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La aventura literaria de Germán Espinosa

The literary adventure of Germán Espinosa

A aventura literária de Germán Espinosa

Cristo Rafael Figueroa Sánchez *


* Profesor universitario de literatura hispanoamericana, narrativa colombiana y barroco y neobarroco literario en Hispanoamérica. Director de la Maestría en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Director del Programa de Humanidades de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


La obra literaria e intelectual de Germán Espinosa (Cartagena, 1938) desde 1954 hasta 2003 –lírica, narrativa, ensayística, de biógrafo y de traductor–, constituye un referente de la cultura colombiana contemporánea; ámbito que ha colmado desde niño, a partir de su doble herencia familiar; de una parte la pasión por las letras proveniente del abuelo paterno, campesino oriundo de las sabanas del antiguo Departamento de Bolívar, con inquietudes intelectuales y empeñado en educar a su hijos en universidades norteamericanas; de otra, la vena artística, especialmente musical proveniente de la sangre materna. Se explica así la íntima relación entre el pensador y el creador, que en el caso de Germán Espinosa potencia por igual la experiencia de vida y la experiencia de escritura. Por eso, los significados de su obra se producen en un complejo tejido de formas, imágenes y representaciones, gestadas entre lo local y lo universal, la historia y la ficción, el sueño y la vigilia, lo individual y lo colectivo, la intuición poética y la reflexión filosófica, en fin, entre lo uno y lo diverso. Acaso como escritura representativa, su obra no sea más que la condición ilimitada del concepto que trata de ampliar las fronteras del significante colombiano.

Acceder a este universo poético implica reconocer el valor de una vida entregada a relocalizar y potenciar la cultura a través del proceso, unas veces fundante y otras indagador de la palabra, capaz de propiciar espacios alternativos y de desatar imaginarios sociales, estéticos, políticos o psíquicos. Todos ellos a su vez permiten percibir procesos irresueltos, enunciar imaginariamente la historia o preguntarle a la realidad si es lo que debe ser. La producción de Germán Espinosa conforma un sistema de significaciones, que no sólo ha encontrado eco en espacios académicos, sino que se proyecta cada vez en ámbitos de recepción extranjeros –traducción al francés y al italiano de Los cortejos del diablo (1970), al francés y al coreano de El signo del pez (1987), y también al francés de La tejedora de coronas (1982), seleccionada además por la UNESCO en 1991 dentro de las obras representativas de la humanidad–; se comprueba así el carácter cada vez más universal de un cartagenero que usualmente escribe desde Bogotá.

Fue el suyo un comienzo tempranero dentro de las letras nacionales; de la mano, primero de los poetas del Siglo de Oro español y de los novelistas románticos a quienes conoce en la biblioteca de la abuela materna antes de viajar a Bogotá, y luego, de los poetas simbolistas y postsimbolistas franceses, a quienes lee en 1955 en Cartagena, después de su expulsión del Colegio del Rosario. Los viajes al interior del país, Antioquia, Tolima, Bogotá y el Gran Caldas lo acerca a las expresiones culturales y a costumbres populares propias de estas regiones; y los oficios de redactor político para United Press International (1959–1964) van ensanchando su horizonte y afinando su percepción de la realidad; sin olvidar su pertenencia a Cartagena, donde siempre regresa para recuperarse, se radica definitivamente en Bogotá desde 1957. Poco a poco se aventura por los caminos de la ficción construyendo mundos posibles y otorgándole múltiples funciones a la literatura: “Una no: muchas. Es catarsis. Es conjuro, exorcismo. Denuncia. Alarido. Diván de Freud. Liberación por el humor. Por la exasperación. Arraigo en la tierra. Fuga. Ilusión. Realidad. Sueño. Odio. Amor. Todo. Nada”. (Espinosa en Jaramillo, 2000: 23). En su caso particular, se privilegia siempre la dimensión estética de la literatura concebida como mediación autobiográfica, social e histórica, por eso afirma que ella “es lo contrario del repentismo. Toda espontaneidad es literariamente aborrecible. El escritor debe parecer espontáneo, no serlo” (Espinosa en Montes, 2000:29).

La expresión lírica

Desde niño su padre, periodista y poeta, le hace aprender versos y poemas; sin embargo más tarde le reprocha su dedicación exclusiva a la literatura, señalándole que sólo debía asumirla como hobby; a estas presiones se suman las recriminaciones de la madre, quien al final de su vida todavía le censuraba el haberse dedicado a lo que consideraba una profesión “vergonzosa”. Quizás estas actitudes paternas explican su decisión inquebrantable por la literatura. En la poesía de Germán Espinosa, desde Letanías del crepúsculo (1954) hasta el Libro de conjuros (1991), el poema, muchas veces de índole narrativa o condensado en imágenes, intensifica motivos que luego se imbrican con los relatos; las estructuras métricas heredadas del Modernismo van dando paso a la reactualización de formas (romances, sonetos, canciones, madrigales o coplas), se abren al verso libre o se arriesgan a la prosa lírica. Desde estos ámbitos, el autor fortalecido con experiencias vitales y culturales, enuncia líricamente la realidad conformando una geografía poética nutrida de referencias locales y universales.

Al comienzo de su trayectoria lírica, Espinosa poetiza y recrea relatos mitológicos, exhorta la tristeza o sacraliza la melancolía, en un intento por rescatar instantes y memorias perdidos; luego, en Canciones interludiales (1954-1960), homenajea autores y textos definitivos para su sensibilidad: Rimbaud, Darío y especialmente De Greiff, a quien conoció de cerca en el célebre café El Automático de Bogotá; inicia así el diálogo intercultural con tradiciones y estéticas de distinta procedencia. La interiorización del mundo consigue un peculiar timbre emotivo en Claridad subterránea (1955- 1979), poemario en el cual se asume la angustia como generadora de temporalidades, la soledad como espacio privilegiado de libertad y la muerte como el otro rostro de la vida. Mientras Espinosa atenúa la retórica modernista sin abandonar la alusión erudita, se cuestiona el papel del poeta y de la poesía, para encontrar que la materia prima de ésta la constituyen la infancia, la evocación, las lecturas interiorizadas y los sueños.

