Revista Nómadas
Dirección de Investigación y Transferencia de Conocimiento
Carrera 5 No. 21-38
Bogotá, Colombia
Correo electrónico: nomadas@ucentral.edu.co
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Arley Daza Cárdenas**
* El artículo surge como producto de la investigación "Jóvenes, participación política y formación democrática. Estudio comparativo en Bogotá y Medellín", asumida por el Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos, IESCO - Universidad Central y el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.
** Estudiante de pregrado de Comunicación Social–Periodismo en la Universidad Central y auxiliar de investigación del Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos, IESCO, de la misma universidad. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Este artículo aplica el concepto de resistencia –entendido como el tipo de acciones que tienen primacía respecto al poder dominante– a dos agrupaciones juveniles de Bogotá, que hicieron parte de una investigación social sobre participación política. En él se analizan las maneras en que, en la práctica, se manifiestan las distintas formas a través de las cuales las agrupaciones juveniles expresan sus particularidades. Teniendo en cuenta las características distintivas de cada agrupación –como su estructura organizativa, medios de expresión o movilidad territorial–, el artículo pone en evidencia el surgimiento, fortalecimiento y distribución de nuevas formas de poder que escapan a las esferas políticas habituales.
Palabras clave: política tradicional, resistencia juvenil, poder, organización, Estado Joven, Activegan.
Este artigo toma o conceito de resistência –entendida como o tipo de ações que têm primazia sobre a potência dominante–, aplicando-a para dois jovens da população em Bogotá, que faziam parte de uma investigação social sobre a participação política. Discute-se as formas em que, na prática, demonstra as diversas formas através das quais os jovens da população expressa suas particularidades. Tendo em conta as especificidades de cada agrupamento –como a sua estrutura organizacional, os meios de expressão territorial ou mobilidade–, o artigo destaca o surgimento, fortalecimento e divulgação de novas formas de poder político para além da habituais particularidades.
Palavras-chaves: política tradicional, resistência juvenil, poder, organização, Estado Jovem, Activegan.
The concept of resistance –understood as a sort of actions having relevance against the dominant power– is applied in this article to two juvenile groups in Bogotá, which took part in a social research on political participation. Considering their distinctive characteristics –organizational structure, means of expression, territorial mobility– the author analyzes the different ways in which, in practice, these juvenile groups express their particularities and makes evident the emergence, strengthening and distribution of new forms of power beyond the usual political sphere.
Keywords: traditional policy, juvenile resistance, power, organization, young state, Activegan.
Hay en las expresiones culturales contemporáneas indicios titubeantes, pero signos al fin, de que, tras las prácticas cotidianas y poco estridentes están configurándose pequeños micropoderes que se enfrentan de forma chapucera a la intención normalizadora y excluyente de los poderes institucionalizados
Rossana Reguillo
Teóricos como Maffesoli (2004), Guattari (1994), Raúl Zarzuri (2005), Ulrich Beck (2001), entre otros, coinciden en que la crisis de la modernidad –o su radicalización, en el caso de Beck –, trajo consigo distintos e importantes cambios sociales cuyos efectos son posibles identificar –entre otros espacios – en el accionar de los jóvenes y las culturas juveniles. Una de las manifestaciones más visibles del nuevo "rumbo social" que estamos viviendo, surge a partir del renacimiento no institucional de lo político.
Para Maffesoli (2004), por ejemplo, la vuelta a la tribalización en los jóvenes representa una expresión de la política no tradicional –es decir, una política no partidista ni vinculada de manera directa con las instituciones usualmente encargadas del manejo del poder–, que cada vez toma más fuerza en las sociedades del mundo posmoderno. Si bien es cierto que algunas de estas manifestaciones neopolíticas han surgido por iniciativa propia y con la intención directa de generar oposición a las tradiciones políticas globales, otras tantas aparecen en la esfera social sin la pretensión explícita de convertirse en alternativa política para los ciudadanos, aunque, a pesar de ello, lo sean al establecer a través de sus actividades particulares, espacios de participación y acción populares.
Pero ¿es posible desobedecer a un gobierno legítimo bajo el contexto de las nuevas formas de participación? El sistema democrático moderno contempla la posibilidad de ejercer cierta desobediencia por parte de la ciudadanía a través de mecanismos como el referéndum, el plebiscito e incluso el mismo voto en blanco, aunque éstos no surjan como resultado de la creación autónoma de los representados, sino que se encuentren contemplados dentro del mismo sistema democrático que les dio origen. Por esta razón, no cuentan con la suficiente credibilidad por parte de quienes ven en ellos mecanismos institucionalizados de reproducción del poder tradicional, lo que se refleja, por ejemplo, en la alta tasa de abstencionismo electoral.
Fuera de dicha esfera democrática y de los mecanismos institucionalizados de acción ciudadana y desobediencia civil, surgen nuevos dispositivos de participación –a través de movimientos, organizaciones o acciones particulares–, que se desligan de las prácticas políticas comunes y que han encontrado diferentes formas de hacerse visibles, convirtiéndose en espacios de participación en ocasiones mucho más eficaces y significativos que los propios partidos políticos legitimados. Lo que está en cuestión entonces, es el manejo, distribución y emergencia de nuevas formas de poder.
Al respecto, los estudios de Foucault identifican esta dinámica como "la emergencia de una potencia múltiple y heterogénea de resistencia y creación" (cit. Lazzarato, 2006: 1), es decir, el surgimiento de una neopolítica identificada como una forma de gobierno de una nueva dinámica de las fuerzas que expresan entre ellas relaciones de poder que antes no se conocían.
Para el presente artículo, dicha dinámica de poder aplicada a dos agrupaciones juveniles de Bogotá –Estado Joven y Activegan–, será llamada resistencia en la medida en que representa una oposición –no necesariamente consciente– a los mecanismos tradicionales de participación y acción ciudadanas. Por otra parte, constituye formas de subjetivación y formas de vida que escapan a lo que Lazzarato (2006) identifica como biopoderes, evidenciando el surgimiento de nuevos fenómenos de comportamiento social que no están ligados a la concepción tradicional de la oposición política, a través de partidos o movimientos con tendencias revolucionarias.
Pero ¿de qué manera se visibiliza la resistencia en las organizaciones juveniles de Bogotá? ¿Cómo y por qué se resiste? El término resistencia en este artículo no hace alusión "a la mera reacción o negación absoluta sino a las múltiples acciones que tienen primacía respecto al poder [dominante]" (Cubides, Zuleta y Escobar, 2007: 15). Las formas de expresión estéticas, las manifestaciones directas, la búsqueda de alternativas de visibilización y las causas adquiridas, serán analizadas en este documento como formas de política no tradicional que escapan al ejercicio político convencional y, por tanto, como formas de resistencia.
La pregunta más obvia que surge respecto a este tema tiene que ver precisamente con el ¿contra qué se resiste?: ¿contra un Estado tiránico y opresor? ¿Contra las manifestaciones cada vez más radicales del capitalismo salvaje? ¿Contra una cultura dominante? ¿Contra el "sistema"? ¿Contra lo que Negri y Hardt denominaron sociedad disciplinaria y de control? (2002: 36); en realidad, y esa es una de las tesis fundamentales del presente texto, no es necesario focalizar consciente y/o totalmente la resistencia hacia una problemática específica de la cotidianidad social para crear o promover espacios en los que se presenten acciones que "tienen primacía respecto al poder" dominante. En general, se resiste, aunque parezca difuso, a un estado de cosas que "tocan" de alguna manera sensibilidades particulares en el accionar juvenil.
Lo que sostengo es que, como resultado del devenir cotidiano de la sociedad –en el que el accionar estatal juega un papel importante–, surgen nuevas formas de asociación ciudadanas, construidas a través de la socialización de intereses subjetivos-compartidos, desde las cuales se promueven otras acciones colectivas de participación y construcción social –micropoderes–, que escapan a las formas de participación y construcción tradicionales –macropoderes–, y que, por tanto, se erigen como opción alternativa ante el panorama social que se nos ofrece.
No se trata de una relación directa entre carencia estatal versus reemplazo colectivo juvenil, aunque sí es preciso afirmar que muchas de las iniciativas por parte de las agrupaciones surgen como respuesta no sólo a sus propias necesidades expresivas, sino también a las carencias sociales existentes que son relacionadas por algunos de los integrantes de las agrupaciones con la insuficiencia estatal como institución de poder legítima benefactora.
Para Fernando Quintero, existen tres corrientes principales que caracterizan las manifestaciones políticas de los jóvenes en Bogotá: la lucha estudiantil y el surgimiento de movimientos políticos, la lucha cívico-comunitaria y, finalmente, la lucha micropolítica juvenil,
relacionada con aquellos procesos que expresan el conflicto desde escenarios poco conocidos en el debate político tradicional, como la apropiación del espacio público, la producción artística, ejercicios de diferenciación que expresan un conflicto estético y enuncian nuevos ejercicios de "ciudadanía", expresa la vivencia de una nueva ética correspondiente a una dimensión estética (Quintero, 2005: 115).
Es la lucha micropolítica juvenil la que me interesa. En la práctica, estas formas de asociación juvenil se examinarán a partir de la Organización Sociocultural Estado Joven y del Colectivo Activegan1, cuyas actividades se llevan a cabo en la capital colombiana. Los integrantes de ambas agrupaciones son jóvenes que no sobrepasan los veinticinco años de edad. Por un lado, Estado Joven manifiesta un enfoque artístico y cultural a través de sus actividades que, por lo general, son realizadas en la localidad de Bosa al sur de la capital, con carácter comunitario y local.
Por su parte, Activegan tiene como uno de sus principales objetivos la formación de activistas veganos que propendan por la abolición de cualquier tipo de explotación hacia los animales humanos y no humanos; sus actividades no se realizan en un punto fijo de la ciudad, por lo que una de sus formas de acción –que después examinaré con mayor detenimiento– es el nomadismo.
Conformada por trece jóvenes –grupo base–, la Organización Sociocultural Estado Joven surge en julio del 2007 como producto de la antigua Red Juvenil Damawha, que agrupaba ocho organizaciones juveniles del sector de Metrovivienda –localidad de Bosa–, hasta el momento de su desintegración hace dos años. Su principal objetivo es el de la formación de líderes juveniles a través de actividades culturales y artísticas –zanqueros, lanza-fuegos, danzas y payasos, principalmente–, que se llevan a cabo en el ámbito comunitario de su localidad.
A través de charlas y talleres esporádicos, el líder más visible de la Organización forma a sus integrantes en la formulación y presentación de proyectos, al igual que en el funcionamiento de instituciones de poder local como el Consejo Local de Juventud o los Encuentros Ciudadanos, con el fin de hacerlos partícipes activos de tales organismos en beneficio de su comunidad2. Su campo de acción lo constituye el trabajo comunitario a través de presentaciones en los colegios del sector, y, esporádicamente, en colegios ubicados fuera de la localidad.
Activegan es un colectivo vegano3 abolicionista y antiespecista, creado hace un año y cuatro meses aproximadamente. Busca la igualdad entre seres humanos y no humanos a través de la creación de activistas veganos cuya vida sea un ejemplo de auténtica liberación e igualdad. Mediante campañas informativas y educativas, se proponen dar a conocer la problemática de la explotación y el maltrato animal a la ciudadanía en distintos sectores de Bogotá.
El núcleo base del Colectivo está conformado por doce personas. Además, cuentan con participaciones intermitentes de otros jóvenes que apoyan la causa vegana, llegando a convocar en una sola manifestación, protesta u otra actividad, hasta sesenta o más personas. El calificativo "colectivo" tiene una razón de ser para sus integrantes: a diferencia del concepto de organización, colectivo no implica una estructura jerárquica, rígida, en la que se pueda identificar a un líder único que "lleve las riendas" de la agrupación.
Realizar una presentación "formal" de los dos grupos juveniles en cuyo accionar se soporta el presente artículo es necesario, aunque, tal como lo sostienen Deleuze y Guattari (1994) con su tesis respecto "al plan", concederle demasiada importancia al "plan estructural de las organizaciones" o al desarrollo evolutivo de las mismas como si su existencia y creación ya estuviesen rígidamente dadas, nos impediría tener en cuenta algo más significativo: la trascendencia de las organizaciones juveniles. Con el "plan de trascendencia" Deleuze y Guattari hacen referencia a aquello que no está dado en lo que da, es decir, un principio oculto que dispone las condiciones que darán origen a las grupalidades en contradicción con aquello que está rígidamente determinado. "Las formas y sus desarrollos, los sujetos y sus formaciones remiten a un plan que actúa como unidad trascendente o principio oculto" (Deleuze y Guattari, 1994: 269).
De acuerdo con lo anterior, los análisis que se realicen de las agrupaciones juveniles y, por tanto, el análisis realizado de Activegan y Estado Joven, sólo pueden ser posibles a través de la inferencia, pues lo que se ve de ellas es tan solo una parte de lo que hay y de lo que son o, en otras palabras, existe un metalenguaje del accionar juvenil ajeno a cualquier agente externo a su propia dinámica. Lo que vemos y analizamos no es lo único que hay… la forma de una organización "sólo existe para esa forma y sus sujetos" (Deleuze y Guattari, 1994: 268-275).
Paralelo a ello, existe un plan – plan de consistencia o de composición en oposición al plan de desarrollo y organización que se enfoca en la visión estructural-rígida de los agrupamientos–, que no contempla formación, desarrollo de sujetos o estructura alguna. Este plan da primacía a las relaciones de reposo y movimiento –velocidades y lentitudes–, que surgen entre elementos no formados ni organizados. Para este nivel de plan, no existe unión de subjetividades que devienen en desarrollo o que se estructuren en una forma –organización–, sino moléculas o partículas individuales que tienden a atraerse a través de afectaciones compartidas no subjetivadas que tarde o temprano devienen en algo nuevo: agenciamientos colectivos.
