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Violencia sin guerra: La sociedad vasca y el terrorismo de ETA en el umbral del siglo XXI

Violence without war: Basque society and ETA terrorism on the threshold of the 21st century

Violência sem guerra: sociedade basca e terrorismo da ETA no limiar do século XXI

Santiago de Pablo *


* Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco. Es autor de diversos libros y artículos sobre el nacionalismo y la historia vasca del siglo XX. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. .


Resumen

En este artículo analizamos la evolución de la organización terrorista ETA, desde su nacimiento en 1959 hasta nuestros días. En el País Vasco no hay una guerra sino un enfrentamiento entre una minoría, cada vez más reducida, y una sociedad vasca plural, pero mayoritariamente contraria al terrorismo. De ahí que, en este inicio del siglo XXI, ETA se haya convertido en un movimiento cerrado en sí mismo y anclado en el tiempo, que se resiste a aceptar su fracaso.

Palabras clave: País Vasco, España, nacionalismo, terrorismo, ETA.

Abstract

In this article we analyse the evolution of terrorist organisation ETA, from its beginning, in 1959, to the presenl days. At the Basque Country there is not properly a war, but a confrontation betvueen a minoríty, which is clearly shrinking, and a plural society, mainly more and mure against terrorism. Hence, at the beginning of XXI Century, ETA has become a shut up movement, lost in present time, which resists to swallovu its failure.


En agosto de 2003 visité una pequeña abadía románica, en un pueblo perdido en el Departamento francés de Ariége. Al comentarle al guía encargado de enseñar la iglesia que yo era profesor de la Universidad del País Vasco, su reacción –con intención de hacer un comentario gracioso y distendido– fue preguntarme si había tenido la amabilidad de dejar la bomba antes de entrar a la abadía. Y es que el País Vasco, a pesar de contar con un nivel de vida equiparable a otras regiones del mundo occidental o con manifestaciones culturales de primer orden, como el Museo Guggenheim de Bilbao, es conocido en el mundo entero por la vio lencia de ETA (Euskadi ta Askatasuna, es decir, "País Vasco y Libertad", en lengua vasca).

Entender las causas de la pervivencia de este movimiento terrorista en la España democrática de comienzos del siglo XXI no es tarea fácil. En parte porque ETA aparece ho y como un movimiento anacrónico en el co njunto de la Unión Europea, puesto que la inmensa mayoría de los grupos armados semejantes, nacidos a la par que ETA, han dejado de existir. Por otro lado, el nacionalismo y la denominada cuestión vasca –es decir, el problema del encaje institucional del País Vasco en el conjunto de España–, son muy anteriores a la existencia de ETA, pero en la práctica diaria resulta muy complicado distinguir ambas cuestiones, en medio de las complejas y trágicas circunstancias que se vivendía a día en el País Vasco. De hecho, estudiosos y protagonistas no se ponen de acuerdo ni siquiera en la definición territorial del ámbito cultural, político e histórico vasco, descrito muchas veces como un laberinto o un rompecabezas, que ni los que vivimos aquí somos capaces de comprender. Lo cierto es que, en la actualidad, la Comunidad Autónoma del País Vasco o Euskadi comprende las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. Sin embargo, el nacionalismo vasco ha reivindicado y reivindica también como territo rio vasco la actual Comunidad Foral de Navarra y, en menor medida, la zona vasco francesa. Por todo ello, antes de analizar la situación actual del País Vasco, del nacionalismo y de ETA, es necesario realizar un recorrido, necesariamente somero y simplificado, por su historia contemporánea.

1. Las raíces del nacionalismo vasco

Las raíces de la cuestión política vasca pueden rastrearse ya en el siglo XIX, aunque no se plantee ni mucho menos en la actualid ad en los mismos términos que en sus inicios, pues en aquellos momentos la identidad vasca se fundaba sobre un doble patriotismo, vasco y español al mismo tiempo. El Partido Nacionalista Vasco (PNV), fundado en la década de 1890 por Sabino Arana, rompió esa identidad compartida, abogando por una nación vasca separada y enfrentada a España. Los rasgos fundamentales del primer nacionalismo vasco fueron el racismo, el catolicismo integrista, el concepto esencialista de nación, el antiliberalismo y el antisocialismo. Para Sabino Arana, la clave de la libertad vasca radicaba en la supuesta "pureza de raza", lo que significaba un odio a los inmigrantes no vascos.

