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La formación de investigadores en la acción investigativa: la experiencia del Cinep (1972-1997)

The training of researchers in investigative action: the experience of the Cinep (1972-1997)

O treinamento de pesquisadores em ação investigativa: a experiência do Cinep (1972-1997)

Fernán E. González *


* Subdirector general y director de programas del CINEP, al cual ha estado vinculado durante 25 años como investigador en historia y ciencias políticas. Estudió Filosofía y Letras y Teología (Universidad Javeriana) como pregrado, Ciencia Política como posgrado (Universidad de los Andes) y realizó estudios doctorales en la Universidad de California, Berkeley. Actualmente es profesor en los Andes, ha enseñado también en el Externado de Colombia, Universidad Nacional (Bogotá y Medellín), Universidad Javeriana (facultades eclesiásticas y Cali) y en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (París).


Resumen

Aunque el CINEP, como tal, no tiene entre sus funciones directas la formación académica y práctica de investigadores, sin embargo en la práctica investigativa ha ido configurando un estilo de trabajo que lo ha constituido en una escuela de investigadores. Además, conviene aclarar que el CINEP no se dedica exclusivamente a la investigación académica, sino que combina la investigación teórica con la aplicada y con las actividades educativas y organizativas para colaborar en la búsqueda de una nueva Colombia, más democrática y pluralista, donde los conflictos y tensiones se resuelvan mediante el diálogo entre posiciones diferentes, en un ámbito público, que hace referencia a la interrelación positiva entre una sociedad civil fuerte y un Estado igualmente fortalecido. Como recuerdo de todos los esfuerzos encaminados a hacer realidad estos principios, este artículo quiere recoger esas experiencias como un homenaje a los investigadores que han ido construyendo este proyecto colectivo del CINEP a través de estos primeros 25 años1.


Un poco de prehistoria

Hace 25 años, el 30 de mayo de 1972, el Ministerio de Justicia reconocía la personería jurídica a la fundación Centro de Investigación y Acción Social, CIAS, como entidad que presentaba como objetivo “la transformación de las mentalidades y estructuras de la sociedad colombiana en un sentido de mayor justicia social, por medio de la investigación, la docencia y la acción, integradas e inspiradas en una visión cristiana del hombre.2. El 8 de octubre de 1976 se acepta oficialmente la enmienda que modificaba el nombre de CIAS por el de CINEP, Centro de Investigación y Educación Popular, que el equipo de entonces consideraba que representaba mejor la orientación de las actividades que se pretendían llevar a cabo.

Sin embargo, los orígenes más remotos de la institución se remontan a 1944, cuando el episcopado colombiano empezó a organizar la Coordinación Nacional de Acción Social, cuyas labores se concentraron fundamentalmente en la formación de dirigentes y asesoría a organizaciones como la UTC (Unión de trabajadores de Colombia), FANAL (Federación Agraria Nacional), UCONAL (Unión Cooperativa Nacional), la JTC (Juventud Trabajadora Colombiana), etc. En los años sesenta, se produce otro paso en esta prehistoria, cuando la Compañía de Jesús dedicó a varios jesuitas a especializarse en materias socioeconómicas y políticas en varias universidades del exterior. De esos años son las primeras publicaciones del CIAS, que recogían tesis de grado de sus miembros, investigaciones propias del centro y trabajos de análisis que buscaban apoyar el análisis sociológico y de evaluación pastoral en que estaban empeñados los jesuitas colombianos entre 1967 y 19703.

En la realización de este survey jesuítico, dirigido por Gustavo Jiménez y Francisco Zuluaga, colaboraron varios de los futuros miembros del CIAS-CINEP, como Alejandro Angulo, que acababa de graduarse en Sociología en Berkeley y César Vallejo, que terminaba su maestría de economía en los Andes. Como auxiliares en la sistematización de las encuestas realizadas entonces trabajaron varios estudiantes jesuitas de esa época como Francisco de Roux, Mario Calderón, Javier Sanín, Oscar Borrero, Luis Bernardo Peña, Augusto Acosta y el autor de este artículo. Este estilo de colaboración va a marcar una de las características del futuro CINEP: la formación de investigadores en y a través de la propia acción investigativa. De esta manera, la mayoría de los investigadores y educadores que han pasado por el CINEP deben buena parte de su formación académica al trabajo y a la reflexión interna dentro del propio CINEP.

Otro momento importante en la prehistoria del CINEP es la relación con el IDES, Instituto de Doctrina y Estudios Sociales, creado en 1968 por la Conferencia Episcopal Colombiana, cuya dirección y administración fue confiada al CIAS hasta 1971, cuando el Secretariado Nacional de Pastoral Social del episcopado asumió la responsabilidad total del instituto. En el IDES fue importante la presencia del jesuita francés Pierre Bigo (director del IDES entre 1968 y 1970), que venía del Centro de Acción Popular de París y había dirigido el ILADES (Santiago de Chile) y el IBRADES (Río de Janeiro), cuyas labores eran similares a las del IDES. Lo mismo que la labor de Alberto Jiménez Cadena como director ejecutivo del instituto y el apoyo de los entonces jesuitas Mario Calderón y Rodolfo Ramón de Roux. Otros colaboradores de entonces fueron Jairo Morales Nieto, experto entonces en cooperativismo, que llegaría luego a ser uno de los mejores conocedores del agro latinoamericano, ahora consultor de Naciones Unidas; el economista inglés Michael Mc Cormack; el filósofo y educador Luis Ignacio Morales, la socióloga Clemencia Chiappe y la economista Juanita Uribe. En esos años se iniciaba como periodista Oscar Jaramillo, “Teófilo Escribano”, con sus columnas en EL TIEMPO y EL PAIS.

Precisamente los comienzos del CIAS-CINEP propiamente dicho se deben a la diferencia de criterios entre los miembros del CIAS y los obispos de entonces sobre el enfoque de la formación de los llamados agentes de pastoral social. Los obispos pensaban que se debían formar clérigos y laicos para trabajar en la pastoral social de las diócesis, mientras que los jesuitas pensaban en crear agentes de cambio social, que transformaran las estructuras socioeconómicas y políticas. Por esta diversidad manifiesta de enfoques, el 9 de noviembre de 1971 la Compañía de Jesús renuncia al convenio con el episcopado y el CIAS empieza a existir como grupo autónomo. Este punto de divergencia marcaría profundamente la identidad interna del entonces CIAS, que se reflejaría luego en su actividad investigativa y educativa, que se iría a mover en una línea cada vez más pluralista y secular, nada confesional. Lo que llevaría a relaciones más fluidas con el mundo académico y universitario, acompañadas por algunos conflictos con el mundo eclesiástico.

El nuevo contexto de los años sesenta

Por otra parte, la diversidad de enfoques reflejaba igualmente una diversa percepción de la coyuntura por la que entonces atravesaba el país. En el final de los sesenta y principios de los setenta, Colombia estaba cambiando aceleradamente en sus condiciones internas y empezaba a salir de su tradicional aislamiento intelectual para encontrarse invadido por todas las corrientes del pensamiento mundial. Todo esto produjo una rápida secularización de las capas medias y altas de la sociedad colombiana y una profunda crisis de los marcos culturales e institucionales que expresaban la vida del país.

Por su parte, la Iglesia católica colombiana estaba asimilando difícilmente las enseñanzas del Vaticano II y de los documentos del CELAM en Medellín, cuya diferente lectura produjo una profunda división dentro de las Iglesias latinoamericana y colombiana. Esto presentaba un problema adicional: la jerarquía y clero no pose ían un instrumental teórico que les permitiera entender y asimilar positivamente los cambios que estaban ocurriendo en la sociedad colombiana, de manera que pudieran reaccionar creativamente frente a los nuevos retos que implicaban. Este desconcierto explica la radicalización de los sectores clericales contestatarios, “los curas rebeldes” de los sesenta, lo mismo que la incomprensión de los jerarcas frente a las opciones radicales de los primeros. De ahí la tendencia de los contestatarios a sobrevalorar acríticamente los aportes del marxismo, presentados generalmente en su versión más simplista, lo mismo que los análisis provenientes de la izquierda. Este contexto de mutuas incomprensiones y malentendidos enmarca la aparición de Camilo Torres y de los grupos sacerdotales de Golconda y SAL (Sacerdotes para América Latina). Muchas de las dificultades antes descritas entre jesuitas y obispos se debían a la cercanía de ciertos alumnos y profesores del IDES a algunos miembros de Golconda y a la simpatía por la figura un tanto mitologizada de Camilo Torres.

Hacia la búsqueda de una difícil identidad

En ese momento de ruptura, se pensó en la necesidad de una reorientación del trabajo social de los jesuitas: en 1971, el grupo de jesuitas del CIAS estuvo de acuerdo en que su principal acción debería ser una reflexión operativa y eficaz, que inspirara la acción transformadora de la sociedad y pusiera las ciencias sociales al servicio de la encarnación de su visión filosófica y teológica en la situación nacional. En términos políticos y económicos, el grupo de los jesuitas del CIAS consideraba que su papel podría consistir en hacer ver en qué podría residir concretamente el socialismo abierto y democrático, impulsado entonces por Antonio García, en el contexto del país, a la luz de la inspiración cristiana.

Pero no todo el equipo del CIAS estaba de acuerdo con esta opción, como aparece en las discusiones sobre el asunto, que trataban de mostrar su complejidad para superar la adhesión meramente ideológica, aunque había cierto consenso sobre la necesidad de una reforma radical en las estructuras socioeconómicas, políticas, religiosas y educativas.

En este énfasis sobre la necesidad de mayor complejidad en la discusión sobre el tema se destacaba el economista alemán Hermann Mohr, director de investigaciones del CIAS, cuyo análisis sobre la situación económica del país está recogido en su libro Economía colombiana: una estructura en crisis. Análisis del proceso reciente y perspectivas (1972). En torno a este trabajo se reunió un grupo de colaboradores, amigos y alumnos de Mohr, que preludian al futuro equipo económico del CIAS-CINEP, acompañados por otros estudiantes y jóvenes profesionales: Jairo Morales, Fabio Hernán Gómez, María Luisa Chiappe, Francisco De Roux, Armando Gandini y Augusto Acosta.

Las primeras investigaciones: Clientelismo y empresas comunitarias rurales

Paralelamente a esta discusión, se comenzaban a demarcar ya las líneas de investigación que iban a señalar la evolución posterior del equipo: el acercamiento a la lógica interna de los sectores informales y campesinos de la economía y el análisis de la política desde la perspectiva sociocultural y la mirada histórica de largo plazo.

Así, para implementar la línea que tenía como prioridad la organización de base se escoge el concepto de empresa comunitaria, como polo articulador de la investigación con la acción. Por ello, desde 1972 se inicia una investigación sobre empresas comunitarias campesinas, en pleno auge de la ANUC, lo que iba a repercutir en el interior del equipo y marcaría su evolución posterior. Se comienza evaluando las empresas comunitarias existentes para analizar las posibilidades del nuevo modelo en diversas regiones del país.

Por otra parte, se empezaba a diseñar una investigación sobre los valores políticos del pueblo colombiano, para buscar responder a su tradicional apatía política y las carencias ideológicas y organizativas de los partidos tradicionales. En formulaciones posteriores se fue precisando el tema, hasta que en junio de 1974 se presentó el diseño definitivo del estudio, que ligaba la apatía y el comportamiento de los partidos tradicionales con la tradición cultural del clientelismo, siempre en relación con la estructura social del agro colombiano.

Este entonces novedoso enfoque marcó un nuevo rumbo en el equipo, cuya coordinación estaba a cargo del antropólogo Néstor Miranda Ontaneda y del que hacían parte Alejandro Reyes, Jorge Valenzuela, Eloísa Vasco y el autor de este artículo. Los resultados de esta investigación pionera sobre el tema del clientelismo aparecieron en diferentes tipos de publicaciones del CIAS-CINEP: la parte más teórica e histórica apareció en Controversia, “Clientelismo, democracia o poder popular”, de Néstor Miranda y Fernán González en 1976, y “Constituyente I: Consolidación del Estado nacional. (1977). Los estudios de caso sobre Sucre, Boyacá y Tolima se publicaron en 1978, en forma de libros: Latifundio y poder político, de Alejandro Reyes Posada, Clientelismo y minifundio, de Eloísa Vasco y Producción arrocera y clientelismo, de Jorge Valenzuela. Estos libros fueron complementados por el de Germán Neira sobre economía campesina, que se basaba en las teorías de Alexander Chayanov.

El acercamiento al sector informal

Otra línea de análisis que va a caracterizar el enfoque investigativo del CINEP es el acercamiento a la lógica interna del llamado “sector informal” de la economía, que se inicia desde 1974, con el programa de empresas comunitarias urbanas, que se aproxima al análisis del sector informal desde una perspectiva de cambio social radical: se pensaba entonces que la organización económica comunitaria podría llevar a la superación del sistema capitalista. El apoyo a la creación de las empresas estaba acompañado de actividades de formación, formal o informal (administración, concientización sobre la realidad económica y política, sindicalismo, cooperativismo y organización barrial). El programa logró establecer 8 empresas productoras, que beneficiaban a 200 trabajadores del llamado sector atrasado de la economía. Pero más allá de estos beneficiados, el equipo logró un acercamiento más complejo al tema de la llamada economía informal, al descubrir los complejos entrelazamientos y relaciones que tenía con la economía considerada formal. Así, se terminó concluyendo que la política económica para sistemas autogestionarios tiene que articularse globalmente con todo un sector de la economía, que tenga incidencias globales en el nivel regional y/o industrial.

En la misma línea, en 1978, se realizó una encuesta en profundidad sobre 100 pequeñas empresas de cinco ramas productivas con el fin de estudiar las relaciones de producción dentro del sector informal de la economía, lo mismo que las formas de su articulación con el sector moderno. Con esta información y la experiencia de las empresas comunitarias, Ernesto Parra analiza varios de los rasgos del sector informal y concluye que es imposible que las empresas informales acumulen capital puesto que trasladan necesariamente sus excedentes al sector moderno. A partir de la información recogida en ambas experiencias investigativas, Bernardo Botero y Jorge Iván González elaboraron sus tesis de maestría en la Universidad de los Andes, en administración de empresas y economía, respectivamente. Jorge Iván González se había vinculado al CINEP, junto con Gabriel Garrido, desde que eran estudiantes de pregrado, como asistentes en una investigación sobre la UTC, que coordinaba entonces Manuel Uribe.

Esta experiencia investigativa sobre el sector informal fue aprovechada ulteriormente, en 1979, para que el CINEP elaborara una consultoría para el PMUR (Programa móvil urbano y rural del SENA-Holanda) sobre el papel del sector informal en el desarrollo global de la economía informal. La consultoría fue realizada por Fernando Rojas Hurtado, Alicia Eugenia Silva Nigrinis y Gilberto Gómez Arango. En las etapas iniciales de discusión teórica colaboraron Luis Ignacio Aguilar, Jorge Salazar, Jorge Iván González y Gabriel Garrido ; los dos últimos contribuyeron también en fases diversas de la recopilación y sistematización de la información.

En un momento de reflexión ulterior, en 1991, Francisco de Roux y Bernardo Botero recogen y analizan el sentido de su experiencia en las empresas comunitarias, que consideraban insertas dentro de un intento serio de preparar la transición a una nueva sociedad. Tal vez por esto, las empresas comunitarias resultaron sospechosas de subversión durante la ola represiva de 1979 y algunos de sus miembros fueron perseguidos, acusados de pertenecer al M-19. Por ello, se resolvió desvincular el experimento del CINEP y crear en 1981 una nueva entidad, CORFAS (Corporación Fondo de Apoyo de Empresas Asociativas), para aprovechar la experiencia acumulada.

En esa reflexión posterior, muy autocrítica, se concluye como falso el supuesto de que la experiencia de producción comunitaria desarrollaba casi automáticamente unos valores colectivos contrarios a los imperantes en una empresa capitalista. Una experiencia micro no podía quebrar valores vigentes en el conjunto de la sociedad: la interpretación de la realidad social que expresaban los trabajadores de las empresas comunitarias no hacía sino reproducir una realidad deformada por los valores dominantes en la sociedad.

Por otra parte, en 1995 Francisco de Roux termina, en un documento sobre la situación de los trabajadores populares en una economía abierta, invitando a abandonar los mitos de los años sesenta y setenta, que llevaron a soñar en ámbitos productivos alternativos, que no se someterían a la lógica del sector moderno capitalista por moverse en una lógica de resistencia, al margen del mercado, que anunciaba proféticamente un mundo autogestionado, desinteresado y austeramente autosuficiente. Y señala la necesidad de mirar a los sectores populares como insertos, desventajosamente, en la totalidad de la economía, que funciona como un continuum, de naturaleza dinámica, un universo de circuitos de producción e intercambio de bienes y servicios.

Pero, además de las lecciones sobre el llamado sector informal y sus relaciones con el conjunto de la economía, el proyecto de empresas comunitarias urbanas aportó en el CINEP una importante discusión interdisciplinar sobre el concepto de investigación-acción participativa. Así, en 1978 Guillermo Hoyos colaboró, desde la epistemología, con Ernesto Parra, Francisco de Roux e Isabel Aguirrezábal, para una reflexión sobre la lógica de este tipo de investigación. La línea de reflexión epistemológica en Ciencias Sociales era impulsada en el CINEP por Guillermo Hoyos, cuyo esfuerzo cristalizó en varios seminarios nacionales e internacionales en torno a las relaciones entre epistemología y política, la crítica al positivismo en ciencias sociales y el sujeto como objeto de las ciencias sociales. En esos seminarios, realizados en colaboración con CLACSO, COLCIENCIAS, la Fundación Friederich Naumann y la Sociedad Colombiana de Epistemología, participaron Guillermo Hoyos, Carlos Federici, Jesús Alberto Valencia, Luis Enrique Orozco, Clemencia Chiappe, Aracely de Tezanos, Luis Alberto Restrepo, Salomón Kalmanovitz, Fernando Rojas, Alfredo Molano, Carlos Alberto Uribe y Elías Sevilla, entre otros. Además, los seminarios de nivel latinoamericano contaron con la participación de Franz Hinkelammert, Angel Flisfich, Augusto Serrano, Luis Silva Santiesteban, Jean Paul Margot, Rigoberto Lanz, Félix Gustavo Schuster, José Arthur Gianotti, Francisco Miró Quesada, Carlos Strasser, Guillermo Rocha, Brún Silva y René Antonio Mayorga, ente otros.

Los seminarios de discusión interna

El intercambio y reflexión interdisciplinares sobre las experiencias del equipo va a ser otro rasgo característico de la investigación y formación de investigadores en el CINEP. Los programas internos de seminarios, tanto de todo el CINEP como de cada uno de los respectivos equipos, resultaron ser un método excelente de formación de investigadores. Algunos de los temas fueron la lectura comentada en común (.una lectura ingenua”, según algunos), de El Capital de Marx, el análisis de la coyuntura del país en lo económico, social y político y la cuestión del desarrollo urbano. Además, se tenían seminarios internos de los equipos, para discutir sus respectivas temáticas4.

En el seminario de tres años (1976-1979) sobre la lectura de Marx, dirigido por Guillermo Hoyos, confluyeron muchos investigadores internos y externos al CINEP, como Luis Alberto Restrepo, Fernando Rojas Hurtado, Víctor Manuel Moncayo, Luis Enrique Orozco, José Fernando Ocampo. Esta reflexión sobre las categorías marxistas de pensamiento culminaría en un número especial de la revista Controversia, con ocasión del centenario de la muerte de Marx, en el que participaron Víctor M. Moncayo, Rubén Jaramillo, Luis Alberto Restrepo, Isaac Illich, Guillermo Hoyos, Fernando Rojas y Francisco de Roux.

En la recopilación de las actas del seminario interno, colabora como asistente de investigación Mauricio Archila, que realizó también la compilación e introducción del libro que recoge los debates realizados en el CINEP sobre la temática Estado y Capital, en torno a las ponencias del profesor inglés John Holloway. Archila se vincularía luego a la investigación sobre los orígenes del sindicalismo, enfatizando los aspectos de cultura e identidad obrera. Esta investigación estaba vinculada al apoyo del trabajo de educación sindical y trabajo popular, que insistía en la necesidad de recuperar la memoria histórica de la clase obrera. En esa línea, en 1986 Archila recopilaría las visiones teóricas del marxismo sobre el sindicalismo y haría un balance de las huelgas durante la presidencia de López Michelsen. Después de sus estudios doctorales en el exterior, Archila publicaría algunos avances de la información y reflexión realizadas para su tesis. Controversia publicar á sus estudios sobre Barranquilla y el río (1987), la cultura radical de Barrancabermeja (1986) y la memoria obrera en Bogotá y Medellín (1989), que constituyen el preámbulo de su obra sobre identidad obrera, que recoge su tesis doctoral, publicada por el CINEP en 1991.

El final de los setenta: problemas campesinos, análisis coyunturales y derechos humanos

En 1979, ante la crisis interna y el reflujo de la organización campesina, el departamento de Trabajo Rural resolvió reorientar su labor hacia el fortalecimiento de la organización de base y el campo educativo. Sin embargo, se continúa con cierta labor investigativa: entre 1978 y 1979, Salomón Kalmanovitz, Alejandro Reyes y Diana Medrano realizaron un estudio sobre Transnacionales y Agroindustrias, que mostraba cómo se estaba configurando una nueva división internacional de la producción alimentaria, que se reflejaba en un cambio de estrategias agrarias del Estado colombiano. Este proyecto hacía parte de un estudio de nivel latinoamericano, realizado conjuntamente con el CETRAL de París, dirigido por Gonzalo Arroyo, sobre la degradación de las capas populares y los derechos humanos en América Latina.

También se publicaron en 1979 los resultados de una investigación sobre el papel de la producción parcelaria dentro de las formaciones sociales capitalistas. En 1984, Alicia Eugenia Silva realizaría una investigación sobre las condiciones laborales de las mujeres floristas y de las empleadas domésticas, con la colaboración de Consuelo Corredor y Mireya León como asistentes de investigación.

En 1981 se inicia un trabajo con campesinos fiqueros de Santander y un análisis histórico de la ANUC, Asociación Nacional de Usuarios Campesinos. Además, la ayuda de la Fundación Ford permitió al CINEP publicar una serie de ensayos sobre la problemática campesina, que permitirían revitalizar el interés por los problemas rurales. Con una introducción de William Ramírez, Darío Fajardo, Absalón Machado, Piedad Gómez, María Cristina Salazar, León Zamosc y Pilar Gaitán, ofrecerían una buena visión de conjunto sobre los problemas campesinos. La reactivación del interés por este tema se hizo patente en el trabajo investigativo de León Zamosc, Cristina Escobar, Silvia Rivera, Juan Guillermo Gaviria y Diana Medrano, cuyos resultados produjeron la mejor visión de conjunto que se ha producido en el país sobre la historia de la ANUC. En esta investigación, se evidencia el proceso de formación de jóvenes investigadores, recién graduados, que se vinculan a un proceso con colegas más experimentados, para luego salir a realizar estudios de posgrado en el exterior.

A partir de enero de 1979, se configuró un equipo de trabajo en medios audiovisuales para reforzar el trabajo de educación popular en este campo. Además del trabajo educativo con comunidades urbanas y rurales, se inició un proyecto de investigación sobre la interpretación de la información transmitida por los medios masivos de comunicación. Este equipo estaba compuesto por Jaime Heredia, Pedro Santana, Vanessa Marmetini y Hernando Martínez Pardo. Esta metodología se aplicó a la información de prensa sobre las alzas del costo de vida, de la gasolina y el transporte. Entre 1982 y 1984, la actividad del equipo derivó hacia el estudio de lo popular en los medios masivos, lo mismo que al estudio del impacto de la televisión en la formación de opinión pública. Esta línea de reflexión e investigación conduciría a una investigación sobre el lenguaje de la telenovela en Colombia, realizada por Clemencia Rodríguez y Patricia Téllez, publicada en 1989.

