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Las ciencias sociales en argentina: itinerarios intelectuales, disciplinas académicas y pasiones políticas*

As ciências sociais na argentina: itinerários intelectuais, disciplinas acadêmicas e paixões políticas

Social sciences in argentina: intellectual itineraries, academic disciplines and political passions

Sandra Carli**

* El texto es producto de la investigación “Transformaciones de los procesos de adquisición, producción y transmisión del conocimiento universitario. Un estudio de caso centrado en las historias de vida de profesores/as de la Universidad de Buenos Aires del área de humanidades y ciencias sociales”, Proyecto de Investigación Plurianual 2011-2013, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Instituto de Investigaciones Gino Germani.

** Doctora en Educación. Investigadora del Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas en el Instituto de Investigaciones Gino Germani, y profesora titular regular de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires (Argentina). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Resumen

Se realiza aquí una aproximación a las ciencias sociales en Argentina a través de los estudios sobre comunicación ysobre educación desde los años setenta del siglo XX hasta el presente. Se efectúa el análisis de los itinerarios académicosde dos figuras destacadas del espacio universitario, a partir de su lugar de enunciación, la tensión entre saberesuniversales y particulares y la escritura intelectual. Finalmente se propone investigar el acervo intelectual de lasciencias sociales latinoamericanas ante la emergencia de intelectuales desligados del debate sobre los vínculos entreconocimiento y política.

Palabras clave: ciencias sociales, Universidad, conocimiento, disciplinas, intelectuales, educación.

Resumo

É realizada aqui, uma aproximação às ciências sociais na Argentina através dos estudos sobre comunicação e sobreeducação desde os anos setenta do século XX até o presente. É efetuada a análise dos itinerários acadêmicos de duasfiguras destacadas do espaço universitário, a partir de seu lugar de enunciação, a tensão entre saberes universais eparticulares e a escritura intelectual. Finalmente, propõe-se investigar o acervo intelectual das ciências sociais latino-americanas ante a emergência de intelectuais desligados do debate sobre os vínculos entre conhecimento e política.

Palavras-chave: ciências sociais, Universidade, conhecimento, disciplinas, intelectuais, educação.

Abstract

This text portrays an approach to social sciences through the studies of communication and education since the 1960sto the present. The academic itineraries of two outstanding scholars are analyzed, taking into consideration their siteof enunciation, the tension between universal and particular knowledge and intellectual writing. Finally, it deepensinto the intellectual heritage of Latin American social sciences, facing the uprising of intellectuals who are detachedfrom the debate about the connection between knowledge and politics.

Key words: social science, university, knowledge, intellectuals, disciplines, education.

 

Como parte del interés por explorar la configuración de las ciencias sociales en América Latina y los desafíos académicos e intelectuales en curso, me propongo presentar una aproximación a las ciencias sociales en Argentina desde una perspectiva histórica y actual, recuperando ciertos balances existentes y algunos acontecimientos destacados. Me detendré en particular en los estudios sobre comunicación y los estudios sobre educación, como zonas de las ciencias sociales que comparten ciertos rasgos y que permiten explorar la metamorfosis que afecta al área en las últimas décadas. Desde una perspectiva biográfica, abordaré la producción intelectual de dos figuras destacadas de estos campos de las ciencias sociales, afirmando su papel fundante en la configuración de éstos últimos. Me interesa considerar estas figuras como exponentes de un tipo de intelectual latinoamericano en el que se reconoce la convergencia de las inquietudes político-intelectuales de los años setenta acerca del vínculo de las ciencias sociales con la cuestión nacional y popular; los modos de la vida universitaria en los años ochenta y noventa, caracterizados por una mayor relevancia de la producción académica y de la formación en ciencias sociales; y la persistencia de la actuación crítica en la esfera pública durante todo el ciclo democrático. La producción intelectual de estas figuras se inscribe dentro de lo que O’Donell (2007) ha denominado las ciencias sociales latinoamericanas, que se han caracterizado por indagar la especificidad de sus temas y casos, por hacerlo con un espíritu crítico y por estar cerca del problema de la política y de sus conflictos.

ACERCA DE LAS CIENCIAS SOCIALES EN AMÉRICA LATINA: UNA EXPLORACIÓN DEL CASO ARGENTINO

En las últimas décadas el debate en América Latina acerca de las ciencias sociales ha sido álgido, signado por el impacto de la globalización académica en las disciplinas, objetos de estudio y metodologías de investigación, pero en forma más amplia, por los significados del conocimiento social para interpretar e intervenir sobre un mundo crecientemente interconectado, incierto respecto a su futuro cercano y atravesado por flagrantes desigualdades sociales. La reflexión actual sobre el papel del conocimiento científico en la atención de las problemáticas regionales, los usos del conocimiento en diversos ámbitos, la transferencia, aplicación y divulgación del conocimiento universitario indican una mayor cercanía y contacto de la producción académica con el Estado y las demandas sociales y la convergencia entre distintos actores, instituciones y tipos de saberes en los espacios de definición de políticas públicas.