Los agenciamientos colectivos, según Deleuze, son multiplicidades enmarañadas que se manifiestan como acontecimientos. Representan la unidad mínima en el mundo social, y resultan de la unión de devenires que no finaliza en lo uno sino en lo múltiple que constantemente cambia; no tienen objeto ni sujeto sino solamente determinaciones, tamaños, dimensiones que no pueden aumentar sin que ella –la unión–, cambie de naturaleza. En los agenciamientos –que siempre son colectivos, según Deleuze–, no existen unidades de medida mediante las cuales se pueda definir las multiplicidades que los componen, sino intensidades indefinibles en constante transformación.
El acontecimiento resulta del choque entre multiplicidades. El acontecimiento, entonces, es inherente al agenciamiento en el que confluyen distintos tipos y niveles de heterogeneidad que establecen lo que Deleuze y Guattari denominan conexiones por simpatía, en las que la transmisión de afectos ocupa un lugar importante. Esta instancia es nombrada por ellos como agenciamientos maquínicos de efectuación que "no remiten a un objeto sino a un estado de mezcla de los cuerpos de una sociedad (sus atracciones, repulsiones, simpatías, rechazos, etc.) que afectan los cuerpos unos en relación con los otros" (Deleuze y Guattari cit. Fernández, 2007: 185).
En adelante, se adoptará el concepto de agenciamiento para hacer referencia a la Organización Estado Joven y al Colectivo Activegan –sin olvidar que ambos calificativos (organización y colectivo) son los asumidos y adoptados positivamente por los integrantes de ambas agrupaciones4 – teniendo en cuenta los constantes cambios e intensidades que caracterizan a ambos tipos de agrupación juvenil.
Maffesoli (2004: 28) afirma que la tendencia a la tribalización juvenil y a la superación del individualismo no se logra únicamente mediante mecanismos racionales de afinidad, sino también mediante emocionalidades compartidas. De esta manera, aplicando la teoría a la práctica sin forzar la realidad, Estado Joven representa el tipo de agenciamiento en el que más importante que el fin común es el "estar con" y el "hacer parte de algo" como característica sobresaliente.
Conjuntamente con las "emocionalidades compartidas", se comparten ideales, formas de ser y estar en el mundo y objetivos colectivos que impulsan a las diferentes subjetividades a permanecer juntas, estableciendo la diferencia con otros grupos de pares a través de la instauración de sus propias actividades y de sus propios referentes de resistencia que, en el caso concreto de Estado Joven, surgen como deseo colectivo de reapropiarse de los espacios de acción ciudadana dentro de su comunidad –Bosa (Metrovivienda)–, a través de actividades artísticas.
Dichas actividades convocan a la participación comunitaria y al desligue personal de las problemáticas sociales –drogadicción, violencia, delincuencia–, que caracterizan el sector, constituyéndose como alternativas posibles para los jóvenes de la localidad. Así, a través de su acción comunitaria, los integrantes de este agenciamiento están permanentemente ligados a la construcción del sentido de lo público desde un ámbito local que trasciende la mera realización de actividades particulares, y que les brinda cierta autonomía al establecer fluctuantes quiebres con las instituciones públicas y privadas de la localidad.
De la misma manera, aunque no con igual intensidad, Activegan refleja internamente, además de una conexión ideológica, una conexión afectiva entre sus integrantes, que fortalece el accionar mismo de la agrupación y constituye, hasta cierto punto, uno de los principales engranajes que permite su continua fluidez. Su resistencia está mucho más focalizada, pues más importante que el "estar juntos" es el objetivo de divulgar el estilo de vida vegano como ideal social, promoviendo, a partir de subjetividades compartidas, su propia propuesta política para la comunidad sin dejar de lado el lazo emocional que los une.
El "estar juntos" a partir de la compatibilidad emocional e ideológica, implica para los integrantes de los agenciamientos colectivos juveniles dos posibilidades continuamente presentes: por un lado, la interacción directa con el grupo de pares con los que se comparten ideologías y emocionalidades –que es lo que permite la creación y supervivencia de los agenciamientos–; y, por otro, el rechazo parcial o total hacia la otredad diferente, es decir, el "no estar juntos". Esta permanente afirmación- negación del otro, provoca constantes rupturas y transformaciones relacionales tanto hacia dentro como hacia fuera de los agenciamientos, que en mayor o menor grado influyen en su accionar cotidiano.
Activegan toma distancia de todos aquellos otros agenciamientos que no comparten su ideología vegana abolicionista, reduciendo casi completamente su interacción a las relaciones internas de los integrantes que lo conforman. Su relación externa con otras agrupaciones que comparten parcialmente su preocupación por los derechos de los animales es frágil, debido a la divergencia de opiniones y prácticas que "los otros" realizan, lo que constituye una fortaleza particular respecto al reafirmamiento de sus convicciones colectivas y a sus prácticas de resistencia, pero a la vez, una debilidad respecto al aislamiento generado. Aunque si bien existe tal aislamiento físico e inmediato, éste tiende a relativizarse en el ámbito virtual, debido a las conexiones ideológicas con otras agrupaciones veganas a nivel mundial, con las que se renuevan constantemente relaciones de parte y parte a través de Internet.
Ulrich Beck, junto con Giddens y Lash (2001), evidencian el enfoque político que están tomando temas que antes no eran tenidos en cuenta desde esa perspectiva. "Así [dice Beck], el tema ecológico y medioambientalista en general, constituye, bajo el marco de la modernización reflexiva, un importante elemento de debate político" (Beck, Giddens y Lash, 2001: 13-73).
Retomando lo dicho por Beck, Activegan ha convertido la problemática del maltrato a los animales en un tema netamente político: construyen iniciativas y proyectos tendientes a abolir la explotación animal; se manifiestan en contra de las leyes aprobadas por el Congreso que permiten, por ejemplo, la entrada a las corridas de toros a niños a partir de los siete años de edad; gritan arengas en contra de la explotación animal y el especismo5 en lugares en los que se permite ese tipo de hechos; e invitan a la ciudadanía, a través de la recolección de firmas, a apoyar iniciativas veganas ante el Congreso Nacional y demás instituciones de poder.
De forma indirecta, la existencia de ambas agrupaciones evidencia deficiencias estatales que promueven el surgimiento de nuevas formas de asociación juvenil, al igual que de poderes emergentes como respuesta a las carencias sociales existentes. Es, en resumen, la puesta en práctica de una neopolítica creativa que está en permanente construcción. Por un lado, las actividades estético-comunitarias como alternativa a un contexto delincuencial y de drogadicción y, por el otro, una preocupación medioambiental por la que el Estado no se ha inquietado lo suficiente. "Estos movimientos sociales se han convertido en verdaderos agentes de trasformación social en la medida en que ellos tienden a ocupar espacios donde no existen instituciones o donde éstas han dejado de responder –según la percepción de la gente– a las necesidades y demandas de la sociedad" (Reguillo, 2000: 71).
El viernes 21 de diciembre del 2007 a las 7 p. m.6, los integrantes de Activegan decidieron realizar un performance en plena carrera Séptima con avenida Jiménez en Bogotá. La intención fue mostrar a los transeúntes del "septimazo" su inconformismo con las prácticas especistas, además de divulgar el estilo de vida vegano entre las personas del común. Si bien es cierto que Activegan no es una agrupación artística, sus integrantes se apropian constantemente de herramientas de ese tipo para hacer visible su inconformismo respecto a la problemática particular que los vincula.
El performance consistió en que una de las integrantes del Colectivo –disfrazada de animal– se encontraba encerrada por una cerca. Fuera de la cerca se pegó un letrero que decía "Venta de carne. Contenido 'nutricional': sufrimiento 100%; dolor 100%; agonía 100%". Junto a la cerca se ubicó un platón ensangrentado en el que otro de los jóvenes veganos se acostó sin camiseta cubriendo su cuerpo con un plástico transparente, dando la sensación de que hubiese un muerto real debajo. En el plástico se colocó un letrero con la frase "Carne es asesinato".
La fuerza del performance radica en lo que Diana Taylor identifica como "la transmisión de una memoria social, que extrae o transforma imágenes culturales comunes de un 'archivo' colectivo" (Taylor, s/f: 2), y en el impacto visual inmediato que provoca la utilización de materiales icónicos que resignifican y visibilizan una problemática particular, tal como la explotación de los animales no humanos.
No se trata simplemente de la dramatización artística de algún acontecimiento, sino también la utilización y apropiación de herramientas espacio-temporales que entran en juego con la puesta en escena de la acción estética, constituyéndose en epicentro de todo tipo de sensibilidades. Así, el hecho de realizar un performance con máscaras de toros en temporada taurina justo en frente de la plaza de toros "La Santa María" con una periodicidad estable7, entra en juego y (re)significa –en este caso la plaza de toros se convierte para el veganismo en un epicentro de maltrato y explotación animal–, respecto a la totalidad de la propuesta estética utilizada por los integrantes del agenciamiento, quienes confrontan de manera directa, a través de la estética, a los que identifican como ejecutores y reproductores de parte de la conducta especista presentada en la sociedad.
Pero ¿qué es lo que hace de este tipo de manifestaciones estéticas o artísticas aquel "lugar en el que se privilegian las nuevas formas de activismo político"? (Deleuze y Guattari cit. Zepke, 2007: 56-57). Según Rancière, "la estética apareció […] como una reacción en contra de aquello que normalmente se consideraba el reino de la política, es decir, como una 'metapolítica' en la que el arte se convirtió en la condición de la libertad y de la igualdad de una comunidad sensorial nueva" (cit. Zepke, 2007: 57).
La estética de la política escapa –desde el punto de vista de Rancière–, al ejercicio tradicional del poder o a la lucha por obtenerlo, constituyéndose en un mundo particular y una forma específica de experiencia, a través de la cual, se materializan subjetividades. Además, las manifestaciones estéticas –tales como el performance, la danza o el teatro– evidencian la emergencia de nuevas formas de poder –nuevas en el sentido de que antes no habían sido tenidas en cuenta a pesar de que existieran–, que se producen y reproducen en contextos no institucionalizados, mediante mecanismos de visibilización de sentidos fundamentados y, en el caso del performance, en la observación directa.
"Las expresiones artísticas –no todas, por supuesto–, al 'retirarse' de la esfera tradicional de lo público, configuran órdenes alternos y su alcance es un principio de resistencia; por lo tanto, tienen un carácter político en cuanto plantean un conflicto de poder, cuestionan la hegemonía" (Restrepo, 2006: 54). Las expresiones estéticas y artísticas son tomadas tanto por Activegan como por Estado Joven como medios para transmitir sus puntos de vista respecto a las realidades que los afectan particularmente; se apropian de este tipo de métodos al reconocer el poder de persuasión que tiene una obra de teatro, un disfraz o una máscara en un contexto público y social determinado.
En ese sentido, Nixon Molina, el líder más visible de Estado Joven, afirma que
la cuestión cultural y artística dentro de la Organización – dentro del agenciamiento – es una excusa para que los muchachos se formen políticamente. Es como un pulpo: los tentáculos del pulpo son las actividades artísticas que realizamos, pero todo eso lleva a la cabeza del pulpo que es la formación en liderazgo y participación política8.
La formación política a la que hace alusión Nixon, es una formación política contestataria en la medida en que no pretende reproducir las tradiciones constitucionales establecidas, sino informar a los jóvenes sobre los derechos que tienen como ciudadanos y como jóvenes para poder reclamarlos, pues, en palabras de Nixon, "los derechos no se mendigan sino que se exigen".
Paralelo a este tipo de afirmaciones que reflejan un ideal de cambio en las tradiciones políticas de la sociedad, los integrantes tanto de Estado Joven como de Activegan manifiestan una evidente apatía hacia la institucionalidad que se refleja –con mayor intensidad en Activegan–, en una casi nula relación con cualquier tipo de entidad que represente la continuidad estatal, lo que no significa que esporádicamente no se generen ciertos vínculos indirectos con alguna institución gubernamental o no gubernamental.
Raúl Zarzuri (2005) afirma que pese a los brotes juveniles de resistencia, de micropoderes que emergen y que se constituyen en las sociedades, surgen estrategias que directa o indirectamente tienden a anular dichas manifestaciones; el autor identifica dos de estas estrategias: la antropofágica y la autopoémetica.
Así, La estrategia antropofágica –o estrategia de asimilación/aniquilamiento– consiste en "devorar" lo que es extraño en un intento por hacer semejante lo que es diferente. En palabras del autor, significa "ahogar las distinciones culturales o lingüísticas; fomentar e imponer una y solo una medida de la conformidad" (Zarzuri, 2005: 23).
El sábado 19 de enero, un funcionario de la Alcaldía Mayor de Bogotá se acercó a los activistas veganos que se encontraban realizando una manifestación pacífica en la carrera Séptima frente a la plaza de toros La Santa María para preguntar por el permiso expedido por la Alcaldía que debería tenerse para poder protestar en un lugar público. Al no obtener el permiso –que ninguno de los activistas veganos se había preocupado por sacar–, solicitó hablar con el líder o representante de la organización.
Se le explicó que Activegan no era una organización sino un colectivo y que, por lo tanto, no existían líderes sino que todos los integrantes actuaban como representantes y voceros de la agrupación a lo que el funcionario contestó –contrariado– que debería existir un líder que pudiese asumir las responsabilidades de la ¡organización! Este tipo de conductas por parte de la institucionalidad pretenden reglamentar a través de la formalidad burocrática el accionar de los agenciamientos que desean mantenerse al margen de estructuras jerárquicas y tradicionales. La "antropofagia", en este caso, radica en la imposición de que cualquier tipo de manifestación pública paradójicamente debe contar con la aprobación de la institución contra la cual, muchas veces, se quiere protestar.
La segunda estrategia de anulación –la autopoémetica–, es diametralmente opuesta a la anterior. En ella, "se vomita a los extraños" expulsándolos de los espacios del orden, excluyéndolos e incomunicándolos. Cuando ninguna de las anteriores estrategias da resultado, se acude, según Zarzuri, al aniquilamiento físico (2005: 23).