Coplas, retintines y regodeos de Juan, el mediocre (1974) se creó en momentos de penuria económica y espiritual; en este caso se decidió por un tono burlesco pariente directo de la tradición de la copla española; el personaje homónimo encarna la mediocridad y la incapacidad para actuar, al tiempo que posee una notable espontaneidad creadora. Por su parte, el yo lírico de Reinvención del amor (1965-1984) crea y eterniza a la amada a través de la poesía, que llena de erotismo, promesas o renuncias, se centra en la exaltación del cuerpo como espacio propicio para inventar la sexualidad y el amor, o como posibilidad de consuelo. En el cruce de caminos de Diario del circunnavegante (1971-1979), la búsqueda simultánea de la infancia y de Cartagena es fallida porque ambas escapan a través de imágenes inasibles o por el impacto que en el poeta provoca la visión de Europa

El Libro de conjuros (1974-1990) parece sintetizar las actitudes que definen la lírica espinosiana; se concibe el viento como metáfora de los inevitables vaivenes de la vida, permitiéndole al poeta asumir sus contingencias y sus recuerdos, pues para Espinosa “hay desde luego, recuerdos gratificantes, tal vez porque los hemos elaborado con los años, pero suele ser más gratificante el olvido (…), pero creo que una de las razones por las cuales los escritores escribimos, es para desembarazarnos de los recuerdos –bueno o malos–, para conjurarlos, porque los recuerdos a su modo esclavizan” (Giraldo, 2000: 102). Después de conjurar el mar, los crepúsculos, los sueños, la naturaleza o la casa de la infancia, se opta por vivir; por eso, ante la angustia del tiempo, la conciencia despierta constituye el verdadero nacimiento del hombre a la madurez vital, la posesión plena del cuerpo, aunque anticipe la muerte, posibilita el enfrentamiento de la ausencia o de la nada; y la fe en la poesía genera una nueva dimensión, en la cual el hombre puede significarse ante sí y ante los demás.

Los relatos espinosianos

Los relatos de Germán Espinosa comportan una visión englobante a partir de una percepción sincrónica de la realidad. En tal proceso el autor dilata y contrae el estatuto del género centrándose en una búsqueda constante de significación por medio de motivos cercanos o lejanos, localizados en contextos conocidos, desconocidos, ficticios, históricos, regionales o legendarios, a través de formalizaciones que mezclan el relato convencional, el cuento artefacto, el minicuento y formas mixtas como la novelle y el relato de largo aliento. La amplitud temática de esta cuentística, se conecta con la literatura fantástica, con la denominada literatura de ciencia ficción y en su elaboración confluyen “una escritura tradicional (…) con una visión totalmente moderna de la composición del texto literario” (Valencia Solanilla, 1985:72). Dicha confluencia se realiza por la voluntad de expresar una idea a través de la enunciación de una anécdota, por el papel paratextual y a la vez intratextual que cumplen los epígrafes y por una recurrente visión paradojal de la existencia. En todos los casos, las estrategias narrativas, los datos escondidos y los procesos de enunciación se aglutinan para interesar al lector y conducirlo casi siempre a una revelación, que unas veces lo sorprende, otras le crea dudas inquietantes o lo sumerge en la incertidumbre.

En 1964, una vez retirado de la United Press International, el profesor y crítico James Willis Robb de George Washington University lo estimula a publicar el primer libro de relatos, La noche de la trapa; éste sale a la luz en 1965, año en que también contrae matrimonio con la pintora Josefina Torres, compañera inseparable en las aventuras vital y literaria. Este primer libro de relatos incursiona en lo fantástico, la magia o el guiño cercano a la ciencia-ficción como categorías que permiten remover realidades para resituarlas en ámbitos amplios de la historia y de la cultura; desde entonces sobresale la preocupación por el proceso mismo de la escritura, la cual al nutrirse sistemáticamente del referente asombra e involucra al lector en la materia narrada. En Los doce infiernos (1976), al tiempo que atenúa la dimensión fantástica, el autor otorga significaciones a una serie de motivos que direccionan la mente y atrapan la sensibilidad: problemáticas raciales a través de disimuladas incomunicaciones de pareja, maldiciones ancestrales que emergen del inconsciente colectivo, sexualidades problemáticas que metaforizan conflictos sociales, culpas heredadas que ocasionan castigos degradantes e inmovilidades históricas que repiten círculos viciosos de horror y dolor. En todos los casos, los referentes transitan por la historia lejana y reciente de la cultura occidental, latinoamericana y colombiana.

Noticias de un convento frente al mar (1988), representa un momento de alto nivel expresivo dentro de la cuentística de Espinosa, asociado sin duda con la madurez de su lirismo y con la consolidación de su trayectoria novelística. Los relatos ponen a prueba los efectos de la dilatación y de la contracción narrativas para convertir la evocación en una forma de conocimiento capaz de reconstruir conflictos, cuya explicación no existe o no satisface del todo. A los motivos de carácter filosófico, histórico o esotérico que hemos señalado, se agregan ahora la presencia del erotismo como transgresión de órdenes y la carnavalización de las estructuras paradojales de la existencia. Dichos motivos se desarrollan a través de variados juegos intertextuales con epígrafes provenientes de diversas fuentes literarias que apelan directamente a la enciclopedia de un lector informado.