Desde el punto de vista teórico-epistemológico, la expresión giros tradujo la conmoción experimentada en las ciencias sociales a partir de la creciente relevancia del lenguaje como clave analítica y de la nueva impronta cultural de los objetos de estudio, haciendo evidente la erosión de las fronteras de las disciplinas y la contemporaneidad de sus lenguajes interpretativos. Sea de la mano del debate modernidad-posmodernidad que en la década de los ochenta del siglo XX puso en tela de juicio el conocimiento moderno, legitimando la emergencia de puntos de vista, o de las teorías sobre la globalización que en la década de los noventa ahondaron en los vínculos entre conocimiento y poder y en las dimensiones universales y particulares de los saberes, las ciencias sociales han sufrido una metamorfosis. Para Altamirano, una mayor dispersión teórica y una pluralización de los criterios para recortar objetos habría impactado en la crisis de los enfoques ortodoxos y en un mayor eclecticismo, dando lugar a “un paisaje más proliferante que estructurado” (2005: 13-14). Más que la metáfora del paisaje, Becher prefiere usar la de “edredón o colcha de retazos” para aludir a las ciencias sociales (2001: 23). Por otra parte, la emergencia de nuevos modos de producción de conocimiento transdisciplinar ha puesto en cuestión las fronteras de las comunidades disciplinares, frente a lo cual la Universidad ha reaccionado de manera nostálgica al intentar conservarlas en sus planes de estudio (Aronson, 2003).

Frente a semejantes mutaciones, un recorrido fértil ha sido la investigación histórica sobre las ciencias sociales, tanto sobre disciplinas clásicas como sobre campos de conocimiento de constitución más reciente y transversales, propiciando el reconocimiento de los rasgos propios de la producción académica en América Latina. La investigación sobre el derrotero de las disciplinas, desde la historia intelectual, la historia social del conocimiento o la historia de la educación superior, ha permitido ampliar el conocimiento sobre las ciencias sociales que acompañó la expansión de las universidades en los años cincuenta y sesenta del siglo XX. Aun cuando algunos autores consideran que es errado asociar la producción de saberes sociales exclusivamente a la historia de la Universidad (Neiburg y Plotkin, 2004), interesa detenerse en esta última por su relevancia en el terreno de la investigación y de la transmisión de conocimiento. La indagación de trayectorias intelectuales de individuos y grupos de distintas generaciones, géneros y territorios ha ofrecido, por último, una perspectiva sobre las formas públicas, sea estatales o de otro tipo, de conocimiento social, que complejizan y amplían los abordajes antes centrados en los textos académicos o en las historias institucionales. Los aportes del enfoque biográfico, los estudios poscoloniales, el pensamiento feminista, los estudios culturales, pero también de la filosofía del pragmatismo (Carli, 2012, 2013), entre otros, al mismo tiempo que tienen su propia genealogía en el campo de las ciencias sociales, ofrecen nuevas categorías y preguntas para iluminar aspectos antes opacos de los procesos de producción de conocimiento.

Los balances que surgen de los estudios históricos (Altamirano, 2010) indican que la producción de las ciencias sociales en América Latina ha sido notable e intensa, que se ha generado en la articulación entre tendencias internacionales y dinámicas locales, que ha estado atravesada por los complejos y traumáticos acontecimientos políticos, sociales y económicos del siglo XX, y que ha sido resultado de la actividad de las instituciones universitarias y de otros centros de estudios que han tenido etapas de estabilidad e inestabilidad, de flujo y reflujo. Los estudios reconocen distintos momentos en la segunda mitad del siglo XX: mientras los años cincuenta y sesenta fueron escenario del auge de las ciencias sociales a partir de la creación de nuevas carreras en las universidades, abiertas a la recepción de enfoques y paradigmas de posguerra, en los años setenta se produjo una reconfiguración de las ciencias sociales de impronta latinoamericanista, a partir de las circunstancias críticas generadas por el avance de Estados Unidos y los golpes militares en el continente, con lo cual adquirió mayor visibilidad la producción local y regional; los años ochenta, en cambio, fueron escenario del declive de aquella producción en el marco del fin del socialismo real y la reconfiguración del capitalismo neoliberal y del inicio de procesos de globalización académica y de mercantilización de la educación superior. Pero a partir de los años noventa, las ciencias sociales sufren cambios en sus contenidos y formas con el despliegue de la profesión académica, el desarrollo de nuevos enfoques y paradigmas teóricos y la emergencia de problemáticas regionales en un ciclo con tendencias neoliberales y posneoliberales en el que los intercambios regionales e internacionales se han intensificado.

Como parte de esos esfuerzos, tendientes a ampliar la comprensión de los derroteros de la producción intelectual de las ciencias sociales en América Latina y a otorgar visibilidad y reconocimiento a ciertas figuras, me interesa detenerme en el caso argentino. Desplegar una serie de consideraciones sobre la producción de las ciencias sociales en un país implica reconocer sus singularidades históricas y sus semejanzas y diferencias con los procesos experimentados por otros países. Como señalan distintos autores, la producción de saberes en una sociedad nacional debe leerse en estrecha relación con el proceso de circulación internacional de teorías, individuos y modelos de acción política (Neiburg y Plotkin, 2004), pero también prestando atención en el enraizamiento local de saberes, disciplinas y corrientes científicas de carácter transnacional (Salvatore, 2007).

Entre los rasgos históricos de Argentina cabe mencionar, entre otros, la expansión desde fines del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX de un extenso sistema de educación pública y el desarrollo temprano de instituciones universitarias; la recurrencia de golpes militares entre 1930 y 1976 y de crisis económicas a partir del ciclo democrático abierto en 1983 que imprimieron una particular inestabilidad institucional; la creciente relevancia a partir del las políticas del peronismo de los sectores medios y populares, con sus demandas educativas y sociales, que serían objeto de estudio de la sociología; la ampliación constante de la esfera de derechos como rasgo de una sociedad movilizada desde los años setenta hasta la actualidad; las constantes tensiones políticas ligadas con la confrontación histórica entre populismo y liberalismo y su impacto sobre las transformaciones del Estado. Respecto de las ciencias sociales, distintos estudios han destacado ciertos rasgos: en los años cincuenta y sesenta la incidencia del conflicto entre el campo de la cultura y el campo del poder político (Sigal, 1990) y la constitución de saberes especializados en el marco de nuevas disciplinas y carreras, vinculados con la Universidad y la producción ensayística (Neiburg y Plotkin, 2004); en los años ochenta y noventa, la falta de vinculación de las ciencias sociales con modelos productivos nacionales como balance posdictatorial (Puiggrós, 2003); y en el contexto global de fines del siglo XX, el fin de los universales en las ciencias sociales y la preponderancia de la acción en condiciones de mayor incertidumbre (Schuster, 1997), así como los desafíos de los investigadores de producir conocimientos intersubjetivos ante las tensiones existentes en la realidad social (Grimson, 2011).