El primer paso que evidencia la utilización de la estrategia autopoémetica se presenta en el tipo de información que los medios de comunicación transmiten sobre los jóvenes y el lenguaje que es utilizado para referirse a ellos. Los medios de comunicación continuamente relacionan el concepto de joven con palabras como "delincuente", "drogadicto", "desviado", "anómico", etc. fomentando de esta manera, la aceptación de estereotipos negativos en relación con ellos.
Para Zarzuri (2005), el tipo de resistencia generado por los jóvenes y las agrupaciones juveniles consiste en pequeñas y constantes rupturas ante el poder dominante, que no llegan a ser tan grandes y contundentes como una revolución. Por su parte, Guattari y Deleuze afirman que las culturas juveniles pueden ser vistas como "pequeñas máquinas de guerra" que se contraponen a la gran máquina de dominación estatal (cit. Zarzuri, 2005: 24).
Sin embargo, por más estrategias utilizadas para anular las manifestaciones de resistencia, dice Zarzuri, éstas no podrán ser eliminadas por completo debido a que la hegemonía no controla la totalidad de procesos sociales. Un ejemplo de ello es el consumismo. La hegemonía puede controlar el consumismo pero no lo que las personas hagan con lo que consumen.
La resignificación de lo público a través de lo comunitario que caracteriza a Estado Joven tiene ciertas peculiaridades: primero, el hecho de que lo comunitario, lo común, es algo construido a partir de las emocionalidades compartidas. Aunque no es simplemente compartir con otros, o situarse en medio de otros, sino ser conscientes de la acción que produce ese "compartir con" o "situarse en". Es lo que Alberto Corsín identifica como la construcción del procomún, partiendo de la relación entre sujetos iguales.
El carácter comunitario de Estado Joven en el sector de Metrovivienda, lejos de representar un localismo estático que se contrapone a la movilidad creativa del nomadismo, constituye la emergencia fluctuante de micropoderes que intentan mantenerse vigentes ante la presión ejercida por los macropoderes tradicionales.
Ante falencias estatales, los integrantes de Estado Joven se erigen como alternativa entre su comunidad. Que algún joven del sector prefiera aprender a hacer acrobacias en zancos o a montar un baile típico para presentar en público en lugar de insertarse en los grupos de barras bravas existentes en el sector, en el consumo de drogas o en la delincuencia, aporta más que lo realizado por algunas críticas sociales –cuyas hipotéticas soluciones muchas veces no llegan a ser aplicadas en la práctica–, que se realizan desde la academia a "fenómenos" como la violencia, la pobreza, e incluso, a las ya satanizadas culturas juveniles.
El nomadismo es totalmente antitético a la forma del Estado moderno. Y éste trabaja con constancia para suprimir aquello que considera supervivencia de un modo de vida arcaico. Sólo sedentarizando se puede dominar. Nos encontramos aquí ante un buen ejemplo de ese "fantasma de lo uno" que es característico de la violencia totalitaria moderna (Maffesoli, 2004: 23).
"Vagar" por la ciudad, apropiarse del espacio público en cualquier lugar, evitar la inmovilidad abriendo espacios de acción política a través de expresiones particulares, es la manera en que los integrantes de Activegan manifiestan el estilo de acción nómada que los caracteriza.
Cada calle de la ciudad se convierte para Activegan en espacio político, en espacio de resistencia y, por tanto, cada calle o espacio público (re)significa en un contexto determinado al cambiarse las relaciones simbólicas que se han construido antes respecto a él. Así, la Plaza de Bolívar, epicentro del poder de la nación, deja de ser aquel lugar que representa el sitio en el que "las leyes nos darán la libertad", para convertirse en un espacio de legitimación de la explotación y las políticas bienestaristas contra las que se ha de resistir. De igual manera, la plaza de toros o el circo, sitios que se presentan tradicionalmente como centros de cultura y entretenimiento para la sociedad, se convierten en lugares de sadismo y barbarie que propagan el maltrato hacia los no humanos, según el pensamiento vegano.
Como lo afirma Rossana Reguillo en su análisis de los taggers9 mexicanos (2000: 120), el comportamiento nómada "señala de entrada que [los jóvenes] no están dispuestos a renunciar a la ciudad en su conjunto, que no hay fronteras ni aduanas simbólicas suficientes para contenerlos dentro de un espacio delimitado". ¿Por qué delimitar la problemática del especismo a un barrio o a una localidad cuando ésta se presenta en todos los espacios públicos y privados de la sociedad?, sería la pregunta con la que la comunidad vegana respondería hipotéticamente al ser cuestionada sobre su constante movilidad y apropiación ciudadanas.
El nomadismo, entendido como perpetua movilidad que escapa al estado de vigilancia y de control dispuesto por la sociedad, es esencialmente un asunto de fuerzas de poder que se contraponen. "Lo móvil, por su propia esencia, queda fuera del alcance de la cámara sofisticada del 'panóptico' siendo la inmovilidad absoluta el ideal del poder", dice Maffesoli (1997: 15). De allí que surjan distintos mecanismos de vigilancia y de control –uno de ellos a través del video–, que intentan anular, o por lo menos registrar, la vida errante que escapa a las miradas. En Maffesoli esa vida errante "expresa también la revuelta, violenta o discreta, contra el orden establecido, y da una buena clave para comprender el estado de rebelión latente en las jóvenes generaciones" (Ibíd.: 15).
En la jornada antitaurina del domingo 27 de enero, los activistas veganos notaron dos camionetas con vidrios polarizados que permanecieron estacionadas a escasos 12 metros de la protesta. En las camionetas, dos o tres personas vestidas con uniformes de la policía se encontraban tomando fotografías a los activistas que inicialmente no lo notaron. Según los integrantes de Activegan, este tipo de conductas por parte de la fuerza pública son realizadas frecuentemente para tener un registro de los "revoltosos" y así poder tomar las medidas "pertinentes". Con este ejemplo toma más fuerza lo dicho por Maffesoli: "solo sedentarizando se puede dominar" (1997: 16).
Quisiera culminar con una pregunta: ¿tiene algún sentido resistir? Fuera de una concepción romántica en la que se enaltecería la importancia de la diferencia por la diferencia sin que interesen los resultados, debo señalar aquí que el sentido de la resistencia radica justamente en los "resultados" que alcanzan aquellas acciones que tienen primacía respecto al poder dominante, ya que son dichas acciones las que gradualmente generarán grandes cambios a partir de pequeñas manifestaciones. Recordemos una frase escrita ya en líneas anteriores: las culturas juveniles –y los agenciamientos juveniles en general–, pueden ser vistas como "pequeñas máquinas de guerra" que se contraponen a la gran máquina de dominación estatal. La constante emergencia de esas "pequeñas máquinas" que una y otra vez vulneran desde distintos frentes el devenir del statu quo, reafirmando así la fuerza de la multiplicidad que desborda lo instituido en oposición a lo instituido que asfixia las diferencias, asegura la transformación de las viejas costumbres de reproducción social que pasaron a ser obsoletas, aunque aún se sigan reproduciendo.
No podemos olvidar que alguna vez iniciativas como la de abolir la esclavitud eran subversivas, atacaban las estructuras sociales y políticas tradicionales, surgiendo en la forma de micropoderes crecientes que tuvieron la suficiente prevalencia para convertirse en acción, y que no sólo tuvieron primacía respecto al poder dominante, sino que alcanzaron el nivel de lo instituido. Sin embargo, tampoco se puede olvidar que algunos de los micropoderes que históricamente lograron fortalecerse, expandirse y establecerse como macropoder, han reproducido, a su manera, las formas contra las cuales alguna vez se revelaron, tal como ocurrió con el sueño comunista en la antigua Unión Soviética o con algunas de las pseudoguerrillas existentes en ciertos países.
Por tanto, ¿tiene sentido resistir? Es la pregunta – aún para mí en construcción–, sobre la que se tendría que reflexionar sin caer en pensamientos "rosa" sobre lo diferente, ni en negaciones absolutas de la movilidad social. Evidentemente, existen fuerzas que emergen y aportan desde la diferencia una reconstrucción de lo juvenil, sin embargo, no puedo evitar la sensación melancólica que imprime el paso del tiempo en la potencia creativa y la multiplicidad joven. Los años se convierten en un sedante contra la potencia y la multiplicidad expresiva. Considero que la potencia múltiple de la juventud es cuestionada en la etapa adulta y aniquilada por la vejez, en cuya fase, se hace aún más evidente el regreso hacia lo uno indiferenciado.
Estados de movimiento y de reposo, de velocidades y lentitudes que fluctúan, permanecen y flotan por la ciudad atrayéndose, repeliéndose, apagándose y renaciendo; eso son las colectividades juveniles. Un constante devenir de emocionalidades compartidas y de micropoderes emergentes. Una contradicción y coherencia a la vez, una eterna lucha por su visibilización y prevalencia, siendo todos estos matices los que enriquecen su existencia. Son, finalmente, resistencias.
1 Acompañamiento de siete meses a ambos agenciamientos juveniles, mediante la metodología participante-observador y observador- participante.
2 La relación entre Estado Joven y la institucionalidad fluctúa constantemente entre distanciamientos radicales y acercamientos temporales que determinan, hasta cierto punto, las formas de expresión del agrupamiento, pues influyen en el devenir "natural" del mismo.
3 Estilo de vida que propende por la no explotación animal en ninguna de sus formas –alimentación, entretenimiento, vestuario, experimentación y domesticación–, y que busca el respeto y la igualdad entre animales humanos y no humanos.
4 A diferencia de organización o colectivo, utilizo el término de agrupamiento de manera indistinta para referirme a las formas de tribalización juvenil como alternativa esporádica del concepto agenciamiento.
5 Cualquier tipo de infravaloración de un individuo en función de su especie.
6 Diario de campo: viernes 21 de diciembre de 2007. Jornada vegan en contra del consumo especista generado por la temporada navideña.
7 Diarios de campo: sábado 19 de enero de 2008 y domingo 27 de enero de 2008. Jornada vegan antitaurina frente a la plaza de toros La Santa María en Bogotá, en contra de la tauromaquia.
8 Entrevista realizada a Nixon Molina, líder de la agrupación Estado Joven.
9 Los taggers o rayadores aparecen en México hacia la década de los noventa. Andan por la ciudad dejando tras su paso la huella de su presencia en muros, puertas, postes y banquetas, haciendo ostentación de que no existe reglamento, lugar ni vigilancia que no puedan burlar para dejar estampada su marca identitaria.
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David García**
* Este artículo recoge algunos elementos del marco teórico de la investigación titulada "Rock en Bogotá: la música que busca y que resiste ser industria" (2005-2007), con la que obtuve el título de Magíster en Estudios Culturales en la Universidad Nacional de Colombia. Allí se (re)construye el campo del rock en Bogotá, a partir de dar cuenta de la manera como diversas bandas han aprehendido las reglas del campo, negociando incesantemente con la lógica del mercado.
** Sociólogo graduado con tesis meritoria de la Universidad Nacional de Colombia y Magíster en Estudios Culturales de la misma universidad. Actualmente se desempeña como docente universitario. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Este artículo propone una discusión en torno al lugar que ocupan "la autenticidad" y "lo underground" en el discurso que múltiples actores sociales han construido sobre el rock, al tiempo que da cuenta de la manera como ambos fenómenos son negociados y redefinidos permanentemente en el mercado musical y en la industria cultural.
Palabras clave: rock, culturas juveniles, autenticidad, underground, industria cultural.
Este artigo propõe uma discussão em torno ao lugar que ocupam "a autenticidade" e "o underground" no discurso que múltiplos atores sociais hão construído sobre o rock, ao mesmo tempo que da conta da maneira como ambos fenômenos são negociados e redefinidos permanentemente no mercado musical e na indústria cultural.
Palavras-chaves: rock, culturas juvenis, autenticidade, underground, indústria cultural.
This article proposes a discussion about the role that "authenticity" and "underground" plays in the discourse that various social actors have built about rock, giving account of the ways in which these phenomena are negotiated and permanently redefined in the musical market and in the cultural industry.
Keywords: rock, juvenile culture, authenticity, underground, cultural industry.
Desde la década de 1960, el rock se ha constituido como un espacio discursivo y performativo que se supone en estrecha relación con ciertas formaciones culturales de "sujetos jóvenes", al tiempo que ha configurado tipos característicos de consumo cultural. Se trata de bienes simbólicos a partir de los cuales se construyen y configuran identidades atendiendo a la lógica de la diferencia, de la distinción; de donde se desprende la necesidad de reconocerse en ciertos géneros musicales cuya propuesta estética y discursiva reivindica lo underground y "lo auténtico", lo cual suele ser entendido como sinónimo de "lo no-comercial" o "lo-no masivo". No sorprende, entonces, que uno de los preceptos más importantes del rock sea "subvertir la lógica comercial por medio de la creación de un producto con un valor estético fundamental: la autenticidad" (Zapata, et al., 2002: 85), a partir del cual ciertas prácticas de producción y difusión –prácticas alternativas en el contexto del campo musical global– legitiman en la medida que prefiguran procesos de consagración signados por el sacrificio, la austeridad y/o el "desinterés" económico.
Estos elementos han contribuido a la edificación de una representación de esta forma musical, según la cual el éxito es sospechoso y sugiere una concesión mercantil; precisamente, la "autenticidad" y lo underground se erigen en pilares de ese conjunto de valores e imaginarios que se ha definido como la "ideología del rock" (Frith, 1980). La "autenticidad"1 es susceptible de ser entendida como un conjunto de espacios y prácticas alternativas(conciertos pequeños, fanzines, disqueras independientes) que se enfrentan a la lógica homogeneizante de la industria cultural. En consonancia, el underground o "movimiento subterráneo, como su mismo nombre lo indica, es algo que se debe desarrollar al margen del gran comercio discográfico y al margen también de la gran industria publicitaria que convierte todo en un mero producto de consumo" (Citado en Urán, 1997: 21-22). En este sentido, el objetivo principal de mi acercamiento a la forma como históricamente se ha definido lo underground, es intentar hallar claves explicativas de la manera como ciertas manifestaciones culturas y estéticas lo han tomado, renovándolo incesantemente, como su bandera, como el argumento fundamental desde el cual se busca reivindicar su legitimidad.