A partir de las labores del equipo rural, en 1979 se empieza en el CINEP la reflexión sobre la problemática de derechos humanos, con una ponencia sobre conflictos rurales y derechos humanos en Colombia, elaborada conjuntamente entre Alejandro Reyes, Orlando Fals Borda, Apolinar Díaz Callejas y Adolfo Triana, para un seminario internacional. Otro de los primeros avances del CINEP en esta materia fue una reflexión conjunta de Alejandro Angulo y Guillermo Hoyos, con Pierre de Charentenay y Gabriel Ignacio Rodríguez, en 1980.

Hacia el uso alternativo del derecho

La línea de derechos humanos, que iba a caracterizar el trabajo posterior del CINEP, también aparece ya en el trabajo del Consultorio Jurídico, que se llamaría más tarde CENDEP, Centro de Defensa Popular, liderado por Carlos Vasco. Ahí se genera también otra línea de investigación, que se abre por esos años, relativa al “derecho alternativo. y la reflexión sobre el uso político del derecho: al lado del trabajo práctico se realizaban reuniones mensuales de evaluación y reflexión y se adelantaba una investigación sobre el papel de la legislación de Estado de sitio en el proceso represivo de esos años. Esta combinación de trabajo práctico jurídico con reflexión teórica constituye un buen ejemplo de construcción grupal de conocimiento y de formación de abogados-investigadores a partir de una práctica concreta, que pretendía usar el derecho en favor del cambio social.

Esta línea encontraba cierta resistencia en otros miembros del equipo, que, desde una perspectiva más teórica, inspirada en la Escuela de la derivación lógica del capital, negaban al derecho la posibilidad de este uso alternativo. Esta visión contraria a la alternativa estaba representada por los escritos de Víctor Manuel Moncayo y Fernando Rojas Hurtado. La confrontación de las dos líneas produjo un interesante seminario sobre teoría crítica del derecho, donde se revisaron textos clásicos (Pashukanis, Stucka, Edelman), confrontados con autores más modernos (como Foucault, Deleuze y los hermanos Basaglia) y los autores clásicos que se debatían en el CINEP de entonces (Marx, Rosdolski, Kant y Hegel). La mayoría de los jóvenes integrantes de este equipo (Juan Jaramillo, Germán Palacios, Eduardo Rodríguez, Luis Javier Orjuela, Olga Lucía Gaitán, Víctor Manuel Uribe, Leopoldo Múnera) viajó luego a continuar estudios de posgrado en universidades del exterior, lo que, junto con los cambios de perspectivas en derechos humanos y en el uso alternativo del derecho, significó el desplazamiento teórico del CINEP hacia corrientes consideradas eclécticas por la ortodoxia marxista.

Recientemente, en 1995, Camilo Borrero ha recogido la experiencia de estos años de trabajo en materia de derecho, que se ha prolongado a través de una investigación sobre el acceso de las masas populares a la justicia, que realiza el CINEP con otras ONGs. Por parte del CINEP trabajan en ella el mismo Borrero, con el antropólogo Andrés Salcedo, con el apoyo de otros miembros del CINEP vinculados a la Escuela de derechos humanos y al trabajo barrial.

Los años ochenta: Observatorio político, el trabajo urbano y los servicios públicos

Parte de las reflexiones sobre el estado de sitio aparecieron publicadas en 1981 y 1983 por parte de varios abogados que iniciaban entonces su carrera como investigadores y que serían luego muy conocidos por la opinión: el futuro vicefiscal Adolfo Salamanca, con José Luis Aramburo, y Gustavo Gallón Giraldo, hoy director de la Comisión Colombiana de Juristas. Gustavo Gallón se había vinculado al CINEP para realizar un observatorio sobre las relaciones entre los militares y el Estado colombiano, y el seguimiento de la evolución del Estado colombiano, particularmente las relaciones entre ejecutivo y legislativo. Esas investigaciones aparecieron publicadas entre 1982 y 1984, en varios números de la revista Controversia, y otros materiales inéditos, como el análisis de la actividad del Congreso, en términos del paso “De la función legislativa a la función legitimadora”, realizado en 1981. En Controversia No. 105, realizada en 1982 con la colaboración de Germán Palacios y Miguel Rozo, se presentan los cambios de las relaciones entre Estado, gremios económicos y trabajadores como ampliación de la concertación entre ellos. Años más tarde, Gallón retomará esta perspectiva para explicar la política económica entre 1980 y 1985. Ya en 1991, a propósito de la discusión de la Constituyente, produjo una propuesta de modificación a la legislación de Estado de sitio.

Al equipo del observatorio político estuvieron vinculados como asistentes de investigación Nancy Vallejo, Germán Palacios, Luis Javier Orjuela, María Emma Wills y Gonzalo De Francisco. Las contribuciones de este equipo al seguimiento de la coyuntura política se reflejan en las revistas Panorama y Qué pasó, con las cuales el CINEP quería hacer llegar sus planteamientos a un público más amplio, que son el antecedente de Cien días vistos por el CINEP, cuya fundación y orientación inicial estuvieron también a cargo de Gustavo Gallón. A través de la discusión colectiva de los artículos sobre la coyuntura se trató de crear una metodología de análisis, en torno a la cual se fue creando un equipo de analistas, compuesto por Camilo Castellanos, Julián Vargas, Ricardo Vargas, Eduardo Matyas, Elsa Blair, Fabio Sandoval, Francisco Reyes, entre otros.

Otra iniciativa importante surgida a partir de este observatorio político fue el Coloquio sobre Alternativas Populares en Colombia, en 1987, organizado por Gustavo Gallón, con la colaboración del P.Horacio Arango, hoy provincial de los jesuitas colombianos, con el apoyo de la fundación Participar, el IEPRI de la Universidad Nacional y el Centro Colombiano de Estudios Europeos. El evento, que contó con la presencia de 110 participantes buscaba hacer un balance de “la inconformidad popular en Colombia”, que se reflejó en un arco iris de posiciones y de información supremamente valioso para el futuro historiador que quiera entender los años sesenta y setenta en Colombia.

A partir del trabajo directo en los barrios populares, en 1983 se empezó a recopilar información sobre políticas estatales de vivienda urbana, proyectos de reforma urbana, mecanismos de control del precio del suelo y legislación urbana en general. Y se inicia entonces un grupo informal de trabajo como instancia de consulta para una investigación sobre esas políticas. Componían ese grupo Hernando Clavijo (Externado de Colombia), Samuel Jaramillo (CEDE-UNIANDES), Adolfo Izquierdo (CIDER-UNIANDES), Santiago Fandiño y Carlos Zorro (SENA-CIID), Jorge Enrique Vargas (Planeación Nacional), Diego Yepes (Planeación Distrital), Francisco Reyes (Dimensión educativa), Angela Guzmán (Universidad Nacional), Rodrigo Quintero (FEDEVIVIENDA) y Víctor M.Moncayo (CINEP), entre otros. Con el apoyo de COLCIENCIAS, se creó entonces un equipo de investigación sobre las políticas estatales en torno a la vivienda popular, que se presentaba “íntimamente ligada con las actividades educativas”. El equipo estaba coordinado por Hernando Clavijo y compuesto por Samuel Jaramillo, Javier Giraldo y Santiago Camargo.

La producción de este equipo se refleja en las revistas de esos años (1982-1987), dedicadas al barrio popular, a los UPAC y la autoconstrucción, las reivindicaciones urbanas y los movimientos cívicos urbanos, a veces vistos en relación con el desarrollo regional. Desde una perspectiva más ortodoxamente marxista, aparecen los libros de Víctor Manuel Moncayo sobre las relaciones entre espacialidad capitalista y políticas urbanas del Estado. Con una perspectiva más pluralista e interdisciplinar se realizaron varios seminarios de discusión sobre la problemática urbana actual en Colombia y el problema de la vivienda popular. Más recientemente, en los noventa, se retoma la temática urbana desde la perspectiva de la descentralización y la construcción de democracia local: Mauricio Katz, Vicente Zamudio, Marta C. García y Natalia Paredes emprenden el seguimiento de la descentralización electoral, fiscal y en salud.

Vinculada al trabajo urbano, aparece también en esos años (1983- 1990) la reflexión sobre los movimientos cívicos y populares, que es contemplada desde perspectivas diversas por Fernando Rojas Hurtado, Marta Cecilia García y Beltrina Corte con Camilo González Posso. Un intento de análisis sobre los movimientos sociales ante la crisis en Suramérica fue realizado en 1986 por este equipo, que publicó, además, un balance de los movimientos cívicos en Colombia; se publicó en 1985 un balance de los movimientos populares en Colombia, que recogía contribuciones de Fernando Rojas Hurtado, Camilo González Posso, Santiago Camargo, Mauricio Romero, Carlos Salgado y Leopoldo Múnera.

También relacionada con el trabajo urbano surge la investigación sobre servicios públicos domiciliarios, que van a marcar mucho la historia ulterior del CINEP. La reflexión sobre el problema de los servicios públicos se inicia desde 1985 con unos estudios introductorios de Fernando Rojas Hurtado y Jorge Iván González, seguidos por un trabajo posterior de Luis Mauricio Cuervo, en 1989, que lideraría la investigación de un equipo dedicado al tema. Así, en 1989, Luis Mauricio Cuervo, Samuel Jaramillo y Jorge Iván González unirían sus esfuerzos para producir una reflexión, tanto teórica general como sectorial, sobre los servicios públicos domiciliarios urbanos. Y en 1990, Samuel Jaramillo y Oscar Alfonso publicarían un balance de las realizaciones y limitaciones del acueducto y alcantarillado en Bogotá. Y en 1991, el equipo, compuesto por Luis Mauricio Cuervo, Samuel Jaramillo, Oscar Alfonso, María Mercedes Maldonado, Pedro Ignacio Bernal y Rubén Jaramillo publicaron un informe sobre el servicio del agua en el país. Además, en 1991 el equipo publicaría informes sobre los servicios de acueducto y alcantarillado en Barranquilla y Barrancabermeja. Finalmente, en 1992 Luis Mauricio Cuervo haría un balance histórico del servicio de luz eléctrica mientras que Samuel Jaramillo realizaría en 1995 una historia de los servicios públicos en Colombia.

La reactivación de la investigación macro estructural

Desde 1983, surge en el CINEP un intento de compactar el grupo de investigadores en torno a la reflexión común y el debate público de los grandes temas nacionales. Este grupo, liderado por Francisco de Roux, se congregó tanto en torno a la discusión interna sobre los temas que cada investigador desarrollaba, como alrededor de debates públicos y talleres populares, realizados generalmente en la sede del CINEP. Para preparar estos debates, cada investigador deber ía preparar un documento ocasional, que debería discutirse previamente con los demás investigadores del equipo. Este funcionamiento produjo 17 documentos ocasionales durante 1983, varios materiales para la revista Controversia y acercó al equipo a una concepción más común de los problemas, produciendo una reactivación del interés por la investigación macroestructural sobre los grandes temas nacionales.

Así, entre 1981 y 1986 Moncayo y Rojas analizaron el informe Bird- Wiesner, y los problemas tributarios; Francisco de Roux se dedicó al estudio de los problemas del empleo y desempleo urbanos; Luis Jorge Garay hacía sus primeros acercamientos al problema de la deuda colombiana, mientras que Fernando Tenjo se encargaba del estudio de la crisis financiera y Salomón Kalmanovitz se ocupaba de analizar la recesión de entonces. El autor de estas líneas se ocupaba del caudillismo latinoamericano, el pensamiento de Bolívar, las relaciones Iglesia-Estado en el siglo pasado y las contradicciones entre clientelismo y descentralización tributaria.

Además, en 1986 el equipo realizó un análisis de conjunto sobre el plan de desarrollo del gobierno Betancur y algunos de sus miembros (Kalmanovitz, De Roux, Garay) participaron con otros académicos (Gabriel Misas, José Antonio Ocampo, Eduardo Lora y otros) y algunos personajes de la vida nacional en un debate sobre la deuda externa colombiana. En el equipo colaboraban también algunos jóvenes investigadores como Carlos Salgado y Luis Javier Orjuela. Salgado se inicia en el CINEP como asistente de investigación de Salomón Kalmanovitz, que estaba redactando entonces su texto de Economía y Nación, publicado en 1985. Esta conformación del equipo, interdisciplinar e intergeneracional, es otra experiencia de formación y educación continuada en la investigación.

Un análisis académico a partir del trabajo de Armero

Otro trabajo investigativo a partir de la acción organizativa fue el realizado por Rosario Saavedra, que aprovechó la experiencia de participar durante cinco años (1985-1989) en el programa de reconstrucción dirigido a los sobrevivientes de Armero, para allegar, desde una mirada sociológica, mucha información sobre el manejo de desastres. Una vez terminado el proceso de reconstrucción, Rosario Saavedra decidió aprovechar la experiencia acumulada para realizar una tesis de doctorado en el Instituto de Altos Estudios de la Universidad de París, bajo la dirección de Christian Gros y Francisco de Roux. Los estudios en París le permitieron un toma de distancia frente a la experiencia. De esta manera, la tesis resultante, que tomó como sujeto de la investigación a los distintos actores sociales, fue considerada por los jurados como un aporte al análisis del modelo social que surge como reacción a la catástrofe, cuyo funcionamiento refleja bastante lo que era la sociedad antes del drama de Armero. También permitió acercarse críticamente al proceso de reconstrucción del área, publicado en 1996 por el CINEP, mostrando cómo las políticas adoptadas para la reinserción respondían a un esquema de modernización que no tenía en cuenta a las víctimas como sujetos sociales. Además, los jurados señalaron la originalidad de los aportes de la tesis y su utilidad para la acción de ONGs en situaciones de desastre y riesgo.

Un acercamiento desde el largo plazo a las violencias y al narcocultivo

A partir del Programa por la Paz de los jesuitas colombianos, se fue viendo la necesidad de una investigación y reflexión que diera sentido a las actividades en pro de la búsqueda de paz e iluminara los fenómenos de las violencias colombianas desde una perspectiva macroestructural y de largo plazo. Así, a comienzos de 1988 se constituyó un equipo interdisciplinar para analizar las condiciones objetivas y subjetivas de las violencias, que terminó siendo coordinado por Fernán González, y estaba compuesto inicialmente por los historiadores Fabio Zambrano y Fabio López, la economista Consuelo Corredor, la abogada María Teresa Garcés, la comunicadora social Amparo Cadavid y el filósofo Darío Restrepo. Luego se vincularon al equipo la antropóloga María Victoria Uribe, el sociólogo José Jairo González, la socióloga Elsa Blair, el politólogo Mauricio García Durán y el economista Mauricio Romero.

Las hipótesis iniciales, que recogían la discusión previa del grupo original de participantes, fueron recogidas por Fernán González en un documento ocasional, de agosto de 1988, que se convertiría en una especie de matriz de los diferentes subproyectos de la investigación. En ese documento ya aparecían conceptos como fragmentación y privatización del poder, precariedad del Estado, debilidad de la Sociedad civil y cultura de la intolerancia, que marcarían el desarrollo de los trabajos ulteriores. En ese proceso, la confrontación de hipó- tesis e informes parciales de cada uno de los miembros del equipo y la discusión de los autores que se habían referido al tema de la violencia, fue creando un espacio de acercamiento común al tema, que respetaba las iniciativas y diferentes enfoques de las disciplinas de cada investigador, pero que iba creando una especie de escuela de pensamiento y de investigación, en la que todos los investigadores, viejos y jóvenes, aprendíamos los unos de los otros.

Este intercambio se vio reforzado por la necesidad, impuesta por las agencias financiadoras, de escribir una revista que fuera divulgando paulatinamente los resultados parciales de la investigación. Se fundó así la revista Análisis. Conflicto social y Violencia en Colombia, de la que aparecieron 5 números, entre 1988 y 1992, dentro de la serie de documentos ocasionales del CINEP. También se contribuyó con varios números de la revista Controversia, entre 1989 y 1990, dedicados a los problemas agrario, colonización, configuración político-jurídica del país, cultura política, modelos de desarrollo etc, como trasfondo de las violencias. Los resultados de la investigación, recogidos en la colección Sociedad y Conflicto del CINEP, publicada entre 1992 y 1993, ilustran la metodología del acercamiento al fenómeno de las violencias: un acercamiento global macroeconómico e histórico-cultural de largo plazo, se ve complementado con varios estudios de caso de regiones particularmente violentas (Sumapaz, Magdalena Medio, zona esmeraldífera de Boyacá, Bajo Cauca, Medellín) y una mirada global a las relaciones con las fuerzas armadas y a los procesos de paz, para desembocar luego en una mirada más globalizante. Además, este proyecto de investigación hizo parte de un proyecto más global, de carácter comparativo de nivel latinoamericano, liderado por la APEP, Asociación Peruana de Estudios e Investigación para la Paz.

En este libro aparece la colaboración de Ricardo Vargas y Jackeline Barragán, “Economía y Violencia del narcotráfico en Colombia: 1981- 1991”, junto con la de Darío Betancur y Martha García, “Narcotráfico e historia de la mafia colombiana”. La colaboración de Vargas y Barragán es uno de los primeros productos de una línea de investigación que se iniciaba desde 1992, con una mirada interdisciplinar para producir pautas para unas políticas de cooperación técnica frente al problema de la droga en Colombia. Después de concluida esta primera fase, se empezó a diseñar una investigación sobre las relaciones entre violencia y narcotráfico y el impacto cultural del narcocultivo en las regiones afectadas.

En las diversas fases de este proyecto, liderado por Ricardo Vargas, estuvieron vinculadas a su equipo María Victoria Rivera, Marta Liliana Herrera, Nancy Ramírez y Ximena Useche. Resultados parciales de este equipo han ido apareciendo en libros publicados en 1994 y 1995, con contribuciones de Salomón Kalmanovitz sobre aspectos macroeconómicos, Rodrigo Uprimny sobre relaciones del fenómeno con el régimen político y la política criminal, María V. Rivera sobre cultivos alternativos, de Ricardo Vargas y Jackeline Barragán sobre el impacto regional del cultivo de la amapola y Francisco de Roux sobre el problema de la ética. Además, entre 1995 y 1997, se han producido artículos diversos sobre el tema, en que se relaciona el auge del narcocultivo con el marco macroestructural o las diferencias en la política internacional frente al tema.

Nuevamente el sector informal pero dentro del conjunto de la economía

Aprovechando la información recogida a través del proyecto educativo sobre calidad de vida, en el que colaboraban Francisco de Roux, Jorge Iván González y Diva Botero, junto con el balance acumulado en el CINEP sobre el papel del sector informal en el conjunto de la economía, se empieza a reestructurar la intervención del CINEP en las economías populares partiendo de los mecanismos de mercado como un hecho dado, a partir del cual deben pensarse las economías populares. Este proyecto de intervención social estuvo acompañado por un proyecto de investigación, que se lleva a cabo desde 1995 hasta hoy, acerca de la manera como estos sectores se insertan en los circuitos económicos, como necesario punto de partida de la aceleración de las economías locales de vecindarios o barrios pobres, que les permitiera pasar de una economía de subsistencia a una economía de acumulación sostenible. La aplicación de la propuesta de los circuitos económicos al sector de la construcción fue explorada por Carlos Enrique Ramírez, entonces asistente de la investigación, como tesis de grado en 1995.

Este acercamiento novedoso al llamado sector informal en una perspectiva integrada, no dualista, es reforzado por las investigaciones macroeconómicas del equipo del CINEP que se dedica al análisis de políticas y alternativas de desarrollo, a partir de 1995. Así, el esfuerzo por reflexionar sobre el modelo de desarrollo vigente en Colombia, el impacto de la inflación sobre los salarios, el deterioro del gasto social, los enfoques sobre la pobreza, sirven de marco general de los trabajos pilotos para la búsqueda de modelos de intervención económica del CINEP, tanto urbanos como rurales. Así, la investigación sobre las condiciones macroestructurales del país en el actual proceso de globalización se convierte en apoyo a las prácticas educativas y organizativas que buscan generar alternativas viables para el desarrollo sostenible e integral de las economías populares.

Hacia el fortalecimiento de las relaciones entre Estado y Sociedad civil

El trabajo de reflexión sobre la crisis política casi permanente del país fue llevando al equipo a la necesidad de replantearse el problema en términos de relaciones entre Estado y Sociedad, para contribuir a la construcción de un espacio público de resolución de los conflictos, que pasa por la democratización y modernización del Estado. Por eso, desde 1994 se conformó un equipo coordinado inicialmente por Fernán González, y compuesto, además, por Ana María Bejarano, Mauricio Archila y Helena Useche, que pretendían acercarse a las transformaciones recientes de las relaciones entre Estado y Sociedad civil desde cuatro vertientes complementarias entre sí: el análisis histórico, estructural y coyuntural, en los niveles macro y micro, complementado con el seguimiento de los movimientos sociales. Los resultados parciales de esta investigación, discutidos en los seminarios internos del equipo, han ido alimentando la segunda época de la Revista Controversia, que renace en 1995. Así, Ana María Bejarano invitaba a repensar las relaciones entre Estado y Sociedad civil de manera más positiva y mostraba cómo, a partir del Frente Nacional, se había fortalecido el Estado de manera selectiva, mientras Mauricio Archila ofrecía un balance sobre la movilización social bajo el Frente Nacional y Helena Useche interpretaba su microanálisis barrial en términos de inserción periférica.

Posteriormente, este equipo se vio reforzado por un grupo más juvenil de investigadores, que inició, junto con el departamento de Ciencia política de la Universidad de los Andes y la Fundación EVALUAR, un análisis del papel de las ONGs en el fortalecimiento de la Sociedad civil. Este equipo estaba conformado por Renata Segura, Adriana Posada e Ingrid Bolívar5. Como es usual, la dinámica de encuentro de investigadores experimentados con juveniles, evidenciada en las discusiones teóricas y lecturas comunes de los seminarios internos, resultó muy provechosa para todas las partes.

Conclusión: hacia una estrategia explícita de formación de investigadores

La reflexión sobre la experiencia de las investigaciones realizadas durante estos 25 años y la manera como se han ido vinculando a ellas investigadores jóvenes, recién egresados de la universidad, ha ido consolidando un estilo de trabajo de formación en el CINEP. Ese estilo parte de la propia acción investigativa, confrontada con los enfoques teóricos pertinentes, así provengan de vertientes teóricas diversas, junto con la discusión común de los aportes e informes parciales de cada investigador, novel o experimentado. La discusión de los avances y los seminarios teóricos relativos a cada tema son parte obligado de la formación continuada de los investigadores del CINEP, por experimentados que sean.

Así, el principio central de la capacitación es tomar como punto de partida las actividades investigativas que cada miembro del equipo está realizando, para confrontarlas en la discusión con el resto del equipo y enriquecerlas con las perspectivas teóricas de los demás en seminarios internos frecuentes. El reclutamiento de jóvenes asistentes de investigación, salidos casi siempre de los alumnos universitarios más notables, aporta sangre e ideas nuevas a los equipos. Además, estos investigadores jóvenes tienen la oportunidad de experimentar y profundizar lo aprendido de manera abstracta en las aulas, a través de una investigación concreta. Generalmente, estos investigadores realizan posteriormente estudios de posgrado en el exterior, para los cuales se trata de apoyarlos de la mejor manera posible, ayudándoles a conseguir becas o apoyos nacionales o internacionales. Actualmente, los investigadores recién egresados de la universidad tienen la oportunidad de contar con la posibilidad de una tutoría por parte de uno de los investigadores experimentados del CINEP en las áreas principales en que el centro desarrolla actividades: política, paz, economía, educación y cultura. En ese sentido, el CINEP se asume como una escuela de formación práctica de investigadores, donde profesionales recién graduados tienen la oportunidad de perfeccionar y profundizar sus conocimientos, refinar sus capacidades y especializarse en áreas de mutuo interés.


Citas

1 El autor ofrece excusas por cualquier error u omisión, pues, al intentar rescatar esta historia, se ha percatado de que su memoria no es tan buena como creía y de que los archivos antiguos del CINEP adolecen de algunas deficiencias.

2 Ministerio de Justicia, resolución No. 1960 de 1972.

3 Desgraciadamente, las limitaciones de espacio de este artículo obligaron al autor a suprimir la extensa bibliografía que recoge la experiencia investigativa del CINEP durante estos 25 años.

4 Con relación a la investigación sobre clientelismo, el autor de este artículo debe confesar y agradecer la experiencia de lectura, reflexión y discusión de textos básicos, informes parciales y finales, llevadas a cabo en los seminarios internos del equipo, bajo la dirección de Néstor Miranda Ontaneda, que constituyeron parte importante de su formación como investigador.

