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La metamorfosis en el mundo del trabajo

A metamorfose no mundo do trabalho

The metamorphosis in the world of work

Ricardo Antunes**


* Tomado del libro: ¿Adiós al trabajo? Ensayo sobre la metamorfosis y el rol central del mundo del trabajo, publicado originalmente en Brasil (1995), traducido al español por Lucio Agañaraz para su edición en Buenos Aires - Argentina, Editorial Antídoto 1999. La reproducción de este capítulo fue autorizada directamente por esta Editorial, vía E-mail: antíEsta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

** Profesor de Sociología del trabajo en el Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad de Campinas (Unicamp de Sao Paulo). Doctor en Sociología de la USP. Autor de varios libros entre los que se destacan: A Rebeldia do Trabalho; Classe Operária, Sindicatos e Partido no Brasil; y, ¿Adiós al trabajo? Ensayo sobre la metamorfosis y el rol central del mundo del trabajo.


Resumen

En este capítulo el autor aborda las distintas dimensiones que adquiere hoy el mundo del trabajo inscrito en el capitalismo contemporáneo: desproletarización del trabajo industrial mientras se presenta una notoria expansión de asalariados en el sector servicios; creciente heterogenización del ámbito laboral manifiesto fundamentalmente en la incorporación amplia de mujeres; subproletarización intensificada a través de la expansión del trabajo parcial, temporal, precario, subcontratado, “tercerizado”.


En el universo del trabajo del capitalismo contemporáneo, se observa un proceso múltiple: por un lado se verificó una desproletarización del trabajo industrial, fabril en los países capitalistas avanzados, con mayor o menor repercusión en las áreas industrializadas del Tercer Mundo. En otras palabras, hubo una disminución de la clase obrera industrial tradicional. Pero, paralelamente, se efectuó una notoria expansión del trabajo asalariado, a partir de la enorme expansión de asalariados en el sector de servicios; se verificó una significativa heterogenización del trabajo, expresada también a través de la creciente incorporación de contingentes femeninos al mundo obrero; se percibe, igualmente, una subproletarización intensificada, presente en la expansión del trabajo parcial, temporario, precario, subcontratado, “tercerizado”, que marca la sociedad dual en el capitalismo avanzado, del cual los gastarbeiters en Alemania y el lavoro nero en Italia son ejemplos del enorme contingente de trabajo inmigrante, que se dirige al llamado Primer Mundo, en busca de lo que aún queda del welfare state. Así se invirtió el flujo migratorio de décadas anteriores, que iba del centro a la periferia.

El resultado más brutal de estas transformaciones es la expansión sin precedentes en la era moderna del desempleo estructural, que abarca a todo el mundo, a escala global. Se puede decir de manera sintética, que hay un proceso contradictorio que, por un lado reduce al proletariado industrial y fabril; y por el otro aumenta el subproletariado, el trabajo precario, o los asalariados del sector de servicios. Incorpora al sector femenino y excluye a los más jóvenes y a los más viejos. Por lo tanto, hay un proceso de mayor heterogenización, fragmentación y complejización de la clase trabajadora.

Intentaremos dar en las próximas páginas, algunos ejemplos de este múltiple y contradictorio proceso, todavía en curso. Daremos algunos datos con el objetivo de ilustrar estas tendencias. Comencemos con la cuestión de la desproletarización del trabajo fabril, industrial. En Francia, en 1962, el contingente obrero era de 7.488 millones. En 1975, ese número llegó a 8.118 millones y en 1989 se redujo a 7.121 millones. Mientras que en 1962 representaba el 39% de la población activa, en 1989 representaba el 29,6% (datos extraídos de Economie et Statistiques, LINSEE, in Bihr, 1990; ver también Bihr, 1991: 87-108).

Frank Annunziato, refiriéndose a las oscilaciones en la fuerza de trabajo en los Estados Unidos, transcribe los siguientes datos (en miles). (ver tabla).

Los datos evidencian, por un lado, la retracción de los trabajadores en la industria manufacturera, así como también en la minería y entre los trabajadores agrícolas; y, por otro, el crecimiento explosivo del sector de servicios, que según el autor incluye tanto a las “industrias de servicios”, como al pequeño y gran comercio, a las finanzas, seguros, al sector de bienes inmuebles, a la hotelería, los restaurantes, los servicios personales, de negocios, de esparcimiento, de salud, los servicios legales y generales (Annunziato, 1989: 107).