La ruta que se seguirá en este texto parte por ubicar el origen histórico de la noción underground en Estados Unidos e Inglaterra, rastreando, en su proceso dialéctico de configuración, la estrecha relación que en un primer momento guardó con ciertos aspectos y valores de un grupo social subalterno que con el tiempo fue ganando en protagonismo: la comunidad negra. Posteriormente, abordaré la relación de lo underground y la "autenticidad" con algunos elementos constitutivos del romanticismo y ciertos valores cristianos, particularmente la exaltación de la pobreza y de la humildad; finalmente, sostendré que la relación que se puede establecer entre las "subculturas juveniles espectaculares" y su reivindicación de lo underground y de lo auténtico, corresponde a las nuevas formas de distinción social propias de las sociedades urbanas contemporáneas.
En la primera mitad del siglo XX, el proceso mediante el cual "lo negro" llega a cobrar un protagonismo notable en Estados Unidos y en Inglaterra, es divergente. El jazz, por ejemplo, en Estados Unidos, puede ser definido a partir de toda una tradición de mestizaje e intercambios, y así se erige como un punto de encuentro entre blancos y negros; de hecho, es con arreglo al jazz que se van a configurar dos de las primeras "subculturas" juveniles en Estados Unidos (el hipster y el beat), que desde la música y el estilo van a crear lazos simbólicos con la cultura negra. De esta manera, se ponen en evidencia ciertos aspectos que permitirán la identificación de "lo negro" con lo underground, y, casi simultáneamente, como veremos, con "lo joven" y con el rock. Por otra parte, puede decirse que si bien en un principio Inglaterra experimentó una dinámica diferente a la de Estados Unidos, con la aparición y popularización del rock'n roll empezarán a tener connotaciones similares. En este caso habría que empezar con la relación entre el rastafarianismo, el reggae y la reivindicación de la identidad étnica de la comunidad negra. Será en Jamaica donde dicha identidad empezará a tomar una forma más consistente valiéndose de reinterpretaciones de la Biblia articuladas con la cultura oral, la forma como se apropian del "lenguaje del amo" y una manifestación expresiva cuya forma debe ser entendida a partir de la experiencia histórica de los negros: la música. Así, el rastafarianismo, en tanto forma religiosa, implicará un cuestionamiento profundo a la posición subordinada que ocupa el sujeto negro en la sociedad blanca, desnaturalizando el orden social y protagonizando formas alternativas de ser, hacer y pensar. El reggae se va a erigir como el medio más idóneo de masificación de la ideología rastafaria, que "apuntaba a la más oscura de las rebeliones: la celebración de la Negritud" (Hebdige, 2004: 51).
Los primeros inmigrantes negros en Inglaterra vendrán, precisamente, de Jamaica; sin embargo, la promesa de un nuevo país y una nueva sociedad en apariencia más incluyente, llevó a este primer grupo a buscar la manera de integrarse a la sociedad normalizada. De ahí que sean los jóvenes inmigrantes de segunda generación quienes jueguen un papel fundamental en la introducción de las formas culturales negras en la sociedad inglesa de mediados de la década de 1950. Para ellos, más significativo que el rastafarianismo –que aparece despojado de sus referentes religiosos–, es el reggae, pues "decía en voz alta la alienación experimentada por muchos jóvenes negros británicos. La alienación apenas podía evitarse: estaba inscrita en las vidas de los jóvenes antillanos de clase obrera en forma de viviendas pobres, desempleo y acoso policial" (Hebdige, 2004: 56). Esta segunda generación de inmigrantes, apostada en los barrios marginales, va a crecer y a estar más cerca de los jóvenes blancos de clase obrera, con los que establecerán algunos lazos simbólicos con arreglo a la situación estructural desfavorable que comparten. Y este es el punto de encuentro entre el proceso en Estados Unidos y en Inglaterra: la manera como desde ciertos sectores blancos también marginales o subordinados,
[…] caracterizaron al negro como quintaesencia de lo subterráneo, encarnación de todos aquellos valores (la búsqueda de aventura y emociones) que coexisten, minándolos, con los aspectos formales y positivos de la sociedad mayoritaria (rutina, seguridad, etc.), en este contexto, a menudo las posiciones "joven" y "negro" quedan hermanadas por la mitología dominante (Hebdige, 2004: 66).
Será precisamente en este contexto, donde se gesta la identificación "explosiva" entre "joven" y "negro", en el que va a surgir el rock'n roll bajo el imaginario de una manifestación surgida casi por generación espontánea en el seno de la juventud. Van apareciendo así los diferentes términos de una suerte de ecuación: negro = joven = rock'n roll, y como común denominador: lo underground = lo marginal = lo subordinado. A esta múltiple relación subyace la "mitología del hombre negro y su cultura", es decir, la total idealización de la cultura negra, que sería recogida, esencializada y casi fetichizada por la generación beat al erigir "lo negro" como símbolo de libertad, de lo natural, en suma, de la diferencia: "el Hombre Negro era una constante que ejercía el simbólico papel de túnel oscuro en dirección a un imaginario submundo donde afloraba otro orden: un sistema maravillosamente intrincado donde los valores, las normas y las convenciones del mundo «normal» eran invertidos" (Hebdige, 2004: 78).
De las dos primeras subculturas que en Estados Unidos tejieron una relación estrecha con las formas culturales de la comunidad negra, hipster y beat, esta última es la que logra hacer la transición hacia Inglaterra a mediados de 1950; y es que, tras la Segunda Guerra Mundial, una generación se descubre en un mundo signado por el miedo, el vacío y una ausencia notable de seguridad ontológica, toda una experiencia vital que dará forma a un sentimiento de desafiliación hacia aquella sociedad dirigida por una clase política ante la cual crece la desconfianza y la incredulidad. Para Mario Maffi (1975), este clima llevará a los jóvenes a cuestionar un orden social caracterizado por las tensiones sociales, raciales y generacionales, lo que traerá consigo la gestación de una "nueva sensibilidad" que irá adoptando la forma de una "cultura alternativa" y, posteriormente, para los protagonistas de los años sesenta, de una "contracultura".
Lo que Maffi ha denominado "cultura underground" es, ante todo, un producto histórico, síntesis de una serie de condiciones sociales, políticas y culturales específicas, que, además, en sus orígenes, tendrá un determinante generacional muy marcado: la generación beat, misma que tiene, aparentemente, una particular conexión con los negros y lo que ellos, se supone, representan. "El beat vivía una relación imaginaria con el Negro-como-buen-salvaje, con ese negro heroico situado, según la mitología, entre una 'vida de perenne humildad' y un 'peligro siempre amenazante', entre la servidumbre y la libertad" (Hebdige, 2004: 72). Esta visión romántica ya denota un cierto matiz cristiano en la medida que la pobreza se presenta como la oportunidad para conquistar el mundo de lo espiritual y la pureza.
Pareciera entontes que la emergencia de la cultura underground está asociada con la formación de una "cultura joven" que se supone antítesis del mundo adulto2 en muchos aspectos, y que, además, al asumir la forma de "subculturas", está llamada a resistirlo. La cultura underground aparece asociada con una suerte de utopía a la cual dieron forma determinados procesos socioculturales (la entronización de la razón, el progreso y la tecnología), que negarían la posibilidad de una felicidad verdadera en donde el individuo pueda desplegar suinstinto creativo, sus emociones puras y tenga lugar para vivir plenamente la experiencia de libertad (características asociadas con "lo negro", que también, aunque desde otra perspectiva, estarán presentes en los preceptos del movimiento romántico).
Así, parece claro que el carácter contestatario no es un valor ahistórico de la juventud; por el contrario, da cuenta de los esfuerzos por dar sentido a un mundo que se presenta como caótico y contradictorio en un momento determinado. De manera esquemática, se puede pensar que se trata del enfrentamiento entre dos bandos: por un lado, la sociedad normalizada adulta, conservadora y conformista; por el otro, la juventud, que aparece como el actor social "revolucionario" por antonomasia, de allí que la forma de clasificarla se moviera entre los dos extremos de una dicotomía rígidamente definida que no conoce puntos medios: conformistas e inconformistas –estos últimos los llamados a integrar las primeras "subculturas" juveniles–.
Los miembros de las primeras subculturas tenían un origen de clase relativamente homogéneo: clase obrera, sectores marginales y subalternos, que encarnan en su estilo de vida el rechazo a ciertos valores tradicionales, una resistencia simbólica al orden que los subordina. Se puede hablar, para dichas "subculturas", de una conciencia de clase articulada con una conciencia generacional. Por tanto, el cambio en los estilos subculturales debe analizarse a la luz de la experiencia de clase como un hecho histórico y con las relaciones que en cada momento establecen con la industria cultural y el mercado. Se pone de manifiesto, entonces, cierta afinidad electiva entre lo underground y los estilos subculturales cuya esencia es una performatividad que ha sido leída como una forma de resistencia simbólica. Sin embargo, lo underground no es exclusivamente "lo joven", y tampoco es todo "lo joven"; de la misma manera que no todos los jóvenes pertenecen a una subcultura. El punto de encuentro fundamental entre lo underground y las subculturas juveniles ha sido el estilo y, fundamentalmente, la música: el jazz, el blues, el reggae, el rock, etc.
Son muy cercanas las condiciones históricas que dan lugar a la cultura underground con aquellas que, en el contexto de los preceptos racionalistas de la Ilustración, perfilarán el surgimiento del movimiento romántico. En los albores del proyecto moderno, prima la entronización y la fe absoluta en la razón, en nombre de la cual se irá alienando y deshumanizando de manera progresiva al hombre, al tiempo que se teje una relación marcadamente instrumental con la naturaleza. Con el movimiento romántico se buscará un cambio de valores, un retorno a la autenticidad y la pureza por la vía de los sentidos y la espiritualidad; se trata, si se quiere, de una búsqueda secular de Dios caracterizada por el rechazo del racionalismo occidental. Para Isaiah Berlin (2000), dos de los aspectos más relevantes que configuran la sensibilidad romántica son la nostalgia y la paranoia, mismos que, sin grandes dificultades, son susceptibles de rastrearse, dependiendo el momento histórico, en el grueso del "universo del rock".
Por tanto, desde el romanticismo podemos empezar a perfilar la relación entre lo underground y la autenticidad, pues "ya que debemos ser libres, y ser nosotros mismos del modo más completo, la gran virtud –la más importante de todas– es lo que los existencialistas llaman la autenticidad, y lo que los románticos llaman sinceridad" (Berlin, 2000: 184). Diferencialmente, la autenticidad será uno de los principales valores reivindicados por los románticos y por el underground3. Se ha señalado que la autenticidad denota lo original, lo que no es susceptible de reproducirse ni de comercializarse; de ahí que sea uno de los valores más importantes asociados a la música popular y que el relato de la autenticidad haya estado ligado históricamente a las músicas folclóricas y eruditas.
En el libro Rebelarse vende (2005), además de señalar cómo desde el siglo XVIII se popularizó la idea de que los artistas debían enfrentarse a los valores hegemónicos de la sociedad tradicional, los autores hacen referencia a la clasificación de Norman Mailer a propósito de la distinción (oposición) entre "lo auténtico" y "lo burgués":
| Auténtico-bohemio | Conformista-burgués |
| Raza negra, nihilista, individuo, cuerpo, prostitutas, pecado | Raza blanca, autoritario, sociedad, mente, psicoanálisis, salvación |
Si bien esta clasificación en sí misma es interesante de deconstruir, resulta más pertinente para nuestros intereses analizarla a la luz de la siguiente cita de Maffi (1975), en donde se hace una evaluación moral resaltando valores –típicamente románticos– como el idealismo, la sinceridad, la dedicación y la pureza, en contraposición al cálculo, el egoísmo, etc.:
[…] antes de que la industria musical se apoderase del rock, antes de llegar a aquel Jano bifronte que es Elvis Presley (ídolo del rock y del mercado, provocador-respetable) antes de aquellos años devaciamiento y empobrecimiento casi totales […] hubo un denso período en el que aparecieron losgrandes del género, personajes auténticos, inmediatos, verdaderos artistas […] Sus "fenómenos"nunca fueron prefabricados, la carga emotiva y el entusiasmo de sus exhibiciones eran auténticos, no estudiados y rebuscados, en la más pura tradición del blues y del jazz más desinteresados […] los grandes del rock eran extremadamente sinceros y desinhibidos, exentos de cualquier artificiosidad […] y produjeron una auténtica y fundamental expresión musical (Maffi, 1975: 289, cursivas mías).
A partir de la visión sobre el rock de Maffi (1975), se desprende otra clasificación que podemos enfrentar a la citada en Rebelarse vende, de donde se colige que la visión romántica sobre la juventud y sobre el rock comparte los mismos valores: creatividad, espiritualidad, libertad, inconformismo, y, sobre todo, sinceridad, elementos que son susceptibles de entenderse como los valores donde descansa la autenticidad y lo underground:
| Auténtico, verdadero, emociones puras, desinterés, sinceros, desinhibidos, no artificiosos. Expresión musical fundamental, auténtica, significativa, Trascendental, profunda |
Lo vacío, lo intrascendente, lo light, lo comercial, el mercado, lo pobre (estéticamente), lo prefabricado, lo artificioso |
En la "ideología del rock", encontramos entonces algunos cruces significativos entre los elementos constitutivos del romanticismo y ciertos valores cristianos: la exaltación de la pobreza4, el sacrificio, la supremacía de los juicios éticos y, por último, la figura del mártir. Así, se entiende el porqué muchos artistas reivindican todo el tiempo en su discurso el que "siguen siendo los mismos", e incluso, como parte de su puesta en escena y de su performance, pueden mantener, a pesar de su éxito y reconocimiento, o a propósito de él, su "aspecto auténtico de pobres"; esta actitud
tiene el matiz romántico de la filosofía del guetto y la banda callejera, los raperos de éxito, por ejemplo, tienen que mantener su credo callejero, tienen que seguir siendo 'auténticos'. Van armados, procuran acabar en la cárcel, hasta se meten en algún tiroteo, con tal de demostrar que no son 'delincuentes prefabricados' (Heath y Potter, 2005: 26).
