finally, based on the way these women have lived and significa their experience as warriors, the authors present some preliminary conclusions about this problematic.

This article gathers some reflections from the fieldwork done with ex-combatant women from diverse Colombian armed movements in the research project "Women in wartimes: A look to the feminine in the context of Colombian armed movements". Viewing war a cultural construction the authors question the effects it has on their own feminir¿ identity; id est., that war has represented for them as women, and the effects it has had in their gendered identity.


Tal como yo lo acabo de relatar yo sí creo que tendríamos historias más personales más intimas, más desde el amor porque es que los hombres ven el mundo de afuera, ellos casi nunca ven el mundo de adentro. Si tu le preguntas hoy a mi compañero, al que fue mi compañero allá, le dices que cuente su historia allá, no te va a contar los amores, los desamores, sino que te va a contar las peleas políticas en que él se tuvo que pelear con los. Mirá por ejemplo lo importante que es para uno que lo quieran, yo digo: me pelié con (…) ya no me quiere, ¿cierto? Uno todo el tiempo es quién me quiere y quién no me quiere, es un poco como uno vive las cosas […] Y tal vez yo creo que las mujeres podríamos aportarle más inteligencia a la guerra. no porque seamos más inteligentes, sino porque somos menos vanidosas y los hombres son demasiado vanidosos y siempre conducirán un movimiento al despeñadero por no reconocer que se equivocaron, por ejemplo. Yo creo que las mujeres como estamos tan acostumbradas a equivocarnos o a que nos digan que nos equivocamos, entonces es como más fácil replantear echar pa' atrás, uno incluso todo el tiempo echa pa' atrás los hombres no. ellos nunca, o sea, ellos siempre tienen la razón […] Entonces eso por ejemplo, yo pienso que ese es un saber que. que las mujeres actuamos conduciendo la guerra hacen mucha falta en ese sentido, de que las mujeres somos mucho más autocríticas y paradójicamente yo no sé, pues eso ya son particularidades mías, yo creo que si los hombres tienen una mirada puede ser más de perspectiva, las mujeres podemos mirar lo particular con más. profundizar más. O sea, ellos pueden abarcar más panorámicamente, por ejemplo, pero yo creo que nosotras podemos ser más agudas en muchos momentos y más perceptivas de ciertas situaciones y de ciertas personas. Por ejemplo, las mujeres nos equivocamos menos con respecto a las personas que los hombres y eso es muy importante. por ejemplo, en una mesa de negociación eso es clave, percibir al otro. Entonces yo creo que las mujeres, como somos manipuladoras, entonces sabemos los puntos débiles. fácilmente nos ubicamos en el terreno de las debilidades del otro, porque conocemos las debilidades, sí? Entonces yo digo que son saberes que las mujeres. no le han podido aportar de pronto a la guerra.

Testimonio No. 4

A modo de introducción

¿Qué buscan las mujeres participando en la guerra? ¿Qué las hace renunciar a su vida "normal" y a la puesta en juego o, en muchos casos, a la renuncia definitiva de una serie de situaciones y experiencias que definen el "ser mujer" en esta sociedad? ¿Cómo han vivido la guerra y qué ha quedado para ellas después de tanto sacrificio, tanto dolor y tanta muerte?1 Con todo y la diversidad de experiencias que encontramos, su ser de mujer es removido hasta las entrañas. El aplazamiento de su maternidad2 es sólo la recta final de una serie de aplazamientos: el de su infancia3, el de su adolescencia, el del duelo por sus muertos, el del reencuentro con sus familias, el de esa sociedad "nueva" por la que muchas –la mayoría– se comprometieron en esta historia de guerras y de muertes. Su paso por la guerra es también la renuncia a muchos sueños. Ahora desmovilizadas, algunas de ellas confiadas en el lenguaje de la política más que en la fuerza de las armas, intentando re-construir sus vidas, son víctimas de la estigmat ización, amenazadas en su seguridad personal y familiar, desprotegidas en casi todos sus derechos. Sin reconstruir en muchos casos el entorno del que alguna vez salieron ni ningün otro, batallando en las calles su sustento y una posibilidad para sus familias, la mayoría de estas mujeres están solas, muy solas y con un cúmulo de sueños rotos. Pero ellas no son sólo portadoras de dolor y añoranzas: fuertes, empecinadas, resistentes, muchas luchan por reconstruir sus sueños y por reinstalar en sus vidas, en las de sus familias y en las del colectivo social nuevos referentes, donde "el país imaginado" está siempre presente4