En años recientes se produjo una particular revitalización de las ciencias sociales, a partir del crecimiento exponencial en las últimas dos décadas de los posgrados universitarios, dentro del que se destaca el ascenso de maestrías y doctorados en este ámbito (Unzue, 2011), sobre el telón de fondo de las interpretaciones críticas sobre el futuro de las humanidades y las ciencias sociales en el mundo. Ese notable crecimiento propició a su vez balances sobre el estado de estas ciencias, además de otras iniciativas como el Programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea (Pisac), que fuera creado por el Consejo de Decanos de Facultades de Ciencias Sociales y el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación. En una mesa de debate con reconocidos especialistas organizada por el Instituto de Investigaciones Gino Germani referida al estado de las ciencias sociales en Argentina (Argumedo, et al, 2008), se identificaron tensiones y trayectos pero también debates abiertos: la persistencia de la transmisión intergeneracional del conocimiento, asociada con la cátedra universitaria como espacio de formación, que se inicia en el nivel de pregrado y se renueva en el nivel de posgrado; la continuidad de líneas de pensamiento social, a pesar de la discontinuidad institucional de la historia universitaria, signada por dictaduras militares y coyunturas económicas críticas; el divorcio entre la producción del conocimiento y la configuración institucional del poder, como diagnóstico persistente; y la urgencia de un debate sobre las bases necesarias para la formación de los científicos sociales, ante el creciente peso de la especialización científica (Carli, 2008a).

Pero las ciencias sociales en Argentina conforman un territorio heterogéneo, en tanto participan disciplinas de distinta tradición y legitimidad. Mientras la historia, la sociología, la antropología o la psicología han sido objeto de estudios genealógicos y de constantes balances, otras disciplinas como las ciencias de la educación, con más larga historia, y las ciencias de la comunicación, de constitución más reciente, han tenido un desigual tratamiento y reconocimiento desde el punto de vista académico, y una institucionalización tardía o en curso. Recurriendo a Becher (2001), podríamos afirmar que, mientras las primeras corresponderían al dominio del conocimiento “blando puro” y a estructuras convergentes y redes tupidas, las segundas corresponderían al conocimiento “blando aplicado”, con estructuras divergentes y redes más flojas y con un mayor contacto con “territorios colindantes” o “áreas de conocimiento vecinas”. Detenernos en estas disciplinas, que presentan algunas problemáticas y dilemas comunes, explorando en una segunda instancia las obras de referentes destacados que se han desempeñado en la producción y transmisión del conocimiento en el espacio universitario y en otros ámbitos, permitirá reconocer la existencia en las ciencias sociales de diversas mixturas y combinaciones entre imaginarios sociales y políticos y producción académica.

EN TORNO A LOS ESTUDIOS SOBRE EDUCACIÓN Y A LOS ESTUDIOS SOBRE COMUNICACIÓN: TENSIONES Y DILEMAS COMUNES

Los estudios sobre educación y los estudios sobre comunicación, cristalizados desde el punto de vista curricular en carreras universitarias en los años cincuenta y en los años ochenta del siglo XX, respectivamente, presentan algunas tensiones y dilemas comunes. Por un lado, las tensiones vinculadas con el hecho de que se trata de campos de conocimiento cuyas identidades académicas se han configurado a partir del vínculo teórico-epistemológico y metodológico con otras disciplinas de las humanidades y las ciencias sociales y del reconocimiento de la especificidad particular de sus objetos y de sus abordajes; pero también los dilemas vinculados con sus fronteras y su autonomía relativa, considerando la impronta interdisciplinaria de sus lenguajes y de sus problemáticas en estudio. Por otro lado, en tanto se trata de saberes que se desarrollan en distintos ámbitos y espacios (Universidad, Estado, sociedad civil, mercado, entre otros), resultan constantemente interpelados en cuanto a su valor, pertinencia y legitimidad por las prácticas, las instituciones y los actores sociales: al inscribirse en una zona fronteriza se ven sujetos a un más estrecho lazo entre conocimiento y política.

Si bien la pedagogía tiene una larga historia desde sus decimonónicos vínculos con la filosofía, las llamadas ciencias de la educación —denominación que adquirieron las carreras de formación pedagógica en la mayoría de las universidades nacionales en los años cincuenta del siglo XX— formaron parte de las emergentes ciencias sociales de los años sesenta. Suasnabar y Palamidessi (2006) sostienen que el campo de producción de conocimientos sobre educación ha estado marcado en Argentina por la necesidad de regular el conjunto de prácticas, discursos y acciones de los actores educativos, a diferencia de otras disciplinas en las que primó la institucionalización de saberes científico-académicos. Reconocen como raíces el campo burocrático-estatal y la Universidad, distinguiendo entre distintas etapas: la primera, caracterizada por la centralidad del Estado en la constitución del campo y los inicios de la institucionalización en la Universidad (1880-1960); la segunda, por la incipiente profesionalización universitaria y de la burocracia estatal (1960-1983); y la tercera, por la reconfiguración, expansión y diferenciación del campo que se extiende desde 1984, con el retorno a la democracia y la reapertura del debate educativo, hasta comienzos de los años noventa del siglo XX. En la última etapa sitúan, entre otras tendencias, la ampliación de la base institucional de las agencias productoras de conocimiento en educación, la renovación de enfoques teóricos y la reforma de los planes de estudios de las carreras de educación.