En una entrevista, una banda de rock bogotana afirma: "a pesar de lo que mucha gente piensa, que somos unos gomelos o que tenemos mucha plata, por el contrario no andamos sino con lo del bus"5. Esta aclaración en otros contextos no sólo no sería necesaria sino que ni siquiera sería deseable; pero es con arreglo a la posición que ocupan en el campo del rock, y a la estrategia con que han procurado mejorar su situación dentro de éste, que se debe entender esta toma de posición discursiva. Dentro del campo es manifiesta la noción de "sacrificio", entendiendo que los circuitos de consagración son más poderosos cuanto más largos y más complejos, esto es, en tanto implican más esfuerzo, lo que de alguna manera comprende la ética del trabajo duro, del "nadie nos regaló nada"; en efecto.
la auténtica ideología del mundo del espectáculo se apoya en la ética protestante del trabajo duro y la dedicación –los elegidos alcanzan su status de star a base de años de buena labor–: el héroe del negocio del espectáculo es profesional (Frith, 1980: 96).
Como resultado de la confluencia de múltiples factores tales como "la ideología del rock" y su compleja articulación con el relato de "lo joven" y con ciertas construcciones identitarias, las estrategias de los actores del campo del rock son susceptibles de ser entendidas –desde adentro, por los músicos; o desde afuera, por el público–, como tomas de posición estéticas y éticas, muchas veces reivindicadas discursivamente, de acuerdo con las demandas o expectativas inscritas en el músico y/o en su posición dentro del campo. Siguiendo con la caracterización del rock como producción cultural y objeto de significaciones, hay que reconocer que éste suele ser leído, simultáneamente, desde dos dimensiones (una estética y una ética), que guardan correspondencia con las diferentes representaciones sociales que se construyen del rock y en él, desde las cuales muchas veces se idealizan tanto a los músicos como a su público, es decir, al "rockero". Así, se supone que el "buen" rock (juicio estético- musical) es, también, el rock "verdadero" (juicio ético-discursivo). Desde esta perspectiva, se suele legitimar el gusto por el rock como "superior" respecto a las otras músicas que son consideradas como estéticamente poco elaboradas y éticamente poco comprometidas. Combinando valores estéticos y funciones sociales, el rock se constituye en un medio de comunicación, un medio que siempre tiene que decir "algo". Por último, está la figura del "mártir", que no escasea en el santuario de la mitología del rock'n roll (Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain, etc.), ¿héroes románticos?,
[…] que creían en la necesidad de luchar por sus creencias aun con el último suspiro de sus cuerpos, en el valor del martirio como tal […] Consideraban a las minorías más sagradas que las mayorías, que el fracaso era más noble que el éxito, pues este último tenía algo de imitativo y vulgar […] Lo importante es que la gente se empeñe en esos valores con todo sus ser. Si así lo hacen son héroes adecuados para la tragedia. Y si no lo hacen, son filisteos, miembros de la burguesía (Berlin, 2000: 28-29).
A partir de los "objetos del rock" se pueden establecer relaciones de controversia frente a los patrones culturales hegemónicos, que se constituyen en prácticas distintivas respecto a otras construcciones identitarias (Marín y Muñoz, 2002). Siguiendo la propuesta conceptual de Martín-Barbero, el universo de símbolos y valores asociado con el rock puede ser concebido como una instancia mediadora entre las más diversas subjetividades y el mundo social; así, el rock, como espacio de configuración de prácticas e imaginarios, contribuye a la formación de universos de sentido y significados para la vida. Aquí descansa el papel que desempeña el rock como fenómeno músico-cultural (tanto desde la creación como desde el consumo), generador de prácticas que socializan, integran y diferencian desde lo simbólico.
Ahora bien, si concedemos que el consumo y la apropiación de bienes simbólicos puede comprenderse en dos niveles: (1) por el placer que proporcionan en sí mismos y (2) por su capacidad de distinguir simbólicamente, es este último el contexto desde donde deben leerse las cambiantes relaciones entre identidad y formas musicales, con arreglo a la incesante búsqueda de "representaciones honestas" de las construcciones identitarias, de aquí la defensa a ultranza de la autenticidad y esa suerte de "relación de propiedad" que muchos individuos pueden establecer con la música.
Para Mario Maffi (1975), los ámbitos artísticos en los cuales se perfiló la forma primigenia del underground fueron el cine, el teatro y, fundamentalmente, la música; en contraposición a las artes más "selectas" y tradicionales: la literatura, la escultura y la pintura, que daban lugar a una experiencia casi exclusivamente individual y pasiva, en donde la relación entre el artista y el público era indirecta y escasa, si no nula. Sin embargo, el teatro y el cine también contarán con una asistencia reducida y hasta cierto punto pasiva, que contrasta con la intensidad de la experiencia musical que, a partir de múltiples mediaciones como la radio, los conciertos o los discos, permite la vivencia de la música en diversos espacios –desde la intimidad del dormitorio hasta el concierto multitudinario–, dando lugar a la experiencia individual y colectiva, con lo cual la música se erige como un espacio de encuentro en el que es latente la constitución de un "nosotros" (comunidades emocionales y de gusto). Además, en la emblemática situación de concierto no sólo hay una relación mucho más directa entre el artista y el público, sino que hay una mayor inmediatez corpórea; ¡la música se baila!, se inscribe en el cuerpo, relación en la que descansa la performancia entendida como una modalidad discursiva, como la puesta en escena de guiones, códigos, símbolos y valores. Se entiende, entonces, que "[…] la presentación de un grupo o de un cantante se desarrolla a varios niveles comunicativos, del verbal al visual, del musical al emotivo-visceral" (Maffi, 1975: 319), así, la experiencia musical se vive simultáneamente desde lo racional, lo emotivo y lo corporal.
De suyo, el rock se constituye en una forma musical y comunicacional de índole social, y, por tanto, relacional, en un medio de (re)conocimiento de la individualidad y la singularidad; de allí que Hebdige identifique su relación con las formas de expresión de las subculturas juveniles espectaculares, pues en la música articulan y se juegan el estilo, la ideología y la estética. La música, entonces, no sólo filtra la experiencia de clase sino que es un medio de distinción social.
La sociedad de masas será el escenario en donde se va a librar el "enfrentamiento" entre lo "comercial" y lo "auténtico", o toda clase de términos y adjetivos que se quieran emplear para denotar una y otra parte que no son más que las dos caras de una moneda, dos estadios diferentes de un proceso, aunque no por ello necesariamente contradictorios y sí relacionales. En este punto es necesario hacer explícita la perspectiva de las industrias culturales6 y comprender cómo el sello de distinción de lo underground emana, se supone, de la negación u oposición a la lógica comercial que les es inherente.
La industria cultural se inserta en el proceso histórico del capitalismo en la medida en que sus lógicas y prácticas se orientan hacia las reglas de la acumulación de capital; es, por tanto, un "sistema" ligado a la sociedad de masas, a los modos de (re)producción orientados al consumo por parte de un público masivo. Producto de la "industrialización de la cultura", los bienes simbólicos devienen en objetos de consumo, mercancías que se insertan en la dinámica de producción "en serie" y, al mismo tiempo, gozan de altos niveles de sofisticación técnica. A este planteamiento subyace la cuestión de la pérdida de autenticidad y originalidad de los objetos estético-expresivos, la pérdida o la transformación del "aura" de la obra de arte (Benjamín, 1989).
Como resultado del diálogo entre técnica y formas culturales-estéticas, los modos y procesos de producir y apropiar los bienes simbólicos cambiaron. Siguiendo a Benjamín (1989), la experiencia estética perceptiva en la modernidad está signada por el valor exhibitivo, por tanto, la obra de arte "moderna" comprende la condición de ser reproducida mecánicamente brindando la posibilidad de ser apropiada masivamente, aspecto que es constitutivo de su "aura". Ahora bien, la industria cultural, entendida como un "sistema" totalizante a partir de la homogeneización de la oferta, niega el estilo y absolutiza la imitación, su propia lógica niega la posibilidad de una verdadera innovación: "el ritmo de producción y reproducción mecánica garantiza que nada cambie, que no surja nada sorprendente" (Adorno y Horkheimer, 2005: 179). Se enfrenta así a la paradoja de suponerse estandarizada pero a la vez obligada a renovarse permanentemente, lo cual se lograría sólo en apariencia, pues no es más que un cambio exterior de la misma cosa, y termina por ser una propuesta minimalista tanto en su discurso como en sus contenidos. La estrategia parece responder más al cómo se ofrece y menos al qué se ofrece.
En este contexto, la obra de arte "en sí" es anulada por la función social que se le asigna: la de distinguir simbólicamente. Será a partir de este argumento que se hace la crítica a Adorno por una suerte de teoría elitista y romántica, sostenible, por ejemplo, a partir de los calificativos con que se refiere a la cultura de masas: "sistema de la no-cultura", "una barbarie estilizada" o el "culto de lo barato", de donde subyace, además, la discusión por lo que denomina arte "ligero o inferior" versus arte "superior", otorgando al primero una cierta naturaleza resistente y ruda, y entendiendo el segundo como el arte serio. Se desprende así la necesidad de diferenciar entre "lo masivo" y "lo popular", entre los productos culturales que se ofrecen para el consumo de las masas y aquellas expresiones que surgen en el seno mismo de ésta, y que se nutren de múltiples matrices culturales de orden local y global.
Quisiera poner en consideración dos citas donde se referencian y definen la "autenticidad" y lo underground o movimiento subterráneo, esto con el fin de evidenciar las cercanías y la congruencia (¿a despecho de Adorno?) entre las críticas que desde Francfort se hacían a la sociedad moderna y su emblemática industria cultural, y la manera como desde las formas del rock se ha intentado reivindicar un sello de distinción frente a la lógica de la industria musical:
Como lo explica Marín y Muñoz (2002) cuando encuentran que los jóvenes adolescentes bogotanos tienen, como denominador común, esa sensación de relación conflictiva entre las metamorfosis juveniles y el consumo cultural: 'la tensión entre la conservación de una supuesta esencia de identidad, por un lado, y la capitulación de esta esencia al aceptar ofertas provenientes de la moda y la música, por el otro'. Los adolescentes, los rebeldes, los reaccionarios y contestatarios están dentro del sistema y no pueden asumir otra posición que la de sentir tensión y preocupación por vivir dentro de un mundo donde no pueden negar lo comercial ni lo masivo. Esa tensión de convivir con el mercado, con lo comercial, busca resolución por medio de la autenticidad como una distinción de calidad, como símbolo de un trabajo que va más allá de lo comercial. La autenticidad se refiere entonces al poder de resistir o subvertir la lógica comercial (Zapata et al., 2002: 96-97, cursivas mías).
El marginalismo se da como expresión de una actitud radical y contestataria ante todos los aspectos de la cotidianidad. Además en el campo del rock se expresará en un populismo muy fuerte que hace suponer que los grupos auténticos deben ser pobres, sin educación musical, sin sentido profesional, sin dinero de por medio, sin apelación a los medios masivos de comunicación […] (Urán, 1997: 21-22, cursivas mías).
La capacidad de distinción del rock se va a jugar y negociar constantemente en las relaciones que en cada momento establece con las estructuras de la industria y el mercado. Por ello se plantea la necesidad de distinguir entre lo masivo y lo popular, que para el caso es lo mismo que distinguir entre lo comercial y lo popular, entendiendo que lo popular no es lo mismo que "popularización" o "popularidad" (esta ambigüedad estaba ya latente en el discurso del romanticismo donde las connotaciones negativas recaen más en lo "popularizado" que en lo popular). Para entender las nociones de popularización y popularidad es conveniente analizar el papel de las clases medias en el mercado de los bienes simbólicos. En los extremos la cuestión es relativamente clara, las formas estético-expresivas eruditas y populares son vistas como las formas más "puras y auténticas", sin embargo, esta forma de concebir el mercado de los bienes simbólicos no sólo es muy reduccionista sino que pierde de vista las maneras, muchas veces contradictorias, por las cuales esas mismas formas "puras y auténticas" se configuran. Ahora bien, los procesos de popularización –cuando algo adquiere "popularidad"– se dan desde arriba (lo "erudito") o desde abajo (lo "popular") y, por lo general, terminan en la mitad (lo "comercial").
Volvamos sobre lo underground. ¿Cómo se va a configurar en esta dinámica? Lo underground, que originalmente se definía como el resultado de una búsqueda, posteriormente va a centrar su valor intrínseco en su "sino alternativo", de ahí que no "gusten" de los canales oficiales (se perfila así una de las características de lounderground: su definición por negación: es más fácil decir qué no es underground, que señalar qué sí lo es).
Pierre Bourdieu (1990) identifica dos instancias en el mercado de los bienes simbólicos, por una parte, el campo de la gran producción, y por otra, el campo de la producción restringida. El campo de la producción restringida ofrece bienes cuyo consumo, posesión o conocimiento otorgan distinción y exclusividad, de la misma manera, afirmo, pasa con el rock (no hay que olvidar que, al menos en el principio, el rock, como el arte erudito, fue de minorías, sin embargo, progresivamente ha ido dejando su carácter marginal y su adscripción a ciertos grupos minoritarios). Ahora bien, al igual que en el ámbito del arte erudito, en el campo del rock,
"cuando un estilo artístico se populariza […] los árbitros de la elegancia estética inmediatamente lo bajan de categoría. Precisamente porque se ha masificado, saber apreciarlo ya no sirve como símbolo de distinción. Cuando esto sucede, el «buen gusto» se orienta hacia estilos más inaccesibles, menos conocidos" (Heath y Potter, 2005: 144).