Esta sociedad –quién lo creyera después de tanta guerra y de tanto trabajo sobre la guerra–, no conoce el drama humano que se teje detrás de cada historia, en cada palabra, en cada lágrima de estas mujeres. La evocación de episodios vividos por ellas y narrados en su propia voz, es sólo la punta del iceberg de un drama humano de inmensas proporciones, que la sociedad debe conocer y los gobiernos enfrentar si alguna vez piensan seriamente contribuir a situar el país en el lugar del post-conflicto. Ni el Estado ni la sociedad conocen tampoco la enorme fuerza, la vitalidad, la lucidez, la humanidad, la vida que hay en cada relato. Desde las dificultades a la posibilidad misma de entrevistarlas, desde el miedo y los riesgos, ellas son vulnerables. Con todo, ellas resisten y su resistencia tiene el valor que la guerra invisibiliza. Dar a conocer el drama y la resistencia5 de las mujeres en la guerra es lo que haremos en este artículo, desde la po sibilidad brindada por el trabajo de campo6

Este último, en un país como Colombia en la época actual, nos enfrentó a dos desafíos específicos: en primer lugar, al de lograr fidelidad a su palabra, tratando de aprehender la experiencia real de sufrimiento y de violencia que había en el la, con todas las implicaciones que trae consigo. Y, en segundo lugar, al desafío que representa dar un tratamiento digno a sus experiencias de guerra.

Si algo se ha invisibilizado en el estudio sobre las guerras es la palabra femenina, el lenguaje femenino7 Por esta razón, que nos llegue su palabra –la de estas mujeres actoras de la guerra– es una posibilidad enorme de penetrar en esa "caja negra" de la participación femenina en ellas. Su palabra, retratada en cada uno de los relatos, no es sólo el hilo que permite tejer sus experiencias de la guerra; es también portadora de sentido y una manera de atenuar su dolor como resultado de esta puesta en público8 Al narrar tejen sus historias haciendo inteligible su vivencia de la guerra. Así, estas mujeres encuentran un sentido a su experiencia que les permite elaborar el dolor. Construir ese sentido a través de su palabra es también un acto de "exorcismo" de la vivencia de la guerra. En efecto, las palabras sirven para dar voz a lo indecible y volverlo , por consiguiente, más controlable9

A más de la información aportada en términos investigativos al mostrar ese otro rostro de la guerra, es el sentido puesto en su narración el que nos interesaba desentrañar10 En ese propósito, una preocupación permanente durante la realización de las entrevistas y en general durante la ejecución de todo el trabajo de campo, apuntaba a que supiéramos "captar" con toda la fuerza de sus palabras la realidad de la experiencia que ellas habían vivido . Sin embargo, siempre supimos que por más "fieles" que fuéramos al relato, la escritura textual que pudiéramos hacer de dicha experiencia –esto es, su representación en la palabra–, nunca dejaría de ser una interpretación de parte nuestra. Incluso si, como nos lo propusimos en aras de dicha " fidelidad", más que entrevistas que se desarrollaran a la manera de un diálogo, la mayoría del tiempo dejamos fluir libremente su palabra. Ahora sabemos que no se trata de captar nada que esté previamente elaborado. El trabajo de campo pone en escena interacciones donde confluyen las palabras de unos y otros, de los investigadores/as y de los/as "informantes" El concepto de reflexividad introducido al marco del trabajo etnográfico por Guber11, aclara muchas de nuestras dudas al respecto y le da consistencia metodológica a la experiencia vivida en el desarrollo de este trabajo. En efecto, al establecer la comunicación entre ambos se crea una situación inédita, que recoge de unos y otros, y hace posible la comunicación construyendo realidades El mejor ejemplo de esta interacción se tejía en las entrevistas con hilos a veces casi imperceptibles: la timidez inicial pero también el deseo de hablar, la resistencia velada y a veces manifiesta a ser interrogadas. Después, su palabra incontenible, a borbotones, imparable, evidenciando la necesidad de hablar y hablar que, en términos de Veena Das, caracteriza a las personas que han vivido experiencias de violencia12. Sin duda en cada entrev ista estaban ellas, su experiencia y su relato, pero también estábamos nosotras generando contextos de comunicación capaces de producir ese discurso y este texto que entregamos ahora. Sabemos también ahora que escuchar esta palabra sobre y desde la guerra es "ver la guerra"13, y en escucha en estos contextos violentos es una manera, en este caso nuestra, de poner el dolor de cada una de ellas en la esfera pública14. Son, entonces, estas situaciones inéditas creadas desde su experiencia de la guerra puesta en palabras y nuestra "escucha", con su puesta en la escena pública, las que anotamos aquí.

En lo que toca con los conflictos violentos, las realidades contemporáneas están exigiendo cada vez más a los investigadores de las ciencias sociales ser más osados y menos ortodoxos al interrogar sus "objetos" de estudio, y están exigiendo, igualmente, un tratamiento digno de las situaciones que rodean a sus "informantes". Cuando estas personas en sus vivencias de la guerra pasan por situaciones-límite, el manejo adecuado de las personas y las situaciones es condición sine qua non de la práctica investigativa hoy. Sin duda, ninguna de las disciplinas sociales –como lo señala Nordstrom para la antropología–, prepara totalmente para evaluar las consideraciones éticas que rodean los estudios de circunstancias peligrosas y a menudo trágicas. Es por esto que cobra todo su sentido la afirmación según la cual escribir sobre las experiencias de violencia de la gente es aún más difícil que escribir sobre la violencia en sí15.