Industria 1980 1986 Variación
(%)
Agricultura 3426 2917 -14,8
Minería 1027 724 -29,5
Construcción 4346 4906 +12,8
Manufactura 20286 18994 -6,3
Transportes y Servicios públicos 5146 5719 +11,1
Grandes comercios 5275 5735 +8,7
Pequeños comercios 15035 17845 +18,6
Finanzas, Seguros e Inmobiliarias 5159 6297 +22,0
Gubernamentales 16241 16711 +2,8
Servicios 11390 22531 +97,8

La disminución del proletariado industrial también se llevó a cabo en Italia, donde un poco más de un millón de puestos de trabajo fueron eliminados, llevando la ocupación de los trabajadores industriales de un 40%, en 1980, a un poco más del 30% en 1990, sobre el porcentaje total de trabajadores (Stuppini, 1991: 50).

Otro autor, en un ensayo más prospectivo y menos interesado en demostraciones empíricas, trata de marcar algunas de las tendencias en curso ocasionadas por la revolución tecnológica: recuerda que las proyecciones del empresariado japonés apuntan como objetivo a “eliminar completamente el trabajo manual de la industria japonesa hacia el final del siglo. Aunque hay en esta meta cierto matiz de jactancia, las intenciones deben ser tenidas en cuenta” (Schaff, 1990: 28).

Sobre Canadá, transcribe las informaciones del Science Council of Canada Report, (N° 33, 1982): “prevé una moderada tasa del 25% de trabajadores que perderán su puesto de trabajo hasta el final del siglo, como consecuencia de la automatización”. En referencia a las previsiones norteamericanas, alerta sobre el hecho de que “serán eliminados 35 millones de empleos hasta el fin de siglo, a causa de la automatización” (Schaff, 1990: 28).

Se puede decir que en los principales países industrializados de Europa Occidental, los trabajadores efectivos ocupados en la industria representaban el 40% de la población activa a comienzo de los años cuarenta. Hoy la proporción se halla en alrededor del 30%. Se calcula que bajará a un 20% o 25% a comienzos del próximo siglo (Gorz, 1990a y 1990b).

Estos datos y tendencias ponen de manifiesto una nítida reducción del proletariado fabril, industrial, manual, especialmente en los países del capitalismo avanzado, sea como consecuencia del cuadro recesivo, o por la automatización, la robótica y la microelectrónica, generando una monumental tasa de desempleo estructural.

Pero, paralelamente, hay otra tendencia extremadamente significativa, marcada por la subproletarización del trabajo, bajo las formas de trabajo precario, parcial, temporario, subcontratado, “tercerizado”, vinculados a la “economía informal”, entre tantas modalidades existentes. Como dice Alain Bihr (1991: 89), estas diversas categorías de trabajadores tienen en común la precariedad del empleo y de la remuneración; la desregulación de las condiciones de trabajo, en relación con las normas legales vigentes o acordadas, y la consabida regresión de los derechos sociales, así como la ausencia de protección y libertad sindicales, configurando una tendencia a la individualización extrema de la relación salarial.

A título de ejemplo: en Francia hubo una reducción de 501 mil empleos de tiempo completo, entre 1982 y 1988; y en el mismo período hubo un aumento de 111 mil empleos de tiempo parcial (Bihr, 1990). En otro estudio, el mismo autor agrega que esa forma de trabajo “atípica” no deja de desarrollarse desde la crisis: entre 1982 y 1986, el número de asalariados de tiempo parcial aumentó un 21,35% (Bihr, 1991: 88-89). En 1988, dice otra autora, el 23,2% de los asalariados de la Comunidad Económica Europea eran empleados de tiempo parcial o en trabajos temporarios (Stuppini, 1991: 51). Este relato sigue en la misma dirección: “La actual tendencia de los mercados de trabajo es reducir el número de trabajadores fijos, para emplear cada vez más una fuerza de trabajo que entra fácilmente y es despedida sin costos… En Inglaterra, los “trabajadores flexibles” aumentaron un 16%, alcanzando 8,1 millones entre 1981 y 1985, mientras que los empleos permanentes cayeron un 6%, bajando a 15,6 millones… Más o menos en el mismo período, cerca de un tercio de los 10 millones de nuevos empleos creados en Estados Unidos estaban en la categoría de “temporarios” (Harvey, 1992: 144).