5 Ingrid Bolívar, Adriana Posada y Renata Segura. “El papel de las ONG en la Sociedad civil: la construcción de lo público, en: Controversia, No. 170, 1997.

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La investigación en ciencias biológicas y su contribución al país

Research in biological sciences and its contribution to the country

Pesquisa em ciências biológicas e sua contribuição para o país

Luis Alejandro Barrera A.*


* Ph.D. Director Programa de Posgrado de la Pontificia Universidad Javeriana.


“La verdadera y legítima finalidad de la ciencia no es otra
que dotar a la humanidad
de nuevos conocimientos y poderes”.

F. Bacon

Resumen

El autor desarrolla los hitos y desplazamientos de las ciencias básicas en Colombia y la manera como éstos han incidido en la formación de grupos de investigación.


El objetivo de la investigación debe ser contribuir al desarrollo económico, social y cultural de los ciudadanos y del país. La ciencia por lo tanto debe tener dos metas, una, la generación de nuevo conocimiento, así no tenga aplicación previsible, destinada a enriquecer el acervo cultural de la humanidad y otra orientada a resolver los problemas del hombre y de su entorno. La pertinencia de la investigación aplicada ordinariamente no se pone en duda en los países en vía de desarrollo, en tanto que la no aplicada en ocasiones se considera como lujo prescindible a favor de otras prioridades. Sin embargo, el conocimiento generado por la investigación básica de alta calidad tarde o temprano tiene aplicación, y es el que ordinariamente genera liderazgo e independencia cultural. Por lo tanto no es exagerado afirmar que pueblo que no produce sus propios conocimientos y tecnologías estará condenado a ser dependiente, cultural y socialmente, de quienes si lo hacen.

El investigador que desea que su trabajo trascienda y perdure en el tiempo y en el espacio, entiende que su compromiso es generar conocimiento verificable y aplicable en cualquier parte del mundo y por lo tanto su trabajo debe ceñirse a los más altos estándares internacionales. El científico tiene el deber de poner los resultados de sus investigaciones al servicio de resto del mundo, especialmente si de ellas se derivan conocimientos o tecnologías para resolver problemas y mejorar las condiciones de vida. Investigación que no se socializa y que no se puede compartir y reproducir en cualquier parte del mundo es investigación que no existe en el contexto universal.

Entendida así, la ciencia tiene como compromiso con la humanidad ayudar a resolver los problemas que le aquejan y crear o perfeccionar las tecnologías para un mejor estar de los individuos. Ejercida dentro de los más estrictos cánones de la ética y del trabajo científico, encarna los más altos valores de una sociedad y de un país.

La ciencia y la educación se retroalimentan mutuamente. Mejorar la investigación en ciencias requiere mejorar los niveles de docencia y producir nuevos conocimientos. Un sistema que combina la docencia con la investigación necesariamente mejorará ésta, pues la investigación es el mejor medio para actualizar al docente en ciencias, ya que lo obliga a estar permanentemente al día en su campo y le brinda a los alumnos la oportunidad de recibir conocimientos de primera mano, de aquel que los genera.

La formación del científico

La formación de investigadores, al igual que todas las empresas humanas, obedece a las leyes de la oferta y la demanda y a unos principios ordenadores, responsabilidad del Estado, destinados a tutelar los más altos intereses de la sociedad y la nación. La oferta está dirigida a satisfacer las necesidades de la comunidad y de los individuos para ingresar a un mercado laboral, en este caso altamente restringido y exigente. Esta formación, en términos generales, se hace en instituciones públicas o privadas; en las primeras los programas pueden dirigirse más, pues su supervivencia no depende de la rentabilidad o autosostenibilidad de los mismos, pero en el sector privado, salvo honrosas excepciones, programa que no se autofinancie muere por inanición.

La demanda a su vez está condicionada por las posibilidades de empleo y de obtener un buen salario por el estatus social, y por el prestigio intelectual que confiere la profesión. Las fuentes de empleo para los investigadores, en cualquier país del mundo, son el sector académico, el sector productivo y para algunos pocos el sector oficial. En los países desarrollados gran parte de la investigación se lleva a cabo en la industria; en cambio en los países en vía de desarrollo la principal y casi única fuente de empleo para los científicos son las universidades. La investigación en la industria o no existe, o es francamente incipiente.

La ciencia, dice en su autobiografía el italiano Salvador Luria, premio Nobel en Medicina por sus descubrimientos en Biología Molecular, “es una aventura en que el científico juega con datos e ideas que brotan continuamente y la imaginación inventa explicaciones que acepta o descarta en espera siempre del elemento sorpresa”. Así entendida la investigación es la prolongación adulta del juego, que subyuga y satisface completamente, a quien la ha escogido como el quehacer de su vida.

Supongo que en los científicos hay algo de predisposición genética hacia la ciencia, así como la hay para la música o para las matemáticas; pero este fermento hay que alimentarlo, estimularlo para que crezca y perdure, pues la predisposición es condición necesaria pero no suficiente ya que se nutre y sobrevive gracias a la observación, al raciocionio y a la experimentación.

En esa línea de pensamiento, una forma de estimular la curiosidad científica en el niño son los juguetes que puede observar, escudriñar y desbaratar. El juguete que le compra el padre al hijo, para que lo observe a través de la vitrina de la sala, frustra y castra el espíritu inquisidor que desde niños, todos llevamos dentro. El niño es por naturaleza curioso, observador, inquisitivo, condiciones indispensables en el hombre de ciencia. En ese afianzamiento y encauzamiento de la curiosidad, obviamente el maestro juega un papel muy importante que puede marcar la diferencia entre una vocación orientada o perdida para la ciencia.

La importancia del laboratorio ha sido destacada en la enseñanza de las ciencias. Sin embargo, sin menospreciar su trascendencia, es conveniente señalar el papel que juega el maestro que induce al pensamiento crítico. Por supuesto que enseñar a pensar no es solo privilegio de las ciencias exactas y naturales; cualquier maestro de artes o de oficios, puede enseñar a hacerlo; de hecho, para moldear al científico se requiere además que sepa leer y calcular. Por esto es tan importante que al alumno en la enseñanza primaria y en secundaria, se le forme muy bien, tanto en español como en matemáticas.

La universidad y la investigación

En Colombia la Constitución consagra el derecho a la educación básica gratuita y universal. No obstante, la escasez de recursos hace que el Estado sea incapaz de cumplir con dicho mandato y ha otorgado al sector privado la facultad de impartir educación en todos los niveles: primaría, básica, y universidad, lo cual sucede también en muchas partes del mundo, y no está mal siempre y cuando pueda garantizar que dicho bien social será del más alto nivel en todas las instituciones que lo imparten, ya sean públicas o privadas.

La demanda por las carreras de ciencias: física, química y biología ha sido muy baja, pues en general se consideraba que dichas disciplinas no conferían estatus y por tanto no gozaban de reconocimiento económico, social o cultural. La falta de investigación en general y de puestos de trabajo en el sector productivo, hacía que la mayoría de los egresados se emplearan en docencia en la secundaria y los más exitosos en la enseñanza superior, y sólo unos muy pocos egresados universitarios pensaban en seguir una carrera científica, la cual no estaba suficientemente recompensada, ni salarial, ni profesionalmente.

Aunque actualmente esta situación ha cambiado un poco, los programas de ciencias básicas basados en investigación, en comparación con otros de las así llamadas ciencias blandas, son costosos y requieren altas inversiones en laboratorios, profesores e infraestructura en los niveles de pregrado y aún más en el magister y doctorado. Salvo algunas especialidades que de pronto se vuelven económicamente rentables, la institución que las ofrece tiene que hacer cuantiosas inversiones y erogaciones continuas para iniciarlas y sostenerlas. Por esta razón estos programas progresan en las universidades que entienden que la investigación es una de las mejores inversiones que puede hacer una institución de educación superior.

El posgrado es el nivel del sistema educativo donde por antonomasia se forman los investigadores en el mundo moderno. La investigación en ciencias es condición sine qua non en posgrado, por lo tanto uno y otra estan íntimamente ligados y el progreso o decadencia de uno implica necesariamente la misma suerte del otro.

Los estudios de posgrado nacen como una necesidad de especialización ante el inusitado avance del conocimiento en cualquiera de las áreas del saber y como un reconocimiento y preparación para quienes dedican su vida a la docencia en los niveles superiores. El primer escalón del posgrado, el magister, debe preparar al individuo para llevar a cabo investigación de muy buen nivel, así sea bajo la dirección de otros, en tanto que el doctorado debe capacitar a la persona para realizar investigación en forma independiente, o mejor, para dirigir y liderar grupos de investigación.

Los programas de magister comienzan en Colombia a mediados de la década de los setenta, cuando empieza a regresar al país un contingente de personas preparadas especialmente en ciencias básicas a través de los programas de becas. Se crean, entonces, los programas de magister en ciencias básicas médicas en la Universidad del Valle y posteriormente en las universidades Nacional y de Antioquia. En 1978 se reconocen legalmente los estudios de magister en el país y posteriormente el Decreto 80 de 1980 establece las condiciones para las especializaciones, el magister y el doctorado. Empieza la explosión de programas de magister en muchas universidades hasta el punto de que en el momento existen cerca de trescientos setenta, muchos de ellos sin requisito de investigación, con dedicación mínima de tiempo y que a todas luces no llenan las exigencias para ser considerados como tales. De estos, los programas en biología, química y física no alcanzan a veinte y en general tienen como condición la investigación. Su naturaleza es más de tipo académico, en contraste con la de otras disciplinas de orientación profesionalizante.

A finales de la década de los ochenta se impulsan los primeros programas de doctorado en las universidades que contaban con líneas consolidadas y estables en investigación y estos comienzan a multiplicarse muy rápidamente, de tal forma que en el momento existen 26 programas de doctorado en el país, de los cuales 12 son en ciencias básicas.

Paralelamente se advierte que las áreas que más producen publicaciones en el llamado main stream de la ciencia internacional son en su orden la física, la biología y la química dejando muy lejos a otras disciplinas que no han reconocido o no sienten la necesidad de su validación o difusión a nivel internacional, como las ciencias sociales, el derecho y la ingeniería. Todo esto coincide con que las ciencias básicas son las que tienen el mayor número de personas con títulos de doctorado y en las cuales existe una mayor actividad de investigación en Colombia, lo cual muestra el peso específico de estas disciplinas y su papel en el desarrollo de los posgrados en el país.

El auge de la ecología, la creación de institutos dedicados a la protección y conservación del medio ambiente, la aparición de empresas de base biotecnológica, el despertar de la industria química y de la física en la industria, así como la perspectiva de continuar estudios de posgrado en el país y en el exterior, hacen que estas carreras comiencen a ser vistas con mayor interés y tengan más demanda entre los bachilleres.

Ciencia, cultura y desarrollo

La ciencia y la tecnología son indispensables en el desarrollo los países, pero el avance económico y social no depende exclusivamente de ellas, se necesitan políticas macroeconómicas estables, coherentes y a largo plazo. Infortunadamente la característica que ha primado en gran parte de nuestros gobiernos es la de formular políticas a corto plazo, que dejan la sensación de que el gobierno de turno está interesado más en su período y que poco importaría lo que suceda luego de su mandato. Las reformas educativas y la preparación de gran número de personas bien entrenadas no es una empresa de un gobierno, es una tarea que demanda una voluntad nacional armónica y continua. La investigación, más que ninguna otra, es una meta a largo plazo, donde se ha de comenzar por la preparación del recurso humano, lo cual en un plan bien concebido y articulado puede llevar generaciones. Una gran paradoja del desarrollo es que los países avanzados no son necesariamente los más ricos en recursos naturales; de hecho los países tropicales de Latinomérica y Africa podrían contarse entre los favorecidos por la naturaleza en cuanto a esta riqueza se refiere.

Los países desarrollados con climas estacionales están, gracias a la biotecnología, en capacidad de producir cultivos que se creían privilegio de los climas tropicales. La poca fertilidad de los suelos de algunos países está siendo suplantada por los grandes cultivos de invernadero con semillas mejoradas, resistentes a las plagas y con genes que aumentan mucho el rendimiento en la producción con respecto a las semillas tradicionales. La biotecnología, que podría ser un instrumento para cerrar la brecha entre países pobres y ricos, se está convirtiendo en un mecanismo más para ahondar las distancias, pues los países poseedores del conocimiento seguirán dominando a los compradores de ciencia y tecnología, con armas menos sanguinarias que las que antes se utilizaban para someter a los pueblos, pero igualmente mortíferos. Todo esto indica, a las claras, que en el próximo milenio, el gran capital será el conocimiento.

El crecimiento científico tecnológico en Latinoamérica se puede considerar supremamente lento. De hecho, un estudio realizado en los países andinos muestra que estos contribuyen con menos del 5% de las patentes que se producen a nivel latinoamericano, lo cual representa solo el 4% de la producción mundial. En cuanto a publicaciones, Colombia colabora con menos del 0.2% de la producción científica mundial.

La investigación en la industria prácticamente no existe en Colombia. El poco interés en el área de la Investigación y Desarrollo por parte de nuestros industriales, se debe en gran parte a la falta de convencimiento sobre la importancia de la ciencia y la tecnología para el desarrollo del sector productivo y a los intereses de la mayoría de las transnacionales que, antes que promover la investigación en los países no desarrollados, se interesan por trasplantar las tecnologías desarrolladas en sus países y por sus filiales.

Uno de los factores determinantes para la poca investigación en el sector productivo, ha sido la protección a la industria nacional en mercados cerrados y sobreprotegidos. Las empresas podían obtener elevadas ganancias sin tener que preocuparse de la competencia externa. Y cuando sufrían dificultades, el Estado las protegía en aras de preservar las fuentes de empleo. Bajo este esquema era difícil esperar el surgimiento de un sector productivo dispuesto a correr riesgos, a invertir en el desarrollo de nuevas tecnologías y procesos, y a exponerse a la competencia internacional. Esta situación ha cambiado radicalmente con la apertura económica y las empresas han tenido que entrar a competir con sus homólogos extranjeros, dentro y fuera del país, lo que las obliga a hacer investigación para mejorar la calidad de sus productos e implementar y mantener tecnologías competitivas y actualizadas.

Otro de los problemas para desarrollar Ciencia y Tecnología ha sido la carencia y poca aplicabilidad de los desarrollos tecnológicos, cuando no, el divorcio entre los generadores y los usuarios de la tecnología. Ante esto, la mayoría del sector productivo ha optado por la importación de tecnologías para satisfacer sus necesidades, sin que medie un proceso de adecuada transferencia y adaptación de las mismas.

En resumen, la muy incipiente investigación en la industria obedece a una mezcla compleja de factores, entre ellos la falta de recurso humano capacitado, la poca conciencia de la importancia de la investigación para el desarrollo y la competitividad industrial, políticas macroeconómicas erráticas o carencia de las mismas, falta de planes de desarrollo estables, que no permiten una adecuada planeación del sector tecnológico e industrial y la poca efectividad y de los estímulos existentes para que los industriales inviertan en ciencia y tecnología.

Los albores de la investigación básica en Colombia

Aun cuando existen precedentes importantes de empresas de investigación en el siglo pasado, monumentales aún bajo los estandares presentes como la Expedición Botánica, la Expedición Corográfica y descubrimientos notables hechos por sabios como Mutis y Caldas y en el siglo presente por Soriano Lleras y Garavito, la ciencia organizada en Colombia es relativamente reciente.

En la década de los sesenta, fundaciones como la Rockefeller, la Ford y la Organización Mundial de la Salud patrocinaron la formación de un número importante de estudiantes a nivel de posgrado. Simultáneamente dentro del espíritu de competencia de la guerra fría, los países socialistas prepararon un grupo considerable de personas con magister. Estos conjuntamente con algunos otros formados en Europa, regresaron al país a comienzos de los sesenta e iniciaron los programas de posgrado, especialmente en las Ciencias Básicas Médicas, en las universidades del Valle, Nacional y de Antioquia y la Industrial de Santander. Casi al mismo tiempo surgían las facultades de Ciencias en esas Universidades y en las de los Andes y la Javeriana.

El inicio de los programas de posgrado obedece a tres razones fundamentales: La creación de estas facultades de ciencias que comenzaron a inducir a los estudiantes por el camino de la experimentación y que por las razones que ya se explicaron hacían necesarios los estudios de posgrado para sus egresados; a la existencia de ese número apreciable de investigadores formados en el exterior a nivel de magister o doctorado y que deseaban continuar dicha labor en su patria; y a un cambio de mentalidad y de políticas en el país que se convenció de que no podía continuar basando su economía en la producción del café, pues, a pesar de su indudable importancia, ésta sería siempre muy frágil ya que la nación estaría condenada a ser dependiente de los compradores, tal como sucede con todas las economías basadas en uno o pocos productor de exportación. En consecuencia empezó a mirar fuentes alternativas como los textiles y los plásticos, el petróleo, el carbón y los minerales, lo cual fue reafirmando poco a poco la necesidad de la investigación y la tecnología, y la convivencia de hacer de la enseñanza de la ciencia algo más práctico y sólido basado en la investigación.

La investigación en la universidad

La investigación química en el país se inició hace cerca de treinta años y ha mostrado un dinamismo muy notable, especialmente en los últimos años. A raíz de cierto resurgir mundial en el recurso del potencial de las plantas como fuentes de drogas y alimentos, se comienzan en la Universidad Nacional, con grupos de productos naturales, y llega a un buen grado de consolidación y de producción tanto en lo científico como en materia de formación de investigadores.

En un estudio realizado hace pocos años se encontró que la actividad científica en el campo de la química era especialmente notoria en bioquímica, la síntesis orgánica, los productos naturales y físico-químicos, química de carbonos en grado catálisis, la química de alimentos, polímeros, la química teórica y cristaloquímica. El mismo estudio afirma que la actividad científica en la química ha venido participando en el desarrollo científico, pero a pesar de ello aún no ha logrado consolidarse. En ciencias de la tierra los científicos colombianos empiezan por interesarse en fuentes alternativas de energía, entre las cuales se puede mencionar la eólida, la térmica, la energía solar, y las fuentes radioactivas que trajeron un boom de exploraciones en el campo de estas ciencias que hasta hace unas dos décadas se encontraban relativamente relegadas. Empieza el aumento en la demanda por geólogos, acompañada de unas excelentes posibilidades de trabajo, entusiasmo que se vió frenado con los descubrimientos de grandes yacimientos de uranio en el Canadá y Australia y la caída de los precios, que frenó la exploración en Colombia.

La física, por su parte, comienza a interesarse en la materia sólida, los semiconductores y luego los superconductores. Se inician también los estudios de física teórica en astrofísica y física de partículas, los cuales fueron cuestionados por su aparente carencia de aplicación a corto plazo, pero que persistieron y demostraron a la postre que lo importante era producir ciencia de buena calidad. Los físicos, al igual que los químicos teóricos, obtuvieron reconocimiento en materia de producción intelectual, y ganaron su legitimidad en un ambiente científico más propicio a financiar los estudios aplicados, y además lograron entusiasmar un buen número de estudiantes que en el momento se encuentran en el exterior haciendo estudios de doctorado. En años más recientes se despierta un enorme interés por el estudio de la óptica, especialmente de los láseres, y de la holografía de la fibra óptica y comienzan a construirse equipos tales como espectrofotómetros, balanzas analíticas, fuentes de poder y otros equipos de laboratorio que van abriendo espacio a la física industrial en nuestro país, con la creación de grupos que están buscando la aplicación de los láseres en la industria y en los estudios de contaminación y la creación de equipos de metrología.

Salvo por el caso de la Universidad Nacional, las carreras de biología, al igual que la física y la química comenzaron en el país hace ya cerca de cuatro décadas sin un perfil profesional que las orientara hacia aplicaciones de la misma. La mayoría de los egresados terminaron ejerciendo como docentes universitarios y otros en los colegios de bachillerato, lo cual colocaba a estos programas en una situación de competir con las licenciaturas en educación, por lo cual las universidades optaron por orientar vocacionalmente a sus estudiantes a través de tesis de grado y se empieza a formar los ecólogos, los genetistas, los limnólogos, micólogos, inmunólogos y biotecnólogos, muchos de los cuales ven claramente que deben especializarse y demandan la ampliación o creación de nuevas líneas de especialización en el posgrado. El auge de la protección del medio ambiente y la industrialización del cultivo de flores crean la necesidad de un nuevo tipo de profesional de la biología. El surgir de la biología molecular requiere el concurso de biólogos en la medicina, la agricultura y la industria, hasta el punto de que en el momento la oferta de biólogos moleculares para investigación excede considerablemente a la misma en otras áreas.

Desde hace ya muchos años Colombia obtiene cierto reconocimiento por sus estudios en sistemática especialmente vegetal, a través del Instituto de Ciencias, pero hay áreas bastante desprotegidas en investigación como la ornitología, la mastozoología. Actualmente la mayoría de la investigación se centra en la biología molecular relegando a un segundo plano los inventarios y la taxonomía descriptiva en una tendencia cuyos resultados aún están por evaluarse, pues debido al ritmo vertiginoso de la destrucción de los recursos, estamos corriendo el riesgo de que muchas especies desaparezcan sin que siquiera hayamos tenido la oportunidad de registrarlas para la ciencia.

La investigación fuera de la universidad

El café ha jugado un papel muy importante en el desarrollo de la ciencia nacional. La competencia creciente por parte de países que antes no eran grandes exportadores del grano, el peligro de que las plagas devastaran de tajo los cultivos, los grandes costos para el control químico de los pesticidas químicos, llevó también a pensar en invertir recursos en la búsqueda de nuevas variedades más productivas, menos exigentes para su cultivo y más resistentes a las plagas.

El gremio de los cafeteros, pionero de grandes empresas en el país, empieza así a comienzos de los años treinta a patrocinar la búsqueda de plantas resistentes a la roya y finalmente se desarrolla la variedad Colombia, justamente unos años antes de que llegara la plaga a nuestro país. Para continuar siendo competitiva a nivel internacional se impulsa la investigación química sobre condiciones de procesamiento y conservación del grano para optimizar el aroma y el sabor de nuestros productos, hasta que Colombia llega a situarse entre los países que realizan investigación de punta en química de aromas y sabores del café. Alrededor de este tema se formó una generación de biólogos, químicos, físicos y agrónomos. Se comenzó contratando esos servicios con universidades e institutos, pues la mayoría del recurso humano calificado para la investigación se encuentra en estos sitios; se hicieron convenios de cooperación, se recibieron tesistas de pre y posgrado y se inició la cooperación internacional, hasta que finalmente se organizó uno de los centros de investigación más poderosos que tiene el país.

Otro tanto sucedía con las investigaciones en el ICA. Bajo el influjo de la llamada revolución verde que intentaba buscar genéticamente plantas mucho más productivas, se hicieron investigaciones que llevaron al desarrollo de nuevas variedades de maíz, de papa y de otros alimentos y se concentró un grupo de investigación con los más altos niveles de preparación; pero por distintas circunstancias ese gran patrimonio que tenía el país se fue debilitando y disgregando y hoy se buscan soluciones para no dejar perder completamente el enorme potencial que se había congregado en ese instituto.

Por el mismo tiempo en el Instituto de Asuntos Nucleares, hoy IEA, se comienza a especializar profesionales en el uso de la radiactividad con fines energéticos, terapéuticos y de diagnósticos; allí se prepararon físicos, farmacólogos, laboratoristas, químicos, médicos y biólogos. En el laboratorio de investigación nutricional del Instituto de Bienestar Familiar se hacen trabajos muy importantes para establecer la composición de los alimentos colombianos y se realizan otros estudios nutricionales, algunas veces solos y en ocasiones en asocio con universidades. Lamentablemente este instituto desapareció prácticamente para la investigación nutricional, y el IEA está a punto de sucumbir como institución independiente.