Los desafíos en este terreno son, sin duda, enormes. Entre ellos, en el desarrollo de este trabajo diferenciamos tres, ligados todos a la comprensión y a la narración posible de estas experiencias de vio lencia. Un primer desafío apunta a la dignidad y al respeto con los cuales se enfrenten estas experiencias de vio lencia, en lo que toca con las personas y las situaciones mismas. En la actualidad "siempre presente" del conflicto armado co lombiano , sin duda hay espacio para arriesgar la seguridad. Un segundo desafío se refiere a la manera como dichas experiencias se pongan en palabras: ¿Logramos captar el contenido real de tales experiencias? ¿Logramos narraciones capaces de decir el dolor y la vio lencia que refieren sin "traicionar" su palabra y sin invisibilizar la vio lencia?16. Un tercer desafío toca con el contenido de las experiencias mismas: ¿Cómo escuchar sobre el dolor, cómo "ver la guerra" y permanecer inmunes? Este último profundizado sin duda en este caso por un componente: el de la calidad de excombatientes de las mujeres entrevistadas, que en consecuencia las sitúa en un polo del conflicto, como actoras del mismo, y no como grupos de población civil que lo padecen.

En el grupo entrevistado y pese a su diversidad17, hay aspectos que son comunes a todas las mujeres y que, en distintos grados, se convierten en los ejes temáticos de su narración, en la columna vertebral de su relato, aun cuando el peso y la significación no sean los mismos para todas ellas. Aspectos como la familia, la maternidad y los hijos, las relaciones con el "otro", las experiencias de muerte, el dolor de la guerra, marcan cada histo ria, aunque sin duda de diferentes maneras18. Tópicos como el conflicto y la guerra misma o, más recientemente, la desmovilización, también aparecen con frecuencia. Ellos son, pues, lo que identificamos como los horizontes de significación que "amarran" elo cuentemente los relatos. Siguiéndole la pista a esos horizontes de significación que constituyen el hilo conductor que teje sus historias, es posible perfilar una cierta imagen de lo femenino, de la identidad femenina, como una aproximación al problema que nos ocupa.

Desde esa situación inédita de la comunicación e interacción a través del lenguaje19, los relatos que estas mujeres nos entregaron sobre sus experiencias de guerra –a partir de los cuales realizamos el análisis que entregamos aquí–, fueron tejidos desde su palabra, sus silencios, sus gestos y no pocas veces sus lágrimas, y desde nuestra mirada/lectura sobre ellos.

La guerra en femenino

Queriendo construir un marco interpretativo de la experiencia de la guerra en femenino, nos asomamos a la manera particular en que ellas construyen sus relatos. Podemos plantear que un primer elemento que llama la atención es la profunda conexión existente entre la emoción y la razón. Si bien sus narraciones son ricas en elementos analíticos, donde ellas hacen una mirada aguda sobre aspectos tales como el por qué de su opción armada, la realidad social y política del país, las características de los grupos insurgentes donde militaron, la guerra, entre otros, dicho análisis no es el discurso frío sobre principios, lógicas, tácticas y estrategias político-militares. En otras palabras, su discurso no está hecho desde la distancia, a la manera de quien toma la posición del sujeto aséptico, que "disecciona", toma distancia, "limpia" su discurso de contenidos emocionales. Por el contrario, y aun a costa de dejarse tocar por la fuerza de los recuerdos evocados, son relatos plenos de emociones de diversa índole.

Hacer una lectura de las narraciones de estas mujeres sobre la guerra que vivieron como combatientes implica, para quien la realiza a fin de dar cuenta de su mirada, colocarse también donde ellas se colocan. Es decir, permitirse también ser "tocado " por la emoción, en procura de captar matices y significaciones que van más allá de la palabra misma. Porque en sus narraciones ellas se comunican no solamente a través de lo dicho, sino de otros lenguajes, que dicen tanto o más que las palabras: silencios prolongados, que surgen generalmente al hacer contacto con una experiencia dolorosa; el tono de la voz que decrece hasta hacerse casi imperceptible cuando hacen referencia a asuntos delicados o particularmente difíciles –un bajar la voz como si de alguna manera no quisieran oírse a sí mismas–; las vacilaciones, los tartamudeos y los cortes, que aparecen también en situacio nes complejas o cuando escarban en su memo ria para rescatar co n precisión un hecho… igualmente la risa, por momentos nervio sa o defensiva, como quien quiere restatle importancia a un asunto; o bien franca y abierta, como expresión de su sentido del humor y su vitalidad. Estas otras formas de decir, de las cuales están llenos sus relatos, constituyen una evidencia más del espacio que les conceden a sus emociones. Su observación detallada durante los encuentros con ellas, su registro fiel y su lectura cuidadosa en el contexto de su narración, implican de entrada validar estos otros lenguajes como recursos comunicativos. Pero ello sólo es posible desde una posición de apertura, que reconozca el ámbito de las emociones como elemento central de comprensión de la experiencia humana, en este caso de la guerra. Más aún cuando se busca desentrañar la significación particular que tiene una determinada experiencia desde un enfoque de género, donde las distintas posibilidades de contacto y expresión del mundo emocional parecen constituir un elemento central de diferenciación entre hombres y mujeres, al menos en lo que atañe a la cultura occidental.