André Gorz agrega que aproximadamente entre un 35% y un 50% de la población trabajadora británica, francesa, alemana y norteamericana se encuentra desempleada o desarrollando trabajos precarios, parciales, etcétera, que Gorz denominó “proletariado posindustrial”, exponiendo así la dimensión real de aquello que algunos llaman la sociedad dual (Gorz, 1990: 42 y 1990a).

O sea, mientras varios países de capitalismo avanzado vieron decrecer los empleos de tiempo completo, paralelamente asistieron a un aumento de las formas de subproletarización, a través de la expansión de los trabajadores parciales, precarios, temporarios, subcontratados, etcétera. Según Helena Hirata, el 20% de las mujeres en el Japón, en 1980, trabajaban en tiempo parcial, en condiciones precarias. “Si las estadísticas oficiales contaban 2,560 millones de asalariadas en tiempo parcial en 1980, tres años después la revista Economisto, de Tokio, estimaba en cinco millones al conjunto de las asalariadas trabajando en tiempo parcial” (Hirata, 1986: 9).

De este incremento de la fuerza de trabajo, un contingente sustancial está compuesto por mujeres, lo que caracteriza otro rasgo distintivo de las transformaciones en curso en el interior de la clase trabajadora. Esta ya no es exclusivamente masculina, pero vive con un gran contingente de mujeres, no sólo en sectores como el textil, donde siempre hubo un gran número de trabajadoras, sino también en nuevas ramas, como la industria de la microelectrónica, para no hablar del sector de servicios. Este cambio en la estructura productiva y en el mercado de trabajo, posibilitó también la incorporación y el aumento de la explotación de la fuerza de trabajo de las mujeres en ocupaciones de tiempo parcial, en trabajos domésticos, subordinados al capital (véase el ejemplo de Benetton), de tal modo que en Italia, aproximadamente 1 millón de los puestos de trabajo creados en los años 80, mayoritariamente en el sector servicios, pero con repercusiones también en las fábricas, fueron ocupados por mujeres (Stuppini, 1991: 50). Del volumen de empleos de tiempo parcial generados en Francia entre 1982 y 1986, más del 80% fueron ocupados por la fuerza de trabajo femenina (Bihr, 1991: 89). Esto permite afirmar que el trabajo femenino ha aumentado en todos los países, a pesar de las diferencias nacionales. La presencia femenina representa más del 40% del total de la fuerza de trabajo en muchos países del capitalismo avanzado. (Harvey, 1992: 146 y Freeman, 1986: 5)

La presencia femenina en el mundo del trabajo nos permite agregar que, si la conciencia de clase es una articulación compleja, comprendiendo identidades y heterogeneidades, entre singularidades que viven una situación particular en el proceso productivo y en la vida social, en la esfera de la materialidad y de la subjetividad, tanto la contradicción entre individuo y su clase, como aquella que deviene de la relación entre la clase y género, se tornaron más agudas en la era contemporánea. La claseque- vive del-trabajo es tanto masculina como femenina. También por esto es más heterogénea, diversa y compleja. De modo que una crítica del capital, en cuanto relación social, debe necesariamente aprehender la dimensión de la explotación presente en las relaciones capital-trabajo, pero también debe ver la dimensión de opresión presente en la relación hombre/mujer, de modo que la lucha por la constitución de un género para sí mismo posibilita también la emancipación del género mujer1.

Además de la desproletarización del trabajo industrial, de la incorporación del trabajo femenino, la subproletarización del trabajo, a través del trabajo parcial, temporario, aparece otra variante de este múltiple cuadro, un intenso proceso de asalaramiento de los sectores medios, que ocurre a partir de la expansión del sector de servicios. Vimos que, en el caso de Estados Unidos, la expansión del sector de servicios (en el sentido amplio en que lo define el Departamento de Comercio de ese país), fue de un 97,8% en el período de 1980/86, representando el 60% de todos los empleos (no incluido el sector gubernamental) (Annunziato, 1989: 107).

En Italia, contemporáneamente “crece la ocupación en el sector terciario y en el de servicios, que hoy pasa del 60% del total de empleos” (Stuppini, 1991: 50). Se sabe que esta tendencia abarca a todos los países centrales.