El sistema educativo ha sido objeto de estudio, interpretación e intervención desde distintas enfoques de las ciencias sociales durante el ciclo iniciado en 1983 hasta la actualidad. Como señalamos en un trabajo anterior (Carli, 2008b), es posible reconocer una combinación de perspectivas disciplinarias y posdisciplinarias, modernas y posmodernas. A zonas con relativa acumulación como la sociología, la psicología y la historia de la educación, se sumaron durante la década de los noventa los aportes de la pedagogía crítica, el posestructuralismo y el posmarxismo, el pensamiento feminista y los estudios culturales, cuando en el plano político-educativo se producía una polémica reforma del sistema educativo, presentada desde un discurso totalizador de impronta neoeconomicista. La producción intelectual de distintos grupos académicos experimentó cierto giro hacia la teoría, verificándose en una primera etapa el impacto del giro lingüístico con el auge de la noción de discurso educativo, y en una segunda etapa del giro cultural, con el peso de nociones como identidad, cultura y consumos. Se produjo la combinación entre tesis totalizadoras (centradas en objetos de análisis como el sistema educativo y el mercado) y tesis destotalizadoras (centradas en “fragmentos”, “casos”, “situaciones” o “escenas”). Entre otras posturas se ha destacado la consideración del sistema educativo como un dispositivo de homogenización cultural, la vinculación entre procesos educativos y subjetividad, la educación como espacio o esfera cultural y la relectura de los vínculos entre educación y política.

Al conmemorarse cincuenta años de las carreras de ciencias de la educación en distintas universidades, se destaca la reconstrucción de las trayectorias de figuras destacadas de los estudios sobre educación del espacio universitario (Arata et ál., 2009), la realización de balances y debates sobre el campo de la investigación educativa y sus formas de institucionalización y la producción de diagnósticos sobre el sistema educativo y sus problemáticas en el marco de la multiplicación de acciones y programas desde organismos estatales.

Los estudios sobre comunicación, aun con antecedentes diversos, se institucionalizaron en el ciclo democrático cuando se crearon en Argentina las carreras de ciencias de la comunicación o comunicación social en distintas universidades nacionales. Según Varela (2010), durante la década de los sesenta se produjo la emergencia del problema de los medios de comunicación desde el punto de vista intelectual, bajo la concepción de éstos como agentes del imperialismo cultural y desde referencias teóricas provenientes del marxismo, el estructuralismo o la semiología; durante la década de los ochenta, se configuró un campo en comunicación y cultura que concibió la cultura de masas como una forma de cultura popular, como reacción contra la cultura de las élites ilustradas. En un trabajo que presenta las principales líneas de investigación existentes en Argentina entre 1986 y 1996, Jorge Rivera (1997) situó: el espacio semiótico, la intersección comunicación- cultura, comunicación, cultura y política, comunicación y marketing político, la condición híbrida y las perspectivas críticas (el pensamiento frankfurtiano, el situacionismo francés, las especulaciones posmodernas, entre otras); destacó la fuerte productividad del campo de estudios sobre comunicación, medios y cultura, su tendencia arborescente, con sus riesgos epistemológicos y metodológicos vinculados con la apertura multidisciplinaria, y las distintas visiones sobre el estatuto del campo y la necesidad o no de su institucionalización. Otros autores sumaron a este mapeo el derrotero de los estudios sobre recepción, señalando la escasez de investigaciones empíricas en Argentina respecto de América Latina y el pronto pasaje del interés por introducir las perspectivas de los sujetos populares en su relación con el poder y los medios a su reducción al funcionamiento de las audiencias televisivas y a la actuación de usuarios y consumidores (Grimson y Varela, 1999). Distintas revistas universitarias (Causas y Azares, Zigurat, Tram(p)as de la Comunicación y la Cultura, entre otras) han generado aportes a la reconstrucción de las memorias del campo y de sus figuras principales. Por último, en ocasión de los veinte años de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, el III Congreso Panamericano de Comunicación ubicó en un lugar central lo que sería el gran debate de los años recientes: las luchas por la democratización de la comunicación en un escenario cada vez más definido por principios económicos orientados por grandes corporaciones transnacionales y por la expansión de las tecnologías de la información y la comunicación y del mundo audiovisual (Loreti et ál., 2007). La renovación generacional en las carreras de comunicación y la expansión de áreas de investigación y ofertas de formación de posgrado han dado lugar en los últimos años a una nueva etapa de este campo de estudios en la cual nuevas generaciones de comunicólogos participan activamente en la redefinición de los currículos y en los debates públicos sobre las políticas y el sistema de medios en el país.