Uno de los casos más preocupantes es el Instituto Nacional de Salud, que ha hecho enormes contribuciones al sector y que está, igualmente, pasando por crisis económicas que lo amenazan seriamente. El INS logra una muy buena e importante posición en investigación tanto en el país como en el exterior; se le reconoce internacionalmente en la elaboración de vacunas, llega a concentrar gran parte de lo más selecto en investigación médica en Colombia y a tener grupos muy competentes en virología, microbiología, bioquímica, patología y entomología, pero su suerte es muy inestable y se le encomiendan tareas muy distintas para ser desarrolladas con éxito por una institución; además depende presupuestalmente en gran parte de la voluntad de los Ministros y la suerte de la investigación está a merced de la predilección de la administración de turno, algunas de las cuales han borrado prácticamente de un tajo lo que venían haciendo sus predecesores. El establecimiento de un consejo científico , que comenzó a funcionar el año pasado, encargado de orientar y trazar las políticas de investigación a largo plazo, hace prever que los futuros planes del Instituto serán mucho más estables y técnicamente diseñados de acuerdo con las conveniencias de la ciencia y del país.

El caso del Laboratorio de Inmunología es digno de reseñar, porque es la muestra más fehaciente de lo que puede el trabajo, la convicción y el tesón; prueba de ello es que el instituto ha logrado mantener un ritmo vertiginoso de crecimiento a lo largo de muchos años. Además, ha sido uno de los mayores centros de formación de investigadores en el país y posicionó la investigación colombiana a nivel mundial en un campo difícil y competitivo.

En este recuento sobre los centros que han hecho grandes contribuciones al país, no podría estar ausente el Instituto de Investigaciones Tecnológicas, que hacía investigación y proveía servicios para la industria y que desafortunadamente tuvo que cerrar sus puertas por los conflictos internos y porque ni el sector productivo, ni el gobierno, entendieron oportunamente la importancia de instituciones que presten sólidos servicios de investigación y asesoría a la industria. El concepto se está tratando de rescatar a través de los centros tecnológicos sectoriales, de los cuales ya existen cerca de veinte que están destinados hacer investigación y desarrollos tecnológicos en sectores específicos como el café, los textiles, el caucho, la madera, o la uva, para señalar sólo unos pocos. Tengo la certeza que estos serán los motores de la investigación en el sector productivo.

En las últimas décadas se hace evidente la necesidad de asegurar la autosuficiencia en materia de hidrocarburos y generar excedentes para la exportación. Se inician las investigaciones en petróleo, el cual estábamos hasta hace más de tres décadas exportando como material crudo, e importando como producto refinado a precios obviamente más altos. Nace así, en 1985, el Instituto Colombiano del Petróleo con sus laboratorios de investigación.

Otro posible producto de exportación, el carbón, comienza a abrirse paso en los mercados internacionales y se empieza a impulsar los estudios químicos tendientes a estudiar las propiedades de cognización y los productos volátiles y se inician los trabajos de investigación primero en el Instituto de Investigaciones Tecnológicas y luego en ECO-CARBON.

INGEOMINAS, creado en 1969, impulsa la investigación en otros minerales, lleva el liderazgo en la investigación en petrografía, paleontología, sensores remotos y análisis químicos. La investigación de la sismología en el país se impulsa notablemente luego del gran desastre natural que produjo la erupción del nevado del Ruiz. El área de geociencias, a pesar de su enorme potencial de investigación, tiene un número muy reducido de personas con preparación de magister y doctorado, con la paradójica circunstancia de haberse producido una demanda excesiva de profesionales entre los años 1975 a 1985 y pese a que en geociencias, a diferencia de la química o la física, sí existe para los profesionales una oferta de condiciones favorables en la industria.

Existen ejemplos en otros sectores como en el desarrollo de la piscicultura, de los plásticos y otros varios que no reseñan por falta de espacio para hacerlo y porque no cumplen, a nuestro entender, el propósito de ilustrar las fuerzas que promueven o impiden el desarrollo o de la ciencia.

Hitos en la investigación en Colombia

La organización formal de la investigación comienza a finales de los años sesenta con la fundación de Colciencias, entidad concebida como el Instituto para el Fomento de la Ciencia y la Tecnología. La creación de Colciencias con un presupuesto que no alcanzaba al 0.02% del producto interno bruto, en comparación con cerca del 2 al 3% que invierten los países desarrollados, fue muy importante como catalizador para impulsar la investigación en Colombia. Desde entonces los recursos han ido creciendo hasta el punto de que si se hubieran cumplido las metas propuestas por el actual gobierno hubiéramos alcanzado el1%, del PIB lo cual hubiera significado para Colombia ser uno de los tres países latinoamericanos que más invertirían en Ciencia y Tecnología en comparación a su producto interno bruto.

Colciencias, a pesar de su precario presupuesto, que sólo ha sido significativo en términos cuantitativos en los últimos años, ha jugado un papel muy importante en el desarrollo de la ciencia y la tecnología del país. No solo por los recursos que asigna, sino porque introdujo el proceso de evaluación por pares el cual ha promovido la calidad de los proyectos y le ha dado transparencia al proceso de asignación de los dineros; igualmente ha apoyado las publicaciones científicas, promovió la integración de los científicos a la ciencia mundial patrocinando la participación en eventos internacionales y comunicándolos con sus colegas del exterior a través de la Red Caldas e Internet. Creó y estableció un programa de estímulos a la investigación; también un fondo para becas de posgrado, tanto en el país como en el exterior, y ha dado apoyo a los doctorados. Recientemente se inició un programa de apoyo a la consolidación de centros y grupos con el fin de darle permanencia y estabilidad a la actividad científica en aquellos que ya han logrado cierta madurez en el ámbito nacional e internacional. Como se anotaba, una de las grandes limitantes en el impulso a la investigación ha sido la falta de integración del gobierno, la universidad y la industria, para las actividades de Investigación y Desarrollo. Por esta razón, en los últimos años Colciencias ha emprendido programas muy importantes en esa dirección apoyando a cerca de veinte centros tecnológicos que hacen investigación y prestan servicios a la industria; también estableció líneas de crédito para la investigación en condiciones blandas, cuando esas actividades se desarrollan entre el sector productivo y las universidades e institutos de investigación, y lo que es más importante, ha impulsado programas de estímulos y exenciones tributarias para las industrias que invierten en investigación y desarrollo tecnológico.

Otra de las entidades que han contribuido notablemente al desarrollo de la ciencia en Colombia ha sido la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia (ACAC) que, especialmente en la última década, se ha fortalecido y ha logrado convocar y congregar a la comunidad científica nacional, y que en 1992 conjuntamente con Colciencias, animó la Ley de Ciencia y Tecnología que reconoció por vez primera, la actividad científica como indispensable para el desarrollo económico y social del país.

La ACAC, en representación de la comunidad científica, ha promovido programas muy importantes como la creación del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología, el de estímulos a los investigadores, el aumento en los recursos destinados a investigación y el impulso a los doctorados. Las dos entidades han logrado convencer al país de la importancia de la Ciencia y la Tecnología, hasta el punto de que el número de proyectos que actualmente se reciben en Colciencias es cinco veces mayor de los que se recibían hace solo cinco años. Su revista de Investigación y Ciencia, la feria Expociencia y su plan de conferencias para los jóvenes, a cargo de los más connotados investigadores del país, han sido trascendentales para culturizar todos los estamentos de la sociedad con respecto a la importancia de la ciencia y la tecnología; el programa de museos interactivos será igualmente determinante en la formación de una cultura para la investigación; es notoria también la contribución que ha hecho el Museo del Niño en la creación del gusto y la pasión por la investigación, lo mismo que los herbarios y otros pequeños museos de universidades y colegios, todo lo cual hace prever que las futuras generaciones sabrán apreciar mucho mejor la importancia de la ciencia y la tecnología y que aumentará el número de personas dispuestas a seguir la carrera de investigador.

Conclusiones

Como puede concluirse la ciencia en Colombia ha tenido un crecimiento lento y aun cuando a la luz de los estándares internacionales es muy poco desarrollada, ha hecho contribuciones importantes para mejorar la salud, la agricultura y el adelanto de un sector productivo que ha mostrado cierto crecimiento en comparación con el de otros países latinoamericanos.

El poco apoyo sistemático al posgrado, en el pasado, y la incompleta articulación entre los planes de desarrollo científico y las políticas socioeconómicas y educativas, no han permitido el desarrollo de la investigación y del posgrado en el país. De otra parte, la falta de financiación estable para las universidades e institutos, producto en gran medida de la poca conciencia sobre la importancia de la ciencia y la tecnología, ha hecho que muchos de ellos hayan tenido períodos exitosos, pero efímeros y con grandes costos para el país.

Sin embargo la importancia que últimamente se está dando a la ciencia y la tecnología, tanto por parte del gobierno como del sector privado hacen prever que estas jugarán un papel verdaderamente importante en el futuro desarrollo económico y social del país y pese a que en este mismo artículo se anota que la investigación no ha logrado consolidarse hasta el punto de que trasciende a incida significativamente, los indicadores hacen prever que estamos ad-portas de comenzar el verdadero desarrollo del país. Empero la situación política y social actual y el desacelaramiento económico, frenan todo el optimismo que hasta ahora me ha acompañado con respecto a la contribución de la ciencia; además, como investigador de las así llamadas ciencias duras, a veces me pregunto si no nos está faltando más investigación y soluciones efectivas desde la orilla de las ciencias sociales. Lo que si entiendo sin lugar a ninguna duda es que sin paz y sin justicia no hay desarrollo posible, pues lo que construimos en largos años de esfuerzo lo vemos desaparecer en minutos por cuenta de la acción de fuerzas oscuras, que no hemos podido entender o convencer para que juntos trabajemos en la construcción de un mejor país.

Para que la ciencia progrese y rinda sus verdaderos frutos es necesario, además, que se garantice a las personas que se dedican a ella una condiciones en que puedan ejercerla al más alto nivel posible; un nivel de vida que permita la satisfacción y tranquilidad de quienes desempeñan esta misión, que debería gozar del respeto y consideración de toda la sociedad.


Bibliografía

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Blas Emilio Atehortúa: alusión a lo posible

Blas Emilio Atehortúa: allusion to the possible

Blas Emilio Atehortúa: alusão ao possível

Nelly Valbuena B**


* Este texto es el resultado de varias entrevistas con el compositor en la Universidad Nacional y especialmente de una larga tertulia en su casa de Piedecuesta en Bucaramanga, junto a Sonia Arias, su compañera.

** Comunicadora Social. Coordinadora de Difusión DIUC.


“…todo artista auténtico es un poseso de
sus procedimientos técnicos…”1

Theodor W. Adorno


Las artes en general son representaciones de la naturaleza y de la sociedad que el hombre hace, éstas reales o imaginarias, objetivas o subjetivas dan cuenta del mundo interior del artista o de la forma como éste ve y recrea la realidad. la música como una de ellas, está inmersa en la vida cotidiana, razón por la que su definición parece un hecho, o al menos eso es lo que se percibe en el New Grove Dictionary of Music and Musicians, en el cual después de varios volúmenes se da por sentado en tema omitiendo así las definiciones.

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua la define como el “arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya sea tristemente”. A esta descripción se ajusta perfectamente la tarea que Blas Emilio Atehortúa ha venido desarrollando as lo largo de su existencia.

Este hombre de 53 años se dejó poseer desde niño por esa danza invisible, por esa musa silenciosa que no sólo como diría Andrés Caicedo. lo conoce, lo alienta y lo cobija sino que lo llevó a hacerla su compañera de vida.

Hoy, Colombia cuenta con uno de los más grandes compositores de las Américas, junto a Héctor Villa-Lobos, Alberto Ginastera, Aaron Copland, Carlos Chavez, entre otros. Su música, que comprende todos los géneros: sinfónico, de cámara, coral, para solistas, instrumental, incidental y electroacústica, es reconocida e interpretada por los mejores músicos del mundo. Tiene seguidores dela talla del maestro Mstislav Rostropovich, actualmente director de la Orquesta Sinfónica nacional de Washington.

Su compromiso ha siempre con la música y específicamente con la composición. Sus cerca de trescientas obras dan testimonio de un proceso el cual fue encontrado paulatinamente su lugar en el mundo musical.

Nació en Colombia por accidente

Desde muy pequeño Atehortúa mostró inclinaciones por la música; éstas fueron apoyadas por su madre natural Miriam, quien llego a Colombia por su trabajo, médica bióloga, en el año de 1943. Su propósito era estudiar las plantas americanas medicinales, por eso se ubicó en Santa Elena, un pequeño pueblo colgado en las estimaciones de la montaña del norte de Antioquía.

Una madrugada del mes de octubre, esta mujer poco menos de ocho meses de embarazo decidió desafiar pese a las advertencias, la espesa neblina que no le permitía ver a un metro a distancia y el atenazante frío que se le colaba hasta los huesos. Su objetivo era recoger unas muestras de hierbas, aún poseídas por el rocío, antes de que vinieran los primeros rayos de sol.

Miriam tenía la esperanza de regresar a España para el nacimiento de su hijo; salió pues en busca del material de estudio y de pronto rodó por un barranco, ahí dio a luz a su primogénito, en medio de un desempañado desolado, en una tierra lejos de la civilización, en un pequeño caserío que no contaba con oficina de correos, ni telégrafo y mucho menos con un médico.

La alarma fue tal que pronto llegaron a auxiliarla, a su lado yacía el cuerpo de un indefenso niño morado, que ante la venida presurosa a este mundo ni siquiera lloraba, casi ni respiraba, por eso el boticario y la comadrona decidieron salvar a la madre enviándola, en una chiva vieja y destartalada, al pueblo mas cercano, Guarne, a dos horas de distancia. Por el camino preguntaba por su criatura, pero la respuesta era la misma que el boticario había dado cuando fue a verlos “al bebé déjenlo quietico ahí porque ya esta muerto, y es mejor que esté muerto, no le entro el oxígeno al cerebro, está descerebrado, así que ese niñito si vive va a ser un tonto”.

Esa mañana, cuando Miriam avanzaba cuesta abajo hacia el pueblo, por una carretera destapada, dejando atrás a su hijo muerto, en la casa de Gabriela Amaya, la amiga y pariente lejana que había recibido cuando llegó de Barcelona, intentaban por todos los medios revivir el niño.

Blas por un santo y Emilio por el de Rousseau

Gabriela, descendiente de vascos y andaluces, lo envolvió con todo lo que encontró y apelando a sus tradiciones católicas recordó que en España a los niños que nacen con ahogos y asfixias se les cuelga la medallita de San Blas en el pecho, patrono de los ahogados, así fue que se lo encomendó diciendo, “si vive va a llamarse Blas”, pero José su hermano quien por esos días estaba en casa descansando y leyendo el Emilio, le replicaba “no, éste no puede morirse, éste va a ser como Emilio de Rousseau”. Le escribía en la cobijita Emilio y lo acercaba al fuego para calentarlo.

Después de pasar doce horas al pie de una hornilla de asar arepas, a la cual le arrojaban semillas de manzanilla y calentaban en ella cobijas para arropar al bebé, éste lanzó un tremendo grito que rápidamente se convirtió en un llanto prolongado. Llamaron de nuevo al boticario, felices por el milagro que se había producido, pero éste no tardo en desanimarlos, “ustedes no saben lo que han hecho, si este niñito llega a los 18 años va a ser bobo o loco, insistió en que no respiró, no le entró oxígeno durante todo ese tiempo al cerebro”.

Blas Emilio, creció en el hogar de Ramón Atehortúa y Gabriel Amaya, como hijo de la familia, mientras Miriam regreso a España convencido de que su hijo estaba muerto. En especial con Gabriela sostuvo una relación muy cercana, fue la única madre que que conoció hasta los siete años. Todos creían que a cualquier momento le iba a suceder algo, como él dice “que me notaria, porque creían que era idiota”. El carácter de Blasito, así lo llamaban sus amigos más cercanos, era un tanto difícil, peleador y cascarrabias, por eso todos lo molestaban con lo de su locura. Cuando tenía 15 años quiso darles un susto, se fue al manicomio de Aranjuez, en Medellín, y les dijo que se quería internar porque su familia le decía que estaba loco, lo atormentaba mucho y se reían de él.

En busca de sus raíces

Con el tiempo, el joven Blas descubre que su mundo tiene varias aristas: a la que ha considerado su familia resulta ser adoptiva y sus verdaderos padres son de origen judío, por lo tanto el nombre de Blas Davis Spinoza Pérez.

Es decir que su procedencia está en la comunidad Serfadí, es un hebreo hispano árabe, hijo de un comerciante de telas, Isaac David Tetuán y de Miriam David, una mujer judía de ascendencia catalana.

Hacia al año 51 Antonio Henao Gaviria, reportero, cronista deportivo y narrador de fútbol, fundó el programa Radio Investiga en Medellín, con el propósito de buscar a la gente que había desaparecido, o a miembros de familias que habían llegado a Colombia a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Los Atehhortúa Amaya contaron el caso de Blas Emilio y pronto esté encontró a Miriam David, quien de inmediato vino por su hijo; éste a pesar de su corta edad, no quiso dejar el hogar que lo había acogido hasta ese momento. Sin embargo encontró en ella el apoyo necesario para llevar a cabo sus aspiraciones: ser un músico y no cualquier músico, como lo vislumbró Joseph Matza y como más tarde lo corroboraron Olav Roots y Ginastera.

Músico de pueblo

La casa de la familia Atehortúa Amaya era visitada por mucha gente a la que le gustaba la música, pues allí había una colección de ópera muy grande. Blas tenía un oído y una memoria especial para recordar los diferentes títulos. Se sentaba en una silla, le colocaban un disco y le preguntaban por el nombre y él decía: Tosca o El Barbero de Sevilla, ésta era su preferida, pero lo que mas le gustaba en realidad era subirse en un butaco para alcanzar la vitrola y ver girar el disco. Más tarde pasaba largos ratos escuchando las cadencias de las cantantes sopranos y los solos de la flauta.

Sus primeras interpretaciones las aprendió el mismo, en una flauta de seis llaves que el niño Dios le trajo en una navidad. En estas fechas le regalaban instrumentos musicales, tambores, una colección de flautas y armónicas de todos los tamaños y tonalidades. Su gusto por estos instrumentos y por el soplo, sonido del viento del viento de la flauta, lo llevó a ser flautista.

Los vecinos de la casa Atehortúa Amaya sabian o intuían que estaban frente a un niño, si no prodigioso sí con una especial disposición para la música, por eso todas las tardes llegaban a esa vivienda para verlo tocar la flauta y la armónica.

Nutria me vendió

En Santa Elena aprendió a leer y escribir con la abuela María Margarita Montoya, en un viejo libro llamado Citolegia. Cuando se fueron a vivir a Barbosa y entró a la escuela y estaba más adelantado que los niños de su edad; sabía las cuatro operaciones fundamentales y leía perfectamente, tanto que en los viajes ocasionales a Medellín le enseño a su amigo Absalón, de ocho años, a leer. Aquí comenzaría una de las tareas que más le gusta hecer, después de la composición, enseñar.

Los mejores momento de la infancia los vivió en Barbosa, un pueblo pequeño que le permitía estar en contacto con la naturaleza. al salir de la escuela se iba a un sitio llamado La Ye, en la estación del tren, se ubica en un altico a ver el punto donde los trenes se separaban; se hizo amigo de los maquinistas, quienes los llevaban de una estación a otra y le daban helados, “ yo era feliz con eso, claro que en mi casa no lo sabían”.

Y fue allí, precisamente donde se aficionó con mayor vehemencia a la música. El organista de la iglesia, Jesús Luegas y su hijo, lo dejaban asistir a los ensayos e interpretar la armónica. además se convitió en el músico oficial de las fiestas en la casa de Jairo Yepes, director de la escuela. “ Me decía: Blas, esta tarde tengo una visita en mi casa. Yo me llavaba la armónica y la flauta, les tocaba un repertorio tremendo y al final me daban algo: chocolate o mazamorra”.

En Barbosa no sólo las inclinaciones por la música se cristalizaron sino que logró hacerse a su personal espacio, “ tenía mi propia quebrada, para mi solo, hice un estanque con piedras donde me bañaba; construí mi estadero en una cueva, donde cabía perfectamente y podía guardar mis trompos, canicas y balones; metía mis cosas personales tapaba con un pedazo de empauqe de cemento y les echaba tierrita. Allá me perdía y hacía las tareas. Para mí esto fue importantísimo, me sentía dueño del mundo”.

El único que sabía del escondite era su amigo Nutria, un compañero de la escuela, al que había confiado su secreto. Cuando la familia decide ir a vivir a Medellín no quiere dejar su mundo y se esconde en le estanque. “ Yo no me quería ir porque era mi campo, entonces Nutria me vendió, reveló el secreto”. Todos esos acontecimientos de una manera u otra le ayudaron a formar un carácter recio y fuerte, un temperamento que lo llevó a no desanimarse ante las dificultades para alcanzar sus propósitos.

Caundo tenía nueve años murió Gabriela, su madre adoptiva, con quien había construido una relacion particular: ella comprendía su sensibilidad de artista y respetaba susu estados de ánimo. Tras su muerte se consolidaron aún más sus lazos de afecto con el tío José, un hombre que lo condujo por el camino de la lectura, de su mano leyó las obras de Edgar Allan Poe, de Julio Vrene, Victor Alejandro Dumas y Emilio Salgari; de ebanistería. En la iglesia la Candelaria en Medellín se conservan algunos capitales terminaciones de las columnas tallados por él y su tío.

Maestros e influencias

Entre la biblioteca del tío José, los grandes estantes con las mejores óperas, la collección Marujita, Billiken, la revista Peneca, el carro de balineras que hizo con sus amigos, los tambores, flautas, dulzainas, se formó Blas Emilio Atehortúa, en una relación mediada por los adultos, sus maestros y por las mujeres, primero Gabriela, después Miriam y mamá Conchita, quien lo recibiera como un hijo en su casa de Bogotá.

Los primeros conocimientos musicales los adquirió a las ocho años con la pianista venezolana Ruth Muñoz. Su madre Miriam enviaba el dinero para pagar las clases privadas, y él escogía los maestros. Averiguaba cuál era el mejor y adonde llegaba. Alternaba los estudios de música, violín y solfeo, con los de dibujo en la escuela de Bellas Artes de Medellín.

Después de escuchar la sinfonía Española para Violín y Orquesta del compositor francés Eduard Lalo, en unprograma en la radio Nacional, decidió que lo que quería estudiar era violín y le escribió a su mamá pidinedole el dinero para comprar uno. Se fue al taller de don Jesús Bedout, un cubano violinista, barítono de ópera, quien además era tapicero y le pidió que le vendiera su violín francés, de factoría, hecho a mano por un artesano. Como se trataba de mucho dinero, $80 pesos, le pagó por cuotas y con trabajo.

Las clases de violín las tomó con Buhuslav Harvanek; con él realizó las primeras composiciones. Semanalmente llevaba una pieza musical que esté corregía e interpretaban juntos, así la clase de los sábados por la tarde se convirtio en una tertulia en la que el alumno y maestro escribían música. Harvanek al ver los adelantos de Blas decide regalarle las clases de armonía indispensables para que los acordes musicales tuvieran proporción y correspondencia. Después Miriam, en un viaje de vacaciones, le consigió una de las clases con un amigo suyo, el checo Joseph Matza, un judío que se convirtío en su orientador musical.

Aunque recibía los giros para pagar su formación musical, Atehortúa, con escasos trece años, trabajaba en le taller de su tío José en el Bedout y amenizaba las fiestas religiosas patronales de los pueblos cercanos. En una ocación en el santuario ( caldas ) hoy Risaralda a una proscesión; de regreso ya en Pereira, con el dinero que había gando compro toodos los libros y discos que encontró en realización. Entre ellos, la cuarta sinfonía del alemán Robreth Schumann.

Por esa misma época había visto en el teatro Junín “Las Zapatillas Rojas”, una película sobre Ballet. “El personaje era un compositor escribiendo una pieza para el montaje, un hombre cumún y corriente, lejos de las escenas arregladas que pintan a los compositores sentados, esperando el momento de la isnpiración, a mí no me interesaba ese tipo de situación, ésto era real, un hombre trabajanado en equipo, discutiendo las partituras con el grupo instrumental para al día siguiente ponerlas en actividad, eso me parecio fascinanate y dije: yo quiero ser compositor.