Lo anterior permite indicar que “en las investigaciones sobre la estructura y las tendencias de desarrollo de las sociedades occidentales altamente industrializadas, encontramos cada vez más frecuentemente, la caracterización de ‘sociedades de servicios’. Esto se refiere al crecimiento absoluto y relativo del ‘sector terciario’, esto es, el ‘sector servicios”’ (Offe, Berger, 1991: 11). Debe afirmarse, sin embargo, que la constatación del crecimiento de este sector no nos debe llevar a la aceptación de la tesis de las sociedades pos-industiales, pos-capitalistas, una vez que se mantiene “por lo menos indirectamente, el carácter improductivo, en el sentido de la producción global capitalista, de la mayoría de los servicios. Pues no se trata de sectores con acumulación de capital autónomos; al contrario, el sector de servicios permanece dependiente de la acumulación industrial propiamente dicha, y así, de la capacidad de las industrias correspondientes de realizar plusvalía en los mercados mundiales. Solamente cuando esta capacidad se mantiene para toda la economía de conjunto, los servicios industriales y no industriales (relativos a las personas) pueden sobrevivir y expandirse” (Kurz, 1992: 109).

Finalmente, existe todavía otra consecuencia muy importante al interior de la clase trabajadora, que comprende una doble dirección: paralelamente a la reducción cuantitativa del proletariado industrial tradicional, se da una alteración cualitativa en la forma del ser del trabajo, que por un lado impulsa hacia una mayor calificación del trabajo, y por el otro impulsa a una mayor descalificación. Comencemos por la primera. La reducción de la dimensión variable del capital, resultante del crecimiento de su dimensión constante, o en otras palabras, la sustitución del trabajo vivo por el trabajo muerto, ofrece como tendencia en las unidades productivas mas avanzadas, la posibilidad de que el trabajador se aproxime a lo que Marx (1972: 228), llamó “supervisor y regulador del proceso de producción”. Sin embargo, la plena realización de esa tendencia está imposibilitada por la propia lógica del capital. Es esclarecedora esta larga cita de Marx donde aparece la referencia que hacemos más arriba:

“El intercambio de trabajo vivo por trabajo objetivado (…) es el último desarrollo de la relación de valor y de la producción fundada en el valor. El supuesto de esta producción es, y sigue siendo, la magnitud de tiempo inmediato de trabajo, el cuanto de trabajo empleado como el factor decisivo en la producción de la riqueza. En la medida, sin embargo, en que la gran industria se desarrolla, la creación de la riqueza efectiva se vuelve menos dependiente del tiempo de trabajo y del cuánto de trabajo empleados, que del poder de los agentes puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo, poder que a su vez –su powerful effectiveness– no guarda relación alguna con el tiempo de trabajo inmediato que cuesta su producción (…) La riqueza efectiva se manifiesta más bien –y esto lo revela la gran industria– en la enorme desproporción entre el tiempo de trabajo empleado y su producto, así como en la desproporción cualitativa entre el trabajo, reducido a una pura abstracción, y el poderío del proceso de producción vigilado por aquel. E1 trabajo ya no aparece tanto como recluido en el proceso de producción, sino que más bien el hombre se comporta como supervisor y regulador con respecto al proceso de producción mismo. E1 trabajador ya no introduce el objeto natural modificado, como eslabón intermedio, entre la cosa y sí mismo, sino que inserta el proceso natural, al que transforma en industrial, como medio entre sí mismo y la naturaleza inorgánica, a la que domina. Se presenta al lado del proceso de producción, en lugar de ser su agente principal. En esta transformación, lo que aparece como el pilar fundamental de la producción y de la riqueza no es ni el trabajo inmediato ejecutado por el hombre ni el tiempo que este trabaja, sino la apropiación de su propia fuerza productiva general, su comprensión de la naturaleza y su dominio de la misma gracias a su existencia como cuerpo social; en una palabra, el desarrollo del individuo social. El robo del tiempo de trabajo ajeno, sobre el cual se funda la riqueza actual, aparece como una base miserable comparado con este fundamento, recién desarrollado, creado por la gran industria misma. Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata, ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar, de ser su medida y por tanto el valor de cambio (deja de ser la medida) del valor de uso. E1 plustrabajo de la masa ha dejado de ser condición para el desarrollo de la riqueza social, así como el no-trabajo de unos pocos ha cesado de serlo para el desarrollo de los poderes generales del intelecto humano. Con ello se desploma la producción fundada en el valor de cambio… Desarrollo libre de las individualidades, y por ende, no reducción del tiempo de trabajo necesario con miras a poner plustrabajo, sino, en general reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, al cual corresponde entonces la formación artística, científica, etc., de los individuos gracias al tiempo que se ha vuelto libre y a los medios creados para todos” (Idem: 227-229).