Si los estudios sobre educación han estado signados por la implantación y expansión de los sistemas escolares nacionales, que operaron como verdaderos dispositivos culturales en la alfabetización y ciudadanización de la población infantil, los estudios sobre comunicación, que han girado en torno al rol y alcance de los medios de comunicación, han estado siempre ligados a las tensiones propias de la mundialización de la cultura. En el ciclo democrático, el debate sobre sus alcances respectivos, sobre el desplazamiento, el relevo o la convergencia de las tareas culturales del sistema educativo y de los medios de comunicación en plena etapa global, pero también sobre el papel del Estado y el avance del mercado, sobre el derecho a la educación y el derecho a la comunicación y sobre la calidad de la educación pública y de la comunicación pública, ha sido central en estas zonas de las ciencias sociales “blandas”, pero; a la vez, fuertemente políticas y “aplicadas”, en escenarios signados por el avance y reflujo de políticas neoliberales y la emergencia de nuevas demandas y desafíos de inclusión social, cultural y educativa.

ITINERARIOS INTELECTUALES PARA COMPRENDER EL DEVENIR RECIENTE DE LAS CIENCIAS SOCIALES

El derrotero de las disciplinas académicas está siempre atravesado por intervenciones intelectuales individuales y colectivas en determinadas coyunturas y épocas. Las zonas de las ciencias sociales que estamos analizando, constantemente interpeladas por problemáticas y acontecimientos de la realidad social y política y en proceso de configuración y reconfiguración entre los años sesenta y la actualidad, han tenido referentes destacados que en lugar de ser pensados como exponentes de disciplinas consolidadas, deben ser considerados como figuras fundantes de éstas. En el caso argentino, la situación de debilidad institucional de las universidades públicas a partir de impacto del Proceso Militar entre 1976 y 1983 y del desfinanciamiento que las afectó durante la década de los noventa, colocó a profesores y profesoras universitarias ante mayores exigencias académicas, pero también políticas. Exigencias académicas vinculadas, a partir del retorno a la democracia, con la necesidad de formar a nuevas generaciones luego del vaciamiento cultural provocado por la dictadura militar, de dar continuidad a ciertas líneas de pensamiento interrumpidas y de producir nuevo conocimiento a través de la reactivación de la investigación en la Universidad y de la renovación de los paradigmas teóricos y los abordajes metodológicos de las humanidades y las ciencias sociales. Y exigencias políticas, en tanto el ciclo democrático ha estado amenazado por crisis de diverso tipo que provocaron la emergencia de distintas problemáticas, acontecimientos y actores sociales, que al mismo tiempo que incidieron en la construcción de nuevos objetos de estudio, interpelaron a los intelectuales frente a una nueva actuación en la esfera pública.

¿Qué informan las biografías individuales y colectivas sobre las ciencias sociales? Los itinerarios académicos ofrecen una mirada encarnada de las disciplinas, dan cuenta de perspectivas singulares que se modulan en el tiempo, informan sobre la historicidad del pensamiento, expresan las articulaciones estrechas entre conocimiento y subjetividad. La historia intelectual distingue entre la figura del intelectual orgánico o comprometido de los años sesenta y setenta y la más reciente figura del intelectual público, definido como “un ciudadano que anima la discusión de la comunidad”, pero que no toma la palabra en nombre de ésta, sino que se vale de su competencia en la disciplina, siendo la democracia su ambiente propicio (Altamirano, 2013: 111). Los itinerarios de algunas figuras y grupos del campo de las ciencias sociales permiten analizar el pasaje entre aquel posicionamiento intelectual, ligado con las disyuntivas del compromiso y con la sensación de inminencia de la revolución propia de los años setenta (Gilman, 2012), y las demandas y exigencias del saber experto y de la profesionalización académica de los años noventa en adelante, vinculadas con el carácter meritocrático y competitivo del capitalismo académico (Fernández y Marquina, 2012). Podemos pensar que en esos itinerarios se mixturan de manera particular aprendizajes académicos y sociales, estilos de producción intelectual, creencias políticas, imaginarios culturales de distintas épocas, siendo la obra y la actuación en diversos ámbitos (Universidad, medios, política) la materia prima por explorar.

Mientras diferenciar los tipos históricos de intelectuales permite identificar las regularidades que marcan la actuación de profesores y profesoras en una época, la incursión biográfica invita a explorar los rasgos singulares de los itinerarios individuales y colectivos, los modos particulares de transitar los ciclos históricos, las formas de contacto con corrientes y fenómenos nacionales e internacionales, la diversa persistencia de la actitud crítica, el vínculo con tradiciones intelectuales del pasado y con formaciones emergentes, la combinación entre la cultura del libro del siglo XX y la cultura audiovisual del siglo XXI.

A partir de aquí me interesa abordar desde una perspectiva comparada los itinerarios intelectuales de dos referentes destacados del campo de los estudios sobre comunicación y del campo de los estudios de educación. Me refiero a Aníbal Ford (Buenos Aires, 1934-2009), quien fuera un exponente de los estudios sobre comunicación y cultura, y a Adriana Puiggrós (Buenos Aires, 1941), especialista en historia de la educación argentina y latinoamericana y en la actualidad diputada nacional. Los temas y las preguntas de este dossier y estudios previos (Carli, 2010a, 2014) generaron mi interés por analizar, desde ciertas claves de lectura, las articulaciones entre el pensamiento cultural y educativo de estas figuras. Si bien pertenecen a distintas generaciones, trato de detenerme en la convergencia en ambos de las inquietudes políticointelectuales de los años setenta acerca del vínculo de las ciencias sociales con la cuestión nacional y popular, los modos de la vida universitaria en los años ochenta y noventa, caracterizados por una mayor relevancia de la producción académica y de la formación en ciencias sociales, y la persistencia de la actuación crítica en la esfera pública durante todo el ciclo democrático.