Y precisamente así es que ha trabajado Blas Emilio Atehortúa las bandas sonaras de películas y series de televisión. Las mas reciente, 1996, Edipo Alcalde, una coproducción hispano-colombo-mexicana, con guión de Gabriel Garcia Márquez y, la mas recordada por el público colombiano, la orquestación de los pecados de Inés de Hinojosa, serie de televisión basada en la novela de Próspero Morales, también bajo la dirección de Jorge Alí Triana: Por este trabajo obtuvo el premio Catalina de Oro en el festival Internacional de Cine de Cartagena en ele año de 1991.

Su primera gran obra, una decepción

“La relación con lo nuevo tiene su modelo en el niño que pulsa las teclas del piano en un acorde virgen, nunca oído aún. Pero ese acorde ya existio”. Con esta frase de adorno se pude resumir la primera experiencia de Blas Emilio Atehortúa frente a la composición.

Se trataba de un niño de, de 12 años, intentando escribir su primera gran obra musical con las notas sonoras de su violín, para presentarla ante la clase el día lunes. “ El domingo yo dije: voy a componer una pieza, me senté desde la seis de la mañana, punteaba,repetía, borraba y finalamente a las 6:30 de la tarde estaba listo, tenía mi gran obra”. Había estado sentado todo el día ante lo que sería el gran reto de su vida: ser compositor; estabá comenzando a sellar un pacto, pulsando y palpando las vibraciones del sonido, viendo cómo ese maravilloso mundo sonoro le devoraba las horas del día. Años más tarde no sólo consumiría sus horas diarias sino las nocturnas.

Salió a reunir a sus vecinos para mostrales lo que había compuesto; vino un maestro de la escuela aficionado a la música, Carlos Muñoz. su primer auditorio estaba listo él comenzó a marcar los acordes, antes de que pudiera concluir su presentación el maestro se levanto diciendo: “ se te adelanto Beethoven unos cuantos años”.

Para Blas eran novedosos sus sonidos, sin embargo estaba reescribiendo el segundo movimiento de la séptima sinfonía de Ludwing Van Beethoven. “ Esto fue para mí una decepción tan grande, porque estaba seguro de haber compuesto esto”. Pero lo que realmente había hecho era emplear el procedimiento musical conocido como variación, que consiste en emplear un mismo tema y transformándolo de diferentes maneras.

En Medellín realizó los estudios de la formación básica. La primaria la hizo con los salesianos en el colegio Pedro Justo Berrío, con una beca por redimiendo académico. El bachillerato lo comenzó en el Liceo Julio Cesar García de la universidad de Antioquía y lo terminó en el colegio de los salesianos. El sacerdote italiano Andrés Rosa se encargó de consegirle una beca, pues el dinero que enviaba su madre era pagar los maestros privados y para los gastos personales.

Con el padre Rosa continuó los estudios musicales. El era un gran compositor de música religiosa y tenía un dúo de flautas que con la llegada de Blas pasó a ser un trío que tocaba en las misas. Poco a poco los ensayos de composición del joven Atehortúa, después de ser corregidos por su padre, eran interpretados en las fiestas de María Auxiliadora. El fue uno de los primeros en reconocer y llamar a Blas Emilio ‘ maestro ‘ cuando este era director del Conservatorio de la Universidad Nacional en 1973. “ Un día pasó a saludarme y me dijo ‘ maestro ‘ me dolió tanto que le dije: padre por qué me llama maestro si el maestro es usted, además siempre me llamó viejo”.

En el mundo musical es corriente que a los compositores que además transmiten sus enseñanzas se les llame maestro, término que a él no le gusta mucho y que reserva para sus propios maestros y, como ocurría en Grecia, para todo aquel que transmita y comunique aspectos del espíritu, es decir al guía espiritual, tarea que por demás le parece de una responsabilidad muy grande, por eso se considera con conductor estético en el área musical. En términos de Alonso Takahashi, se podría decir que Atehortúa ha asumido un compromiso de docente y más que eso del maestro que señala, muestra e indica la ruta a sus alumnos. Esto lo aprendió de quienes fueron sus orientadores, pero especialmente de Olav Roots y de Alberto Ginastera. Ellos le enseñaron que al discípulo hay que dejarlo que descubra su mundo interior y que lo exprese en sus composiciones, sumado al conocimiento de la técnica.

Componiendo como los clásicos llegó a un estilo propio

A los trece años Joseph Matza lo lleva a la orquesta Sinfónica de Antioquía como interprete de violín. Se ubico atrás, entre los segundos violines, sitio desde donde el comenzó a descubrir el mundo maravilloso de las cuerdas y las maderas. Algunas de las piezas musicales que había compuesto para órgano las que orquestó para cuerdas. Un día le llevó una Matza para que se la leyera y éste, con tono muy serio, le dijo: “ se parece a Chaikowski, tiene que hacer algo que no se parezca a nadie”.

Blas Emilio era alumno muy adelantado en el campo de la composición, escribía como los clásicos, conocía perfectamente la técnica de de bach, Schbert y Schumann, entre otros. De Chaikowski, por ejemplo estaba copiando algunos de los sentimientos de la música nacionalista que invadieron a Europa en el siglo XIX y que fueron una fuerza poderosa de inspiración para compositores como Bedrich Smetana, Antonin Dvorak, Mily Balakirev y Modest Musorgki.

Estos elementos los va a desarrollar más adelante Atehortúa en su obra, pero con una elaboración e identidad propias. Ya no tratará de emplear temas nacionalistas y folklóricos sino de utilizar instrumentos de las diferentes regiones junto a sus textos que recrean las tradiciones latinoamericanas. como afirma Ellie Anne Duque: “Debe señalarse a Blas Emilio Atehortúa como un compositor profundo, el recuerdo nacional es sutil, no es un apunte ornamental. Su buena música. con o sin citas patrias, constituye la única razón para enorgullecerse de su nacionalidad”1

A los 16 años termina el bachillerato y Matza ve que es necesario que su alumno reciba una formación más avanzada. Entonces le propone que vaya a estudiar composición en Bogotá; le recomienda tomar clases con Guillermo Uribe Holguín, uno de los más prestigiosos profesores del momento, le dijo: “si sigues estudiando violín, vas a ser un muy buen violinista como hay muchos, pero si estudias composición bien, vas a ser no un compositor corriente”.

Llega a Bogotá y se presenta en la casa de Olav Roots, quien inicialmente no le prestó mucha atención y lo envió a hablar directamente al Conservatorio con el maestro Carlo Jachino, quien no lo aceptó ene se momento. El semestre ya había comenzado y además no contaba con nadie que lo presentara. Como él asegura no contaba con un padrino musical en la capital, “yo no traje cartas de nadie, me viene sólo con mi cuento, convencido de que esto era lo mío y la primera lección fue: tenía que traer una carta, y como soy un poco rebelde y sobre todo creía en mi trabajo, me devolví un tanto decepcionado porque no me dieron la opción ni siquiera de mostrar mis trabajos”.

Regresa a Medellín y entra a la Radio Libertad como reemplazo del violinista Salvatore Chochano; allí aprende a orquestar. En 1958 es español Carlos Arijita, traía una compañía de zarzuela. la música la enviaban de España por barco y se demoraba demasiado; Arijita, entonces, le propuso hacer la orquestación, en otras palabras piratear la musicalización. Trabajaban en conjunto, una parte la hacía Blas y la otra Arijita. Orquestó “La del soto del parral”, “Los gavilanes”, “La verbena de la paloma” y otras tantas que le permitieron poner en práctica los conocimientos teóricos sobre orquestación; hoy es uno de los compositores que mayor habilidad tiene para manejar grandes orquestas sinfónicas; sus obras son monumentales.

Carlos Arijita interpretó una de sus composiciones, llamada “Suite miniatura”, con la orquesta de la radio. Después compuso, también bajo la técnica de escolástica antigua, la “Suite ibérica” que fue todo un éxito en la emisora; esto le devolvió la confianza en su decisión de ser compositor.

Fue también en Medellín donde se atrevió a tocar los timbales. Matza era el director de la Banda y le dio la oportunidad de practicar en ella; entonces resultó orquestando para banda, sin saber a ciencia cierta lo que significaba. Posteriormente escribió un Quinteto para vientos que grabaron en la Radio Nacional. Esta difusión de su música lo puso en contacto con Frank Preuss quien le solicitó una obra para cuerdas que sirviera de obertura en televisión; casi inmediatamente le encargaron la obra “Ensayo concertante para violín”, destinado a la Radio Nacional.

Estos trabajos le abrieron las puertas de la capital y del mundo musical de la época. Preuss lo invitó a trabajar con la Orquesta Colombiana de Música de Cámara que él dirigía y el maestro José Rozo Contreras le escribió diciéndole que se viniera a Bogotá; se convirtió en el padrino que no tuvo en su primer intento de venir a la capital, “me presentó y me apoyó, dijo: este muchacho vale la pena; antes yo había llegado solo, como siempre me presenté a todas partes”.

Aunque nunca ha creído en la inspiración, es un instante por el cual espera ansioso, pero cuando esté frente a él –dice que no– no se conformará y continuará trabajando. A sus dieciséis años tampoco se sentaba a esperar ese momento o a soñar con él, era un neoclásico puro, escribía sonetos, cuartetos y quintetos técnicamente.

Sin embargo no todo para Blas Emilio era fácil. Ese mismo año, el director de coros Rodolfo Pérez escribía sobre su trabajo en el periódico Medellín Cultural un comentario que lo hizo no sólo llorar, sino dudar de si el camino de la música era el suyo; el texto ponía en tela de juicio sus cualidades en los siguientes términos: “La Radio Libertad ha presentado la obra de un joven compositor, que primero que todo se subió al podium y se bajó de él con la reverencia como si hubiera dirigido la Novena Sinfonía de Beethoven,…además este joven con “talento” ignora que para ser compositor hace falta un elemento importantísimo: “tener verdadero talento”.

Estaba frente a uno de los momentos más difíciles de su vida, no sabía si el viaje que había iniciado era de ida o de vuelta. Decidió entonces recurrir al consejo de su maestro Harvanek y le preguntó, ¿serviré para la composición?, y éste con tono seco y sin dejar el ensayo le respondió: “No sé”, y lo convocó a trabajar en el concierto para la Orquesta Sinfónica que estaban preparando. Unos días más tarde le dijo que sólo él podría saber qué era lo que realmente quería hacer con su vida. Desde ese instante se dejó llevar por su motivación personal, por lo que su corazón le decía. Estaba convencido, su destino era la composición y trabajaría sin descanso para ser no un compositor cualquiera. Por eso cuando se le pregunta qué les gustaría ser si volviera a nacer contesta: “quisiera ser músico y me querría llamar Blas Emilio Atehortúa Amaya, y además quisiera ser músico compositor”.

Su paso por la Nacional

Antes de llegar a la Universidad Nacional, estuvo en la Banda de la Armada de Cartagena donde tocaba la viola y los timbales y se desempeñaba como profesor de solfeo en el colegio de Bellas Artes. Estaba allí esperando conseguir la libreta militar. En las noches se escapaba para ir a tocar el violín en el Hotel Caribe con uno de los tantos grupos que se hacían llamar Los Chavales de España. A la madrugada, después de complacer al último “parroquiano” del bar, regresaba con su instrumento debajo del brazo. “Yo usaba camisas bombachas, con arandelas y pantalones ajustados. Un día me llamaron a una mesa, el cliente era un gringo con su pareja, me pidió que interpretara el Violín Gitano. Les estuve tocando esta pieza dieciséis veces con repetición. Llegué al cuartel como a las cuatro de la mañana y me quedé dormido”.

Todos los días debía pasar revista a sus compañeros antes de la izada de bandera y dirigir la orquesta en la misa de las nueve; por supuesto esa mañana no llegó. Este fue el comienzo de una serie de discrepancias en la Armada. En una ocasión el cadete que tocaba la lira se enfermó y él tomó su lugar. El comandante a cargo, a quien recuerda como un hombre rudo y ´caricortado´ les gritó: -Banda de músicos, parece que estuvieran tocando el entierro de una india pobre- y Blas Emilio le respondió: -“¿no será que estamos tocando el entierro de su madre?”. La disputa terminó en los puños y con la lira rota.

Durante cinco meses soportó las broncas de los compañeros que le tenían recelo porque sus conocimientos musicales lo llevaron rápidamente a obtener el grado de Teniente de Fragata; estos con el ánimo de molestarlo lo llamaban “tenientico de bragueta”. Estando en Mompox vio en el periódico El Tiempo que se necesitaba timbalista para la Banda Nacional y le pidió al maestro Rozo Contreras que lo inscribiera; esa noche se fugó, se presentó al concurso sin saber tocar el xilófono y se ganó el puesto.

Comienza entonces, a los 18 años, formalmente sus estudios en el Conservatorio de la Universidad Nacional, donde obtiene el título en Dirección de Orquesta y Composición firmado por Olav Roots, Fabio González Zuleta, José Rozo Contreras y Andrés Pardo Tovar.

Siendo estudiante escribe dos cuartetos para cuerdas; el segundo de ellos fue grabado en Holanda y prensado en un disco del cual no le dieron copia. Uno de los mejores momentos en el Conservatorio fue cuando Olav Roots le encargó una obra para la Orquesta Sinfónica, compuso el Concierto para Timbales y Orquesta de Cuerdas que él mismo estrenó en el año de 1961, con Antonio Becerra como solista.

Esta obra tuvo gran importancia porque salió del marco de la producción de un simple estudiante y lo proyectó hacia lo que más adelante sería una de las características de su música, la mezcla de ritmos e instrumentos folclóricos como la flauta, el arpa y los timbales, combinados con la exploración de sonidos de la cotidianidad y con textos de escritores latinoamericanos. Como lo expresa Gerard Béhague: “Blas Emilio Atehortúa fue reconocido a mediados de los años sesenta como uno de los compositores más representativos del vanguardismo. Su música combina una rica imaginación rítmica, con efectivas combinaciones colorísticas, especialmente cuando se refiere al uso de la percusión,… además usa libremente las técnicas seriales en algunas de sus piezas”2.

Alumno consentido de Alberto Ginastera

Llegó a Buenos Aires con el primer grupo de becarios del Instituto Torcuato Di Tella en 1963; la beca fue promovida por el maestro Guillermo Espinosa, director de la División de Música de la OEA y para quien Blas había compuesto una obra sinfónica en nueve días, a la que llamó Obertura simétrica. La pieza resultó tan compleja en el desarrollo de la rítmica que los músicos colocaron sobre las partituras Obertura psimétrica, hoy reconoce que se trataba de una composición muy compleja, pues estaba explorando las posibilidades de los instrumentos y de la sonoridad.

Espinosa le escribió una carta a Ginastera en la que le decía que recomendaba a Blas Atehortúa, un joven con talento y madera de compositor y le anexó varias grabaciones, la más importante Tríptico para Orquesta, una obra sinfónica voluminosa, que había ganado un concurso de compositores en el país. Ginastera le respondió que tenía un cupo en su Instituto.

Comenzó estudios especializados de composición contemporánea, nuevos principios de orquestación, música electroacústica, técnicas seriales, teorías del ritmo, historia y estética de la música del siglo XX, cátedras que fueron orientadas por Aaron Copland, Luigi Dallapiccola, Luigi Nono, Earle Browin, Ricardo Malipiero, Olivier Messiaen, Gerardo Gandini, Maurice Le Roux, Jannis Xennakis, Cristóbal Halffeter y Bruno Maderna, los mayores maestros y compositores del mundo musical contemporáneo; de ellos recibió una formación académica muy sólida, como él sostiene, “si no doy más como compositor, es porque no soy capaz, pero no porque no haya contado con una excelente orientación; recibí lo que cualquier estudiante de música envidiaría”.

Compartió, además, aulas con un selecto grupo de importantes compositores en América Latina: Edgar Valcárcel, Mesías Maiguashca, Mario Perusso, Cesar Bolaños y Alcides Lanza, maestro actualmente de música electroacústica en la Universidad de Toronto.

La beca que recibió era por dos años y Ginastera logró que se la extendieran por dos años más, para que se quedara trabajando exclusivamente con él. Bajo su orientación –o de la de “el capo”, como le decían sus alumnos, aprendió una serie de estrategias de composición y de orquestación que lo fueron alejando de la tradición y sacando del neoclasicismo; dejó de componer técnicamente y empezó a entrar en la esfera de la música progresista. El diario El Espectador reseñó el domingo 7 de abril de 1968 así, la muestra de música latinoamericana Vanguardista que se presentó en Nueva York con alumnos del Instituto Torcuato di Tella:

“El concierto fue en realidad una velada para iniciados en el complejo mundo de la música Avant Garde y a estos se agregaron personas atraídas por el renombre que le ha dado a Ginastera el éxito de su última obra, Bomarzo, cuya partitura consta por momentos de música vanguardista… las obras presentadas hoy incluyeron la Sinfonieta Camarae, música para violín, violoncello, corno, piano, celesta y percusión, compuesta por el colombiano Blas Atehortúa…”

Alberto Ginastera no sólo fue el alma del Instituto, sino su director y promotor; es para muchos el suceso de la escuela de Héctor Villa-Lobos, compositor brasilero, quien fuera uno de los mayores exponentes de la música latinoamericana del siglo pasado. “Hay, asegura Atehortúa, en toda América continuadores de la escuela Ginastera. Y con esto no quiero significar un compromiso riguroso de continuar con los aspectos técnicos del maestro, sino destacar las rutas que él le abrió a cada uno de los alumnos de acuerdo a su personalidad”.

Puede decirse que Blas Emilio es el sucesor de Ginastera; él le enseñó el camino, no le impuso nada, le mostró la importancia de ser compositor latinoamericano, el valor de los elementos de la cultura de cada país y le estimuló su producción individual. Este era de alguna manera el compromiso de los profesores invitados al Instituto y es, hoy, la tarea de Atehortúa en la Universidad Industrial de Santander, en Bucaramanga y en la Universidad Nacional de Colombia de Bogotá. Por sus clases de música contemporánea y composición, han pasado entre otros músicos colombianos Jackeline Nova, Francisco Zumaqué, Hebert Mendoza y Carmen Barbosa.

Blas siempre tiene presentes los consejos de su maestro quien en una oportunidad le escribía recordándole su compromiso con la música latinoamericana, reafirmándole sus cualidades y animándolo en su proyecto de vida:

“Estoy encantado de ver que a pesar de la lucha sigue usted adelante y con muy buenos e interesantes proyectos. ¡Bravo!. Me parece estupendo y si llego a conseguir que en una década haya en cada país de Nuestra América Latina un músico como usted, brillante, entusiasta y dedicado en cuerpo y alma a la gran batalla en pro de la música contemporánea, podré decir satisfecho que he logrado ampliamente uno de mis más preciosos objetivos y uno de mis sueños más ambiciosos. Siga pues adelante y no se deje vencer por los mediocres y derrotistas”.

Sus grandes obras casi desconocidas en Colombia

Este colombiano poseedor de todos los elementos técnicos musicales dice estar ubicado hoy en el expresionismo, entendido como el predominio de la sensación interna y subjetiva de los seres y los objetos. Su ejercicio musical se liberó de los parámetros estrictos de las escuelas, permitiéndole presentar un sistema muy personal que lo coloca en un punto intermedio, en donde la colección de elementos sumada a la vivencia personal lo hace un músico ecléctico por excelencia, con algunos rasgos del romanticismo. Como él mismo le dijera a J. Brian Post, en una entrevista, en 1993, año en que finalizaba su beca para Programas de Composición de Obras para Orquestas de los Estados Unidos, otorgada por la Fundación John Simon Guggenheim: “Yo he aprendido las técnicas de composición modernas, pero después de conocerlas he empezado a escribir mi música, la que proviene de mi experiencia y de mi mente… si yo escribo al estilo de Mozart, que puedo hacerlo, lo hago con mis manos, no con mi mente, porque ésta es solamente técnica y no arte”3.

Su trabajo ha tenido todos los reconocimientos posibles en el ámbito musical. En 1982 recibió de manos del Rey Juan Carlos de España la Condecoración Cruz de Oficial de la orden del Mérito Civil, por sus aportes a la educación e investigación musical. En 1983 los Organismos Culturales y Gubernamentales de Hungría lo hicieron acreedor a la Medalla Conmemorativa del Primer Centenario del natalicio de Bela Bartok, uno de sus compositores favoritos del siglo XX, junto con Stravinski, y de quienes recibió –en algunos momentos particulares- influencias, especialmente en la forma como ellos emplearon en sus obras elementos folclóricos, ideas progresistas sobre armonía y un extraordinario sentido del timbre, que Blas reelaboró en sus trabajos.

En abril de 1991 obtuvo el primer premio en el III Concurso Internacional de Composición Joven Orquesta Nacional de España, con la obra Cristóforo Colombo, una pieza musical elaborada con base en los textos poéticos de Rubén Darío, Vicente Aleixandre y Jorge Robledo Ortiz. En ella hace referencia a Cristóbal Colón y al encuentro entre los dos mundos. Es una obra escrita para un tenor solista, con coro mixto, coro de niños y Orquesta Sinfónica.

Sus obras, incluyendo ésta, han sido programadas en conciertos y festivales musicales en Alemania, Argentina, Austria, Bélgica, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Costa Rica, Cuba, España, Estados Unidos, Holanda, Hungría, Italia, México, Puerto Rico, Rusia, Uruguay y Venezuela, países en los cuales también ha dictado diferentes talleres y se ha presentando como director invitado de varias orquestas.

Pese a este reconocimiento a nivel internacional resulta paradójico que en Colombia, su país natal, el estreno de sus mayores obras haya estado signado por una serie de contratiempos. Primero fue su pieza musical Cristóforo Colombo, Opus 167 que no pudo ser estrenada en el II Festival de Música Contemporánea de Bogotá; así registró el hecho el periódico El Espectador el 4 de abril de 1991:

“Los motivos: los de siempre… Falta de organización, de prever tiempos de ensayo y, sobre todo, falta de apoyo financiero para el montaje…, los personajes principales estaban listos…., el maestro quien estaba dispuesto a dirigir la Orquesta Sinfónica de Colombia…, el tenor colombiano Carlos Orlando Rengifo que viajó desde Europa…, para hacer la voz del protagonista de la obra…, pero cuando ambos estaban preparados…, se encontraron con que no tenían orquesta…, desde hace varias semanas se le tenía programada una gira…, y el Festival decidió cancelar la presentación,… La pregunta es: ¿Si el homenaje a Cristóforo Colombo estaba previsto para la inauguración del evento, por qué se continuó con dicha gira?. La única respuesta posible es que tampoco contaban con que fuera a resultar ganadora del concurso en España”.

Un mes después (14 de mayo), Otto de Greiff, en la sección de Espectáculos de El Tiempo llamaba la atención sobre la negligencia de Colcultura –hoy convertida en Ministerio de Cultura- al no difundir la obra Tiempo Americandina opus 69 ganadora del Concurso Nacional promovido por esta entidad en el año de 1979 y cuyo estreno se hizo sólo hasta el 3 de mayo del año 1991: “Ignoramos la razón por la inusitada demora en dar a conocer apenas ahora la obra premiada…, que en su primera audición deja la impresión de un denso trabajo musical, exuberante y extrovertido, que reclama nuevas audiciones”.

Esta cantata para soprano dramática, recitador, coro mixto y orquesta, consta de cinco extensos tiempos en los cuales el compositor emplea los aires populares de los países de la Gran Colombia y de Chile. Alternativamente el coro va cantando y la soprano declama textos de Andrés Bello, José Eustasio Rivera, Miguel Angel Asturias y del mismo autor. La orquesta por su parte recrea un altísimo despliegue de la percusión. En esa oportunidad la dirección de la Orquesta Sinfónica de Colombia estuvo bajo la dirección del maestro Federico García Vigil y como solista la soprano Gladys Orozco.

Maestros albañiles

Bajo la mirada tutelar de Olav Roots y de Alberto Ginastera pasa en su estudio de trabajo todo el tiempo que le dejan sus clases. Se acompaña de una pluma, cientos de partituras y una organeta en la que va escuchando cada una de las notas, pues siempre es mejor estar seguro aunque sabe que el secreto de la sonoridad está ahí, escondido entre los papeles y sólo se le revela a él en el momento preciso, pues “el compositor tiene la capacidad de oír la música, directamente del papel sin necesidad de que ésta sea interpretada”4.