Arana murió en 1903, sin embargo el PNV continuó en las décadas siguientes un lento pero constante proceso de expansión, compatible con problemas internos, al enfrentarse en su seno los sectores radicales, partidarios de la completa independencia respecto a España, y los moderados, favorables a una autonomía política dentro del Estado español. La unidad del partido pudo mantenerse gracias a una solución de compromiso, que consistió en mantener el objetivo final de la independencia, pero participando activamente en la po lítica española para ir alcanzando logros parciales en el proceso de concienciación nacional. No obstante, este equilibrio pendular entre la autonomía y la independencia no evitó las escisiones, casi siempre protagonizadas por los sectores más radicales e independentistas. Durante la II República española (1931 - 1936), el PNV se constituyó en un movimiento político-social de masas y en 1933 llegó a ser el partido más votado en el País Vasco por vez primera en la historia, pese a ser muy débil en Navarra y algo menos en Álava, las dos provincias del interior.

El inicio de la Guerra Civil de 1936-1939 obligó al PNV a decantarse por uno de los dos bandos beligerantes, haciéndolo, aunque sin entusiasmo, por la República y contra los militares sublevados, para alcanzar por fin la autonomía vasca, su principal objetivo a corto plazo desde la muerte de Arana. La alianza entre el PNV y el Frente Popular se plasmó, en octubre de 1936, en la aprobación del Estatuto y en la formación del primer Gobierno vasco de la historia, presidido por el nacionalista José Antoni o Aguirre. Sin embargo, la victo ria del bando franquista en la guerra significó el final de la efímera autonomía y la marcha al exilio del Gobierno vasco y de muchos dirigentes del PNV, que pasó a la clandestinidad en el interior. Todo ello supuso el abandono del tradicionalismo ideológico por parte del PNV, que fue uno de los fundadores de la Democracia Cristiana europea.

No obstante, –aunque mantuvo encendida la llama del Gobierno vasco en el exilio hasta el final de la dictadura–, el PNV dio claras muestras de agotamiento desde los años cincuenta. La muerte de Aguirre en 1960 simbolizó todo un relevo generacional, pues el principal pro tagonista del antifranquismo vasco a partir de esta fecha no fue ya el PNV, sino una nueva organización, ETA.

2. ETA contra la dictadura franquista

El origen de ETA estaba en un pequeño grupo de estudiantes nacionalistas (Ekin), creado en torno a 1952, que se integró después en las Juventudes del PNV Sin embargo, pronto comenzaron los problemas interno s, pues los jó v enes acusaban al PNV de inactividad y de haber llevado a un divorcio entre el exilio, cada vez más envejecido, y las nuevas generaciones del interior. La escisión se consumó a partir de 1958 y un año después, en julio de 1959, los jóvenes escindidos adoptaron el nombre de ETA. Se trataba de la escisión más importante en toda la historia del nacionalismo vasco, a pesar de que inicialmente no supuso una ruptura ideológica con el nacionalismo vasco más rad ical . De hecho, la trascendencia de ETA no se debió a su radicalidad independentista, sino a la posterior introducción del marxismo en el ideario nacionalista –hasta entonces ligado al catolicismo– y sobre todo a la apelación a la violencia para obtener su objetivo de una Euskadi independiente, unificada, socialista y vascoparlante, según sus propias formulaciones. No obstante, las relaciones iniciales entre el PNV y ETA fueron relativamente cordiales, sobre todo porque la represión franquista contra la nueva organización nacionalista provocó la solidaridad de todo el nacionalismo. A partir de 1964 ETA unió la liberación social con el nacionalismo y comenzó un período de difíciles relaciones con el PNV El motivo de su ruptura no fue tanto el uso de la violencia –que ETA apenas había iniciado y que el PNV miraba con cierta comprensión, como una violencia de respuesta frente a la dictadura–, sino la acusación del PNV a ETA de ser una avanzadilla marxista.