El naipe negro, también de 1988, desnuda la prosa con el objeto de profundizar la esfera psicológica sin dejar de lado la dimensión fantástica. A través de distintas formas narrativas –cuentos breves, relatos clásicos, versiones orales, testimonios elaborados, etc.–, las revelaciones ratifican y redondean preocupaciones anteriores: el hombre es una mera alusión e ilusión del universo; los dos poseen infinidad de dobles, las temporalidades humanas se cruzan enigmáticamente, es imposible contrariar el destino y escudriñar el pasado se convierte en una forma de reconocimiento crítico del presente. Romanza para murciélagos (1999), es una trilogía de relatos de largo aliento cercanos a la novelle que evidencia el gusto de Espinosa por vincular estructuras musicales y estructuras narrativas. Los motivos desencadenantes de la visión de mundo no sólo son de rancia estirpe literaria, sino que se sitúan en nuestra historia reciente: la hipnosis regresiva como forma de resistencia ante el destino inexorable (Una ficción perdurable); la imposibilidad de temporalizar leyendas políticas sostenidas con creces (Por amor a la momia), y la afirmación suprema de la propia voluntad para violentar la tradición y enfrentarse a lo desconocido (Romanza para murciélagos). La preocupación por los efectos posibles del proceso de escritura y el desplazamiento de los referentes a la época contemporánea, vinculan estos relatos con la más reciente producción novelística de Espinosa.

Trayectoria novelística

Los treinta y tres años de trayectoria novelística de Germán Espinosa se sustentan en el trabajo miniaturista del lenguaje, cuya factura barroca absorbe multitud de referentes culturales, se regodea en el detalle expresivo para enmarcar circunstancias psicológicas y sociales, amplía el espacio-tiempo y desborda la significación a través de complejos simbolismos que permiten la convivencia de opuestos, desnudan contradicciones y traen al presente significados reprimidos o expulsados de la conciencia colectiva. Usualmente se crea una tensión entre el momento histórico de Germán Espinosa y las recreaciones que hace del pasado como “condición necesaria para la consolidación de su memoria privada y pública” (Álvarez, 2000: 568); aun cuando su referente sea contemporáneo, sobresale la interacción historia- literatura a través de escamoteos que hace la escritura para ubicar al lector; por eso según Espinosa: “Toda novela exige, para ser convincente, una ubicación en el tiempo, pero esa ubicación es pronto transformada en mito. Cuando el tiempo histórico es muy acusado, la crítica suele hablar de novela histórica, pero se trata de una mera comodidad clasificatoria. Si el tiempo histórico no es devorado, la resultante dejará de ser novela” (Ángel, 2000: 59).

Desde 1967, durante una temporada en Cartagena, empieza a gestar una novela sobre la Inquisición; entre 1971-1972 viaja por Panamá, Ecuador, Perú, Chile y Argentina; en 1977 se desempeña como Cónsul General de Colombia en Nairobi y como delegado en la Conferencia de las Naciones Unidas, y en 1978 fue consejero de la embajada colombiana en Yugoslavia. Todas estas experiencias sumadas a su marcado interés por la historia criolla y la universal, explican que un grupo significativo de sus novelas: Los cortejos del diablo (1970), La tejedora de coronas (1982), El signo del pez (1987) y Sinfonía desde el Nuevo Mundo (1990) se elabore al confrontar distintos discursos históricos, el de la Colonia en las dos primeras, el de la Independencia en la tercera y el correspondiente a los orígenes del Cristianismo en la cuarta; las cuatro novelas relativizan dichos discursos a través de personajes indagadores cuyos cuestionamientos y preocupaciones cada vez menos localistas, son propios de una modernidad problematizada. En todos los casos se evidencia la ambigüedad de todo acontecimiento asumido como real, y a la vez, la posibilidad que tiene el discurso histórico de desmentirse a sí mismo; estas recreaciones del pasado conforman una propuesta, en la cual no sólo somos lo que somos y seremos, sino lo que somos y hemos sido, pues lo azaroso del futuro hace que la ruptura con la Historia sea una actitud irresponsable.

En 1970 se publica su primera novela, Los cortejos del diablo, simultáneamente lanzada en Caracas y Montevideo; el General Francisco Franco prohíbe su circulación en España y ciertos grupos la vetan en Colombia, quizás porque su referente lo constituye el oscuro papel de la Inquisición en la Cartagena de los siglos XVI y XVII. La ficcionalización de la historia que anima el tejido narrativo se produce gracias a un proceso de carnavalización en tanto estrategia estética que vierte y revierte símbolos, ironiza referencias y vuelve ambivalentes las acciones y los personajes; la novela desacraliza poderes e instituciones hasta lograr darle vida al tópico barroco del “mundo al revés”. Por eso, resultan intrascendentes las acciones de los personajes centrales y sumamente importantes las protagonizadas por las fuerzas anónimas, hasta el punto que los ostentosos símbolos del poder colonial y oficial, “nada pueden hacer frente al sortilegio de este nuevo mundo endemoniado” (González, 1992: 121).

Su novela más célebre, La tejedora de coronas (1982) se empezó a gestar en julio de 1969 cuando el hombre pisó por primera vez la luna, acontecimiento que generó la imagen germinal de la misma: ¿Cuál habría sido el destino de un joven que descubriera el planeta Uranos no en Europa, sino en Cartagena a finales del siglo XVII?; sin embargo, la figura de Federico Goltar fue sustituida por la de Genoveva Alcocer como indiana culta y rebelde, y a la vez como metáfora de una historia posible para América Latina. La novela parte de dos núcleos proliferantes que suceden en la Cartagena del siglo XVII: el asalto a la ciudad por el Barón de Pointis y el descubrimiento que de un planeta hace su joven amante, Federico Goltar. Genoveva narra su vida desde la perspectiva de sus casi cien años cuando está siendo juzgada por el tribunal de la Inquisición en su tierra natal. El discurso de Genoveva es la evocación y reconstrucción de una anciana y una especie de testamento de un acto de tradición oral, es también un diálogo de la protagonista consigo misma, con Bernabé, con los representantes del tribunal inquisitorio y con el lector, quien debe tejer los hilos de la filigrana narrativa. La vida de la narradora transcurre entre finales del siglo XVII y la mayor parte del siglo XVIII, presencia acontecimientos importantes, discute con los hombres más ilustres de la época, confronta corrientes filosóficas, políticas, artísticas y científicas, compendiando casi el saber de la Ilustración.