Se evidencia, sin embargo, que esa abstracción era imposible en la sociedad capitalista. Como el propio Marx aclara, en la secuencia del texto. “El capital mismo es la contradicción …”

El capital mismo es la contradicción del proceso, [por el hecho de] que tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza. Disminuye, pues, el tiempo de trabajo en la forma de tiempo de trabajo necesario, para aumentarlo en la forma del trabajo excedente; pone, por tanto, en medida creciente, el trabajo excedente como condición question de vie et de mort- del necesario. Por un lado despierta a la vida todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la cooperación y del intercambio sociales, para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por el otro lado se propone medir con el tiempo de trabajo esas gigantescas fuerzas sociales creadas de esta suerte y reducirlas a los límites requeridos para que el valor ya creado se conserve como valor. Las fuerzas productivas y las relaciones sociales –unas y otras aspectos diversos del desarrollo del individuo social– se le aparecen al capital únicamente como medios, y no son para él más que medios para producir, fundándose en su mezquina base. In fact, empero, constituyen las condiciones materiales para hacer saltar a esa base por los aires (Idem: 229).

Por lo tanto, la tendencia señalada por Marx –cuya realización plena supone la ruptura de la relación de la lógica del capital– demuestra que en tanto perdure el modo de producción capitalista, no se puede concretar la eliminación del trabajo como fuente creadora de valor, pero, sí en cambio, una transformación en el interior del proceso del trabajo, que resulta del avance científico y tecnológico y que se configura por el peso creciente de la dimensión más calificada del trabajo, por la intelectualización del trabajo social. La cita que sigue es esclarecedora:

(…) con el desarrollo de la subsunción real del trabajo al capital o del modo de producción específicamente capitalista, no es el obrero individual sino una vez más una capacidad de trabajo socialmente combinada lo que se convierte en el agente real del proceso laboral en su conjunto, y como las diversas capacidades de trabajo que cooperan y forman la máquina productiva total participan de manera muy diferente en el proceso inmediato de la formación de mercancías o mejor aquí de productos –este trabaja más con las manos, aquel más con la cabeza, el uno como director (manager), ingeniero (engineer), técnico, etc., el otro como capataz (overlooker), el de más allá como obrero manual directo e incluso como simple peón–, tenemos que más y más funciones de la capacidad de trabajo se incluyen en el concepto inmediato de trabajo productivo, y sus agentes en el concepto de trabajadores productivos, directamente explotados por el capital y subordinados en general a su proceso de valorización y de producción. Si se considera el trabajador colectivo en el que el taller consiste, su actividad combinada se realiza materialmente (materialiter) y de manera directa en un producto total que, al mismo tiempo, es una masa total de mercancías, y aquí es absolutamente indiferente el que la función de tal o cual trabajador, mero eslabón de este trabajador colectivo, esté más próxima o más distante del trabajo manual directo (Marx, Siglo XXI editores, 1990: 78-79).

El caso de la fábrica automatizada Fujitsu Fanuc (Japón), un ejemplo de avance tecnológico, es muy esclarecedor. Más de cuatrocientos robots fabrican otros robots, durante las 24 horas. Los obreros, casi cuatrocientos, trabajan durante el día. Con métodos tradicionales serían necesarios cerca de 4 mil obreros para obtener la misma producción. Se promedia ocho robots al mes que se descomponen. La tarea central de los obreros consiste en prevenir y reparar los robots dañados, lo que origina un volumen de trabajo discontinuo e imprevisible. Hay 1700 personas más empleadas en trabajos de investigación, administración y comercialización de la empresa (Gorz, 1990b: 28). Aunque sea un ejemplo de un país y de una fábrica, singulares, nos permite constatar que, ni aún en este ejemplo de alta robotización, hubo eliminación del trabajo y sí un proceso de intelectualización de una parte de la clase trabajadora. Pero en este ejemplo atípico, el trabajador ya no transforma los objetos materiales directamente, sino que supervisa el proceso productivo con máquinas computarizadas, programadas y repara los robots en caso de necesidad (Idem).