Desde 1968, ETA intensificó sus acciones violentas, al tiempo que consagraba una mezcla de ideología marxista revolucionaria y tercermundista –para la que Euskadi sería una colonia de España–, y de nacionalismo vasco radical. Esta amalgama ideológica y el control del aparato militar dieron lugar a numerosas escisiones en el seno de ETA a lo largo de estos años, integrándose algunos grupos escindidos en la extrema izquierda española. En 1968 un miembro de ETA dio muerte en un control rutinario a un guardia civil, siendo posteriormente él mismo abatido por las fuerzas de seguridad. El mismo año el inspector de policía Melitón Manzanas era asesinado por la organización terrorista, comenzando así una escalada de violencia, en la que ETA sumó 43 asesinatos hasta el final de la dictadura. El franquismo respondió con la represión, a veces indiscriminada, lo que no hizo sino incrementar la solidaridad con ETA. Así sucedió con motivo del consejo de guerra celebrado en Burgos en 1970 (en el que seis militantes de ETA fueron condenados a muerte, siendo posteriormente indultados por Franco) o en el fusilamiento de dos miembros de ETA, junto a tres de otro grupo terrorista español, el FRAP, ya en septiembre de 1975 Sucesos como éstos no hicieron sino dar alas a una organización que se centró cada vez más en la vía armada y en el activismo revolucionario, como se vio en el asesinato en Madrid del presidente del Gobierno franquista, Carrero Blanco, en 1973. Al año siguiente, ETA colocaba una bomba en una cafetería de Madrid, asesinand o a trece personas. Este hecho fue el detonante de la escisión más importante de la historia de ETA, que quedó dividida en dos ramas: militar y político-militar.

3. Combatir contra la democracia

Tras la muerte de Franco, en 1975, se abrió el camino de la demo cracia en España. La transición democrática permitió la reaparición en el interior del nacionalismo histórico, representado por el PNV. Pero el mundo nacionalista –como consecuencia de la aparición de ETA durante el franquismo y de los cambios sociales e ideológicos de la segunda mitad del siglo XX– iba a ser mucho menos homogéneo que en la etapa de la República. De esta forma, se crearon nuevo s partidos nacionalistas de izquierda y extrema izquierda, muchas veces ligados a las diferentes ramas de ETA . Algunos de estos partidos desaparecieron muy pronto y otros se fusionaron, confo rmándo se finalmente, además del PNV, dos grandes bloques, representantes de la izquierda abertzale (nacionalista): la coalición Euskadiko Ezkerra (apoyada por ETA Político-militar) y los diversos grupos del entorno de ETA Militar que formaron Herri Batasuna (HB) en 1978.

En el referéndum constitucio nal de 1978, el PNV propugnó la abstención, mientras la izquierda abertzale pedía el voto negativo. La participación electoral en Euskadi fue escasa (el 45,5 %), pero el 68,8 % de los votantes lo hicieron a favor de la Constitución. Tras la aprobación de ésta, las elecciones de 1979 supusieron la aparición de la hegemonía nacionalista en el País Vasco. El PNV siguió siendo el partido mayoritario (27 % de los votantes en el País Vasco) pero, a pesar de su predominio, tenía ahora un importante competidor en el campo nacionalista, debido al auge de HB, que logró un 15 % de los votos en el País Vasco y superó con creces al PNV en Navarra, aunque aquí el conjunto del voto nacionalista siguió siendo muy pequeño. Además, el terrorismo no terminó con la llegada de la democracia, sino que, a pesar de la amnistía total de 1977 –en la que incluso los condenados por delitos de sangre salieron de las cárceles–, se incrementaron las trágicas acciones de ETA, sumando hasta hoy más de 800 asesinatos desde 1968.

A pesar de que los nacionalistas se habían opuesto a ella, fue precisamente la aprobación de la Constitución española de 1978 la que posibilitó la aprobación del Estatuto de autonomía del País Vasco en 1979, al que se opuso HB. Poco después se constituía el nuevo Gobierno vasco, presidido por Carlos Garaikoetxea (PNV), que tomaba el relevo del Gobierno en el exilio. Aunque el principal problema de Euskadi –la persistencia del terrorismo de ETA– seguía todavía sin resolverse, el País Vasco conseguía así unas altas cotas de autogobierno, contando con hacienda autónoma, policía propia (la Ertzaintza), medios de comunicación públicos, control de la enseñanza, promoción de la lengua vasca, etc. En este marco autonómico –limitado a las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, puesto que Navarra decidió convertirse en una comunidad autónoma diferente–, los resultados electorales más recientes han configurado una Euskadi plural, en la que el voto nacionalista se sitúa, según el tipo de elección, entorno al 50 % del electorado vasco.