El valor de distinción de un bien proviene en buena medida de su exclusividad y rareza. En cuanto un bien se populariza, su capacidad de distinguir se empieza a erosionar, por eso mismo, las más enconadas defensas de lo underground y la "autenticidad" suelen darse desde espacios especializados ("los árbitros" de lo underground suelen ser especialistas). Este afán de distinción va a asegurar la rotación permanente de diversos artistas siguiendo el principio de la obsolescencia. Esta dinámica se puede entender como un movimiento permanente de relevos, es entonces cuando "los especialistas" hablan de períodos, lo cual responde a la lógica dialéctica del cambio permanente en el campo: "[…] un continuo cambio de marcha, un borrar lo que antes había existido, un romper con lo que precede: una especie de refinadísimo juego destructivo" (Maffi, 1975: 329). Cuando una propuesta se masifica o es reconocida se erige en una suerte de canon, en la posición dominante ante la cual se perfilarán las nuevas estrategias de subversión del campo (lo underground), que provienen de aquellos actores que ocupan una posición subordinada.
Con el crecimiento y la institucionalización del campo del rock, hay más miembros compitiendo por la hegemonía, por tanto, hay más actores reivindicando su propuesta desde "abajo" como underground y auténtica, algunos de los cuales, potencialmente, harán la transición hacia el mainstream. Así, su reivindicación como underground es susceptible de leerse como una estrategia para dotarse del capital simbólico relevante dentro del campo. Ahora bien, los actores dominantes en un momento dado, no siempre fueron tales, antes ocupaban una posición subordinada desde donde luchaban por el reconocimiento y la legitimidad. Lo underground puede referir, entonces, a la tensión constante entre quienes, en diferentes momentos, ocupan las posiciones dominantes y los que están emplazados en las posiciones subordinadas en el campo:
[…] la oposición entre los jóvenes, es decir, los recién llegados, los que acaban de entrar, y los viejos, los que están establecidos, el "establishment": oscuro/claro, difícil/fácil, profundo/superficial […] estas oposiciones marcan finalmente la oposición entre edades y generaciones artísticas, es decir, entre posiciones diferentes dentro del campo artístico (Bourdieu, 1990: 187).
En este proceso dialéctico de relevos, la reivindicación de ciertos valores subversivos ya conocidos, casi tradicionales, se revela tan obvia como reaccionaria, de esta manera, el discurso de lo underground se ve obligado a desanclarse de sus contenidos exclusivamente políticos o "comprometidos" y empieza a desplazarse al terreno de lo estético. Y puede pensarse que es en el plano estético donde lo underground potencialmente puede llegar a revestir "verdaderos matices contraculturales", en la medida que propone nuevos modos de hacer, y, en este sentido, pueden constituirse vanguardias estéticas (¿la "cantera" de la industria musical?). Así, lo contracultural en este caso estaría en la subversión de los valores estéticos del campo musical mismo.
Esta dinámica deja claro que el movimiento es permanente dentro del campo, por tanto, si algo se vuelve reconocido (se populariza), cambia de lugar. El antes y el después de una banda, del que tanto suelen hablar los "especialistas", hace referencia a la lógica específica del campo, en el cual la trayectoria de un artista puede iniciarse en diferentes puntos y hacerse en varias direcciones (desplazamientos verticales, de ascenso o descenso, u horizontales, de permanencia y consolidación). Sin embargo, después de un tiempo, el único lugar que le queda a algo que es underground es arriba, salir a la luz; o permanecer y pagar el precio. El "submarino", tarde o temprano, tiene que subir, dejar a algunos en la superficie para, una vez más, sumergirse.
En los últimos años he estado cerca de un "pequeño" festival de rock en Bogotá; algunos de los músicos que han participado, a pesar de ser desconocidos (¿underground?), no empuñan la bandera de "querer resistir la industria musical", por el contrario, buscan la manera de integrarse, pues reconocen en ésta la única posibilidad de profesionalizarse y así poder vivir de y para la música. ¿Se puede pensar que son estructuralmente undergroundpero que no tienen la actitud "tradicional" que se asocia con el underground?
Está claro que hay actores desconocidos en el campo que ocupan una posición dominada y que nunca han tenido "la actitud" de resistencia, sólo quieren, como los primeros inmigrantes negros en Inglaterra, integrarse, normalizarse. Puede hablarse, entonces, de dos maneras diferentes de "ser underground" que corresponden a dos tendencias estratégicas por buscar posicionarse dentro del campo: por una parte, aquellos actores que se presentan con una actitud contestataria, desde lo discursivo o lo estético, y que buscan subvertir las reglas del campo; por otra, aquellos que no son reconocidos pero que buscan integrarse siguiendo todo el proceso de consagración que éste impone (jugar con las reglas), así, no toda posición dominada necesariamente es contestataria.
Reconozcamos que la ideología dominante y legítima en el rock es la del underground (lo alternativo, lo no-comercial), de allí que existan tensiones manifiestas entre esta representación del rock y el proceso de promoción del mismo, que trata de explotar las posibilidades económicas del negocio discográfico, donde cada producto cultural se ve obligado a lanzarse a la búsqueda o constitución de un mercado en el que se escenificará el enfrentamiento entre "idealismo estético" y "realidad comercial", esto es, las tensiones entre las prácticas de creación, las lógicas de la industria musical y las formas de circulación y valoración social de los productos culturales.
En conclusión, a partir de los lineamientos de la "ideología del rock", las propuestas musicales legítimas deben caracterizarse por un sino auténtico y contestatario, todo lo cual, según se ha señalado, aparece casi intrínsecamente contrapuesto a los criterios comerciales de la gran industria musical7. Y según la representación más generalizada del campo cultural, la cultura de masas –el terreno de lo comercial, de lo que se masifica y se populariza– carece de autenticidad y originalidad, principios básicos para "revolucionar" permanentemente el mercado, de ahí su intención manifiesta de explotar comercialmente gran parte de los ámbitos minoritarios de producción cultural, pues es en aquellas propuestas "novedosas" donde descansa la posibilidad de que el mercado se renueve (con lo cual las vanguardias son funcionales para la dinámica de la industria).
Finalmente, el carácter comercial de una obra se pone de manifiesto cuando el artista emplea, en su realización, elementos que ya han sido probados en el mercado; sin embargo, no se puede ser radicalmente original, ya que toda propuesta es construida a partir del conocimiento que su creador tenga de la historia del campo. Hay que superar el pensamiento dicotómico como paso previo para una síntesis en donde se conciba la cultura popular sin el halo de una cultura "natural" y "original" (y sólo por ello auténtica), y la cultura masiva sin la perspectiva pesimista, las más de las veces acrítica. En la actualidad, dicha síntesis debe comprender algunos postulados como: (1) todos los productos culturales se comercializan, aunque no todos a una escala masiva; (2) no todo lo que está "abajo" es contestatario o de resistencia, o tradicional o folclórico, y (3) no todo lo que no es hegemónico es subalterno y viceversa. Se abre entonces todo un panorama epistemológico de donde deberán desprenderse múltiples iniciativas investigativas que apunten a analizar y desentramar la naturaleza de los objetos culturales que usan personas de diferentes grupos y clases sociales para hacer y expresar «resistencia», en el entendido de que ya es tiempo de dejar de pensar que necesariamente toda diferencia es resistencia, y que toda cultura juvenil, en tanto diferente, underground o marginal, es dada a "hacer resistencia".
1 "authenticity is a value, a quality we ascribe to perceived relationships between music, socio-industrial practices, and listeners or audiences. Thus, what we feel to be ‘really rock' might be ‘authentic rock' for us, but not necessarily for everybody, nor for all time […] Authenticity is a complex phenomenon, and involves more than personal preferences. It requires a sense of music's external contexts, and judgement of the ‘objective' effect on music of such factors as record company marketing strategies, music-making technologies, or the ongoing history of music's broader stylistics changes" (Keightley, 2001: 131).
2 A la aparición de los beats en Inglaterra sucederá la de los teddy boys, y, posteriormente –a mediados de 1960–, la de los mods, primeros en crecer cerca de los antillanos, y quienes en su universo de valores van a empezar a hacer manifiesto el antagonismo con la vida adulta y la importancia del tiempo de ocio como patrimonio casi exclusivo de los jóvenes. Llamo la atención sobre este aspecto pues hace referencia a un aspecto central: elcapital temporal y su "monopolio" por parte de un grupo social determinado.
3 Aunque lo underground y lo "auténtico" se pueden equiparar, son susceptibles de ser empleados de manera divergente dependiendo del contexto, así, un artista puede no ser underground pero sí, para algunos, original y auténtico.
4 "[…] la tradición cristiana es muy anticonsumista, empezando por el propio Jesucristo que dijo aquello de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos […] el reino material siempre se ha considerado un reino de corrupción y pecado. El verdadero cristiano debe alzar los ojos y procurar hallar la felicidad en lo espiritual" (Heath y Potter, 2005: 123).
5 Disponible en: <www.colombia.com>, consultado en septiembre de 2004.
6 Una vez más resulta ilustrativa la homología propuesta entre las subculturas juveniles y lo underground: "La relación entre una subcultura espectacular y las diversas industrias que la sirven y explotan es ejemplarmente ambigua. Al fin y al cabo, una subcultura de este tipo se preocupa ante y sobre todo por el consumo" (Hebdige, 2004: 131). Además, en tanto el underground revindica la diversión, el ocio y la lúdica, está estrechamente relacionado con la industria cultural.
7 "One of the great ironies of the second half of the twentieth century is that while rock has involved millions of people buying mass-marketed, standardised commodity (CD, cassette, LP) that is available virtually everywhere, these purchases have produced intense feelings of freedom, rebellion, marginality, oppositionality, uniqueness and authenticity" (Keightley, 2001: 109).
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Ligia Echeverri de F.*
* Socióloga especializada en Antropología Social. Fue alumna de Roberto Pineda Giraldo y Virginia Gutiérrez de Pineda. Trabajó con sus Maestros como profesora investigadora del CINVA, organismo dirigido por el primero, y en la investigación "Estructura, función y cambio de la familia", con la segunda. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Con datos proporcionados por José Fernando Pineda, hijo mayor de Roberto, la autora elaboró esta síntesis biográfica como homenaje de la Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Arte de la Universidad Central a quien donara en el 2005 su biblioteca personal y la de su esposa, como apoyo a la gestión de sus alumnos Guillermo Páramo, Rector, y Ligia Echeverri como la entonces Decana de dicha Facultad.
El proceso que hoy se conoce con el nombre de aculturación, supera los umbrales estrechos de préstamos y adopciones simples que, de ser así, definirían la cultura como una miscelánea de instituciones, rasgos, elementos sin cohesión interna, sin correlación armónica ni interdependencia, en la cual un agregado o una supresión no alterarían su contenido esencial sino solo su inventario, en forma cuantitativa; y ésta es una pobre concepción de cultura.
(Coautoría con Virginia Gutiérrez de Pineda. Tomado de Criaturas de Caragabí, editorial Universidad de Antioquia, p. 375, 1999).
El aporte y la trayectoria académica y profesional del antropólogo Roberto Pineda Giraldo, recientemente fallecido, se enmarcan en el espíritu positivista de la política educativa y cultural de la República Liberal de los años treinta y cuarenta. También en el esfuerzo extraordinario propio y de su generación. Con estos dos elementos, él cierra la brecha de conocimiento que en la época separaba al país de sus homólogos del exterior. Su empeño en develar la realidad del país, impulsó a muchas generaciones de estudiantes a pensarla. Asimismo, permitió que una gran cantidad de personas se beneficiara con las políticas y acciones públicas que impulsó, mediante sus investigaciones pioneras y sus destrezas profesionales.
Roberto Pineda Giraldo nació en Abejorral (Antioquia). Su padre, Cayetano Pineda, era zapatero y durante muchos años, funcionario del Estanco, institución adscrita a las Rentas Departamentales de Antioquia. Su madre, María Luisa Giraldo, natural de Sonsón, venía de una familia vinculada a la arriería y a la agricultura. Él liberal y ella conservadora, debieron esperar hasta cuando el padre de ella falleció para casarse, dado que la filiación política de Cayetano era un obstáculo insalvable para su imprescindible anuencia.
El sexto y último hijo vivo del matrimonio, Roberto, cursó sus primeros años de primaria en la única escuela pública del municipio; cuando su familia cambió de residencia en busca de mejores oportunidades de trabajo y educación, fue llevado en caballo hasta la entonces poco poblada Villa de Medellín. En la carrera Sucre, entre Ayacucho y Pichincha, cerca del Teatro Bolívar, estaba su nueva casa. Y así, mientras su padre trabajaba todo el año en el pueblo de Campamento, cerca de Yarumal, lugar al cual había sido trasladado por las Rentas Departamentales de Antioquia, Roberto continuaba sus estudios de primaria en Medellín y, para apuntalar el presupuesto del hogar, ayudaba a sus hermanos en pequeñas empresas familiares.
Terminada la primaria, a principios de los años treinta, se matriculó en el Liceo Antioqueño para adelantar su bachillerato. El Liceo, un anexo de la Universidad de Antioquia, era una institución educativa sui generis en el país y en la época. Disponía de la excelente biblioteca de la Universidad, profesores de cátedra y amplio local. No tenía cerradas las puertas de entrada, ni portero, de manera que los estudiantes podían entrar y salir cuando quisieran. No se llamaba a lista y, por sobre todo, el origen social de los escolares, como lo atestiguan varias descripciones de la época, cubría la totalidad de ocupaciones y trabajos, además en una sociedad con tonos racistas, estudiantes de diferentes mezclas étnicas se encontraban. Este espíritu igualitario en la educación, contrario al de otras provincias y regiones del país de entonces y de hoy, marcó y modeló su manera de ser y de interpretar el mundo.
Al terminar el bachillerato, y con un interés marcado por la geografía, la historia y la literatura (española y francesa que leía en textos originales en la biblioteca de la Universidad), optó por la carrera de Derecho en la Universidad de Antioquia pero no sólo por ser una opción cercana a sus intereses, sino porque la podía financiar dentro de sus limitaciones.