Cuando se le pregunta por su proceso creativo dice que está mediado por el conocimiento de la técnica, por el vuelo de su imaginación y los instantes de inspiración que trata de aprehender y de plasmar en música. Y de nuevo reitera “yo soy un hombre común y corriente que conoce las técnicas y tiene una serie de habilidades, una especie de talento que me permite hacer mi trabajo de la mejor manera posible”. Estas frases recuerdan al joven Blas Emilio frente a la película “Las Zapatillas Rojas”, asombrado al ver cómo la imagen escondida y misteriosa del compositor se le va derrumbando y le permite acceder a ese mundo mágico de los sonidos.

Años más tarde, su maestro Aaron Copland diría sobre el imaginario que se tiene del proceso creativo de los músicos: “Dónde comienza el compositor, cómo se las arregla para seguir adelante –en realidad cómo y dónde aprende su oficio-, todo esto está envuelto en impenetrables tinieblas. El compositor es, en una palabra, un hombre misterioso para la mayoría de la gente y el taller del compositor una torre de marfil inaccesible”5.

En una de sus clases de composición en el Conservatorio de la Universidad Nacional, llamó a los compositores “maestros albañiles” que conversan todo el tiempo con una idea musical. Las ideas son los ladrillos que se deben ir colocando y llenándolos con cemento, para formar una estructura y construir un edificio. Una pieza musical es una construcción de temas, de predicciones melódicas a las que se les va conectando una y otra idea más hasta conformar una gran obra musical.

Escribir música, dice citando a Copland es para el compositor una función natural, es como cocinar, es una disposición con la cual se nace pero que exige disciplina, trabajo personal e investigación.

Siempre conversa con sus ideas musicales, las va tatareando, las escribe en el momento en el que se le ocurren, las trabaja mentalmente, mientras viaja y las pinta en el pentagrama, hace machotes de los instrumentos, de su ubicación en el escenario y dentro de la orquesta. Nunca ha soñado con una obra, pero sí sueña con los trabajos ya elaborados.

Blas Emilio Atehortúa empezó su camino de compositor desde niño, sin ninguna tradición de músicos en su familia, con el convencimiento de que ese era su destino, logró en esa ruta el apoyo de sus “tres madres”: Gabriela, Miriam y ‘mamá Conchita’, y de sus maestros. Aprendió su oficio haciéndolo desde muy joven. Escribiendo, repitiendo, errando y confrontando fue dominando su campo de trabajo. Por eso la música de Blas Emilio Atehortúa es una insinuación, una referencia de lo imposible que se traspone en una idea posible.


Citas

1 Theodor W. Adorno, Teoría Estética, 3ª ed., Barcelona – ESpaña, 1983, p51.

2 Ellie Anne Duque, Paradigmas de lo nacional en la música: Colombia 1900-1950, El nacionalismo en el arte, BOgotá. Universidad nacional, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1984, pp. 41-45.

3 Gerard Behague, Music in Latin America: An Introduction Englewood, Cliffs: Practice Hall, Texas, 1979, pp. 309-310.

4 J. Brian Post, “Blas Emilio Atehortúa. A. Term Paper submitted to Dr. R. Ehle”, Twentieth Century Seminar, MU622 (mimeo), Universidad Northern Colorado, mayo 5 de 1993.

5 Augusto Espinosa Silva, “Blas Emilio Atehortúa, Crescendo de un artista”, en: Revista Nueva Frontera, 1987.

6 Aaron Copland, Cómo escuchar la Música, Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 1994.

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Los mapas diurnos y nocturnos de Jesús Martín-Barbero

The diurnal and nocturnal maps of Jesús Martín-Barbero

Os mapas diurnos e noturnos de Jesús Martín-Barbero

María Cristina Laverde Toscano*
Fernando Aranguren Díaz**


* Socióloga. Directora del Departamento de Investigaciones de la Universidad Central y de su revista NÓMADAS.

** Filósofo y docente universitario en el campo de las Ciencias Sociales y la Comunicación. Actualmente vinculado a la Universidad Central en la Coordinación Académica de la Facultad de Comunicación Social-Periodismo.


Al cumplirse 10 años de la primera edición del libro De los medios a las mediaciones, Nómadas quiere otorgarle un reconocimiento a su autor Jesús Martín-Barbero. Investigador pionero de las ciencias de la Comunicación en Colombia quien, enfrentándose abiertamente a la tradición tanto positivista como marxista ortodoxa, puso en duda la certeza de las convicciones establecidas, para asumir de lleno la opción de innovar en el pensamiento.

Estrategia propia del investigador genuino que dejándose afectar por lo real da cabida a sus intuiciones, otorgándoles la solidez necesaria para trastocar el orden de las premisas teóricas, adviniendo al lugar donde arte y pensamiento encuentran su convergencia. De ahí que su propuesta transgresora de desplazar el problema de la comunicación en tanto proceso de dominación, a la dominación como un proceso de comunicación, transforma en América Latina la perspectiva teórica y práctica de la noción de comunicación, produciendo un movimiento novedoso que repercute y trasciende las fronteras de la comunicación y la academia.

Aunque múltiples circunstancias arman el camino de su producción, todas tienen en común el hecho de que Jesús se transforma por el afecto que le produce la experiencia del vivir. Por ello, la narración que de su vida y de su obra presenta esta entrevista se acompasa de los matices que su infancia española, su opción política por Colombia, su pasión por la enseñanza, la lealtad con sus amigos y su amor incondicional por los suyos, han marcado cada una de las transformaciones y de las crisis de su actividad creadora. Es quizás este modo de asumir la vida lo que hace de él un ser singular, singularidad a la que Nómadas rinde homenaje a través de su propia voz.

M.C.L/F.A: Jesús, iniciamos esta conversación remontándonos a un momento que definitivamente significó cambios rotundos en el transcurrir de tu vida. Tu viaje inicial a Colombia fue a comienzos de los sesentas. ¿Cuáles fueron las motivaciones de este primer gran desplazamiento? Sabemos que por aquellos años tus intereses rondaban el doctorado en filosofía. ¿Qué sucedió entonces?

J.M.B.: Mi venida a Colombia tuvo varias motivaciones pero creo que la más importante fue la necesidad de salir de España cuyo régimen y sus censuras múltiples nos asfixiaban. En ese momento ciertamente estaba en proceso de conseguir una beca para cursar el doctorado en filosofía en París cuando un amigo que trabajaba en el Instituto de Cultura Hispánica, en la sección de intercambio de universidades, me propuso a mí y a otra gente la posibilidad de viajar a Colombia. Era la oportunidad de, en la experiencia de un trabajo, darme un tiempo de reflexión para luego regresar a mis estudios. Era una venida arriesgada, aventurera, que generó ciertos conflictos familiares pero motivada, además, por una enorme inquietud intelectual: la necesidad de acercamiento a esta magia que después sería lo macondiano. Así que tomé la decisión. Veía entonces mi viaje como algo transitorio que me permitiría el contacto con un mundo del cual sabía muy poco; eran conocimientos escasos logrados tan sólo a través del cine, de la literatura y de la música.

M.C.L./F.A.: Llegaste a Bogotá el 15 de octubre de 1963. ¿Cuál fue tu primera impresión? En algo se parecía esta ciudad y sus gentes a las imágenes forjadas a través de Neruda, de Borges, de Paz y quizás ya, de García Márquez?

J.M.B.: Para comenzar a responder voy a contarles una curiosa anécdota. En mi primer amanecer bogotano, todavía descompensado por ese mi primer viaje en avión, mal dormido y un tanto desubicado, bajo al restaurante del hotel y la chica que atiende me pregunta ¡.si me provoca un perico. para desayunar!. Esto se me grabó de por vida. Imagínense: provocar en castellano de España significa dar náusea o incitar a luchar y perico era un loro. ¡Ese fue mi recibimiento!. De otra parte, a pesar de que España apenas despegaba en su apertura al mundo, a su modernización ideológica, a pesar de yo haber vivido la postguerra, dos imágenes visuales impactaron mis primeros acercamientos a la ciudad: una, la mitad de la población usaba ruanas de tonos pardos y la otra mitad vestía de oscuro; los hombres, aún los jóvenes, llevaban trajes negros, con chaleco y acompañados por largos paraguas. Era un Bogotá, gris, lúgubre, en donde a las cuatro de cada tarde llovía acongojando el alma. Fue un choque muy fuerte porque yo venía de Castilla donde difícilmente un día termina sin que brille el sol. Dos, un fin de semana me invitaron unos amigos a su finca sabanera y me encuentro con una bella casa, dueña de estilo, de comodidades y de una acogedora chimenea; de pronto descubro que al lado de esta vivienda confortable existe una pequeña choza donde viven los criados. Eso ni en la España franquista existía. Yo no lo conocía: no era sólo el hambre, los andrajos o el frío de dormir en la calle; era la separación y la distancia de las viviendas; era la miseria como exclusión. Créanme que ante realidades como ésta viví depresiones muy hondas. Ganas de salir corriendo para salvar mi salud mental.

M.C.L./F.A.: Venías con tu formación filosófica, a más del proyecto de doctorado en el mismo campo. En alguna oportunidad señalabas que enfrentarte a la crudeza de la realidad colombiana, vivir un espacio de reflexión política profunda con los jóvenes con quienes durante varios años trabajaste en el centro Emmanuel Mounier de Bogotá, fue lo que te condujo, y no un caminar teórico, a la necesidad de acercarte a las ciencias sociales. ¿Cómo fue ese proceso?

J.M.B.: Yo vengo formado en una filosofía a la española de ese tiempo, llena no sólo de muchos vacíos de filosofía moderna, contemporánea, sino que era un tanto autista. Entonces lo que descubro en Colombia es la necesidad de conocer la historia, tanto de América Latina como de España. Es paradójico pero la historia de mi país la conocí en Amé- rica. Empiezo a darme cuenta de que debo, no salir, pero sí empalmar mi reflexión filosófica con las ciencias sociales que se convierten entonces en exigencia de la experiencia cotidiana, de la experiencia de vida. En verdad, no fue que la filosofía me llevara a las ciencias sociales, no fue una relación teórica; fue la realidad la que me puso a leer sociología y los comienzos de la teoría de la dependencia, a leer historia y antropología; ésta me marcaría muy fuerte en tanto me permitía “agarrar. la realidad. La sociología estaba poco desarrollada y muy ligada a ciertas tendencias positivistas o al marxismo “

M.C.L./F.A.: Si intentáramos un balance de la primera estadía en Colombia, ¿qué te dejó esta experiencia?

J.M.B.: Por un lado, me saca de una formación cristiana entre dogmática y romántica. Me saca de un desconocimiento radical de las ciencias sociales; de una imagen idealizada de América Latina. Realmente me hago hombre aquí porque, aunque tuviera 26 años, llegué intelectualmente adolescente. Colombia me hace madurar muy rápido: moverte en el mundo universitario, en el pensamiento de izquierda, acompañar el momento en que Camilo Torres lanza el Frente Unido y en el que es asesinado “ son situaciones que de uno y otro modo hacen crecer. Además, me descubren nítidamente mi imposibilidad de ser militante. Es un rechazo visceral a la militancia de cualquier orden, a esas visiones unificantes que pareciendo abrirse al mundo empequeñecen la vida cotidiana. Para alguien nacido en la España franquista, que había soportado el clima sofocante de la iglesia católica, era muy difícil volver a cualquier iglesia y en verdad los partidos aquí, de izquierda o derecha, eran iglesias tan dogmáticas como la que había dejado atrás…

M.C.L./F.A.: Y decides entonces regresar a Europa para realizar tu doctorado. ¿Cuando te marchas a fines de 1968 lo haces con la intención de volver a Colombia o a otro país latinoamericano?

J.M.B.: No. Creo que no. Embarco mis libros y mis discos y me llevo unas pocas preguntas que serán definitivas en mis estudios y en mi vida: ¿Cómo la opresión se hace aceptable? ¿Cómo lo insoportable se hace vivible? ¿Cómo es posible sonreir entre esta miseria rotunda y excluyente? De ahí que atravesara una crisis muy gruesa cuando llegué a Europa. Me fui pensando en estudiar sociología “ Pero a los pocos meses me di cuenta que los interrogantes que llevaba a cuestas no cabían en esta disciplina; mis preguntas reclamaban un espacio mucho más hondo, más ancho “

M.C.L./F.A.: Pero entonces, llegas a Lovaina, te enfrentas a la crisis y a muchas reflexiones, ¿optas finalmente por la sociología o por la filosofía?

J.M.B.: Mi trabajo con jóvenes universitarios en Bogotá me posibilitó el contacto con una organización de latinoamericanos llamada SEUL -Servicio Europeo de Universitarios Latinoamericanos-. Vivo entonces en Bruselas y estudio en Lovaina, inicialmente me matriculo en sociología, pero ayudado en mi reflexión por un amigo brasileño, que era el secretario del SEUL, me decido a cambiar y logro que me acepten en filosofía. Así, desde el año 69 hasta el 73, paralelo a mis estudios doctorales, realizo un trabajo apasionante: dirijo una publicación de y para latinoamericanos a partir de revistas y periódicos que nos llegaban de los más diferentes lugares de América Latina. La publicación, producida en mimeógrafo, se distribuía entre los estudiantes latinoamericanos de toda Europa. Organizábamos además dos tipos de encuentros en distintas ciudades de Europa: unos que agrupaban a los latinoamericanos por sus países de origen y que venían por ejemplo a Barcelona desde los diversos países continente, y otros que reunían a los latinoamericanos de diversos países residentes en Italia, Alemania u otro país. Fue un trabajo intelectual y políticamente muy importante para mí.

Entre tanto continúo con el doctorado, sólo que al año y medio estaba cansado de Lovaina, una ciudad en la que no había sino estudiantes y profesores, y que sentía como una especie de convento. Jean Ladrière, mi director de tesis, me autoriza marchar a París y homologa los cursos de doctorado que me faltaban con cursos que tomo en París; viajo periódicamente a Bruselas y entre una y otra realizo el boletín escapándome un rato a Lovaina para discutir el avance de la tesis con Ladrière. Los encuentros por Europa continúan y en diciembre de 1972 concluyo mi tesis doctoral.

M.C.L./F.A.: ¿Cuál fue el tema de esta tesis? ¿Tuvo alguna relación con tu experiencia de Colombia y con el contacto intenso con los latinoamericanos universitarios en Europa?

J.M.B.: Sí, con ambos. El título fue La palabra y la acción. Por una dialéctica de la liberación, y constaba de tres partes: la primera plantea el proceso de la objetivación, esto es, el nivel de las estructuras, el paso por las formas en que se objetivan tanto el lenguaje como la acción; la segunda el análisis de la comunicación o el nivel de las situaciones: el lenguaje y la acción en cuanto modos de estar en el mundo y de mediación entre los hombres; y la tercera la auto-implicación o el nivel del sujeto, la palabra y la acción como espacio de la experiencia original del hombre como actor y como autor.

M.C.L./F.A.: Pero, aquí están los gérmenes de tus desarrollos posteriores…

J.M.B.: Claro, es mi primer acercamiento al campo y las teorías de comunicación, desde la semiótica con Greimas, con Roland Barthes, con Umberto Eco y con Eliseo Verón, que por esos años ya estaba en París. Pero lo que en verdad realicé fue un desafío radical a lo que eran las tesis de Doctorado en Filosofía en Lovaina que por lo general consistían en trabajar en torno al pensamiento de un autor o de un tema dentro de la obra de un filósofo. Yo intenté hacer de mi tesis un lugar de encuentro de la filosofía -Merleau-Ponty, Bachelard, Levinas, Ricoeur- y la semiótica con las ciencias sociales y la literatura latinoamericanas. De otra parte, me propuse -después de haber demostrado en mi tesis de maestría que sabía francés- en la universidad, donde estudiaban cerca de dos mil latinoamericanos y donde se aceptan tesis en inglés o en italiano, realizar mi tesis en español. De hecho fue una de las primeras tesis presentadas en este idioma. Finalmente, como en ella estaban presentes la filosofía, la sociología, la lingüística, me nombraron un jurado de 5 miembros. Con Jean Ladrière, que era una de las mentes más lúcidas que tenía Lovaina, había logrado una relación a la vez afectuosa y muy exigente; siendo un hombre muy abierto, progresista y solidario desde un comienzo me insistió en que no podía pretender hacer un trabajo que fuera tesis de doctorado en filosofía para Lovaina y a la vez un libro de debate sobre la situación latinoamericana. Me hizo romper cinco o seis veces el proyecto hasta que finalmente lo aprobó. Y a los pocos días de entregar el trabajo me llama Ladrière por teléfono a París y me informa que ya tenía formado el jurado, pero que éste opinaba que más que una tesis de filosofía mi trabajo era un “panfleto político”, y que por lo tanto debía ir a la defensa preparado a recibir una baja calificación. Con voz irónica me repitió: “Te lo había advertido, que o hacías lo uno o lo otro, así que ven dispuesto a defender tu osadía”.

M.C.L./F.A.: ¿Finalmente la aprobaron?, ¿qué debate dio el jurado a lo medular de tus planteamientos?

J.M.B.: Sí, la aprobaron, pero lo realmente importante fue el cómo. Yo había desanimado de acompañarme a Lovaina a mis amigos latinoamericanos de París puesto que la defensa iba a ser un acto meramente formal dada la posición que había asumido el jurado. Sin embargo, cuando llegué al salón de actos del Instituto de Filosofía en Lovaina se encontraba colmado de latinoamericanos. Comencé con una introducción algo demagógica pero que funcionó: “Hay tesis de doctorado que son el punto de llegada de 20 años de trabajo, pero también las hay que son el punto de partida para 20 años de trabajo, la mía es de éstas últimas””. Y no sé si fue el tono de mi presentación pero el hecho es que el jurado comenzó a cuestionar mi trabajo no desde el punto de vista filosófico sino sobre la imagen que mi tesis construía de América Latina, a su juicio populista y exagerada. La situación me favoreció por entero pues por cerca de dos horas debatí los prejuicios y desinformaciones del jurado. A lo que me ayudó Ladrière haciéndome preguntas sobre lo que en mi tesis tenía mayor peso filosófico. Al final, me dieron Gran Distinción y casi salgo en hombros de mis amigos latinoamericanos. Fue en medio de la celebración de ese día que decidí volver a Colombia.

M.C.L./F.A.: Y teniendo tantos amigos y vínculos latinoamericanos ¿por qué insistes en este país o, por qué no te quedas en Francia, por ejemplo?

J.M.B.: Porque aquí había echado raíces afectivas muy fuertes y la amistad ha sido muy importante en mi vida. Además en Colombia había crecido y me había hecho hombre. Tenía oferta de dos empleos en París: coordinar la Asociación de latinoamericanos en Francia y quedarme como profesor. Así que a varios compañeros franceses que me hicieron tu pregunta les respondía: en Colombia yo siento que lo que hago es importante; podía ser un sentimiento puramente subjetivo, pero lo sentía verdaderamente, en cambio si me quedaba en Francia sería un profesor más.

M.C.L./F.A.: A tu regreso en marzo de 1973, ingresas como profesor en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, ¿cuál era tu propuesta académica de entonces?

J.M.B.: Me vinculo a esa Facultad de tiempo completo para crear un área de investigación y me embarco así en una experiencia preciosa: crear el área con un grupo de profesores nada convencionales con quienes leíamos y estudiábamos para llegar a una propuesta arriesgadamente original, que pronto empezó a transformar la carrera. Infortunadamente, por problemas internos de la universidad, al año siguiente se truncó el proceso y todo el grupo salió de la Facultad. Lo importante de esta experiencia es que me ubica en el ámbito académico de la comunicación, y lo percibo como el espacio estratégico desde el cual anclar mi trabajo en la realidad y las situaciones de este país, que era lo que buscaba hacer desde la filosofía. Es decir, no renuncio a la filosofía, porque en realidad la semiótica para mí era una hermenéutica y enlazaba con la fenomenología que venía trabajando en mi tesis doctoral. Encuentro que el campo de la comunicación me posibilita tanto coherencia teórica como el anclaje que buscaba con el país.

M.C.L./F.A.: Intentando una síntesis, difícil por lo vasto y complejo del proceso, ¿cómo fue el camino que te condujo a un Departamento de Ciencias de la Comunicación polémico, reconocido por los más y vituperado por algunos pero que, sin lugar a réplicas y como tu lo señalaras en tu despedida de la Universidad del Valle, logró identidad, alcanzó un rostro propio?

J.M.B.: La Universidad del Valle me presenta un documento que contenía el Plan de estudios preparado por la Ciespal, en Quito, y me pide que lo evalúe y presente su validación o alternativas. Lo que yo presenté fue una propuesta fuertemente alternativa pues explícitamente situaba el estudio de la comunicación en el espacio de las ciencias sociales. Esa propuesta se discutió durante dos días en un seminario en el que participaron los profesores de la Facultad de Humanidades y llegamos así a una serie de acuerdos para construir el plan de estudios. Se armó un equipo para elaborar el plan, y después de pasar por todas las instancias burocráticas, fue presentado al Consejo Directivo de la Universidad. Y ante la oposición que la propuesta recibió de algunos decanos, por primera vez en la Universidad se tuvo un cabildo abierto durante tres días en los que se escucharon las críticas y objeciones de profesores de todas las facultades. Finalmente se decidió que las objeciones o cambios se presentaran por escrito y así se llegó a su aprobación por el Consejo Directivo. Sin embargo, la polémica llegó hasta el ICFES pues un consultor externo a quien la Universidad solicitó un concepto, lo calificó de marxista-leninista! El propio director del ICFES me solicitó alguna asesoría, y después de un largo debate el Plan fue finalmente aprobado. Las posiciones en contra sin embargo no se acabaron: artículos de prensa descalificaban el plan, lo macartizaron, hicieron desinformación sistemática e incluso propusieron sacarme del plan y del país argumentando que, conforme a la Constitución del 86, un extranjero no podía dirigir ningún medio de comunicación y menos una escuela de formación de comunicadores. No obstante, logramos consolidarlo con un equipo que trabajó muy seriamente y entre cuya nómina de profesores estuvieron Estanislao Zuleta, Germán Colmenares, Guillermo Restrepo, Luis Ospina, y contamos además con la asesor ía de Andrés Caicedo y del fotógrafo Fernel Franco.

M.C.L./F.A.: Jesús, pero ¿por qué esa oposición tan beligerante? ¿Cuáles eran las objeciones fundamentales a este plan de estudios?

J.M.B.: Diría que el meollo de la oposición giraba en torno a nuestra propuesta de repensar tanto el oficio del periodista-comunicador como los procesos de comunicación e incomunicación que vivía el país, y esto en un momento en el que las facultades de periodismo tenían un marcado carácter pragmático. Nosotros proponíamos repensar el oficio, en primer lugar, desde los cambios tecnológicos que ya emergían en 1975, y sobre todo desde la nueva sensibilidad de una generación de alumnos que en Cali vivía ya más de la cultura audiovisual que de la cultura letrada. El reto inicial que nos planteamos entonces fue desplazar el eje de la información a la comunicación y, sin menospreciar la prensa, asumir el cine, la música, la radio, la televisión como espacios y medios de experimentación. En segundo lugar, repensamos el oficio a la luz del papel estratégico que los medios audiovisuales empezaban a jugar en los procesos políticos y culturales de modernización del país. Y en tercer lugar, abrimos espacio a las nuevas demandas de comunicación, especialmente a las que venían de los sectores populares.

Repensar los procesos de comunicación significaba ubicar el estudio de la comunicación no sólo en el ámbito de las tecnologías y de sus oficios o saberes, sino en el campo explícito de las ciencias sociales y de los estudios culturales. Pretendíamos trabajar activamente en la producción de una teoría de comunicación que tuviera como ejes los conflictos sociales que los medios escenifican, los desequilibrios en la libertad de expresión, la precariedad de nuestras sociedades civiles, y la falta de comunicación de nuestras instituciones políticas con el pueblo. Es, en síntesis, una propuesta que tenía de sobra para generar resistencias.

M.C.L./F.A.: Y después de ese arduo proceso ¿cuándo y cómo consideras tú que empieza a legitimarse el pregrado, que adquiere reconocimiento y una progresiva importancia?