Para conseguir la pacificación del País Vasco, se han intentado en estos veinticinco años de democracia prácticamente todos los medios imaginables. Así, la negociación con el Gobierno central llevó en 1982 a la disolución de ETA Político-militar, quedando así ETA Militar como única rama en activo de la organización terrorista desde esa fecha hasta la actualidad. El Partido Socialista (PSOE) –en el poder en España desde 1982 hasta 1996 y coaligado con el PNV en el Gobierno vasco desde 1987, como consecuencia de la salida del PNV del presidente autonómico, Garaiko etxea, que fundó un nuevo partido nacionalista socialdemócrata, Eusko Alkartasuna (EA)–, trató de negociar directamente con ETA en las fracasadas conversaciones de A rg el (1989), mientras desde el propio Ministerio del Interior se impulsaba a la vez la creación de los GAL, un grupo que practicó el terrorismo de Estado, asesinando a 27 personas entre 1983 y 1987 El nuevo presidente autonómico, José Antonio Ardanza (PNV), promovió en 1988 la firma por todos los partidos democráticos vascos del Pacto de Ajuria Enea o "Acuerdo para la normalización y pacificación de Euskadi", que supuso un paso importante en la unidad de nacionalistas y no nacio nal istas co ntra ETA. Mientras tanto, la efectividad policial se había incrementado desde que, en 1992, la policía capturara en Bidart a la cúpula de la organización terrorista. Ante la dificultad que suponían estas derrotas, ETA optó por iniciar un proceso de "socialización del sufrimiento", con tácticas de kale borroka, terrorismo callejero de menor intensidad, pero que permitía mantener la tensión de sus simpatizantes, agrupados en to rno a HB y a una multitud de organizaciones satélite (juveniles, culturales, depo rtivas, sindicales, etc.). Que el voto a HB –que llegó a sumar el 18% de los votantes en las elecciones auto nómicas– sufriera un descenso casi continuo, no parecía importar demasiad o a un movimiento cada vez más autista respecto a la sociedad vasca. Esta fase culminó en 1997, con el asesinato de Miguel Ángel Blanco, joven concejal del Partido Popular (PP) –el partido conservador en el poder en España desde 1996–, que trajo consigo un reforzamiento del espíritu de unidad frente al terrorismo, con manifestaciones populares contra ETA de una intensidad inimaginable poco saños antes (Domínguez, 1998).

4. El escenario actual

Sin embargo, esta unitaria explosión pacifista fue casi un espejismo, pues en el verano de 1998 la unidad de todos los partidos democráticos frente a ETA se rompió def initivamente. Los partidos nacionalistas moderados (PNV y EA) decidieron acercarse a HB en el "Pacto de Estella", con el objetivo de conseguir que ETA dejara las armas, a cambio de una unidad de acción nacionalista a favor de la soberanía vasca, dando por superado el Estatuto de autonomía. Ello provocó en 1998 la ruptura del pacto de gobierno entre el PSOE y el PNV y, tras conversaciones secretas entre los partidos nacionalistas y ETA, el anuncio por esta organización de una tregua indefinida, que sin embargo duró sólo catorce meses. En este período de tregua, HB recuperó en las urnas buena parte del apoyo popular perdido desde 1979 y apoyó al nuevo Gobierno de coalición nacionalista PNV-EA, presidido por Juan José Ibarretxe (PNV). A pesar de ello, los dirigentes de HB no parecieron percatarse –teniendo en cuenta lo que sucedió después– de que su futuro político dependía también del cese definitivo de la vio lencia por parte de ETA. En efecto, tras un fracasado encuentro con los emisarios del PP, ETA consideró que el proceso no iba lo suficientemente rápido y retomó las accio nes terroristas, dejando HB al Gobierno nacionalista en minoría.

Mientras continuaban las acciones terroristas –a menor ritmo, eso sí, que en etapas anteriores, debido a la efectividad policial y a la pérdida de apoyos por parte de ETA–, los dos últimos años han sido el escenario de un enfrentamiento cada vez más enconado entre el nacionalismo democrático (PNV y EA) y los partidos de ámbito español (PSOE y PP), rompiéndose cada vez los puentes entre ambos sectores. El PNV, en vez de retomar la co alición con los socialistas, ha optado por una huida hacia delante, dando por superado el Estatuto de autonomía de 1979 y yendo a la búsqueda de un nuevo marco político para Euskadi, concretado en el "proyecto del ibre asociación" con España, presentado por Ibarretxe en septiembre de 2003. Teniendo en cuenta que ETA y HB han anunciado su oposición a este plan –que supondría un mayor autogobierno para el País Vasco, pero sin llegar a la independ enc ia abso luta–, resulta imposible saber con qué apoyos piensan contar el PNV y EA para aprobarlo, máxime si se considera que esta vez no han conseguido, a diferencia de lo que sucedió con el Pacto de Estella en 1998, que ETA anuncie una tregua. Proponer un cambio tan importante del estatus político de Euskadi podría ser perfectamente legítimo en tiempos de paz, pero hacerlo mientras sigue la presión del terrorismo sobre muchos ciudadanos vascos parece como mínimo un acto de irresponsabilidad.