Un segundo grupo de novelas suele desplazar el referente al momento contemporáneo y aborda las temporalidades de Bogotá como propósito narrativo: La tragedia de Belinda Elsner (1991), Los ojos del basilisco (1992) y La lluvia en el rastrojo (1994). La ciudad capital de Colombia se percibe como emblema de una sociedad en crisis: sus orígenes oscuros y violentos, sus dinámicas sociales paranoides y desestabilizadoras, y sobre todo las tensiones internas que constituyen su modernidad fracturada. Este grupo de novelas son muestra del escritor en que se ha convertido Germán Espinosa: pasajero del mundo, lo cual le permite dar múltiples miradas interculturales; es su ir y venir entre Munich, Copenhague, Berlín, México, Guadalajara, París, Biarritz, Ginebra, Lima y Barcelona, sin dejar en la memoria a Bogotá y Cartagena, lo que le permite convertir al mundo en una gran aldea creada y recreada con la voz de la cultura y de la historia de América.

Las dos últimas novelas de Espinosa, La balada del pajarillo (2000) y Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón (2003), lejanas de enunciar profecías desde el pasado irresuelto, recrean el espacio cultural hispanoamericano a lo largo del siglo XX, quizá como una forma de resistencia ante rezagos de eurocentrismos y frente a las pretensiones homogeneizantes de poderes globalizados. La primera no se vale de dispositivos paródicos, sino que se nutre de espacios urbanos metamorfoseados entre ciudades caribeñas como Cartagena o grandes urbes como Bogotá. Al recurrir al viejo truco de los manuscritos encontrados, Espinosa da paso a una primera persona bajo cuya enunciación se implica de diferentes maneras para insistir en asuntos que siempre le han obsesionado: función de la literatura en el individuo y en la sociedad, la burocratización del arte, el academicismo paralizante, la individualidad del artista, la potencia creadora de la fantasía, el acceso a lo desconocido y el carácter híbrido de la cultura criolla, entre otros. En Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón ratifica estas preocupaciones renovando motivos de la novela negra, con lo cual no sólo homenajea a una de sus figuras poéticas predilectas, Rubén Darío, sino que vuelve a incursionar en el espiritismo y en saberes esotéricos para enfrentar la persistencia de la muerte, y a la vez para revalorar las cualidades vitales que hacen la diferencia de la cultura criolla frente a otras.

Finalmente, la labor ensayística de Germán Espinosa se desarrolla entre una argumentación coherente y una amplia cosmovisión, que no sólo se refiere a problemas literarios o estéticos, sino a cuestiones de Filosofía y praxis del lenguaje; a su vez su labor de cronista va más allá de consignar noticias o comentar eventos en un intento de reconstruir nuestra memoria colectiva, en relación con Derechos Humanos, populismo, intolerancias, guerras o saberes milenarios.

Los lectores contemporáneos de Espinosa podemos acceder a una amplia referencialidad en sus crónicas, a la amplitud espacio-temporal de su novelística, a la densidad conceptual de sus ensayos, a la tensión expresiva de su lírica o a la concentración episódica de sus relatos; en cualquier caso nos encontramos con una materia significante que se enuncia desde el compromiso irreductible de la escritura como forma de conocimiento y como vivencia privilegiada del papel del hombre dentro de la historia. De cierta manera pareciera como si desde el inicio del tiempo escritural del autor, la infancia redimida en el ocaso del mundo y superpuesta alrededor de lecturas ajenas, pero íntimas, leyera aquí y ahora, el Epitafio para mí mismo, de Germán Espinosa:

Fui una página de Rubén Darío
que me alegró en la infancia profunda.
Fui una aliteración de Verlaine.
Fui un autorretrato de Van Gogh
que es el más bello reproche que se me hizo.
Fui el rosa pálido de un crepúsculo
o el instante en que, al concluirla,
reinicié la lectura de Ulises.
Fui esa noche en tus brazos.
Fui la suma de mis instantes felices.


Bibliografía

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  4. ESPINOSA, Germán, Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón, Bogotá, Norma, 2000.
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  9. ________, La lluvia en el rastrojo, Bogotá, Arango Editores, 1994.
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  12. ________, La tragedia de Belinda Elsner, Bogotá, Tercer Mundo, 1991.
  13. ________, La liebre en la luna (ensayos), Bogotá, Tercer Mundo, 1990.
  14. ________, Sinfonía desde el Nuevo Mundo, Bogotá, Planeta, 1990.
  15. ________, Cuentos completos, Bogotá, Ministerio de Cultura, 1989.
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  28. MONTES M., Roberto, “Germán Espinosa o la narración poética (1981)”, en: Adrián Espinosa Torres (Compilador), Espinosa oral, Barranquilla, Fondo de Publicaciones Universidad del Atlántico, 2000, pp.25-30.
  29. ________, Magazín dominical de El Espectador, Bogotá, 1982, pp.5-12.
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  31. RONDÓN, Ricardo, “Tejiendo coronas con Germán Espinosa (1994)”, en: Adrián Espinosa Torres (Compilador), Espinosa oral, Barranquilla, Fondo de Publicaciones Universidad del Atlántico, 2000, pp.107-112.
  32. SALOM F., Nicolás, El Tiempo. Lecturas Dominicales, Bogotá, 16 de enero de 1983.
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  34. VALENCIA S., César, “La tejedora de coronas: una novela total”, en: Lecturas Dominicales. El Tiempo, 2 de julio de 1987.
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Jorge Reynolds: del corazón de las ballenas al corazón de los humanos

Jorge Reynolds: from the heart of whales to the heart of humans

Jorge Reynolds: do coração das baleias ao coração dos humanos

José Luis Villaveces *


* Miembro del Comité Científico de Nómadas. Químico de la Universidad Nacional, donde desarrolló toda su carrera como investigador y profesor en Química Teórica, campo en el cual tiene un doctorado de la Universidad de Lovaina. Fue subdirector de Colciencias en dos oportunidades y Secretario de Educación de Bogotá. Actualmente dirige el Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología.