Lo anterior cobra particular relevancia cuando la experiencia sobre la cual se reflexiona es la guerra, porque es justamente la imposibilidad de la expresión emocional la que se señala por muchas de las mujeres como condición de la guerra y como una de las cosas más difíciles de vivir para ellas dentro de la misma; el mundo de la guerra, tal como ellas lo ven, necesita para poderse sostener "suprimir" todo tipo de emociones que pudieran resultar desmoralizadoras para el ejército de combatientes Porque el dolor, la tristeza, la compasión, la ternura, la debilidad, el miedo, no resultan buena compañía para los guerreros y guerreras. No llorar la muerte de los compañeros, no mirar la cara del soldado muerto en combate20, no dar señales de debilidad física –ni agotamiento, ni dolor, ni cansancio–, son finalmente estrategias encaminadas a amordazar determinadas emociones en aras de construir la imagen del guerrero: el que todo lo puede, el invencible, el que no se arredra ante nad a, el imparable.

En este marco podemos decir también que son relatos donde lo cotidiano cobra particular relevancia. Su mirada no es la de las granldes gestas, donde lo heróico ocupa el primer plano. Es más bien una mirada que recoge asuntos que, desde una visión más convencional sobre la guerra21, podrían considerarse irrelevantes, pero que evidencian la importancia que le atribuyen a lo relacional, a lo íntimo, a la vivencia personal y, funiamentalmente, a lo que las conmueve. Y eso que las conmueve –que durante su experiencia como combatientes fue profundamente silenciado, so pena de ser tildado como "debilidad", o como "cuestiones de mujercitas"– se relaciona invariablemente con situaciones donde las personas son el referente: el nombre del amigo que ya no está, el dolor ocasionado a la madre que tuvo que plegarse a su decisión de abrazar la guerra, el gesto del civil que las apoyó en un momento de necesidad y que es capaz de conmoverlas hasta las lágrimas, la admiración por la señora que en medio de su pobreza mantenía las ollas relucientes, el dolor frente a la miseria y el abandono de poblaciones que conocieron en su trasegar guerrero. Son, pues, narrativas donde se pasa fácilmente del recuento histórico y el análisis político de coyuntura, a la anécdota concreta y precisa, construida a partir del contacto con el mundo de sus emociones. Esa facilidad para desplazarse de un sitio al otro, sin que pareciera existir una línea divisoria tajante entre ellos -entre eso que ha sido llamado "lo público" y "lo privado" -, constituye aparentemente una característica del discurso femenino. Discurso que finalmente lo que hace es dar cuenta de una manera particular de vvir el mundo, en este caso el mundo de la guerra. Merced a ello, el resultado son unas narrativas ricas en matices, en colores y en contenidos, donde emergen con igual fuerza el dolor frente a la destrucción y el sufrimiento propios de la guerra, y también la exaltación ante lo arrobador de un paisaje o la risa que nace de evocar una situación graciosa.

En nuestra búsqueda de elementos que nos acerquen a la comprensión de los procesos que se operan en las mujeres combatientes en términos de su identidad de género, encontramos también que el hecho de ser mujeres signa visiblemente su participación como combatientes desde la culpa. La ecuación "mujer fuente de vida" se convierte para varias de las entrevistadas en un referente desde el cual ellas y otros "juzgan" su militancia guerrera, dándole a ésta unas connotaciones diferentes a las que puedan existir para los varones: mientras para éstos la participación en la guerra como combatientes es vista como una cuestión natural, objeto incluso de reconocimiento, en las mujeres es objeto de rechazo y de sanción social22 Otro aspecto relacionado con " la culpa de las mujeres" que llama la atención es que ésta aparece también y de una manera muy importante referida a los hijos. La culpa porque sí y la culpa porque no: por haberlos dejado al cuidado de otros para irse a la guerra o por haberlos tenido con ellas y haberlos expuesto así a situaciones de clandestinidad, riesgo y violencia. Guerreras-madres… de nuevo los hijos instalados como referente de su accionar guerrero, como una impronta que marca dolores y culpas.