Por su parte, el Gobierno español de José María Aznar, apoyado no sólo por su propio partido, el PP, sino también por el PSOE, ha iniciado una nueva estrategia destinada a ahogar el entorno social y político de ETA, con medidas políticas y judiciales, como el cierre de periódicos considerados afines al mund o de la violencia y, sobre todo, la ilegalización de HB, el brazo político de ETA, que no ha podido concurrir a las últimas elecciones celebradas en el País Vasco. Estas medidas, en contra de lo previsto por muchos analistas, no han tenido una excesiva contestación so cial desde este mundo de la izquierda abertzale, cada vez más debilitado, ni tampoco han traído consigo un incremento de los atentados de ETA, que –gracias a la eficacia policial– parece encontrarse también cada vez con menos posibilidades operativas.

5. ¿Por qué ETA?

O mejor, ¿por qué ETA hoy?, puesto que esta organización aparece en la actualidad como un anacronismo, anclada en épocas pretéritas, que sólo puede mantenerse en una realidad virtual, en la que viven, como en una burbuja, sus militantes y simpatizantes (Reinares, 2001) Esa realidad virtual afecta –aunque en grados diferentes– a los tres elementos que configuraron la ETA de los años sesenta: el nacionalismo vasco radical –cuyo origen se encuentra en el primer Sabino Arana y que tuvo una línea de continuidad desde finales del siglo XIX hasta la Guerra Civil–; la dictadura franquista, que hizo realidad en la cosmovisión nacionalista la "invasión" de Euskadi por el Estado español que había imaginad o Sabino Arana (Jáuregui, 1981) y las teorías marxistaleninista- maoístas de la necesidad de la lucha armada para la liberación de los pueblos oprimidos, tan en boga en los años sesenta.

Faltando uno de estos tres ingredientes en aquella época, es casi seguro que ETA no existiría tal como la conocemos hoy, pero también es probable que –para sus militantes– sigan existiendo todavía hoy en su imaginación. En primer lugar, ETA ha incrementado sus rasgos de etnonacionalismo radical, hasta el punto de que el reconocimiento de un País Vasco independiente, como si se tratara de una realidad étnica preexistente, que englobe a todos los territorios reivindicados como propios, independientemente de la voluntad de sus habitantes (en algunos casos mayoritariamente contraria a esta utopía), se ha convertido en el principal objetivo de ETA. En cuanto al marxismo, su influencia en el seno de ETA y de HB es uno de los asuntos más debatidos por los investigadores, pero está claro que el inicio del uso de la violencia por ETA fue en buena medida fruto del ambiente nacional-revolucionario que era habitual en muchos movimientos de extrema izquierda de los años sesenta. La presencia del socialismo marxista en la ideología de ETA se ha ido diluyendo con el paso del tiempo, aunque sigue apareciendo en sus textos internos casi como un lugar común. No existe en la actualidad por tanto una ideología marxista dentro de ETA, pero sí una subcultura revolucionaria, presente por ejemplo en la simbología de sus sectores juveniles o en sus apoyos internacionales, que tienden a considerar a ETA como la última guerrilla revo lucionaria de la vieja Europa. Por último, el franquismo es una dictadura que ya ha pasado a la histo ria, pero muchos simpatizantes de ETA siguen pensando que la transición democrática española fue un proceso fallido y que las estructuras d el poder franquista siguen en pie, hasta el punto de acusar al Estado español de ser un régimen totalitario o de practicar el apartheid con los vascos, o de afirmar que las cárceles franquistas eran más justas y humanitarias que las de la actual demo cracia española. Que todo esto es pura fantasía y que la democracia en España –perfectible, como toda democracia– es homologable a la de otros países de Europa occidental puede comprobarlo cualquier observador no contaminado co n una visión completamente deformada de la realidad, sin la que no puede explicarse el asesinato de ciudadanos ino centes por parte de ETA o la negativa de HB a condenar estos atentados.