Suponer la generalización de esta tendencia bajo el capitalismo contemporáneo, que incluye a la enorme masa de trabajadores del Tercer Mundo, sería un gran despropósito y tendría como consecuencia la inevitable destrucción de la economía de mercado, por la incapacidad de integración del proceso de acumulación del capital. No siendo ni consumidores, ni asalariados, los robots no podrían participar del mercado. La simple sobre vivencia de la economía capitalista estaría comprometida en su existencia (ver Mandel, 1986: 16-17).

También refiriéndose a la tendencia a una mayor calificación o intelectualización del trabajo otro autor desarrolla la tesis de que la imagen del trabajador manual no describiría el nuevo trabajo obrero en las industrias. Este se convirtió, en varias ramas más calificadas, lo que se constata en la figura del obrero vigilante, de técnico de mantenimiento, de programador, de control de calidad, de técnico de un sector de investigación, de ingeniero encargado de la coordinación técnica y de la gestión de la producción. Las antiguas fragmentaciones estarían siendo cuestionadas por la necesaria cooperación entre los trabajadores (Lojkine, 1990: 30-31).

Hay, entonces, mutaciones en el universo de la clase trabajadora, que varían de rama en rama, de sector en sector, etcétera.

Se descalificó en varias ramas, se disminuyó en otras, como en la minería, en la metalúrgica y la construcción naval, prácticamente desapareció en sectores que fueron íntegramente informatizados, como los gráficos, y se recalificó en otros, como en la siderurgia, donde se observa la “formación de un segmento particular de ‘obreros técnicos’ de alta responsabilidad, portadores de características profesionales y antecedentes culturales claramente distintos del restante personal obrero. Estos se encuentran, por ejemplo, en los puestos de coordinación, en las cabinas de operación a nivel de los altos hornos, aceras, vaciado continuo, etc. E1 mismo fenómeno se encuentra en la industria automovilística, con la creación de los ‘coordinadores técnicos’, encargados de asegurar las reparaciones y el mantenimiento de las instalaciones, altamente automatizadas, asistidos por profesionales de niveles inferiores y de diferentes especialidades” (Idem: 32).

Paralelamente a esta tendencia se da otra, que apunta hacia la descalificación de muchos sectores obreros, afectados por una diversa gama de transformaciones que llevaron, por un lado, a la desespecialización del obrero industrial oriundo del fordismo y, por el otro, a la masa de trabajadores que oscila entre los temporarios (que no tienen ninguna garantía de empleo), los parciales (integrados precariamente a las empresas)2, los subcontratados, tercerizados (hay, no obstante, tercerización en sectores ultra calificados), los trabajadores de la “economía informal”. Esta franja abarca al 50% de la población trabajadora en los países avanzados, cuando no se incluyen aquí a los desempleados, que algunos llaman proletariado posindustrial y que nosotros preferimos llamar subproletariado moderno.

En lo que se refiere a la desespecialización de los trabajadores profesionales, como consecuencia de la creación de los “trabajadores multifuncionales” inventados por el toyotismo, es relevante recordar que ese proceso también significó un ataque al saber profesional de los obreros calificados, buscando disminuir su poder sobre la producción y aumentar la intensidad del trabajo. Los trabajadores calificados enfrentaron este movimiento de desespecialización como un ataque a sus profesiones y calificación, así como también, a su poder de negociación, que le devenía precisamente de su calificación, realizando hasta huelgas contra esta tendencia (Coriat, 1992b: 41)3. Ya nos referimos anteriormente al carácter limitado de la polivalencia, introducida por el modelo japonés.

La segmentación de la clase trabajadora se intensificó de tal modo, que es posible señalar que en el centro del proceso productivo se encuentra un grupo de trabajadores, en proceso de retracción a escala mundial, pero que permanece a tiempo completo dentro de la fábrica, con mayor seguridad en el trabajo y más integrados en la empresa. Con algunas ventajas que resultan de esta “mayor integración”, este segmento es más adaptable, flexible y de mayor movilidad geográfica. “Los costos potenciales de las licencias temporarias de los empleados del grupo central, en tiempos de dificultades, pueden llevar a la empresa a subcontratar, inclusive para funciones de alto nivel (que van desde los proyectos hasta la propaganda y la administración financiera), manteniendo un relativamente pequeño grupo de gerentes del grupo central” (Harvey, 1992:144).