EL LUGAR DE ENUNCIACIÓN Y LA FACULTAD DE REPRESENTAR DEL INTELECTUAL DE LAS CIENCIAS SOCIALES

Se abren aquí varias inquietudes, la primera, vinculada con el lugar de enunciación, que distintas corrientes han puesto en el corazón del análisis de las ciencias sociales (Mignolo, 2001). La segunda inquietud, vinculada con la representación, retoma la caracterización que Edward Said (2007) realizara del intelectual como aquel dotado de la facultad de representar, encarnar y articular un mensaje.

Como hipótesis inicial podemos afirmar que en estas figuras encontramos una común apelación a los sectores populares y al reconocimiento de su cultura y de sus experiencias. Desde el punto de vista de la representación, en su obra escrita les otorgan a estos grupos visibilidad y reconocimiento. Pero como intelectuales no operan como portavoces de un saber esencial, sino como intérpretes que introducen mediaciones críticas para leer tanto los fenómenos de la vida cotidiana como los procesos históricos de los sectores populares.

En el caso de Ford, encontramos la continuidad de una inquietud intelectual que transita desde la literatura popular hacia la cultura de masas y los medios de comunicación desde los años setenta cuando produjo distintos escritos sobre figuras del tango argentino, se desempeñó como editor en colecciones del Centro Editor de América Latina sobre temáticas ligadas con el mundo del trabajo y la literatura popular y trabajó como periodista en el diario La Opinión Cultural y en la Revista Crisis con notas sobre las conexiones entre literatura, crónica y periodismo, hasta los años ochenta, cuando, junto con otros colegas, comenzó a publicar estudios sobre cultura popular y medios de comunicación. En Desde la orilla de la ciencia. Ensayos sobre identidad,cultura y territorio (1987a) enunciaría con claridad su programa intelectual, que trazó un diagnóstico a la vez político y cultural sobre el país posdictadura y la transición democrática; bajo el telón de fondo del nuevo orden mundial de la información y la comunicación (Nomic), Ford propuso entonces revisar “el aparato de conocimiento hegemónico” y “escuchar las historias” de los sectores populares. Postuló la existencia de “problemáticas gauchas” que conformaban “un conjunto desamparado” que debía ubicarse como problemática político-cultural central, no desde una visión retórica de la cultura nacional, sino desde la comprensión de los vínculos complejos entre cultura popular, cultura masiva y cultura transnacional. Su creencia en la capacidad de resistencia y decisión de los sectores populares se expresaba así:

[…] estoy afirmando la capacidad del hombre, de la cultura del pueblo, para bloquear, desviar, reelaborar o invertir lo que recibe; para crear propuestas a partir de sus necesidades políticas, económicas y culturales o meramente “humanas”; para leer hechos y no palabras; para defender su identidad aun bajo las condiciones más precarias (1987a: 54).

Aunque reconozcamos aquí cierta reivindicación del receptor, recurrente en el contexto del discurso autoritario (Grimson y Varela, 1999), Ford se proponía, entonces, en sus palabras, “conectar subsuelos”, darle visibilidad académica y política a esas pequeñas historias y relatos populares que contenían una verdad sobre el país, pero abordados desde una perspectiva no esencialista, sino enriquecida y complejizada por los saberes de las disciplinas académicas. Sus posteriores escritos sobre los fenómenos globales y locales del amplio y complejo campo de la comunicación y la cultura (1994) y sobre las “brechas infocomunicacionales” (1999) mostraron una preocupación persistente por las desigualdades sociales y culturales en un mundo crecientemente interconectado.

En el caso de Puiggrós, el interés por la educación popular, como gran tradición de América Latina, que se dirime entre la expansión de los sistemas escolares fundados en el siglo XIX y las experiencias educativas de los movimientos sociales durante los siglos XX y XXI, expresa la consideración de los sujetos populares y de sus causas sociales y nacionales, a la vez como referentes y destinatarios del pensamiento político- educativo. En su primer libro, Imperialismo y educación en América Latina (1980), elaborado en el exilio mexicano, recordó el aprendizaje social y académico de la experiencia universitaria de los años setenta: “[…] descubrimos procesos que hasta entonces desconocíamos, nos encontramos con que, detrás de la pedagogía dominante, existían procesos educativos tal vez más trascendentes que reproducían la experiencia histórica, las costumbres y la cultura popular” (19). Desde su perspectiva, el pensamiento había carecido de elementos adecuados para comprender esa particularidad, iniciando así una revisión del althusserianismo pedagógico y del marxismo dominante en los años setenta y poniendo en cuestión la reducción de las categorías pedagógicas a categorías ideológicas. En La educación popular en América Latina (1984), recuperando el pensamiento teórico de Antonio Gramsci, sostuvo la existencia de discursos pedagógicos populares, de la categoría pueblo y de la contradicción pueblo-bloque de poder. En un recorrido crítico de tendencias y procesos educativos latinoamericanos, afirmaría como verdadero programa para la transición democrática que se avizoraba: “[…] procesos educativos populares democráticos, liberadores, que tiendan a la autogestión y que den cuenta de las interpelaciones populares, son indispensables para la construcción de opciones democráticas” (316). Desde estos primeros tópicos a sus estudios posteriores sobre la historia de la educación en Argentina (1990 en adelante) y sobre la relación entre conocimiento, educación y trabajo (Puiggrós, 2003; Puiggrós y Gagliano, 2004), persistiría el interés por los sectores populares.