El recorrido histórico que hemos realizado y la complejidad de la situación actual –con una minoría intransigente que cree tener toda la razón, obligando a los demás a ceder en sus ideas por medio de las armas– nos hacen ser moderadamente pesimistas pensando en un futuro próximo de un País Vasco sin violencia. Es cierto, sin embargo, que ETA es hoy más débil que nunca y que su base social parece empequeñecerse a marchas forzadas. No obstante, ETA sí ha conseguido que la po lítica vasca esté en la actualidad más crispada que nunca, habiéndose ensanchado el foso que separa a los partidos nacionalistas vascos y españoles hasta convertirse en un verdadero abismo. La responsabilidad de este fracaso no corresponde exclusivamente a ETA , pues el PNV ha contribuido con su radicalización a desvertebrar la política vasca, mientras que parte de la estrategia auspiciada por el PP, con el apoyo de algunos medios de comunicación españoles, no sólo contra ETA, sino también contra el nacionalismo vasco en general, no ha sido en mi opinión la más acertada. De ahí la enorme responsabilidad del nacionalismo vasco democrático, que a veces sigue cometiendo el error de ver todavía a ETA como un hijo pródigo, a quien hay que vo lver a traer al redil nacionalista, pues el enemigo de verdad no sería ETA, sino España, entendido como un Estado opresor y enfrentado históricamente a Euskadi. De esta forma, no hace más que dar alas a ETA , que ve cómo algunos de sus mitos fundacionales son aceptados sin apenas trabas por el nacionalismo gobernante. Y de ahí –como también sucede a veces en el caso español– que sea imp o rtante la construcción de un nuevo nacionalismo cívico, depurado de sus ingredientes etnicistas, que admita la p lural id ad de la sociedad vasca como parte fundamental de su concepción de la identidad nacional (Arregi, 2000).

A pesar de estas dificultades, es cierto que, vista la historia con perspectiva de longue durée, también hay hechos que invitan al optimismo. Por ejemplo, con el paso del tiempo, ETA ha dejado de ser considerado, como lo fue probablemente en la época de Franco, por buena parte de la sociedad vasca (e incluso del antifranquismo español) como un movimiento de liberación, para ser considerado sin más como un grupo terrorista, cada vez más marginado, que no tiene no y a razón, sino ni siquiera razones para seguir atentando supuestamente en nombre del "pueblo trabajador vasco" Por ello, el caso vasco es –en el contexto de los movimientos violentos analizados en esta revista– el de una violencia sin guerra, puesto que, para que haya guerra, debe haber dos bandos enfrentados y aquí no existe más que una banda que quiere imp o ner v io lentamente su voluntad a la mayoría de la sociedad vasca, dividida por una doble identidad nacional (española o vasca), pero abrumadoramente contraria a ETA. Por ello, el problema vasco no es un conflicto entre Euskadi y España, sino un problema de convivencia entre vascos, o mejor entre una minoría que quiere imponer su opción por la fuerza y el resto de los ciudadanos. Sólo los propios violentos pueden ver en la violencia una necesidad histórica de la "liberación nacional vasca".

La salida a la situación actual no es desde luego sencilla. Pero el final de la violencia no depende de determinismos históricos sino de la voluntad de las personas, sobre todo los militantes y simpatizantes de ETA, pero también los responsables de los partidos democráticos, nacionalistas y no nacionalistas. Hace algún tiempo escribimos –refiriéndonos a la necesidad de que el PNV rectificara el error cometido al pactar en 1998 con HB, un partido que seguía apoyando a ETA y sin condenar la vio lencia– que "la historia del siglo XX ha demostrado que el sueño de construir una gran patria irredenta suele acabar a menudo en una pesadilla" (De la Granja y De Pablo, 2000) Frente a la pesadilla que todavía supone para muchos sobrevivir en Euskadi, sí es posible pensar en que el sueño de vivir en paz y libertad en el País Vasco se haga algún día realidad. Y ese sueño consistiría no sólo en que desaparezca definitivamente la lacra del terrorismo, sino que Euskadi sea un marco de convivencia plural y democrático, en el que sea posible el entendimiento entre las dos identidades nacionales que de hecho existen en el País Vasco.


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