Es, pues, una culpa derivada de transgredir los patrones social y culturalmente aceptados de lo femenino: al negar su papel como mujeres-madres en la renuncia a su maternidad; al no cumplir el papel tradicional de madres por haber tenido los hijos en su periodo de lucha armada, y, de una manera particular, al participar en acciones violentas socialmente vistas como antinaturales en las mujeres23, como ejercer la crueldad o matar, cuando ellas han de ser "dadoras" de vida.

La reflexión en términos de la identidad de las mujeres combatientes, encuentra entonces en el campo de los valores que han definido tradicionalmente la feminidad y la masculinidad un aspecto necesario de tomar en cuenta. Por una parte, unas imágenes masculinas vinculadas fundamentalmente a valores "duros" (fuerza, razón, contención emocional, resistencia, riesgo, agresividad.) y unas imágenes femeninas construidas desde el polo contrario, que estimulan en las mujeres el desarrollo de lo relacional, de lo sensible, de lo emotivo, del cuidado de. Lo que torna problemática esta asignación no es sólo la oposición radical de referentes en la construcción de identidades, sino la desigual ponderación que existe en nuestra cultura de las características así asignadas, donde son justamente los valores "duros" los que reciben una mayor valoración social. Y tal como aparece en los relatos de las mujeres entrevistadas, la guerra lo que hace -pues lo necesita para poder ser- es maximizar "lo duro", pues "lo blando" resulta amenazador cuando se trata de "hacer la guerra", porque representa para el guerrero (la guerrera, en el caso de ellas) una condición de vulnerabilidad.

Esta consagración de "lo masculino" en el mundo de la guerra se constituye entonces para las mujeres entrevistadas en reto necesario de afrontar en su vida como combatientes. Demostrar a sus compañeros de lucha y a sí mismas que poseían las virtudes físicas, emocionales e intelectuales para desempeñarse en ese mundo guerrero; que eran capaces de ser tan valientes como ellos, tan fuertes como ellos, tan racionales como ellos, se torna un imperativo. El desafío que ello suponía sin duda revistió una magnitud tremenda, todavía más cuando en ellas mismas se encontraba instalado el referente de la supremacía masculina en campos tradicionalmente reservados a los varones, donde eran "los que más sabían" Demostrar (se) que eran capaces de desenvolverse en ese mundo de la guerra constituye a la vez demanda y deseo, motivación y costo, fuente de reconocimiento y fuente de negación de características y expresiones vitales de su ser mujer Para desempeñarse en ese mundo tienen que aceptar el reto. ¿Hasta dónde "renunciar" a "poner" en la guerra algo de "lo femenino" interiorizado por ellas? ¿A qué costos? Hay "pistas" en sus relatos que apuntan a señalar que si bien la experiencia de la guerra exige para todas las mujeres un grado de " asimilación masculina", en términos de las características asignadas a hombres y mujeres en nuestra cultura, son justamente aquellas donde dicha "asimilación" es mayor las que a la postre resultan más lesionadas emocionalmente por su experiencia en la guerra, más "rotas" en términos de la construcción-reconstrucción de su identidad como mujeres.

La resistencia femenina en la guerra o el rescate de su identidad de género

La gente me demostró que la resistencia emerge al primer signo de opresión y que está codificada de una manera más poderosa para recrear la cultura y la identidad contra las vicisitudes de la violencia y la opresión. Carolyn Nordstrom

En su trabajo sobre la etnografía de la guerra, Carolyn Nordstrom24 desarrolla reflexiones de enorme valor al abocar el estudio de poblaciones inmersas en experiencias de violencia, poniendo en evidencia la capacidad que desarrollan esas poblaciones para afrontar el dolor y la necesidad de sobrevivencia. Lo que destaca en este esfuerzo es, de un lado, la creatividad de la que se valen para hacerlo, y de otro, la capacidad de la resistencia ante la opresión y las vicisitudes de la violencia. Esta última tiene un gran significado en nuestro trabajo. Ella nos permite nombrar –con todo y las precisiones de su uso en el trabajo de Nordstrom–, todos esos esfuerzos de las mujeres por hacerle frente y literalmente resistir al proceso de "asimilación masculina" que les impone la guerra.

La guerra y su participación en ella como combatientes enfrenta a las mujeres a un gran desafío: la ambigüedad de una acción donde deben "masculinizarse" para hacer la guerra –lo que va desde vestir los "masculinos" uniformes militares, hasta hacer gala de tenacidad y valentía cuando no de acciones francamente heroicas para el combate, como reto para ser aceptadas, reconocidas y visibilizadas, con altos costos para su identidad– o reivindicar su identidad de género a costa del desconocimiento y el rechazo.