J.M.B.: Cuando empezamos a entrar en diálogo con América Latina, que relativamente fue muy pronto. Habíamos creado el Departamento de Ciencias de la Comunicación en 1975 y ya en 1977 me invitan como ponente al primer Encuentro de Facultades de Comunicación Social, que tuvo lugar en México en la UAM Xochimilco. Pocos meses después se realiza en Lima el Encuentro del que nacería Felafacs (la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social) y allí presenté nuestra concepción y propuesta de estudios. Esta participación empezó a dar legitimidad al proyecto del Departamento en la medida en que resultaba original y desafiante también en el ámbito de América Latina. Encontramos interlocutores en Lima, en Santiago, en Buenos Aires, en México, mientras en Colombia muy pocos, salvo en la Javeriana y entre algunos profesores de la Bolivariana. Las demás, no querían saber nada de la del Valle. De manera que en Colombia nuestros interlocutores no eran -ni son- las gentes del campo de la comunicación sino de otros campos de la filosofía y la sociología a la antropología.

M.C.L./F.A.: A tu juicio, ¿qué es lo más importante de este proceso tanto para el Departamento de Comunicación que con ese equipo ayudaste a forjar, como para Jesús Martín en particular?

J.M.B.: Para el Departamento el haber logrado una identidad clara, legitimada internacionalmente y consolidada estos últimos años con la apertura de una especialización en Producción audiovisual y una maestría en Comunicación y Diseño Cultural. Y todo ello sostenido en un clima de investigación de parte de la mayoría de los profesores y con publicaciones permanentes en el ámbito nacional y latinoamericano. Un proyecto en suma que condujo, sin equívocos, a una nueva propuesta de formación e investigación, que en artículos y libros hace ya parte de una comunidad académica internacional.

Desde el punto de vista personal creo que mi trabajo ha sido posible por la generosidad de la Universidad del Valle que me permitió experimentar un nuevo modo de acercamiento a los procesos de comunicación. Me respetó aún disintiendo en parte de lo que hacíamos, me apoyó en mis investigaciones, me facilitó el viajar un año a Europa para organizar la investigación de la que saldría De los medios a las mediaciones. Y de otro lado siento que lo que hice tuvo como clave un profundo y sostenido diálogo con investigadores de las más distintas latitudes de América Latina: Rosa María Alfaro, Héctor Schmucler, Javier Protzel, María Cristina Matta, José Joaquín Brunner, Teresa Quiroz, Alicia Enthel, Beatriz Sarlo, Mabel Puchini, Oscar Landi, Anamaría Fadul, José Marques, Regina Festa, entre otros muchos. El diálogo me va a sostener cuando me arriesgo en líneas nuevas de investigación, me cuestiona continuamente lo que hago, me posibilita insertar mis análisis de los medios y las transformaciones culturales en perspectivas que descubro en común con gentes como Néstor García Canclini, Raul Fuentes, Guillermo Orozco, Aníbal Ford o Nora Mazzioti.

M.C.L./F.A.: Cuando hablas de otras perspectivas ¿a qué te estás refiriendo?

J.M.B.: Me estoy refiriendo a cómo el fenómeno de comunicación deja de identificarse únicamente con los medios y empieza a ser el fenómeno de la multiplicidad de los modos y formas de comunicación de la gente: desde el mundo de lo religioso hasta la plaza de mercado, pasando por el estadio y la esquina del barrio. Pues es desde esos modos cotidianos de comunicar desde donde la gente mira la televisión u oye la radio. La primera intuición la tuve en la Tadeo. Mientras con los alumnos leíamos a Eco y a Barthes les puse a investigar cómo se mueve, cómo habla, a qué huele, qué hace la gente al comprar y vender en una plaza de mercado popular como Paloquemao, y a describir las diferencias con lo que hace la gente en un supermercado como Carulla. O a comparar las vitrinas del almacén popular con las del Lago, y a dónde van o cómo se visten los sectores populares el domingo y cómo los de clase media alta.

M.C.L./F.A.: Desde la perspectiva de tus investigaciones, tras esas pistas de que tu hablas, durante algún tiempo compartiste aquella mirada de los medios como aparatos ideológicos y si es así ¿por qué y cuándo dudaste de su validez? ¿Hubo rupturas?

J.M.B.: No. Porque yo venía de la filosofía y de las preguntas de que te hablé al comienzo, de modo que nunca pensé la comunicación como efecto de los aparatos, ni de los aparatos ideológicos del Estado a lo Althusser ni de los maravillosos aparatos tecnológicos a lo McLuhan. Tenía un conocimiento vasto del lugar y la riqueza de la comunicación en la vida cotidiana y fue de ahí que provinieron mis intuiciones e hipótesis. Analizábamos los medios pero mi mirada siempre relativizó su poder. ¿Por qué? Porque vivía con la gente y me daba cuenta que para ella tenían más importancia fenómenos que pasaban por la esquina del barrio o por la iglesia que lo que pasaba por los medios.

M.C.L./F.A.: Jesús, ¿cómo surge el concepto de recepción activa? Como dato curioso, ¿se le reconoce a alguien su paternidad o maternidad?

J.M.B.: La idea ya había estado presente en la teoría de los usos y gratificaciones de Katz. Pero lo que yo intento plantear en un congreso en Ciudad de México -a mediados del 78- es otra cosa; es que no puede comprenderse el sentido de la comunicación más que desde la cultura. Lo que implica una revisión del proceso entero de la comunicación desde el mundo del receptor. Mi ponencia esbozó eso en estos términos: teníamos que pasar de estudiar el proceso de comunicación como un proceso de dominación a estudiar la dominación como un proceso de comunicación. Mirada así la comunicación se convierte en un proceso activo de lado y lado; porque no es sólo el amo el que seduce al esclavo, el esclavo también seduce al amo; y la gente no recibe pasivamente lo que recibe, la gente actúa, la gente es cómplice.

M.C.L./F.A.: ¿Pero en ese momento este planteamiento no era demasiado transgresor?

J.M.B.: La propuesta escandalizó mucho: ¡Cómo así que los pobres encima son cómplices de su dominación!. Entonces respondí con una pregunta de Deleuze en el Antiedipo: “Qué en el dominado trabaja a favor del dominador “?. Y redondeo mi propuesta: tenemos que empezar a mirar desde el otro lado: desde lo que hace la gente con lo que lee, con lo que mira, con lo que escucha.

M.C.L./F.A.: ¿Y en otras latitudes de América se estaba cuando menos gestando esta nueva mirada? Porque es que aquí hay un punto de llegada muy importante.

J.M.B.: En ese momento la perspectiva apenas se abría campo. Por mi parte encuentro resonancia en muy poca gente, Ana María Nethol, argentina exilada en México; en Salomao Amorín, decano de la Facultad de Comunicación de Brasilia; en Máximo Simpson, quien trabaja en la UNAM “ Cuando en México digo: cambiemos la pregunta, no es que tengamos que dejar de analizar la dominación, pero tenemos que empezar a mirar lo que el proceso de dominación tiene de comunicación, o sea de intercambio; ello removía aguas bien profundas. No he podido olvidar la brusca metáfora con que intenté hacerme entender: como hemos venido pensando la dominación se parece a lo que pasa entre una bota y una cucaracha. ¿Qué tipo de relación o de intercambio cabe entre una bota y una cucaracha? Ninguno, sólo aplastarla. Y en cierta forma era así como pensábamos la dominación que se producía en la comunicación. Pero era la negación de la comunicación. Verón lo planteó claramente: así vista, entre un dominador todopoderoso y un dominado inerme, incapaz de iniciativa, no podía haber nada, sólo cabía la paralización. Atrapada en una concepción instrumental y mecanicista de la sociedad y de los medios, la investigación-denuncia de la comunicación ¿no estaría ampliando la pasividad, la desmovilización entre la gente?

M.C.L./F.A.: Jesús, en 1982 Felafacs organiza el primer gran congreso, ya no de facultades, sino de estudios sobre comunicación y poder. Presentas allí una ponencia, “Apuntes para una historia de las matrices culturales de la masmediación”, que, a más de crear desconcierto en el auditorio, entrañaba planteamientos que, para el momento, provocan gran revuelo. Hablas de los saberes y modos de comunicación de las brujas, de la forma en que los anarquistas asumieron la cultura popular, de los inicios de la literatura popular con los pliegos de cordel. ¿A dónde apuntaban esos planteamientos?

J.M.B.: Fue un evento en el cual todo el mundo empezó hablando de tecnología. Yo comencé planteando la no contemporaneidad entre el discurso en que están escritos los mensajes de los medios y el discurso desde el cual la gente lo lee. Y cómo ello cuestionaba unos modelos teóricos desde los cuales no eran pensables las formas de lucha de las clases populares, la relación entre las formas de sufrimiento y las formas de rebelión popular, lo que conducía a una toma de conciencia en las izquierdas de la parte que les correspondía en la producción de lo que se creía monopolio de las transnacionales y las clases dominantes: el imaginario de masa. Pues también la izquierda está creando imaginario de masa, ya que una concepción estrecha y miope de lo político había llevado a despolitizar, en la reflexión y en la práctica, “las formas populares de la esperanza. - como las llamaba Hugo Assman- sus voluntarismos y sus furias, su religiosidad y su melodramatismo, en una palabra su cotidiana cultura, y con ella, sus movimientos de resistencia y de protesta y las expresiones religiosas y estéticas, es decir, no directamente políticas, de sus movimientos. ¿Qué derecho tenían ciertas izquierdas a escandalizarse de la despolitización que sobre esa cotidianidad y esas expresiones efectúa la cultura de masa si durante muchos años fueron ellas mismas las que sistemáticamente las despolitizaron a través de una concepción de la vida tan maniquea como la que critican y de una visión consumista, cuando no aristocrática, de la cultura?

Ello implica plantearnos en serio el espacio del receptor, esto es, del dominado y su actividad, toda la producción oculta en el consumo: la de complicidad pero también la de resistencia. Al abocar este problema constatamos que en América Latina, a diferencia de Europa y los Estados Unidos, la cultura de masa opera no sólo entre un proletariado empobrecido sino entre unas clases populares y medias a cuya desposesión económica y desarraigo cultural corresponden una memoria que circula y se expresa en movimientos de protesta que guardan no poca semejanza con los movimientos de la Inglaterra de fines del siglo XVIII y la España del siglo XIX. Luego aludí a ese largo proceso, del siglo XVII hasta el XIX, de enculturación de las masas, y cómo comenzó destruyendo las culturas locales y por eso la bruja se convirtió en blanco predilecto de la Inquisición. Cómo también los anarquistas usaron el saber popular, sus creencias, para generar conciencia revolucionaria “ Lo curioso es que, al finalizar mi intervención, un joven levantó la mano y enfáticamente me preguntó: “Si todos los otros conferencistas están hablando del poder de los medios que viene de la tecnología, ¿qué hace usted hablándonos de sus brujas y los anarquistas? ¿Me quiere explicar por qué esa obsesión suya con lo popular?”. Mi respuesta espontánea fue: “Quizás lo que estoy haciendo cuando investigo lo popular es rendir un homenaje a mi madre ”.

M.C.L./F.A.: Y si hay un homenaje a ella en ese interés tuyo por lo popular, ¿qué ha significado en ello tu madre?

J.M.B.: Ha sido con el tiempo que he ido comprendiendo el sentido de esa respuesta. La relación de lo popular con mi madre reside en que ella sintetiza en mi memoria lo más rico y profundo de la cultura popular: en tiempos duros como los de postguerra su solidaridad, su capacidad de aglutinar a la gente, su generosidad quitándonos parte de lo que nos daban por la cartilla de racionamiento para dárselo a los más pobres. Y también su profunda religiosidad. Después de doce o catorce horas de trabajo en la casa, se marchaba a la iglesia del pueblo y allá encontraba “su energía”. Recuerdo cuando mi padre le reñía por esto, sobre todo en invierno, cuando la temperatura llegaba a 10 grados bajo cero. Pero su respuesta era diáfana: ¿.Tu crees que yo podría aguantar esta vida si no fuera por el aliento que me da el encontrarme con Dios?”. Cuando después leí a Marx tuve que reconocer que la religión ha sido con frecuencia opio del pueblo, factor innegable de alienación, pero el recuerdo de mi madre me dice que también lo ha sido de aliento para vivir, de generosidad y solidaridad, que es en últimas lo que en gran medida configura el valor de lo popular.

M.C.L./F.A.: ¿Cuál era su nombre y cómo fue tu relación con ella?

J.M.B.: Se llamaba con un extraño nombre, Filomena. Y yo fui el menor de 6 hijos y en consecuencia, muy consentido y protegido por ella, por su ternura, su paciencia, su resistencia al dolor. Mi padre se llamaba Domingo y era reciamente castellano, era la austeridad y la autoridad. Pero quería mucho a mi madre y a pesar de representar para nosotros una figura patriarcal no tomaba una decisión sin consultárselo a ella; además, ella era quien manejaba la plata en casa. Y esto se me quedó grabado desde bien pequeño: cuando mi padre viajaba a Madrid a comprar lo necesario para surtir la tienda que teníamos, yo veía como le pedía el dinero y “negociaba. con mi madre. De hecho cuando ella murió, yo tenía 9 años, la tienda se cerró al poco tiempo. Fue mi madre quien me enseñó a amar la lectura leyéndome o haciéndome leer la poesía de Gabriel y Galán, un poeta popular de Castilla. Recuerdo el gran deleite con que leía y la seducción de que era capaz su palabra. Es curioso, los padres de Elvira, mi compañera, también conocían la obra de ese poeta y sabían de memoria algunos de sus poemas. ¡Hasta ahí llega la afinidad entre mi familia castellana y la familia santandereana con la que vine a emparentarme!.

M.C.L./F.A.: ¿Cómo se llama el pueblo donde naciste y qué recuerdos guardas de tu infancia? ¿Cuáles son aquellas imágenes perdurables y que de alguna manera han marcado tu vida?

J.M.B.: Las Navas del Marqués, un pequeño pueblo de Ávila donde crecí sintiendo los efectos de la guerra. Mi primer recuerdo es el de un día de sol subiendo al piso alto de mi casa y encontrándome con un gran agujero en el techo, de más de un metro de diámetro y los desechos esparcidos por el piso como consecuencia de un bombardeo. Yo diría que es una de esas imágenes que marcan profundamente tu vida. Pues así como los pueblos necesitan mitos fundadores, de algún modo los individuos los necesitamos también. Siendo un muchacho tímido, esa escena llegó a ocasionarme, ya adolescente, algo como una crisis existencial: bajando una tarde del piso alto, en el que había visto el agujero, de pronto perdí el equilibrio mientras me preguntaba: ¿quién soy? Y la imagen de ese agujero y de la luz me ha seguido rondando como la representación de lo precario de la existencia, que sin duda remitía a la pobreza de los primeros años, a la dificultad para conseguir las cosas más elementales, los vestidos usados de mi hermano mayor siendo ajustados a mi talla, o los abrigos de mis primos “ Es decir, fue una infancia de pobreza, en la que sin llegar a sentir hambre sí viví intensamente la carencia. Hay entonces como dos caras en esa imagen: la de la precariedad de la existencia simbolizada en la casa rota, y otra asociada a la felicidad, a la luz del cielo azul, del sol iluminando el interior de mi casa, en medio de la destrucción.

M.C.L./F.A.: Retomando el concepto de cultura que nos llevó a tu familia y a tu infancia, volvamos a los planteamientos que estabas haciendo: ¿cómo se da y se desarrolla el debate comunicación/cultura en América Latina?

J.M.B.: El debate transcurre entre las críticas. La propuesta de Néstor García Canclini asocia la cultura con la crisis de la cultura nacional y con la cultura cotidiana atravesada por las grandes dinámicas transnacionales. Brunner cuestiona la euforia gramsciana que él decía ver en García Canclini y en mí, esto es, la cultura popular como algo que resiste y se desarrolla. Y nos lanza un cuestionamiento muy fuerte: lo único que queda de popular es la recepción, mientras que la producción cultural está del otro lado. Los sectores populares pueden usar lo que las industrias culturales producen y hasta apropiárselo de diferentes maneras pero la producción se les escapa. Es decir, la cultura popular está cooptada. Yo interrogo lo que ha hecho impensable, o puramente instrumental lo popular en la investigación de comunicación: la amalgama entre comunicacionismo y denuncia produciendo una esquizofrenia que se tradujo en una visión que convierte a los medios en meras herramientas de la acción ideológica, de la reproducción del sistema, sin el menor espesor cultural. Para abordar la densa relación de los medios, de sus géneros y su estética, con la cultura popular habría que romper con la inmediatez y asumir una perspectiva histórica, única forma de deconstruir el “viejo. paradigma, tanto desde el punto de vista teórico como político.

M.C.L./F.A.: Sin esquematismos, ¿cuáles serían los hitos fundamentales de este proceso hasta llegar a las perspectivas y ámbitos que hoy se privilegian?

J.M.B.: Intentar un panorama de ese calado es muy difícil por lo complejo pero podemos señalar algunos hitos. Continuando en el marco de lo que desarrollaba en el punto anterior, pensamos que una primera etapa se “cierra. cuando se enfrenta el discurso positivista que considera insuficiente la propuesta formulada en términos de la ideología y la denuncia diciéndonos: seamos serios, pongámonos a hacer ciencia. Entramos entonces en una etapa que podríamos denominar cientifista, dominada por una teoría capaz de ordenar el campo y delimitar los objetos a partir del paradigma informacional y de su amalgama con cierto modelo semiótico. Llegamos así a la necesidad de un paradigma alternativo desde el que pudiéramos plantearnos el problema de la cultura y las mediaciones sociales. Pero dejemos en claro que no fueron únicamente los lí- mites del modelo hegemónico los que nos obligaron a cambiar el paradigma, fueron los tercos hechos, la realidad de América Latina lo que nos fue cambiando el objeto de estudio a los investigadores de la comunicación. Basta una mirada a los nombres de los seminarios y congresos latinoamericanos en los últimos años para corroborarlo: la presencia obsesiva de los términos democracia, cultura, movimientos populares. Y la cuestión de la constitución histórica de lo masivo, de cómo lo masivo comienza a cooptar lo popular en el tango o el fútbol. Vemos entonces un desplazamiento muy claro en el eje de los estudios de comunicación: ya no está ni en el emisor, ni en el mensaje, ni incluso en la recepción. Lo que interesa es cómo se insertan los cambios en la cultura cotidiana de la gente. Ahora el concepto báscula de la acepción sociológica, que identifica lo cultural con ciertas prácticas como las artísticas, a la mirada antropológica que es aquella que permite pensar la cultura del habitante de la ciudad, la cultura cotidiana de las mayorías.

M.C.L./F.A.: En este balance nos parece fundamental también mirar los “tránsitos” que permitieron una nueva mirada de la relación comunicación política. ¿Cómo analizas este camino?

J.M.B.: A fines de los años 70s. esa relación se plantea en términos de las llamadas “políticas nacionales de comunicación”. Pero poco después se dan en América Latina una serie de cambios que obligan a revisualizar las políticas, y el cambio más importante, a mi juicio, es el que nos va a hacer pasar de las políticas de comunicación a pensar políticas culturales; es decir, el contexto teórico-político para pensar los cambios en la comunicación es el de la cultura. De ahí la necesidad de formar en CLACSO la Comisión de Políticas Culturales integrada, entre otros, por Brunner, García Canclini, Oscar Landi, Luis Peirano y por mí. Y a partir de la creación de esta Comisión se abre un nuevo campo de investigación, el del consumo. Pues creímos que en últimas la gente al apropiarse de los medios tiene una capacidad de transformación más fuerte que el puro mecanismo de reproducción. El sentido de una práctica de comunicación no se reduce a la significación del “mensaje”. La significación es algo que concierne al mensaje, pero el sentido es siempre la relación de un texto con la situación, con un tiempo y un espacio determinados. De ahí que la significación pueda estar cooptada por lo que el emisor puso en el mensaje pero el sentido no, éste se construye entre lo que pone el medio y lo que con él hace la gente. Cuando comenzamos a trabajar, desde distintas latitudes de Latinoamérica, en esta perspectiva, las distancias se acortan y empezamos a comprender el lastre que dejó para la investigación la concepción estatalista y el formalismo desde el que se pensaron las políticas nacionales de comunicación.

M.C.L./F.A.: Hablando de fricciones y acercamientos, ¿cuál es el papel de las comunidades científicas en la legitimación de paradigmas, en la aceptación y circulación de nuevas categorías?

J.M.B.: Tienen un papel fundamental. Recordemos que un paradigma es un acuerdo entre investigadores; un acuerdo que comienza a caminar y a adquirir legitimidad hasta que, en el mejor de los sentidos, se impone. Los debates, diferencias y enfrentamientos, la obstinación y las alianzas son parte del camino que debe recorrer. Lo propio podría pensarse del surgimiento de nuevas categorías que emergen para nombrar lo que se quiere decir pero está huérfano de concepto. En vía de ejemplo, el discurso de los “aparatos ideológicos. atrapó a muchos, y por varios años, en una jerga de la cual no se podían salir. De alguna manera lo que uno hace en este terreno es ofrecer un lenguaje con el cual nombrar lo que muchos otros necesitan expresar.

M.C.L./F.A.: Pensando en el curso de la investigación latinoamericana en el campo de la comunicación y pensando en tus formas de acercamiento a las distintas realidades que van irrumpiendo en tus indagaciones, ¿qué cambios sustantivos se dan desde lo metodológico?

J.M.B.: Respecto a Latinoamérica hay una circunstancia poco conocida a pesar de su importancia y es la creación de ALAIC, Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación. Esta asociación va a ser el lugar donde nos encontramos quienes en el estudio de la comunicación logramos romper con el lastre del marxismo funcionalista, y asumimos las transformaciones profundas que se presentaban en todos los órdenes como un reto a los modos de hacer investigación, empezando a valorar otras dimensiones de la vida, otros fenómenos. Resultó muy importante que, de alguna manera, se le pudiera tomar el pulso a lo que iba pasando en la investigación a través de debates sobre nuevos “objetos. como los que introduce el estudio de la recepción. Desde el punto de vista de mi proceso, en 1982 planteo claramente en una ponencia presentada en México, que luego saldrá publicada en diversos espacios, la contradicción que percibo entre lo que queríamos y necesitábamos saber y las herramientas de que disponíamos para indagar el proceso de cómo se insertan los medios en la vida cotidiana de la gente. Lo que planteó muy pronto la necesidad de articular datos estadísticos con análisis cualitativo, principalmente aportado por estudios etnográficos, en tanto el objeto de estudio en ese momento ya no son los medios sino cómo se insertan los medios en la vida cotidiana de la gente. No utilizando la palabra, pero hablaba ya de la necesidad de la etnografía. Se produce un momento de confusión porque lo que se vuelve entonces objeto de investigación son los ritmos y rutinas cotidianas de la gente. Confusión de la que en parte nos ayudó a salir “La invención de lo cotidiano. de Michel de Certeau, que se planteaba explícitamente cómo estudiar las prácticas de producción ocultas en el consumo.

M.C.L./F.A.: Jesús, y ¿qué pasa con la semiología?