Una oportuna conversación con Antonio Panesso Robledo, entonces su amigo de barrio, sobre el programa de becas que ofrecía la Escuela Normal Superior en Bogotá bajo la dirección del médico costeño José Francisco Socarrás, lo convenció de cambiar de idea. Así, en 1940, se matriculó en el programa de la ENS de Ciencias Sociales y Económicas y se graduó en 1944.
Su presencia en la ENS, que contaba con excelentes catedráticos del viejo continente llegados al país después de la conflagración europea y de muchos analistas nacionales que adquirieron renombre posteriormente, posibilitaron que Roberto adquiriera una formación de primer orden, como etnólogo y experto en temas sociales. Desde Paul Rivet hasta Rudolff Hommes (padre), pasando por Urbano de la Calle, Francisco Sirre, Pablo Vila, José de Recasens, el vasco Abrizqueta, Ernesto Guhl, Antonio García, el sacerdote jesuita Félix de Bedout, entre otros, le proporcionaron una educación con estándares europeos, hasta entonces ausente en nuestro medio. También le proporcionaron contacto de carácter universal con la literatura sobre temas sociales. La biblioteca de la ENS, celosamente apoyada por su director, facilitó igualmente esta tarea.
Sus compañeros de promoción seguirán siendo figuras decisivas en el desarrollo de las ciencias sociales en el país, personas como Darío Mesa, Alicia de Reichel, Blanca de Molina, Jaime Jaramillo Uribe, Miguel Fornaguera, Edith Jiménez de Muñoz, Carlos Trujillo Latorre, Milciades Chaves, Luis Duque Gómez y Aristóbulo Pardo, con quienes Roberto mantuvo –hasta el final de sus días– una hermosa amistad y un cariño fraternal.
Pero lo más relevante en su vida, fue la presencia entre sus condiscípulos de la socorrana Virginia Gutiérrez Cancino, quien venía del Instituto Pedagógico Nacional. Fue su amor de toda la vida, la conoció en 1940 y en 1945 contrajo matrimonio con ella en una relación que duró más de 54 años, hasta su muerte en 1999. Virginia fue también su par profesional, su crítica más profunda y su fuente de apoyo en las empresas personales y en su carrera académica.
Ambos realizaron viajes y expediciones, apoyados por el profesor Paul Rivet y el director de la ENS, bajo el imperativo de conocer y explicar la realidad social, cumpliendo el principio de que se debían atener a los hechos. Sus trabajos etnográficos incluyeron diversas travesías y visitas a la Guajira, al Chocó, al territorio del Opón, de las cuales quedan varios trabajos ahora publicados: Aspectos de la magia en la Guajira, Criaturas de Caragabí, Los motilones, y Vocabulario Opón Carare, en coautoría con Miguel Fornaguera.
Incorporados al Instituto Etnológico Nacional, colaboraron con Andrew Whiteford en el estudio comparativo de estratificación y clases sociales en Popayán (Cauca) y Querétaro (México) junto con otros investigadores, como Raymond Christ y James J. Parsons. Los programas de apoyo del gobierno y la academia norteamericana a la investigación científica, facilitaron la difusión del saber y el contacto de los estudiosos norteamericanos con sus colegas en Latinoamérica.
La persecución gubernamental de los años cincuenta, llevó a Roberto a buscar trabajo en la revista Semana como redactor internacional. La opción de una beca de la Fundación Guggengheim, para él y para Virginia, les permitió romper el cerco económico y ocupacional y viajar, en 1953, a la Universidad de California en Berkeley. Allí, Roberto tomó clases con figuras emblemáticas de la antropología norteamericana como Alfred Kroeber, Goerge Foster, Robert Lowie y maestros de la geografía cultural como Carl Ottin Sauer y su discípulo, James Parsons. El acceso directo a estos autores le representó un cambio en su perspectiva antropológica, que se reflejó en los trabajos posteriores.
A su regreso al país, en 1954, se vinculó al equipo de Ernesto Guhl en el Instituto de Seguridad Social Campesina. De ese período de tres años, data su estudio sobre El tabaco en Santander, uno de los mejores estudios sobre la economía tabacalera del departamento y del sistema de aparcería que la sustentaba. Producto de sus trabajos, fue la modificación del régimen prestacional en la región, introducida por el gobierno del General Rojas Pinilla y, de paso, ser declarado persona non grata por compañías tabacaleras y algunos gremios de la región.
Los estudios y atlas históricos de los departamentos de Caldas, Nariño y Cauca son también resultado de su aporte como miembro del equipo de Ernesto Guhl. Fue entonces llamado por la Corporación de Servicios Públicos. Allí adelantó, entre otros, el trabajo sobre la situación laboral y social en el departamento de Córdoba y del ingenio de Berástegui, estudio aún sin publicar pero del que hay copias manuscritas bajo el título "Berástegui".
Al dividirse la Corporación en tres entes y surgir el Instituto de Crédito Territorial (ICT), Roberto fue nombrado, en 1957, jefe de planeación, responsable de las operaciones y programas de vivienda de interés social, cargo en el que permaneció hasta 1960, cuando aceptó ser asesor de la OEA, en temas de vivienda.
Es posible que su desempeño en el ICT sea uno de los aspectos menos conocidos de su trayectoria, pero desde la óptica de su familia y sus allegados, el más relevante y con mayores repercusiones para su fértil y creativa trayectoria como antropólogo. Bajo la dirección de dos gerentes del ICT, Robledo Jaramillo y López Trujillo, su oficina multiplicó por algo más de 14 el número de soluciones de vivienda originales y de bajo costo, ofrecidas en propiedad a hogares de escasos ingresos en varias ciudades del país, utilizando solamente recursos del presupuesto, capitalizados y con una cartera sin morosidad. Las viviendas públicas contribuyeron a disminuir el déficit habitacional y a proporcionar orden y estructura al desarrollo urbano.
Con el equipo del ICT, conformado por figuras como Rafael Machado, Carlos Varona, Ernesto Merlano, Lucio Cabal y René Caballero, Roberto logró, por otro lado, introducir nuevos criterios de diseño (en altura y una mayor escala) para cada proyecto, como lo atestiguan, entre otros, los arquitectos del Centro Urbano Antonio Nariño y Ciudad Techo (posteriormente Ciudad Kennedy) en Bogotá.
En una de sus visitas al departamento del Tolima para diseñar programas de vivienda, adelantó investigaciones en el municipio de El Líbano, situado sobre las estribaciones de la cordillera oriental, y víctima de la violencia política. Su ensayo "El impacto de la violencia: el caso de El Líbano", publicado por el Departamento de Sociología de la Universidad Nacional bajo la dirección de Orlando Fals Borda, sirvió de base para indagaciones posteriores sobre el tema.
Bajo la dirección del antropólogo Ángel Palerm en la división de asuntos sociales de la OEA, Roberto fue asesor de varios gobiernos latinoamericanos en temas de vivienda, antes de ser nombrado director del Centro Interamericano de Vivienda (CINVA) de la misma organización, con sede en Bogotá. Entre 1964 y 1972 fue su coordinador. Allí se formaron varias generaciones de viviendistas latinomericanos que trabajaron en sus países en el diseño, planeación y aplicación de programas de vivienda popular.
En 1972, convencido de que la limitante principal de los programas de vivienda para grupos de escasos recursos en América Latina no era la carencia de personal calificado, sino los problemas del desarrollo urbano y el acceso a información relevante en la región, transformó el CINVA en el SINDU (Servicio Interamericano de Información sobre Desarrollo Urbano) del que fuera director hasta 1977. En 1978 fue nombrado por la OEA como especialista del Programa de Desarrollo Rural en Áreas Prioritarias, dentro de las secretarías de Asentamientos Humanos, Programación y Presupuesto en México, cargo en que se desempeñó hasta 1981.
A su regreso al país, fue nombrado en 1982 director del Instituto Colombiano de Antropología (hoy ICANH), donde estuvo hasta 1986. Desde entonces, trabajó durante un año en el Proyecto Urbanístico Ciudad Salitre, en Bogotá, con la firma Arturo Londoño y Cía. y con el Banco Central Hipotecario.
En los dos años siguientes, regresó por segunda y última vez en su vida a trabajar en una investigación conjunta con su esposa y colega, denominada Misceginación y cultura en la Nueva Granada: 1750-1810 y publicada en dos volúmenes en 1989. Entre 1988 y 2005, fue miembro de la Junta Directiva de la Comisión para el Intercambio Educativo, Programa Fulbright del gobierno norteamericano en Colombia y dio asesoría informal a varias instituciones no gubernamentales, interesadas en la vivienda popular.
Además de su labor directiva y docente en el CINVA, en varias oportunidades fue profesor de los departamentos de Sociología y de Antropología de las universidades Nacional, Gran Colombia, Externado y de la Escuela de Historia de la Universidad Industrial de Santander.
He ahí, pues, la trayectoria silenciosa de un valor nacional. Quizás muchos no alcancen a darle la dimensión social a sus aportes. Pero si ahondan en la validez de sus investigaciones, tendrán que reconocer que en la Colombia de hoy, aún ondea sobre el asta de sus escritos esa "llama al viento" que fue Roberto Pineda Giraldo. Por ello, y en honor a su esfuerzo y a su capacidad de penetración en los fenómenos sociales, nos hemos permitido hacerle este homenaje al iluminante profesor y al amigo entrañable.
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Alejandro Sánchez Lopera*
* Politólogo. Candidato a Magíster en Investigación en Problemas Sociales Contemporáneos e investigador de la línea de Socialización y Violencia del IESCO - Universidad Central. Agradezco a Dairo y a Maria Gissele. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Ahora urge traducir lo teórico a lo real (Comentario final de Orlando Fals Borda al Seminario sobre "Clases sociales y crisis política en América Latina",
Oxaca (México), junio de 1973).
Lejos de un homenaje, pero también de la nostalgia, esta reseña rastrea sólo un fragmento de aquello que es capaz de provocar la pasión por un oficio, y la persistencia de una experiencia política. Describir la fuerza de un nombre propio que, como el de Orlando Fals, procede no por enseñanza o prédica sino por contagio, nos lleva a su desvanecimiento, a la desfiguración de los prestigios del intelectual y el ocaso de la figura del "maestro", para entrever cómo una sociedad se configura a sí misma a través de las formas en que conoce. No se trata entonces del reclamo de una herencia o un legado, pues "no son los signos de poder lo que importa, ni las vidas ejemplares, sino aquello de lo que es capaz una convicción, aquí, ahora, y para siempre".
Barranquillero, nacido en 1925, a través suyo fluye la sombra del Caribe hacia Bogotá, el centro, cuyo ridículo sobrenombre de "Atenas Suramericana" simulaba todo lo que profesaba de segregación y de desprecio hacia las regiones, y hacia vastos sectores de la población ubicados por fuera del mecanismo ilustrado. Relator de la insurgencia de la provincia, de la multitud que no habita los centros del poder, la apuesta movilizada por Orlando logró generar lo que muy pocas en nuestro país: polémica. Discutible, para muchos, por su "falta" de rigor teórico; para otros, por su cercanía a la prédica, que generó prácticas políticas y de conocimiento colindantes con el sacerdocio; y para algunos, por su ambivalencia frente a la violencia como práctica posible de transformación de lo real. Quizás sea más fecundo intentar rastrear los efectos sociales de su travesía de pensamiento, entendiendo éste no como el saber del filósofo, sino como aquel conocimiento capaz de transformar la experiencia.
Esa travesía lo llevó a lo que él denominó "dilema ontológico", a saber, la localización social como práctica posible de la subversión en Colombia. En su reseña del libro dedicado al sacerdote revolucionario Camilo Torres, a quien Fals entendió como un "subversor moral" y no como un "apóstol desolado" o "profeta desoído", afirma que "lejos de admitirla como algo inmoral y destructivo de la sociedad, se veía la subversión como algo positivo, moral y reconstructor de la sociedad, como una condición necesaria para el desarrollo de ésta" (Fals, 1967: 183). Esta revaloración de lo insumiso, insertó continuamente su experiencia en una serie de relaciones y distancias con proyectos políticos (Frente Unido, Movimiento Popular, Alianza Democrática, Polo Democrático), colectivos eclesiales (Golconda) y proyectos editoriales (la Revista Alternativa).
A lo largo de ese recorrido "personal", la obscena concentración económica, el despojo material interminable de los colectivos y la infamia como normalidad en nuestro país, lastimaron nuestra vida, nos inundaron de un dolor inconfesable. Pero Orlando no se plegó, ni se sumió en la melancolía, o en la comodidad del buen juicio del pensador. "Nadie que no haya vivido antes de la revolución, conoce la dulzura de vivir", parecen ser las palabras que avivan el recorrido de los pocos que, como él, no devinieron funcionarios de la burocracia, o profetas del liberalismo parlamentario.
De esta manera, la persistencia de Fals Borda lo llevó a enfrentarse con las prácticas de diferentes personajes que pueblan nuestra historia: el censor de las ideas (su salida de la Universidad Nacional acusado de ser agente del imperialismo, y promotor de una orientación técnica y no científica de la sociología), la brutalidad del centinela (torturado junto con su compañera María Cristina Salazar bajo el Estatuto de Seguridad), finalmente, el dogmatismo del pastor, y la negativa de la jerarquía eclesiástica a dar el permiso a tres sacerdotes para acompañar la Comisión de "diálogo" en Marquetalia en 1964. La Comisión, de la cual hacía parte Orlando, desistió de su intento luego de negado ese permiso –a pesar del visto bueno de las Fuerzas Armadas–. Días después, se desplegó la Operación Marquetalia, a partir de la cual se produjo el estallido de las FARC. Colombia, ya lo dijeron, es una cosa impenetrable.
En ese sentido, está por hacer la reconstrucción de la producción social del libro La violencia en Colombia (1962), no tanto como hito nacional de las ciencias sociales, sino como síntoma que provocó una conmoción desmesurada en la sociedad, cuya trama está por escribirse por fuera de la "historia de la ciencia", de la "profesionalización" del saber. ¿Qué verdad social se hizo presente en ese libro? ¿Qué sujeto lo pobló? Preguntas inquietantes, al analizar la escasa producción investigativa de esa envergadura y de ese efecto social en los años que vinieron, y que son hoy los nuestros.