La periferia de la fuerza de trabajo comprende dos subgrupos diferenciados: el primero lo forman “empleados de jornada completa con habilidades fácilmente disponibles en el mercado de trabajo, como el personal del sector financiero, secretarias, personal de áreas de trabajo rutinario y de trabajo manual menos especializado”. Este subgrupo se caracteriza por una alta rotación en el trabajo. El segundo grupo situado en la periferia “ofrece una flexibilidad numérica todavía mayor e incluye empleados de jornada parcial, empleados ocasionales, personal con contrato por tiempo determinado, temporarios, subcontratados y pasantes con subsidio público. Estos tienen menos seguridad en el empleo que el grupo periférico anterior”. Este sector ha crecido significativamente en los últimos años (según la clasificación del Institute of Personnel Management, in Harvey, 1992, 144).

Queda claro, entonces, que al mismo tiempo que se visualiza una tendencia a la calificación del trabajo, se desarrolla también, intensamente, un nítido proceso de des-calificación de los trabajadores, lo que acaba por configurar un proceso contradictorio que sobrecalifica en varias ramas productivas y tiende a descalificar en otras4.

Estos elementos nos llevan a la reflexión de que no hay una tendencia única y generalizada en el mundo del trabajo. Hay un proceso contradictorio y multiforme. Se complejizó, se fragmentó y se hizo aún más heterogénea la clase-que-vive-del-trabajo. Se puede observar que por un lado se da un proceso de intelectualización del trabajo manual, y por otro, radicalmente inverso, de descalificación del trabajo intelectual y hasta de subproletarización intensificada, presentes en el trabajo precario, informal, parcial, etcétera. Si es posible decir que la primera tendencia –la intelectualización del trabajo manual– es, como tesis, más coherente y compatible con el enorme avance tecnológico, la segunda –la des-calificacion, se encuentra también en plena sintonía con el modo de producción capitalista, en su lógica destructiva, y con su tasa de uso decreciente de bienes y servicios (Meszaros, 1989:17). Vimos también que hubo una importante incorporación del trabajo femenino al mundo productivo, además de una expresiva expansión de la clase trabajadora a través del asalariamiento del sector servicios. Todo esto nos permite concluir que ni el proletariado desaparecerá tan rápidamente y, lo que es fundamental, no es posible proyectar, ni siquiera en un futuro lejano, ninguna posibilidad de eliminación de la clase-que-vivedel-trabajo.


Citas

1 “En un mundo desalienado, no dominado por la tendencia a la apropiación, los individuos dejarán de constituirse como seres particulares. La personalidad individual, hasta el momento una excepción, se convertirá en típica de la sociedad. Las normas morales no serán impuestas desde afuera a una persona cerrada en su particularismo. Los individuos serán capaces de… humanizar sus impulsos en vez de reprimirlos… serán capaces de humanizar sus emociones… Al hacer nuestra opción frente a los conflictos sociales, optamos simultáneamente por un futuro determinado de las relaciones entre los sexos. Elegimos relaciones entre individuos libres e iguales, relaciones que, en todos los aspectos de la vida humana, se realicen desprovistas de cualquier tendencia a la apropiación y que se caractericen por su riqueza, su profundidad y sinceridad”. (Heller, “El futuro de las relaciones entre los sexos”; texto de 1969, publicado también en 1982: 65-66. Ver también Hirata, 1968:12).

2 Ver Bihr, 1991: 88-89.

3 Con el desarrollo de la automatización “se reproduce un movimiento (…) de descalificación de ciertas tareas ‘supercalificadas’, nacidas en el momento anterior de la des-calificación y sobrecalificación del trabajo. Se trata principalmente de los trabajos de mantenimiento y de la fabricación de máquinas herramientas” (Freyssenet, 1989: 78).

4 Véase la conclusión de Michel Freyssenet: “No hay un movimiento generalizado hacia la des-calificación, como tampoco lo hay hacia la calificación, pero sí hay un movimiento contradictorio de des-calificación del trabajo en unas, y de sobrecalificación del trabajo en otras, esto es, una polarización de las calificaciones requeridas por una forma particular de división del trabajo, que se caracteriza por una modificación del reparto social de la ‘inteligencia’ de la producción. Una parte de esa ‘inteligencia’ es incorporada a las máquinas y otra parte es distribuida entre un gran número de trabajadores, gracias a la actividad de un número limitado de personas entregadas a la tarea (imposible) de pensar previamente la totalidad del proceso de trabajo…” (Freyssenet, 1989: 75).


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