J.M.B.: Buena pregunta. Para responderla tengo que remontarme al primer curso de Estética que dicto en la Universidad del Valle. La preparación de ese curso va a reorientar el camino de mi investigación: si hablar de estética era pensar la manera como se ha hecho el arte y cómo lo han disfrutado las élites me era imposible encontrar allí las sensibilidades -en griego estética significa no una disciplina sino la sensibilidad- populares o de masas que eran las que yo quería indagar. Desde hacía un tiempo andaba “enredado. tratando de comprender las relaciones de lo popular con lo masivo, negándome a aceptar su oposición maniquea como entre lo puro y lo impuro, y había comenzado a identificar algunos hitos para la historia de su relación. Empezando por la “historia. de mi propia evolución desde la cultura de mi pueblo, los cuentos de las abuelas, los juegos, las canciones, la cultura alimenticia, los vestidos, las fiestas “ Y luego la entrada vertiginosa de los productos masivos, desde los comics y novelas del Oeste hasta la radio y el cine. Trazo un mapa de experiencias de la sensibilidad popular a partir de una intuición: la sensibilidad que se expresa en lo masivo está más cerca de la popular que de la erudita, por más manipulada y deformada que se halle, allí hay memorias narrativas e imaginarios estéticos de lo popular. Entonces propongo a mis alumnos un curso de estética que les sorprende : lo que vamos a analizar van a ser películas mexicanas, afiches callejeros, la estética de los interiores caseros de los nuevos ricos, los usos urbanos de las artesanías, las novelas de detectives, las telenovelas. Y de ese primer curso va a salir mi proyecto de investigar la literatura y la estética “de género”. Categoría de género que junto a la de mediaciones van a jugar un papel clave en mi trabajo posterior. De otro lado, la realidad nuevamente nos confronta: la crisis de la deuda externa, la vuelta a la democracia en varios países de América Latina durante los 80s”, son fenómenos que nos señalan cómo fue de inadecuada nuestra concepción de lo social para entender la complejidad de los procesos que condujeron al golpe de Pinochet o de Videla, empezando por el papel protagónico jugado por la clase media en el reventamiento del proyecto chileno. Y el valor estratégico de la comunicación a la hora de la reconstrucción de verdaderas democracias.

M.C.L./F.A.: A propósito de la escritura y de tus libros, ¿cómo explicas la diferencia entre la densidad del lenguaje escrito y la transparencia del oral que te permite llegarle a un público amplio y diverso?

J.M.B.: Lo que pasa es que cuando hago una conferencia o una charla, tomo mucho elemento de la vida cotidiana y una misma idea la planteo de cuatro maneras diferentes. Eso en el lenguaje escrito sería redundante y resulta inadmisible. La escritura es otro medio, en el que la densidad de un texto teórico resulta inevitable no por rebuscamiento sino por la complejidad de lo tratado. De otra parte, acepto que en la escritura acuden jergas que no son sólo de vocabulario sino también de la sintaxis, esto es, de estructuración de la argumentación. Yo diría que a veces la diferencia no es tanta; es decir, si pudiera leer los textos que escribo en el tono que yo siento, sé que mucha más gente los entendería. Este problema en alguna medida afloró en la traducción al inglés de uno de mis libros: cuando la primera traductora se encontraba frases demasiado densas tendía a “facilitar. su comprensión descomplejizando el lenguaje, cuando era en la matización donde yo me había dejado las pestañas en la noche, y donde se encontraba mi verdadero aporte.

M.C.L./F.A.: Jesús, ¿y la significación de tus libros?

J.M.B: Diría que son un poco como los hijos. Generalmente se afirma que a todos se les quiere por igual pero no es así: se les quiere distinto. Por ejemplo, Comunicación masiva: Discurso y poder (1978) fue para mí una experiencia muy dura; lo escribí siendo Director del Departamento, profesor de cuatro cursos semanales, y participando en los comités de currículo de la Universidad del Valle. Entonces, como pasaba allí 14 horas del día, debía tomar las noches en un trabajo de una intensidad brutal. Y lo asocio con algo muy doloroso: mis relaciones con Elvira y Alejandro, mi hijo mayor, se resintieron; incluso tuvieron que marcharse algunas semanas fuera de Cali para que pudiera concluir ese texto.

Básicamente, en ese libro recojo mi experiencia docente; aún cuando José Vidal Beneito, un destacado investigador español, me dijo en alguna ocasión que en ese libro estaban ya las claves, las pistas fundamentales de mi trabajo posterior sobre lo popular “ Es mi primera experiencia de escritura sistemática, nutrida por la riqueza de la docencia y organizado explícitamente en torno a un proyecto pedagógico.

M.C.L./F.A.: Refirámonos a De los medios a las mediaciones (1987), que es, sin lugar a dudas, de una parte, el libro más importante de cuantos has escrito -traducido a varios idiomas, recorre ya la cuarta edición en español y, de otra, el primer motivo del reconocimiento que NÓ- MADAS quiere otorgarte en este número en tanto está cumpliendo 10 años de invaluables aportes al campo de la comunicación y la cultura en América Latina. ¿Cómo lo analizas hoy y de volverlo a escribir, qué cambios le introducirías?

J.M.B: Ese libro ha resultado una paradoja: de un lado, para preparar en 1992 la asamblea de la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación en Acapulco, se realizó un trabajo estadístico sobre la bibliografía latinoamericana de comunicación y encontraron que era el texto más citado. Pero de otro lado, ese libro ha sufrido de los usos más perversos que produjeron reacciones muy fuertes en su contra. Así como se usó para revitalizar y estimular la investigación y la docencia, se usó también tramposa y facilonamente para desvalorizar el trabajo anterior de mucha gente. Es tan difícil escapar a los usos académicos de las modas””.y con las mediaciones pasó no poco de eso. De los medios a las mediaciones constituye en verdad mi propio mapa nocturno, construido durante cerca de diez años en base a intuiciones e hipótesis que fui cotejando en multiplicidad de encuentros internacionales y que después se enriqueció con un año de trabajo en España, que me permitió recoger documentación en París y en Londres, y finalmente tuve un año sabático en el que pude dar forma a unas pocas ideas básicas sostenidas sobre una enorme cantidad de documentación de una riqueza en realidad mayor de lo que incluye el libro. Lo que le cambiaría sería principalmente completar la parte de los géneros populares incluyendo la comedia y la novela gótica o de terror, que estaban en los esquemas preliminares y en la documentación recogida, pero que se quedaron por fuera con la idea de formar parte de otro libro que después no cuajó pues las demandas y los intereses fueron otros.

M.C.L./F.A.: ¿Y de todos tus libros existen esos esquemas preliminares?

J.M.B.: Existieron hasta el embalaje de mi biblioteca para venirme a residir en Bogotá. Eran montones de papeles, de textos escritos manualmente, con bolígrafo y que después pasaba a máquina y hoy al computador. Ahora sólo quedan unos pocos cuadernos que jalonan mi propia trayectoria de libro a libro y también los intentos fallidos, las búsquedas que quedaron a medio camino, y las que aguardan pacientemente un tiempo propicio. Quizá lo que De los medios a las mediaciones me dejó a mi personalmente fueron un montón de cuestiones abiertas y de senderos por los que seguir caminando muchos años más.

M.C.L./F.A.: Además de su impacto en América Latina, ¿este libro ha logrado el diálogo con otras latitudes? Pensamos, por ejemplo, ¿en cuál ha sido la lectura desde Europa?

J.M.B.: En Europa ha ocurrido algo extraño, mientras la recepción en Francia, país en el que me formé y del que está llena mi biblioteca, ha sido mínima; en Inglaterra sobre todo pero también en Alemania y en Italia ha sido muy estimulante. Y ello no ha sucedido sólo con mis libros. Igualmente García Canclini y Renato Ortiz estudiaron en Francia y no han traducido ni uno solo de sus libros, mientras Inglaterra y Estados Unidos sí los están traduciendo. De los medios a las mediaciones ha tenido una muy buena acogida también en España y sobre todo en el mundo anglosajón, traducido al inglés por la Editorial SAGE, Philip Shlesinger le hizo un prólogo para europeos donde resalta el hecho de que los investigadores latinoamericanos estemos dejando el oficio de “informantes nativos. para pasar a ser productores de teoría.

M.C.L./F.A.: Jesús, háblanos ahora de tu nuevo mapa nocturno, ¿cuáles son en este momento los temas en los que están centrados tus intereses investigativos?

J.M.B.: En primer lugar, me encuentro con una fuerte tendencia a reubicarme en la filosofía en la medida en que las preguntas de fondo hoy son preguntas por el sentido. El ámbito de la cultura, y en especial el de la comunicación, nos plantea interrogantes muy fuertes sobre el sentido o sin sentido del proceso de globalización : hacia dónde van las autopistas de la información? en qué planeta se sitúa el ciberespacio? Asistimos no sólo a un fin de siglo sino a un fin de milenio y todas las concepciones milenaristas han creído en un fin del mundo. Hoy nos toca sin duda asumir el fin de un mundo, que está muriendo ante nuestros ojos sin saber en qué otro mundo estamos entrando. Las preguntas son de tal calibre que no son respondibles desde los fragmentos que recortan las ciencias y de aquí la vigencia que en los últimos años ha recobrado la filosofía. En esta marcha acelerada de la sociedad hacia no sabemos dónde, las tecnologías han pasado a ocupar una dimensión fundamental de lo cultural, es decir, de la sensibilidad, de los gustos, de la percepción de lo próximo, de lo lejano, de lo presente, de lo pasado. Por ejemplo, esta conversión acelerada del presente en pasado se trueca en una máquina de vaciamiento del tiempo por aceleración. Entonces, el campo de la comunicación desde la cultura, como en el fondo lo he mirado siempre, se me convierte en un campo de preguntas por el sentido. La comunicación en buena medida se define como intercambio de sentidos, es la construcción colectiva de sentido. Pero ¿de qué sentido estamos hablando?

En segundo lugar, el tema de la ciudad y de los jóvenes. La ciudad como nuevo escenario de comunicación y lugar de emergencia de un sensorium nuevo, cuyos dispositivos claves son la fragmentación -no sólo de los relatos sino la experiencia des-agregación social- y el flujo: el ininterrumpido flujo de las imágenes en la pantalla encendida que es lo que retiene más tiempo al espectador. Ese sensorium se hace socialmente visible especialmente en los más jóvenes y en sus serias dificultades de conversación con las otras generaciones. Que me parece que es uno de los problemas contemporáneos más graves. Nunca la humanidad había vivido una ruptura generacional de esta envergadura, jamás la conversación entre padres e hijos estuvo tan colmada de distancia y de malentendidos. Y estoy convencido de que el mundo joven es hoy un espacio de expresión quizá más fuerte que el del propio arte, considerado siempre pionero respecto a los cambios que están transformando a la sociedad. La desazón de los jóvenes está hoy diciendo, tanto o más que el arte, de nuestras incertidumbres y rabias; lo que sucede es que no tenemos las claves hermenéuticas, no sabemos cómo leerlo.

Y también me obsesiona el descentramiento de la modernidad en relación con la modernidad de la ilustración que tuvo su centro en el libro y en una cierta razón que se creyó “la razón”. Ahí está en juego la apuesta de Habermas y su radical separación, casi maniquea, entre razón instrumental y razón comunicativa. Creo que concebir la sociedad desde esta dicotomía hace muy difícil concebir cualquier proceso emancipador. Al interior de la razón comunicativa existen unas dimensiones muy espesas de tecnicidad, y viceversa, lo instrumental también contiene densidad comunicacional. ¿Cómo se pueden escribir más de mil páginas sobre comunicación hoy sin decir una palabra sobre los medios? Considero que seguir oponiendo el proceso de modernización como perverso y el de modernidad como liberador es tratar la historia como una parodia, con el agravante de que así se legitima la otra separación, tan o más perversa: la que hace de estos países sujetos de modernización sin modernidad. Con lo que seguimos tratando de comprender nuestra historia a partir de la modernidad europea definida como la verdad y las nuestras como meras imitaciones deformadas. Pienso finalmente en la urgencia estratégica de estudiar las articulaciones comunicación cultura política, en las transformaciones de la cultura política y el papel protagónico que ahí tiene el escenario massmediático: a la vez como escenario del reconocimiento social y de la perversión del lazo social, de la crisis de la representación y de las nuevas formas de representar.

M.C.L./F.A.: En el diseño de este nuevo mapa y a propósito de tus inquietudes y reflexiones sobre el mundo de los jóvenes, ¿qué papel han jugado tus hijos, Alejandro y Olga, en tanto ellos pertenecen a ese universo?

J.M.B.: En el relato de mi vida, y esta entrevista es un poco eso, y también en las reflexiones profundas sobre mis campos de trabajo ellos se hacen presentes como interrogante pero igual como guías. Alejandro y Olga no sólo me han dado ganas a vivir sino que me han permitido asomarme “desde dentro. a la nueva cultura de los jóvenes: a sus modos de sentir, de oír la música que les apasiona, a sus maneras de leer entrecruzadamente libros y cine. En cierta medida son los indígenas de otra cultura que convive junto a Elvira y a mí, en nuestra propia casa, pero con otro ritmo y otro idioma.

M.C.L./F.A.: Imaginamos que dada tu personalidad, radicalmente racional, pero a la vez hondamente tierno, intelectual y dueño de inmensa afectividad, las crisis deben haber sido compa- ñeras de no pocas etapas de tu vida. Si se puede hablar de ellas, ¿cuáles han sido sus razones, cómo se han solventado y hasta dónde han jalonado tu proceso?

J.M.B.: Sí ha habido crisis y profundas. De algunas de ellas ya tangencialmente hablamos. Intelectualmente el paso de la semiótica a la historia y la estética que me embarcó en la aventura de lo popular, significó la crisis más explícitamente profesional: había construido un nombre como semiólogo y una carrera académica bastante definida; tenía además una red de contactos internacionales a través de la semiología. Durante un tiempo estuve suspendido, jalonado entre los dos proyectos: abandonar el “oficio. de semiólogo podía dejarme en el asfalto. Pero me la jugué y en verdad el trance duró poco: muy pronto la nueva perspectiva me abrió muchas más interlocuciones y me permitió poner en marcha otros proyectos. La crisis más fuerte vino después, hacia los tres años de publicado. De los medios a las mediaciones. Durante ese lapso viví apasionadamente en función de las demandas y preguntas que generó ese libro, viajando y participando en multitud de eventos en los que los planteamientos de ese libro eran eje fundamental. Pero luego, empiezo a percibir que de algún modo me estoy repitiendo, y que el texto se me ha convertido en un corsé que me impide abordar nuevas cuestiones. Entre 1989 y 1990 estuve en Puerto Rico.

El propósito inicial era dedicar ese año a elaborar un proyecto nuevo de investigación que articulara mis búsquedas dispersas. Pero me recargaron de trabajo y no pude dedicarme a lo en verdad estaba necesitando. Adicionalmente, ese año asistíamos a la caída del Muro de Berlín y es el año de la violencia del narcotráfico y las bombas absurdas en Colombia. Se me formó un conflicto de hondas proporciones: siento que mi regreso a Colombia está marcando la necesidad de meterme a fondo en este país, que tenía que encontrar aquí mis interlocutores, romper mis códigos y trascender, en cierto sentido, los cómodos vínculos del exterior. La crisis aquí no fue sólo teórica sino de proyecto vital: ¿cuál había sido y debía ser mi compromiso con Colombia? La crisis fue tan fuerte que el cuerpo me pasó la factura: ahí empezaron cerca de cinco años con serios problemas de salud que me llevaron a una cirugía del corazón y a una larga depresión posterior.

M.C.L./F.A.: En repetidas oportunidades hemos escuchado tu reconocimiento sobre hasta dónde Elvira fue importante en este trance. Háblanos un poco de ella y de tu relación de pareja. ¿En qué sentido ella se declaraba en alguna ocasión como tu “polo a tierra”?

J.M.B: Junto con mi madre es lo mejor que me ha sucedido en la vida. Porque fue capaz de arriesgarse a vivir con un tipo bastante serio, siendo ella natural, espontáneamente alegre, y yo más bien triste, con una sed de libertad inmensa pero introvertido, un poco tímido y complicado. Por otra parte, he vivido muchas reencarnaciones. La infancia en mi pueblo, la vida en Madrid, la primera estadía en Colombia, el regreso a Europa recorriendo muchos de sus caminos, arriesgándome en algunas aventuras afectivas, el retorno a este país, los veintidós años en Cali, y el retorno a Bogotá. No es fácil convivir con un nómada, intelectualmente anarquista, que ha viajado por el mundo dejando amigas y amigos por muchos lados. Elvira es la mujer que ha sabido entenderme, cuestionarme y acompañarme en todo, o en casi todo.

M.C.L./F.A.: Jesús, ¿qué lugar han ocupado los alumnos en tu trabajo académico? ¿Cuáles serían las características fundamentales de tu quehacer como maestro? Porque esta calidad tuya, en razón del tema monográfico de este número, dedicado a la formación de investigadores, es el segundo motivo del homenaje que te otorgan nuestros NÓMADAS.

J.M.B.: He vivido la docencia como una vocación. Durante muchos años he gozado inmensamente haciendo clases y aprendiendo de mis alumnos. En el espacio de la enseñanza con frecuencia se conectan ideas, se encuentran las claves para seguir adelante y son los alumnos con sus preguntas, algunas aparentemente locas, quienes contribuyen en el hallazgo de pistas. La docencia es un estímulo para la investigación, para no quedarse y seguir en la búsqueda. También creo que los alumnos la han pasado bien conmigo y de ello he tenido muchos testimonios. Invariablemente inicio mis cursos insistiendo en que no estoy adscrito al paradigma informacional sino a aquel desde el que es posible formar. Quizás la docencia ha sido la experiencia más placentera y más estimulante de mi vida. En los últimos años no lo fue tanto y lo atribuía en parte al conformismo e inmediatismo, a la ausencia de conciencia político-social de las nuevas generaciones. Pero tras la experiencia maravillosa de un último curso dictado en la Universidad del Valle antes de jubilarme, me di cuenta de que había generalizado injustamente y que el problema no era sólo de ellos sino que había allí mucho de mi crisis personal; que en la docencia había proyectado mi propio desajuste interior.

M.C.L./F.A.: En el paso por distintas universidades, en el Valle y Bogotá como profesor de largo aliento e, incluso, como conferencista y asesor regular, ¿consideras que has creado “escuela.?

J.M.B.: Si por escuela entendemos a una cierta continuidad en los modos de ver los procesos de comunicación -en la formulación de los problemas y en algunos conceptos-eje del análisis- y a un cierto estilo discursivo que desmontó barreras y entrecruzó saberes provenientes de los más diversos ámbitos, creo que es cierto y positivo en la medida en que ha estimulado a la gente a abrirse a nuevos horizontes y a saber correr riesgos. Además, y ya pensando en la Universidad del Valle, como lo hablamos, hay una escuela que tiene ya su identidad más allá de mi propio aporte.

M.C.L./F.A.: Cuando tus alumnos van “creciendo” y en un momento dado se convierten en tus pares, ¿qué cambia en la relación?

J.M.B.: Diría que lo que busqué a lo largo de más de veinte años en la Universidad del Valle fue formar un equipo y acompañarlo, de manera que la relación fue siempre con compañeros de trabajo. Ahora bien, en el proceso no sólo se construye una relación académica sino que lo afectivo está presente volviendo mucho más compleja esa relación. Y pienso que en un momento dado la resolución de las dependencias que crea el vínculo pasan por “matar al padre. así lo que esté en juego no sea, como dice Lacan, sino “el nombre del padre”. Todo proceso de relación largo e intenso está hecho de desgarrones, que son los momentos del crecimiento. De cualquier modo para mi ha sido muy gratificante ese tránsito porque no creo haber fomentado en nadie la dependencia; por el contrario, siempre busqué estimular la creatividad de cada cual y disfruto inmensamente cuando alguien que fuera mi alumno alza el vuelo con sus propias alas.

M.C.L./F.A.: Jesús, ¿podrías identificarnos algunas cualidades y actitudes que consideras claves de tu proceso de formación como investigador?

J.M.B.: Como antes contaba, nací en un pequeño pueblo veraniego a donde viajaban muchos universitarios de Madrid a pasar sus vacaciones, lo que me posibilitó intenso intercambio con amigos que estudiaban las más diversas carreras. Cuando fuimos entrando en un proceso digamos de intelectualización de la vida pude darme cuenta de la estructuración mental que me había permitido una formación secundaria muy seria en las lenguas clásica, el latín y el griego, porque no fue un aprendizaje instrumental sino cultural: con esas lenguas aprendí lo que ellas tienen de configuración de un universo, de un mundo cultural vasto y a la vez denso. Me aportaron también una formación lógica que, sin lugar a dudas, organizó mi mente tanto para la lectura como para la investigación. Y tuve la suerte de contar como amigo con un profesor que me dejó una huella muy profunda, Alfonso Querejazu, profesor de Historia de la Filosofía de la Cultura. Un viejo intelectual vasco liberal, que se fue a vivir a Ávila después de años en la diplomacia, y que desde allí animaba un grupo de intelectuales progresistas en pleno franquismo, y del que formaban parte pensadores como José Luis Aranguren, Julián Marías, Carlos París, Pedro Lain Entralgo, y poetas de la talla de Dionisio Ridruejo, Luis Rosales. Cada año durante una semana ese grupo que hacía parte de lo mejor de la intelectualidad española se reunía en un chalet de la Sierra de Gredos, también en la provincia de Ávila. Y dos años tuve la suerte de ser invitado a las “Conversaciones de Gredos. como se denominaba el grupo. Las conferencias, que cada año giraban sobre un tema, y la convivencia con un grupo de gente tan libre y lúcida, en aquellos años de cerrazón total, me sembró una libertad interior cuyo rescoldo no se ha apagado aún. De otra parte, las clases de Historia de la Filosofía realmente me abrieron el mundo pues Don Alfonso las convertía en una experiencia de vida. Y la Historia de la Cultura puso las bases a mi manera de acercarme a la comunicación desde la cultura. Creo sinceramente que debo a Don Alfonso Querejazu ciertos secretos de mi formación que explican tanto las líneas de trabajo que fui eligiendo como el talante abierto a los cruces con las ciencias sociales y la literatura.

M.C.L./F.A.: ¿La disciplina juega una función importante en tu rutina cotidiana, en tu rutina de trabajo?

J.M.B.: Sí, si por disciplina entendemos una cierta obsesión por el orden y una fuerte continuidad, o mejor fidelidad de meses y años a lo que estoy buscando. La capacidad de esquematizar, de descubrir y reconstruir el esqueleto de un argumento me ha ayudado bastante porque me ha permitido leer mucho sacándole a los libros lo que tenían de jugo y de jugosos. Pienso en la disciplina como algo que viene de dentro, una exigencia interior que nada tiene que ver con las imposiciones autoritarias. Por eso hablaba de fidelidad, ya que de lo que se trata en últimas es de hacer del trabajo parte de tu propio crecimiento interior, de esa lenta maduración de las intuiciones hasta dar con el concepto que te acerca a un saber, en el que, como decía Barthes importa menos el poder de que te dota que el sabor que le pone a tu vida. Mi disciplina tiene un origen cierto en mis ancestros castellanos, en aquel mundo ascético y riguroso que enlazaba con la austeridad de la tierra y los ritmos de la labranza y la paciencia del campesino. Pero tiene también esas otras raíces que pusieron en mis primeros años de estudios mis maestros, en especial Don Alfonso.

M.C.L./F.A.: Jesús, para concluir esta larga conversación, ¿qué representa para tí la poesía? Tu primer libro publicado en España fue precisamente un libro de poemas y sabemos que muchos poemas hacen parte de tus papeles más queridos. ¿En verdad piensas retornar a ella?

J.M.B.: Junto al racionalista hay en mí una pasión estética y una vocación poética muy temprana que se alimenta de la lectura, del cine y de la música. Infortunadamente para mí, la investigación, la academia, durante un tiempo estrecharon mi vida y la dimensión intelectual le ganó a la pasión poética. Pero afortunadamente estoy de vuelta, a la filosofía y a la poesía. Una de mis intenciones claves al retornar a Bogotá fue desvincularme al máximo de la academia y dedicarme de lleno a leer y escribir, escribir en distintos registros y tonos, desde periodismo hasta poesía. No lo he logrado aún porque estoy apenas reubicando mi vida en esta dura y diversa Bogotá. Pero volveré a la poesía, porque allí está el lenguaje que me permite nombrar lo que más amo a estas alturas de mi vida. Me permite recoger la memoria de lo vivido y enlazarla con la de Elvira, Alejandro y Olga.

Como un guerrero antiguo
te traigo, madre tierra, las heridas,
como un árbol, los vientos
que azotaron mis ojos
durante tantos años de camino.
Con mi alforja repleta
de ansiedades y de cartas de mar
yo dejé una mañana la vieja casa,
el río, las murallas,
y me fui con mi sed a descubrir el mundo.

Crucé azules inmensos
de pintadas gaviotas,
desangrados y rojos arenales,
dormidos lagos verdes
de esmeralda nocturna
y montes como espadas de piedra,
cobre y nieve.

Fragmento del poema El guerrero y el árbol


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