JORGE REYNOLDS POMBO es un ingeniero electrónico bogotano, internacionalmente conocido por sus trabajos de electrocardiografía con las ballenas. Muchos se han preguntado qué interés puede haber en que alguien estudie el corazón de las ballenas. La realidad es que Reynolds comenzó estudiando las aplicaciones de la electrónica a este órgano en los hombres. De hecho, el primer marcapasos que funcionó en el mundo regulando el latido cardíaco de un ser humano fue creación de Reynolds, a quien apasiona el estudio de la electrofisiología del corazón desde su juventud. Es mucho lo que se puede aprender al respecto estudiando el de las ballenas, por lo enorme de este órgano; baste pensar lo que significa impulsar cientos de kilos de sangre cada minuto por medio del movimiento de un músculo.

A través del estudio de este músculo y de su estructura, de la forma en que se activa por estimulación eléctrica, se obtienen revelaciones sobre el funcionamiento del corazón humano y son muchos los adelantos en su electrofisiología que se han hecho y se podrán seguir haciendo gracias a los descubrimientos de Reynolds. Pero, no solo nos enseña cosas sobre este órgano en las ballenas, sino que nos ilustra sobre apasionantes temas de diseño y de estudio de materiales, porque es una verdadera hazaña de la evolución el haber logrado construir con un músculo esta bomba del tamaño de una habitación. El interés de Reynolds no se encamina sólo al estudio de este corazón gigante; se ha ido al otro extremo, haciendo electrocardiografía a zancudos. Los electrocardiógrafos más pequeños del mundo son también creación de Reynolds que, en esta forma, ha extendido su búsqueda hacia otra obra maestra del diseño por lo pequeña. Entender el corazón desde un límite hasta el otro es el camino más seguro para comprender el órgano de los seres humanos y avanzar hacia el manejo de sus patologías. Además de la comprensión de su funcionamiento, los trabajos de Reynolds han sido sumamente importantes en el desarrollo de la tecnología de instrumentos electrónicos para su manejo y son muchos los que deben su vida y la calidad de la misma, directa o indirectamente, a los instrumentos desarrollados por él mismo, o con base en sus trabajos.

A más de ser un excelente ingeniero y un gran científico, Reynolds es un aventurero y un hombre de acción. Según nos explica, hay que serlo para poder hacer ciencia en Colombia. Probablemente en cualquier país del mundo se requiere una buena dosis de audacia para el ejercicio de la ciencia y algunas de las anécdotas de la vida de Reynolds ilustran esta afirmación.

José Luis Villaveces, habló con él y con Eunice Ñáñez, ingeniera oceanóloga, M.Sc. del Grupo de Seguimiento de Corazón vía Satélite, el Grupo de Reynolds, su colaboradora. De manera muy interesante, Reynolds comenzó por afirmarnos que su trabajo une arte, ciencia y tecnología, y es que la verdadera creación intelectual, la que se da en el campo de la ciencia y de la tecnología creadora es, en sí misma, una obra de arte, pero el científico y el ingeniero creadores, a la manera de los gigantes del Renacimiento, como Leonardo, saben ver la belleza y la armonía presentes en las creaciones de la naturaleza. Ya hablamos del diseño –esa disciplina a mitad de camino entre el arte y la tecnología– que está presente en el inmenso corazón de los cetáceos y que sólo el ojo entrenado para la técnica y el arte logra apreciar, pero hay otros triunfos de la mirada del artista superpuesta a la del científico, como cuando graba todos los sonidos que produce una ballena en el mar y separa de ellos, por un lado, los que le sirven para su investigación: los latidos del corazón y, por otro lado, valora la hermosura de los cantos de la ballena y venciendo el reto tecnológico, los separa para ponerlos después a cantar en dúo con la soprano Martha Senn, logrando una producción de increíble belleza.

J.L.V. Doctor Reynolds, cuéntenos sobre su trabajo actual, por favor

J.R. Lo primero que cabe destacar es que tenemos un grupo de investigación interdisciplinario, en el cual participan estudiantes de muchas universidades y cuya principal misión es el estudio del corazón, como el de las ballenas, al cual nos dedicamos desde hace veinte años, pues por su tamaño y su evolución es el mamífero más grande de todos y es mucho lo que podemos aprender del análisis de este órgano maravilloso. Además, mientras más lo estudiamos, más nos damos cuenta de su gran complejidad y eso hace muy estimulante el trabajo pues significa un desafío continuo. También quiero destacar que nosotros diseñamos y construimos nuestros propios equipos para la investigación; no son comerciales ni podrían serlo, pues los electrocardiógrafos para ballenas no es que tengan un gran mercado en el mundo. Por eso, en nuestro grupo hay ingenieros electrónicos, diseñadores, comunicadores, ingenieros oceanógrafos, etc.

Destacamos la presencia de los comunicadores porque estamos convencidos que en nuestros días todo proyecto de investigación debe ser divulgado. Es fundamental publicar los resultados en las revistas especializadas, pero también debe difundirse esta información al hombre de la calle, en programas de televisión y otros medios. Si no se hace así, la sociedad no conoce la investigación y naturalmente tampoco se consiguen fondos.

J.L.V. ¿Cómo se han financiado?