LA CUESTIÓN POLÍTICO-INTELECTUAL: ENTRE LO UNIVERSAL Y LO PARTICULAR

Se presentan aquí nuevas inquietudes. La primera vinculada con la tensión entre totalización y destotalización en las ciencias sociales, a partir de la discusión abierta por Hugo Zemelman (1992) sobre los enfoques teórico- epistemológicos en torno a la totalidad, en el marco de la revisión crítica del marxismo, pero también de las perspectivas que introduce el pensamiento posmoderno respecto de la validez de los puntos de vista y del pensamiento perspectivo y de la mirada retrospectiva de las corrientes teóricas del siglo XX. La segunda inquietud se vincula con la tensión entre lo universal y lo particular en las humanidades y las ciencias sociales (Buenfil, 2012), a partir de la irrupción de la pregunta por la diferencia, de la mano del pensamiento feminista y de otras corrientes.

En estas figuras encontramos la persistencia de una mirada que podríamos denominar holística, que tiene una aspiración de universalidad, pero que se construye recuperando al mismo tiempo el espectro de fenómenos y experiencias dispersos, descentrados o dislocados del campo de la cultura y de la educación. Si bien lo primero se relaciona con las cosmovisiones políticas y las perspectivas históricas que estos intelectuales sostuvieron y sostienen a lo largo del tiempo, y que refieren a la identificación de las tendencias hegemónicas o geopolíticas en América Latina, deudora de la mirada que introduce la teoría de la dependencia y la crítica al imperialismo en los años sesenta y setenta, la focalización en lo micro y en lo alternativo se vincula con las tendencias y corrientes de los años ochenta, entre otras, la reivindicación de la mirada etnográfica, el alternativismo y la crítica posmoderna, pero también el común diagnóstico sobre la crisis epocal que afectaba al país y al mundo.

El interés de Ford por las “microhistorias” tiene puntos de contacto con el de Puiggrós por las “alternativas pedagógicas”. La afirmación de la “dispersión” de los discursos totalizadores (vinculados a la modernidad y a la nación) se encuentra en ambos autores como argumento para plantear la necesidad de articular, a través de la investigación, los fragmentos de una totalidad rota, de tejer una nueva trama de sentido, luego de la derrota de los proyectos revolucionarios de los años setenta en América Latina. Ford, refiriéndose a la microhistoria, afirmó entonces: “[...] rescato esta entrada en las problemáticas de la identidad y la cultura, en la constitución de lo político en el sentido global del término. Como entrada en lo totalizador, en las grandes explicaciones, en la discusión con los modelos hegemónicos, desde lo hiperconcreto” (1987a: 22). Entrada no sólo temática, sino que implicaba una metodología:

[…] no se trata de desagregar sino de “cruzar” o de “recibir cruzado”, de configurar paquetes de relaciones y de relaciones de relaciones, si de lo que se trata es de reflexionar sobre nuestra identidad y nuestra cultura como procesos [...] y no entidades metafísicas (24).

La dispersión del discurso integrador de la nación justificaba esa metodología que permitiría detectar “dónde se va ‘cocinando’ una Argentina cultural y política que todavía no sabemos” (27).

En Puiggrós, el recurso a la noción de alternativas pedagógicas se produce en el marco de un balance histórico sobre las transformaciones experimentadas por el sistema educativo latinoamericano. Sostuvo entonces, junto con otros autores: “Usamos ‘alternativas’ en el sentido de cambio de una cosa por otra u otras introduciendo innovaciones” (Puiggrós y Balduzzi, 1987: 14). En el caso de la educación, alternativas respecto de la “educación tradicional o dominante” (escolar), pero también de la “educación popular” como categoría limitativa por su carácter dicotómico. Concebidas como parte de “un movimiento de búsqueda, no el reflejo de posiciones doctrinarias” (21), para Puiggrós las alternativas pedagógicas no podían ser reducidas a su caracterización política o ideológica, sino valoradas desde su especificidad pedagógica. Si bien, como señala Altamirano, el intelectual es tal por su desempeño en la esfera pública, “no deja de estar anclado en alguna categoría profesional” (2013: 113), en este sentido, la pedagogía constituye el saber en el que Puiggrós abreva y desde el cual se afirma, desde una perspectiva intelectual que insiste en la importancia de una comprensión compleja de los procesos de enseñanza y aprendizaje y, en forma más amplia, de los procesos de transmisión cultural.

Esos giros discursivos en la obra de los autores combinan la reflexividad teórica generada durante y después de la experiencia del exilio interno y externo y la apropiación activa de teorías y debates internacionales, cuestión que evidencia el hecho de que “las trayectorias individuales se muestran como un campo privilegiado de las articulaciones entre lo nacional y lo internacional” (Neiburg y Plotkin, 2004: 27). Pero expresan también elementos que estaban presentes antes, si consideramos el interés de Ford por las culturas populares como parte de la valoración del mundo del trabajo y el movimiento obrero y el de Puiggrós por las experiencias educativas de los sectores populares, a partir de la reflexión abierta por Paulo Freire en los años setenta.

LA ESCRITURA INTELECTUAL ENTRE EL CANON ACADÉMICO, LA HIBRIDACIÓN DE LOS GÉNEROS Y EL ECLECTICISMO

Se abren aquí varias preguntas sobre la escritura en las ciencias sociales. La primera relacionada con el cruce de géneros y lo que Geertz (1980) define como géneros confusos, para referirse al vínculo entre las ciencias sociales y las humanidades (en particular la literatura), a la mayor libertad de los científicos sociales frente a las formas del conocimiento y al creciente interés de las disciplinas por los sistemas simbólicos. Pregunta que conlleva leer la tensión en las ciencias sociales entre formulaciones ortodoxas, que siguen el canon de una disciplina, o eclécticas, que ponen en cuestión las tradiciones y las jerarquías disciplinarias y se mueven entre distintos campos. La segunda pregunta referida al papel persuasivo del intelectual de las ciencias sociales, considerando, como señala Altamirano, que “tenemos que vérnosla con textos en que se discurre, se argumenta, se polemiza” (2005: 16).