De manera similar a lo que ocurre en el caso de Mozambique estudiado por Nordstrom25, donde para sobrevivir la gente estaba obligada a crear, en el caso de las mujeres inscritas como combatientes en el conflicto armado colombiano, para mantener su identidad de género ellas están obligadas a resistir -y la creatividad es una de las formas de la resistencia- para no perderse en ese mundo "masculino" Si bien desde la perspectiva más política de "la causa" hombres y mujeres combatientes están del mismo lado, a la hora de las tareas, las responsabilidades y las cotidianidades de la guerra esta igualdad desaparece. En ese contexto, rigen en la mayoría de los casos la opresión, el autoritarismo, el desconocimiento y la invisibilización. Las mujeres deben hacer entonces resistencia a ese mundo masculino que se les impone.

Es por esto que, pese a la constatación de la participación de las mujeres, creemos que no existe lo femenino en la guerra. O, más precisamente, todos esos valores calificados como propios de lo femenino que no logran ser aplastados del todo, se cuelan por las ranuras de un mundo masculino que como tal los niega. Porque justo los espacios de la guerra donde las mujeres son visibles son aquellos que conforman el escenario masculino de la guerra, donde lo que se valora es el arrojo, el coraje, el heroísmo, la valentía, la tenacidad. Y los espacios donde son ellas mismas en su ser más femenino se tienen que colar por entre los resquicios de destrucción y muerte que deja la guerra. Ellas con su acción son pilares cotidianos de un escenario que las obliga a "parecerse" a los hombres. Su participación decisiva en la guerra ha sido una manera de emularlos, que ha conseguido invisibilizar a las mujeres desde la guerra misma. E l discurso de la igualdad está presente, en algunos grupos más que en otros, pero siempre y cuando igualdad signifique que ellas son "capaces" de comportarse "como" los hombres, "iguales a" los hombres. No de ser ellas mismas. No de establecer la diferencia. Con todo, como lo señala Cristina Rojas26 -y es ahí donde hablamos de resistencia- las mujeres desempeñan los papeles que le son asignados pero a la vez los subvierten, dando la vuelta a categorías impuestas, incluso a las consideradas naturales, para lograr ser ellas mismas.

En este caso, han demostrado tanta tenacidad y tanta fuerza como la de los hombres, pero su vitalidad y su esencia –con las cuales resisten– están en otra parte: en sostener esas "góticas de vida" que se cuelan por entre esos resquicios de la dureza de la guerra. Ellas son entonces las de la flor en el fusil, las del adorno en el equipo, las del gesto amable en medio de la dureza impuesta por la cotidianidad de la guerra. También las que emprenden acciones donde invocan un trato diferencial para ellas por el hecho de ser mujeres27, o donde, a pesar de que ello fuera menospreciado, nombrado con desdén u objeto de crítica28, pugnan por sensibilizar la guerra29. En algunos casos más que en otros las mujeres resisten: resistencia de las mujeres a la opresión de la que son objeto en el contexto de la guerra; resistencia podríamos decir a lo masculino y toda su secuela de valores "duros" entronizados en el escenario de la guerra; resistencia cuando introducen la emoción y no sólo la razón en la cotidianidad de la guerra; resistencia cuando debaten sobre las formas ortodoxas y rígidas de proceder en el manejo de los asuntos relacionados con la guerra; resistencia cuando intentan sensibilizar la guerra incorporando prácticas de cuidado de sí y del otro.

Frente a la insensibilización de un mundo construido sobre valores masculinos y "duros" , las mujeres resisten desde su feminidad. Son esas ranuras de vida que se filtran por los espacios de muerte de la guerra, donde son más ellas mismas: brotes de otro horizonte de significación que las mujeres hacen posible –aún sin saberlo– en ese mundo masculino de la guerra. En otras palabras, para resistir apelan a lo femenino en ellas –en un rescate de su identidad de género– y establecen la diferencia. Porque las mujeres no son iguales a los hombres y esto, tan evidente ahora a la luz de nuevas reflexiones del feminismo, hubiera podido, en su momento, cambiar el horizonte de participación de las mujeres en la guerra.

Con todo, sabemos que hay mujeres duras y completamente adscritas a los valores masculinos. Lo que es importante resaltar entre el grupo de mujeres entrevistadas es que quienes invocaron su derecho a lo femenino desde estas formas de resistencia, son no sólo las más creativas, sino también las que no perdieron del todo su autonomía y han podido enfrentar la desmovilizac ión y el regreso al "mundo civil" sin quebrarse o, en todo caso, menos quebradas. Son ellas las que a través de las diversas formas de resistencia, ejercidas contra la dominación de lo masculino de la guerra, sobreviven hoy con sus identidades " heridas", pero no de muerte.