J.R. Parte del éxito es que siempre hemos tenido recursos con qué investigar, nunca millones, pero sí lo suficiente, porque somos eficientes, y como producimos nosotros mismos casi todos los aparatos, eso baja los costos enormemente. La multiplicidad de fuentes de financiación diferentes las rotamos, de manera que siempre tenemos alguna, según la fase del proyecto en que nos encontramos. Todas son de fuera del país; empresas y otras entidades. De Colciencias nunca he recibido apoyo; hace muchos años traté de conseguirlo y fueron tantas las complicaciones que renuncié a obtener la financiación. Hoy no considero necesaria la ayuda, entre otras cosas, porque hay que mostrar que Colciencias no es el único medio. Debo, eso sí, hacer un reconocimiento enorme a la Armada Nacional que nos ha dado un apoyo logístico muy importante; sin su ayuda no habríamos podido hacer nada. Los recursos para nuestros proyectos han ido saliendo poco a poco, así como el apoyo para las tesis; nunca nos hemos bloqueado; a veces algo se ha demorado, pero nunca se ha paralizado. El trabajo con estudiantes de tesis ha sido muy importante. Pienso que la creatividad de los colombianos es muy grande y la de los más jóvenes es especialmente interesante. El invitarlos a participar en este grupo interdisciplinario es un gran paso para muchos; llegan muy ilusionados y los pongo en la realidad. Están rodeados de cosas raras: un día hacen investigación, otro día ven ballet, o me acompañan a una conferencia, o a una experiencia importante. Entonces su formación se enriquece mucho más allá de su trabajo. En veinte años que llevamos con este proyecto han salido unas doscientas tesis de todos los niveles; un 40% laureadas, o meritorias, o con alguna mención. Luego les ayudamos a buscar ubicación para el posgrado; algunos de los que formamos están fuera del país. Muchos ya tienen doctorado y están en diferentes partes del mundo, con excelentes resultados. Vale la pena decir que consideramos altamente positivo que los jóvenes colombianos brillantes puedan trabajar en buenos laboratorios del exterior y competir con los científicos de cualquier lugar. Así están mostrando la parte positiva de Colombia. Lo importante no es que regresen a Colombia para no encontrar condiciones de trabajo, sino que puedan desarrollar su creatividad en condiciones adecuadas, ojalá vinculándose en alguna forma con Colombia y apoyando a otros colombianos. Es mucho más lo que hace por Colombia un Rodolfo Llinás investigando en Nueva York que un científico frustrado en un laboratorio nuestro.

J.L.V. ¿Y su caso personal, cómo fue?

J.R. Estudié en Inglaterra. Al volver acá me tocó volver a inventar el agua tibia, con medios muy complicados, hace 44 años, cuando ciencia y tecnología no existían en el país. Cuando decía que había estudiado ingeniería electrónica no se entendía. Fue muy duro comenzar y llegar a constituir el grupo que hoy tenemos. Un grupo del que me siento orgulloso por lo que representa y por lo especial que es, hay que vivirlo para entenderlo. La filosofía que tenemos es apuntar a lo práctico de la ciencia y la tecnología.

Doy un ejemplo de este momento: uno de nuestros trabajos ha sido registrar el corazón de las ballenas a distancia con el sonar pasivo de los submarinos; tomamos la señal, la remasterizamos, le quitamos el canto y encontramos el sonido de su corazón. Se puede hacer a 20 millas de distancia y también visualizar la función cardiaca. Así se desarrolla la investigación, pero salen agregados curiosísimos. Un día pensamos ¿por qué no hacer un concierto con los cantos de las ballenas? Fue así como presentamos en la Feria Internacional de Hannover un concierto con cantos de ballenas y ahora haremos uno en las salinas de Zipaquirá con Martha Senn. Si bien esto es muy costoso, se consiguió la financiación y lo que se produzca por venta de boletería, de CD y de DVD irá para niños desplazados y con cardiopatías; hay un fideicomiso para garantizarlo. Eso ¿qué nos trae? Que además de divertirnos y trabajar mucho logramos una gran difusión y mostramos que con ciencia se pueden hacer cosas diferentes. La Comisión Nacional de Televisión lo declaró de interés público y lo transmitirá en cadena. La Universidad de Antioquia lo reproducirá en el Parque de los Píes Descalzos, en Medellín. Es decir, hay muchos resultados asociados a la propia investigación.

Estamos también organizando la semana de las ballenas en Unicentro e invitamos a exponer sobre ballenas, mar, telecomunicaciones, electrónica y esperamos llegar a miles de personas. El objetivo es socializar la aplicación de la ciencia y la tecnología y explicar la importancia del estudio del corazón de estos cetáceos como un símbolo a través del cual podemos promover la ciencia y la tecnología y la imagen del país. Unicentro nos cede el espacio sin ningún costo; eso es importante para nosotros. Es una manera distinta de cualquier otro estilo de financiación de la investigación y subsistimos sin grandes apuros.

Tengo muchos proyectos, pero como la vida es corta, hay que tratar de que tengan resultados rápidos. Vale la pena hacer cosas a corto plazo para que sirvan de escalón y desde ahí seguir investigando.

Tenemos buenas relaciones internacionales con la NASA, con universidades de Estados Unidos y de Europa y con compañías privadas, que son las que nos dan apoyo. Para ellos es interesante financiar nuestros trabajos, porque sin inversión grande reciben divulgación. Hemos producido ochenta videos y en Discovery Channel tenemos tres segmentos; hicimos la primera película en formato gigante en América Latina, que fue nominada como documental para el Oscar; también realizamos una serie de televisión de cuarenta capítulos sobre ciencia y tecnología en Colombia, que todavía pasa por Señal Colombia. Entre otras cosas, produjimos un cuento para niños que ya está traducido a cuatro idiomas: portugués, español, japonés e inglés. Cuenta a los niños cómo funciona el corazón, buscando el desarrollo de los cuatro tipos de inteligencia. Estamos grabando CDs sobre las ballenas y la comunicación de los animales; estamos escribiendo tres libros, uno sobre la injerencia de la electrónica en la cardiología, otro sobre telemetría en biología y uno con la Academia Nacional de Historia de la Aviación sobre el B1 y el B21.