En estas figuras encontramos una particular combinación entre el gesto anticientificista y antielitista arquetípico de la segunda mitad de los años sesenta en la Universidad argentina, que recupera el valor del ensayo elaborado por los llamados pensadores nacionales, y el recurso a los saberes académicos de las ciencias sociales de los años sesenta y setenta, objeto de una fuerte renovación teórica y metodológica en los años ochenta y noventa. Se trata, podríamos decir, de una concepción de la teoría como caja de herramientas para pensar e interpretar, pero también intervenir, en las problemáticas de la realidad social, siempre anclada en una perspectiva histórica.

Los libros publicados por Ford en el ciclo democrático iniciado en 1983 y hasta su muerte (1987a, 1994, 1999, entre otros) se caracterizaron por la combinación del género del ensayo, el estudio erudito, el relato cultural, la sistematización periodística de información nacional e internacional, y fueron resultado de su actuación como profesor en las instituciones universitarias, pero también como especialista invitado en distintos seminarios nacionales e internacionales sobre comunicación y cultura y otras temáticas, en los que tuvo estrecho contacto con otras figuras de América Latina (entre otros, Jesús Martín-Barbero, Néstor García Canclini y Renato Ortiz). Sin embargo, parecen responder más a la figura del intelectual autodidacta que a la del académico en sentido estricto. Esa escritura intelectual ecléctica, representativa de los géneros confusos de Geertz, coexistió con la escritura literaria, siendo autor de diversas novelas y cuentos (1967, 1986, 1987b, 2003, 2007).

Los primeros libros publicados por Puiggrós, en cambio, son resultado de sus estudios de maestría y doctorado durante el exilio mexicano, y los posteriores de proyectos de investigación bajo su dirección. Sin embargo, esos textos combinan el cultivo de la disciplina académica, la historia de la educación, desde una perspectiva que podría considerarse no ortodoxa, en tanto pone en un primer plano la inquietud por los vínculos entre educación y política, entre pasado y presente, recurriendo a aportes de la pedagogía crítica, la teoría curricular, el pensamiento político, para ahondar en los procesos históricos de la educación pública argentina, enriquecidos por el intercambio con académicos de Estados Unidos y América Latina. Algunos de los libros producidos en los años noventa (1995, 1996, 1997, 1999) tradujeron el desplazamiento a la escena política, de la voluntad de intervenir en la esfera pública, comenzando a predominar en la escritura la argumentación polémica, la crítica política y la pretensión persuasiva. También la literatura figura entre sus intereses, y es explorada en sus libros recientes sobre la biografía de su padre, un reconocido intelectual argentino (Puiggrós, 2010) y sobre la vida de un inspector de escuela (Puiggrós, 2012).

La transmisión que llevó adelante Ford y en la que persiste Puiggrós se despliega en la escena del aula universitaria, en la cátedra como espacio de formación, enseñanza e investigación, pero también en la prensa, en el trabajo editorial y hasta en la escena política. La intervención intelectual combinó y combina la actuación como profesores, escritores, editores y hasta políticos, lo que impide simplificar la mirada o en todo caso comprender la complejidad de un tipo de intelectuales que responde a una construcción histórica latinoamericana, difícil de reproducir en el futuro, pero que ha configurado buena parte de la impronta fundacional de las actuales ciencias sociales.

A MODO DE CIERRE

En este artículo ensayé una aproximación histórica y actual a las ciencias sociales en Argentina, deteniéndome en los procesos históricos del pasado reciente y en algunas evidencias del presente, entre otras, la nueva metamorfosis teórico-epistemológica que las atraviesa y el crecimiento de la formación de posgrado en el área. Me detuve en particular en los estudios sobre comunicación y en los estudios sobre educación, en tanto zonas de las ciencias sociales que comparten como rasgos cierta condición “blanda” y aplicada, el vínculo con otras disciplinas de las humanidades y las ciencias sociales y la apertura constante a la comprensión y transformación de las problemáticas de la realidad social. A partir de la reconstrucción y el análisis de los itinerarios académicos de dos figuras destacadas de esas zonas de las ciencias sociales, como Aníbal Ford y Adriana Puiggrós, destaqué las comunes inquietudes políticas e intelectuales por los sectores populares, que tuvieron su génesis en los años sesenta y setenta, vinculadas con la facultad de representar del intelectual de las ciencias sociales; la aspiración por construir una visión general sobre la comunicación y sobre la educación (tanto nacional como latinoamericana), atenta a los fenómenos particulares (microhistorias y alternativas); y la producción de un tipo de escritura intelectual que acude a distintos géneros e interviene en distintos ámbitos de la esfera pública. Detenerme en estos itinerarios me permitió reconocer la modulación histórica de un tipo de intelectuales latinoamericanos que combinaron y combinan la producción de conocimiento y las tareas de formación universitaria con la intervención intelectual y política, que ha sido fundante de las ciencias sociales en Argentina. Las nuevas dinámicas de la profesión académica, a partir de los parámetros internacionales de eficiencia y productividad, están dando forma a nuevas figuras intelectuales, más proclives a la individualización y a la intervención dentro de las comunidades científicas y menos al debate sobre los vínculos entre conocimiento y política. De allí la importancia de insistir en el estudio del acervo intelectual de las ciencias sociales latinoamericanas, en tanto invita a explorar las articulaciones entre el pasado reciente, el tiempo presente y el futuro de la región.

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