Citas

1 Detrás de estas preguntas y buscando conocer el impacto de su experiencia como actoras de la guerra en su identidad de género, entrevistamos a un grupo de mujeres excombatientes. Con edades entre los 15 y los 54 años, la gama de experiencias y situaciones es sumamente diversa; un caso excepcional lo constituye una mujer fuera de este rango de edad.

2 Algunas no tienen hijos; otras los tuvieron tardíamente y para otras, aun cuando los tuvieron jóvenes y en la guerra, su maternidad –en ese contexto– fue siempre un aplazamiento. "La causa" estaba primero que todo, lo era todo.

3 Algunas de las mujeres entrevistadas estuvieron en la guerrilla desde su niñez. Una de ellas desde los 6 hasta los 13 años, cuando se desmovilizó. La entrevistamos 2 años después.

4 Si bien con excepciones, constituidas principalmente por menores de edad (quienes tomaron parte en la guerra en una época más reciente), la mayoría de las mujeres enttevistadas, cuya militancia atmada se realizó entre los años setenta y los noventa, han estado vinculadas de alguna manera después de su desmovilización a espacios u organizaciones sociales relacionadas con construcción de ciudadanía, ampliación de la democracia y atención a grupos sociales particularmente vulnerables. Pero también, gracias a sus palabras, sabemos de la existencia de muchas otras excombatientes que, una vez desmovilizadas, han preferido tratar de romper con su pasado y con cualquier referente que pudiera revivirlo. El dolor, el estigma y el riesgo que representa hacerse visibles en un país donde "no hay perdón ni olvido" –como lo dice una de las entrevistadas– nos privan de escuchar su voz y conocer su experiencia.

5 El término resistencia tiene aquí más su connotación especifica como acción humana (la de tesistir al dolor, a la dureza, a…), que un significado político de resistencia como oposición frente a otras opciones distintas a la dominante, cualquiera que fuera.

6 El trabajo de campo fue sin duda el que posibilitó el acceso a su palabra y a sus historias. Con todo, los presupuestos teóricos y metodológicos que lo acompañaron fueron también fundamentales. Esto es muy importante resaltarlo, dado que si bien la palabra de las mujeres es importantísima en sí misma, sin el mateo intetptetativo que la sostenía y los postulados con los cuales se hicieron las entrevistas dicho ttabajo hubiera sido pobre o, en todo caso, otra cosa.

7 Ahora sabemos que la experiencia de la guerra por parte de las mujeres no es un fenómeno de invención reciente. Ver: Elsa Blair y Yoana Nieto, Las mujeres en la guerra: Una historia por contar. (En prensa).

8 Mucha reflexión actual sobre memorias de las personas que han vivido situaciones de violencia en contextos de guerra ha evidenciado la necesidad de "narrar" y hacer público su sufrimiento como una vía de elaboración de esas situaciones traumáticas. Ver: Elsa Blair, "Memoria y Narrativa. La puesta del dolor en la escena pública", en: Revista Estudios Políticos, No. 21. Medellín, IEP, Universidad de Antioquia, diciembre 2002.

9 Nordstorm, 1997, Op. Cit., p.79.

10 Fue impactante la recurrencia de relatos donde ellas manifestaban hacer conciencia, al narrarlas, de una serie de experiencias que nunca antes habían pensado, una historia que ellas "nunca se habían contado a sí mismas". Hubo un redescubrimiento de ellas y sus vidas en la posibilidad de ser escuchadas y de poner en palabras sus experiencias, que en muchos casos estaban en bruto, sin ninguna posibilidad de elaboración. Hay algo de terapia en ello.

11 Siguiendo a Guber, podemos decir que la función performativa del lenguaje responde a dos de sus propiedades: la indexicaidad, que se refiere a la capacidad comunicativa de un grupo de personas en virtud de presuponer la existencia de significados comunes, de un saber socialmente compartido; y la reflexividad, con la cual las descripciones y afirmaciones sobre la realidad no sólo informan sobre ella, sino que la constituyen. Esto significa que el código no es informativo ni externo a la situación, sino que es eminentemente ptáctico y constitutivo. Describir una situación es, pues, construirla y definirla. La reflexividad señala la intima relación entre la comprensión y la expresión de dicha comprensión. El relato es el soporte y vehículo de esta intimidad. Ver: Rosana Guber, La etnografía, Bogotá, Norma, 2001, p.45.

12 DAS, Veena. "Anthropological Knowledge and Collective Violence", en: Antropology Today, 1 (3): 1985, pp.4-6. Citado en: Nordstrom, 1997, Op. Cit., p.20-21.

13 Una apteciación del autor holandés Adrián Van Dis, afirma que "ver la guerra es escuchar". El autor sostiene que mientras uno escucha estas historias, realmente está viendo la guerra ante sus ojos. Van Dis, Adrián. In Afrika. Amsterdam: Meulenhoff, 1991, p.44. Citado en: Nordstrom, 1997, Op. Cit., p.98.