Creemos que a través de los escritos de Fals es posible entrever la formación de un pueblo, donde la voz del autor se disuelve para que emerja el murmullo y el anonimato. La crítica ilustrada, por su parte, detectó allí una "contaminación del material primario precioso para los historiadores, al hacer imposible distinguir lo que pertenece a Fals de lo que pertenece a sus informantes" (Bergquist, 1990: 168). Elegimos, sin embargo, otro camino. En ese sentido, la investigación "Campesinos de los Andes", realizada en la vereda de Saucío (1955), dejará de ser el emblema de los inicios de la sociología "moderna" en Colombia, o la expresión de la orientación funcionalista de la sociología en nuestro país. Desplegada en la encrucijada del positivismo y el desarrollismo que conformó la época, Fals afirma en el prólogo de 1961 del estudio de Saucío "quería constatar si lo que se decía del hombre rural colombiano era cierto, si merecía su suerte como despreciable siervo de la gleba, si su estupidez aparente o 'melancolía indígena' era atávica, si su destino como ente sub-humano era inevitable" (1978: IX).
Antes que "un trabajo de campo encaminado generalmente a poner a prueba algunas hipótesis preconcebidas", de acuerdo con Fals Borda "Saucío fue estudiado sin ánimo de poner a prueba teorías concretas", intentando "construir puentes afectivos y sociales entre el investigador y la comunidad" (Ibíd.: XX, 307). A través de cierta relación del conocimiento con la experiencia, se apuntaba a un desequilibrio entre las relaciones de fuerza y jerarquía, forzando al sujeto a que dejara de ser lo que fue: experto, investigador, comunidad "aislada" o atávica.
Sin embargo, el conservadurismo reiterado de la Universidad en Colombia, que asemeja la academia a una sacristía, juzgó dicha apuesta –y muchas otras– como exterior a la "ciencia". Al igual que sobre muchas otras personas en nuestro país, sobre Orlando recayó la triste tradición de la academia colombiana que, independientemente de la vertiente ideológica, obliga a la crítica a instalarse en el exilio. En ese sentido, puede entenderse la carta escrita desde Ginebra (Suiza), firmada por Orlando y su compañera María Cristina Salazar, en julio de 1969:
Habiendo decidido regresar a Colombia durante el primer semestre de 1970, queremos hacerlo en la forma más útil posible para una causa que todos compartamos… se trata de saber si es realista o no constituir un Centro Colombiano de Estudios Aplicados, en el que podamos actuar según nuestras convicciones, divulgar el resultado de nuestras investigaciones e irradiar nuestras ideas y justificadas preocupaciones… En primer lugar, está la Universidad Nacional y el Departamento de Sociología. ¿Hallaremos allí las oportunidades de creación y avance intelectual que buscamos, y tendremos allí todo a la mano para realizar una labor fecunda? O en vista del marco inflexible de la entidad, que sigue lerda en cambiar, ¿no nos veríamos abocados a otras frustraciones, como aquellas de 1967? ¿No habremos ya ensayado suficientemente la fórmula desarrollista en la Universidad para saber que ella no funciona en las circunstancias actuales? ¿No sería más adecuado actuar sobre ella desde fuera creando nuevos y respetables grupos de referencia para los estudiantes y profesores del Alma Máter?
La necesidad de un uso social del conocimiento útil para la transformación radical de lo dado, generó su abandono de la institución universitaria, lejos de un conocimiento que propicia servidumbres. De esta propuesta inicialmente planteada en Ginebra, surgió entonces una de las primeras Organizaciones No Gubernamentales que existieron en Colombia, la Fundación Rosca de Investigación y Acción Social (1970). Después de fundar el primer programa de Sociología en América Latina, de ser director general del Ministerio de Agricultura, promotor de la Acción Comunal y de la Reforma Agraria, la Fundación Rosca cristaliza para Fals Borda la distancia con el Estado, con las convenciones del conocimiento universitario, y la ruptura definitiva con la subordinación existente. De acuerdo con La Rosca, el método y la orientación del conocimiento,
ya no serían objeto de simple curiosidad erudita –lo cual implica una actitud ingenua de parte del científico social–; ni serían más trompetas apocalípticas para despertar a las clases dirigentes e inducirlas a ser más responsables –una actitud moralista–; ni permitirían su utilización para que las clases dirigentes se perpetuaran en el poder mediante cambios dosificados y virajes calculados 'científicamente'… ahora estas ciencias se pondrían al servicio de la causa popular (Fals y otros, 1972: 20-21)
A partir de este empeño de la Rosca se publicaron por primera vez trabajos del líder indígena Manuel Quintín Lame, de Ignacio Torres Giraldo, además de una serie de estudios y experiencias pedagógicas en el litoral pacífico, la Costa Atlántica, Cauca, Antioquia, y Valle del Cauca. Por un lado, la Rosca, fundada por tres presbiterianos incluyendo a Orlando, como muestra de las reiteradas relaciones entre ciencia y religión, movilizaba una crítica al positivismo como modo de vida, como intento de gobierno de lo real; por el otro, expresaba la tensión entre "trabajo manual y trabajo intelectual", oscilando entre el lema de "las masas nunca se equivocan", y la creación de "grupos de referencia" populares para que "los obreros, campesinos e indígenas no siguieran subyugados espiritualmente a los intelectuales" (Fals, 1979: 41).
Posteriormente, viene el Congreso Mundial sobre "Investigación Activa" en Cartagena en 1977, espacio de convergencia de los procesos de descolonización y de las luchas de liberación periféricas, entre otras, y de resonancia de modos divergentes de saber acerca de nosotros mismos, perfilando, entre otros acercamientos, la Investigación Acción Participativa (IAP). Prácticas como la "inserción", la "restitución" o la "devolución sistemática" del conocimiento, adquieren relevancia en un momento en el que se retó no sólo la verdad del científico, sino la verdad construida socialmente. "La verdad muere, y grito que la verdad miente", parece ser la apuesta de Orlando, confrontando siempre el cinismo de quienes creen nombrar nuestra supuesta "verdad colectiva".
Ya en 1959, se interroga acerca de las implicaciones de que "nuestra búsqueda de la verdad y el estudio de nuestras realidades hayan tenido como punto de partida las filosofías y los conceptos de pensadores y científicos extranjeros", apuntando hacia un conocimiento propio que tome distancia de la costumbre latinoamericana de "sumar aparentes verdades encontradas en diferentes escuelas, presumiendo que en esta forma perfecciona la explicación de los fenómenos observados" (Fals, 1959: 1, 6). En suma, se pretendía "formar una verdadera sociología nacional, una sociología colombiana, basada en nuestros propios hechos, nutrida de nuestra propia tierra, enfocada hacia nuestras sencillas 'veredas' y ciudades, dirigida hacia nuestros problemas y dilemas" (Ibid.: 6).
Este tipo de apuesta, según sus críticos, produjo un modo de conocimiento particular, no universalizable. Incluso a finales de la década del ochenta, el pensamiento ilustrado criticó por un lado su "dimensión romántica" y "altruismo", e "indiferencia a la teoría"; por el otro, historiadores como Charles Bergquist señalaron que en la escritura de los cuatro volúmenes de la Historia doble de la Costa, "como muchos científicos sociales que se embarcan en la tarea de escribir acerca del pasado, Fals ignora o viola cada uno de los principios del método histórico" e "involuntariamente subvierte el intento democrático de su historia" (1990: 161, 173).
Este tipo de críticas son expresión de un juicio acerca de discursos incómodos para la academia, que evalúa la experiencia a partir de aquello de lo cual carece. Algo más fructífero sería analizar ese discurso en términos de su propia potencia, antes que un agravio al historiador, al canon, debido a que no se trata de un juicio a la cosa en sí (Fals y su escritura), sino un análisis de las relaciones en las que se insertó y las posibilidades que provocó. Es decir, no se trata del grado de sistematicidad de su "obra", sino sus efectos sociales y las relaciones que hizo posibles con el mundo.
Porque de lo que se trata en la apuesta de Orlando Fals es de instaurar otra relación con el mundo. Las críticas esgrimidas desde el conocimiento ilustrado, obsesionado por lo universal, olvidan que lo universal es una coordenada, o como ha sido dicho por tantos otros, un proceso singular de unificación y totalización. "El eurocentrismo umbilical [comenta Fals ] es inexplicable, porque la sociedad y la ciencia europea son en sí mismas el fruto histórico del encuentro de culturas diferentes incluyendo las del actual mundo subdesarrollado" (2007: 106). En ese sentido, en el intento de algunos grupos que "han tratado de corregir aquella tendencia narcisista y parroquial", lo que se devela como parroquial quizás sea el anhelo del universo.
El anclaje promulgado por la IAP, parejo a su diseminación global, se puede leer no tanto como un regreso al origen, sino como un intento de confrontar aquello a lo que nos ha llevado el enunciado de la Conquista: a separarnos de nuestra experiencia. En efecto, si el mecanismo social que históricamente nos ha ligado es la guerra, ante el sistemático desarraigo que viene desde la Colonia no se propone un romanticismo del arraigo, sino la confrontación entre la creación de un mundo y la obsesión universal por lo totalizante. Enfrentando un mundo al universo, no asistimos ya al universo de la razón, sino al mundo del margen, que emerge a partir de una peculiar relación entre la ciencia y lo popular. Campesinos, indígenas y obreros conformando lo "común", a través de experiencias no exentas de reveses, en las que la apuesta de Fals Borda tuvo papel decisivo (como la ANUC e incluso la Acción Comunal). Lo común, en definitiva, como una forma ascendente de conformación colectiva, es decir, de devenir Estado.
Lo anterior permite demarcar entonces parte de la actualidad de su pensamiento. Por una parte, están las conexiones no siempre reconocidas, con apuestas intelectuales críticas (como los estudios poscoloniales), en el marco de una apuesta "colectiva" que llevó a Rodolfo Stavenhagen en 1971 a escribir un artículo titulado, justamente, "Cómo descolonizar las ciencias sociales". Por el otro, poder seguir el rastro de los múltiples caminos en que diversas apuestas periféricas (no sólo la IAP), produjeron un "contraefecto" en los saberes y la academia del norte global. Independientemente de las críticas, el poder de contaminación y diseminación de su apuesta es difícilmente alcanzable. Largos son los caminos abiertos por la IAP en el trazado de puntos de encuentro con otras geografías, esfuerzo presente desde tiempo atrás en la labor de Orlando como cofundador en 1967 de CLACSO, siempre buscando construir "un discurso alterno entendible en nuestros propios términos, que son los que deben contar en última instancia" (Fals, 1998:11).
Simultáneo a la diseminación de la IAP en y desde distintas regiones periféricas del mundo, y a su entronque con enfoques críticos (teoría de la dependencia, educación popular), encontramos un modo concreto de poblamiento de la vida, un posicionamiento, unas coordenadas específicas; ya en 1959 Fals Borda abogaba por un conocimiento que nos permitiera "conocernos mejor, saber dónde estamos, a dónde vamos y qué está sucediendo realmente en nuestro derredor" (Fals, 1959, Op. Cit.) De allí, quizá, la reiterada inquietud por el lugar de la tierra en su recorrido vital.
En esa misma dirección, en el marco de su retorno a la academia a través del IEPRI en 1987, Fals sigue reclamando "la construcción de contrapoderes populares, la proclamación de regiones autónomas y el ensayo abierto de un federalismo libertario". Por eso el rescate de la historia de personajes como Juana Julia Guzmán y Vicente Adamo, efectuado en Retorno a la tierra, el cuarto volumen de la Historia doble, no constituye solamente una afrenta a la historia universitaria, sino el relato de una ética libertaria que "requiere menos de Maquiavelo y Locke y más de Kropotkin y Althusius, (en sentido filosófico) para equilibrar o combatir los poderes autocráticos de gobiernos y organismos centrales, y de hombres de Estado y dirigentes despóticos" (Fals, 1986: 222).
Orlando, entonces, mantendrá su convicción en la persistencia, mientras la mayoría de quienes hicieron parte de ese modo ético de praxis y conocimiento, sucumbían a la insinuación del Estado, o recurrían a la práctica del arrepentimiento para habitar el abismo creciente entre el conocimiento y la política, el discurso y la experiencia, en estos tiempos de sequía de la voluntad. Mientras tanto, en el Manifiesto para "la superación del eurocentrismo", Fals seguía abogando por "sustituir las definiciones discriminatorias entre lo académico y lo popular y entre lo científico y lo político, sobre todo en la medida en que se haga énfasis en las relaciones complementarias" (Fals y Mora-Osejo, 2003:107).
Para terminar, algunos riesgos a la vista. Por un lado, habría que preguntarse acerca de la reciente acogida de la IAP en la Universidad, y el posible debilitamiento de su potencia crítica: su conversión en cátedra, en el marco del pluralismo de asimilación y captura que profesa la Universidad. Por el otro, el cansancio. Muchos años después, en el cambio de siglo, Fals Borda señalaría cómo de manera paradójica de "la obtención de conocimientos útiles para adelantar causas justas… provino la dolorosa confirmación de nuestra propia incapacidad para adelantar estas tareas" (1999:75).
Pero la persistencia siempre sonríe ante la vigencia de lo por venir. Recientemente, en la Universidad de Antioquia, en su conferencia "Entre los paisas", insistió en seguir "buscando una paz que no sea la del cementerio, ni la paz de los pudientes ni la Pax Americana". Así mismo, en el prólogo a la reedición de La subversión en Colombia, realizada este año, señalaba la actualidad del pluralismo presente en la experiencia del Frente Unido y de Camilo Torres, vislumbrando la posibilidad de un "socialismo raizal o radical" capaz de descomponer las jerarquías políticas y económicas vigentes de tiempo atrás, y su espesa moral. Orlando repitió en dicho prólogo lo que había afirmado toda su vida: "Por ahí es la cosa, a pesar de transitorias derrotas".
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