La difusión genera otros proyectos. Hace poco tiempo encallaron unas ballenas en Argentina. Nos llamaron para colaborar, eran ballenas bebé. Extrajimos sus corazones y estamos analizándolos. Lo interesante es que entre quienes los examinan hay grupos de arquitectos, porque un corazón tan grande es una maravilla de diseño y de uso muy sofisticado de materiales. Así, la ballena es un ser tecnológico de enorme complejidad y hemos logrado convertirlo en objeto social. Transformar el conocimiento y hacerlo llegar a todo el mundo es importante y para eso se requiere ser multidisciplinario.

J.L.V. ¿Cómo comenzó Jorge Reynolds? ¿Cómo nació su vocación?

J.R. Yo estudié en Cambridge, en Trinity College, en Inglaterra. Fui a hacer Ingeniería Eléctrica, pero cuando iba en tercero se abrió la Ingeniería Electrónica y cambié. Soy del primer grupo de ingenieros electrónicos del Reino Unido. Ya existía el grupo de MIT, pero no habían entrado en la electrónica en serio; era 1958. Llegué a Colombia con un título rarísimo y me encontré con mis amigos, Nicolás Buendía, Rodolfo Llinás y Eduardo Rueda. Ellos estaban terminando la tesis y les llegó un gran equipo electrónico para investigar en cerebro, que estaba guardado porque nadie sabía utilizarlo. Me fui a conocer los aparatos sin tener ni idea de fisiología. Fernando Rosas, que era el jefe del Departamento de Fisiología de la Universidad Nacional, y Carlo Federici me invitaron a irme para allá. Me presentaron a Rafael Paredes que era el Decano e inmediatamente me contrató. Duré tres años allí, al cabo de los cuales Rosas me dijo que un grupo de médicos del Consultorio de Especialistas me quería conocer porque estaban fundando una clínica de cardiología. Hablé con ellos y me invitaron ahí mismo a la Shaio, entidad en la que ingresé desde el principio, con medio tiempo en la Universidad Nacional y medio en la nueva clínica. Aproveché mucho el tiempo en la Nacional e hice los cursos de anatomía y fisiología y algo de bioquímica, pero se me acabó el tiempo y comencé a ver la gran injerencia de la ingeniería electrónica y de todas las ingenierías en medicina.

JLV ¿Cuál fue su papel en la construcción e implantación del primer marcapasos?

J.R. Hacia 1958, la Shaio recibió el primer corazón artificial, no de implantación, sino externo para reemplazar las funciones de ese corazón mientras se hacía una cirugía. Entonces viajé por unos meses a los Estados Unidos a hacer un curso para aprender a usarlo y asistí a un congreso de tórax, donde conocí a dos médicos que comenzaban a hacer estimulación cardíaca en perros, y uno de ellos contó que veía la solución de las arritmias cardíacas. El transistor acababa de ser inventado, por supuesto no era aún comercial y era muy costoso. Alberto Vejarano, que estaba conmigo, y yo, hablamos con el doctor Chardak quien me invitó a su laboratorio. Desayunamos y me dijo: “Ya vio el laboratorio, ¿qué piensa?”. Le dije que era muy interesante, pero que había una manera más fácil de lograr la estimulación cardíaca que él buscaba. Él ya llevaba cinco años trabajando y me dijo «¿Más fácil? ¿Tiene la idea? Le doy tiempo y mañana volvemos a desayunar acá». Al día siguiente desayunamos a las 6 a.m. y seguimos hablando. Hacia las 9 me dijo, «¡Camine! » En su laboratorio dijo que le dejaran un campo a Reynolds, que haría un listado de todo lo necesario y podría trabajar directamente bajo su supervisión.

Un mes después la Shaio empezó a presionar para que regresara, pues yo había ido a Estados Unidos por el tema del corazón artificial que había que instalar en la Shaio. El doctor Chardak dijo que tenía que volver, pero que lo que estaba haciendo era muy interesante, que me trajera los aparatos y me desafiaba a ver cuál de los dos era capaz de poner el primer marcapasos en un humano. Parece que me recomendó bien ante la Shaio, porque me dejaron trabajar. Poco tiempo después sacamos el primer marcapasos; lo ensayamos en muchos perros y todos se murieron. Entonces llegó un sacerdote del Ecuador que había sufrido varios paros cardíacos y entre Vejarano y el paciente me convencieron de ensayar el mismo marcapasos con el que se morían los perros. (El hecho es que el ser humano es más resistente). Fue una cirugía de doce horas y luego, tres horas después, hubo que volverlo a abrir porque había quedado un electrodo no muy recubierto y el corazón se estimulaba bien, pero también el hipo, que iba al mismo ritmo que el corazón. El paciente sobrevivió dieciocho años y murió a los 102 años de edad. Le gané la apuesta a Chardak, que puso su primer marcapasos pocos días después.

Los siguientes cinco años fueron muy complicados porque yo tenía que sostener ante la comunidad internacional que eso sí funcionaba, y que ya había veinte o treinta pacientes que sobrevivían. Poco le creían a un colombiano de veintitantos años. Fue interesante y me ayudó mucho en mi formación. Luego tuve mi fábrica de marcapasos, muchos de los cuales fueron los primeros en cada país. Se implantaron en América Latina, en África, en la India, donde aceptaban más fácil marcapasos tercermundistas. Durante años seguí desarrollándolos. Había que achicarlos, trabajar con baterías para hacerlos implantables. Desarrollamos marcapasos para los pulmones, para la vejiga, y en general diferentes sistemas de estimulación eléctrica.

J.L.V. En ese momento ya tenía reconocimiento y podía considerarse un industrial. ¿Qué pasó después?