14 La expresión es de la artista colombiana Doris Salcedo. Citado por: María Victoria Uribe, "En los márgenes de la Cultura", en: Arte y violencia desde 1948, Bogotá, Norma, Museo de Arte Moderno, 1999.

15 Nordstrom, 1997, Op Cit., p.9.

16 Santiago Villaveces, "La invisibilización de la violencia. Diálogo con la revista Utopías", en: http://www.upaz.uy/procesos/panamerica/colomb/invisib.htm

17 Cabe señalar que todas ellas hicieron paite de grupos insurgentes y en su mayoría se desempeñaron como combatientes entre 1970 y 1995. Sólo unas pocas - todas entre los 16 y 22 años- se desvincularon más recientemente de la lucha armada. Es muy importante señalar aquí que las mujeres entrevistadas son todas excombatientes y se encuentran actualmente desmovilizadas. Es a través de este lente de la desmovilización y la salida del grupo desde donde tejen sus relatos y reconstruyen sus memorias.

18 Existen otros tópicos también interesantes en términos de su identidad de género, como las alusiones al cuerpo y su relación por ejemplo con el uniforme y con las armas, o aspectos relacionados con la vivencia de su sexualidad, pero sus alusiones son menores en relación con éstos, y el análisis de los mismos también amerita mucha más reflexión antes de intentar avanzar con lo que serían sus significaciones. Hechos por ejemplo como la cesación de la menstruación (por el adiestramiento militar y demás), o las implicaciones de sus "alias" o nombres de guerra en su identidad, ameritan ser pensados más detenidamente.

19 Guber, Op. Cit., p.45.

20 En su libro, Vera Grabe hace mención de un compañero del M-19, que después de haber desobedecido la advertencia existente de no mirar la cara de un soldado caído en combate, pidió que lo dieran de alta de la fuerza militar. Vera Grabe, Ramones de vida, Bogotá, Planeta Colombiana, 2000, p.254-

21 Visión que ha sido tealizada fundamentalmente por los hombres.

22 Varias de las mujeres entrevistadas tuvieron también hermanos en la guerrilla. Pero mientras la vinculación de éstos no despertó el rechazo familiar –se asumía como "los hombres son así", o en el peor de los casos, "ellos son como más locos"– la vinculación de la hija fue vivida con connotaciones de tragedia y asumida incluso como fuente de sanción divina para ella y para la familia.

23 Al respecto, Franca Ongaro Basaglia plantea cómo, "apelando a una ley de la naturaleza tomada de manera grotescamente literal" (todo lo que la mujer es lo es por naturaleza), existen patámettos diferentes para juzgat el comportamiento de hombtes y mujeres, concediéndoles a éstas un margen mucho más estrecho de acción y de poder. En un intetesante ensayo sobre la mujer y la locura, dice al respecto: "La agresividad es uno de los atributos considerados naturales en el hombre […] La sanción y la condena a la conducta anormal de una mujer agresiva tienen un significado mucho más profundo que cuando se aplican al comportamiento anómalo masculino, ya que para él se toma en cuenta automáticamente la esfera social. Las anomalías femeninas son algo que afecta a las mismas raíces de aquello que es per se, y no exclusivamente lo que es para los otros. Es el ser mujer lo que se pone en juego. Ver: Franca Ongaro Basaglia, "La mujer y la locura", en: Sylvia Marcos, (Coord.), Antipsiquiatría y política. Intervenciones en el Cuarto Encuentro Internacional de Alternativas a la Psiquiatría, México, Editorial Extemporáneo S.A. 1980, p.167 (el resaltado es nuestro).

24 Nordstrom 1997, Op. Cit., p.10.

25 Íbid

26 ROJAS, Cristina. Civilización y violencia. La búsqueda de la identidad en la Colombia del siglo XIX, Bogotá, Norma, 2001, p.167

27 Como concederles papel higiénico a las mujeres, demanda respaldada en su momento incluso por el comité de salud de la organización insurgente, dado el riesgo de enfermedades vaginales asociadas a la carencia de éste.

28 Varias de las entrevistadas refieren que tales acciones etan descalificadas con argumentos como "son cosas de la ciudad", son "maticaditas", son "cosas de mujercitas"

29 Los testimonios de varias mujeres dan cuenta de acciones de diverso tipo en este sentido. Entre ellas el trabajo encaminado a ajustar el trato concedido a los prisioneros a las normas del Derecho Internacional Humanitatio; el trabajo de petsuasión realizado con los mandos pata abrir espacios donde otras mujeres combatientes pudieran expiesat los problemas personales que las aquejaban; la labor de escucha permanente y de apoyo emocional realizada por una mujer que ostentaba cierto rango frente a los problemas y necesidades de los combatientes más jóvenes.


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