J.R. Del marcapasos pasé a trabajar con deportistas, haciendo telemetría cardiaca. En eso también fuimos pioneros, en medicina del deporte. Y luego comenzamos a interesarnos en los corazones de animales. La idea era que todos esos corazones que han evolucionado de distintas formas pueden enseñarnos mucho sobre el órgano en general.

Hasta hoy hemos trabajado con 270 especies animales, desde un zancudo hasta una ballena. Cada uno es algo especial.

JLV. Es una historia de científico y de técnico, pero también es una historia de aventurero. No sólo por andar persiguiendo ballenas, sino por su audacia en toda la historia del marcapasos.

J.R. De acuerdo. Tengo mucho de aventurero. Es una combinación de aventura, de tratar de aplicar ciencia y tecnología y de desarrollar sistemas para obtener información. La información que nos apasiona. En fin, hoy estoy metido en cincuenta cosas. Parezco disperso, pero no, porque todo es estudio del corazón, incluso el concierto. Todo tiene que ver con todo y no existen ciencias aisladas. Con un equipo interdisciplinario con buen entrenamiento inicial vas a resolver problemas mucho mejor que con enfoques y trabajo unidisciplinarios.

J.L.V. Y, ¿hubo antecedentes familiares de esta vena científica y aventurera?

J.R. La vena puedo haberla heredado de un tío que a los 22 años tenía 14 patentes en Estados Unidos. Entre otras cosas, inventó el violín eléctrico. Hizo un tubo de televisión en 1922, cuando la televisión era apenas una idea vaga. También desarrolló el sistema de abrir las puertas de los subways. Por el lado de mamá vengo de una familia de artistas, Jorge y Rafael Pombo. Mi papá fue ingeniero, mi abuelo artista, mi tatarabuelo, médico, que fue quien llevó el primer equipo de rayos X a Londres. Hoy está en el Museo Británico. Otro antepasado mío formuló el número de Reynolds, que es esencial en la dinámica de fluidos. Más atrás hay un pintor.

Como buen inglés, desde que nací, papá resolvió que yo debía estudiar en Cambridge. Ahorraron para mis primeros dos años. El primer año fue complicado por el choque cultural. Tuve que adaptarme al idioma y demás dificultades. El segundo año me becaron y continué becado. Mi tesis ganó la medalla de plata del Reino Unido que han otorgado muy pocas veces.

En los últimos años he comenzado a ganar reconocimiento en Colombia. Afuera tengo mucho más, pero soy colombiano y si me quedé acá hay que hacer algo.

J.L.V. ¿Qué es lo que más le enorgullece de su vida profesional?

J.R. Lo que más me enorgullece de la vida profesional es la tenacidad. Meterme en muchos trabajos complicados y seguir tratando de sacarlos adelante por absurdos que parezcan, dentro del desaliento de todo el mundo.

Cuando salí de ingeniero iba a trabajar en radioastronomía, en lo que sobresalían mis profesores. Tuve un año de charlas sobre filosofía de las matemáticas. Escuché a Einstein cuando estuvo un año en Cambridge dictando cursos. Tuve personas muy destacadas en el campo de la electricidad.

En Colombia prácticamente con todas las universidades he tenido buenas relaciones. Soy miembro de 18 sociedades de cardiología, en 14 de las cuales soy honorario. Soy el único miembro honorario de la Academia Colombiana de Medicina que no es médico. El único oficial honorario de la Armada Nacional. Tengo la Cruz de Boyacá, la Orden del Sol del Perú, el Queen Bird del Reino Unido, la espada de San Nicolás de Rusia.

He sido profesor titular de la Universidad de Canberra, profesor de Uniandes, de la del Cauca, de la Javeriana, de la Universidad de Antioquia, de la Nacional de Colombia y de la San Marcos de Lima.

JLV Y, ¿qué nos dice Eunice Ñáñez, de lo que es trabajar con Jorge Reynolds?

E.Ñ. Lo que más se admira al trabajar con Jorge es la capacidad de generar ideas y la persistencia en que las ideas se saquen adelante. Con él, las ideas se sacan adelante en lo científico, en lo técnico, en lo económico.

JLV ¿Aspectos especialmente difíciles del trabajo científico?

J.R. Lo más difícil de todo ha sido subsistir. Sobre todo en la segunda parte de mi vida, que tiene tres épocas. Subsistir en un país tan incrédulo de sus propios logros. Acá, si alguien es colombiano se piensa que hay que creerle poco. Fue muy difícil crear los medios. Ahora ya eso está superado. Pero el dicho aquel de que los colombianos no se mueren de infarto sino de envidia es bastante cierto. Muchas veces he tenido una gran soledad en el trabajo, porque a uno lo rodean muchos, pero a la hora de la verdad desaparecen. Todos están en los momentos gozosos, pocos en los dolorosos.

J.L.V. ¿Qué decirle a un joven que quiera iniciarse en la ciencia?

J.R. Que investigar es muy complicado. He formado a muchos jóvenes, dirigiéndoles tesis; la terminan y hay que entrar a subsistir. Tienen que irse a trabajar o a hacer un posgrado. Algunos se van, trabajan y ya no son la misma cosa. El grupo no dura más de dos años y hay mucha rotación. Y es a los tres años de trabajo que un joven comienza a ver cómo es nuestra filosofía.

E.Ñ. Lo que Jorge hace es abrir campos, abrir visión, mostrarles el mundo a los jóvenes.

J.R. El objetivo no es una nota con una tesis sino saber que éste es su primer trabajo propio y serio. Les digo que lo tomen con seriedad, pero no se queden en él. Y cuando tenga resultados debe ser capaz de echarle el cuento a un niño, a un periodista y a un grupo de especialistas.


Cita

1 El B1 y el B2 son las siglas de una serie de bombarderos pesados de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, que siguen desarrollándose, en versiones cada vez más electrónicamente sofisticadas, hasta el día de hoy.


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